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Peculiaridad del federalismo porteño

El federalismo porteño participaba de esta idea, pero no dejaba de percibir que en la práctica, el peso del mayor poder de Buenos Aires se haría sentir en la comunidad general.

Los partidarios del centralismo no se satisfacían con esta perspectiva, pues temían que, perdido el control sobre las Administraciones Provinciales, una alianza de gobernadores tendría fuerza suficiente para imponerse a los criterios de Buenos Aires, no sólo en materia política, sino también económica.

Y al llegar aquí encontramos el punto de coincidencia entre los dos grandes grupos de la opinión porteña. El hecho es que en Buenos Aires se había producido una alianza -por encima de los colores políticos- para la defensa de los intereses de la clase propietaria: hacendados y comerciantes, vinculados ambos estrechamente al problema aduanero.

En consecuencia, el federalismo porteño, conducido por este grupo, se iba a limitar a ser un federalismo político que nunca iba a trascender al campo económico. Por lo tanto, sería contrario al federalismo del Interior en muchos de sus intereses y, en definitiva, coincidiría con el unitarismo en imponer la hegemonía porteña a las demás provincias.

La diferencia con este otro partido consistió básicamente en el medio elegido para lograr ese resultado. Para los unitarios, fuertemente imbuidos de la doctrina liberal de la institucionalización, el medio era una estructura legal, una Constitución.

Para los federales era una cuestión de política práctica, un asunto de alianzas que se ejecutaría según las necesidades concretas del momento y según los obstáculos que se fueran encontrando.

Esta concepción original del federalismo porteño, federalismo a medias, explica no sólo la presencia de los directoriales en las filas federales, sino la similitud que a un cuarto de siglo de distancia tuvieron en este plano las políticas de Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre; también explica la futura división entre los federales rosistas, adscriptos a esta concepción y los “lomos negros”, que habían hecho del federalismo una teoría más coherente; explica, por último, que los porteños -fuesen unitarios o federales- estaban más dispuestos a entenderse entre ellos -a causa de su afinidad local- que con sus respectivos partidarios provincianos, como sucedió cuando Juan Lavalle eligió a Rosas y no a José María Paz para depositar en él un poder que se le escapaba de las manos.

La diferencia entre el federalismo porteño en su versión definitiva -rosismo- y el unitarismo, consistió en último término en una división entre prácticos y teóricos o, con el lenguaje de Edmund Burke, entre políticos y geómetras.

Debajo de esta diferencia fundamental se movía el antagonismo ideológico: liberales unos, antiliberales otros, pero esta oposición nunca tuvo la fuerza del antagonismo regional, sea porque éste tuviese raíces mucho más hondas, sea porque algunos aspectos parciales del liberalismo fuesen aceptados por todos.

También se diferenciaban los partidos en cuanto al núcleo principal de sus integrantes. Los unitarios habían descuidado el ambiente rural y eran, sobre todo después de la Ley de Capital de Rivadavia, el partido de los hombres ilustrados y la gente culta, el grupo de los doctores y los teóricos.

Los federales dominaban el área rural a través de la adhesión de los estancieros, a quienes seguían los peones y demás pobladores del campo, dependientes económicamente de aquéllos y sensibles a su prestigio.

En el ambiente urbano lograron -desde 1826- la adhesión de la mayor parte de los comerciantes y, a través de su prédica democrática por la ampliación del sufragio, obtuvieron la adhesión de gran cantidad de la gente humilde, lo que dio al partido un matiz popular que Rosas acentuó, aunque las clases populares siempre fueron ajenas a la conducción del partido, que permaneció firmemente en las manos de un núcleo aristocrático.

- Las Heras, gobernador de Buenos Aires

Cupo al general Juan Gregorio de Las Heras, elegido gobernador de Buenos Aires al terminar el mandato de Martín Rodríguez, finalizar los trámites previos a la reunión del Congreso.

Las Heras era un hombre sin tacha, entusiasta de la unión nacional, ajeno a los partidos y a la Logia Provincial. Como en el caso de Rodríguez, se había elegido a un independiente, pero el nuevo gobernador era un hombre de carácter que no terminaría su Gobierno sin indisponerse con los más fervientes rivadavianos.

Su punto de apoyo fue Manuel José García; en cuanto a Bernardino Rivadavia, sin perder de vista que, siendo el candidato de su partido para ocupar el futuro Gobierno Nacional parecía útil no complicarse en las incidencias políticas inmediatas, partió hacia Londres, para concluir las gestiones económicas iniciadas durante su Gobierno.

Los momentos que se avecinaban eran difíciles, no tanto por las complicaciones que podían emanar del Congreso como porque era evidente que la euforia económica de los años anteriores se esfumaba y la situación internacional se complicaba. Rivadavia, como jefe de partido, prefería orientar a sus segundos desde fuera del Gobierno.

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