El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

La Tablada y después

Sobre las últimas semanas de 1828, el Ejército a cuya formación había contribuido el pueblo de todas las provincias para la guerra con un imperio esclavista, manejado por la oficialidad adicta a los cenáculos sombríos del unitarismo, derroca al gobernador legal de Buenos Aires y le fusila, por orden de Juan Lavalle a instigación de Juan Cruz Varela y Salvador M. del Carril(1).

(1) Citado por Héctor José Iñigo Carrera. “Cuando Bustos mandaba...” (1988), en “Todo es Historia”, trabajo divulgado en la colección “500 años de Historia Argentina”, fascículo X, dirigida por Félix Luna. Ed. Abril, Buenos Aires.

Los agobiados cuadros de ese Ejército triunfador en Ituzaingó y derrotado por las intrigas y las presiones internacionales, son fácil pasto de los designios revanchistas de aquélla que José Luis Busaniche llama “la camarilla pelucona”.

Bustos, que es probablemente el más odiado por los unitarios, parece conocer la extracción histórica de los golpistas de Diciembre y así los denuncia desde Córdoba:

Compatriotas:
La libertad, ese don precioso de que hemos sido dotados los americanos y que tanta sangre ha costado, se halla amenazada por una facción que ha creido es a quien exclusivamente le corresponde mandar o vendernos...
Si cuando en Octubre de 1811 botó por tierra esta misma facción al Gobierno que en medio del placer y del entusiasmo habíais formado en 1810, un castigo ejemplar les hubiera enseñado a estos malvados que no se podían hollar los sagrados derechos de los pueblos, no hollarán hoy la América con tantas desgracias.
Aquél es el manantial fecundo de tantos males; nuestra inconstitución en 18 años de oscilaciones trae aquel origen”.

Separándose de Lavalle, José María Paz marcha al frente de su división -fogueada en la Banda Oriental- para concretar su vieja aspiración de apoderarse de su provincia natal. Militarmente hablando, la superioridad de Paz sobre Bustos es indiscutible. Hay en las fuerzas que defienden la provincia una mezcla de desentrenamiento y apatía que favorece el rápido avance de los golpistas.

Pero en cambio la población civil en general, a lo largo de la campaña que Paz atraviesa, muestra una firme lealtad hacia Bustos. Nadie se acerca a Paz; nadie lo recibe o se le incorpora. Un helado ambiente acompaña sus movimientos. Y sólo a fuerza de dinero desparramado en profusión logra algunos informes.

Bien claro lo dice en sus Memorias:

‘Los semblantes todos de los pocos habitantes que encontrábamos, nos manifestaban bien a las claras que no acogían bien nuestra llegada, y su taciturnidad parecía el presagio de una sublevación en masa, a que se dirigían todos los conatos del Gobierno’”.

Resistencia en los sectores populares y adhesión callada en las clases altas. Tal el cuadro social que recibe a las tropas de Paz. El plan político del “Manco de Sipe-Sipe” viene cargado de segundas intenciones. Al pasar por la frontera santafesina, ha comunicado a López ofertas y garantías de paz, violando las directivas del Comando unitario de Buenos Aires.

Luego, en las tratativas con Bustos, hace Paz uso de toda su astucia. El caudillo cordobés, que se ha retirado de la capital hacia San Roque, recibe a emisarios de aquél para convenir las bases de acuerdo y reconocimiento de la autoridad del jefe invasor, que se ha apoderado de la capital cordobesa. Cuando llegan personalmente ambos adversarios a concretar esas bases de acuerdo, Paz ataca sorpresivamente a Bustos, sospechando que éste trata de ganar tiempo para recibir refuerzos de otras provincias.

En los alrededores de la hacienda de “San Roque” las tropas de Bustos son derrotadas casi sin pelear, evidenciando una carencia casi total de moral combativa y una deficiencia operativa en el comando.

El Ejército de Paz, rebelado contra la autoridad constituida, triunfa en un semicombate sin importancia táctica pero de gran valor estratégico, pues entrega a la facción unitaria el manejo de la provincia, llave para el dominio del Interior.

