El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

De Córdoba, federación

Ocupando el núcleo de la gran faja central argentina y en vecindad con las distintas zonas, Córdoba cumple históricamente la tarea de gran “posta” de comunicación y enlace. Cruzada por los Caminos Reales hacia el Alto Perú y Lima y hacia Cuyo y Chile, así como también por las rutas transversales entre Oeste y Este, su tierra y clima propicios y su población activa coadyuvaron a su desarrollo(1).

(1) Citado por Héctor José Iñigo Carrera. “Cuando Bustos mandaba...” (1988), en “Todo es Historia”, trabajo divulgado en la colección “500 años de Historia Argentina”, fascículo X, dirigida por Félix Luna. Ed. Abril, Buenos Aires.

Tal entidad de comunicación y creatividad se expresa dentro del proceso general del país, desde el cierre del siglo XVIII hasta las últimas décadas del siguiente. Pero su misión de eje de contacto entre las otras provincias aparece cabalmente en las fórmulas que ofrece para las soluciones de los conflictos nacionales durante los primeros veinte años de la revolución.

Sus postulados se afirman en la búsqueda de un equilibrio estable entre proteccionismo y librecambio, haciendo compatibles los intereses de la ganadería (fuente principal de recursos del país) y de la industria y la agricultura (elementos básicos de vida internos).

Tales términos de desarrollo alcanzan existencia política en el Pacto Federal de 1831 y en la Ley de Aduanas de 1836, que antes mencionamos. De ese modo, la tarea de preordenamiento y combinación de tendencias -cumplida especialmente entre 1820 y 1830- fructifica luego en un sistema de seguridad interna y externa, incorporado definitivamente a las estructuras de la Nación.

Dentro de este período, Córdoba protagoniza el liderazgo de la acción federativa, exigida por el Interior y proyectada hacia una Confederación americana.

La población cordobesa ocupa, por su número, el segundo lugar después de la de Buenos Aires. De acuerdo a las modificaciones solicitadas por el virrey Vértiz al proyecto originario de Intendencias de la Corona, Córdoba se libera de la subordinación a Tucumán y pasa a ser cabeza de la Intendencia de su nombre, con jurisdicción sobre las provincias de Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja.

En 1813 serán separadas las tres primeras para formar la Intendencia de Cuyo y, en 1820, hará lo propio La Rioja. La influencia de Córdoba no desaparecerá del todo en esas zonas. En cuanto a la provincia misma, se origina en la expansión del Ayuntamiento hacia el norte y, más cautelosamente, hacia el sur, donde impera el indígena.

Munida de un rico pasado agrícola, debido fundamentalmente a la acción constructiva de la Compañía de Jesús, la expulsión de ésta opera como catástrofe para su agro. A principios del siglo XIX, la hegemonía de los ganaderos reemplaza a la de los comerciantes y eclesiásticos.

Sin embargo, la ganadería se mantiene siempre vinculada a las actividades comerciales de las que depende. Tal vinculación se extiende a las industrias artesanales textiles -de mucha importancia en la zona serrana- y a la agricultura, disminuida pero siempre arraigada. Esta solidaridad entre los grupos sociales representativos de Córdoba explica en buena parte la cohesión y el contenido de su acción política y de su programa económico.

Durante los años anteriores a la revolución, los cordobeses habían capeado la crisis -desatada por la competencia europea, que amenazara a su industria artesanal y a su agro- y se habían afirmado en la coyuntura favorable a su ganadería.

Cuando la lucha revolucionaria incomunica al Río de la Plata con el Alto Perú, se produce un derrumbe de estructuras comerciales en los circuitos del Interior. El comercio de Córdoba pierde sus mercados del norte, ve disminuida la afluencia de tráfico en sus rutas de paso obligatorio para viajar entre las distintas zonas del país y arruinados sus importantes negocios de ganado mular.

