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Las vísperas del movimiento. Los actores. Sus líderes

El Supremo Entrerriano tenía por representante en Corrientes al manso señor Carriego, y este fue el Cisneros local, a quien se le hizo su 25 de Mayo(1).

(1) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Gestóse este movimiento por inspiración propia de los correntinos, siendo la primera vez que ello no era el resultado de una intriga tejida afuera.

La dura lección de los hechos les había mostrado que si querían asegurar la paz, la tranquilidad y el mínimo de libertad política, siquiera como la que se gozaba en tiempos de la colonia, tenían que organizarse y defenderse a sí mismos, libres de una colaboración que se pagaba con una dura opresión -como en los tiempos del dominio porteño- y libres también de una Liga federativa, que empezó con una absorción de la personalidad de la provincia y concluyó con una amenaza de segregación del gran Todo.

Para poder entrar en una obra de colaboración política con los otros pueblos del extinguido Virreinato era necesario, ante todo, tener personalidad propia, por lo menos tal como se la tenía cuando el dominio español en la extensa jurisdicción que gobernaba su Cabildo.

Eso, que no había sido posible hasta entonces por la indecisión o timidez de las clases directivas, lo era ahora que nuevos factores aparecían en la escena, reemplazando a los viejos valores coloniales de apocado espíritu.

Buenos Aires ya era “provincia”; algo -aunque no mucho- había aprendido en el camino, y se recogía sobre sí misma para reponerse de los golpes que le habían asestado en cuerpo y bienes, y en sus pretensiones de hegemonía.

La dominación del Supremo Entrerriano también se desmoronaba sola por la muerte del caudillo y por lo inconsistente de su obra contradictoria; campeón de la idea federalista y conquistador a la vez, dos puntos de vista espirituales antitéticos.

El movimiento correntino iba pues a cristalizar libre de ataduras y obstáculos.

Pedro Ferré salió a campaña para tratar de organizar milicias, pues en esos tiempos de fuerza era necesario contar con ella para apoyar una idea.

Era muy amigo del Comandante Militar de Caá Catí, el coronel León Esquivel, y éste lo puso en contacto con los de otros pagos sobre los que tenía ascendiente personal.

Ferré estrechó relaciones con ellos y como tenía ya su influencia sobre los Cívicos -donde era Capitán- y sobre la Marinería -por su cargo de Comandante General del Puerto- “controlaba” la fuerza armada.

- El liderazgo de Ferré

Los primeros años de la vida juvenil de Ferré corrieron tranquilos en el seno del honorable hogar paterno, repartiendo el niño su tiempo entre la escuela de primeras letras, sostenida gratuitamente por el Convento de San Francisco, y el aprendizaje del arte de carpintería de ribera, de que vivía su padre(2).

(2) Extracto de “Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos”, por el doctor Manuel F. Mantilla, edición de 1884, páginas 100 a 108. // Citado en el Anexo I, A de la obra de Pedro Ferré. “Memoria del Brigadier General Pedro Ferré (Octubre de 1821 a Diciembre de 1842)” (1921). Ed. Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires.

La necesidad, asistida de un buen sentido práctico de éste, daba al niño la educación que hoy proporciona a sus hijos el más ancaudalado norteamericano: la escuela y un oficio. Así, cuando llegó a la edad reflexiva, se encontró poseido del anhelo al trabajo y de la mejor instrucción qne podían recibir entonces los niños de Corrientes y con aquella preparación -tan limitada cuanto honrosa- entró a ser hombre, fiado únicamente en sus propios esfuerzos.

Inicióse en la vida activa del ciudadano, sentando plaza de soldado en una de las compañías patrióticas que organizó Angel Fernández Blanco, en Octubre de 1810, “teniendo por compañeros -dice su hijo político, el doctor Belisario Saravia- a los López, Colodrero, Arriola, Beláustegui, Mantilla y varios otros jóvenes que han hecho un distinguido papel en la revolución”.

Con la marcha de la primera compañía al Paraguay y luego al sitio primero de Montevideo y la refundición de la mayor parte de la segunda en los “Dragones de San Juan de Vera”, la primitiva organización que se dio a la Guardia Nacional de la capital fue alterada, formándose del elemento decente y afincado de la ciudad un Cuerpo urbano, de funciones locales, que por largo tiempo conservó su denominación de Cívicos.