Así acaban los nueve años de Gobierno de Bustos. Ha concluido el ciclo “bustista”. Llega entonces la hora de apelar al aliado ya transformado en socio mayor y, con ese objetivo, el caudillo derrotado toma el camino de La Rioja, en busca del apoyo de Facundo. Tristes horas son las que desde entonces aguardan a Bustos, embretado entre la usurpación de Paz y la arbitrariedad de Quiroga, que pasa a manejar la situación. Así hasta La Tablada.

En los dos días de encarnizado combate, donde poco cuartel hubo, nuestro personaje, pese a su edad (50 años), grado y rango, pelea al frente de sus milicias cordobesas y sale del combate con tres heridas (en los brazos, en las piernas y en la cabeza), debiendo escapar solo -¡General sin un soldado!- para salvar la vida.

Galopa hacia el oeste, bordeando el río durante la noche. Estando cerca del “Molino de las Huérfanas”, le sorprende una patrulla enemiga que viene batiendo esos lugares. En ese paraje, la barranca del río se alza a bastante altura, cortándose verticalmente sin ofrecer ningún paso de descenso. Sirva como brochazo de este episodio que cierra la vida pública de Bustos, la emotiva narración que hace Ramón J. Cárcano:

La partida rodeó inmediatamente al jefe desconocido que encontraba a su paso; el oficial que la mandaba le intimó rendición y todos tomaron una actitud ‘preventiva’.
Pretendió defenderse, pero su brazo no pudo levantar el arma ofensiva y, entonces, en ese terrible momento, estando cubierta su fuga en la llanura por una desesperada inspiración de valor impotente, dio vuelta a su caballo, le cubrió la cabeza con el poncho, clavóle las espuelas en los ijares y el noble animal se lanza a la carrera y desaparece al borde de la barranca profunda.
La débil resistencia que opuso la poca profundidad del agua, fracturó horriblemente el caballo al chocar en el lecho del río y, sobre la cabeza de la montura, el general Bustos recibió un fuerte golpe en el pecho impulsado por la velocidad adquirida en la caída.
Haciendo extraordinarios esfuerzos salió a la ribera, caminó trabajosamente para llegar a la quinta que hasta ahora lleva su nombre; hízose en ella la primera cura y huyó después al Litoral”.

Semanas después de La Tablada, entra Bustos en la Ciudad de Santa Fe arrastrado en una carretilla. Allí le recibe -con su amistosa lealtad- Estanislao López, prodigándole alojamiento y cuidados médicos. Las contusiones del pecho se complican produciendo una grave afección, que agrega su angustia al ya amargo trance de la derrota.

Ya está en su agonía política. Desde Julio de 1830 intenta, pese a todo, iniciar operaciones contra Paz, aprovechando que toda la campaña se halla insurreccionada a su favor. En esos planes tiene la ayuda de López, ya desengañado de toda perspectiva de acuerdo con Paz, a quien ha descubierto en su doble juego de ofrecer alianzas mientras prepara el derrocamiento de los mismos Gobiernos del Litoral con quienes coquetea.

A mediados de año, la enfermedad do Bustos empeora, transformándose en mortal. Sólo la compañía de su esposa, doña Juliana, y de los amigos, mitiga en algo los duros momentos. Fallece en la capital santafesina el 19 de Septiembre.

Facundo, solidario por sobre diferencias y temperamentos, va a visitarle y no llega a tiempo de verlo vivo.

Bustos es enterrado en el Cementerio de Santo Domingo, en ceremonia mayor y cantada, recibiendo -antes de expirar- todos los Sacramentos de manos de don José de Amenábar.

Cuando años después sus descendientes trataron de trasladar sus restos a Córdoba, se encontraron con que un incendio había destruido la necrópolis y los archivos haciendo imposible la ubicación. Así es como Bustos, el cordobés que no olvidó a San Martin, el federal provinciano, no tiene tumba.

Con su muerte termina una etapa del federalismo y del país, a la que sigue otra en la que la figura de Juan Manuel de Rosas opera como eje central.

