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LOS PUEBLOS ASUMEN LA SOBERANIA. LA “PROVINCIA-REGION”

Luego de la Independencia, el escenario en que se desenvuelven los fenómenos regionales está condicionado por una circunstancia fundamental:

1.- el derrumbe de las viejas autoridades -virrey, audiencia, intendentes-;
2.- el declive progresivo -hasta su extinción- de la del Cabildo; y
3.- el deterioro de la Iglesia, que perderá por mucho tiempo la función que tuvo en el período colonial.

En este vacío de poder que caracteriza la vida social de las provincias rebeladas contra el Estado español, dado el fracaso de las nuevas autoridades surgidas a partir de Mayo de 1810 en la mayor parte de su cometido, el resultado será la fragmentación política expresada en la existencia -hacia 1826- de catorce provincias autónomas.

argentina en el siglo xix

Sin embargo, el proceso no condujo directamente a esa fragmentación. Hay un breve lapso en el cual las unidades políticas que suceden al dominio español son más amplias y reflejan la diferenciación política del ex Virreinato:

Entre 1812 y 1814, el débil Poder Central toma medidas, creando Intendencias:

* Buenos Aires, Intendencia restablecida por el primer Triunvirato el 13 de Enero de 1812, subsistiendo el cargo de gobernador-intendente hasta la batalla de Cepeda, librada el 1 de Febrero de 1820;
* Salta, Intendencia que comprende la provincia homónima, Jujuy y Orán (y que subsiste hasta 1814);
* Tucumán incluye Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero;
* Cuyo, lo integran Mendoza, San Juan y San Luis; la Intendencia se estableció en 1813 y funcionó hasta su disolución, en 1820;
* Córdoba, la provincia del mismo nombre y La Rioja y, hacia 1815
* el triunfo artiguista se traduce en la constitución de la Liga de los Pueblos Libres, que une a la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba.

Estas unidades políticas resisten muy poco tiempo. La implosión de las estructuras políticas continúa hasta que -definitivamente- se llega a las que serán las unidades menores -llamadas “provincias”- que recorrerán el largo proceso hasta la “unidad nacional”.

De esas unidades políticas intermedias se van separando paulatinamente:

* Salta, en 1815;
* Tucumán, en 1819;
* Córdoba, La Rioja, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Buenos Aires, Entre Ríos y Catamarca, en 1820;
* Corrientes, en 1821;
* Jujuy se retrasa y sólo en 1834 se separa de Salta.

Entre 1814 y 1820, Corrientes y Entre Ríos formaron parte de la Liga de los Pueblos Libres bajo el dominio artiguista; en 1820 integran la República Entrerriana, que proclama Francisco Ramírez al separarse de Artigas y que incluye también a Misiones; en 1821, Corrientes se rebela contra el dominio entrerriano -a la muerte de Ramírez- y se convierte en provincia autónoma, incorporando -en 1827- el territorio de las misiones.

Por su parte, Santa Fe permaneció bajo el dominio de Buenos Aires hasta 1815, en que impuso su autonomía. 

Esta unidad de análisis -la “provincia”- es en realidad una dimensión, la más sólida, el núcleo, si se quiere, de lo que podemos llamar “región” en el Río de la Plata de la primera mitad del siglo XIX.

Hasta se pueden juntar ambos elementos “Provincia-Región” sólo en la medida en que se estime o se considere la existencia de un espacio mayor que la engloba, el definido por la débil relación que -aún en los momentos de mayor fragilidad de los lazos que las unían- continuaron manteniendo las “provincias” que integrarían la Nación Argentina.

Pero la misma debilidad de ese nexo -contrapartida de la emergencia de las soberanías provinciales- es lo que otorga a la “provincia” un estatus distinto y más complejo que el regional.

Provincia-Región” -unidad socio-política- primer fruto estable del derrumbe del Imperio español que representa el grado máximo de cohesión social que ofreció la ex colonia al desaparecer las instituciones anteriores.

Ante ella, el problema se escinde:

1.- por un lado, se trata de explicar por qué la disolución de la antigua estructura virreinal cristaliza en unidades de esas dimensiones, de esa naturaleza; y
2.- por otro lado, el por qué de la no desaparición de todo tipo de vínculo entre ellas, de manera que -a lo largo del siglo XIX- el proyecto de "nación" logró sobrevivir hasta llegar a tiempos más propicios.

