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La construcción de un Imperio. Gran Bretaña

Inglaterra, la pequeña isla-nación que otrora fue dominada por conquistadores romanos, se alzó para convertirse en uno de los Imperios más extensos y poderosos de la historia. Su influencia llegó a todas partes del globo, extendiéndose por los cinco continentes.

“Fue inimaginablemente grande”, dice Sean Lang, profesor de la Universidad de Anglia Ruskin. La tecnología, la innovación y la ambición, estas fueron las herramientas que levantaron este enorme Imperio y crearon la formidable Armada británica, una fuerza motriz que dominó los océanos del mundo.

“Una marina real es como el corazón del sistema global de los siglos XVIII y XIX. Está por todas partes”, agrega Lang.

El Imperio británico construyó enormes símbolos de supremacía que todavía hoy en día siguen inspirando respeto. Pero los cimientos de ese Imperio se levantaron sobre egos, sangre derramada y una sed inagotable de conquista.

Todo da inicio en el año 410 de nuestra Era; el Imperio más poderoso que el mundo haya conocido está siendo atacado. Desde los confines de las Islas Británicas, las otroras poderosas legiones romanas se baten en retirada hacia la costa. Dejan tras de sí un vacío militar y político.

Por primera vez, después de más de 400 años, la vulnerable isla de Britania debe valerse por sí misma. Era el final de un Imperio y el comienzo de otro.

“El sol nunca se pone en el Imperio británico”, se ha dicho muchas veces. En su época de máximo esplendor, el Imperio británico abarcaba casi un cuarto de la masa terrestre de la tierra, unos 36.260.000 km2. Si se piensa un momento, se trata de una extensión pasmosa.

Pero, ¿cómo llegó una isla -que estaba en medio del Atlántico Norte- a convertirse en un Imperio tan monstruoso?

Bueno; a principios del año 400 de nuestra Era, mientras esos ciudadanos romanos huían de una posible masacre a manos de los vikingos, los jutos, los anglos y los sajones, algunos de estos maleantes y saqueadores decidieron quedarse; tal vez les gustara el clima benigno de la isla y mientras en varios siglos se organizaron surgió una especie de entidad anglosajona, pero con la muerte del último rey sajón del Atlántico, Eduardo, “el Confesor”, quedó la puerta abierta para que entrara otro pueblo: los normandos, que esencialmente eran descendientes de los vikingos que se habían asentado en el norte de Francia y, en la batalla de Hastings, de 1066, los normandos hicieron precisamente eso, conquistaron Inglaterra de las manos de un hombre llamado Guillermo, que hoy en día llamamos Guillermo, “el Conquistador”.

Guillermo, un hombre sediento de poder, no se detendría ante nada hasta convertirse en rey de Inglaterra.

“Para conquistar otro país como Inglaterra no se podía ser una persona amable o sensible; había que ser un dirigente muy fuerte y eso es lo que Guillermo era”, dice Rebecca Fraser, autora de “The Story of Britain”.

En 1066, Guillermo movió fichas, reunió un Ejército de normandos y desembarcó por sorpresa en las costas de Inglaterra. Durante varias horas sangrientas, sus huestes pelearon ferozmente con las del rey Haroldo, cerca de la ciudad costera de Hastings. Al anochecer, con un solo ataque, Guillermo había conquistado Inglaterra.

A continuación tomó prestado un capítulo de la historia romana y puso en práctica una serie extraordinaria de proyectos de construcción que transformaría el paisaje inglés.

“Ni bien se impone en Inglaterra, se dedica a construir castillos por todas partes”, señala el citado Sean Lang.
“Ahora bien -agrega- cuando vemos castillos solemos pensar, ¡qué bonito! verdad; pero el castillo normando no es bonito; es un mazacote que se alza imponente sobre tu ciudad, así que está ahí para recordarte que estás bajo nuestro yugo, y el más grande que construye es la Torre de Londres”.

Guillermo quería que la Torre de Londres intimidara. Eligió un antiguo emplazamiento romano a orillas del río Támesis. La nueva Torre se construiría sobre ese antiguo asentamiento romano y se aprovecharía del legado de poder y gloria de éstos. El complejo incluiría una muralla defensiva que rodeara una imponente torre de más de 27 metros de altura; sería la fortaleza más grande de Inglaterra.

“Directamente se construyó para asustar a la gente; para decir este país es mío, no pienso irma de aquí. Me voy a quedar y que nadie piense que van a poder echarme.
“Por suuesto que a quienes les toca construir esto es a los lugareños, a los que obligaron y utilizaron como mano de obra esclava”, relata Lang.

