El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

La insurrección rosista en Buenos Aires

- Gobierno de Balcarce. Los “cismáticos” y los “apostólicos”

En reemplazo de Juan Manuel de Rosas, la Legislatura porteña eligió gobernador de la provincia de Buenos Aires al general Juan Ramón Balcarce, quien se hizo cargo de sus funciones el 17 de Diciembre de 1832.

El nuevo gobernador era uno de los miembros más destacados del partido federal y apenas llegado al poder todo indicaba que continuaría con la orientación trazada por su antecesor.

Sin embargo, no aceptó la presión de los rosistas y, aconsejado por su ministro de Guerra, el general Enrique Martínez, no tardó en oponerse a la política de Rosas, aprovechando que el último había partido -en Marzo de 1833- a luchar contra los indios, en la campaña al desierto.

La actitud de Balcarce aumentó las disensiones que desde tiempo atrás -con motivo de las facultades extraordinarias- dividían al partido gobernante. La Legislatura, en cuyo seno tenía apoyo el nuevo gobernador, derogó el decreto que restringía la libertad de imprenta y negó ayuda monetaria a la expedición que encabezaba Rosas.

A fines de Abril de 1833 y con motivo de las elecciones para diputados, surgieron dos listas: la propiciada por los moderados de Balcarce, denominados “cismáticos” y las de los rosistas netos, llamados “lomos negros(1), también conocidos como “apostólicos”.

(1) Saldías afirma que el apodo de “lomos negros” proviene del color utilizado por esos federales moderados en sus boletas para el comicio. Otros historiadores sostienen que se debe a la levita que vestían sus componentes, como antes lo habían hecho -a modo de distintivo- los centralistas porteños.// Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

El triunfo correspondió a los primeros, lo que originó una gran tensión política y la renuncia de algunos diputados rosistas.

A mediados de Junio de 1833 se efectuaron nuevos comicios a fin de llenar esas vacantes pero, a causa de los tumultos, el Gobierno las suspendió cuando los rosistas llevaban ventaja.

Mientras tanto Rosas -desde el río Colorado- seguía el curso de los sucesos y confiaba el manejo de sus negocios políticos -en Buenos Aires- a su esposa, Encarnación Ezcurra, quien conspiraba contra Balcarce y mantenía la actividad opositora de sus seguidores.

El retiro de Juan Manuel de Rosas después de su primer Gobierno, al negarse a la reelección, fue un hábil repliegue para lanzar su ofensiva en busca del poder absoluto que entonces le regateaban.

Retirándose visiblemente de la acción política, hizo el vacío al Gobierno que lo sucedió mientras por un lado montaba una acción partidaria de propaganda y agitación -luego de conspiración- y, por otro, afrontaba una tarea que aumentaría su prestigio y lo mantendría en la expectativa pública.

- Expedición de Rosas al desierto

Los indígenas que habitaban el sur de la provincia de Buenos Aires y, también, la amplia región surcada por los ríos Colorado y Negro, atacaban periódicamente a las poblaciones fronterizas y cometían todo género de excesos. Los integrantes del malón irrumpían por sorpresa, incendiaban las viviendas, mataban a los hombres, llevaban cautivas a las mujeres y arreaban el ganado, que era vendido a bajo precio en Chile.

No eran ajenos a estas actividades algunos blancos, quienes se beneficiaban con el producto del robo. Los salvajes también asaltaban las postas y los carruajes con pasajeros.

Rosas se había criado en contacto con los indios y conocía el peligro del malón; por esta causa, cuando asumió el cargo de Comandante General de la campaña se dedicó a someter a los más dóciles -considerados entonces “indios amigos”- persuadido de que era necesario emprender, contra los más agresivos, una amplia campaña punitiva a través del desierto, como se llamaba entonces a la región pampeana(2).

(2) Rosas proyectó la campaña por medio de tres divisiones. El ala derecha la formarían tropas chilenas, a las órdenes del general Manuel Bulnes, cuya misión sería destruir a las tribus que -empujadas desde el territorio argentino- cruzasen la cordillera. Las fuerzas del centro las dirigiría el caudillo Facundo Quiroga; mientras que Rosas, en persona, encabezaría el ala izquierda. Todo estaba preparado cuando una sedición estalló en Chile e impidió el concurso de las tropas de ese país; por otra parte, Quiroga declinó el mando, so pretexto de que no conocía ese tipo de lucha contra los indígenas. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

Finalmente la empresa quedó organizada por medio de tres columnas argentinas: la izquierda, a las órdenes de Rosas; la del centro, al mando del general José Ruiz Huidobro; y la derecha, dirigida por Félix Aldao.