En el primer problema se trata de advertir -ante todo- que el hecho que las estructuras más resistentes al proceso de disolución que siguió a la Independencia, las únicas que lograron afirmar condiciones para continuar los procesos productivos y comerciales, las únicas capaces de establecer un rudimento de organización social para mantener el orden, fueron esas unidades que llamamos “provincia”.

¿En qué consistían?

La pregunta procede, pues, en realidad, de la aparente extensión -territorial y política- a que parece aludir ese término. Pero nos encontramos por lo común con algo más simple: una ciudad y el área rural cercana que domina. Esto es, una ciudad de cierta importancia -por su pasado colonial- como centro comercial o político, o ambas cosas a la vez; una ciudad de concentración, aunque sea mínima, de elementos sociales capaces de afrontar una Administración, con vinculaciones con la campaña que, por tradicionales a la vez que estrechas -dentro de las dificultades que las distancias imponían en la época tanto al comercio como a las relaciones políticas- permitían su control por el centro de residencia de la autoridad política.

Si vemos bien las cosas, es casi como advertir que la disolución de la vieja maquinaria del Estado español en las Indias se tradujo por una reversión al mínimo posible de cohesión política, un mínimo que, según las “provincias”, puede aún estrecharse algo más.

Cuando los grupos sociales tradicionales fracasan en su intento de mantener una estructura política, es decir, cuando se les hace imposible garantizar un espacio para el juego de los intereses sociales, cuando su autoridad es impotente ante los conflictos sociales, los fundamentos de la cohesión se estrechan aún más -no en el sentido espacial sino político- y un régimen de instituciones representativas, por más menguada que fuera su real eficacia, dejará lugar al dominio de una figura individual: el caudillo, o subsistirá subordinado a él.

Una explicación tradicional de este fenómeno remitiría, a la vez, al papel clave de los núcleos urbanos surgidos en el proceso de la conquista y asentamiento españoles, a los efectos en ellos del aislamiento debido a las distancias, dentro del nivel de las comunicaciones del período colonial y a la debilidad de los vínculos administrativos del Estado español en las Indias -en buena parte en función de aquellos factores-.

Desde tal punto de vista, no existió en la organización política de la época colonial una cohesión suficiente para generar una subordinación efectiva de unas ciudades respecto de otras, debido a que no existía contacto entre las respectivas zonas de influencia, de modo que las jerarquías establecidas por la Administración colonial no tenían expresión en la realidad.

El supuesto fundamental de esta concepción reposa en el concepto de localismo; no había relaciones continuas entre las ciudades, separadas por las distancias, la diversidad económica y otros factores de manera que, libradas a sus propias fuerzas y recursos, sin poder contar con auxilios exteriores, se desarrolló, coincidiendo con ese aislamiento, el espíritu localista

“... hostil a todo lo ajeno, complacido en la propia suficiencia y habituado a su soledad, soportando con decoro la pobreza y alimentando con orgullo el recuerdo de una ilustre prosapia y una ascendencia hidalga”(1).

(1) Ricardo Zorraquín Becú. “El Federalismo Argentino” (1939), pp. 23 y 24. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

Según el mismo punto de vista, el localismo municipal, nacido así del aislamiento, convertirá las “ciudades” en “provincias” y, luego de la Independencia logrará suprimir el engranaje de las Intendencias para borrar todo rastro de subordinación de unas ciudades respecto de otras.

Ese "localismo" limitó las tendencias a unidades regionales mayores, imponiendo la división del futuro país en “ciudades-provincias”.

Con los mismos fundamentos se explicaría también la peculiar relación “ciudad-zona rural dependiente”, en la que el núcleo urbano domina la zona circundante y extiende su nombre al conjunto, conjunto que, en definitiva, constituirá la sustancia de la futura “provincia”.

En el territorio colonial, de lo que será la Argentina, había trece ciudades cuyos nombres -con una sola excepción- serán los de otras tantas futuras provincias(2).

(2) La excepción la constituyó la provincia de Entre Ríos, con su capital, entonces llamada Bajada del Paraná, que se fue fortaleciendo al competir y luego neutralizar a la otrora poderosa Concepción del Uruguay, ciudad recostada sobre el Uruguay y lugar de nacimiento político de Ramírez, López Jordán y Urquiza. Las otras trece ciudades no tenían competencia en su jurisdicción. Ver: Ricardo Zorraquín Becú. “El Federalismo Argentino” (1939), pp. 23 y 24. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

- El poder de los flujos comerciales

Pese a lo atractivo de un clásico enfoque como éste de Zorraquín Becú, el desarrollo de la historia social y económica argentina ha mostrado que, a la medida de la época, fuertes y perdurables flujos comerciales las unían con mayor intensidad de lo que se creyó tradicionalmente.