Quizás exprese mejor cómo sintieron los argentinos de entonces la presencia de Bustos, esta cuarteta de estilo popular, con la que se ilustró, junto al retrato del caudillo cordobés, el mes de Septiembre en el “Almanaque para el Año Bisiesto de 1836”, impreso en Buenos Aires:

Mientras gobernó mantuvo
paz, orden, felicidad;
desde que faltó no hubo
gusto ni tranquilidad”.

- De la penumbra a la historia

Dos conceptos distintos han regido el pensamiento argentino acerca del contenido de la palabra “caudillo”. Uno de ellos, derivado de las ideas de ordenamiento político centralizado y aristocratizante, recibidas por el mundo español a través de la dinastía francesa de los Borbones, califica con aquel término al jefe popular, dándole un sentido de personalismo y barbarie.

El otro concepto, nacido en la experiencia del pueblo español durante las seculares gestas por la consolidación de su nacionalidad, en pugna con los conquistadores musulmanes, llama también “caudillo” al conductor de masas, pero subrayando su carácter representativo de mayorías.

Ambas ideas se “gastaron” en las luchas de facciones políticas y, manoseadas por los sectarismos, derivaron en dos grandes prejuicios con sus correspondientes “mitologías”:

a.- Los caudillos son mandones, brutales y tiránicos que, sirviendo sus propios intereses y los de sus partidarios, retardan la civilización del país, implantando una anarquía feudal y reaccionaria;
b.- Los caudillos son personajes heroicos, perfectos en su gobierno y en su justicia, representantes de todas las reivindicaciones y victimas de toda persecución.

Estos “mitos” han borroneado el problema, transformándolo en caricatura. El resultado ha sido frecuentemente una ausencia de critica constructiva y un exceso de tironeo panfletario.

Al no hacer comprensión y balance de “lo positivo” y “lo negativo” de los caudillos, se los deshumanizó, creando -como observara Juan Agustín García- “dioses y diablos falsos que ni interesan ni asustan”.

Juan Bautista Bustos es una de las víctimas de estos errores. Su figura ha merecido las más variadas calificaciones: “tipo bastardo” para Mitre; comparable a Alejandro Magno para sus partidarios; “caudillejo” y “desbocado” para González Arrili; pleno de “heroismos” según “La Voz del Interior”; “cacique sangriento” para Vicente Fidel López.

Como consecuencia, todo este juego de insultos y ditirambos, sólo consigue mantener a Bustos en una penumbra absurda.

Por feliz contrapartida, el rescate de la verdad histórica ha ido fortaleciéndose. Recogiendo las advertencias de maestros y precursores, se ha logrado dar expresión nueva a lo que hace ya años, Sigfrido A. Radaelli proponía: “Adoptar los últimos datos de las investigaciones pero, sobre todo, se impone humanizar los hechos y los hombres”.

El Gobierno de Bustos en Córdoba, sin llegar a ser ejemplar, no es tampoco la suma de calamidades que una errada historiografía ha predicado por mucho tiempo. Llevado por la conciencia de los problemas nacionales, aspiró al poder como todo hombre público y batalló por la realización de un programa de cambio que sacara a los argentinos de la crisis en que se debatían desde 1811.

Ese programa, lanzado desde Córdoba al país, tenía como postulados: el cese de las luchas civiles; la unión nacional basada en una Constitución federal, mediante la integración de grupos regionales autónomos; un Estado Nacional como fuerza de coherencia; Independencia de América, desalojando a los realistas del Perú; protección al crecimiento económico y atención a la gente humilde.

Podría decirse que la experiencia del “bustismo” -entre 1820 y 1829- es un intento de hacer compatibles los distintos sectores componentes de la realidad rioplalense. De allí quizás ese tono de diplomacia “pastelera” que algunos han encontrado en la política de Bustos. Esos sectores, en exceso dispares, no disminuyen su recíproco tironeo y acaban por derrumbar los planes de organización, de los cuales Bustos sin duda esperaba la federalización de Córdoba como capital del país y su elección para la presidencia.

Sin embargo, es principalmente la acción de Bustos la que logra frenar a las fuerzas desintegradoras, sosteniendo una cierta combinación entre federalismo y unitarismo, que a la postre sería la línea de fuerza resultante sobre la que Argentina habría de encarrilarse.