La primera debía salir de Buenos Aires y operar sobre los ríos Colorado y Negro; la segunda lo haría de San Luis y debía desalojar a los indios de la pampa central; y la tercera partiría de Mendoza para pacificar la región andina y luego unirse con la primera en Neuquén.

Antes de abandonar el poder, Rosas hizo aprobar un proyecto de expedición contra los indios, tendiente a conquistar todas las tierras situadas al norte del río Negro y de estrechar a las tribus entre varias fuerzas, condenándolas a la destrucción.

Rosas organizó la expedición cuando era gobernador y, una vez terminado su mandato consiguió que Balcarce lo designara Jefe de las fuerzas que debían actuar contra los indios.

El proyecto era ambicioso y suponía la colaboración de las otras provincias amenazadas y aun del Gobierno de Chile. La columna occidental estaría comandada por el general Aldao; la del centro, por el general Ruiz Huidobro; y la del oriente, por Rosas. Quiroga sería el Comandante en Jefe.

Enfermo entonces, Quiroga no demostró mayor entusiasmo por la empresa, actuando a la distancia sobre los dos destacamentos del oeste y el centro, sin interferir en la acción de Rosas. La falta de recursos de aquéllos hizo fracasar a la columna central y restó movilidad a la de Aldao, por lo que el peso de la campaña recayó sobre las fuerzas de Rosas. El Gobierno chileno no concurrió con las fuerzas programadas.

Este desbarajuste del plan original no perturbó al caudillo porteño quien, a fines de Marzo de 1833 ya estaba en campaña. Pero los fondos escaseaban y el Gobierno de Balcarce no pareció muy dispuesto a esforzarse en conseguirlos.

En realidad, el nuevo gobernador era un buen federal, un hombre recto, que apreciaba a Rosas, pero irresoluto e influenciable. Los federales antirrosistas eran mayoría en la Legislatura y no pensaban agitarse para acrecentar la influencia de Rosas.

Las dificultades logísticas eran muy grandes y la capacidad para resolverlas poca por lo que, casi desde su partida, el Ejército expedicionario se encontró privado de muchas cosas y con la sensación de haber sido abandonado por el Gobierno. Rosas recurrió a sus amigos -hacendados muy interesados, además, en el éxito de la empresa- y, con su concurso, suplió todas las necesidades.

La división entre los federales moderados y los rosistas crecía día a día y se reflejaba en el Ejército. En el río Colorado, doce oficiales se separaron de la expedición. Pero Rosas siguió adelante.

El 10 de Mayo de 1833 alcanzó el río Negro y a fin de mes llegó a Choele-Choel. Castigando a las indiadas hacia todas las direcciones, las columnas se extendieron por el oeste, hasta la confluencia de los ríos Neuquén y Limay y, por el noroeste, hasta el río Atuel, donde alcanzaron la división de Aldao.

Pacheco -uno de los jefes clave de la campaña- reflejaba en una carta las expectativas de una empresa que se prolongó durante todo el invierno:

La expedición ... tendrá mejores resultados de los que el mismo General se había prometido. El podrá ofrecer a su regreso un océano de campos útiles para la labranza y limpios de indios, con los datos resultados de reconocimientos prácticos(3).

(3) Referenciado por Juan Carlos Walther. “La Conquista del Desierto” (1964), p. 311. Ed. por el Círculo Militar, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

- La expedición

Rosas concentró sus efectivos en la Guardia del Monte, a los que incorporó un grupo de técnicos para que estudiara las características geográficas y geológicas de la región a explorar. Inició la marcha el 22 de Marzo de 1833, al frente de unos 2.000 hombres y en las cercanías del arroyo Tapalqué engrosaron las filas -como auxiliares- unos 600 indios amigos.

Rosas prosiguió su avance hacia el sur y, a mediados de Mayo de 1833 acampó en las márgenes del río Colorado. Entretanto, la división del centro había luchado con buen éxito contra los indios ranqueles, a quienes derrotó en Las Acollaradas (sur de San Luis), pero se vio forzada a regresar porque el Gobierno de Córdoba no le había enviado una ayuda prometida.

