El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Ferré y el Congreso rivadaviano

Ferré era una voluntad. Una vez madurada una concepción -tal vez esta maduración era lenta, a veces tardía- ponía un empeño inquebrantable en su realización. No le intimidaba el esfuerzo ni le seducía el miraje brillante del propósito teórico que no consultara las realidades, ni le abatían dificultades que él pudiera vencer de inmediato o a la larga a fuerza de paciencia, pero sin abandonar nunca el rumbo que se trazara(1).

(1) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Sus ideas políticas en materia de organización nacional eran ya claras, definidas y nítidas, desde 1824. Se basaban sobre dos fundamentales conceptos: la “provincia”, Estado en toda la amplitud de sus facultades nacidas de su soberanía intrínseca, dentro de la Nación, a la que debían cederse las necesarias para fortalecer la unidad, pero que no permitieran la absorción. Era lo que hoy llamaríamos un federal doctrinario.

Mantuvo siempre, sin declinar, sin flexionar, sin transigir, esa manera de concebir la organización interna de la República; en el Gobierno, en el destierro, en la oscuridad y en ese firme propósito lo sorprendió la aurora de Caseros, y pudo cumplirlo cuando el Destino -rara vez clemente- lo llevó a ser de los Constituyentes, de los verdaderos, de los inmortales, de los del 53.

Estos conceptos políticos se encerraban en un tercero, al que estaban supeditados: su patriotismo integral, su argentinismo. Su tenacidad lo hizo bregar siempre, desde arriba, desde abajo, porque el país se constituyera; cuando todos olvidaban o postergaban la cuestión, él la agitaba, la empujaba.

Lo hizo promoviendo el Tratado Cuadrilátero de 1831 ... que fue el Estatuto Constitucional de la Confederación; trató de que éste fuera efectivo en la realidad, cuando Juan Manuel de Rosas.

El no fue nunca hombre de partido. No fue ni “unitario”, ni “federal”, cuando la ofuscación que nació de la lucha hizo perder el concepto de los principios a todos, para convertirlos en hombres de banderías, en que los odios supeditaban a las doctrinas.

No se matriculó en los bandos; estuvo siempre con los que sinceramente querían una Constitución federal: sea con Estanislao López, federal; o con José María Paz, unitario, pero que evolucionaba hacia el federalismo.

Su perspicacia hizo que no se engañara ni con Rivadavia ni con Rosas. Combatió siempre -como sus medios lo permitieron- a los que obstaculizaban la constitución federal del país a nombre de cualquier divisa, “unitaria” o “federal”; por eso luchó con Rivadavia y con Rosas, ambos unitaristas aunque en diverso grado y con vestimentas diferentes; a él no lo engañó el trapo.

Al final de su vida apoyará a Justo José de Urquiza y colaborará con él, porque éste ya es partidario de una Constitución y, esta vez, federal de verdad.

Al presente, año 1825, estaba en el comienzo de la tarea, que iba a ser muy larga; drama lleno de sangre y de lágrimas. Era gobernador, tenía cómo accionar e iba a poner todo su esfuerzo, toda su capacidad, para llegar al triunfo de su ideal político.

Estaba este año de 1825 cargado de acontecimientos graves para las Provincias Unidas; tenían la amenaza de la guerra con el Brasil, que pretendía despojarlas de una de ellas; tenían el problema de la Constitución.

El gobernador de Corrientes tenía tres problemas: los dos que le competían como argentino; y el problema misionero, que interesaba la integridad territorial de la provincia y en el que había que luchar contra el extranjero (el Paraguay) y contra otras provincias argentinas -las litorales- empeñadas en su disminución.

El caso de Misiones era muy curioso. No eran los misioneros los que pretendían su provincialización. No tenían ni pueblos ni hombres; los primeros, que tuvieran tradición comunal; los otros, que sostuvieran el concepto. Eran los de afuera, los “provincialistas” misioneros.

Fue Santa Fe quien la inventó y sostuvo en el primer Tratado Cuadrilátero; luego Buenos Aires se hizo su campeón para tener diputados unitarios, como los tuvo con los inventados “misioneros” para la pastelería rivadaviana(2).

(2) Hasta Don Frutos metió en eso la cuchara. Cuando el señor barón de Tacuarembó estaba al servicio del Brasil, realizó un Congreso misionero con indios brasileños de San Borja. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

No nos ocuparemos de esto último, que en medio de tantas dificultades resolvió Ferré satisfactoriamente a su hora; eran los otros los de capital importancia, y cuya solución -por lo que a él tocaba- requería gran prudencia y gran sensatez para no perder el rumbo y desviarse de su inquebrantable propósito institucional.