Por otra parte, como caudillo, supo Bustos auscultar la corriente de opinión de su provincia, orientando esa masa de pensamiento, sin contrariarla, hacia formas políticas que la misma masa constituía inconscientemente quizás, de acuerdo a dos sentimientos principales: la República como Gobierno General; y el federalismo como aplicación local de ese mismo Gobierno.

La vinculación con los sectores sociales gobernantes y el “estatus” de oficial del Poder Central rioplatense, aportan a su caudillismo elementos básicos tradicionales. Del consenso de las comunidades provincianas y populares, recibe la fuerza electiva consciente de quienes le designan jefe.

La dinámica de “arrastre” de su personalidad le permite dotar con caracteres carismáticos de simpatía ciudadana y de tono paternalista, a su ascendiente entre el pueblo. Sobre tales fundamentos se asienta el mando de Bustos, que oscila según las circunstancias entre el régimen constitucional y la dictadura, pero siempre como fuerza al servicio de la construcción nacional, a su integración, a la creación de una Nación.

Quienes después de tratar personalmente a Bustos han dejado referencias de ese contacto, coinciden en calificar su carácter como sociable, diplomático y combinado a la vez con un temperamento tranquilo, casi pachorriento. Estos rasgos se encuadran en una conducta personal que, desde 1806 en adelante, merece la amistad de personajes representativos.

Los Informes de Ortiz de Ocampo y de Liniers no retacean elogios. La confianza en el oficial cordobés es compartida en las horas revolucionarias por todos los jefes patriotas. Belgrano, que pone especial interés en el mejoramiento de la infantería, encuentra en Bustos a un gran colaborador en la tarea de reorganizar esa Arma y el Ejército todo.

Samuel Haigh, el viajero y comerciante inglés, es testigo de esa vinculación entre Belgrano y Bustos, cuando les conoce y almuerza con ellos cerca de Fraile Muerto. Allí (según narra el inglés en sus recuerdos de viaje) Bustos le impresiona como “hombre inteligente”.

En cuanto a las interesantes observaciones del capitán Andrews, merecen ser atendidas aunque con cautela, pues el estilo de todo su libro destila lo que hoy llamaríamos “relaciones públicas de empresa”, para el logro de contratos de explotación.

A Paz, Bustos le parece estúpido y pasivo y su opinión -expuesta en esas “Memorias” donde realmente no hay figura histórica que le venga bien- es un poco la responsable de la “leyenda negra” tejida alrededor del caudillo. Hay detrás de los juicios del héroe de Ituzaingó un fondo de competencia personal y de hostilidad.

Es el mismo fondo que le lleva a conspirar y hasta embarcarse -en cierto momento- en una aventura montonera filo-artiguista, después de haber estado junto a Bustos en Arequito y de haber sido nombrado por el Jefe de Estado Mayor.

Esa tendencia de Paz, que el mismo Bustos llamaba “genio aspirante”, parece recién satisfecha después que en 1829 le arrebata a este último el Gobierno de Córdoba.

Facundo Quiroga, por su parte, adopta una actitud soberbia para con Bustos, a quien, si bien reconoce mérito político, desprecia en cambio por su mediocridad militar y falta de empuje. Ese es el sentido de los términos “nulo” y “bajo’’ con que -en carta a La Madrid en 1831- califica al jefe cordobés, asociándolo al santiagueño Ibarra.

Los avatares políticos de esos tiempos, tan llenos de miserias humanas, explican pasiones y enconamientos, tan abundantes entre las personalidades de la época. Haber elegido y asumido una conducta desde Arequito, significó a Bustos el resentimiento de Belgrano -su antiguo maestro- pero, desde otro ángulo también la confianza de San Martín, O’Higgins, Godoy Cruz y muchos otros representantes no precisamente del partido federal.

En lo que a Artigas respecta, resulta necesario señalar que, si bien Bustos se opuso a la hegemonía del partido del oriental sobre las provincias, no por ello dejó de respetar los méritos del mismo, como padre precursor del federalismo.