La columna de la derecha -que debía luchar en la región cordillerana- cruzó los ríos Diamante y Atuel y, con gran energía, consiguió dispersar a los indios aunque más adelante -por falta de caballada- debió detenerse y luego regresar.

Rosas quedó al frente de la única división que concluyó con éxito la campaña. Dispuso dividir a sus efectivos en columnas exploradoras para que cruzaran el desierto en varias direcciones. Al frente de una de ellas, el general Angel Pacheco costeó el río Negro, hasta la isla Choele-Choel, donde destruyó una tribu araucana; luego prosiguió su avance hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén.

A comienzos de 1834 Rosas regresó con sus efectivos hasta Napostá (próximo a Bahía Blanca) y puso fin a la campaña que había durado cerca de un año. En ese lapso sus efectivos habían eliminado a más de 6.000 indios y rescatado unos 4.000 cautivos; también quedó una serie de fortines y algunas guarniciones en la isla de Choele-Choel, las márgenes del río Negro y en campamentos sobre el río Colorado.

En efecto, 2.900 leguas cuadradas habían sido ganadas, las comunicaciones con Bahía Blanca y Patagones incrementadas y durante un buen tiempo los campos ya ocupados quedaron libres de la amenaza de los indios. Si los resultados no fueron mayores -desde 1840 se reanuda la presencia agresiva de los indios- fue porque al no ser combatidos los indios simultáneamente desde el lado chileno, pudieron huir al occidente de la cordillera y, años después, regresar con nuevos ímpetus.

Rosas fue bien pagado por su éxito: la isla de Choele-Choel y, sobre todo, un renovado prestigio entre el pueblo.

Pero durante la expedición no había utilizado su tiempo sólo en los problemas militares. Mantuvo con diversos personajes y especialmente con su mujer, Encarnación Ezcurra, una activa correspondencia política, a través de la cual orientaba la acción de sus partidarios.

La división entre los oficialistas federales había alcanzado contornos definidos y casi violentos. Doña Encarnación, aplicando su temperamento exaltado a los fríos planes de su marido, se convierte en un agente político de suma importancia. Todo lo informa, todo lo prevé, sabe amedrentar, estimular, sondear; para ella no hay misterios: tiene listas de los enemigos, listas de los pusilánimes, listas de los partidarios, listas de los fanáticos.

El bajo pueblo, las criadas y esclavas, los mozos, los hombres de pulpería, llevaban y traían información a su propia casa; el espionaje se organiza así, concienzudamente y, desde entonces, va a ser una pieza política característica del sistema rosista.

Los comisarios Cuitiño y Parra se transforman en agresores de los disidentes del “Restaurador”: es el germen de la “Sociedad Restauradora de La Mazorca” que dentro de poco adquirirá forma y siniestro prestigio.

Los fieles a Rosas subrayan su condición, con el apodo de “apostólicos”, en tanto que los federales doctrinarios o moderados son llamados, “cismáticos”.

- La insurrección rosista

El general Juan Ramón Balcarce trató de mantenerse neutral en un primer momento, pero a su lado había dos hombres decididos a hacer frente a Juan Manuel de Rosas: el general Enrique Martínez, ministro de Guerra, y el general Olazábal. La prensa se desató en injurias recíprocas.

Los moderados cierran filas tras de Martínez. El 16 de Junio de 1833, la grieta se oficializa, en ocasión de las elecciones a las que ambos grupos concurren con listas separadas. Los moderados se ganan el apodo -por el color de la guarda de las boletas- de lomos negros. Llevan al propio Rosas entre sus candidatos a diputado, sea para confundir, sea para amarrar a éste a un cargo secundario. Triunfan, y Rosas renuncia a su banca.

El clima de violencia en Buenos Aires ha crecido tanto que, en Octubre de 1833, es seguro un estallido. El encono político entre rosistas netos y rosistas moderados será atizado por los periódicos de la época que se atacaban con suma virulencia y hasta con términos soeces.

Cuando la tensión recrudecía, apareció un periódico de tendencia rosista, titulado “El Restaurador de las Leyes”, dirigido por Nicolás Marino. Este periódico publicó un artículo injurioso para Balcarce, por lo que el fiscal lo sometió a proceso.