En él continuó Ferré prestando sus servicios, habiendo sido nombrado Capitán de la 3ra. compañía el año 1819.

- El elegido de su generación

Una generación no es un ente colectivo que pueda reducirse a un común denominador. Hay en ella componentes destacados y componentes opacos. Todos contribuyen, en su esfera de acción, cada cual, al desenvolvimiento de los sucesos pero, para explicarse las directivas que estos toman es indispensable estudiar individualmente a los sobresalientes, pues son los que marcan rumbos y no todos ellos poseen la misma psicología porque tienen -aunque el mismo ambiente- caracteres diversos nacidos o de su ancestro racial o de sus complejos individuales.

“Me propongo estudiar uno de ellos, a Pedro Ferré, no sólo porque a mi juicio fue el hombre más destacado en el mundo político de las primeras décadas de la vida institucional de Corrientes y de las tentativas de organización de la República, sino porque su preponderante figura está llena de enseñanzas”(3).

(3) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

El hombre civil que se hace su sitio destacado e indiscutido en los tiempos de la lanza y de la fuerza bruta; el hombre de la sensatez y del equilibrio mental; el hombre de un pensamiento orgánico definido y claro que nunca abandonó; de un ideal político que sirvió con sorprendente continuidad desde el principio hasta el fin de su vida pública; el sano optimista a quien no envanece el éxito ni quiebra la derrota; que de “carpintero de ribera”(4) pasa a ser varias veces gobernador -la cumbre- para volver a ser, sin abatirse, nuevamente y por largos años, otra vez carpintero de ribera, sin sorprenderse de ese tan brusco cambio de fortuna; que escribe con placidez sus “Memorias”, sin amargura y sin veneno.

(4) Díaz de Vivar llama varias veces a Ferré “carpintero de ribera” y algunos autores correntinos de buena fe usarán este apelativo como expresión de nobleza, de hidalguía, de magnanimidad. Pero nada más lejos de la verdad.
La cita es más bien la excecración de Ferré, una falsificación de la actividad empresarial del gobernante correntino. Este era un armador, es decir, una persona que se dedica a construir barcos, que prepara y equipa barcos.
Fue Rosas -quien detestaba al armador correntino- el que lo llama socarronamente “carpintero de ribera”. Luego, la ignorancia del origen de dicha frase hizo que la malusaran hasta los panegiristas de Ferré.
Otro que lo odiaba era Rodríguez de Francia, quien se quejaba de las acciones políticas de Ferré, llamándolo “ese salvaje ladrón, el carpintero Ferré”.

El maestro de estoicismo que supo ser alternativamente pobre y poderoso sin alterar su nivel de conformidad, lleno de salud moral; que no pide a la vida y a los hombres más de lo que éstos pueden rendir y que por eso no llora desengaños, a pesar de los latigazos que le da la primera y de las ingratitudes de los segundos, porque sabe que ambas son cosas contingentes, lo oscuro que alterna con lo claro del cuadro, porque así son la vida y los hombres, cosas buenas y malas, que dan frutos que hay que agradecer o que hay que perdonar, pero nunca maldecir.

Yo no soy panegirista por temperamento ni creo que la historia haya que escribirla con criterio abogadil, de alegato. Proponerse demostrar que un personaje histórico es ángel o demonio según la parcialidad que tenga el escritor, me parece un absurdo y una tontería. Creo que hay que estudiar a los hombres con criterio humano, con espíritu analítico, frío o entusiasta -cuestión de temperamento- pero justo, en tanto lo permitan las aptitudes del observador.

Por eso, al decir lo que tengo dicho de Pedro Ferré no he puesto sino lo que a mi juicio puede decirse de él, pesando todas las palabras para darles su cabal sentido, huyendo de lo excesivo como de lo insuficiente.

Este juicio es el que fluirá del estudio de su vida, con precisión, claro, nítido. Fue sin quererlo, sin proponérselo, sin pensar en ello, un gran hombre en un pequeño escenario.

El medio le negó mucho de lo que precisó para el cumplimiento de una gran misión, pero él suplió lo que le fue indispensable a fuerza de voluntad y de intuición.

Dio lo que pudo. ¿Dio mucho? Lo suficiente para tener un gran puesto en la historia argentina y prestar aún a “sus paisanos” -su expresión favorita- un servicio póstumo, al ofrecer el ejemplo de su vida como objeto de meditación y de grandes enseñanzas.

