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Actitud de Ferré ante "la aventura presidencial de Rivadavia"

Veamos qué hizo Ferré en la emergencia del Congreso 1824-1827 y cuando la “aventura presidencial del señor Rivadavia(1).

(1) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

El nuevo gobernador de Corrientes era un federal doctrinario. Tenía también arraigado en su ánimo el concepto de la autonomía provincial y, por consiguiente, estaba en opuesta posición espiritual con Rivadavia y su grupo, por lo que el choque entre ellos era inevitable y obligaba a Ferré a prepararse para el caso.

- La elección de Acosta y Ocantos

Elegido gobernador casi coincidentemente con la inauguración del Congreso, se encontró ante un importante hecho consumado: la elección, por influencia de Fernández Blanco, de los dos diputados al mismo, los doctores Acosta y Ocantos, correntinos sospechosos, desligados de la tierra natal a quien seguramente no “sentían”, ajenos a la provincia por su largo alejamiento de ella y que, por consecuencia, difícilmente podían interpretar sus aspiraciones y sentimientos.

Más, tenían pues que ser accionados por el medio en que vivían que por el de Corrientes, a quien sólo estaban ligados por su nacimiento y vínculos de familia. Ninguno de ellos había tomado parte, siquiera epistolarmente, en los sucesos de 1821, de los que tal vez se informaron con la misma indiferencia con que se recibe cualquier hecho banal.

Esos eran los representantes de Corrientes; su voz oficial, que no respondía a la realidad del sentir de la provincia como los hechos lo demostraron después. Esta disparidad, esta situación absurda, tenía que preocupar hondamente a Ferré, hombre de carácter como era, de pensamiento concreto y de convicción federalista profunda, en lo que interpretaba la opinión de sus conciudadanos.

Era además un gobernante capaz de imprimir acción y no de sufrirla y menos de vivir a la deriva.

Era también un observador concienzudo de los hechos y presuponía -en consecuencia- a lo que conduciría el nombramiento de diputados exóticos, ajenos al ambiente del pueblo que representaban.

Ya los hombres de los Años 12 y 13 habían conocido ese tipo de “representantes”: que tenían las marcadas condiciones de todos los apóstatas, injertadas a menudo, como en Monteagudo, en las falsías de un alma de lacayo.

Este “cholo” tucumano o cuzqueño había sido uno de los principales azotes de los diputados de la Junta Grande; el insultador a sueldo que, desde el periódico de Rivadavia, ridiculizaba y denigraba a los representantes de los Cabildos.

Ferré conocía -también- la actitud de los “diputados” de la Asamblea del Año 13, nombrados bajo la presión de los tenientes-gobernadores rivadavianos.

Cierto que los doctores Acosta y Ocantos no tenían las abyectas condiciones de un Monteagudo, pues no eran unos aventureros y sí hombres de honor y responsabilidad moral, pero fatalmente tenían que ser una reproducción de los asambleistas del Año 13 por su desligamiento del medio provincial.

La situación era pues embarazosa para Ferré, que no podía accionar sobre los diputados ni concordar con ellos porque divergían en ideas; ni combatirlos, porque carecía de armas legales para el objeto.

Y a esta impotencia que lo desarmaba, se agregaba la pretenciosa actitud del doctor Acosta quien, lejos de tratar de buscar una acción armónica con el gobernador o de desear por lo menos conocer el pensamiento de éste sobre los trascendentales asuntos a cuya resolución estaba abocado el Congreso, pretendía marcarle pautas y hacerlo marchar bajo sus solicitaciones e indicaciones.

El doctor Acosta no se había dado cuenta (en esto se mostraba bien rivadaviano), del significado de la elección de Ferré para el cargo de gobernador.

No se había penetrado del concepto que informaba a la generaeión que produjo los sucesos del Año 21 y de la pronunciada evolución espiritual del grupo directivo de la opinión pública correntina. Vivía de sus recuerdos de infancia y pretendía proceder con la provincia que lo había elegido su representante, como si ésta fuera una reducción india, con Ferré como Corregidor “payaguá” y él, como Doctrinero.

Por pronta providencia, las comunicaciones oficiales dirigidas por el gobernador de Corrientes al Congreso las abría primero el doctor Acosta que se había abrogado graciosamente el cargo de censor y sólo con su visto bueno pasaban a ser conocidas del Congreso.

