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La guerra civil de 1829

La insurgencia militar de Diciembre de 1828, en Buenos Aires, tuvo por objeto destruir, a un mismo tiempo, en el Litoral y en el Interior, el poder de la coalición de los caudillos que destruyeron la presidencia de Rivadavia en combinación con el núcleo federalista, opositor a la Constitución de 1826.

Para realizar el plan del movimiento general, Juan Lavalle tomó a su cargo las operaciones en Buenos Aires y Santa Fe y el general José María Paz marchó sobre Córdoba, llave del Interior.

De un lado estaba el Ejército Nacional de la campaña contra el Brasil, apoyado por la opinión de los hombres principales de la Administración de Rivadavia; del otro, las fuerzas presentes en el Interior del país, dominadas por caracterizados hombres de armas, carismáticos, con un fuerte liderazgo y una ascendencia indiscutible, que gozaban de gran popularidad y apoyo por parte de las masas, todo lo cual les ha permitido acumular en torno a sí gran poder: Estanislao López, Juan Bautista Bustos, Facundo Quiroga, Felipe Ibarra, Juan Manuel de Rosas, que principiaba a sonar.

El coronel Manuel Dorrego, jefe aparente de la coalición integrada por esos hombres, era simple factor de ideas superiores al tiempo, quizás no maduradas ni bien poseídas por él; su actitud política, inspirada, tal vez, por alto propósito, del punto de vista doctrinario, desencadenó una fuerte oposición y favoreció intereses menguados en daño de los vitales del país.

La provincia de Corrientes quedó libre de la guerra civil; ninguno de los dos bandos en lucha medró en ella. Entre Ríos era como dependencia de Santa Fe. Los primeros sucesos favorecieron a los sediciosos; derrotado y muerto trágicamente el coronel Dorrego, parecía que el general Lavalle dominaría fácilmente el teatro demarcado a su acción.

El historiador Manuel Florencio Mantilla califica al fusilamiento de Dorrego como "un error político" y no "un crimen", imputando al muerto "infortunado" haber sido más "víctima" de su propia obra que "de sus adversarios". Esta particular manera de ver los hechos, Mantilla lo dice así:

"El infortunado coronel Dorrego, más que víctima de sus adversarios lo fue de su propia obra: ésta azuzó y cegó a aquéllos; él mismo cargó la bomba que estalló a sus pies. Lavalle revolucionario, fue un producto de la política desquiciadora de Dorrego; Lavalle matador de Dorrego, fue un resultado lógico de los acontecimientos y de las ideas de la época".

Más adelante, el historiador correntino, haciendo un paralelo entre la actitud adoptada por Lavalle y políticas desarrolladas por la Junta de Mayo y el Triunvirato administrado por Rivadavia, señala:

"No disculpo el fusilamiento de Dorrego; determino, únicamente, su filiación histórica. El hecho no fue un crimen, sino un error político, cuyos antecedentes eran los procedimientos semejantes de la Junta Gubernativa y del Triunvirato. La revolución de la Independencia y la interna habían autorizado la idea de que era legítimo suprimir por la muerte al adversario de poder.
"El mismo Dorrego participaba de ella; si él hubiese capturado a Lavalle, lo habría fusilado seguramente. Siendo gobernador de Buenos Aires, en 1820, pasó a su delegado, Balcarce, el siguiente Oficio, de fecha 3 de Agosto, desde San Nicolás:
"'Acompaño a Vd. la lista de los oficiales prisioneros a quienes, al romper el fuego, pase un parlamentario, intimándoles la rendición dentro de cinco minutos, bajo la pena de ser pasados por las armas.
"'No quisieron oír y se defendieron hasta lo último. Bajo este supuesto, proceda Vd. luego que lleguen a ésa a hacerles seguir una causa criminal, como que son acreedores al último suplicio'”.
"Los prisioneros eran adversarios políticos que, en lucha armada, defendían sus ideas; entre ellos estaban el general Nicolás de Vedia y el coronel Gregorio Perdriel. La prudencia de Balcarce evitó que fuesen fusilados", termina Mantilla esta interesante disquisición que desnuda la política seguida por Buenos Aires desde 1810(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, capítulo VIII: “Aislamiento Provincial. (1829-1839)”, parágrafo 134. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

"Bustos, Quiroga e Ibarra se cuidaron entonces de no darse por notificados de la situación crítica de sus aliados en el Litoral, cuyos pedidos de auxilio fueron desatendidos. Aún no tenían fuego en sus dominios. Estanislao López protegió a Rosas y ambos vencieron a Lavalle". sentenciará Mantilla, para quien

"la paz restablecida en Buenos Aires y Santa Fe, con prescindencia del estado de guerra del Interior, fue lógica consecuencia del propósito fundamental de la política de los caudillos. Ellos no se preocupaban de la organización de la República ni de formas de gobierno, a pesar de haber mezclado en la guerra el nombre de la Convención reunida en Santa Fe y a pesar también de invocarse -uniformemente- el federalismo como aspiración; hacían la guerra con propósitos personales, ya para recuperar cada caudillo su omnipotencia perdida, ya para defenderla.
El aislamiento provincial, como base de preponderancia absoluta en cada localidad de su respectivo mandón y la esperanza de que, destruido el poder del vecino, o absorbido, pudiera crecer aquélla y tal vez imponerse a la República, alimentaban el ideal de López, Rosas, Quiroga, Bustos e Ibarra”.

