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DE LA INTERINIDAD AL FRACASO. EL CASO ACOSTA

Transcurrirá un año en la interinidad -establecida por la Ley Fundamental- para conjurar peligros exteriores inminentes, alejar dificultades internas y preparar, despacio, el terreno de la reorganización del Estado, con discreta tolerancia y política de unión que desarmasen al personalismo, dueño de la mayor parte de las provincias.

Pero surgió del seno del Congreso, entre sus miembros principales, el error de precipitar las cosas, sin tomar en cuenta el estado del país, los hombres de poder de entonces y, como por sorpresa, fue creada la Presidencia de la República, antes de la Constitución.

El Congreso suprimió después la autonomía de la provincia de Buenos Aires, atropellando de esa suerte el texto claro de la Ley Fundamental; propendió en todos sus actos al régimen unitario de gobierno, genuinamente representado por la presidencia de Bernardino Rivadavia; y, en último término, sancionó la Constitución centralista del 24 de Diciembre de 1926, rechazada por los Gobiernos provinciales.

Este cambio de actitud se hizo evidente con la actuación del diputado por Corrientes al Congreso Constituyente, el doctor José Francisco Acosta que de ser el autor del proyecto de la Ley Fundamental de Enero de 1825 pasó a sostener conceptos descalificadores hacia su provincia y los hombres que la gobernaban.

- El partido de las luces

Al tiempo de asumir Pedro Ferré el Gobierno de Corrientes, en Buenos Aires se abrían las sesiones del Congreso Nacional. A Corrientes la representa el doctor José Francisco Acosta, nativo, pero vecino de vieja data de Buenos Aires y miembro importante del partido de los principios o de las luces que dentro de poco se llamará “unitario”.

Las “luces” son las luces del siglo, los resplandores intermitentes que alumbraron en el siglo XVIII las postrimerías del Antiguo Régimen en París y habían vuelto con los emigrados en las primeras horas de la Restauración. La fracción iluminada descreía de oscurantismo y esperaba todo de una Ciencia, escrita con mayúscula, elaborada entre las probetas de Fausto y los sortilegios de Cagliostro.

Los principios eran la Ciencia de la política y tenían su nombre mágico de alquimia: se llamaban Constituciones y harían la felicidad de los pueblos como el elixir de Bálsamo la felicidad de los hombres.

Eran pocos los alumbrados argentinos que refractaban directamente las luces de París: el señor Rivadavia, por haber pasado seis años allí, entre ellos. Los demás fulguraban por reflejo oblicuo; destellaban las lumbres españolas de los últimos Carlos que, pese a Fernando VII, refulgieron nuevamente en las jornadas de Riego y la reverberación constitucional.

Pero radiación directa o indirecta del resplandor ilustrado, los luminares criollos de 1824 -como las lumbreras del XVIII- sólo sabían de palabras y de fórmulas para exorcizar la realidad.

Más tarde se llamaron “unitarios”; la palabra no significaba unión sino exclusividad; gobierno por un mayorazgo que no por una cabeza. No había luces en todas partes; de allí el predominio de los hombres de Buenos Aires o de algunas aldeas que refulgían con menor opacidad: San Juan, Salta, tal vez Tucumán. De ninguna manera Córdoba, foco de luz negra; o las conventuales La Rioja o Catamarca. Menos, mucho menos, los aduares del Litoral, como Corrientes, donde persistía el espíritu nativo de Artigas.

- El doctor José Francisco Acosta

Ferré era el jefe de la oligarquía de Corrientes, pero no se lo puede considerar un hombre de luces. Su espíritu era más dado a la reflexión que a las lecturas.

Contrastaba con Ferré el diputado José Francisco Acosta. Correntino de alto nacimiento, se había ido a vivir a Buenos Aires para rozarse con hombres -como dice en sus cartas- menguando el medio selvático donde naciera.

Era el unitario típico del año 25, que Sarmiento sabía distinguir “entre cien argentinos”. Vestido severamente de negro, marchaba derecho, la cabeza alta sin darla vuelta “aunque se desplomara un edificio”; hablaba con desdén y sus gestos eran concluyentes.

Razonaba, pero no oía razones. Leía a Voltaire y creía en el porvenir maravilloso. Se consideraba el “luminar” por antonomasia, aunque nacido en Corrientes, y tenía por gran mérito “vivir en Buenos Aires”.

De ahí que chocara con Ferré -discípulo del franciscano José de la Quintana y testarudo en todas sus convicciones- para quien la patria era Corrientes, y amaba el medio donde creció. El motivo de la ruptura fue la designación de diputado por Corrientes del presbítero Pedro Ignacio Castro Barros, cuya elocuencia admiraba Ferré desde los días del Congreso de Tucumán.

