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Convenciones de Cañuelas y Barracas

Después de la derrota sufrida en Puente de Márquez (26 de Abril de 1829), Juan Galo Lavalle debió afrontar en Buenos Aires una difícil situación. No conforme con la dirección política del jefe unitario, las figuras más destacadas del partido comenzaron a emigrar.

La ciudad estaba sitiada por Juan Manuel de Rosas y, para reprimir cualquier revuelta, Lavalle ordenó apresar a los dirigentes federales acusados de conspiración(1).

(1) El 6 de Febrero de 1829 había arribado a Buenos Aires -procedente de Inglaterra- el general José de San Martín, con el propósito de retirarse a su chacra de Mendoza. Enterado del trágico fin de Dorrego y de las luchas políticas que agitaban al país, se negó a desembarcar y regresó a Europa en la misma nave. En Montevideo, fue entrevistado por dos delegados de Lavalle quienes le ofrecieron el Gobierno de la provincia y el mando de las tropas, pero el ilustre militar rechazó la propuesta, decidido a no participar en las luchas internas. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. Editorial Troquel, Buenos Aires.

En el mes de Abril de 1829, el Gobierno de Buenos Aires dictó un decreto -de acuerdo con una ley del 10 de Abril de 1821- por el cual los extranjeros debían incorporarse en las milicias; fue creado el batallón “Amigos del Orden” y en sus filas debió ingresar buena cantidad de franceses. Esto motivó una enérgica protesta del cónsul de esa nación quien, al no ser atendido, pidió sus pasaportes.

Debido a la situación creada, una noche del mes de Mayo de 1829, el comodoro francés, vizconde de Venancourt, al frente de sus naves -dos embarcaciones desprendidas del grueso de la flota que se hallaba en Río de Janeiro- atacó a varios buques argentinos surtos en el puerto de Buenos Aires.

Los prisioneros federales, que se hallaban a bordo de un pontón, fueron puestos en libertad.

- Lavalle se inclina por la paz

Mientras estos acontecimientos se desarrollaban, la situación económica y las finanzas fiscales entraban en un estado caótico, enajenando el apoyo de la mayoría al Gobierno unitario.

Lavalle comprendió que la situación militar estaba definida en su contra. Además, comenzaba a hartarse del dogmatismo y de la dirección de los políticos unitarios y no ignoraba el vuelco que había dado la opinión pública, cada vez menos favorable a los decembristas. Pese a sus errores era un patriota y decidió dar el paso hacia la paz con el mismo impulso arrebatado con que había encabezado la insurrección y dispuesto la muerte de su adversario.

La posibilidad de que el general San Martín, su antiguo jefe que había llegado en Febrero a la rada de Buenos Aires, se hiciera cargo del Gobierno, se había disipado. El ilustre General había rechazado el ofrecimiento, hecho separadamente por ambos partidos en pugna, pues no estaba dispuesto a desenvainar su espada contra sus hermanos.

La respuesta de San Martín a Lavalle contenía una apreciación drástica de la situación: los partidos eran irreconciliables y sólo un Gobierno fuerte que exterminara al partido contrario sería capaz de dominar la situación. El no estaba dispuesto a ser instrumento de semejante acción que repugnaba a su temperamento.

Tampoco Lavalle estaba dispuesto a ello o ya había pasado el tiempo en que se había creído capaz de hacerlo. La única solución era la paz. No con López, cuya presencia en territorio porteño no toleraba, sino con Rosas, su ex compañero de la Comisión de Límites, su comprovinciano.

Una gestión de avenimiento realizada por Pueyrredón fracasó. Lavalle propuso que Guido se hiciera cargo del Gobierno exiliándose él por dos años. Tanto Rosas cuanto el Gobierno delegado unitario rechazaron la propuesta.

Gran cantidad de unitarios partieron al exilio como manifestación de protesta contra las gestiones de paz. Mientras tanto, ya habían llegado a Buenos Aires las noticias sobre las victorias obtenidas por el general José María Paz en Córdoba y, entonces, los unitarios -alentados por el éxito- se opusieron a todo acuerdo con Rosas.

López, enterado de la victoria del general Paz contra Bustos en San Roque (22 de Abril de 1829), dejó a Rosas a cargo de la lucha en Buenos Aires y se retiró con santafesinos a defender su provincia. La partida de López ofreció a Lavalle la ocasión esperada.

- Entrevista de Los Tapiales y Pacto de Cañuelas

Una noche el general parte solo de su Campamento de Los Tapiales y se presenta en el de Rosas ante el estupor de todos(2).

(2) ¿Inesperada o de común acuerdo? La reunión de Cañuelas ha sido objetada en nuestros días. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo I, capítulo XX: “¿Estado Federal o Unitario? Hacia la Unidad de Régimen”. Ed. Kapelusz S. A., segunda edición (1975), Buenos Aires.

Ante las insuperables dificultades que debía vencer, Lavalle decidió pactar con Rosas, persuadido de la influencia del último en la campaña y creyendo contar con el apoyo del partido unitario para tal actitud.