Los criadores de vacunos, por su parte, si bien prosiguen su ascenso social y político en brazos del expansivo comercio libre a través de Buenos Aires, reciben -en el reparto de oportunidades- la parte del ratón. Buenos Aires es el único puerto por el que se puede comerciar con el exterior, pues su Gobierno cierra el Litoral a las naves de ultramar.

Las estancias bonaerenses gozan de una situación privilegiada por su cercanía con el fondeadero porteño, mientras que las cordobesas son perjudicadas por su lejanía, que aumenta excesivamente los costos de transporte y cabotaje. De esta manera, los inconvenientes de la Guerra por la Independencia y el virtual sistema de “puerto único” perjudican a comerciantes y ganaderos de Córdoba quienes, por tener intereses de íntima vinculación, resisten unidos a la situación impuesta desde la capital.

A la caída del comercio y a las dificultades para colocar sus productos ganaderos (cueros en especial), se suman para las clases directivas cordobesas la falta de monetario, el déficit presupuestario y la miseria y devastaciones que la guerra acarrea.

En el plano político, todas estas dificultades traen aparejado el debilitamiento de las instituciones administrativas y de justicia -dependientes del Poder Central- y el fortalecimiento de los factores de poder locales. Es un proceso de “regionalización” en el que la provincia se repliega sobre sí misma ante el deterioro del mando impuesto desde la capital porteña.

En verdad, los cordobeses, cansados de estar mal gobernados, van colocando cada vez más sus miras en un deseado Gobierno propio y autónomo. Y es en el plano militar donde se producen ciertos fenómenos que revolucionan la situación social y política. Las levas y movilizaciones entre los pobladores cordobeses para nutrir los contingentes militares y las milicias montoneras, hacen pasar a primer plano a las masas rurales y a los sectores populares urbanos.

Nuevos Ejércitos -integrados con peonadas, campesinos, artesanos y gente pobre- comienzan a participar del poder, haciéndose sentir de alguna manera en el concierto nacional. La dirección de esta nueva fuerza social está en manos de caudillos quienes, si bien pertenecen individualmente a las clases altas, son en realidad voceros de la masa popular y de su alianza con los ganaderos y el clero de la campaña, alrededor de un programa de puertos de exportación libres y protección para la actividad pecuaria.

Desde 1813 a 1820 es la figura de Artigas la que concita la adhesión abierta o callada de tal alianza. Pero, desde la crisis de aquel último año, hasta 1822, Bustos va desplazando al partido local simpatizante del caudillo oriental y arrebatándole a muchas de sus fuerzas (Juan Pablo Bulnes, el más combativo dirigente de la corriente artiguista, llamada en Córdoba “montonera”, será uno de los hombres más leales a Bustos hasta último momento).

A esos núcleos agrega Bustos elementos federales moderados y a otros ex directoriales. Sobre esa combinación monta un aparato partidario con el que despliega -durante sus dos mandatos- el programa político de Arequito: acabar con las guerras civiles y la hegemonía porteña; unir al país en un Congreso federativo; y rescatar las provincias peruanas para sellar la independencia del continente.

Después de Arequito, fue el primer acto de Bustos ponerse en contacto con Estanislao López, gobernador de Santa Fe. Le escribe el 12 de Enero para informarle de lo ocurrido, expresando que podía considerarlo un amigo, sólo interesado en “la felicidad del país, casi arruinando por la guerra civil que debemos terminar de un modo amistoso”.

El 14 de Enero, López contesta señalando que lo ocurrido inmortalizaría el nombre de Bustos “por haber sellado la libertad de sus hermanos sin verter la sangre de los mismos”. En la Posta de la Herradura, en el mismo lugar donde meses atrás combatieran Bustos y los santafesinos, se entrevistan aquél y los comisionados de López y Ramírez, Cosme Maciel y José Miguel Carrera, respectivamente.