En primer lugar se cosntruyó la barrera alrededor del complejo sobre los restos de la antigua muralla romana; en la cara norte y oeste, donde no había restos romanos, se cavaron zanjas y se levantó una empalizada de estacas de madera.

Una vez echo esto se pasó a la construcción de la gigantesca torre. Durante 700 años, en Inglaterra se había construido fundamentalmente con madera; ahora Guillermo y los normandos volvían a traer a Inglaterra las maravillosas técnicas de ingeniería romanas.

Como los romanos, Guillermo construiría su torre con piedra; no se fiaba de la calidad del material local, por lo que importó piedra caliza color crema de Francia. La estructura se soportaba a base de arcos románicos y bóvedas. En el interior de la majestuosa catedral de la torre se construyeron unas series de bóvedas de cañón cruzadas llamadas bóvedas de arista; con este diseño se transmitía el peso a cuatro pilares, lo que permitía abrir un gigantesco espacio para ventanas que iluminaran el imponente interior.

“Fue una gran gesta para la época, porque los ingleses estaban acostumbrados a construir con madera, así que para ellos debió ser un milagro ver cómo se levantaba esta enorme estructura”, enseña Rebecca Fraser.

“Era realmente inexpugnable; los muros eran tremendos y sólo tenían pequeñas aberturas para mirar al exterior”, agrega.

Este castillo de aspecto temible sirvió de residencia real, fortín, pasión y prisión. La maniobra de intimidación se veía refrendada por una rápida y dura represión contra cualquiera que se atreviera a desafiar al rey.

“Siempre había hombres armados a la aldea, a la puerta de tu casa, donde te sacaban a la rastra de ella, te quemaban tu hogar, te quemaban tus campos, te dejaban sin nada y por supuesto mataban a mucha gente”, comenta Lang.

En 1087, cuando estaban a punto de terminar la torre, Guillermo murió, finalizando así 21 años de turbulento reinado. Su imponente fortaleza sería un recordatorio de su visión de tiranía para los siglos venideros.

A Guillermo le sucedieron una serie de reyes normandos que continuaron las obras del complejo, pero tendrían que pasar más de 400 años para que la Torre entrara en su fase más sangrienta.

El rey que protagonizó esta etapa no era normando, sino perteneciente a la familia inglesa de los Tudores; se convertiría en uno de los gobernantes más brutales y rapaces de la historia de Inglaterra. Su nombre, Enrique VIII (1491-1547).

Los apetitos de Enrique VIII eran legendarios. Le encantaba los placeres de la mesa, las mujeres, el poder y anhelaba más que nada en el mundo un hijo varón que algún día heredara la Corona.

“La mejor manera de cumplir con tu deber y tu destino como rey es producir una dinastía segura de herederos masculinos y si nos fijamos en los cuatro de los hombres Tudor siempre están de pie con las piernas separadas y las manos en las caderas y con esas enormes coquillas que no están ahí por casualidad sino para decir: soy viril, fijaos en mi. Puedo producir una familia, de manera que un hijo es un signo de virilidad”, enseña Lang.

Cuando su primera mujer, Catalina de Aragón, no pudo darle un hijo, Enrique puso sus miras en una de las damas de honor de la reina: la atractiva Ana Bolena.

“Se enamora perdidamente y el deseo lo domina totalmente y con razón, porque Ana Bolena era una dama muy sexy y ella lo sabe; sólo hay un problema. ¿cómo deshacerse de la mujer, aparte de asesinarla, claro está”, dice Lang.
“Y la respuesta es divorciarse de ella”.

Al negarse el Papa a concederle el divorcio, Enrique VIII montó en cólera; si no podía controlar la religión de su país, simplemente la sustituiría por otra. Con una audacia sin límites cortó todos los lazos con Roma y se nombró a sí mismo Jefe de la nueva Iglesia de Inglaterra. Ahora tenía absoluto control sobre su nación.

Se divorció de Catalina y convirtió a Ana Bolena en su reina; sin embargo, al no lograr darle un hijo varón, de pronto se encontró con una acusación de adulterio pendiente sobre ella.

“La acusación intenta hacer el mayor daño posible”, dice Lang, y agrega:
“No sólo ha tenido un amante, sino que ha tenido montones de amantes; se han organizado orgías en el palacio, y Enrique elige creer todo esto”.

