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LA BUSQUEDA DEL DOMINIO PORTEÑISTA Y SUS ETAPAS

Una de las características de la política implementada por Buenos Aires fue la constancia en la búsqueda de controlar el dominio de gran parte de la región rioplatense. Esa constancia sostenida a través del tiempo en pos de ese objetivo puede clasificarse en etapas que difieren unas de otras en la metodología usada por la élite porteña para hacerse con el control de la situación.

Creada y asociada a la monarquía española en un tiempo primigenio, la Gran Ciudad luego desplazó a los españoles y se asoció con Inglaterra (o el mundo anglosajón para ser más exactos), cuyos hombres fueron los que cincelaron la Nación Argentina. Aquéllos dueños de una ciudad situada en una coyuntura geográfica excepcional y estos, hábiles en el control político, sentaron las bases de una sociedad financiera-comercial que lleva más de 200 años de vigor.

El gran desafortunado fue el pueblo argentino, entendiendo por tal al habitante del territorio del ex Virreinato del Río de la Plata, al punto que todas las provincias tuvieron que expulsar su población encaminada al Gran Puerto, donde hoy sus descendientes se hacinan con un grado de pobreza extrema.

Es que tras sus intentos de dominación a través de la fuerza (1810-1820); de la política y la argucia mentirosa (1822-1827); nuevamente de la fuerza dictatorial a través del régimen rosista (1835-1852); y, tras una década de independencia -en la que gozó de prosperidad gracias a los ingresos aduaneros y el no tener que compartirlos con el resto de la Confederación Argentina- finalmente Buenos Aires confluyó -llevada de la mano del mitrismo- al sojuzgamiento definitivo del territorio que había quedado como saldo de la aventura depredadora iniciada en 1810.

Buenos Aires implantó siempre un sistema fascista que le permitió el control absoluto de la economía y la sociedad argentina. Por eso Argentina nunca pudo eliminar el fascismo.

Buenos Aires basa su poder en un Estado todopoderoso que dice encarnar el espíritu del pueblo. La población no debe, por lo tanto, buscar nada fuera de Buenos Aires, la que está administrada por un pequeño sector de la sociedad argentina: la burguesía porteña ligada a intereses extranjeros.

El Estado fascista ejerce su autoridad a través de la violencia, la represión y la propaganda (incluyendo la manipulación del sistema educativo). Y esto es lo que hizo Buenos Aires desde 1862 hasta el presente.

Y a tal extremo llegó el control, que los ciudadanos de cada una de las provincias está hoy siendo bombardeada por una catequesis propalada por los medios masivos de comunicación que hablan en clave porteña sin que el que trasmite la información y el que la escuche se percaten de ello, aplicándose aquí lo que enseñaba Giovanni Sartori, que

"el Homo sapiens está en proceso de ser desplazado por el Homo videns, un animal fabricado por la televisión cuya mente ya no es conformada por conceptos, por elaboraciones mentales, sino por imágenes".

Hoy ya no sólo se difunde el control a través de la televisión, sino que la susodicha catequesis se pregona por las redes sociales llevando la situación a un estado extremo.

En la Junta Grande, en el Congreso de Buenos Aires de 1826, en los tiempos de la Confederación Argentina con sede en Paraná y en la actualidad, la población argentina buscó siempre dos cosas: democracia y federalismo. Y Buenos Aires -en el siglo XIX, en el XX y el XXI- llevado por una incontrolable avaricia dibujó todas las formas posibles de dominación, ahogando y destruyendo los genuinos sentimientos de los argentinos.

- La mentira de los movimientos populares porteños

Ya en el siglo XX, el porteñismo se disfrazó de Gobierno Nacional, y para el control politico Buenos Aires "nacionalizó" partidos o movimientos sociales a los que los denominó "radicalismo" y "peronismo o justicialismo".

Tanto el "radicalismo" como el "peronismo" han sido en la práctica -y más allá del discurso- esencialmente conservadores. Ninguno de los dos, ni radicales ni peronistas pudieron cambiar básica o fundamentalmente la estructura económica o social del país.

Es más: ambos movimientos, genuinamente porteños, confluyeron -a fines del siglo XX- en un sólido Estado virtualmente federal hasta conformar una Argentina electoralmente unitaria, porque las reformas constitucionales votadas en 1994 le dieron ese carácter.

Sólo basta observar el sistema legislativo argentino, delicadamente adaptado a las necesidades del Poder Central; no son legisladores representativos de una provincia, sino de un partido, y de un partido de Buenos Aires o, peor aún, respondiendo a un jefe "aporteñado" por nacimiento o adoptado.