El 21 de Enero, Carrera, poseedor de un gran “arrastre” personal, trata de inducir a Bustos a unir sus fuerzas a los montoneros para atacar a Buenos Aires, fracasando en sus intentos. La astucia del cordobés no se deja “enganchar” y, por el contrario, declara su neutralidad en la guerra civil y su acérrima convicción de consolidar en un Congreso la unión nacional y la dotación a los Ejércitos de los medios para terminar triunfantes la Guerra de la Independencia, posición que mantiene en sus gestiones de los meses siguientes.

El 17 de Enero entra en Córdoba el sargento mayor Agustín Díaz Colodrero, trayendo una recomendación verbal de Bustos (que viene marchando con su Ejército hacia la ciudad) para el gobernador Manuel de Castro. La indicación que Castro recibe de los labios del oficial emisario es de advertencia contra toda agitación o alarma y favorable a un cambio pacífico en la Administración con la renuncia de Castro y la insinuante perspectiva del mismo Bustos para reemplazarle.

Entusiasmadas por las noticias de Arequito y entendiendo contar con el apoyo de Bustos, las dos fracciones federales (filo-artiguistas y moderados) se lanzan contra el Gobierno en medio de agitaciones públicas y logran que renuncie en el Cabildo. Designa éste como interino a su Alcalde de primer voto, Carlos del Signo, y declara simultáneamente la independencia de la provincia.

Del Signo envía de inmediato sus felicitaciones al jefe y tropas rebeldes. Pero los federales artíguistas no están conformes con el interino, que no es hombre de ellos, y el 19 de Enero consiguen -en un cabildo abierto- la elección de José Javier Díaz para reemplazarlo. Se imponen asi sobre directoriales y federales moderados.

La bandera de Artigas (rosada, blanca y celeste) flamea al tope de Córdoba. Desde que Bustos conoce esto no oculta su contrariedad entre su Estado Mayor. Aspira a la gobernación de su provincia para la que ya ha sido propuesto varias veces desde 1811 y ninguna gracia le produce saberla en manos del artiguismo hecho que -por otra parte- contraría su línea neutral ante el conflicto entre Buenos Aires y la Banda Oriental. Sin embargo, Bustos disimula en las notificaciones su desagrado real con una aprobación aparente.

La competencia entre Díaz y Bustos por la conducción de Córdoba parece extenderse en cierto momento al escenario nacional, donde el primero -sin sospechar los planes del segundo- lanza una Proclama con pretensiones directivas y de claro federalismo, invitando a la adhesión de las provincias (25 de Enero).

El 30 de Enero hace Bustos su entrada triunfal en la capital cordobesa. En medio de gran bulla popular, el Ejercito forma en la plaza, mientras Díaz lee una arenga en la Sala del Cabildo.

Esa misma tarde, en la casa donde Bustos se aloja, tiene cabida una demostración a la oficialidad por parte de treinta señoritas vestidas de azul y blanco, con discursos, cánticos y entregas de flores a los oficiales.

Al día siguiente hay un gran convite en casa de don Pedro Funes, seguido de un sarao en las casas consistoriales. En una comunicación del Cabildo a Díaz del 4 de Febrero, aparecen los gastos ocasionados en tal sarao (que al parecer dura más de veinticuatro horas), figurando dulces, bizcochuelos, confites, licores de toda clase, chocolate, yerba mate, adornos y servicio por un total de 875 pesos fuertes.

Hasta la tropa participa del baile y los festejos de esos días movilizan a los sectores populares tanto como a las clases altas, desbordando los salones y las calles. Esas clases altas (señala Paz en sus “Memorias...”) dan con su espíritu activo y su militancia en el federalismo una importante peculiaridad a este movimiento, que lo distingue de otros similares de las otras provincias.

