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El regreso de Rivadavia al país impulsa el proyecto unitario

La obra política del Congreso -orientada inicialmente hacia el respeto a los valores provinciales, de acuerdo a la ley de Enero de 1825- cambió su rumbo con el regreso al país, en Octubre de este año, de Bernardino Rivadavia.

Para los que sólo ven la parte superficial de las cosas, tiene que constituir una sorpresa que el mismo Congreso que dictó la Ley Fundamental, que era una garantía para las provincias y una promesa de federalismo. fuera el que sancionara la absurda ley del Poder Ejecutivo Permanente, tan contradictoria con la primera(1).

(1) Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

La clave del misterio es muy simple: está en la vuelta al país de Don Bernardino Rivadavia. Este había regresado a Buenos Aires en Octubre de 1825, después de residir en Europa durante un año. No obstante, su prestigio no había decaido ni tampoco perdido sus contactos con el núcleo unitario.

Arribó a las playas bonaerenses el hombre de la “férrea voluntad” cuando ya el Congreso había sancionado la Ley Fundamental. Habrá sido de escuchar la cadena de reproches que los amigos del prócer le oyeron; habían embadurnado la plana de entrada los discípulos, y tenían que enmendar el error.

En realidad, el Congreso no había realizado grandes avances en materia institucional. La reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas planteaba la inminencia de la guerra con el Brasil, para lo cual era necesario contar con un Ejército Nacional.

Pero, como sostendrá un diputado, "la existencia de un Ejército Nacional implica la creación de un Ejecutivo Nacional"

Desde entonces, ya bajo la dirección personal del piloto máximo del desacierto, se despeñaron por el camino de los desmanes, hundiendo con sus torpezas y absurdos al país en la anarquía, renunciando a la realización de la patriótica obra que de ellos esperaba el pueblo de las Provincias Unidas.

En efecto; apenas hubo oportunidad de poner a prueba el retocado personaje del Año XI, la costra de estadista a la europea que cubría a Rivadavia se resquebrajó y, enseguida apareció bajo ella el “gauchi-político”, desordenado, inorgánico, arrasador, sin escrúpulos, de cuánto obstáculo legal, de buen sentido y hasta de orden moral se opusiera a su ambición de mando.

La disciplina social europea no lo había penetrado; renació el hombre del Triunvirato con todas sus impaciencias y todas sus torpezas.

Creía llegada su oportunidad -como dicen ahora los norteamericanos- y quiso aprovecharla.

Don Bernardino, que no tenía el tino de saber esperar -carecía de todos los tinos- quería ser presidente de la República a todo trance, aún antes de que hubiera República ni Constitución, que podría crear o no tal Presidencia.

No le interesaba la lógica de los procedimientos; para él era igual que la cornisa del edificio se hiciera antes que los cimientos; lo importante era ser Presidente.

Parecía consumido de una impaciencia enfermiza.

No cometeré la injusticia de atribuir su ambición al deseo de satisfacer menguados apetitos; aunque presuntuoso, muy aficionado a los oropeles y a la prosopopeya, era un hombre honesto, moral y materialmente, no era un Sarratea. .

Su aspiración al mando supremo era motivada por un noble objetivo. Tenía la cabeza llena de quiméricos proyectos; intuía o maduraba ideas de gobierno de gran envergadura, pero que para su época eran fruta muy verde.

Era liberal al estilo de los “progresistas” españoles de después. Dotado de las calidades frecuentes en los ideólogos de gabinete, carecía de las nociones de tiempo, lugar y oportunidad.

Probablemente quería ser un Campomanes, un Floridablanca o un Jovellanos, corregidos y aumentados; perfeccionados.

No se daba cuenta de que antes de hacer la renovación social desde arriba, el reformador tiene que tener -en primer término- una firme autoridad en el Estado; que le sirva de punto de apoyo y le permita hacer pie firme en el inevitable combate contra prejuicios e intereses heridos.

Aquéllos pudieron acometer reformas y tratar de implantar lo que consideraban conveniente en materia social, económica o política, porque hablaban a nombre de un poder asentado e indiscutido: el rey.

Su caso era diferente.

Si bien tenía autoridad moral sobre un grupo calificado de la opinión de Buenos Aires y en algo de la burguesía de las capitales de provincia, concitaba -en cambio- en su contra la gran masa conservadora de aquélla, que aún siendo de tinte “directorialista” se espantaba de su anticlericalismo y de su prédica reformadora aunque ésta en mucha parte fuera vaga e imprecisa, porque era asustadora por sus audacias verbales del espíritu terco y temeroso de novedades del burgués ígnaro.