- Ferré, su tiempo y su medio

De acuerdo con el criterio que he expresado, ante todo debemos examinar la figura de Pedro Ferré en su tiempo y en su medio, precaución indispensable para tener cabal idea de los actos, de los hechos y de los procesos mentales a que éstos dan origen. Sacar de su cuadro al personaje es la causa de los falsos conceptos y de los extravíos de criterio.

Es seductora la teoría determinista de Hippolyte Taine explicando la formación de los hombres que han dejado huella en la historia. Encanta tanto por la magia del estilo del gran sofista francés, como por la aparente lógica de sus conclusiones.

Contiene indudablemente mucha verdad, pero sufre de un unilateralismo que lo invalida como concepto absoluto. No toma en cuenta, o lo hace en muy escasa medida, el factor personal que, a su vez, es complejo y condicionado por otros más sutiles y que es quien “sensibiliza” al sujeto -para hablar con los biólogos- y que hace reaccionar de distinta manera personas del mismo ambiente.

Si ha sospechado al factor ancestral, ha ignorado lo que pueden influir los “complejos personales’’ que tanto contribuyen a la formación del carácter. A pesar de ésto, sólo un criterio determinista, ampliado con los otros conceptos mencionados, puede explicarnos la formación de los grandes hombres y a él nos atendremos para tratar de estar más cerca de la verdad al estudiar al nuestro.

Por consiguiente, hay que conocer los factores de ambiente aplicables a toda su generación y los que le fueron personales y constituyeron su “fatalidad individual”, lo que lo acreció o lo estorbó, todo lo que pudo contribuir a la formación de su psiquis.

- Ferré, el artesano

Pedro Ferré no era de las familias feudales. No procedía de estancieros. Sus padres eran de sangre pura europea. Su padre era “carpintero de ribera”, industrial capitalista, las distancias guardadas.

Su familia, sino tenía la “clientela” que da la posesión de la tierra y que significaba la posibilidad de levantar mesnadas -orgullo del estanciero y que reafirmaba su “feudalismo”- influía sobre la masa obrera, maderera u obrajera, más evolucionada que la puramente campesina, pues el hombre de taller que ha logrado la educación manual necesaria desbasta más su cerebro que el de la gleba rural.

También la situación económica del industrial tenía que ser superior a la media del estanciero. La madera -artículo de exportación corriente- y la embarcación, elemento indispensable del transporte, debían rendir más que el cuero, sebo o “charqui”, únicos artículos ponderables de comercio exterior del estanciero.

De medios desahogados, blanca por su origen, europeo inmediato, tenía conquistado su sitio entre la “gente decente”, no obstante su no feudalismo, aunque esto siempre le crearía una resistencia sorda, resistencia que impresionaría su subconciencia infantil, plasmada ésta por hechos sugerentcs aunque no bien interpretados todavía y por jirones de frases escuchadas y de cuyo sedimento nacería como reacción de un complejo de inferioridad relativo, una fuerte voluntad de vencer.

Su condición racial, a más de la superioridad circunstancial que le daba en el medio, comportaba un índice étnico que le confería aptitudes naturales más completas como vástago del grupo humano más evolucionado: el europeo.

A más, el regionalismo de su padre le agregaba una nota especial de la que conviene apercibirse(5).

(5) Los escritores de las Repúblicas “cobrizas” -como clasifica muy acertadamente el sociólogo francés André Siegfried- como Chile, Bolivia, Perú y México han creado (encabezados por los mexicanos), toda una literatura para probar la superioridad de la raza madre regional de esos países, comparada con la europea o, por lo menos, su igualdad.
No falta entre nosotros también quien entone esa cantilena, por esnobismo o como una manifestación de un supercriollismo, acrecencia enfermiza, esto mismo, del “americanismo”. El asunto no vale la pena de una discusión seria. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Su sangre catalana era de rebeldes. De todas las regiones españolas a quienes dominó Castilla para hacer la unidad monárquica, la que más resistencia ofreció fue Cataluña, que hasta hoy no se siente vencida.

Tenía pues antecedentes raciales que podían hacer de él un “no conformista”, llegado el caso de conflicto entre un estado de cosas y lo que él creyera lo legítimo o lo indispensable.

Con el sentido de su independencia, los catalanes tienen también un agudo concepto de las realidades.

