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El germen republicano. Ferré y las ideas federales

El mismo día 12 de Octubre de 1821, en que fue derrocado y depuesto José Evaristo Carriego, el concurso del pueblo reunido en la plaza -hoy denominada 25 de Mayo, de la Ciudad de Corrientes- nombró Comandante de Armas provisorio a Nicolás Ramón de Atienza.

Mientras estos sucesos se desarrollaban en la ciudad, que de inmediato le fueron informados a Ferré por Atienza, vía León Esquivel, "porque no sabía dónde estaba (aquél) exactamente", Ferré abandonó Caá Catí el día 15 de Octubre, marchando con la columna expedicionaria para proteger el movimiento de la ciudad.

Esta fuerza se componía de 800 a 1.000 hombres, mandada por los comandantes Esquivel, Aquino, Corrales, Güeri y otros.

Llegó Ferré -y los Comandantes Militares que lo acompañaban- a Corrientes el 18 de Octubre de 1821. La presencia de su tropa enardeció el entusiasmo popular y fueron vitoreados sus componentes como salvadores de la patria(1)Todos ellos traían el fervoroso entusiasmo de sus vecindarios

(1) Extracto de la conferencia dada por el agrimensor don Manuel V. Figuerero en el Centro Correntino “General San Martín”, el 12 de Octubre de 1920, 99no. aniversario del arresto de Evaristo Carriego. // Citado en el Anexo I, C de la obra de Pedro Ferré. “Memoria del Brigadier General Pedro Ferré (Octubre de 1821 a Diciembre de 1842)” (1921). Ed. Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires.

Cuando volvió al frente de 800 milicianos, ya la pacífica insurgencia -que sólo necesitó ser urbana- había terminado; Carriego estaba depuesto.

Esta primera faz del asunto resultó fácil y lo suele ser siempre aunque haya que vencer resistencias más duras; y lo es así, pues el acuerdo y la colaboración son sinérgicos y completos cuando se trata de destruir; otra cosa es cuando hay que edificar.

¿Qué se iba a hacer ahora, desaparecida la dominación del Supremo Entrerriano? ¿Se resolvería la situación en la forma simplista, como era uso y costumbre en la época y había en tantas partes el ejemplo, de que el dueño de la fuerza lo era también del Gobierno y la regla de la vida política su voluntad?

- Pronunciamientos de los Comandantes de campaña

Este parece haber sido el pensamiento de los Comandantes Militares -no podía ser otro- y el que lo combatió fue el único que -egoístamente- pudo aprovecharse de él: Ferré.

“Estos comandantes (refiere él mismo) considerándose legalmente facultados, pensaron en nombrar gobernador de la provincia, a lo que me opuse fuertemente, y reuniéndolos en mi casa les hice ver que en el buen cimiento consistía la fortaleza de un edificio; que si habíamos hecho la revolución para dar vida a nuestra patria, debíamos empeñarnos en que -desde el momento de haberlo conseguido- apareciese con la dignidad de un Estado libre e independiente; excité su patriotismo con mil reflexiones sobre el particular y concluí diciéndoles que lo que juzgaba que debían hacer era nombrar un Comandante de Armas provisorio y acordar la convocatoria de un Congreso Provincial que constituyese la provincia con independencia del poder militar, y nombrase gobernador.
“Convencidos de mis razones, convinieron en todo conmigo y tuve la satisfacción de ver puestos en práctica mis deseos”.

Sabía, intuía, que sobre la fuerza no se funda nada estable; que a una revolución del género de la realizada, que no era un simple cambio de hombres con ambiciones personales como bandera, había que darle un contenido orgánico que la hiciera sólida, que fundara algo permanente para escapar -para siempre- del caos, de lo incierto, de lo vago; del cacicazgo que hace vivir siempre en lo provisorio.

Y su decisión fue rápida. Frenando su ambición, sería soldado de una causa civil de la organización institucional del “Estado” y, con su voluntad y prestigio, sirvió a ese elevado concepto.