 

- La versión liberal de la historia

El pensamiento del doctor Mantilla sólo es el reflejo de lo que Domingo F. Sarmiento planteó: la clásica antinomia de civilización y barbarie en una obra fundamental de la literatura hispanoamericana: “Facundo”.

En ella inmortalizó al caudillo riojano (Quiroga) retratándolo como un varón de características límites, sangriento a veces y a veces magnánimo, tormentosamente sincero, genial para su medio y sus años(2).

(2) Citado por Félix Luna. Prólogo del fascículo X: "Los Caudillos y el Ideal Federalista" de la colección "500 Años de Historia Argentina" (1988). Ed. Abril.

El rótulo de “bárbaros” -allí inmortalizado- puede ser aceptado provisoriamente para definir una línea histórica cuyos protagonistas no se singularizan tanto por esa supuesta condición sino más bien por el sentido federalista de su lucha, el recelo antiporteño de su pensamiento, el signo popular de su trayectoria y la impronta tradicionalista de sus personalidades.

Frente a estos personajes conservativos, populares, antiporteños y federalistas, se perfilan como contrafíguras quienes se caracterizan por ser centristas, portuarios, minoritarios y renovadores, los “hombres de la civilización” de acuerdo con los términos de la antinomia sarmientina.

La versión liberal de la historia no es otra cosa que la superestructura intelectual del programa de gobierno instaurado en el país después de Pavón, batalla librada en Septiembre de 1861 entre el Ejército de Buenos Aires -al mando de Mitre- y el de la Confederación Argentina, que encabezaba Urquiza.

La generación de Mitre sabía que construir una nación comportaba algo más que poblar desiertos o levantar ciudades; se requería un contenido espiritual sustentado en el pasado argentino que armonizara con las nuevas pautas nacionales basadas en el orden, la autoridad legal, la cobertura jurídica de la propiedad, la prevalencia de una clase social y la postergación de las exaltaciones populares en aras de un proceso cimentado en el adelanto material.

La historiografía “oficial” se decidió a mostrar que después de muchas peripecias, después de aventuras y contrastes, los buenos recibieron su merecido galardón y los malos quedaron sepultados bajo el juicio condenatorio del país, luego de haber estado a punto de triunfar.

Era una versión simplista y maniquea, con hombres de orden y hombres de horda, con Olimpo y Averno, con bárbaros empeñados en sus propias pasiones y civilizados llenos de lucidez y sabiduría, derrotados a veces por las explosiones inorgánicas de un pueblo ignorante pero cuyo pensamiento renacía ahora a través de la obra de gobierno de sus continuadores.

Naturalmente, Sarmiento, Mitre y sus académicos discípulos armaron la historia que ellos querían porque, justificando a ciertos próceres se justificaban ellos mismos y condenando a ciertos personajes hundían a sus enemigos contemporáneos.

Más adelante, los revisionistas -algunos de ellos por lo menos- hicieron exactamente igual.

Los caudillos de las provincias fueron protagonistas auténticos y mayores de la historia y expresaron un rostro de la patria que merece respeto. No fueron bandoleros ni tigres sedientos de sangre. Tampoco esos próceres inmaculados que pretendió cierto revisionismo.

Fueron hombres de su tierra, con todos los defectos y las virtudes de su época. El endiosamiento de los próceres en que incurrió la historiografía liberal se corresponde con la idealización de los caudillos en que fácilmente caen los revisionistas. Se ha ido operando un extraño fenómeno que hace que la mitad de los historiadores opine exactamente lo contrario de la otra mitad.

Los denominados “caudillos” son hombres que -en estilo arisco y montaraz- se metieron a empellones en la historia y allí quedaron. Siguen un trayecto que empieza a correr inmediatamente con la revolución de Mayo y sólo desaparecerá hacia 1870.

Durante el largo camino de sesenta años se asistió a la resistencia activa de los “bárbaros” frente a la política centralista aristocrizante y proportuguesa del Directorio primero y luego frente a la aventura rivadaviana y sus secuelas, en la primera y dramática etapa desarrollada entre 1819 y 1831.

Los personajes de aquella ofensiva fueron varios; los protagonistas mayores: Artigas, Ramírez y Quiroga.

Estos caudillos eran representativos de amplios sectores populares, aquéllos que en su momento fueron vituperados sucesivamente como anarquistas, montoneros y bárbaros.

La continuidad de su presencia en el siglo XIX induce a pensar que la existencia de esos sectores no respondió a episodios circunstanciales sino que expresaba una realidad auténtica, trascendente, asistida por sus particulares motivos, acuciada por sus propios ideales y representativa de un modo de sentir y de pensar ampliamente compartido en varias regiones del país y, además, con suficiente vitalidad como para proyectarse sobre sus propios infortunios y su especial organicídad.

Los denominados “caudillos” proyectaron al escenario nacional una corriente histórica que nunca pudo ser cegada. Una vieja corriente popular que estalla tumultuosamente cada vez que alguien la conjura a emerger, cuando un hombre dice las palabras adecuadas y, a su embrujo, crece un bramido de pueblo enamorado.

Y aquéllas convocatorias civiles del siglo XX siguen teniendo el mismo perfil de las que condujeron antaño los caudillos ecuestres: el mismo perfil arrollador, jocundo, feroz, testarudo y sobrador aunque sus protagonistas numerosos se llamen “radicales” o “peronistas”.

Porque son los mismos de antes y la tierra que pisan es la de siempre. Porque son parte de la patria, tan permanente como ella y, por eso también, tan amigada con nuestra ternura.

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