Si el Doctrinero no las encontraba de su agrado, sobre todo por la falta de ortodoxia de sus conceptos, se las devolvía al Corregidor payaguá para que las retocara en el sentido que se dignaba indicar, llevando su magnanimidad hasta pretender proveerlas desde su contenido hasta su expresión literaria.

Lo que más molestaba, por lo que parece, al Doctrinero, era que las comunicaciones nunca respiraban la “sumisión y el respeto” (palabras de la correspondencia de Acosta con Ferré), que él creía debían ser calurosamente expresadas.

Las notas estaban sin embargo redactadas dentro del usual modelo de cortesía oficial, pero el doctor Acosta quería que ésta fuera reemplazada por la humildad servil: “Ndé po marangature a je juru mboja” (beso humildemente tu Augusta mano), como decía la vieja fórmula de los Corregidores guaraníes de las reducciones jesuíticas.

Pero el diputado Acosta no conocía a Ferré. Pensaría probablemente que este gobernadorzuelo, carpintero de ribera, aventurero a quien el azar había llevado a un alto puesto, tendría a gran honor aceptar su tutoría y, por su intermedio, la de los grandes hombres de la gran urbe; y a quien, él, amansándolo con palabras suaves para no herir su amor propio cerril o su barbarezca vanidad, tanto más inflada cuanto mayor era su ignorancia, podía convertir en dócil instrumento.

No se daba cuenta de que en el carpintero de ribera había una “idea” que, él, doctor, era incapaz de concebir, y un carácter, que él, cómodo burgués, estaba lejos de poseer.

No cabía probablemente en su pensamiento que Ferré pudiera proceder por su propia cuenta en prosecución de un propósito definido; que pertenecía al género de los inductores y no de los inducidos.

- Corrientes elige tres diputados más

Una circunstancia inesperada vino a sacar a Ferré de su incómoda posición. El Congreso decidió que las provincias completaran su representación, de acuerdo con su población y, por esta circunstancia afortunada, tocó a Corrientes tres diputados más.

La elección de estos fue de una gestión lenta y laboriosa, pues en la situación creada y con los sucesos a prever, las calidades requeridas en los futuros representantes eran precisas: carácter, para no dejarse absorber por el insinuante grupo rivadaviano y poder así cumplir su imperativo mandato; y capacidad oratoria, pues de poco valdrían las intenciones y los propósitos si se carecía de los medios adecuados para exteriorizarlos.

Además, Ferré era un gobernador, no un dictador; él no nombraba a los diputados. Tenía indudablemente su influencia en la Sala -que era quien los elegía- pero ésta no era absoluta y había que contar con la que desde Buenos Aires podía desplegar el doctor Acosta por intermedio de sus parientes y allegados y con la de Fernández Blanco.

Ninguno de estos dos eran hombres de dormirse; el doctor Acosta sobre todo, que no era un rivadaviano pasivo sino de los cantantes con número propio en el Congreso.

Pero Ferré estaba alerta; veía el problema muy claro y sabía dónde estaba el enemigo.

- El nombramiento de Castro Barros

Por su influencia logró que fuera nombrado en primer término, en los nuevos diputados a elegirse, el clérigo riojano doctor Pedro Ignacio de Castro Barros. Esta singular designación tenía una significación muy precisa y muy sintomática.

Aunque más desvinculado de Corrientes que los doctores Acosta y Ocantos, el nuevo diputado tenía en su haber dos cualidades: era hombre enérgico y era orador. Y tenía una tercera, que no por ser tácita fue la menos determinativa de su nombramiento: era acérrimo, implacable, tesonero enemigo de Rivadavia, porque, aunque monarquistas ambos (el voto de Castro Barros en el Congreso de Tucumán había sido: “que lo haría por la monarquía por haber sido el que el Señor dio a mi antiguo pueblo, el que Jesucristo instituyó en su Iglesia”), el fanático e intransigente clérigo odiaba al de “la férrea voluntad” por las ideas liberales que a éste se le atribuían.

Si los rivadavianos hubieran sido capaces de percatarse de los fenómenos del ambiente, alguna notificación pudieran haber sacado de este suceso; pero ellos desdeñaban tales enseñanzas. Eran demasiado orgullosos, estaban superimbuidos de su propio valer para conceder importancia a otras concepciones, a otras aspiraciones, contrarias a “los principios que rigen a Buenos Aires(2).