El presbítero era enemigo de la logia gobernante en Buenos Aires; su elección, por supuesto, disgustó al partido de los principios; Narciso Laprida lo hace notar a Acosta:

- “¡..Qué dolor, mi amigo, yo casi no lo creo! ¿Es cierto que Corrientes ha nombrado al doctor Castro Barros..?
- “Prescindo del carácter fanático, aspirante, faccioso y turbulento del doctor Castro ... sin duda en Corrientes no tienen el menor conocimiento de un hombre tan desacreditado ... sin duda en Corrientes no saben que el doctor Castro es un enemigo declarado de los principios...
- “Hasta se ha atrevido, con una insensatez maligna y ridícula, a calumniar a don Bernardino Rivadavia, el hombre más acreditado de todas las Provincias Unidas...(1).

(1) Pedro Ferré. “Memorias del Brigadier General Pedro Ferré” (1921), p. 260, (dos volúmenes). Ed. Coni Hnos., Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Acosta retiene el diploma de Castro Barros. Envía a Ferré la carta del ex colega de Castro en Tucumán y, sin gramática pero gráficamente, da orden al gobernador: “Hay que c... esa elección por inhonorante...(2).

(2) Pedro Ferré. “Memorias del Brigadier General Pedro Ferré” (1921), p. 257, (dos volúmenes). Ed. Coni Hnos., Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Lo instruye en la manera de modificar el Acta “teniendo la H. Representación en cuenta circunstancias que no tuvo presente al tiempo de la elección del doctor Pedro Ignacio de Castro Barros...”. Le pide reserva, “para no comprometerlo”.

No sabía de la testarudez de Ferré; lo supo enseguida

Es demasiado grande el interés que deben tener allí en desacreditar la elección del doctor Castro Barros... Siento por esta vez el disgusto de no haber contribuido al mejor éxito de su ideal”.

Mantiene al electo aún cuando no le guste a Acosta ni a Laprida, ni a los Cossio o Vedoya de Corrientes(3).

(3) Pedro Ferré. “Memorias del Brigadier General Pedro Ferré” (1921), p. 261, (dos volúmenes). Ed. Coni Hnos., Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El Caso Acosta. Contra Corrientes. Contra sus hombres

José Francisco Acosta se pronunciará públicamente en el Congreso contra su propia provincia, diciendo Pedro Ferré al respecto:

Pero el doctor Acosta habló como vecino de Buenos Aires, y como que pertenecía allí enteramente. Citaré sus mismas palabras para que se vea la propiedad con que dije que había descrito a su patria como un pueblo de indios regido por un doctrinero.
Pintó la ignorancia y la miseria de Corrientes, diciendo:
Han oído el nombre de Federación, pero no saben más que el nombre ... No faltan en ella (Corrientes) algunos que acaso quieran la Federación, lisonjeados con el poder, tanto más agradable cuanto más independiente, y por conservar sus empleos -¡pero qué empleos!- de 200, de 300, el que más de 400 pesos; pero al mismo tiempo quieren que los recursos que allí les falta, se les supla de otra parte...
La Justicia se administra por dos Alcaldes Ordinarios que sentencian sin audiencia ni defensa del reo, sin que haya un asesor público y que, cuando más, consultan a un clérigo; clérigo por quien he visto firmadas sentencias de muerte y, si éstas eran apeladas, es por ante un Alcalde Mayor que no tiene más asesor que el mismo clérigo, ni más luces que las que él le da’.
Así siguió nuestro diputado su discurso hasta poner el dedo en la llaga, diciendo:
Si no tiene hombres, démosle hombres’”(4).

(4) Pedro Ferré. “Memoria del Brigadier General Pedro Ferré (Octubre de 1821 a Diciembre de 1842) - Contribución a la historia de la provincia de Corrientes en sus luchas por la libertad y contra la tiranía suscrita por el general Ferré en Febrero de 1845 en San Borja (Brasil)” (1921), p. 27. Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires. // Citado por Antonio Emilio Castello. “Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes” (1991), capítulo VII: “De la República de Entre Ríos a la Plena Autonomía”. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires.

Este discurso y la actitud francamente unitaria de Acosta y el diputado Ocantos fueron la causa de la resolución del 16 de Diciembre de 1826 de la Sala de Representantes de Corrientes retirándoles los poderes que les había conferido.

Ferré era un hábil político y eso le permitió salvar con éxito las intrigas del bando unitario que quería dominar la situación en Corrientes. Hay al respecto un caso curioso que relata Hernán F. Gómez:

Una de las más curiosas incidencias debióse al pedido que Ferré hiciera, el 17 de Febrero de 1825, al diputado de Corrientes al Congreso Nacional, Sr. B. Igarzábal, de que le enviase un sujeto apto para el cargo de ministro en los tres ramos, pedido que se hacía autorizada por el Congreso Provincial.
El 15 de Septiembre nombró al personaje recién llegado, don Rafael de Saavedra. La infidencia del Ministro General fue comprobada y el 11 de Octubre se dispuso saliera en el término de 48 horas de la provincia. También fue expulsado fray Miguel Ruiz, del Orden franciscano que cooperaba con Saavedra(5).