Por su influjo se trabajó con todos los materiales -menos con la fuerza- y el Gobierno Provisorio recibió el mandato imperativo de convocar a un Congreso para que dictara una Constitución.

Así comenzó la acción positiva de Ferré, quien mostró desde el principio una modalidad de criterio que le sirvió siempre de norma y que contrasta con la que se exaltaba en la época en otras provincias argentinas y aún en otros lugares de América: la tendencia al Gobierno civil.

Los pronunciamientos de los hombres campaña no se hicieron esperar; reunidos en Junta parcial en la Capital, los Comandantes Militares de Caá Catí, León Esquivel; de las Ensenadas, Manuel Corrales; de Palmar y Galarza, Manuel Antonio Aquino; del Empedrado, Juan Manuel Sánchez; de Itatí, Juan Antonio Güerí; y de Guácaras, Francisco Antonio Gómez, resolvieron postergar la realización del Congreso y de la Junta General de Comandantes para atender -en forma práctica- a las medidas de defensa, congregando la milicia popular en el Cuartel General que se declaraba instalado en San Roque. Estas milicias conjurarán activos trabajos “jordanistas” registrados en Goya y al sur del río Corriente.

Ferré pensaba que así se evitaba al estado de reciente formación; que tenía que ser democrático; porque en los de América -salvo contadas excepciones- no era posible otra forma de gobierno; el escollo en que otros tropezaron era el cesarismo semibárbaro, en que un jefe de milicias, más fuerte, más astuto o más audaz que sus pares, se alzaba con el mando, iniciando uno de esos Gobiernos “paternales” más o menos vitalicios, que terminaban con una dinastía -como la paraguaya- o en un sangriento carnaval por la sucesión.

Ferré tenía ideas concretas y definidas sobre este punto; lo dice en su “Memoria...”, y además ello fluye de su conducta política constante y uniformemente. Creía también que para que este criterio saliera del dominio de la teoría, era necesario que se formara una clase gobernante capacitada por lo único que podía hacerla apta: el ejercicio turnante del poder.

Y la condición para lograr esto era dar preponderancia -en primer término- al elemento civil y, además, predicar con el ejemplo. Nada más aleccionador que esto último. La lección de moderación que implica, hace escuela, y crea escrúpulos aun en los menos predispuestos a tenerlos por su psiquis individual o por deficiencias de su educación.

Ferré lo dio, y no es aventurado decir que el modelo de entidad orgánica que Corrientes ofreció en sus primeras décadas de vida libre fue en parte fruto de esta convicción que él creó, que él fortaleció, abandonando la alta función pública en su hora, a pesar de alguna interna tentación y de las solicitaciones interesadas de su entorno, de su séquito, siendo el único político de su época -en Corrientes- con la suficiente influencia para obtener relaciones seguidas.

- Esquivel, al frente de las armas provinciales

Al frente del pueblo armado -citado para San Roque- la Junta parcial de comandantes impone a León Esquivel, jefe prestigioso a quien se había visto destacarse en la defensa de la frontera de Misiones sobre todo y que acompañó y sostuvo a Ferré desde el primero momento.

La defensa de la ciudad capital -o el mando inmediato de su guarnición(2)- se encargaba a Juan José Fernández Blanco, completándose estas medidas con el indulto general de los desertores, algo así como la amnistía de las pasadas luchas políticas.

(2) Este cargo importaba 1a “Sargentía Mayor de la ciudad”. Datos de la Circular a los Partidos de campaña del 18 de Octubre de 1821. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929), capítulo XXII. Edición del Estado.

La amistad de Mansilla y Estanislao López -manifestada oficialmente a Fernández Blanco, en comunicaciones inmediatas al Pronunciamiento del primero- despejaron de peligros el nuevo orden de cosas.