Es que al arreciar los ataques procaces, Juan Ramón Balcarce ordenó al doctor José Agrelo -Fiscal del Estado- que iniciara proceso a los periódicos que abusaban de la libertad de imprenta. Fueron sancionados cinco de la oposición y una gaceta ministerial.

Al amanecer del 11 de Octubre de 1833 los habitantes de Buenos Aires pudieron observar varios carteles que anunciaban, para las 10:00, el comienzo del juicio al “Restaurador de las Leyes”. La noticia aludía al periódico dirigido por Marino, pero los partidarios de Rosas -ante el equívoco a que se prestaba el título- sostuvieron que el juzgado sería el propio Juan Manuel(4).

(4) En esos momentos Juan Manuel de Rosas se encontraba a más de cuatrocientas leguas de Buenos Aires, luchando contra los indios en la campaña del desierto. A pesar de esto, es evidente que la “revolución de los restauradores” se gestó en su casa de Buenos Aires, bajo la activa dirección de su esposa, Encarnación Ezcurra, mujer de gran energía y con singulares aptitudes para la lucha política. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

Como un huracán corrió por la ciudad la ambigua noticia de que sería procesado el “Restaurador de las Leyes”. Numeroso público -en actitud hostil- se aglomeró frente al Tribunal, que debió suspender el juicio. Gentes del bajo y del suburbio, gauchos y soldados, se apretujaron frente a la sede judicial, dirigidos por comandantes militares.

El choque con la guardia de seguridad se produjo y, en medio de una inmensa grita, la pueblada se retiró a Barracas, donde jefes de origen distinguido asumieron la dirección: Maza, Rolón, Manuel Pueyrredón, Quevedo, etc.

La agitación cundió enseguida y, a las pocas horas, varios millares de rosistas se habían concentrado en Barracas mientras el Gobierno trataba -infructuosamente- de dominar la situación. La asonada adquirió el carácter de una sedición cuando se plegaron al movimiento efectivos militares y milicias de la campaña, todos bajo el mando del general Agustín Pinedo, quien asumió el mando de los insurrectos, mientras Prudencio Rosas reunía tropas en la campaña.

Los insurrectos avanzaron y luego de un breve combate, desfavorable al Gobierno, afirmó a los rebeldes, que reclamaron el cese en el mando del general Balcarce, quien sólo se mantenía en él a instancias del general Martínez. Tras la derrota parcial de las fuerzas leales, aquéllos pusieron sitio a la Ciudad de Buenos Aires mientras exigían la renuncia del gobernador.

Varios miembros de la Legislatura porteña parlamentaron con los rebeldes y consiguieron suspender -momentáneamente- las hostilidades. Las tropas gubernamentales intentaron, sin éxito, un ataque por sorpresa y, entonces, los sitiadores avanzaron desde varios frentes sobre la ciudad.

Comenzaron las tratativas, de las que Rosas tuvo cuidadosa información. Si durante los días precedentes -dice un testigo- ningún bando podía acusar al otro de haberse excedido más(5), estas gestiones fueron tensas pero pacíficas. La presión popular y el dominio de la campaña daban a los sediciosos todas las ventajas.

(5) Agustín Ruano, en Noviembre de 1833. Referenciado por Ernesto Hipólito Celesia. “Rosas. Aportes para su Historia” (1968), volumen I, p. 306. Reedición por Editorial Goncourt, Buenos Aires. Sobre el proceso de este movimiento, ver: Gabriel J. Puentes. “El Gobierno de Balcarce” (1946). Ed. Huarpes, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Ante la crítica situación, la Legislatura -encargada por Balcarce de resolver sobre su continuación en el mando- lo dio por renunciado y sancionó, el 3 de Noviembre de 1833, una ley por la cual el gobernador Balcarce cesaba en el mando y nombraba, en su reemplazo, al general Juan José Viamonte.

- Gobierno de Viamonte. El predominio rosista

En último término, los artífices de la victoria, por la cuidada preparación del movimiento, habían sido Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, bien que el primero lo hubiese hecho en la trastienda y excusara su participación.