(5) Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde el Tratado del Cuadrilátero a Pago Largo)” (1929), p. 54. Imprenta del Estado, Corrientes. // Citado por Antonio Emilio Castello. “Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes” (1991), capítulo VII: “De la República de Entre Ríos a la Plena Autonomía”. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires

- De sentimientos federales, enrolada en el unitarismo

La iniciativa porteña -reflejada en los Tratados del Cuadrilátero- venía a satisfacer un íntimo anhelo de las provincias -fue aceptada por todas- y se procedió al nombramiento de los diputados que las representarán en el próximo Congreso Nacional.

Llegaba el momento tan temido por Ferré y sus previsiones salieron cumplidas, pues la influencia del gobernador Fernández Blanco hizo que la Sala eligiera diputados a dos correntinos “honorarios”, vecinos de Buenos Aires, y que vivían su atmósfera política(6).

(6) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Ellos fueron los doctores José Francisco Acosta y José Antonio Ocantos, que tenían a su favor como ejecutoria su cultura personal -eran abogados de nota- pero que sólo eran correntinos por el nacimiento y no por sentimientos y afecciones. Eran francos soldados del porteñismo más crudo, directorialistas, de los de la aventura unitaria y monárquica, que mataron los “anarquistas” el año XX.

Ambos estaban establecidos en Buenos Aires desde hacía muchos años. Ninguno de los dolores, nada de la vida azarosa que, para Corrientes, representó hasta entonces “el sistema de la unidad de régimen”, habían padecido.

Aparte de eso, no se percataban de la realidad política del país -¡qué iban a hacerlo!- ni eran seguramente hombres de sacrificar su egoismo disponiéndose a soportar las consecuencias de un voto adverso a la causa simpática a la ciudad que habitaban; no eran hombres de abnegación sino de comodidad personal, a la que atendían en primer término.

No sabemos -dice Díaz de Vivar- de la sinceridad doctrinaria del doctor José Francisco Acosta, pero sí consta lo otro.

Pasados los sucesos del Congreso 1824-1827, interpelado en el seno de la amistad por Ferré sobre la posición que adoptó en aquél, en que extremando argumentos llegó hasta el ataque por el descrédito a la provincia que lo había nombrado su representante, contestó:

¡Qué quiere Vd. paisano; vivo entre estos hombres y tengo que marchar con ellos!” (“Memoria”, de Ferré).

Por influencia del gobernador Fernández Blanco, Corrientes, de sentimientos federales como claramente lo mostró cuando la aventura de Perugorría, como después lo probó hasta plebiscitariamente, ¡venía a enrolarse en el bando unitario por intermedio de sus diputados!

El error de los nombramientos de tales representantes la hizo aparecer como de conducta incierta, como con duplicidad, en materia tan grave. Pero antes de condenar a los miembros de la Sala -que seguramente siguieron las sugestiones de Fernández Blanco- debemos considerar la insuficiencia de conocimientos -sobre hombres y sobre las cosas- de estos diputados provinciales, que los llevaba a confiarse con ingenuidad en la opinión de quien creían más experimentado y en cuya lealtad y patriotismo confiaban pensando, tal vez quizá, que bastaría a los electos su calidad de correntinos para que defendieran los derechos provinciales y la vida política de la entidad que acababan de constituir.

Hombres que no habían salido del terruño, no sabían que sólo lo ama con el fervor que en esas circunstancias se necesitaba el que allí había sufrido los dolores y las humillaciones del tiempo en que los correntinos eran cosas, no personas.

Tal era el estado de los asuntos “exteriores” que halló Ferré al hacerse cargo del Gobierno a fines de 1824.

El provincialista, federalista, encontraba su provincia representada en el Congreso por diputados unitarios y sin medios otros que los oficiales para tratar de influir sobre ellos, pues ni siquiera los unía el vínculo de la amistad personal; ella vino después, por lo menos con el doctor Acosta, pero tarde, cuando los hechos estaban ya consumados.

Su tarea en el orden nacional iba pues a ser tan grande como reducidos eran sus medios de acción, pero la acometió y resolvió satisfactoriamente, porque tenía firmeza de convicciones, voluntad y carácter. El estudio de los sucesos va a demostrarnos una vez más lo que valen estas calidades.

Vamos a ver cómo fue piloto de tormentas, "el humilde carpintero de ribera", sin bagaje cultural, sin prestigios de charrasca, sin medios económicos y sin colaboradores eficientes. Constataremos cómo mantuvo su rumbo, cómo sostuvo sus principios sobre los cuales tenía que ser intransigente -porque eran fundamentales- como fue inquebrantable sobre lo que no admitía equívocos, tarea que requería -a la vez- la ductilidad y firmeza, transigencia en los medios, dureza en lo dogmático, que tiene que ser intangible.

Supo soportar lo que no podía impedir sin perder la fe; desplegó habilidad y firmeza a la vez; sostuvo el federalismo con entereza y valentía, a pesar de las adversas circunstancias creadas por la posición unitaria de los primeros diputados.

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