Enrique ordenó el arresto y confinamiento de la reina en la Torre de Londres. El edificio había sido ampliado y ahora ocupaba siete hectáreas con una impenetrable fachada. La empalizada de madera había sido sustituida y ampliada con un grueso muro de piedra; una serie de torres reforzaban su resistencia y estabilidad.

Dentro de la muralla exterior se construyó una segunda muralla para reforzar la fortificación. Alrededor del perímetro de la muralla se cabó un foso que se llenó de agua; con estas defensas añadidas, el complejo de la Torre era virtualmente inconquistable.

Bajo el implacable reinado de Enrique VIII, la fortaleza se convirtió en el escenario de una orgía de violencia. Una notoria prisión; una mazmorra; y un cadalso para muchos enemigos. Y aquí era donde Ana Bolena esperaba a su destino: morir decapitada.

“Decapitar a una persona con un hacha era una forma bastante horrible de morir, porque no era raro que un hacha no hiciera su trabajo de un solo golpe. Lo que el rey hace con Ana Bolena es decirle: para tí, cariño, lo mejor, y en lugar de decapitarla con un hacha, ordena que se la ejecute con una espada”, cuenta Lang.

El 19 de Mayo de 1536, Ana Bolena fue conducida a un patio privado del complejo de la Torre. Con un rápido golpe, los problemas de Enrique se resolvían. Pero el anhelo por ese hijo varón era sólo una parte de una misión más ambiciosa.

Desde el comienzo de su reinado, Enrique VIII codiciaba un sueño de gloria suprema: transformar Inglaterra en un Imperio.

“La idea de un reino que se extendiera por toda Europa y más allá, siempre estuvo en la mente de Enrique VIII”, sostiene el doctor Arthur Herman, autor de la obra “To Rule the Waves”.
“Su verdadera visión, su sueño, su verdadero apetito era dominar y crear un Imperio”.

Pero en el camino hacia el Imperio, Enrique VIII iba a chocar de frente con Francia y España, las dos superpotencias reinantes en Europa. Su plan de ataque consistiría en llenar los mares con armas flotantes de destrucción masiva.

Verano de 1510; un ejército de braceros peinan los bosques ingleses reuniendo material para una colosal empresa en la marcha de Inglaterra hacia el Imperio. Antes de que Enrique VIII pudiera conquistar la tierra, necesitaba hacerse dueño de los mares. Para ello se dispuso a transformar radicalmente los métodos bélicos, convirtiendo sus barcos en armas mortíferas.

“Es el primero en introducir armas pesadas en los barcos; utilizar este tipo de armamentos de asedio, de cañones destroza barcos, algunos de ellos que pesaban casi una tonelada, machacaban al enemigo hasta rendirlo”, señala el doctor Herman.

Estos cañones inmensos necesitaban naves inmensas. Enrique ordenó a sus ingenieros navales construir una nueva e imponente flota; su eje, su buque insignia, fue uno de los primeros barcos de guerra: era el “Mary Rose”.

“El ‘Mary Rose’ representa la mentalidad de los estrategas navales de esa época: montar a bordo cuanto más cañones mejor; apuntando en todas las direcciones posibles; y eso era lo que el ‘Mary Rose’ era: una plataforma de cañones”, señala Herman.

El “Mary Rose” presentaba una mejora pionera en el diseño de barcos de guerra: las troneras. La nave tenía agujeros o portañolas con sus cierres a lo largo de los costados. Por estas portañolas, los cañones disparaban el fuego de andanada.

Los ingenieros navales ahora podían diseñar cubiertas enteramente pensadas para montar un arsenal. El armamento extra convirtió al “Mary Rose” en una máquina de matar.

“Fue una revolución en cuanto a diseño naval se refiere, y el ‘Mary Rose’ fue una especie de pionero en esto”, señala Jeremy Hodgkinson, del Grupo de Investigación del Hierro de Wealden(1),

(1) Grupo de Investigación Reconocido (GIR) es una terminología usada en el ámbito académico y que sirve para designar a los equipos compuestos por docentes e investigadores que comparten objetivos, infraestructuras y recursos y que se encuentran organizados para realizar de forma organizada tareas de investigación. Estos grupos están regulados por las propias universidades, que ofrecen este tipo de unidades para reforzar y facilitar el desarrollo de la investigación, la innovación y la transferencia de conocimientos.

Hacia mediados del siglo XVI, Ingalaterra marcha a toda velocidad hacia la consecución de la supremacía naval. Pero Enrique VIII no tardó en toparse con un problema: el alto costo de armar sus barcos con cañones de bronce estaba agotando rápidamente las arcas del Tesoro.