La observación vale también para el período posterior a la Independencia, cuando los efectos de guerra y luchas civiles nos muestran, en el interminable coro de los afectados, la intensidad e importancia de aquellos vínculos.

Sin embargo, el espíritu localista fue una realidad y lo será todavía a lo largo del siglo XIX; la realidad, última y primaria, de las unidades económicas, sociales y políticas “ciudad-provincia”, también será rasgo característico del siglo XIX, heredado de la historia colonial y del proceso de la Independencia.

Se requiere entonces una explicación que englobe a la vez los resultados de aquellos avances del conocimiento de lo que fue la sociedad colonial y postcolonial y la disgregación, a la vez económica y política, que mostrará el siglo XIX, al mismo tiempo y sin perjuicio de los vínculos comerciales que, con fuertes fluctuaciones, seguirán desarrollándose durante el período.

Al filo del desplome del poder español, “los pueblos reasumen la soberanía”, de hecho o derecho no importa aquí, y llevan al fracaso los intentos de nueva centralización del poder, fracaso definitivamente hecho realidad al rechazarse los intentos de organización constitucional posteriores a la Independencia.

En un primer momento, las entidades convocadas por el Reglamento de 1815 fueron las “ciudades”. Pese a que el Estatuto de 1815 prescribe la representación "por provincias", hasta el Congreso de Tucumán que declara la Independencia en 1816 -formado por representantes de ciudades- se va concediendo a la ciudad el carácter de realidad política fundamental del posible nuevo país(3).

(3) Ricardo Zorraquín Becú. “El Federalismo Argentino” (1939), p. 27. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

Ciudad -o “provincia”, extensión del papel de una ciudad- constituyen así los nuevos protagonistas de las primeras etapas de vida independiente. Y si con el correr del tiempo la entidad “provincia” se desarrolla y torna más compleja, la perduración de su cuasiautonomía a lo largo de gran parte del siglo XIX remite al mismo problema que consideramos, problema en el que incide fundamentalmente una característica de la estructura social de la ex colonia que refleja un rasgo fundamental de su conformación económica: el hecho que, dentro de esa creciente mercantilización de la vida económica colonial, tanto la existencia de vínculos reales entre aquellas “ciudades-provincias”, como la no existencia de vínculos suficientes para fundar un Estado luego de la Independencia, se corresponden con el predominio de un tipo de capital, el capital comercial (comercial y usurario) que en el siglo XVIII había desarrollado su dominio sobre la producción y su papel primordial en la vida económica colonial(4).

(4) Respecto del papel del capital comercial en Iberoamérica, así como del problema metodológico que entraña, véase el trabajo “Formas de Sociedad y Economía en Hispanoamérica” (1983), tercera parte, pp. 169 y sigts. Ed. Grijalbo, México. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

- No hay “nación” hasta 1880. La fraguó la historia

Luego de proclamada la Independencia en 1816, cuando la guerra contra España entra en su última fase y se traslada lejos del Río de la Plata, parecía llegada la hora de afrontar la constitución definitiva de una nueva nación.

La realidad -en cambio- fue el fracaso, por largo tiempo irreversible, de aquel propósito. Fue todo lo contrario; la organización estatal quedó reducida al mínimo y la “nación” continuó constituyendo un enigmático proyecto.

Lo más dificil en historia es separar el relato de los hechos de los hechos en sí. Al hacer una visión retrospectiva del anárquico y despiadado siglo XIX, puede parecer la de una Nación que demora en fraguar por resistencias internas -de variada naturaleza, según quien la juzgara- pero indudablemente existente aún en los peores momentos de aquella “anarquía” de la primera mitad del siglo XIX.

Sin embargo, si consideramos mejor las cosas, un tal punto de vista podría consistir en un anacronismo: el anacronismo de dar por existente -en aquel lapso que se cierra a mediados de la centuria- lo que encontramos realizado al culminar la segunda parte del siglo.

¿Existía realmente una nación impedida de organizarse en una estructura estatal por remanentes aciagos del pasado colonial o lo ocurrido fue -por el contrario- la manifestación de una realidad social ajena a ese supuesto?

Lo que sigue se guía por la segunda perspectiva, entendiendo que conviene para una mejor comprensión de lo ocurrido no poner en los comienzos del proceso lo que habrá de ser resultado, proceso en el que, si existían factores de unión entre los pueblos rioplatenses que emergieron del desplome del Imperio español, también es cierto que ellos no alcanzaban a conformar el fenómeno de una “nación”.