Los “lomos negros” habían sufrido una seria derrota, pero no habían sido eliminados de la escena política. Conservaban todavía el dominio de la Legislatura, y el propio Viamonte era un doctrinario que estaba más cerca de Balcarce que de Rosas. Era ferviente partidario de la conciliación, como había demostrado en 1829. Pero ése no era, en opinión de los rosistas, momento para conciliaciones.

Viamonte ocupó interinamente el Gobierno de la provincia de Buenos Aires el 4 de Noviembre de 1833. Designó ministros al general Tomás Guido y al doctor Manuel García, quienes habían colaborado con Juan Manuel de Rosas en el primer Gobierno, pero defendían ideas liberales.

Viamonte ordenó dar la más amplia publicidad a los actos de Gobierno, otorgó libertades al periodismo y tomó medidas de importancia para esa época, como la creación de un Registro Civil, donde las personas de religión Católica podían hacer constar sus matrimonios, nacimientos y defunciones(6).

(6) Los católicos cumplían esos requisitos en sus respectivas parroquias. Para favorecer la inmigración de personas pertenecientes a cultos disidentes, el Gobierno porteño dispuso que un juez legalizaría los matrimonios de aquéllos e inscribiría, en los Registros Públicos, los nacimientos y las defunciones. También estaban autorizados para unirse por la religión de sus creencias. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

Viamonte, bloqueado políticamente, se dedicó a la tarea administrativa y dejó sentadas las bases del ejercicio del patronato eclesiástico y de la futura normalización de las relaciones entre la Iglesia y el Estado porteño. Con motivo de la designación del doctor Mariano Medrano, obispo de la Iglesia de Buenos Aires, el Gobierno porteño reunió una Junta de hombres del clero, el foro y las letras, la que determinó el ejercicio del patronato con respecto a la provisión de los cargos eclesiásticos.

Viamonte no tardó en quedar sometido al predominio de los rosistas, quienes censuraban su actuación y se aprestaban para la lucha. Encarnación Ezcurra fue de las primeras en expresar su disgusto con el Gobierno, porque se había entregado el poder a otros “menos malos” que los anteriores, pero que no eran “amigos”. Rosas, se quedó en el campo, sin una palabra de apoyo al nuevo Gobierno.

Estos federales netos, organizados en pandillas, atemorizaban a los pobladores de Buenos Aires y descargaban sus armas de fuego contra las viviendas de quienes consideraban “opositores”, muchos de los cuales decidieron emigrar -como en 1829 lo habían hecho los centralistas porteños- tales como los generales Juan Ramón Balcarce, Tomás de Iriarte y Enrique Martínez.

A fines de 1833 y bajo la inspiración de Encarnación Ezcurra, se alentó a Salomón, Burgos, Cuitiño y otros, la formación de la Sociedad Popular Restauradora (La Mazorca)(7), con el objeto de organizar los actos de adhesión a Rosas y perseguir a sus opositores, constituyéndose inmediatamente en instrumento de terrorismo político: las casas de los opositores serán apedreadas y baleadas. A los “opositores” sólo les quedaba comenzar a emigrar.

(7) La Sociedad ostentó como emblema la mazorca o espiga de maíz, que significaba -como el marlo- la unión de sus integrantes. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

La integraron hombres pertenecientes a distintas clases sociales -algunos de caracterizadas familias porteñas- pero luego se transformó en una organización represiva cuando integraron sus filas individuos pendencieros y fanáticos.

El 20 de Abril de 1834, los rosistas ganan las elecciones. Días después llega al país Rivadavia, y es acusado de tener parte en una conspiración monárquica justo cuando en Buenos Aires circulaban noticias referentes a una conspiración de opositores al rosismo vinculados con los emigrados antirrosistas.

Bernardino Rivadavia arribó del destierro al Puerto de Buenos Aires el 28 de Abril de 1834. El ministro García trata de defenderlo y es objeto de ataques periodísticos y personales. El general Alzaga acusa a García y éste pide para sí juicio de residencia como medio de justificación. El caudillo, Facundo Quiroga, radicado por entonces en Buenos Aires, será la única mano tendida a favor del ex presidente, ofreciendo sus servicios y hasta su fianza a Rivadavia, quien agradeció el gesto de su adversario.

Los rosistas se opusieron a la permanencia del ex presidente en la ciudad -argumentando razones políticas- por lo que fue obligado a reembarcarse y zarpar, nuevamente, para el exterior(8).