Carecía también de autoridad política y material y de arraigo popular en su propia provincia y en las demás; la gran masa de la opinión escuchaba su nombre con recelo y en algunas partes con franca antipatía, por sus antecedentes monarquistas, su carácter prepotente, avasallador e inescrupuloso.

La naturaleza, gran Humorista como es, le dio muchos dones útiles y lo gratificó también con graves y capitales defectos; la violencia de pasiones(2), la ceguera política y la inaptitud para la comprensión de los hechos.

(2) Cómo serían ellas que agravió al mismo San Martín. El general José de San Martín, que no pretendió hacer sombra a nadie en su vida, aunque en la historia su brillo cegador haga desaparecer del cuadro a todos; que jamás quiso intervenir en la política interna de las Provincias Unidas, porque era demasiado grande para las cosas pequeñas, también despertó el gratuito encono de Rivadavia sólo porque éste temía que pudiera minar su influencia. Por eso lo malquiso y, cuando pudo, disparó contra él las romas flechas de sus gacetilleros. San Martín, sin hacer caso de los “cuzcos”, juzgó al hombre y a los suyos.
He aquí párrafos de dos cartas de San Martin, dirigidas a O’Higgins:
“Ya habrá Vd. sabido la caída de Rivadavia; su Administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos; él me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión, suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que el de establecer Gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona...”. (Carta fechada en Bruselas, en Octubre 20 de 1827).
“Por otra parte, los autores del movimiento del 1, son Rivadavia y sus satélites, y a Vd. le consta los inmensos males que estos hombres han hecho no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como la de ellos, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”. (Carta de Montevideo, fechada el 13 de Abril de 1829). (Originales en el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores). // Citado por Justo Díaz de Vivar. “Las Luchas por el Federalismo (Pedro Ferré, Don Juan Manuel...)” (1935). Ed. Viau y Zona, Buenos Aires.

En él se materializó el simbólico cuento de las Hadas buenas y malas que rodean una cuna.

Con estos antecedentes, Rivadavia tenía que escribir en la arena o “arar en el mar”, como dijo otro brillante aturdido, Bolívar.

Pero él no se apercibía de esto y por ello quería ser a toda costa “Presidente”, derechamente o a saltos y puso en acción su motor: el Congreso.

Había que atropellar por todo, por dónde fuera, y atropelló.

Sus juristas se pusieron a ergotar bajo la terrible presión del candidato; era difícil demostrar lo indemostrable.

Pero a falta de razones tenían una mayoría en el Congreso que bastaba para la realización de sus planes; con ella sacaron el pan del horno para Don Bernardino, pero éste salió crudo y, a la postre, se indigestó con él, el terrible hombre del Año XI.

- Ley de Presidencia

De acuerdo con la Ley Fundamental, el general Juan Gregorio de Las Heras desempeñaba provisionalmente el Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sin abandonar sus funciones de gobernador de la provincia de Buenos Aires.

En Julio de 1825, el citado militar ya había presentado su renuncia, considerando que le resultaba muy difícil la atención de ambos cargos; en esas circunstancias, el Congreso no le aceptó -al menos por el momento- su dimisión.

Declarada la guerra contra el Brasil y ante las difíciles circunstancias, el Congreso estudió un proyecto destinado a crear un Poder Ejecutivo Permanente, de carácter nacional, separado del cargo de gobernador de Buenos Aires.

Inmediatamente el Congreso se dispuso a constituir el Ejecutivo Nacional, cada vez más necesario ante la creciente tensión en las relaciones con el Imperio del Brasil, al que se había incorporado la Banda Oriental.

El 28 de Enero de 1826, el diputado por Córdoba, Elías Bedoya, presentó un proyecto abogando por la creación de un Poder Ejecutivo Nacional. A pesar de la oposición de los diputados federales, el proyecto fue aprobado y la comisión que estudió la iniciativa se pronunció favorablemente y el Congreso dio sanción definitiva a la ley de presidencia (6 de Febrero de 1826) y a la de Ministerios Nacionales.

En esta forma fue creado un Poder Ejecutivo Nacional, con el título de Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, funcionario que sería elegido por la propia Asamblea.

Una vez sancionada la ley de presidencia, el nombre de Rivadavia fue repetidamente pronunciado en ese sector dominado por el núcleo unitario, como seguro candidato para la función presidencial.

El 7 de Febrero de 1826, el Congreso -con mayoría unitaria- procedió a verificar la elección en la cual, por 35 votos contra 3, Bernardino Rivadavia fue elegido Presidente de la República, fijándose el día siguiente para recibir su juramento y darle posesión de la alta investidura(3).