“Tenía que encontrar otro medio de producir esa artillería pesada que sus ejércitos y marina necesitaban para hacerlos más eficaces en el combate, pero con un costo más bajo y los cañones de hierro fundido eran la solución perfecta”, dice el doctor Herman.

“Los cañones de hierro fundido costaban cinco veces menos que los de bronce”.

Pero hasta entonces no se había conseguido fabricar un cañón de hierro fundido que funcionara, aunque Enrique sabía cómo lograrlo. Recurrió a Wild, la famosa región siderúrgica de Inglaterra, y dio una orden a sus ingenieros.

“La dificultad de fabricar una pieza de hierro fundido del tamaño de un cañón era el hecho de que -para empezar- el hierro tenía que fundirse a una temperatura mucho más alta”, dice Hodgkinson.

Sólo había una manera de conseguir temperaturas lo suficientemente altas, y es empleando una maravilla de la ingeniería de la época: los altos hornos. En este tipo de horno, el coque y el mineral de hierro se cargaban por la parte superior de la cuba de piedra de 6 metros de alto; una rueda hidráulica accionaba un fuelle gigante que inyectaba aire al fuego, alimentándolo hasta que alcanzara la increible temperatura de 2.200 °C, suficientes para fundir el hierro.

Después, el arrabio o hierro fundido salía por una piquera situada en la base del horno; pasaba por un caño hasta conectarse en un molde enterrado con forma de cañón.

“Era una labor gigantesca en la que había mucha presión; hacía falta carboneros que produjeran el carbón vegetal para el horno; se necesitaban mineros que extrajeran el mineral de las minas; obreros que trajeran el mineral y el coque al horno”, señala el citado Jeremy Hodgkinson.

En los siglos venideros, los cañones de Wild serían la envidia y el terror de todos los dirigentes europeos:

“La transformación fue tremenda; le confirió a Inglaterra un poderío y una ventaja tecnológica que ninguna otra potencia europea podía emular”, dice Herman.

En tan sólo 30 años, Enrique VIII había convertido a su Marina en la fuerza motriz de su reino; Pero no viviría para ver logrado su gran sueño de conquista europea. Enormemente obeso, sus excesivos apetitos acabaron por traicionarlo. Murió en Enero de 1547 y dejó un legado de violencia e innovación que ha sobrevivido al paso del tiempo.

Durante su reinado quedó sembrada la semilla que finalmente germinaría dando origen a un Imperio poderosísimo.

“Con la creación de una Marina; con la creación del concepto de Nación, Enrique VIII sentó muy bien las bases para formar un Imperio y una presencia imperial en el mundo”, afirma el citado Herman.

Apoyándose en su creciente poderío naval, el Imperio de Inglaterra se expandió durante los 150 años siguientes por medio de la colonización y la conquista

- Inglaterra en el siglo XVIII

Inglaterra desplazó a Holanda como potencia comercial ultramarina y aumentó sus territorios coloniales ocupando la actual Nueva York -que había pertenecido a Holanda- y territorios de Francia (Canadá y la India) y de España (Gibraltar y algunas islas de las Antillas) en una serie de guerras sostenidas durante el siglo XVIII.

Sin embargo, como Inglaterra deseaba ampliar sus mercados y controlar el comercio con las colonias de otros países -como España o Portugal- monopolizó el tráfico de esclavos africanos durante el siglo XVIII, y este fue un factor clave en la industrialización, porque el comercio de esclavos era muy lucrativo e Inglaterra lo aprovechó para comerciar con otro tipo de mercaderías: en los viajes al Africa los ingleses llevaban tejidos de algodón de la India, metales y armas a las tribus que les proveían los esclavos.

A su vez, los cargamentos de esclavos eran transportados a América, donde los ingleses también introducían sus textiles y, en el retorno a Europa, llevaban los productos tropicales de las plantaciones americanas, entre los que se contaba el algodón para su incipiente industria textil.

De esta manera, el tráfico colonial y la trata de negros eran esenciales, porque no sólo brindaban materias primas y mercados sino también capitales que se volcaban en la industria.

Además, la industria aprovechaba el mercado interno inglés y el desarrollo de la minería del carbón; en el frío clima inglés, las personas que emigraban a las ciudades perdían el único combustible que les permitía cocinar o calefaccionar sus viviendas, es decir, la madera de los bosques y, por lo tanto, se veían obligadas a adquirir un combustible, que era el carbón mineral.