(2) Ver carta de Laprida a Acosta en la “Memoria” de Ferré. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Era persistente y adquiría caracteres de terquedad la ceguera política de estos hombres, cuyo grupo directivo era de una vanidad y una presuntuosidad enormes, con las que aplastaban y asombraban al grupo borreguil que capitaneaban, el cual estaba formado de honestos burgueses sin más capital intelectual que el leer y las cuatro reglas.

Estos eran los que Laprida llamaba “hombres de bien y de sana intención”; la sancta simplicitas que vivía postrada ante el latín de sus meneurs (líderes).

Bueno es echar ahora una mirada sobre esa pregonada cultura del grupo cabeza de esa “minoría ilustrada” cuya leyenda ha llegado hasta nosotros con caracteres de axioma; y sin miedo al tabou y al escándalo que presupone tal irrespetuosidad, tratemos de poner en claro lo que haya en ello de verdad y lo que pudiere haber de exageración.

La cultura de los rivadavianos no era sino un caso especial del de la élite intelectual porteña que en esa época no tenía nada de intensa ni de universalizada; ella era completamente unilateral.

En ese entonces -dice un testigo presencial, el doctor Tomás Manuel de Anchorena(3)- sólo había buenos teólogos, buenos moralistas, buenos abogados aunque, en general, tan inmorales como lo son casi todos en el día; pero no se encontraban hombres que entendiesen de política; no se si alguno habría leído alguna obra de política moderna, ni se que hubiera otra que el Pacto Social, por Rousseau, traducida al castellano por el famoso señor Mariano Moreno...”.

(3) Adolfo Saldías. “La Evolución Republicana durante la Revolución Argentina”. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Los rivadavianos eran “humanistas” en el sentido de su conocimiento de la literatura clásica, latinistas de claustro; “romanistas” del tipo de los legistas de las viejas monarquías. Su ignorancia era muy grande, sobre todo en Derecho Político que debiera haber sido su especialidad.

Para ellos el mundo parecía no haber evolucionado desde lo que aprendieron en los claustros; desconocían el movimiento cultural anglosajón, germánico y aún el francés, como lo demuestra la ya citada carta de Anchorena.

Ignoraban el fenómeno norteamericano y lo que era la esencia del federalismo. Como eso no entraba en el “romanismo” y los claustros no los habían provisto de bagaje sobre el asunto, ni la “cosa” estaba en latín, ellos no la conocían, y los representantes de los “agrestes” tuvieron que darles las primeras noticias.

- “Refiere el doctor Benjamín Victorica -dice González Calderón- una conversación que tuvo con el doctor Salvador María del Carril, amigo y compañero de destierro de Rivadavia. donde le dice que éste (Rivadavia) recién leyó cuando su permanencia en Santa Catalina, la obra de Tocqueville sobre las instituciones federales de los Estados Unidos.
Estábamos ciegos (el plural se refiere a Rivadavia); la bellísima obra de Tocqueville, que llegó a nuestras manos, nos abrió los ojos; mucho discutimos y nos convertimos en apasionados del federalismo”.

¡Un poco tardíamente el Diablo se hacía ermitaño!

Si no conocían “La Democracia en América”, que en el fondo es una obra de vulgarización, ¿cómo anda su saber en otras más fundamentales?

No hay pues que tocar tanto el tambor sobre la sabiduría de los rivadavianos.

El ideal político de los más avanzados, Rivadavia y los restos de los “lautarianos”, era la monarquía templada; su medio de acción el “despotismo ilustrado”, con un liberalismo a lo Pombal, y la negación rotunda de la democracia.

Sobre esta ignorancia de la evolución y nuevas tendencias y formas de gobierno de las más modernas colectividades humanas, se injertaba una terca y persistente ceguera política con relación a los fenómenos de ambiente argentino.

Sigamos ahora con el episodio de la elección de Castro Barros que, aunque de apariencia banal, tiene la importancia de ser el primer modo de defensa de Ferré y sirve para mostrar un aspecto de esa curiosa alma colectiva de la “minoría ilustrada”.