Sus rebeliones contra Castilla han sido siempre latentes y sólo han tenido forma de estallido cuando el Estado español ha llegado a una crisis, sea por descomposición del mecanismo interno -centro del poder- o por coalición de enemigos extranjeros que dieran posibilidades de éxito a la aspiración localista.

El catalán no participó nunca del magnífico carácter romántico y aventurero del castellano, que podía lanzarlo “al barro o a las estrellas”, como dijo con admirativa expresión Edmond Rostand.

Racialmentc tenía que heredar Ferré un positivismo que formara condición de sus concepciones sobre formas y sobre normas, sin entusiasmos irreflexivos ni atolondramientos, sólida base en su subconsciente que contribuyera -en la edad del vigor del raciocinio- a modelar su temperamento de tan positivo equilibrio.

Hijo mayor de la familia, físicamente robusto, fuerte de voluntad, destacado por estas condiciones sobre los que fueran sus compañeros, ya sea en el ambiente familiar -hermanos- o fuera de él, condiscípulos, camaradas de infancia “decentes” o karai, o simples mestizos, tenía que dominar en él un complejo que formara su subconsciente con caracteres de conductor.

- Influencia del medio en el carácter de Ferré

Sobre estos factores raciales y complexivos, ¿cómo influyó el medio para sellar su individualidad?

Intentemos penetrar en esa selva oscura donde escasean las sendas conocidas.
Hay un fenómeno exclusivamente americano y que corresponde a su formación etnográfica tan distinta de la europea, que es la que más se ha estudiado; y es el amor a la tierra natal de los “trasplantados”, desde la primera generación.

En otras comarcas esta condición natural, cimentada en cientos de generaciones nacidas en el mismo lugar, nos parece tan natural y espontáneo, como axiomático.

Pero, ¿cómo explicar que él nazca y se acentúe con tanto vigor, tal vez con más vigor que en algunas partes de Europa, en hijos de la primera generación de extranjeros nacida en América?

Lo que entraría en la ley común podría aplicarse a los autóctonos americanos o a los descendientes de europeos o sus mestizos de largo arraigo en la tierra. Pero, ¿en los hijos de los recién llegados? ¿En ellos, en que es tan fuerte que los ha llevado a combatir con la palabra y hasta con las armas a los que tenían la misma sangre de sus padres, su misma sangre?

¿Por qué, Pellegrini -hijo de una inglesa y de un italiano- ambos cultos y por consiguiente capaces de influir en la formación mental de su hijo, era tan profundamente “criollo”?

El muchacho “patotero” alsinista no era hijo legítimo de la grave Albión; ni después el hombre privado y público, abierto, cordial, generoso hasta la prodigalidad, entusiasta carrerista y maleador como un gaucho, de alma grande, con todas las virtudes y todos los vicios de nuestra pródiga Argentina, tampoco era hijo de la mesura europea.

El “gringo” Pellegrini era más criollo que Martín Fierro.

Los europeos inteligentes que nos han visitado y que han visto de cerca el fenómeno se han asombrado de él pero no han podido explicárselo. Cuenta Emile Vandervelde la rara sensación que le produjo un hijo de banqueros belgas -educado en Bruselas- y con muchos más años de Europa que de Argentina cuando, volviendo expresamente de Bélgica para hacer aquí su servicio militar, le decía en la mesa de sus padres con mucha soltura: “Vds. los europeos no podrán comprender nunca muchas de nuestras cosas criollas”.

Sorprendido el socialista por tan inesperada opinión, quiso saber lo que este singular tipo de criollo sentía por la patria de sus padres donde había sido educado y donde había permanecido tan largo tiempo y a su pregunta de “¿qué sentía por Bélgica?”, respondióle éste: “Lo que puede sentirse por cualquier país extranjero de civilización superior, nada más”.

¿Este fenómeno que es constante e invariable, a qué se debe? ¿Si no hay factor visible, captable, serán esos imponderables tan sutiles de los que no llegamos a apercibirnos y que son tan determinativos?

Pero, ¿a qué buscar la explicación? Notifiquémonos del hecho, que se ríe de la disputa entre el jus sanguinis y el ius soli y dejemos a los juristas que sigan ergotando con estos ius que ya no dan jugo, constatando la perenne argentinidad del que nace aquí aunque se le arrulle en la cuna en el idioma o dialecto que fuere, bajo la imagen de Garibaldi, Prim, Kosciuszko o cualquier otro cromo de pared.

