El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Lavalle ordena fusilamiento de Dorrego en Navarro

Manuel Dorrego se había dirigido a Cañuelas, donde se reunió con Juan Manuel de Rosas, quien -enterado de los sucesos del 1 de Diciembre- había comenzado a reclutar paisanos e indios. Por su parte, Lavalle delegó el mando en el almirante Guillermo Brown y, al frente de un regimiento de caballería, salió en persecución del gobernador derrocado.

Ambas fuerzas se encontraron en Navarro, el 9 de Diciembre de 1828. Derrotados los "federales", optaron por separarse: Rosas marchó rumbo a Santa Fe y Dorrego pretendió llegar a San Antonio de Areco, pero fue apresado por sus propios efectivos -sublevados por el coronel Bernardino Escribano- y puesto a disposición de Lavalle, quien se encontraba en su Campamento de Navarro.

Pero, producido el choque de Navarro, en que las fuerzas legales se dispersan, el gobernador Dorrego es entregado al movimiento sedicioso, mientras Rosas y los jefes de su dependencia encuentran -en Santa Fe- el apoyo necesario para la reacción. El general Estanislao López comunica la prisión de Dorrego, informa sobre las medidas tomadas y solicita el auxilio de Corrientes:

Santa Fe, Diciembre 14 de 1828

"Después de la comunicación del 9 del corriente por la que se puso en conocimiento del Exmo. Sr. Gobernador de Corrientes la escandalosa revolución acaecida en Buenos Aires el 1 del mismo y la que obligó al Exmo. Sr. Gobernador de aquel pueblo a salir a campaña para buscar en ella el desagravio y el sostén de las leyes y del honor nacional, es sensible al que suscribe participar al mismo Sr. Gobernador que, cuidadosos los sublevados por aquella salida y por las resultas que pudieran ocasionarles, destacaron una división fuerte de caballería la que dispersó en las inmediaciones de Navarro las reuniones que se hacían para recuperar el orden y en cuyo acto fue preso el Exmo. Señor Gobernador Dorrego por su misma tropa al influjo del oficial Acha, sin principios ni honor por descontado, como lo comprueba el suceso.
"A vista de él y de ignorar el Sr. General, don Juan Manuel de Rosas, que mandaba las reuniones la resolución del Gobierno de esta provincia, se ha venido a ella con alguna tropa, oficiales y jefes para combinar movimientos y concluir con los que amargan las libertades de toda la República, si los Gobiernos federales se deciden a la empresa.
"Ella, a juicio del que habla, es la causa nacional, porque el movimiento se dirige a restablecer el militarismo y sus genios ominosos, el desorden en las provincias y la guerra civil, siguiéndose después, quizas, la plantificación de planes funestos a la causa de la libertad; y el infrascripto no puede dejarse de conmover a la vista de este cuadro, ni dejar piedra por mover para aniquilarlo, en sostén de los derechos generales y provinciales.
"Ha contestado consiguientemente a su ilustre huésped en analogía a estas ideas y ha puesto en línea a una división fuerte que robustecerá cuánto pueda y la encabezará luego que sea preciso. Toca graves dificultades pero todo es vencible en el crisol del patriotismo.
"El infrascripto considera al Exmo. Sr. Gobernador a quien se dirige, penetrado de igual noble entusiasmo y no duda que concurrirá a este sagrado objeto con la fuerza y auxilios que estén a sus alcances; y le saluda con la mayor consideración".

Estanislao López

"Al Sr. Gobernador y Capitán General de la provincia de Corrientes"(1).

(1) Oficio del general Estanislao López del 14 de Diciembre de 1828. // Citado por Hernán Félix Gómez. “Historia de la provincia de Corrientes (desde la Revolución de Mayo hasta el Tratado del Cuadrilátero)” (1929), Capítulo X. Edición del Estado.

La captura de Dorrego dio pábulo a toda clase de versiones sobre la suerte del ex gobernador. Brown y el ministro José M. Díaz Vélez escribieron a Lavalle pidiéndole que se limitara a desterrar a Dorrego.

Pero los verdaderos promotores de la insurrección pensaban de modo distinto. Creían que ejecutando a Dorrego anonadarían al partido federal e impondrían un nuevo régimen. En este sentido, Carril, los dos Varela y Gallardo exigieron a Lavalle la muerte de Dorrego.