Castro Barros era “un carácter”; su austeridad positiva lo libró de naufragar donde el dean Funes; no lo iban a ablandar halagos y seducciones verbales o de otro orden; estaba pues en condiciones de sostener el criterio antirrivadaviano, por motivos no elevados como el que informaba el de Ferré, pero sí con eficacia y entereza.

Gran alboroto produjo en el cotarro unitario tal nombramiento.

Castro Barros no sólo era “riojano”, sino “un díscolo” que se permitía no estar de acuerdo con “los principios que rigen a Buenos Aires”; además había cometido el delito de lesa majestad al denunciar en papeles públicos con una “insensatez, maligna y ridícula, que el señor Rivadavia ha ido a Inglaterra a negociar un príncipe”.

Tomo las frases entre comillas de una indignada carta que el señor Laprida escribió al doctor Acosta, al tener noticia del ¡inaudito y escandaloso nombramiento!

Curiosa modalidad la de esta gente rivadaviana que no concebía que pudiera haber disparidad de opiniones y para quienes los que no quemaban incienso ante su ídolo eran: malignos, ridículos, subversivos, insensatos, facciosos (Laprida), y demás epítetos del género con que agotaban el diccionario para bombardearlos.

Nadie sin embargo más merecedor de ellos que Bernardino Rivadavia que tenía una maravillosa performance en sólo los 310 días que duró su Triunvirato de infeliz recordación.

En él por ventura corto tiempo de su dictadura, disolvió dos Congresos (la Junta Grande y la “Asamblea”, que arregló para su uso personal y en que la criada le salió respondona); inventó lo de las facultades del Ejecutivo omnímodo, la justicia discrecional por medio de comisiones especiales y juicios sumarísimos, exultó en la amplitud y vacuidad de sus proclamas, preámbulos y “considerandos” (todo ello envuelto en un vago tinte de tropicalismo ridículo); en buena justicia, no se le podía pedir más.

Su nutrida estadística de atropellos y absurdideces, marcó en muy poco tiempo un récord comparado con cualquier otro tiranuelo sudamericano de su tiempo lo cual, si hasta ahora llena de orgullo a los admiradores de su “férrea voluntad”, no prueba menos que si alguien merecía los galanos epítetos con que el señor Laprida obsequiaba al doctor Castro Barros, era el propio don Bernardino Rivadavia.

Como el nombramiento del doctor Castro Barros constituía no sólo una decepción para los congresales de la mayoría, sino que era un síntoma de la posición que tomaba el gobernador de Corrientes abandonando la política de indecisión que en materia tan grave -como lo era la de la Organización Nacional- había caracterizado a Fernández Blanco, el señor Laprida, que creía que el diputado Acosta podía tener influencia personal en los miembros de la Sala, aconsejaba a éste que se buscara para diputado a “un hombre de bien y de sana intención”, es decir, de la clase borreguil, para que se sumara a la majada del Congreso.

Pero el doctor Acosta prefería un rivadaviano de la activa, sus candidatos eran: o don Angel Fernández Blanco, avecindado ya en Buenos Aires o el coronel Elías Galván, antiguo “capataz” porteñista de Corrientes; sólo si estas píldoras no podían ser suficientemente doradas para que pasaran, que vinieran los borreguiles.

Estos señores rivadavianos eran tan ingenuos como presuntuosos; habían tomado los puntos salientes de su arquetipo.

El diputado Acosta se permitió la infidencia de retener el diploma de Castro Barros que por su intermedio se envió al agraciado, hasta que el Corregidor payaguá ordenara a los otros payaguás de la “Sala” enviaran un catecúmeno bien enseñado. Pero Ferré le observó con firmeza que esa oficiosidad, por bien intencionada que fuera, era muy indiscreta y deprimente para el decoro de la provincia y del propio gobernador.

El episodio terminó con la renuncia de Castro Barros que no quería pertenecer a un Congreso en cuya obra no tenía fe, pero no fue vano, pues sirvió para fijar algunos puntos fundamentales y rectificar la posición de Corrientes en la cuestión principal, y la “Sala” eligió otros representantes, esta vez netamente federales aunque alguno de ellos no tuviera la firmeza de carácter que hubiera sido de desear: ellos fueron Pedro Cavia y Caviedes, Francisco Igarzábal y Pedro Feliciano de Cavia, notable este último como uno de los sostenedores del federalismo.

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