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Cuando Bustos mandaba...

Alrededor de las once de la mañana del 7 de Enero de 1820, los tres mil hombres del Ejército Auxiliar del Perú, después de una marcha de más de cinco horas bajo el fuerte sol del verano, comienzan a desplegar su línea de campamento(1).

(1) Citado por Héctor José Iñigo Carrera. “Cuando Bustos mandaba...” (1988), en “Todo es Historia”, trabajo divulgado en la colección “500 años de Historia Argentina”, fascículo X, dirigida por Félix Luna. Ed. Abril, Buenos Aires.

Han partido varios días atrás, al mando del general Francisco Fernández de la Cruz, desde la Villa del Pilar -cerca de la capital cordobesa- y sus órdenes son llegar a Buenos Aires para incorporarse a las tropas del Director Supremo Rondeau quien busca -con esta concentración- derrotar en un solo gran encuentro a los caudillos federales del Litoral.

Es la cuarta vez -desde 1816- que el Ejército del Norte es llamado a la guerra intestina. Los santiagueños, riojanos, cordobeses y porteños que integran sus filas son casi todos paisanos, como los montoneros contra quienes se los lanza y sus simpatías sociales y provincianas están con ellos.

Cuatro cuerpos de infantería: el 2do., 3ro., 9no. y 10mo.; dos de caballería: los dragones y los húsares; y el tren volante artillero, van armando sus tiendas a la vera del camino. Se encuentran a unas siete cuadras de la Posta de Arequito, en territorio santafesino, cerca de la costa sur del rio Carcarañá y en plena llanura.

Un calor brutal se aplasta contra la tropa durante el rancho y el descanso. Semblantes agobiados acompañan a los comentarios sobre la mala estrella de un cabo de dragones llamado Torres quien, envalentonado por su triunfo en una escaramuza, se alejó demasiado y acabó pasado a cuchillo con toda su patrulla de catorce jinetes.

Pero en algunos grupos el tema es más profundo; se habla de un estallido federal en el interior, como el de Noviembre en Tucumán y también de revolución en el Ejército; se citan nombres de oficiales complotados; se refieren sospechosas actitudes en el regimiento 2 y en la caballería; se dice que el mismo Jefe de Estado Mayor, el coronel mayor Bustos, encabeza el asunto en combinación con políticos de Córdoba.

Lo cierto y no sabido del todo en los corrillos de soldados, es que Bustos ha comprometido a la mitad del Ejército en un levantamiento para esa misma noche, estando perfectamente tendidas las líneas y planeados los pasos. Lo secundan el coronel Alejandro Heredia, el comandante José María Paz y la mayoría de los oficiales subalternos de los cuerpos “trabajados”.

A pesar de los comentarios, una calma pegajosa llena las horas de esa tarde. Gran parte de la tropa arrastra un enorme cansancio, fruto de largos años de privaciones, agotamientos y disciplina inhumana. Mala alimentación, falta de calzado y abrigo, pagas atrasadas y, sobre todo, esa angustiante guerra contra hermanos, que obliga al abandono de la lucha patria contra Fernando VII, han agotado su paciencia.

Se mueren las caducas divisas del “centralismo” porteño y el alma de las poblaciones y los soldados está presta para un cambio liberador de las tensiones y el hastío; cambio que la calma calurosa de esa tarde de Enero parece anunciar.

Cae la noche sobre Arequito, mientras se montan los servicios de reglamento. El toque de silencio rebota en los pastizales como queriendo señalar el fin del régimen directorial.

Sobre medianoche, Heredia y Paz ponen a caballo al regimiento de dragones sobre la derecha del campamento. Simultáneamente, los infantes del 2 y del 10 toman las armas en el centro, mientras que dos tercios de los húsares hacen lo propio en el ala izquierda. El regimiento 2, al que Bustos ha mandado durante varios años, es el nervio de la rebelión.

De los húsares, sólo su primer escuadrón, que manda en persona el coronel La Madrid (jefe de todo el regimiento), permanece fiel. Varios comandantes no adhieren al movimiento y quedan arrestados bajo guardia. Son los coroneles Zelaya, Pinto y Morón.

Queda -así- el Ejército dividido en dos mitades: los rebeldes con caballada, boyada y provisiones por un lado; los leales del 3ro. y 9no. y el escuadrón de La Madrid con la artillería y el parque, por el otro.