Como Can Cerbero, el perro de Hades, un monstruo de cincuenta cabezas -según Hesíodo- con una serpiente en lugar de cola, guardando el inframundo porteño y asegurando que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar, Buenos Aires ofrece actualmente una democracia incierta a cambio de un centralismo a ultranza.

Desgastado el sistema de partidos, ahora se habla de “espacios”, donde la población debe elegir a personajes más o menos sobresalientes por su verborragia, que migran de un sector a otro para acceder al sistema de poder.

Se pone énfasis sobre la personalidad de un jefe del que se trata de difundir su apoyo, de aumentar su popularidad. Lo único que une al ciudadano con el poder y las decisiones fundamentales es la personalidad de líder.

El personalismo es un mecanismo para crear y diversificar el apoyo popular o sectorial del movimiento político. Además, es una técnica para responder a una crisis.

Lógicamente no hay control político, ni económico ni social; y de la falta de control se origina la corrupción. Que en la Argentina es enorme y casi incontrolable. Nada funciona bien en la vida si no hay control, y las provincias ni nada controla a quienes gobiernan desde Buenos Aires. No se los ha controlado nunca.

Por supuesto que hay otros factores en juego, como por ejemplo el papel que desempeñaron y desempeñan muchos integrantes de las élites provinciales, socios -en definitiva- de ese Poder Central y de este estado de cosas.

- Yrigoyenismo, peronismo, kirchnerismo...

Buenos Aires no sólo centralizó la riqueza obligando a casi el 40 % de la población argentina a vivir en ella, originando un problema social y económico de magnitud. Porque esos jujeños, correntinos, chaqueños, santiagueños, salteños, misioneros, paraguayos, bolivianos, etc. son los que poblaron el Conurbano bonarense, y sus hijos y nietos son los que hoy integran esa franja de 30-35 % de pobreza extrema que ostenta el país.

No son porteños los que integran los movimientos sociales y piqueteros. Son hijos de provincianos que tuvieron que escapar de su lugar natal porque la riqueza se concentraba en Buenos Aires. Y los instrumentos del porteñismo (yrigoyenismo, peronismo, kirchnerismo) fueron los artífices de esa realidad social.

Los radicales no trataron de cambiar la estructura. Su énfasis estaba centrado en la distribución más bien y en problemas de participación política. Nunca trataron de cambiar la estructura básica de la economía. El argumento es que el yrigoyenismo se convirtió en un sistema de burocratización del poder. Por la vía del gasto estatal, Yrigoyen trató de construir un movimiento liderado por él, en el que la clase media era dominante. Pero al final, él no pudo por las consecuencias de la crisis mundial de 1930.

El peronismo es otra cosa. Al principio Perón trató de construir una sociedad industrial y fracasó. Al final del segundo Gobierno de su primer mandato, en los ‘50, Perón estaba volviendo a poner el énfasis en la exportación de los granos y de la carne.

El peronismo es un tipo de populismo, un simulacro de un movimiento radical. Es decir que fue un movimiento fundamentalmente conservador, que pretendía ser algo revolucionario y que logró un apoyo popular masivo.

Pero el populismo es nada más que una tentativa de explicar el fenómeno.

Tampoco el peronismo fue revolucionario en los ‘70. Fue el mismo Perón que cinceló esa imagen del movimiento liderado por él. Cuando fue derrocado en 1955, sus lugares de asilo fueron el Paraguay de Stroessner; la Nicaragua de Anastasio Somoza García; la República Dominicana de Héctor Trujillo Molina; para recalar finalmente en la España de Francisco Franco Bahamonde.

Desde Madrid, en su afán por regresar al país, estimuló a la juventud argentina dejando entrever que su figura era "revolucionaria". Luego, él mismo, se encargará de expulsar a los más axaltados o adoctrinados de la Plaza de Mayo, dejando en claro que el peronismo era esencialmente conservador.

- El kirchnerismo

Tras las experiencias de Carlos Menem y el golpe institucional que llevó al poder a Eduardo Duhalde -que resaltaron las características propias del porteñismo, es decir, la centralización política y económica y el espíritu antidemocrático accediendo al poder a través de un golpe- el "peronismo o justicialismo" entregó al país el "kirchnerismo", otra faceta del poder porteño, “porque en Buenos Aires se hila tan fino, que sólo ve la hebra el que está advertido de que se hiló”, como dijo alguna vez Pedro Ferré.

