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Los albores de la nacionalidad. La República de Río Grande

El diccionario define “nación” como una comunidad de personas de una o más nacionalidades con su propio territorio y gobierno. El habitante medio del continente de América del Sur, sin embargo, tenía una multitud de problemas cotidianos que resolver y, por lo tanto, poco interés en cualquier “nación” que no pudiera ver con sus propios ojos(1).

(1) Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e Inicios del Mayor Conflicto Bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tenía mínima consideración por otros “ciudadanos” que no conociera o entendiera. ¿Qué podían hacer por él en términos prácticos? Si tenían diferentes costumbres, diferente idioma y diferente visión del mundo, ¿cómo entonces podían ser parte de su realidad política?

Significativamente, el Paraguay era la única “nación” o “cuasinación” en la región, basada como estaba en estrechas tradiciones de paternalismo y solidaridad comunitaria, dentro de un ambiente cultural único. Este ambiente era, en ciertos sentidos, más indio que español en su carácter.

Proporcionaba a los paraguayos su propio idioma -el guaraní- y una identidad que aparecía en términos amplios como “nacional” incluso durante la era colonial. Tal vez Chile tenía algún grado de tal sentimiento nacional en el mismo período, pero ni las Provincias Unidas del Río de la Plata ni el Imperio brasileño podían exhibir algo que se le asemejara.

La “Argentina” era esencialmente una ciudad -Buenos Aires- con una cultura política típicamente urbana y una élite supuestamente “liberal” y modernizadora que buscaba proyectar su imagen de la Nación al atrasado y recalcitrante Interior.

La gente en el campo tenía poco apego por los porteños -como llamaban a los habitantes de Buenos Aires- y ciertamente ningún interés en vivir bajo su sombra.

Para que los provincianos aceptaran una Argentina unida bajo reglas porteñas, necesitaban concebirse a sí mismos como “argentinos” antes que correntinos, riojanos, entrerrianos o salteños. No tenían preparación histórica para esta perspectiva y les resultaba difícil adoptarla, así como los venecianos o los bávaros encontraban difícil pensarse a sí mismos como italianos o alemanes.

A diferencia de la gente del Paraguay, los argentinos necesitaban que la identidad nacional fuera creada para ellos. Este era un proceso muy desigual, puesto que si las provincias rechazaban algún aspecto del libreto, los porteños estaban listos para imponérselo por la fuerza.

- El caso brasileño

Brasil era un país enorme con divisiones sociales complejas. En términos culturales, las regiones del Norte y el Nordeste eran muy diferentes de las ciudades de Río de Janeiro y São Paulo, así como de las amplias planicies de Río Grande do Sul.

Es verdad que la lengua portuguesa y un corpus compartido de tradiciones del Viejo Mundo mantenían al Brasil unido en torno a ciertas usanzas. Algunas regiones seguían esas tradiciones mucho más que otras sin embargo y un importante grupo social -los esclavos africanos- se adaptaban a ese contexto cultural solamente a través de la coerción.

En cuanto a la lengua, las variedades carioca, paulista, gaúcha y sertaneja del portugués -aunque mutuamente inteligibles- diferían sustancialmente en vocabulario y acento y, por encima de todo, las provincias del nuevo Imperio brasileño soportaban un agudo aislamiento, una circunstancia que era tan desestabilizadora como inevitable.

Lo que el Brasil carecía en unidad social lo compensaba parcialmente con la tenacidad de sus élites dirigentes en su dedicación por las instituciones de la esclavitud y la monarquía de Bragança.

La “nación” brasileña reflejaba los intereses de la élite, conformada por grandes mercaderes, burócratas, fazendeiros y productores agrícolas, personas de muy buena posición que se casaban entre ellas.

Muchos habían obtenido títulos de Derecho o Medicina en universidades europeas. Se vestían del mismo modo y tenían los mismos hábitos. Intercambiaban chistes y reflexiones en latín, una práctica que los ayudaba a definirse como grupo mediante la diferenciación con otros brasileños (sin excluir a la mayoría del clero).

Estas élites consideraban la política como su prerrogativa natural a la par de reconocerle una encumbrada posición al emperador. Le dejaban la tarea de proteger a las masas, que ellos juzgaban incapaces de autogobernarse y poco dignas de mucha atención en cualquier caso.

El Brasil que deseaban crear, explícitamente identificaba el rol de la monarquía con el de la nación, con el propósito de defender mejor sus privilegios tradicionales al tiempo de hacer avanzar al país económicamente.

Proclamaban que la monarquía evitaba la descomposición social, mientras que el republicanismo nominal de los Estados hispanoamericanos generaba nada más que conflictos. El emperador debía estar en el centro de cualquier sistema político moderno -sostenían- debido a que él simbolizaba todo lo que era civilizado, todo a lo que el país podía aspirar.

Cada uno de estos países ofrecía su propia solución a los desafíos de la independencia. La dirigencia paraguaya era claramente más persuasiva en convencer a la población de aceptar su definición de “nación”. Esto era -en parte- una cuestión de escala. Paraguay era un país pequeño, más fácil de controlar y poseía un fuerte sentimiento de comunidad.

Pero tanto las élites de las Provincias Unidas como del Brasil se sentían también seguras de sus propias interpretaciones de la nacionalidad. ¿Cuál modelo sería más adecuado; el de una pequeña nación con una cultura y una política claramente definidas o el de una nación grande con política y cultura cívica artificiales e importadas?

Esta pregunta no se enmarcaba dentro de una simple cuestión de ideas y palabras, sino de acciones. Y estas acciones tendían a ser sangrientas.

La lucha sobre las especificidades de la nacionalidad era obvia en el Uruguay. La Banda Oriental -como era llamada comúnmente- había sido testigo de una gran competencia entre españoles y portugueses durante el período colonial.

Aún después de obtenida la independencia, la intervención extranjera y las pendencias partidarias entre “colorados” y “blancos” mantuvieron al Uruguay al borde del caos hasta mediados de los 1860.

Bajo tales circunstancias, su pueblo no podía decidir cuál modelo de nacionalidad elegir. En ello radicó su tragedia y, a la postre, la de toda la región.

Los enfrentamientos entre partidarios de los distintos paradigmas iban desde esfuerzos simplistas de influenciar la opinión de los pobres, hasta confrontaciones intermitentes sobre territorios en disputa y acceso a los ríos.

Ello -inevitablemente- llevaría a un conflicto de gran escala que involucraría a cientos de miles de personas. La Guerra de la Triple Alianza fue el resultado más brutal y profundo de un proceso que venía gestándose por generaciones.

Cuatro patrones históricos interrelacionados son distinguibles a lo largo del mismo:

* primero, los límites -nacionales y de otro tipo- eran inestables, aun cuando los Tratados cuidadosamente los definían;
* segundo, la lógica económica alentaba violentos encuentros a través de estas fronteras, en la medida en que los esfuerzos por controlar recursos y rutas comerciales excedían el respeto formal por la soberanía;
* tercero, la política era confusa y problemática, con el poder de la autoridad central extendiéndose hacia el Interior sólo tentativamente;
* finalmente, e irónicamente, el rasgo que sí mantenía unida a la gente era una tradición marcial de cierta antigüedad. El pueblo, acostumbrado a pelear pequeñas guerras, estaba preparado para pelear una grande. Cuando ésta llegue, será terrible.

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