Así, Pedro Ferré, hijo de catalán, fue buen criollo, criollo de patriotismo violento, salvaje, y pase tan expresivo galicismo.

En toda su larga vida, su fecunda larga vida, ese sentimiento prima sobre todo otro. Fue también regionalista, bien correntino por ende, pero su localismo, tan comentado y exagerado por los que no lo han comprendido, siempre cedió ante su patriotismo de argentino integral.

Ya examinaremos con más detalle esta faz de su conformación espiritual que no mentamos sino de paso.

Robusto de complexión, ancho de espaldas, musculoso, no tenía nada del seco y avellanado hidalgo de la leyenda, hijo del ascetismo y la maceración, todo nervio, hiperestésico.

Fortalecido por el género de vida que llevó desde la infancia, correteando con sus camaradas infantiles por entre y sobre las pilas de madera del astillero paterno o chapuzándose con ellos en el Paraná; obrero luego en la ribera, apenas sus fuerzas físicas pudieron hacerle un comienzo de aprendiz, actuaron sobre él -desde temprano- esa euforia del vivir sano y alegre que predispone a la benevolencia y a la tolerancia en el futuro y esa disciplina sedimentada en el subconsciente que echa las bases de lo metódico, que lo hace siempre andar sujeto a las realidades de la vida, atemperando entusiasmos irreflexivos, matando en germen el aturdimiento, formando ese hábito de “sentir”, sin necesidad del raciocinio, que todo requiere mínimum de medios, de tiempo, de oportunidad.

No sabemos si de niño escapó a la pregonada crueldad infantil, pero sí que de hombre, en un medio en que la vida humana dejó de tener valor apreciable, en que los fusilamientos y la “diezmada” no quitaban el sueño a nadie y eran deportes de guerra tanto del “virtuoso” Lavalle como del “feroz” Quiroga, Ferré siempre la respetó.

Bueno es destacar esta calidad que lo hace casi único entre los hombres de valimento de su época. Y tal vez a este sentimiento de piedad y tolerancia, no fue extraña en su génesis la alegría del vivir de su infancia, que cumplió en triunfador y no dejó en él sedimentos de amargura.

La disciplina del trabajo metódico fue seguramente otro aporte fuera del dominio de lo consciente que contribuyó a dar una directiva importante a su psiquis, creándole dos cualidades en él muy perceptibles y constantes: sensatez y equilibrio.

Fue sin discontinuidad el hombre de las realidades. Hubo siempre una correlación entre sus propósitos y sus posibilidades y sus errores de apreciación se debieron a la imposibilidad de computar determinados factores, por dificultades materiales para ello -tiempo, distancia, incomunicación epistolar, carencia de relaciones- y no por lo que estuviere a su alcance o a las posibilidades razonables de sus deducciones.

Todas estas calidades que van haciendo su formación psíquica son casi independientes del medio americano; pueden ser también las de un niño europeo.

Es conveniente, pues, para destacarlo bien, examinar lo que pudo imprimirle el ambiente local, la bravía naturaleza que le circundaba.

Casi todas las poblaciones argentinas de entonces eran un oasis en medio del desierto, del bosque o de la llanura y Corrientes no escapaba a esta ley general.

Sin contar con sus aledaños, mal poblados, el río no era una barrera completa contra los sombríos bosques del Chaco, fecundos en peligros que traían aparejados sus salvajes habitantes y sus fieras.

Todavía el año cincuenta y tantos se mató un tigre en la leñera de la casa de Madariaga, a una cuadra de la actual Plaza de 25 de Mayo(6).

(6) Donde hoy está el edificio del Banco Hipotecario Nacional. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

La lucha contra la naturaleza tosca hace nacer cualidades especiales en los que tienen que soportarla; este es un principio darwiniano. Y ese era el caso de los correntinos de entonces.

Allí no había que contar con la protección mutua contingente a los lugares densamente poblados, sino que había que extremar la precaución personal; y el consejo paternal perenne, junto con los relatos oídos y algo de la incipiente observación propia, desarrollaban desde la infancia aptitudes de género defensivo, la precaución, la sagacidad, la decisión.

Había que fijarse dónde se ponía el pie, pensar lo que podía ocultar un matorral, tomar con rapidez y a tiempo una resolución que podía ser salvadora.

Por el desenvolvimiento de estas cualidades en continuo ejercitamiento se está mejor armado contra la naturaleza hostil que en los centros civilizados, donde se ha logrado dominarla, pero no se está tan bien habilitado para la lucha interhumana.