El "kirchnerismo" hizo un uso conservador de la política. Es un error considerarlo como una fuerza que orientó hacia el progreso y mucho menos como una fuerza revolucionaria. Las políticas implementadas entre los años 2003-2015, sus prácticas y las formas de participación de sus juventudes contenían numerosas características propias del conservadorismo.

Su acción política, lejos de conducir a un desarrollo democrático, persiguió la conservación de un orden desigual. Desigualdad que se manifestó -fundamentalmente- en la falta de distribución genuina del ingreso luego de una década de crecimiento económico sostenido.

Para el poco advertido puede resultarle inexplicable la similitud entre el proceso liderado por Juan Perón en los años 1946-1955, y la historia desarrollada en 2003-2015 presidida por Néstor Kirchner y su esposa. Ambos procesos se originaron en una Argentina con mucho dinero: uno, con reservas en oro que "hacía dificultoso caminar por los pasillos del Banco Central", según expresión del propio Perón; y el otro, originado en el "boom" económico que significó la revolución agrícola con la demanda extraordonaria de soja por el mercado internacional.

Los dos procesos terminaron con la quiebra de la economía argentina. Dilapidaron todo. La explicación evidente es que ambos "movimientos" se originaron en el centralismo económico y político porteño. Nadie los controlaba, perdiendo ambos el poder cuando la situación se hizo insostenible.

Volviendo al "kirchnerismo", la intolerancia fue una de sus características más marcadas, perfil que remedaba el ejercido por el "peronismo" de los años '50. Pero, además, es un indicador clave de la falta de una cultura política más inclusiva y que tienda a la autocrítica. La orientación conservadora de estos Gobiernos también se relaciona con su “política de fe”.

El kirchnerismo hizo “política de fe” en ese intento por encauzar con firmeza determinados posicionamientos asociados a la idea del “bien”, del “mal” y de “verdad”. Intentó fomentarlos y mantenerlos en instituciones claves de la sociedad civil como la escuela y la cárcel. La gravedad no recae únicamente en la ilegalidad, sino también en los efectos corrosivos de su fundamentalismo político. Siembran prédicas.

Ni la democracia ni la política se fortalecen con prédicas, porque formar personas con verdades absolutas es adoctrinamiento y el adoctrinamiento impide cualquier posibilidad de elegir y vivir libremente.

El "peronismo" en su momento, y el "kirchnerismo" después, profundizaron los vicios de la vieja política, que dejó como saldo una clase dirigente con escasa cultura democrática y con instinto de lucro personal. En el mismo sentido se dirigieron sus juventudes, al estar desprovistas de cualquier formación crítica del juicio de hacer política basándose en aquella idea de comunidad homogénea y retomando consignas rancias que poco tienen de revolucionarias.

La Cámpora entiende al Estado como un organismo de control para regular ideas, pensamientos y esquemas determinados. Es el porteñismo en acción. Y con la complicidad del poder, llevaron adelante numerosas actividades de estirpe conservadoras que significaron una amenaza a las libertades cívicas y personales.

Adoctrinar es convertir a los ciudadanos en súbditos. No hay duda que el kirchnerismo mantuvo la esencia del porteñismo: fue antidemocrático y antifederal. 

Pero en algún momento el sistema puede desencadenar una falla fatal. El déficit fiscal hay que tenerlo siempre muy presente. Hasta ahora (desde el crédito de la Baring Brothers en 1825 a 2017) se pagó con pérdida de territorios, con venta de empresas del Estado y con crisis social y mucha pobreza.

Argentina nunca fue un país independiente, y Malvinas (y la poderosa base militar inglesa instalada en ellas), y los Estados soberanos de Uruguay, Paraguay, Bolivia, están para recordar este concepto permanentemente.

¿Soportará la avaricia y el fascismo porteño un nuevo desmembramiento territorial? No es menor lo que relata el presidente provisional Eduardo Duhalde del ofrecimiento que le hicieron -a poco de asumir el Poder Ejecutivo- de pagar la Deuda Pública a cambio de la Patagonia.

La historia aún no encontró su final.

- Las etapas del despojo

- Buenos Aires, capital
El paso de Buenos Aires de su rango de cabeza de Gobernación al de cabeza de Virreinato significó una centralización política y una ordenación jerárquica que tuvo gran trascendencia en la vida argentina.