Por eso, si al intentar -como necesitaremos hacerlo- un análisis de los diversos factores que tendían a la unificación nacional o que apuntaban a lo contrario, quisiéramos distinguir en ellos lo que nos pareciera más relevante para explicarnos la situación de las ex Provincias Unidas durante el período que concluye en 1852-1853, que se prolonga en parte hasta 1880; si repasáramos el conjunto de fenómenos atinente a producciones, comercio local, interregional y exterior, tendencias políticas, doctrinas constitucionales, emergencia del caudillismo y otras tantas circunstancias del período, entendemos que entre todos ellos el rasgo más decisivo de la estructura social rioplatense -en lo que respecta al problema nacional- fue la inexistencia de una clase social dirigente de amplitud nacional -ateniéndonos a los límites de la futura nación- capaz de ser el sujeto histórico de ese proceso.

La inexistencia de una "nación" en el Río de la Plata de la primera mitad del siglo XIX es simplemente eso, si se nos permite una aparente tautología: la inexistencia de una nación, revelada fundamentalmente para el análisis histórico en lo que constituye el rasgo que consideramos más significativo del proceso: la inexistencia de una clase dirigente en el nivel interprovincial; la sola existencia de clases -o grupos- sociales de alcances locales.

El significado de esto que apuntamos -y que entre otros rasgos otorga al proceso que culmina hacia 1880 el carácter de una historia de la emergencia de una clase social dirigente nacional- nos revelará mejor su sentido y su valor como punto de partida, si exponemos de inmediato la necesidad de revisar un supuesto bastante difundido respecto a la interpretación del hecho de la Independencia.

Se trata del criterio según el cual la Independencia de las ex colonias ibéricas habría sido fruto de la maduración de una clase social, generalmente denominada “burguesía”, a lo largo del período colonial tardío, maduración que, una vez llegada a cierto punto, habría determinado que esa clase no pudiera ya encontrar cabida a su desarrollo en el seno de la vieja sociedad y necesitara romper las estructuras coloniales, tomar el poder y dar lugar al nuevo período histórico que posibilitaría su desarrollo y, con él, el de una sociedad nueva.

Según esta perspectiva, las “burguesías” iberoamericanas habrían echado abajo así, el viejo edificio colonial -aprovechando la coyuntura abierta por las guerras napoleónicas- y habrían iniciado una nueva etapa histórica durante la cual deberían aún pagar tributo a los resabios del pasado colonial antes de lograr su gran cometido histórico: constituir las nuevas naciones.

Esta forma de concebir el fenómeno de la Independencia, una especie de traducción iberoamericana del proceso de las revoluciones burguesas europeas, encontró un sinnúmero de escollos para sostenerse, cuya consideración excede los límites de este trabajo.

De acuerdo con ella, la interpretación de lo ocurrido después -a lo largo de la primera mitad del siglo XIX- quedaría reducida a una historia de tropiezos, de avances y retrocesos, en el desarrollo de algo que ya está puesto desde el comienzo: la nación y la clase nacional que habría de construirla.

Sin embargo, un punto de vista más verosimil que surge de los trabajos históricos de los últimos tiempos es sustancialmente distinto; la independencia de las ex colonias ibéricas habría sido más bien efecto conjugado del derrumbe de los Imperios ibéricos, de la presión, acrecida a todo lo largo del siglo XVIII, de la nueva potencia dominante en la arena mundial -Inglaterra- y de los factores de resentimiento y disconformidad existentes en casi todas las capas sociales americanas hacia el dominio colonial(5).

(5) Véase una exposición sintética del problema en Tulio Halperín Donghi. “Historia Contemporánea de América Latina” (1969), pp. 74 y sigts. Ed. Alianza, Madrid. // Citado por José Carlos Chiaramonte. “Mercaderes del Litoral (Economía y Sociedad en la provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX)” (1990). Ed. Fondo de Cultura Económica, México/Buenos Aires.

Estos últimos factores, si bien pesaron decisivamente en la emancipación, alcanzan a dar cuenta del proceso de independencia estallado en aquella coyuntura.

La Independencia, entonces, sobreviene cuando el grado de maduración de los principales sectores sociales de las colonias estaba aún muy lejos de permitir trascender los particularismos regionales o locales, fenómeno que se habría hecho patente en esa primera etapa de vida independiente que, con diverso cierre, recorren casi todos los países hispanoamericanos en la primera mitad del siglo.