Lo que complicaba grandemente el problema era la guerra con el Brasil, particularmente importante para Corrientes por su situación de frontera y por la innata obligación de cuadrarse en unión con todos los argentinos ante el invasor extranjero.

Nunca pasó por la mente de Ferré -como por la de los directoriales cuando Rondeau, o por la de los unitarios montevideanos de la “Comisión Argentina” años después- que todos los medios eran buenos, hasta la traición a la patria, para satisfacer propósitos personales, odios políticos o intereses de partido.

Tenía pues que obedecer a la autoridad central, mal que pesara a sus recelos bien justificados como los hechos posteriores lo demostraron, de que ésta se aprovecharía de las excepcionales circunstancias para torcer los propósitos de organización federalista, ya que ella vivía de las inspiraciones de los resurgidos directorialistas monarquizantes -momentáneamente deshechos el año XX- pero que tenían la vitalidad de la mala hierba.

La composición del flamante Congreso reunido en Buenos Aires el 16 de Diciembre de 1824 no era como para inspirar mucha confianza a un hombre de principios tan definidos como Ferré.

Cierto que no era una emanación del Municipio bonaerense, bajo cuyo patrocinio se reunió el de Tucumán el Año 16; cierto también que los sucesos desenvueltos desde entonces habían definido netamente la aspiración de todas las provincias en el sentido del federalismo pero, desgraciadamente para ellas, careciendo de hombres capaces para su representación en cuanto a ser éstos a la vez expresiones del concepto federal, capacidad parlamentaria y autoridad moral, tuvieron que elegir diputados o a políticos actuantes de un federalismo desteñido, o a provincianos porteñizados, unos y otros de fondo unitario, aunque variaran en sus matices. Ya veremos lo que resultó de ello.

El núcleo central, el directivo, lo formaban los antiguos directoriales, ahora rivadavianos, los que -teorizantes, dogmáticos y vanidosos- vivían encerrados en sus fórmulas sin comprender la fatalidad de los hechos o, creyendo dominarlos con un gesto, un discurso o un dístico latino.

Carentes de genio político, no captaban la vida del país tal cual era, obsesionados por conceptos teóricos, por prácticas extrañas al modo de sentir argentino y dominados, sobre todo, por un inmenso orgullo y un exagerado concepto de su propia capacidad, que los hacía considerar despectivamente todo lo que no acatara sus augustas decisiones; asombrados sinceramente de que hubiera quien pretendiera apartarse de las sabias pautas que ellos tuvieran la condescendencia de marcar para el gobierno del país.

- Una tragedia con un buen prólogo

La obra del Congreso, que se desenvolvió en casi tres años, fue una tragedia que empezó con un buen prólogo. Una ráfaga de sensatez y de sentido común pasó por la cabeza de su libresca mayoría que comúnmente vivía fuera de las realidades sin sacar ninguna enseñanza de los hechos que condicionaban la vida política argentina, y produjo la Ley Fundamental, de disposiciones oportunas: sedante, porque tranquilizaba a las provincias, cuya entidad reconocía plenamente; de sentido práctico, por su respeto a los hechos consumados que consagraban en la realidad al federalismo.

La redacción oscura de algunos de sus artículos (4to. y 5to.), más parecía hija del ampuloso estilo entonces en boga que una celada premeditada, como luego resultó.

Con tal feliz iniciación, los hombres de buen sentido -las provincias- debieron tener gran esperanza.

Pero eso era demasiado bello para que durase, porque fatalmente esa “minoría selecta’’ pronto tendría que perderse en el dédalo de sus concepciones políticas artificiales, tanto más cuanto tenía por mentor al inteligente especialista en desaguisados, al hombre del Año XI y sus golpes de estado epileptoides, al político de las cosas absurdas y quiméricas: a Bernardino Rivadavia.

Rivadavia era el caudillo soñado por los ex directoriales, convertidos ahora en “unitarios”. Habían fracasado con Pueyrredón y los insignificantes que continuaron a éste, y creían haber encontrado en el presente su hombre, atribuyéndole graciosamente una calidad que hasta ahora se la alaban sus panegiristas: la “férrea voluntad”.

Pero ésta era en Rivadavia como las aptitudes coreográficas de Mr. Pickwick, de Charles Dickens; todo el mundo hablaba de ellas y nadie las había visto.