Buenos Aires por primera vez se elevaba del nivel local para convertirse en la cabeza de todo un virreinato, al mismo tiempo que alcanzaba el rango de puerto más importante y de ciudad más populosa del mismo; y en la medida en que Buenos Aires crecía y con ella la admiración y el orgullo de sus ciudadanos, crecieron los celos y las prevenciones de las otras ciudades frente a la nueva capital.

Las modificaciones introducidas en la estructura económica americana y sus relaciones con la metrópoli: régimen de libre comercio y sus posteriores ampliaciones, aduanas, intendencias, consulado, etc., provocaron una reactivación de la vida comercial del nuevo virreinato de notable vigor y persistencia, que superó incluso los inconvenientes de situaciones políticas internacionales adversas.

Esta expansión constituyó un verdadero “boom” económico, uno de los más visibles del desarrollo histórico rioplatense y la principal beneficiaria fue Buenos Aires, dada su situación geográfica que fue determinante para fortalecer el comercio ultramarino. He ahí el origen del porteñismo.

- Buenos Aires y los ingleses. La revolución de Mayo
El 8 de Junio de 1806 supone el inicio de la historia de las relaciones anglo-rioplatenses. En esa fecha una flota británica -comandada por el comodoro sir Home Popham- apareció en el Río de la Plata, pretendiendo atacar el virreinato.

El establecimiento de intereses británicos en el Río de la Plata data de los años 1806-1807; de hecho, sobre la base del tráfico clandestino (contrabando) comenzó a desarrollarse en Buenos Aires una comunidad británica.

De aquel conflicto armado se siguió la caída de la autoridad de la Corona española y el nacimiento de las Provincias Unidas. Cuatro años después de las invasiones inglesas, Buenos Aires hace la revolución (1810) de la que derivan dos consecuencias:

1.- una política, de carácter conservador; y
2.- una estrategia económica, de carácter radical.

Tres días después del 25 de Mayo se levantó la prohibición que pesaba sobre el comercio con extranjeros. Una vez que la revolución contra España -y la monarquía española- comenzó a desarrollarse, fueron eliminándose en forma gradual las limitaciones en la penetración de la empresa británica.

Esta segunda etapa comprende la década 1810-1820, que mostrará el primer intento fallido de Buenos Aires por imponerse en todo el territorio. Fracasará. Las provincias se consolidan en su autonomía quedando -como eventual ligazón nacional- sólo el flujo comercial.

Pero también en esos años se consolidará la presencia británica en Buenos Aires. Es que después de la derrota en Norteamérica y, si se quiere, en el Río de la Plata, Gran Bretaña optará por una política colonial básica: la “asociación”, apoyándose en las autoridades y en las jerarquías locales para ejercer su control.

Esta forma de ejercer el poder recibió el nombre de “Gobierno indirecto”, que suponía reconocer el lugar de poder de los soberanos locales sobre un territorio determinado; fijarle límites; e imponer condiciones de convivencia.

La parte que le correspondía hacer a Buenos Aires, lo hizo. Su burguesía consideró que si ella había hecho la revolución, era ella la que debía usufructuarla y aprovecharla hasta en sus últimas consecuencias y suceder en todos sus derechos al rey.

Los demás “pueblos” que se contentaran con dar su aquiescencia; con el reconocimiento de este “derecho”, ya algo habían ganado; que quedaran con ese saldo, que en el fondo era inofensivo y que contribuía fuertemente a dar "olor de democracia" a los derechos sucesorios que acaparaba el Municipio privilegiado.

Que este pensamiento fuera subconsciente o deliberado no es posible decirlo en justicia pero, ¿de dónde nacía este concepto? Porque es necesario investigar -hasta dónde sea posible- la causa íntima del “porteñismo”, tan contrario en apariencia a la lógica y al sentimiento de igualdad y de modestia aldeana que debía ser más bien la característica de una ciudad como Buenos Aires que, aunque virreinal, no tenía ni la organización social altamente jerarquizada, ni la suntuosidad de las otras de su categoría política en los dominios del rey de Castilla, y además era de origen tan humilde.

Buenos Aires, ciudad-capital del virreinato, no era como Lima o México, la ciudad madre de donde salieran corrientes fundadoras de las otras de su jurisdicción. En esta función la habían antecedido Asunción -que la precedió en rango político- y Santa Fe, sin contar las de origen chileno y peruano.

Tampoco fue poblada por gente de calidad; nunca tuvo aristocracia auténtica, madre de los orgullos indomables y tercos, como la tuvieron Lima y México; la poca que hubo y fue sin influencia en los acontecimientos políticos, era la descendiente de algunos segundones venidos como funcionarios o la proveniente de los oficiales de las tropas peninsulares.