La demanda de carbón empujó la expansión de la minería y generó mejoras en las técnicas y las máquinas usadas para su extracción y en los medios de transporte necesarios para su traslado.

Por lo tanto, cuando comenzó a utilizarse la máquina de vapor no fue preciso obtener un combustible caro sino un producto que circulaba mucho en Inglaterra. Además, ese país no tenía un gran Ejército terrestre pero sí una flota muy importante, la más importante del mundo.

El ciclo de guerras del siglo XVIII requirió grandes contrataciones que favorecieron al sector manufacturero. Este fue el marco en el que apareció la máquina de vapor en la industria algodonera inglesa. Utilizando los capitales del comercio colonial, aprovechando los mercados ya abiertos por los textiles de la India y con el aporte del mercado interno y los Gastos estatales, esta industria logró dar el gran salto que le permitió pasar a la era del capitalismo industrial.

Hacia mediados del siglo XVIII, Gran Bretaña controlaba territorios en la India, Africa, las Indias Occidentales y la mayor parte de Norteamérica.

No obstante, dos amenazas serias a este floreciente Imperio surgieron en el horizonte y el rey que tendría que enfrentarse a ellas: Jorge III (1738-1820), quien también luchaba contra sus propios demonios.

“Siempre se ha hablado de su locura; de hecho tenía una enfermedad física que le había afectado el cerebro”, señala el profesor Lang.

Los primeros brotes de locura del rey comenzaron en 1788, siete años después de sufrir un tremendo revés: un pequeño territorio en la otra punta del mundo había derrotado al poderoso Imperio británico en una guerra de independencia. Se llamaba Estados Unidos.

“Cuando las tropas británicas se marchan de Yorktown, cuando se rinden, marchan al son de una melodía llamada “El mundo se ha vuelto del revés”, y eso es precisamente lo que parece; el mundo se ha vuelto del revés, el mundo se ha vuelto loco cuando los rebeldes ganan”, señala Lang.

Durante la década siguiente, el mundo de Jorge III fue hundiéndosele lentamente a sus pies. En 1804, otra amenaza ponía al rey y a su Imperio al borde del abismo: el emperador francés Napoleón Bonaparte.

A principios del siglo XIX, el conquistador francés estaba logrando rápidamente el control de Europa. Inglaterra era su único obstáculo para alcanzar la supremacía en el continente.

“Era una amenaza tan grande, como lo fueron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial; estaba reuniendo un Ejército enorme para invadir las Islas Británicas”, señala el doctor Michael Adas, de la Universidad de Rutgers.

Con su Marina Real, Inglaterra se había convertido en una potencia naval. En 1805 se enfrentaba a la amenaza de una invasión de Napoleón en la decisiva batalla de Trafalgar. Gracias al empleo de unas audaces tácticas navales y a unos barcos tecnológicamente más avanzados, Inglaterra aniquiló a las fuerzas combinadas de Francia y España.

“Trafalgar confirma la supremacía naval de Gran Bretaña y los británicos se alzan como los maestros insuperables de esa tecnología naval”, afirma el ya citado Herman.

Pero cuando se produce la derrota final de Napoleón en 1815, el rey Jorge III ya está sumido permanentemente en la locura, y no es más que una mera figura decorativa de la política.

“Ha perdido la cabeza completamente. Se queda ciego también y deambula por los pasillos del castillo de Windsor; lo tienen que alimentar como a un bebé. Va desaliñado; no sabe en el día que vive; muy triste realmente”, señala Lang.

Para entonces Inglaterra estaba cerca de ser una superpotencia basada en la supremacía de su ingeniería naval. Sin embargo, sería gracias a la superioridad técnica en otro campo lo que catapultaría definitivamente al Imperio británico al dominio global.

El siglo XIX marca el comienzo de un período de avances inéditos de la ingeniería desde los tiempos de los romanos.

En el siglo XIX Gran Bretaña se ha convertido en un titán industrial rebosante de riqueza. Su monumental éxito se debió a un período de asombrosos inventos técnicos que primero se importaron por todo el Imperio y que luego se impusieron por todo el mundo.

“Es dificil pensar en otro período de la historia en que haya habido tanta creatividad en cuanto a tecnología se refiere, tantas ganas de experimentar con las posibilidades de las máquinas, de la ingeniería, de la arquitectura”, enseña el doctor Adas.

Inglaterra ya es una superpotencia y no hay parte del mundo que se le resista. Uno de esos territorios será el Río de la Plata, donde en principio fueron vencidos militarmente, para poco después convertirse en socios y árbitros de la política y economía de toda la región.

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