La voluntad es una cualidad que lleva -al que la posee- a mostrar una tenacidad, una energía tranquila y constante, una continuidad en el propósito, una dignidad en la posición espiritual adoptada, consecuencia de la firmeza perdurable del concepto básico, cuya consecución la estimula; una decisión inflexible que no se abate ni ante los obstáculos, ni ante la adversidad, ni aún ante la imposibilidad aparente; signos reveladores todos de una fe inquebrantable, inconmovible, indestructible.

¿Dónde y cuándo la demostró Rivadavia?

Su actuación anterior a la del ministerio de Martín Rodríguez, despojada de todos los oropeles y las “explicaciones” que después han amontonado sobre él sus devotos para cubrir su mengua, era relativamente fresca y conocida de todos, sin la cortina de humo que luego se levantó para taparla.

No es exacto que Rivadavia “contribuyera poderosamente” a la revolución de Mayo; fue un indeciso en esos días y recién se pronunció abiertamente por ella cuando se afirmó el éxito de aquel movimiento; antes, no se lo vio ni en el cabildo abierto ni entre los agitadores de la opinión, si bien asistió a los oscuros conciliábulos previos.

Posiblemente su actuación de entonces nacía de su falta de firmeza de convicciones personales sobre la ardua cuestión, en la que no tenía ningún concepto positivo que lo guiara y que se condicionó más por circunstancias secundarias, en las que jugaba el primer papel su enemistad con Mariano Moreno, el flamante Secretario de la Junta de Mayo, su rival en los estrados judiciales, con quien cambiaba en los escritos las mismas flores y galanterías con las que hoy se apedrean los procuradores de cuarto rango en un Juzgado de Paz.

Después, las circunstancias trabajaron a su favor; su rival en curialismo y que lo había adelantado grandemente en carrera política, murió, y el campo le quedó libre para desenvolver su ambición de mando, en momentos tan propicios por lo revuelto de los tiempos.

Se hizo campeón de los civis romanus, y en ese papel fue que tuvo la gloriosa primicia de iniciar la ruptura del orden institucional en que penosamente se iba desenvolviendo el nuevo Estado.

Ya vimos los otros títulos demostradores de su “férrea voluntad”, pero es conveniente insistir de paso en que no era gran hazaña ni demostradora de ésta, disolver con un piquete de policianos o con una pueblada, una inerme Asamblea (la Junta Grande), o ahorcar conspiradores reales o supuestos como un Goyeneche cualquiera.

¿Dónde estuvo “la férrea” a la hora de los contrastes? ¿Se defendió siquiera cuando la salvadora revolución lautariana?

Después de volteado su Triunvirato -a los Soulouque- no tuvo ni la dignidad de ser opositor de sus derrocadores; se acercó a ellos contrito y manso, cultivando su amistad hasta obtener, de la facción de Alvear, una misión a Europa en laboriosa búsqueda de un candidato a rey para las Provincias Unidas; que hiciese duques, marqueses y condes a los direetoriales y, de paso, la felicidad “del común de la nación(3).

(3) Se puede leer en Adolfo Saldías. “La Evolución Republicana durante la Revolución Argentina”, el proyecto de Constitución monárquica redactado por el trío Rivadavia-Sarratea-Belgrano. Consta en él la creación de los títulos nobiliarios y lo del “común de la nación”. Rivadavia pudo ser el “duque del Triunvirato” como Don Frutos era “barón de Tacuarembó’’. // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

Había regresado de Europa con el trío de embajadores después de un empeñoso y ansioso huroneo de un rey que no encontraron y, luego de oscuras andanzas, cuando ya Buenos Aires era provincia, apeada por “Pancho” Ramírez de la vieja pretensión de que su Municipio gobernara la totalidad de las Provincias Unidas, Martín Rodríguez lo hizo su ministro.

Los años de permanencia en Europa parecían haber pulido al presumido aldeanote semibárbaro de 1811 y dándole un bagaje cultural, desordenado pero positivo en algunos aspectos y grandemente lacunar en otros.

Las reformas e iniciativas que realizó en la provincia de Buenos Aires, accionando desde dicho Ministerio, que fueron de gran envergadura y que contrastaban con la habitual pasividad de los hombres de Gobierno de entonces; sus ideas renovadoras en lo económico y educacional; la gran actividad desplegada para hacerlas efectiva; cierta moderación con que parecía ahora revestido, atenuaron en mucho la opinión formada sobre él con motivo de su Triunvirato y le crearon un positivo prestigio en los círculos cultivados de Buenos Aires y en algunos hombres de las provincias.

Rivadavia había vuelto a Europa después de su feliz Ministerio provincial, estando ya en gestación la reunión del Congreso Constituyente, dejando apalabrados a sus amigos para su elevación a la Primera Magistratura a crearse en la República unificada políticamente.

Información adicional