Mientras se vive la vida de incomunicación, los habitantes del lugar sufren un proceso mental colectivo como en las ciudades sitiadas; el egoísmo es menos duro, el aislamiento hace estrechar filas, el Homo hominis lupus se atenúa. La necesidad de lo solidario estimula el crecimiento de la buena fe y ésta el de la confianza sin reservas, virtudes muy nobles pero muy peligrosas para sus poseyentes en cuanto se abre la poterna de la muralla.

Así, el hombre de la comunidad aislada, aunque receloso del extranjero al principio, ya no lo es tanto después de los primeros contactos y, habituado a la lealtad que la forzada disciplina -tanto más positiva cuanto más inapercibida- crea en la célula social primitiva a que pertenece, carece de suspicacia, que no es otra cosa que un recelo permanente fuera del dominio de la conciencia, una guardia preventiva contra la malicia.

Y fórmase así una cualidad negativa, la ingenuidad, que si es muy provechosa para entrar en el Reino de los Cielos no lo es tanto para los combates de la vida. Recién los sacudones de la lucha hacen ver después -a veces tarde- que hay otros colmillos y otras zarpas que los de los bosques y se produce la reacción, a menudo excesiva, pero ya hija del raciocinio: la reserva, templada por el buen sentido, que viene a llenar el claro.

Ferré se acusa en su “Memoria” de cierta dosis de ingenuidad, que lo hizo alguna vez víctima de la mala fe ajena. Pero lo cierto es que si así fuera, pronto creó su órgano defensivo y no fue engañado ni se engañó a sí mismo en los momentos culminantes de su vida, sino por la ofuscación de la pasión.

Y no lo fue ni su buen sentido perturbado, porque era un hombre de una reserva prudente.

Ni siquiera el general José María Paz logró perturbar ese equilibrio, después de Caá Guazú. Ferré vio lo que no vio Paz; lo quimérico de la aventura. Ya volveremos sobre estos puntos.

Lo interesante -por ahora- es notar cómo estos gérmenes de inapreciables calidades superiores nacen y se desarrollan ya en su infancia, modelando su espíritu en lo que después resulta el reino de los imperativos.

Hay un factor predominante en el carácter de Pedro Ferré, que es una cualidad maestra: su independencia espiritual.

Su origen es difícil de desentrañar, pero tiene que formar parte de su complejo vivir y perdurar en su subconsciente; pues no es un acto volitivo. Tampoco pertenece a lo adquirido por el raciocinio.

Como en los dínamos eléctricos, hay entre los hombres en la vida de relación, el inductor y el inducido. El inductor puede ser extrínseco; el hombre superior que, por su capacidad intelectual o por su brillantez a veces cegadora, actúa en tal calidad sobre los otros; intrínseco, cercano, opaco, humilde, pero de calidades positivas: la “eminencia gris”.

Todo parecía predisponer a Pedro Ferré a ser un inducido. Su oscura condición de colono de una aldea alejada del contacto europeo que da el puerto marítimo o la vida en las metrópolis; su escaso bagaje cultural, que era insuficiente para crearle un caudal propio de ideas o sistemas.

Pero no lo cegaron ni los monárquicos “europeizantes” de Buenos Aires ni tuvo su clérigo Dámaso Antonio Larrañaga. Fue una personalidad integral, propia, independiente de criterios ajenos; sinérgico con ellos, si coincidían con el suyo, pero firme en el que se había creado.

¿Cómo nació y se desarrolló en él tal calidad, en un ambiente y en unas condiciones tan poco propicias para ello? Esto es lo más oscuro de la selva. No tenemos más que notificarnos.

Como en el cuento de Hans Christian Andersen, en la nidada de ocas eclosionó un cisne.

- Los Atienza y los Fernández Blanco

El alzamiento correntino en la ciudad fue pacífico, juiciosamente preparado por el comandante de los Cívicos, Juan José Fernández Blanco, de acuerdo con el sargento mayor Nicolás Ramón de Atienza.

Inmenso júbilo respondió a la actitud de la milicia armada. El pueblo, en la plaza pública, adhirió al Pronunciamiento y afirmó en resoluciones terminantes el propósito:

1.- Resolvió la reunión inmediata de un Congreso de Diputados para elegir el Gobierno que había de regir la provincia, así como una Junta General de Comandantes Militares que entendiese en la defensa del territorio; y
2.- Invitó y exhortó a los Partidos de campaña a que adhirieran al Pronunciamiento y dispusieran la tropa para repeler agresiones y eligió -por aclamación- para que ejerciera el Gobierno interino, a Nicolás Ramón de Atienza.