En la noche del 16 de Junio de 1829 y desde su Campamento en Los Tapiales (cerca del actual Ramos Mejía), Lavalle partió a caballo acompañado de un ayudante, en dirección a Cañuelas, donde Rosas había establecido su Cuartel General(3).

(3) Cuando el general unitario llegó a destino, los asombrados oficiales de Rosas le manifestaron que su jefe no estaba en el campamento pues había salido a inspeccionar las tropas. Muy cansado, Lavalle se acostó en el catre de su adversario y quedó dormido. Rosas se presentó al amanecer y, entonces, ambos jefes iniciaron una cordial entrevista. Conviene aclarar que las familias de Lavalle y Rosas habían vivido muy unidas años atrás y que la amistad se cortó cuando ambos hombres militaron en distintos partidos políticos. Mucho tiempo después y encontrándose Rosas en Southampton, recordó la entrevista en una carta dirigida a un amigo: “Cuando recibí el mensaje le envié un mate y el aviso de que iba a verle y a tener gran placer de abrazarlo; cuando el general Lavalle me vio, se dirigió a mi con los brazos abiertos”- Carta del 25 de Julio de 1869. Publicada por Adolfo Saldías. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”. // Editorial Troquel, Buenos Aires.

Como diría el general unitario “en la actual lucha no hay sino porteños”; luego, la paz es posible. En aquella decisiva entrevista se establecen las bases de la pacificación.

Pocos días después -en Cañuelas- se ratifica lo acordado en un Pacto (24 de Junio de 1829). La entrevista permitió que el general Lavalle -en representación del Gobierno de la ciudad- y el coronel Rosas, “a nombre del pueblo armado de la campaña”, firmaran un Tratado conocido -históricamente- con el nombre de Convención de Cañuelas.

A través de siete artículos dispusieron el cese de las hostilidades y la inmediata elección de los representantes de la provincia quienes, a su vez, deberían designar el nuevo gobernador de Buenos Aires, a quien Rosas y Lavalle entregarían sus tropas, se reconocían las obligaciones contraídas por el Ejército federal y los grados militares en él establecidos. Nadie sería molestado por sus opiniones políticas anteriores.

Por un Pacto único y secreto, se firmó una cláusula reservada que acordaba que ambos partidos concurrirían a elecciones de representantes con una misma lista de elementos moderados, comprometiéndose a auspiciar la candidatura de Félix de Alzaga, para gobernador; de Vicente López y Planes y Manuel García, en calidad de ministros; además, los diputados serían elegidos en una lista mixta, propuesta por ambos contratantes.

Lavalle, impresionado tal vez por el vaticinio sanmartiniano, proponía a Rosas la extinción de los actuales partidos por vía de la unión y con una dosis pareja de entusiasmo e ingenuidad le escribía: “Marcho firme como una roca hacia la reconciliación de los partidos”.

Su destinatario, hombre de naturaleza totalmente distinta, notablemente práctico y frío en sus especulaciones, le hacía notar las dificultades de apagar las pasiones y le recomendaba actuar con energía y decisión(4).

(4) Carlos Ibarguren. “Juan Manuel de Rosas” (1930), p. 192. Ed. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo I, capítulo XX: “¿Estado Federal o Unitario? Hacia la Unidad de Régimen”. Ed. Kapelusz S. A., segunda edición (1975), Buenos Aires.

Rosas no ignoraba la resistencia violenta de los unitarios más rotundos a las condiciones pactadas, especialmente a la propuesta lista conjunta. Lavalle pronto se encontró en una situación muy difícil, oprimido entre su palabra empeñada y la resistencia de sus partidarios, muchos de los cuales rompieron abiertamente con él.

Rosas, que sabía presionar epistolarmente y era a la vez propenso a las elucubraciones lúgubres, le escribía:

Horroriza mi amigo, el cuadro que presenta nuestra patria si la fe en los Pactos se destruye y la confianza se pierde. Todo será desolación y muerte(5).

(5) Carlos Ibarguren. “Juan Manuel de Rosas” (1930), p. 192. Ed. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo I, capítulo XX: “¿Estado Federal o Unitario? Hacia la Unidad de Régimen”. Ed. Kapelusz S. A., segunda edición (1975), Buenos Aires.

La alarma de Rosas era fundada. Los unitarios decidieron concurrir a las elecciones con listas propias y el 26 de Julio de 1829 el acto eleccionario fue una seguidilla de violencias y fraudes.

Las elecciones para renovar la Junta de Representantes se efectuaron en un ambiente de gran agitación y la lista propiciada en Cañuelas fue derrotada por otra, integrada exclusivamente por unitarios.

Los elementos federales protestaron y se retiraron en masa al campamento de Rosas amenazando la reanudación de la guerra. Lavalle, fiel a su palabra, declaró ilegal la elección y la anuló, con lo que rompió definitivamente con el partido que lo había llevado al poder.