Hacia el centro del vivac duerme en su tienda el General en Jefe, Fernández de la Cruz. Hasta allí se llega, montado en su carretón, Bustos. Y medio como al pasar, despierta a Cruz gritándole: “Compañero, levántese, que en el Ejército hay gran movimiento”. Hecho lo cual, se incorpora al frente de los sublevados.

Recorren éstos las cuadras que faltan hasta la Posta y, recostados en las casas, forman en orden de batalla entre vivas a la Federación y a los jefes rebeldes. A la mañana siguiente, ante un requerimiento de parte de Cruz, la respuesta es terminante: se han separado porque no quieren seguir haciendo la guerra civil.

Parlamentos y reuniones se suceden durante los días 8 y 9. Cruz quiere proseguir la marcha hacia la capital, pero las montoneras santafesinas que merodean se descuelgan en dos oportunidades sobre su formación, poniéndole en serio aprieto, del que lo saca finalmente la caballería de Bustos.

Las cartas están a descubierta y el juego es claro. Ante el apremio y las continuas deserciones en su tropa hacia el campo rebelde, Cruz termina por desistir y, resignado, entrega sus efectivos y pertrechos a Bustos quien, dueño de todo el Ejército, inicia el camino de regreso a la capital cordobesa.

Arequito preside un verano pleno de agitación “autonomista” en las provincias. Su primer chispazo aislado había tenido lugar en Noviembre de 1819, cuando el levantamiento de la guarnición tucumana del Ejército que coloca en el Gobierno a Bernabé Aráoz, caudillo popular local, aunque sin romper entonces con Buenos Aires.

Obrando luego como estallido central, la rebelión de Bustos. Paz y Heredia facilita la derrota del Director Supremo Rondeau en Cepeda, al privarle de su auxilio más cercano y, al desconocer la autoridad del mandatario porteño, hace de Córdoba el ejecutor del Interior, donde se suceden explosiones federales en varias provincias.

¿Qué buscaban los responsables del levantamiento, brillantes oficiales todos ellos, formados en la escuela de Belgrano? ¿Qué fue realmente Arequito? ¿Un motín? ¿Una “cordobesada” localista? ¿Qué motivaciones impulsaron su estallido? Responder a estas cuestiones nos lleva hasta los hilos más atractivos de la malla histórica, en la que Arequito oficia un poco de nudo encadenante.

La segunda década revolucionaria (entre el 20 y el 30) es uno de los ciclos claves de nuestro drama histórico. En su entraña se desenvuelven los hechos explicativos de los dos grandes partidos que habrían de repartirse la adhesión de los argentinos: federales y unitarios.

También en esa entraña se compone la dictadura de Rosas, posterior salida victoriosa de la crisis y se desarrolla -bajo liderazgo cordobés- una ardua pelea desde las provincias por la organización del país sobre bases libres, que hace fracasar la tentativa unitaria de Constitución “centralista”.

Todo esto eclosiona durante esa segunda década, cuando Bustos mandaba en Córdoba.

- Argentina 1800

Durante los últimos treinta años del siglo XVIII, las provincias españolas del Rio de la Plata viven intensas modificaciones bajo la Administración de la Casa Real borbónica.

La disminución progresiva de la producción de plata del Alto Perú y la penetración del oro extranjero desde el Brasil, que hace a esa misma plata perder valor de cambio, provocan problemas en los circuitos de pagos. Sucesivas disposiciones favorables a la libertad de comercio exterior concedidas por los Borbones, posibilitan el crecimiento vertiginoso de las exportaciones ganaderas (cueros) y de las importaciones europeas, agrícolas (desde España) e industriales (desde Inglaterra y Francia).

Como consecuencia, un reordenamiento económico y demográfico agita todas las provincias. El Litoral (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Banda Oriental) realiza un rápido avance, favorecido por sus puertos y su gran producción de cueros exportables. En cuanto al Interior (Centro, Cuyo y Norte), avanza muy parcialmente, con reajustes costosos para su industria artesanal y su comercio y con una irremediable crisis para su agricultura, a causa todo ello de la competencia importadora.