(8) Rivadavia permaneció casi un mes a bordo del bergantín “Herminie”, mientras el gobernador y la Legislatura porteñas debatían la situación creada con su arribo.// Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

Mientras tanto los mazorqueros provocaban serios tumultos y para amedrentar al gobernador y al ministro García, tiroteaban sus viviendas. A fin de calmar los ánimos, el citado ministro firmó una disposición por la cual el ex presidente debía alejarse del país. Rivadavia partió rumbo a la Banda Oriental y, más tarde, pasó a Europa.

Viamonte, harto, renuncia el 5 de Junio de 1834, días después de haber ordenado la expulsión de Rivadavia.

- Elección de Manuel Vicente Maza

Debido a la difícil situación política, el general Juan José Viamonte elevó su renuncia, la que fue aceptada por la Cámara, a fines de Junio de 1834. La Legislatura porteña eligió gobernador, el 30 de Junio de 1834, a Juan Manuel de Rosas. Era el resultado lógico, pero éste rechazó el cargo de gobernador.

Rosas renunció al cargo una y otra vez. Alegó que aceptaría la tarea si pudiese cumplir sus obligaciones, velado recuerdo de que no contaba con las facultades extraordinarias que siempre había considerado necesarias. Sostenía que el país atravesaba un momento de crisis política, pues hasta los de su mismo partido estaban divididos y que las circunstancias obligaban a robustecer la autoridad del Gobierno; en otras palabras, Rosas solicitaba, nuevamente, las facultades extraordinarias.

Señaló las otras razones que hacían inútil su sacrificio y se cuidaba de afirmar que “podría objetarse que tal vez no encargándome del Gobierno de la provincia se me mirará, en razón de la buena opinión que merezco a los federales, como un estorbo a la marcha de cualquier Gobierno que se establezca”.

Los diputados no se resignaron a conceder las facultades que habían causado la crisis de fines de 1832. Sin otorgarle esos poderes absolutos, la Sala volvió a elegirlo hasta una cuarta vez, pero Rosas rechazó todos los ofrecimientos.

El 14 de Agosto de 1834 fue designado gobernador de la provincia el doctor Tomás Manuel de Anchorena, quien declinó el cargo al igual que Nicolás Anchorena, propuesto a continuación. También a otros dos amigos de Rosas: el comerciante Juan Nepomuceno Terrero y el general Angel Pacheco, todos fervientes rosistas, que rechazaron los nombramientos. Ambos dimitieron.

Por último aceptó, provisionalmente, el Poder Ejecutivo el presidente de la Cámara, doctor Manuel Vicente Maza, íntimo amigo de Rosas quien -el 1 de Octubre de 1834- se hizo cargo del mando de la provincia.

La misión de Maza no podía ser otra que preparar el acceso al Gobierno de Rosas quien había unido, al título de “Restaurador”, el de “Héroe del Desierto”, mientras su activa consorte merecía el apodo de “Heroína de la Confederación”. Los rosistas habían cerrado filas y ahora sí era total la derrota de sus opositores.

Un suceso desgraciado, que guarda relación con la situación de las provincias interiores, iba a facilitar aquella misión.

- Quiroga. El conflicto en el Norte del país

Cuando el doctor Maza ocupó el Gobierno de Buenos Aires, el Norte del país estaba agitado por los enconos personales y políticos. Un grave conflicto se había producido entre los gobernadores Alejandro Heredia, de Tucumán, y Pablo Latorre, de Salta.

Durante el año 1834 habían empeorado seriamente las relaciones entre ambos gobernadores y fue Heredia quien, el 19 de Noviembre de 1834, declaró la guerra al primero. Ambos mandatarios se acusaban de mutua agresión -inclusive de connivencia con antirrosistas- con el objeto de conseguir ventajas políticas y territoriales para sus respectivos Gobiernos.

Enterado de la guerra civil, el Gobierno porteño decidió intervenir por aplicación del Pacto Federal. El gobernador Maza nombró su representante a Facundo Quiroga -cuyo prestigio en el Norte era indiscutible- para que mediara amistosamente en el conflicto.

Desde tiempo atrás Quiroga se encontraba enemistado con Estanislao López y con José Vicente Reinafé, gobernadores de Santa Fe y Córdoba, respectivamente(9).