Rosas aprovechó la ocasión para escribirle a un amigo común estas palabras:

... si el general Lavalle se une conmigo ... debe esperar la felicidad de la patria y sin duda la suya acompañada de inmensa gloria. Por el contrario, de los otros, la muerte del país y la suya particular(6).

(6) Adolfo Saldías. “Historia de Rosas”, luego retitulada “Historia de la Confederación Argentina” (1881/1883), tomo I, p. 260. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo I, capítulo XX: “¿Estado Federal o Unitario? Hacia la Unidad de Régimen”. Ed. Kapelusz S. A., segunda edición (1975), Buenos Aires.

- Pacto del 24 de Agosto

El Convenio no había sido respetado. Cuando la lucha civil parecía reanudarse, Lavalle y Rosas se entrevistaron nuevamente, esta vez en la quinta de Piñeiro, sobre la margen derecha del río Barracas.

La situación resultante favorecía ampliamente a Rosas. El general Lavalle insistió en la conciliación y el 24 de Agosto de 1829, tras una nueva entrevista con el jefe federal, se firmó un segundo Pacto por el que se nombraba gobernador provisorio con facultades extraordinarias al general Juan José Viamonte, quien debía hacer cumplir el Pacto de Cañuelas.

Este Pacto, llamado Pacto de Barracas, por el cual fue designado gobernador provisorio de la provincia de Buenos Aires el general Viamonte -hombre prestigioso y apolítico- indicaba que éste debía reunir, a la brevedad, una nueva Junta de Representantes, con diputados elegidos por Rosas y Lavalle.

Viamonte asumió el Gobierno. Lavalle se retiró a su casa hostigado por unitarios y federales y Rosas permaneció en la campaña, aparentemente alejado del Gobierno, cuidando de restablecer la confianza de Estanislao López que se había ofendido por el hecho de que el Pacto de Cañuelas se había realizado sin dársele noticia alguna y preparando la explotación política del aniversario del fusilamiento de Dorrego.

Esta campaña estaba destinada a liquidar definitivamente ante la opinión pública a los unitarios y a Lavalle, a quien pocos meses antes ofreciera su alianza y amistad. Funerales, procesiones cívicas, cantos, crearon el clima que proclamaban víctimas a Dorrego y los suyos y victimarios a sus enemigos.

Ante tal presión, Lavalle pidió su pasaporte para exiliarse. Muchos de sus ex amigos lo habrían precedido. El cálculo de Rosas fue exacto.

- Rosas es elegido gobernador de la provincia

Con la elección de Viamonte se llegó a un Gobierno de transacción y el mandatario interino se dio cuenta que permanecería en el poder hasta que los federales consolidaran sus posiciones. Los enconos políticos, atizados por la guerra en el Interior del país y por el periodismo, eran profundos.

Ante el curso de los sucesos, el partido unitario se desmembraba y el general Lavalle -hostilizado por sus mismos partidarios- optó por renunciar a la Comandancia de caballería y marchó luego a Montevideo.

Por su parte Rosas, desde su estancia Los Cerrillos -en apariencia, alejado de Viamonte- dirigía prácticamente toda la política y hasta contaba con el apoyo de la burguesía porteña.

Viamonte debía instalar una nueva Legislatura y entonces consultó a Rosas, quien se opuso a llamar a elecciones y propició restablecer la Junta de Representantes -que había elegido gobernador a Dorrego- disuelta por los unitarios, después de la sedición del 1 de Diciembre del año anterior. Viamonte aceptó.

El 1 de Diciembre de 1829, aniversario del movimiento sedicioso que derribó a Dorrego, la misma Legislatura -entonces disuelta- se reunió nuevamente. Tomás M. de Anchorena propuso que se nombrase gobernador con facultades extraordinarias; Aguirre, García Valdés y otros se opusieran a esto último, pero su resistencia fue vencida por una gran mayoría.

El 6 de Diciembre de 1829, la Cámara eligió gobernador de la provincia a Juan Manuel de Rosas, concediéndole “las facultades extraordinarias que juzgue necesarias(7)(8).

(7) No era la primera vez que se concedían facultades extraordinarias. El primer antecedente se remonta a 1813, año en que la Asamblea concedió poderes absolutos al segundo Triunvirato.
(8) Las facultades extraordinarias significaba otorgar al gobernador poderes absolutos, lo que motivó debates en el seno de la Asamblea, pero la mayoría aprobó el proyecto, temerosa de un complot unitario y “ante el cúmulo de peligros porque atravesaba el país”. // Todo citado por José Cosmelli Ibáñez. "Historia Argentina". Editorial Troquel, Buenos Aires.

Rosas fue elegido por 32 votos contra uno -de su amigo Terrero- quien lo hizo por Viamonte.

Una semana después se hizo la transmisión del mando en medio de una muchedumbre delirante que festejaba al nuevo mandatario. Los caballos de su carroza fueron desenganchados y un grupo de ciudadanos arrastró el coche.

Un poeta calificaba a Rosas de “astro nunca visto que repente apareció”. La época de Rosas había comenzado.

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