Aunque firme en su combate contra el avasallamiento de Ramírez y las depredaciones de Carrera, supo el caudillo cordobés incorporar a su política los aportes positivos del artiguismo, dispensando un recuerdo respetuoso a la figura patriarcal de su jefe.

La bandera de Artigas de tres franjas (rosada, blanca y celeste) flameó en la Córdoba de Bustos como símbolo de autonomía, a igual que en Santa Fe.

Juan Zorrilla de San Martín describe una espada que Bustos regalara a Artigas y que se encontraba en el Museo de Montevideo.

Rolando M. Riviere, en su reseña histórica sobre el Gobierno de Bustos, que hace varias décadas fuera premiada en Córdoba, supo concretar una precursora defensa de aquél, señalando las injustas calumnias que pesaban sobre su memoria.

En efecto; muy pocas figuras recibieron calificativos tan denigrantes como los que Bustos ha soportado. Sobrecargado de acusaciones, su imagen se petrificó como chivo emisario de las desgracias nacionales, entre las que el levantamiento de Arequito aparece como pecado original. Todo ello implica una exageración y una injusticia bastante notoria después de un enfoque sereno de los hechos.

Hay sin lugar a dudas, en Bustos, un mediano calibre político y una tendencia al menor esfuerzo. Y pueden también achacársele ambiciones de mando y la ausencia de un espíritu de desprendimiento material, del excepcional carácter de un San Martín o un Belgrano. Pero todos estos rasgos los comparte, en su condición humana, con el grueso de las figuras de nuestro pasado.

Si la historia juzga la mediocridad política o militar y las ambiciones, no por ello debe quedar reducida a ser una simple computadora de “moralina”, de falsas modestias y de genios deslumbrantes.

Después de restar sus facetas negativas, la gestión de Bustos deja un saldo favorable en su bregar por la organización republicana del país y en su Administración pacífica y progresista de nueve años en Córdoba, en la que sólo la obra educacional y de cultura pública le adjudica de por sí, méritos suficientes.

En la galería del federalismo formativo de la Nación, frente a la vitalidad indómita de Facundo, a la fama patriarcal de López y a la capacidad gobernante de Rosas, la imagen de Bustos queda reducida a un segundo plano, sin definirse por ninguna de las peculiaridades de aquellos jefes y participando, en menor grado, de un poco de cada una de ellas. Y quizás sea lo correcto no exigirle a Bustos los brillos de otros y aceptarle en su dimensión propia, modesta pero auténtica.

La Córdoba de Bustos ayuda a mantener vivo el sentimiento republicano y federal de los pueblos; sirve de puente a la concordia interna y a la alianza por la organización constitucional; frena los sectarismos disolventes; incorpora al movimiento popular los aportes doctrinarios valiosos del liberalismo hispánico y europeo; derechos ciudadanos, individuales y de prensa; defiende los intereses económicos nacionales frente a la penetración europea; y propicia un plan general de desarrollo interno, sobre bases regionales.

Y en cuanto al cartel de “salvaje” que la versión unitaria le ha colgado a Bustos como a otros caudillos, queda esfumado ante su política educacional, cultural y de prensa, desplegada desde la dirección de los destinos cordobeses.

Esa política tiene correspondencia en la formación cultural personal del mismo Bustos, que había estudiado en el colegio regenteado por los Padres franciscanos y era poseedor de importantes conocimientos, excelente redacción y caligrafía y coronando todo ello de una magnífica biblioteca sobre historia, geografía y escritos militares, así con su mapoteca correspondiente.

Si a su buen Gobierno se suma el hecho de ser héroe de las Invasiones Inglesas, uno de los Padres de Mayo y oficial de carrera de la joven Nación correspondiente, hay suficientes razones para incorporarlo a la conciencia histórica de los argentinos.

Bustos no tiene tumba, ni tampoco monumento. Y la fatalidad de lo primero puede compensarse con la corrección de lo segundo. Superando toda disputa facciosa, Córdoba le está debiendo a su gobernador la concreción de ese homenaje. Córdoba y todo el país.

Información adicional