Pese a todas las dificultades y distorsiones impuestas por Europa, la estructura general del país señala una bastante compacta estabilidad, funcionando como unidad económica y política de personalidad diferenciada. Las Ordenanzas Reales de implantación del Virreinato y las Intendencias han reactivado su Administración. Existe un vigoroso intercambio interno entre las distintas zonas, basado en una producción diversificada que recorre rutas y caminos y acompañado de una enérgica movilidad social.

A despecho de las características desérticas que impregnan gran parte del territorio y de las cargas de la política financiera e impositiva borbónica, una Argentina activa comienza a buscar sus perfiles de incipiente autonomía, apoyándose principalmente en los “fueros” o libertades tradicionales españolas y en la doctrina teológica respectiva.

Pese al “centralismo” del régimen de Intendencias -de inspiración francesa-: pese a los impactos de la competencia importadora y a las rivalidades entre el Litoral librecambista y el proteccionismo del Interior, surge cierto equilibrio interregional que sirve de perspectiva de un desarrollo nacional autónomo.

Por otra parte, entre 1790 y 1806, las guerras internacionales, al disminuir considerablemente la navegación de las metrópolis europeas hacia el Plata, auspician en éste nuevas producciones de exportación (carnes saladas, jabón), enviadas hacia puertos alejados de las escuadras enemigas de España, en navíos construidos por astilleros del Paraná o de bandera neutral.

Paralelamente, al aminorar la demanda de cueros, los hacendados orientan su actividad hacia otros rubros, como la cria de mulas y la plantación de trigos. Protagonizando ese panorama de desarrollo autónomo -en la apertura del siglo XIX- nuevos grupos comerciales dirigentes, inmigrantes de España unos y nativos otros, aprovechan la coyuntura favorable y buscan dar una orientación armónica a la comunidad del Plata.

Aunque vinculados algunos de esos grupos al comercio tradicional subordinado a Cádiz, adhieren todos ellos -en mayor o menor medida- a las nuevas formas de producción e intercambio impuestas por las circunstancias bélicas y en contacto con las Antillas, Africa, Estados Unidos y Hamburgo. De esa manera, los comerciantes de Buenos Aires encabezan el sistema económico dominante en todo el cono meridional de las Indias españolas y en su comercio exterior.

Ese sistema, sí bien mitiga en algo la distorsión impuesta por Europa, no podrá dejar de mantener una permanente balanza de pagos negativa, provocada por el deterioro de los términos de intercambio con los centros que manejan los precios. Asi, el Plata gasta siempre más de lo que cobra, a lo que viene a sumarse la exportación legal y clandestina de plata en barras.

La revolución iniciada en 1810 abrirá los cauces de la crisis, hasta entonces resistida con éxito. La pérdida del Alto Perú, en poder de las realistas hasta 1825 (exceptuando dos breves períodos de un año), desgarra el espacio económico del Virreinato. Acrecida la escasez de metálico por la pérdida del Potosí, arruinado el comercio intermediario entre el Altiplano y Buenos Aires, se resienten todas las estructuras de producción.

Estalla la regionalización política. Chile, independiente, resucita la ruta del Pacífico y extiende su influencia a Cuyo. Hasta 1820, el Litoral artiguista competirá con Buenos Aires. Durante la tercera década, el Interior completa la fragmentación política de derivaciones económicas. La crisis general lleva a una creciente ola de impuestos y exacciones por parte del Estado, que desemboca en las confiscaciones sin cortapisas.

Por otro lado, la penetración del comercio inglés modifica las estructuras comerciales, arruinando al productor y al comerciante local y acentuando la extracción de moneda. Los saqueos y depredaciones sistemáticos de las guerras civiles completan el cuadro crítico en que el país se debate, sin lograr armonizar su producción local con un comercio exterior que fuese autónomo y favorable.

La penetración económica inglesa crece incesantemente entre los años 1820 y 1830, pero no llega entonces su poder más lejos gracias a la resistencia que encuentra en el “defensismo” político y religioso de los caudillos federales. Este freno permitirá más tarde (desde 1836) la concreción de un programa de protección de la economía nacional (programa perturbado por las agresiones de Francia e Inglaterra), alrededor de la Ley de Aduanas de Rosas.

Junto con la defensa nacional, los caudillos echan las bases de la organización argentina, y hemos de ver luego el papel que a Bustos corresponde en este sentido.

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