Entre los papeles secuestrados al depuesto Carriego encontraron los dirigentes de la sublevación, oficios dirigidos por el general Mansilla, suscriptos además en garantía de veracidad, por el gobernador López -de Santa Fe- en que se invitaba al pueblo a adherirse al Pronunciamiento(3).

(3) Oficio del 3 de Octubre de 1821; etc. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929), capítulo XXII. Edición del Estado.

- Las dudas del sector nacionalista

En tanto, Ferré ocupó un cargo en el cabildo provisorio que se formó inmediatamente después del derrocamiento de Carriego y llevado por sus ideas -seguramente- aceptará la candidatura de Juan José Fernández Blanco para el puesto de gobernador, creado por el Estatuto Provisorio Constitucional que el Congreso Provincial sancionará, eliminando la suya propia y la de su amigo, el coronel León Esquivel, cuya condición de Jefe de Milicias lo inhabilitaba para ello en su concepto:

“Pudimos, el coronel Esquivel o yo, ocupar el lugar que ocupó el señor Blanco, pues estuvo en nuestras manos, pero nuestra ambición quedó satisfecha por haber puesto a la provincia en posesión de sus derechos”, dice en su “Memoria”.

Es probable que el primer gobernador no haya sido “persona grata” para él, no porque le creyera carente de cualidades personales sino por otras razones, que despertaban en él fundados recelos.

"Ferré juzga en su 'Memoria' -con evidente injusticia- la obra administrativa del Gobierno de Fernández Blanco; éste, a su vez, no le confió ninguna función importante, como pudo hacerlo, pero no es esta posible desafección recíproca lo que le hacía suspicaz con respecto a Fernández Blanco: eran razones de previsión política, con vistas al futuro en el orden nacional, lo que le hacían temerlo", señala Díaz de Vivar(4).

(4) Ferré no necesitó en los años que gobernó Fernández Blanco de "ningún puesto importante". Ocupará -en 1821- en premio a su actuación, un escaño en el restablecido y señorial Cabildo de Corrientes. Fue electo Alcalde de segundo voto, en un Cuerpo municipal que cumplía funciones legislativas, de asesoramiento y hasta delegación de funciones del P. E.. Su posición política siempre fue de fuerza. “El hijo del calafate podía codearse con los hidalgos de sangre noble y actividad nula, que custodiaban los propios y distribuían justicia en la Ciudad de las Siete Corrientes”, dirá José María Rosa en “Nos, los Representantes del Pueblo (Historia del Congreso de Santa Fe y de la Constitución de 1853)” (Septiembre de 1963), segunda edición. Ed. Huemul S. A., Buenos Aires.

En Buenos Aires volvía a resurgir Bernardino Rivadavia quien, si se promovía -de acuerdo con lo pactado en el Pilar- un Congreso Nacional para tratar de los intereses comunes de las Provincias Unidas, podía aparecer de nuevo con su famoso “Estatuto” de tribu africana bajo el brazo, y sus palúdicos golpes de estado.

Y en tal circunstancia, los hombres que -como Ferré- tenían la firme convicción de la inexcusable necesidad de arraigar la naciente unidad provincial, sabían con qué enemigo tenían que habérselas, qué antecedentes ofrecía el hombre cuya influencia volvía a recrudecer, cuál era la violencia de su temperamento, cuál su falta de escrúpulos y cuál su incomprensión.

Era necesario estar preparado para la resistencia, para que se pudiera evitar sucesos como los del año XI en que Rivadavia -con su policía y su populacho- sin ningún pudor y con la mayor insolencia, arrasó la inerme Junta Grande, confiada y cándida Corporación, hija todavía de la ingenuidad de los tiempos coloniales, que creía que para su acatamiento y respeto bastaban la autoridad moral que emanaba de la representación que investía como auténtica expresión de todos los pueblos del Virreinato, así como bastó antes la autoridad moral del rey, que no necesitó ejércitos en qué apoyarse en los tiempos de su dominación.