(9) Quiroga y López ambicionaban el control de la provincia de Córdoba, ubicada estratégicamente en el medio del país. En Agosto de 1831 ocupó el Gobierno de dicha provincia José Vicente Reinafé con el apoyo directo del caudillo santafesino, pero resistido por Quiroga. En Junio de 1833 estalló en Río Cuarto un movimiento subversivo que luego fracasó. Los Reinafé -eran varios hermanos- culparon a Quiroga de la intentona y éste no ocultó su adhesión a los enemigos del gobernador cordobés. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

Antes de partir hacia el Norte, para cumplir con su misión conciliadora, Quiroga se reunió con Rosas para cambiar ideas sobre la mejor forma de poner término a la guerra civil.

Quiroga quiso conocer la opinión de Rosas, quien aprovechó la ocasión para renovar su prédica en contra de la organización constitucional, en lo que convino finalmente el caudillo riojano. Las mismas instrucciones oficiales hacían referencia a ese asunto y, una última carta de Rosas, entregada al enviado en el momento de partir, volvía machaconamente sobre el tema, como si temiera que el voluble caudillo retornara a su idea primitiva.

El 17 de Diciembre de 1834, Quiroga salió de Buenos Aires con su secretario, el doctor José Santos Ortiz; Rosas los acompañó hasta San Antonio de Areco, donde volvieron a conferenciar -por última vez- en la Hacienda de Figueroa.

Allí convinieron en que el comisionado proseguiría hacia el Interior, mientras Rosas le haría llegar, en una carta, sus opiniones sobre el momento político y el problema institucional, “para dar más fuerza a la misión que se le había encomendado”.

Un chasqui llevó con rapidez el documento y, a unas veinticinco leguas de Santiago del Estero lo entregó a Quiroga(10).

(10) Rosas dictó la carta -fechada el 20 de Diciembre- a su secretario, Antonino Reyes. A través de un extenso escrito sostiene que era necesario pacificar el territorio antes de proclamar una Constitución y de lo ineficaz que resultaría apresurar la organización del país con el propósito de remediar los males de la época. Basándose en la carta de la Hacienda de Figueroa algunos historiadores afirman que, en esas circunstancias, las relaciones entre Quiroga y Rosas no eran cordiales, por cuanto el primero quería organizar el país por medio de una Constitución y el segundo no lo veía oportuno, por la situación política imperante. En consecuencia -se afirma- Rosas tenía interés en la muerte del comisionado. El historiador Enrique Barba, al comentar la 8va. instrucción de que era portador el caudillo riojano, afirma que ella “da en tierra con la aventurada opinión de un Quiroga entusiasta por la organización del país y enfrentado en ese punto con Rosas”. Dicha instrucción decía: “En el presente es vano clamar por Congreso y por Constitución bajo el sistema federal, mientras cada Estado no se arregle interiormente”. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

- Barranca Yaco. El asesinato de Quiroga

El caudillo de los Llanos avanzó con rapidez pero, al llegar a Pitambalá (Santiago del Estero) se enteró de que Latorre había sido derrotado y, más tarde, muerto en una revuelta en manos de un movimiento contrario salteño.

Dispuesto a cumplir con su misión se dedicó entonces a deliberar con los gobernadores. Quiroga logró que los Gobiernos en disputa saldaran sus diferencias sin recurrir a las armas y el 6 de Febrero de 1835 logró un Tratado de Amistad entre Santiago del Estero, Salta y Tucumán, tras lo cual emprendió el regreso a Buenos Aires.

Hecho esto emprendió el regreso a Buenos Aires por jurisdicción de la provincia de Córdoba, sin escuchar prudentes consejos y noticias ciertas, según las cuales los hermanos Reinafé habían ordenado su muerte. A la ida había sido advertido de que elementos del gobernador de Córdoba, querían asesinarlo(11).

(11) Versión de Adolfo Saldías, según papeles de Arana; “Historia de la Confederación Argentina” (1881/1883), tomo I, p. 431. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Despreció todos los avisos y en la mañana del 16 de Febrero de 1835 cuando la comitiva -integrada por Quiroga, su secretario José Santos Ortiz, un negro asistente, dos correos, un postillón y un niño- atravesaba el lugar denominado Barranca Yaco (norte de Córdoba) fue rodeado por una partida de hombres armados, a las órdenes del capitán Santos Pérez, persona de confianza de los Reinafé.