Mientras Díaz se afirma en el Gobierno, golpea tanto a directoriales como a la otra facción federal. Hay reemplazos en mandos civiles y militares, detenciones y supresión de empleados públicos. La escasez de dinero y la contracción general del comercio obligan a establecer contribuciones públicas para toda la población, sin excepciones. La pobreza de pesos también provoca algunos manejos de fondos y bienes públicos que no parecen del todo claros, según surge de investigaciones realizadas por Carlos A. Segreti.

Bustos, que no cobra sus sueldos desde Junio de 1817 y que, al igual que tantos otros ve su fortuna diluida en la crisis general, viene -desde 1819- solicitando que se le adjudique la propiedad de una finca y quinta perteneciente al Estado, a cuenta de esos sueldos atrasados.

El 4 de Marzo, Díaz accede al requerimiento de Bustos, con vista favorable del promotor fiscal y negativa del Ministerio de Hacienda. Díaz le entrega asi por 2.400 pesos fuertes (que se descuentan de una cantidad superior que el Estado le debe en sueldos) el inmueble pedido que, aunque en decadencia, al parecer estaba evaluado en más de 15.000 pesos fuertes.

Esa quinta fue habitada por Bustos y su familia durante su gobernación. Paz le reprocha haberse “encerrado en ella“ durante 1821 y, allí mismo, fue curado Bustos después de La Tablada. Estaba ubicada en las cercanías de la Ciudad de Córdoba, hacia el noroeste.

Indispuesto Bustos con Díaz, se acerca a los federales “moderados” y hasta a ciertos directoriales como Francisco Bedoya.

Mientras tanto, al conocer San Martín los episodios de Arequito, dispone que su secretario Dionisio Vizcarra pase a Córdoba para conseguir de Bustos su apoyo a la expedición al Perú. Rudecindo Alvarado participa de esos contactos en cartas a Bustos, donde identifica la conducta de éste con la de San Martín -en su histórica desobediencia- y propone una estrategia combinada a realizar por ambos Ejércitos.

En su respuesta, Bustos señala:

El temerario empeño que se han transmitido unos a los otros los varios Gobiernos que nos han regido, a pesar de la liberalidad de principios que proclamaban en su origen, ha encendido de tal modo la guerra civil entre nosotros que, olvidados aquéllos de la causa común, han empleado en aquélla más tiempo y recursos que en ésta, malogrando las circunstancias más favorables en que pudimos haber dado al enemigo un golpe mortal’’.

Vizcarra es portador de una carta de San Martín a Bustos, donde le propone una acción conjunta contra los realistas, exhortándolo para terminar: “Vamos, pues, a la victoria, y a sellar bajo sus auspicios la libertad política, que es nuestra primera y más exigente necesidad”.

Convencido y regocijado Bustos por la adhesión de San Martin a la opinión de los pueblos contra el Directorio, muestra en su respuesta una decidida aspiración por “la causa de América”, a pesar del “estado ineficaz de estos pueblos”, tratando que su “pequeño Ejército coadyuve a la salvación de la patria”.

Hay en realidad motivos de política interna que impiden que Bustos se embarque totalmente en el operativo propuesto por el Libertador. Si Arequito había sido una rebelión para la consolidación de la situación interna nacional, convulsionada por el enfrentamiento civil, lo cierto es que ciertas causas de ese desquiciamiento retomaban ímpetu y peligrosidad; allí estaban las intrigas conspirativas de Alvear y Carrera, tratando de apoderarse de Buenos Aires.

Durante los meses de 1820, Bustos logrará quebrar el frente “artiguista” del Litoral, captando a Estanislao López para su proyecto de un Congreso federativo y obteniendo la paz entre el caudillo santafesino y Buenos Aires en Benegas. Al mismo tiempo, desarrolla una compleja acción en favor de la reunión del Congreso en la misma Ciudad de Córdoba.

A esta acción la ha llamado Emilio Ravignani “uno de los aspectos más interesantes y novedosos de nuestra historia constitucional y que significa, sin embargo, la clave, quizás capital, de cierta orientación del país en el desenvolvimiento de sus instituciones”.