La clase superior en que se reclutaba el Cabildo era formada por comerciantes enriquecidos de muy humilde origen y muchos de los orgullosos apellidos de ortografía exótica provenían de desertores de los barcos -mitad contrabandistas, mitad piratas- que ayudaban a la exportación clandestina de los frutos del país, marineros del inframundo de los puertos del Atlántico o del Mediterráneo.

Tampoco era una ciudad cultural; la aventajaban no sólo Chuquisaca, sino también Córdoba.

Todo lo que sus historiadores dicen de sus colegios más o menos carolinos no bastan a desmentir los hechos. No hablamos de los estudios universitarios, sino de los menores; el virrey Liniers mandó sus hijos a las escuelas cordobesas.

Pero Buenos Aires, capital del virreinato, ciudad de Audiencia, tenía formada -a la fecha de 1810- una clase funcionaril numerosa y gente de toga en cantidad y tenía -sobre todo- una burguesía muy rica.

Era dueña del único puerto de ultramar y todos los frutos del país iban a morir a manos de sus “acopiadores”.

Estos tres factores -verdaderos poderes de dominación- injertados en una franca incultura, tenían que producir un gran sentimiento de vanidoso orgullo al compararse con los habitantes de los otros “pueblos”, tan ígnaros como ellos, pero mucho más pobres y por tal, modestos.

Hay que preguntarse por qué no existió en otros países de fatalidad geográfica regional como el argentino -los Estados Unidos de Norteamérica por ejemplo- la ciudad de orgullo perturbador como fue Buenos Aires, que durante medio siglo impidió la organización constitucional del país argentino y que en el siglo y medio siguiente, una vez sojuzgado definitivamente el territorio, encabezará un país a la deriva que dilapidará su riqueza enterrando en la pobreza más cruel a gran parte de su población.

Si observamos a Estados Unidos comprobaremos que los Estados miembros, que eran iguales en derechos al proclamarse independientes, se “sentían” iguales también en otros aspectos de la vida colectiva. Por eso ninguno pretendió una primacía especial, ninguna primogenitura; por eso pudieron hacer en paz y con toda sensatez primero, su confederación y, después, su federación.

Virginia, Maryland, Georgia, Pennsilvania, etc., tenían salida para sus productos por varios puertos independientes. Comerciaban por Boston, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, etc., sin contar los puertos menores. En todas partes se formaron burguesías ricas que no dependían sino muy correlativamente unas de otras.

La igualdad, sobre todo en el aspecto económico, es propicia a la fraternidad; aquí, Buenos Aires, puerto único, no podía ser fraternal, porque era la sola rica y porque era rica era vanidosa y poseída de un sentimiento despectivo para con sus parientes pobres: los otros pueblos del Virreinato. De esto se alimentó el porteñismo.

- El proyecto unitario rivadaviano
Fracasada en su intento por dominar a la fuerza y enfrentada a pueblos que dejaron atrás su inocencia, Buenos Aires intentará sojuzgar a través de la política y el engaño. Es la tercera etapa, en la cual nos detendremos aquí.

En esta etapa, el Río de la Plata pasará a formar parte del “Imperio informal inglés”, tal como lo ilustran los principales historiadores contemporáneos de ese país, entre ellos David Rock.

En estos años, Inglaterra cierra un acuerdo con las autoridades de Buenos Aires. Básicamente, el inglés solicitaba a sus socios vender barato y comprar barato, dejando a los lugareños el mantener control sobre el territorio.

La búsqueda británica en esos años era que sus intereses se fundieran con el de la provincia bonaerense, una entidad estatal que podía comercializar con el Imperio, la que debía -imperativamente- “nacionalizar” el Todo, ya que ahí estaba la materia prima y el mercado para vender los productos importados.

La situación no se trataba de enfrentamiento entre "unitarios" y "federales". El producto traído por los ingleses dejaba sin trabajo al hombre de las provincias que no podía competir en precios, y quien vendía su producto de igual calidad al exterior forzosamente se comunicaba con el comprador extranjero a travpés de la intermediación porteña, que llevaba su comisión, bajando el precio al productor del interior.

Cualquier comparación entre esa realidad del siglo XIX con la realidad del siglo XXI resulta parace ya contraproducente. Hasta ahora hay algunos que buscan explicación del por qué un productor gana $ 4 y su producto vale en el mercado $ 30. Es la intermediación, administrada desde Buenos Aires, donde queda el saldo.