Lo que acabamos de apuntar en este breve escrito, entraña un criterio básico, que conviene tornar más explícito.

En un examen de la cuestión regional en Argentina como cuestión nacional, se considera que el centro del problema está en el análisis de la estructura social. Fundamentalmente, en el intento de aclararnos los sujetos sociales que configuran el panorama regional de cada período y que juegan en el proceso que culmina en la organización del Estado Nacional.

Si bien ello mismo nos obliga a analizar la información procedente de ámbitos como los de la historia económica o la historia política del período, el interés fundamental es intentar una evaluación de las relaciones sociales características y de sus transformaciones, que pueda dar cuenta de los conflictos interregionales.

La cuestión regional ha sido considerada tradicionalmente como la cuestión de los obstáculos que se interpusieron en el camino de la Organización Nacional. Desde esta perspectiva, habría desde un comienzo quienes tendían a la unidad nacional y quienes se oponían a ella; quienes representaban al “partido de la nación” y quienes representaban al “partido de la fragmentación”.

Habrían existido así, fuerzas nacionalistas y fuerzas antinacionales desde el momento mismo de la Independencia, división que obliga entonces a postular partidos de lo nacional y partidos de la disolución y, por consiguiente, a suponer una fuerza social que encarnaría los intereses nacionales.

Es dudoso que tal punto de vista pueda ser verificado, salvo que se adopte el criterio equivocado de creer siempre a los hombres cuando hablan de sí mismos y tomar como representantes de la Nación a quienes se manifestaban por ella en periódicos o reuniones políticas, olvidando que sus acciones concretas podrían estar en colisión con esos objetivos -aunque fuesen sinceros en proclamarlos- al adherir a intereses parciales -de localidad, de ocupación, de facción- que no favorecían naturalmente tal objetivo.

Por lo tanto, parece más fructífero considerar distintas situaciones que puedan ser abordadas con la información de que se dispone, sin dar por supuesto lo que no existía y tratando en cambio de establecer las tendencias nacionales y las opuestas que se gestaban al mismo tiempo y frecuentemente en unos mismos grupos sociales.

En efecto, ambas tendencias se generaban -clara o confusamente, según las circunstancias- en el seno de las fuerzas sociales que contendían en el agitado panorama interregional de la primera mitad del siglo; lo común era, naturalmente, que la necesidad de constituir una nación se entreviese bajo la forma de la satisfacción de los intereses locales sin mengua alguna y, de haber tenido alguna de las “provincias” la fuerza suficiente para lograrlo, hubiese sido ése posiblemente el camino seguido.

Por lo menos los intentos no faltaron, aunque terminaron en el fracaso.

La cuestión regional como cuestión nacional será entonces la historia de un largo proceso en el que las distintas fuerzas contrapuestas -las fuerzas provinciales(6)- deberán cambiar para que, de ese cambio, surjan las posibilidades de negociar una solución, un compromiso, que dé lugar a la Nación constituida.

(6) Desde este punto de vista, y en el contexto en el que está expresado el concepto, el "mitrismo" era una "fuerza provincial" con capacidad suficiente para imponese a nivel nacional. La desaparición del "mitrismo" a fines del siglo XIX prueba ese aserto.

De ahí surge que resulte equivocado el comparar el proceso de independencia estadounidense del argentino, por ejemplo; de comparar el desarrollo imponente de un país, que creció como mancha de aceite, con el del otro que sufrió tal grado de desemembramiento que terminó perdiendo el 50 % de su territorio original.

Por supuesto no es aceptable decir que existieron diferencias intelectuales en sus líderes; Moreno, Rivadavia, Artigas, San Martín, no fueron menos que Hamilton, Jefferson, Washington o Adams.

Un país nació cuando Europa quedaba envuelta en la telaraña de la guerra, con la Revolución Francesa y la guerras napoleónicas; el otro nace cuando Europa -más allá de sus problemas internos- goza de cien años de paz, desde Waterloo a la Primera Guerra Mundial.

Inglaterra, y en menor medida Francia, no sólo serán claves para entender el proceso independentista iberoamericano, al provocar la caída del Imperio español (el plan llevado a cabo brillantemente por San Martín fue gestado por hombres del Estado Mayor del Ejército británico), sino también en el proceso postindependentista con la política de “Gobierno indirecto” británico que generará condiciones que profundizarán las distancias conceptuales entre las “provincias” rioplatenses, proecso que retrasará en el tiempo la “unidad nacional”.

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