Bustos asume así la inmensa tarea de afianzar el frente interno del país. Desconfía de las maquinaciones “alvearistas”, en las que ve acertadamente un retorno de las viejas orientaciones del Directorio disfrazadas gracias a la alianza con Ramírez, de tesitura “federal”. Y en cuanto al problema de Artigas, señala Vicente Sierra:

Debió de advertir Bustos que si dejaba la provincia a merced del grupo artiguista, su rebeldía sólo habría servido para hacer el juego al caudillo oriental, alejándose su proposito de afianzar la unidad nacional federativamente”.

Conviene señalar -en lo que a las relaciones de Bustos y Artigas respecta- que si bien el primero se opone a la expansión artiguista sobre el Interior, no deja por ello de reverenciar a los ideales del jefe oriental como fuentes del federalismo rioplatense.

El 1 de Febrero de 1820, el Director Supremo Rondeau es derrotado por Francisco Ramírez y Estanislao López en la batalla de Cepeda, consumándose así la caída del régimen “centralista” al que los rebeldes de Arequito y sus partidarios de todo el Interior habían aplicado los primeros golpes. Como consecuencia, se acentúan las tendencias autonomistas de las provincias, dividiéndose las Intendencias regionales en una verdadera explosión secesionista, si bien ratificando la idea de Nación para un próximo Congreso.

Durante la primera semana de ese mismo mes de Febrero, Bustos da a conocer Circulares a las provincias, a San Martín y a O’Higgins, en las que explica los propósitos del movimiento de Arequito.

En la más importante de esas Circulares, dirigida a la misma Córdoba, dice Bustos:

La voz general de los pueblos mucho tiempo ha que llegó a mis oídos, y sus justas quejas habían penetrado demasiado en mi corazón.
Me enseñó también la experiencia el diferente trato y la diversa correspondencia que merecían los hijos de las provincias por más relevantes que fuesen sus servicios, su aptitud y sus talentos.
Las facciones que se han alternado en Buenos Aires desde el 25 de Mayo de 1810, arrebatándose el Gobierno las unas a las otras, se creyeron todas sueesoras legítimas del trono español respecto de nosotros y con un derecho ilimitado para mandarnos sin escuchar nuestra voluntad”.

Y en párrafos siguientes señala:

Este ha sido el objeto de la gloriosa revolución del día 9 del ppdo.: salvar la patria de la desastrosa guerra intestina en que la habían envuelto las pérfidas manos de los hombres, en quienes depositó su confianza y convertir las armas contra los tiranos que ocupan el Perú.
Protesto a V. S. que yo y mis heroicos compañeros no tenemos otra inspiración que llevar adelante la obra majestuosa de nuestra Independencia. Pero, como no nos sería jamás honroso ni nos harta dignos del respeto de las naciones que nos observan el ser únicamente independientes de los españoles, viviendo sin Constitución, sin leyes, sin Gobierno y Tribunales ..., oirá V. S. clamar con una sola voz a este Ejército por la pronta reunión de un Congreso que, sin perder momentos, elija un gobernante general que lo aumente y dé impulso hacia el enemigo común, que organice el país del modo posible y coopere a terminar amistosamente la guerra sangrienta en la que se hallan empeñados los Gobiernos de Santa Fe y Buenos Aires.
Sin la paz, el comercio se paraliza, cesan los derechos de aduana, se disminuyen los municipales y no podernos calcular sobre fondo público alguno”.

Bustos, a quien hemos visto ya aspirando al Gobierno de Córdoba, creía también posible ser elegido para ese cargo de “gobernante general” del que habla. Entendemos que no ha de juzgarse todo esto con un criterio ligero, basado en exigencias de falsa modestia.