Volviendo a 1825, el hombre del momento era Bernardino Rivadavia y lo que Buenos Aires efectúe en este tiempo será a través de triqueñuelas, engaños y mentiras aplicados desde el Tratado del Cuadrilátero de 1822 hasta el Congreso General Constituyente de 1826.

De hecho, en 1825 se concretó un Tratado anglo-bonaerense de Amistad, Comercio y Navegación cuyo objetivo -según la política del primer ministro Canning- era establecer una completa igualdad legal y política entre los Estados británico y rioplatense; asimismo representaba un esfuerzo para crear una relación comercial libre entre una comunidad industrial y una comunidad productora de materias primas.

El nuevo fracaso por dominar el territorio tendrá varias causas, pero la principal será que Buenos Aires sólo quería el control del poder para sostener sus acuerdos comerciales de ultramar y seguir usufructuando la riqueza enorme que le proporcionaba su excepcional ubicación geográfica.

Descubierta la mentira rivadaviana, desaparecen Presidente y Congreso, llevando como laureles la pérdida definitiva del Alto Perú y la Banda Oriental. El mundo anglosajón marcaba el territorio y el Río de la Plata pagaba con creces.

Tras su segundo fracaso, Buenos Aires tomará nuevos rumbos; elegirá a Juan Manuel de Rosas para entrar lisa y llanamente en una dictadura, sin dejar de lado el hacer creer que eran “federales”.

Luego vendrá la quinta y última etapa: la "mitrista", quizás definitiva con el triunfo de Buenos Aires sobre toda la Nación.

Hoy asistimos a un país quebrado moral y económicamente. Deformada Argentina en todos los aspectos, Buenos Aires parece no percatarse de su ruina, continuando con su política depredadora.

Su dominio se ejerce a través de los medios de comunicación y nadie mejor para explicar esto que el recientemente desaparecido Giovanni Sartori:

Se puede estar informado de acontecimientos -dijo el politicólogo italiano- pero también del saber. Aún así debemos puntualizar que información no es conocimiento, no es saber en el significado eurístico del término. Por sí misma, la información no lleva a comprender las cosas; se puede estar informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar de ello no comprenderlas. Es correcto, pues, decir que la información da solamente nociones”.

El pueblo argentino siempre quiso dos cosas: democracia y federalismo. No tiene ni tuvo nunca ninguna de las dos, sin dejar de decir que una sin la otra, no sirve tampoco. No hay participación efectiva de todos y cada uno de los ciudadanos. No hay control del dinero -aportado por todos- para el sostenimiento del Estado y sus parásitos, y así, unos pocos siguen prevaleciendo.

- Una democracia incierta

Así como los griegos idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de la democracia argentina pergeñada por la burguesía mercantil porteña sostiene la esclavitud con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos.

Se puede decir que la pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc.) vendría a ser como la esclavitud moderna que existe y se genera como condición necesaria del "Gobierno del pueblo".

Más no así su imagen, a la que nadie presta atención o a la que ya nos hemos acostumbrado: asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos, a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos -los políticos- van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a esos políticos, ya transformados en casta superior.

Estos conceptos -extraidos del libro “La Democracia Incierta” de Francisco Tomás González Cabañas- iluminan y explican la esencia de la democracia actual pergeñada desde Buenos Aires para los argentinos.

Somos pocos los que leemos, los que entendemos -dice González Cabañas- los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señalada, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal.
Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos de que el Gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes.
La educación, la religión y el trabajo son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete cualquier tipo de espiritualidad o libre pensamiento que se atreva a discutir esto mismo.
En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación lo esperarán al preso, loco o al imbécil.
La medicina es la etapa final -o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico-; lo aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.
Escaparle a todas estas fases debe ser un milagro proveniente de alguien mucho más justo y ecuánime -del que llaman Dios- y lo menos que se merece es una nota, como la presente, como para dejar testimonio de que estas excepciones existen para confirmar la regla.
Pero todo es en definitiva cultural, y quienes comprendamos esto debemos obrar no contra hombres ni nombres sino contra un sistema que produce en serie a aquéllos y en cantidades industriales a quienes le temen a éstos; la ecuación es fácil: no será posible convencer a la gran mayoría en tiempo acotado, sino más bien en tiempo prudencial, a quienes están signados a ser popes por el sistema; es a ellos a quienes le debemos dirigir nuestras canciones y loas más efectivas para lograr cambios que se impongan y sean perdurables en el tiempo...".

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