- El perfil de Fernández Blanco

La tremenda prueba porque era de temer pasase la provincia recién reconstruida, requería otro hombre que Fernández Blanco, cuyos antecedentes del tiempo de las “capatacías” no le abonaban mucho que digamos.

Era éste hermano de Angel que, en unión con Genaro Perugorría, se había sublevado contra José Gervasio Artigas para restablecer la obediencia de la comarca a los directoriales monarquizantes de Buenos Aires. Aunque no tenía el dinamismo, la capacidad de persistencia ni el espíritu de abnegación de su hermano, era solidario con él en sus ideas políticas y éstas constituían -en la hora- un peligro para la consolidación de la autonomía de Corrientes.

La candidatura de Juan José Fernández Blanco tenía prestigio en el ambiente ciudadano, a pesar de las ideas que se le suponían con bastante fundamento, por la simpatía que irradiaba su hermano Angel, hombre abnegado y generoso, que casi consumió su considerable fortuna -la más grande de su tiempo en Corrientes- en ayudas pecuniarias a la expedición de Manuel Belgrano y creando y equipando a su costa regimientos y compañías de milicias que puso a las órdenes del mismo.

Angel Fernández Blanco no tenía ambiciones de figuración personal; no las tuvo ni antes ni después del 25 de Mayo. Servía con toda abnegación y desinterés a lo que él creía justo y conveniente al bien general, pero siempre desde la penumbra.
Rechazó constantemente posiciones políticas o militares que pudo tener a su alcance y su paso por la vida pública sólo se señaló por sus sacrificios pecuniarios y los de su tranquilidad personal.

Siendo prisionero de las fuerzas artiguistas, cuando la aventura de Perugorría -que él ayudó y sirvió- no tuvo con qué pagar el rescate de 4.000 pesos fuertes que le impuso su aprehensor, el indio Blasito; ¡tanto se había quebrantado su fortuna, puesta al servicio de su país y de lo que él estimaba ser el bien público!

El desinterés, cuando es positivo y sincero, y lo era el de Angel Fernández Blanco, es una de las cualidades que más impresionan al alma humana, que más simpatías crea, homenaje inconsciente que rendimos a esos seres de excepción, los que por nuestro natural egoísmo somos incapaces de imitarlos.

De la aureola que, sin proponérselo, creó Angel alrededor de su apellido, aprovechó indirectamente su hermano Juan José, y de ahí seguramente el prestigio que rodeó a su candidatura a gobernador.

Fernández Blanco había sido jefe de Ferré en las primeras compañías de milicias que, con toda generosidad, reclutó y equipó Angel, en 1810; era de suponérsele de gran capacidad administrativa, dado el alto grado económico a que elevó su industria privada; también se lo sabía muy honesto, pero el recelo de Ferré nacía de la conducta de los Fernández Blanco cuando la lucha por las “capatacías”.

Estaban demasiado vinculados a Buenos Aires y eso era seguramente -a su juicio- un peligro en los momentos en que era necesario afirmar a todo trance la individualidad de la provincia, si alguna enseñanza provechosa quería sacarse del doloroso pasado; pero él estaba allí, vigilante, para acudir a la defensa del principio en caso necesario.

Era ya fuerte por su influencia, no sólo en la opinión de la capital, sino en la de la campaña. Su prédica era eficaz porque se basaba en la verdad, en un interés positivo asequible a todas las mentes; estaba fundada no en una suspicacia vaga, sino en el temor de una realidad próxima a aparecer, porque en el orden nacional se preparaban acontecimientos que iban a poner a prueba la solidez de la obra realizada.

A pesar de sus recelos, Ferré no podía combatir la candidatura de Fernández Blanco, ni era prudente que lo hiciera, no sólo por las circunstancias antedichas, sino porque la primera condición de respetabilidad para esta nueva faz de la existencia de Corrientes era que el reciente Estado no naciera bajo el signo de la discordia; y por esto había que resignarse a soportarla, aunque siempre alerta y preparando a la opinión pública para resistir victoriosamente el choque que fatalmente tenía que venir.

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