Acto seguido, el caudillo riojano fue ultimado, junto con sus acompañantes, con excepción de dos de ellos, que lograron huir. La carta escrita en la Hacienda de Figueroa, que Quiroga llevaba en el bolsillo de su chaqueta, quedó manchada con sangre.

La muerte del ilustre caudillo rompía el equilibrio triangular del federalismo argentino. ¿Quién había planeado el crimen? Indudablemente, el gobernador Reinafé. En el momento, cayeron sospechas sobre Estanislao López y aún sobre Rosas.

Era conocida la animadversión recíproca entre Quiroga y el jefe santafesino, disimulada en aras del triunfo común y de la paz. Pero López había afirmado su influencia sobre Córdoba, y no podía pensar en ir más allá y no hay prueba alguna de que haya tenido parte en el asunto aun cuando, por un error de perspectiva política, pueda haberse alegrado de la desaparición de Quiroga.

Tampoco en torno de Rosas hay algo más que vagas sospechas. Quiroga -el único hombre que se atrevió a amenazarlo- estaba demasiado dependiente de sus opiniones en esa época, para constituir un obstáculo a sus planes. Esta discusión nos parece ociosa. Interesa saber, más bien, quién fue el beneficiario político de la desaparición del caudillo.

- Consecuencias de la muerte de Quiroga

La influencia unitiva que Quiroga ejerció sobre Cuyo y el Noroeste no fue heredada por nadie y los gobernadores locales actuaron con independencia recíproca desde entonces. Así, el Interior desapareció como fuerza política coherente. Quedaban el Litoral, bajo la influencia de López y Buenos Aires, donde Rosas afirmaba cada vez más su poder. Corrientes se mantendrá en su política de aislamiento casi por una década (1829-1839).

Pensó su gobernador, Rafael León de Atienza que era peligroso en esos momentos vivir sin armonía estrecha con Buenos Aires cuando le llegaron sugestiones de Rosas, actuando con cautela. Tolerar la omnipotencia del gobernador de Buenos Aires sin cometer sus excesos era la política sensata que se imponía -según el de Corrientes- para afianzar la paz, el bien de los bienes.

Ese criterio tuvo partidarios y lo ejecutado, en consecuencia, originó la primera escisión del único partido político que había existido desde la organización constitucional de la provincia(12).

(12) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, capítulo VIII: “Aislamiento Provincial. (1829-1839)”, parágrafo 139. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Pero la división en Corrientes no será de violento y definitivo rompimiento; ciertas exterioridades y complacencias recíprocas conservarán las relaciones amistosas de las dos fracciones.

En tanto, Estanoslao López, aunque provinciano y “patriarca de la federación”, carecía de las condiciones políticas para extender su órbita de influencia sobre los territorios que habían respondido a Quiroga. Rosas sí las tenía. Además Santa Fe, aun con la dudosa alianza de Corrientes y Entre Ríos, no podía enfrentar al Buenos Aires de entonces, con un Gobierno que contaba prácticamente con casi toda la opinión a su favor.

La muerte de Quiroga beneficiaba pues a Rosas, quien lentamente se convirtió en el árbitro de todo el país. Desde 1835, la figura de López comienza a decrecer y el país entra, sin discusión, en la época de Rosas.

- Rosas nuevamente gobernador

El crimen produce un notable impacto en Buenos Aires. La sombra del caos, que Rosas siempre había agitado ante amigos y enemigos, parece convertirse en una certeza. Maza renuncia a su cargo. Entonces, lo que no habían podido los argumentos, lo pudo el miedo.

El temor a una nueva anarquía definió el voto de los representantes porteños: por 36 votos contra 4 se nombró gobernador -por 5 años- a Juan Manuel de Rosas en quien se depósito la suma del poder público para sostener “la causa nacional de la federación”.

En cuanto a la reacción personal de Rosas está consignada en una carta de esos días donde, tras relatar el asesinato de Quiroga, exclama:

¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? ¡Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y los principios! ¡Miserables! Y yo insensato que me metí con semejantes botarates. Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones’’(13).

(13) Carta a Juan José Díaz, del 3 de Marzo de 1835. Publicada en “Papeles de Rosas”, y citada por Carlos Ibarguren. “Juan Manuel de Rosas” (1930), p. 312. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Información adicional