(3) Recibieron un voto cada uno, los generales Carlos María de Alvear, Juan Antonio Lavalleja y Juan Antonio Alvarez de Arenales. Conviene aclarar que el 19 de Noviembre del año anterior (1825) el Congreso resolvió duplicar el número de sus miembros, actitud que favoreció a Buenos Aires que pasó a tener 18 diputados, de tendencia unitaria, número suficiente para el quorum. // Citado por José Cosmelli Ibáñez en “Historia Argentina”, Buenos Aires. Editorial Troquel.

Sin estar hecha la Constitución, sin haberse expedido las provincias respecto a la forma de Gobierno General, se dicta la citada ley del 6 de Febrero de 1826 creando un Poder Ejecutivo Nacional con carácter permanente, con el título de Presidente, nombrándose al día siguiente -en tal carácter- a Bernardino Rivadavia.

Al día siguiente de su elección, Rivadavia prestó juramento y tomó posesión de su alto cargo. En un discurso, manifestó su decisión de consolidar la autoridad de las Provincias Unidas sobre bases nacionales(4), preanunciando algunos aspectos de su labor futura.

(4) Bernardino de la Trinidad Rivadavia asume como presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 8 de Febrero de 1826. Nació en Buenos Aires el 20 de Mayo de 1780. Ejerció la presidencia de la República desde el 8 de Febrero de 1826 hasta el 27 de Junio de 1827. Rivadavia continuará interinamente en el mando hasta la designación de Vicente López y Planes, su sucesor. Después de esto se alejará para siempre de la vida política. Fallecerá en Cádiz, el 2 de Septiembre de 1845.

¡Todavía no había República, pero ya Rivadavia era Presidente!

No había Constitución, ni Estatuto que demarcara sus poderes; ¡ese era el resultado de la lógica de los sabios!

Lo más malo en toda esta disparatada construcción, era que el señor Rivadavia presidía una cosa nonata, que sólo existía en su cabeza; una República en potencia que quería gobernar con su prosopopeya y sus tiros al aire; presidente nacido de un parto distócico a quien pocos reconocían como tal, y nadie obedecía.

El gabinete ministerial del flamante presidente quedó integrado de la siguiente manera:

* ministro de Gobierno: Julián Segundo de Agüero;
* de Relaciones Exteriores: Francisco Fernández de la Cruz;
* de Hacienda: Salvador María del Carril;
* y de Guerra y Marina: Carlos María de Alvear.

Don Bernardino, campeón de los desaciertos, que no erraba uno, comenzó su serie pretendiendo anular la autonomía de la provincia de Buenos Aires con motivo de la ley de la Capital de la República y ordenando con arrogancia a las demás.

La elección del presidente no podía ser bien recibida por las provincias. Muchas de ellas consideraron que la designación significaba un avance de la tendencia centralista; por otra parte, en su discurso Rivadavia había dejado traslucir sus ideas al respecto.

Además, se consideró que la promulgación de la ley de presidencia contrariaba lo establecido por la ley fundamental, ya que ésta fijaba que la sanción de una Constitución era previa a cualquier innovación de fondo en el ordenamiento institucional.

Todos estos aspectos replanteaban los términos del eterno problema argentino. Mientras Buenos Aires parecía dispuesta a llevar a cabo una nueva experiencia política, el Interior, receloso, se aprestaba a resistir.

- Corrientes reconoce a Rivadavia como presidente

El nombramiento de Rivadavia, comunicado a las provincias, fue aceptado en Corrientes. El 1 de Marzo de 1826 el gobernador Pedro Ferré lo reconoció por decreto y proclamó a su pueblo, pero en cuanto la ley que borró la autonomía provincial de Buenos Aires llegó al Interior del país, los espíritus se armaron de prevenciones.

Provincias Unidas del Río de la Plata es la primera denominación oficial que tuvo la República Argentina; ya en 1811 aparece en el Bando de creación del Triunvirato Ejecutivo y, dos años después, el Bando que comunicaba a la población la organización e instalación de la Asamblea General Constituyente, que comenzaba de la siguiente manera: “El Supremo Poder Ejecutivo Provisorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a los que la presente vieren, oyeren y entendieren, saber ...”.

Con esta misma denominación fue reconocida la Independencia argentina por los países de Europa y América y, en 1860, la Comisión Reformadora de la Constitución de 1853 confirmó esta denominación así como también la de Confederación Argentina, como nombres oficiales de la República, empléandose el de Nación Argentina para la redacción y sanción de leyes.

El nombramiento de Rivadavia produjo desfavorable impresión en todas las provincias, porque ello significaba el establecimiento de un Poder Ejecutivo “para toda la Nación”, violando lo dispuesto por la Ley Fundamental y antes de sancionar la Constitución, único cuerpo de leyes que podía crear tan alta magistratura.

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