Pero, ¿quiénes eran los Atienza y Fernández Blanco? ¿Por qué fueron hombres de estas familias y no otros los que guiaron la insurrección en la ciudad?

Ambos encabezarán el movimiento popular capitalino, ocupando los cargos de responsabilidad de la primera hora; eran dos ciudadanos de actuación meritoria sin duda.

Nicolás Ramón de Atienza y Juan José Fernández Blanco; el primero, estará encargado del Gobierno con el título de Comandante General interino de Armas y, el segundo, con el mando de la guarnición de la capital, es decir, la “Sargentía Mayor de la Ciudad”.

¿Quiénes eran Fernández Blanco y Atienza?
Dicen los genealogistas que el período que se inicia en 1820 permite ver una clara alianza “interclánica” entre los miembros de los “clanes” Fernández Blanco y Atienza. Tenían en común haberse iniciado con funcionarios llegados a Corrientes a fines del siglo XVIII, que ya venían con familia formada desde Buenos Aires, por lo cual estaban menos presionados en la pequeña sociedad correntina.

"Pronto surgieron simpatías entre ambos 'clanes' que permitieron casamientos endogámicos múltiples en las dos primeras generaciones”(7). El intrincado grado de parentesco entre ellos se refleja en un trabajo inédito de José Nicolás de Alsina, realizado en 1892(8). Allí el autor expone metódicamente los diversos grados de parentesco existentes y los puestos de relevancia que ocupó la familia.

(7) Citado por Juan Cruz Jaime. “Corrientes, Poder y Aristocracia” (Octubre de 2002), Buenos Aires.
(8) F. Sislián. “Dominación Política y Redes de Familias (el Caso Porteño en la Segunda Mitad del Siglo XIX)”. // Citado por Juan Cruz Jaime. “Corrientes, Poder y Aristocracia” (Octubre de 2002), Buenos Aires.

Los Fernández Blanco ya habían tenido su representante en un cargo importante de Gobierno en la figura de Manuel Mantilla, separado del cargo de Gestor Fiscal de la Hacienda por el efímero Gobierno de Galván, en 1811.

Asimismo, Angel Fernández Blanco, Alcalde de primer voto en ese momento, vinculado con el ministro del Directorio Supremo, Herrera, había logrado la creación de la Provincia de Corrientes el 10 de Septiembre de 1814. En este sentido, actuó conjuntamente con su enemigo circunstancial, el doctor García de Cossio(9).

(9) Miembro del clan Dízido de Zamudio. // Citado por Juan Cruz Jaime. “Corrientes, Poder y Aristocracia” (Octubre de 2002), Buenos Aires.

El genearca de los Atienza, Nicolás de Atienza, llegó a Buenos Aires desde su Granada natal hacia 1780 y como funcionario fue enviado como Corregidor de las misiones a Yapeyú, pasando luego a La Cruz -donde ejerció de médico- y finalmente se estableció en San Roque, terminando su vida en Corrientes en 1819. Siete años antes había obtenido su Carta de Ciudadanía en 1812(10).

(10) Antonio Emilio Castello. “Historia de Corrientes” (1991), p. 183. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires. // Citado por Juan Cruz Jaime. “Corrientes, Poder y Aristocracia” (Octubre de 2002), Buenos Aires.

Entre los dos “clanes” tendrían la suma del poder entre 1820 y 1840. Juan José Fernández Blanco, como gobernador intendente, y Nicolás de Atienza (h) como Comandante General de Armas, reunían el poder político y militar y lograrán sacudir a Corrientes de la tutela entrerriana.

La suerte le será adversa a Atienza, quien será muerto por los indios poco después cuando se dirigía a Santa Fe a firmar un Tratado de Paz con las provincias litorales.

A partir de entonces ocuparían su lugar de poder su hermano Rafael y el hermano de su cuñado, Pedro Ferré(11).

(11) Manuel Antonio Ferré estaba casado con Margarita de Atienza. // Citado por Juan Cruz Jaime. “Corrientes, Poder y Aristocracia” (Octubre de 2002), Buenos Aires.

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