Por sobre el índice de ambición personal que Bustos poseyera, es indudable que sus aspiraciones políticas en éste y otros momentos posteriores responden a una toma de conciencia de las circunstancias y a la elección de un compromiso de acción pública que esas circunstancias exigen. Como todo hombre público de peso, Bustos ni se avergüenza de sus aptitudes ni escapa a las responsabilidades.

Por otra parte, quedan en los términos de la Circular transcripta bastante claros los motivos de Arequito en cuanto al punto de vista de sus autores. Desde que Bustos lanza sus comunicaciones de Febrero en pro de un Congreso Constituyente, su situación frente a Díaz se fortalece en el ámbito nacional. La partida entre los dos caudillos va a definirse entonces en el campo provincial, donde Bustos crece en popularidad y, por otro lado, presiona a los partidarios de Díaz mediante la fuerza armada que comanda.

El mandato popular del Cabildo obligaba a Díaz a convocar a todo el pueblo de la provincia para que, por medio de sus representantes, se diera autoridades definitivas. Desde el 6 al 13 de Marzo son elegidos los representantes de la capital y la campaña por elección indirecta.

Votan todos los hombres de más de veinte años y en la convocatoria se marca a fuego a quienes no concurrieran a dar su voto, calificándolos como criminales públicos. Córdoba introduce así -en su Derecho Público- el voto universal, casi dos años antes que Buenos Aires, y con el fundamental agregado de su carácter obligatorio.

A esta democratización del poder se agrega la confirmación de las libertades provinciales: la Asamblea Electoral cordobesa reasume el 18 de Marzo la soberanía de la provincia, la que se declara independiente del Gobierno Central, pero manteniendo los lazos nacionales.

Al día siguiente, con sólo un voto en contra elige gobernador a Bustos, después de fracasar un último “manotazo” de Díaz para ser electo. Es entonces cuando Córdoba comienza a organizar, alrededor de esa primera alianza de federales “moderados” y ex directoriales, un frente interno que incluye a todos los sectores sociales contrarios al centralismo porteño, como los cuadros de oficiales nativos que sirven en el Ejército Nacional, los comerciantes y los grupos del viejo artiguismo (ganaderos, población rural y bajo clero).

Con el ascenso de Bustos al poder sale a luz el caudillo que dirige ese frente interno en una cohesión que se mantiene por dos lustros, aún a costa de algunos desprendimientos y rompimientos, como los que se producen con los ex directoriales entre 1821 y 1822 y con algunos de los “moderados” en 1826.

El Gobierno “bustista” es, por un lado, una protesta contra los males acarreados a la provincia por la orientación que Buenos Aires imprime a la política y a la guerra; y, por otro, la reafirmación de la lucha revolucionaria sin imposiciones porteñas y como arma para alcanzar una efectiva libertad para la provincia.

Hay en esto un plan en proyecto que postula la rehabilitación económica de Córdoba, la reconstrucción de su ganadería y un reordenamiento y pacificación basados en la ocupación laboral plena y el auxilio social. Y ese plan hunde sus raíces tanto en los aspectos positivos de la realidad virreinal como en las necesidades de la Independencia.

Después de haber usado a los federales “moderados” y a los antiguos directoriales para contrarrestar la candidatura “montonera” de José Javier Díaz, Bustos debe hacer frente -durante la Semana Santa de ese 1820- a un motín de sargentos y cabos de probable vinculación artiguista y ribetes delictivos comunes. La represión es severa: 16 son fusilados el mismo Sábado Santo y otros 15 son enviados a O’Higgins, para cumplir en barcos de Chile servicios forzados de castigo.

Una vez neutralizadas estas perturbaciones, puede Bustos cumplir una Administración estabilizada hasta 1829, sin sangre ni violencias, hecho por demás extraño para aquellas épocas de grandes convulsiones.