Cuando el prisionero llegó a dicho lugar, ese mismo día, 13 de Diciembre de 1828, se enteró de que sería fusilado en el término de una hora. En ese lapso, Dorrego escribió varias cartas de despedida y algunas esquelas sobre asuntos particulares.

El jefe rebelde se debatió entre los impulsos de su conciencia y su lealtad hacia quienes le habían entregado el mando de la sedición. Carecía de ideas políticas claras y era incapaz de medir las consecuencias de su decisión. Se dejó cegar por una fidelidad secundaria y por el resentimiento hacia el prisionero a quien llamaba desde tiempo atrás “el Loco”.

Por orden del general Lavalle, y sin ajustarse a las más elementales normas de legalidad, una descarga puso término a la vida del gobernador de la provincia de Buenos Aires. El 13 de Diciembre de 1828, Dorrego fue fusilado y Lavalle comunicó su decisión al Gobierno en términos que revelan la inseguridad de su convicción:

... el coronel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden ... la historia dirá si el coronel Dorrego ha debido o no morir ... su muerte es el mayor sacrificio que puedo hacer en obsequio del pueblo de Buenos Aires...”.

El general Lavalle asumió la responsabilidad histórica del trágico episodio y de inmediato escribió al ministro de Gobierno, José Miguel Díaz Vélez(2):

Navarro, Diciembre 13 de 1828

Señor Ministro:
Participo al Gobierno delegado que el coronel, don Manuel Dorrego, acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta división.
La historia, Señor Ministro, juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir; y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público.
Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio.
Saludo al Señor Ministro, con toda atención".

Juan Lavalle

(2) Citado por José Cosmelli Ibáñez. "Historia Argentina". Editorial Troquel, Buenos Aires.

Destacadas figuras del partido unitario habían pedido -con anterioridad- a Lavalle el sacrificio de Dorrego. Así, Salvador María del Carril, le escribió:

“Hemos estado de acuerdo antes de ahora; ha llegado el momento de ejecutarla”; el doctor Agüero le aconsejó: “Hay que cortar la primera cabeza de la hidra”.

La muerte de Dorrego privó al partido federal y al país entero de una de sus figuras más destacadas. El vencedor -erigido en juez despiadado- condenó a muerte a Dorrego y aquel gobernador de Buenos Aires fue fusilado en Navarro en medio del dolor y la estupefacción de todo un pueblo.

El fusilamiento del gobernador Dorrego produjo en todo el país una sensación de desconcierto. Los poderosos recursos militares de Buenos Aires, puestos de hecho a las órdenes de los sediciosos, significaron un factor no despreciable en el campo político, en el que la expectativa hizo camino buscándose por la mayoría que la marcha natural de las cosas indicase las rutas más seguras.

Todas las provincias -exceptuando Tucumán y Salta, con Gobiernos "unitarios"- protestaron ante el doloroso episodio, cuya consecuencia más importante fue el surgimiento de Juan Manuel de Rosas al poder.

La Convención reunida en Santa Fe condenó el fusilamiento del legítimo gobernador y designó a Estanislao López, Jefe de las fuerzas que debían oponerse al pronunciamiento de Lavalle.

Este paso fatal fue el prólogo de una era de violencia que ensombreció por varios lustros la política argentina.

La derrota y muerte de Dorrego no terminó con el partido federal, que encontró un nuevo y mejor jefe en la persona del coronel Rosas. Este inició una acción de guerrillas que, paulatinamente, le dio el dominio de la campaña porteña y obtuvo la alianza de Estanislao López, con quien guardaba óptimas relaciones desde el Pacto de Benegas.

Lavalle carecía -a su vez- de poder político propio y aún de condiciones para gobernar. Sus arrebatos podían llevarlo a decisiones geniales en la batalla pero, en política, sólo lo consumían en la impotencia. Adoptó un régimen dictatorial cuyas decisiones estaban en manos de los líderes unitarios más bien que en las suyas.

Restringió la libertad de prensa y aplicó un régimen de “clasificación” de los opositores -precedente nefasto que luego perfeccionaría Rosas- siendo desterrados o arrestados Anchorena, Terrero, García Zúñiga, Arana, etc.

Información adicional