De allí en adelante, en el bregar por el Congreso Nacional y la Independencia, es Córdoba el núcleo dirigente que derrama sobre sus vecinas provincias orientación e influencia. En respuesta a una oferta de colaboración del Gobierno de San Juan, Bustos expresa:

Los vínculos de sociedad y unión que hasta aquí enlazaban los pueblos de una capital ambiciosa, van ahora a estrecharse entre sí fuertemente por medio de una igualdad perfecta, libres de celos y aspiraciones”.

Agregando más adelante:

Este Ejército, que tengo el honor de mandar, será el primero en concurrir prontamente al menor reclamo de cualesquiera de las provincias federadas”.

Bustos espera el aporte militar de las provincias para devolver parte de sus tropas a la guerra del Perú. Sin embargo, lo defraudan en ese sentido. Hay una cierta apatía ante el problema exterior, fruto del entusiasmo por las autonomías locales conquistadas y de la inestabilidad porteña. Tozudo y apasionado por la unidad federativa y orgánica, no afloja el cordobés en su exigencia de Congreso.

La situación anárquica de Buenos Aires tiene sus derivaciones en las campañas de Estanislao López y las conspiraciones de Alvear. Los oficios de Bustos trasuntan la situación angustiosa del Ejército Auxiliar del Perú al que Córdoba, por carencia de medios, no puede seguir sosteniendo y al que su jefe y tropa no quieren disolver después de todos los sacrificios populares hechos para su organización.

La reunión del Congreso se presentaba como la gran salida de la crisis, salida que la miopía de los partidos acabaría por frustrar. Aunque Bustos colocara en él también sus aspiraciones políticas personales, sólo ese Congreso podía dar solución a las cuestiones de la organización y la terminación de la Guerra por la Independencia. Por otra parte, acompañan a las citadas aspiraciones del gobernador las de su provincia misma, de ser consagrada capital del país.

A todas las provincias se dirige Bustos con comunicaciones en las que invita a salvar a la patria de la guerra intestina y a reunirse en una Convención interprovincial que, sin mezclarse con la Administración interior de cada una, ordenase los intereses de todas y diese un nuevo impulso a la lucha común contra España y a la defensa general.

Hemos hablado antes de la coherencia económica y administrativa que presentaban las Gobernaciones-Intendencias o regiones internas del Río de la Plata. Alcanzada la Independencia nacional y suprimida la supremacía de Buenos Aires, sostenía Bustos que era necesario rescatar aquella coherencia alcanzada en la etapa hispánica, incorporándole los frutos republicanos y autonomistas logrados por la revolución, aplicados en base a esas mismas unidades de Administración interna (integradas por grupos de lo que hoy se llaman “provincias” y no por cada una de éstas en forma separada) y reuniendo al Congreso General con un representante por cada Gobernación-Intendencia.

Frente a la dispersión estallada desde Enero de 1820, en la que San Juan, La Rioja y Santiago del Estero se separan de sus respectivas cabeceras de gobernación, Bustos condena sus excesos, pero con un meritorio rasgo: jamás intenta ni propicia en forma alguna intervenir en los pueblos que se separan; muy por el contrario, respeta y garantiza sus decisiones.

Hay una carta de Bustos respondiendo a consultas de Pío Cisneros, gobernador de Catamarca (provincia en la que predominaba la tendencia a separarse de la tutela de Tucumán), que contiene conceptos de inmenso valor aclaratorio de estas cuestiones. Dice Bustos:

Un territorio o distrito, sea cuál fuere su extensión y población, para considerarse libre e independiente respecto de otro distrito, debe contar en su seno con todo aquéllo que haya de necesitar para constituirse civil, eclesiástica y militarmente; de lo contrario, por cualesquiera de estos tres aspectos, tendría que depender de otro país y, por lo mismo, dejaría de ser libre.
En lo civil debería contar, cuando no fuese con literatos, al menos con funcionarios que supiesen llenar sus deberes; en lo eclesiástico, cuando no con mitrado, al menos con abad y párroco de buena doctrina; en lo militar, con aquella fuerza dotada, que en toda circunstancia le acarrease una respetabilidad al país, que no osasen los otras a invadirlo.
A más de esto, debería contar con fondos públicos suficientes para la dotación de otras instituciones inevitables, que están en el orden del adelantamiento que, en ciencias y artes, debemos dar a nuestros pueblos.
Fuera de estos deberes, que aún no salen del Interior del país independiente, debe asimismo contar con las cargas de la federación”, agrega Bustos, y redondea más adelante sus conclusiones:

En este supuesto, la libertad de los pequeños distritos me parece una farsa... Si nosotros por evadirnos de la opresión que había declarado hacia los pueblos el anterior Gobierno, hemos tratado de poner las provincias en libertad y adoptar el sistema federal, que vemos ha traído tantos progresos en Norteamérica, jamás había sido con el supuesto de que nuestras provincias se dislocaren en tal manera, que sus pequeñas partes no viniesen a tener importancia alguna”.

Bustos llama “provincias” a las antiguas Intendencias y es a ellas que quiere unir con un sistema federal, pues las considera unidades básicas coherentes.

Señalemos -en lo que a este tema respecta- una interesante faceta de modernidad en el pensamiento de Bustos: si en la actualidad es ya cosa corriente considerar en los problemas relativos al desarrollo argentino como correcta la aplicación de un criterio regional en base a estructuras geográficas y naturales, que haga a un lado todo criterio provincialista o de mera división política, sorprende encontrar en conceptos vertidos más de un siglo y medio atrás por Bustos, similares ideas “regionalistas” en el enfoque del planeamiento necesario para ese desarrollo.

Bustos tiene por esas ideas diferencias de criterio con los caudillos de los otros distritos, como Ibarra, Motabotello y Ortiz de Ocampo. Ellas obligan a Bustos a postergar la realización inmediata de sus planes hasta la reunión misma del Congreso, el que decidiría en última instancia sobre el reconocimiento de cada provincia.

El 18 de Septiembre de 1820, la Junta de Representantes de Córdoba resuelve: 1.- Obtener el cese de la guerra entre Buenos Aires y Santa Fe; 2.- Remitir comisionados para las provincias para activar el Congreso.

Durante el Gobierno interino de Manuel Dorrego y siendo gobernador sustituto de éste Marcos Balcarce, Buenos Aires compite con Bustos acerca del posible lugar para la realización del Congreso. Tanto el “dorreguismo” como los directoriales porteños aspiran a una Convención Nacional, pero no aceptan a Córdoba como sede y proponen a San Luis.

Más tarde, elegido gobernador titular Martín Rodríguez, con mucho esfuerzo se designan diputados a Córdoba. Se inicia entonces un período de sabotaje al Congreso, en los ambientes de la Legislatura porteña y de los intereses localistas en ella representados.

Nadie quiere ser elegido y los elegidos renuncian en cadena y debe finalmente optarse por un sistema “a suerte” con cedulillas, para cumplir la “negra” carga publica de ¡constituir la Nación!

De esa manera, se completa la representación que lleva a Córdoba muy completas Instrucciones acerca de las actitudes a asumir sobre las formas de gobierno posibles, optando por la forma unitaria y, en caso de triunfar la federativa, exigiendo la reincorporación de Santa Fe a la jurisdicción de Buenos Aires, lo que en buen criollo significa pretextar querer salvar al convaleciente mientras se reabre la herida.

El repentino cambio político producido por la incorporación de Bemardino Rivadavia al Gobierno porteño, da el golpe de gracia al Congreso. Ni la desesperada actividad de las provincias, ni la noticia de la entrada de San Martin en Lima, ablandan la intransigencia del partido rivadaviano.

El 24 de Septiembre de 1821, Rivadavia decreta la caducidad de los poderes de los diputados de Buenos Aires y pierde así su oportunidad histórica de haber encarrilado una auténtica unión nacional y ayudado al Libertador a terminar la guerra.

Información adicional