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LA INSURRECCION PORTEÑA SEPTEMBRINA DE 1852

El 11 de Septiembre de 1852 estalló en Buenos Aires un movimiento o golpe de estado, que significó una reacción de la provincia de Buenos Aires contra las condiciones políticas impuestas por el predominio de Justo José de Urquiza después de triunfar en la batalla de Caseros sobre Juan Manuel de Rosas.

La batalla de Caseros había abierto la etapa denominada “Organización Nacional”, en que todas las facciones políticas estaban de acuerdo en la sanción de una Constitución para todo el país. No obstante, las clases dirigentes de Buenos Aires pretendían -en oposición al resto del país- imponer condiciones políticas a las provincias argentinas, de manera tal que se mantuviera la tradicional preeminencia política y económica de la ciudad capital.

El resultado fue la separación -que duraría diez años- entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires. Ambos Estados pregonaban pertenecer a una sola Nación, pero en la práctica se comportaban como Estados separados.

- Antecedentes

Tras el fracaso de las Constituciones de 1819 y de 1826, rechazadas por las provincias del Interior por su tendencia unitaria, el partido federal alcanzó la hegemonía de todos los Gobiernos provinciales, victoria que le costó tres décadas de guerras civiles.

A pesar de la derrota definitiva de las posiciones unitarias y la muerte o el exilio de sus principales figuras, sin embargo, las provincias no pudieron imponer una organización constitucional de tinte federal. Su principal obstáculo estaba en la provincia de Buenos Aires, a pesar de que desde 1827 en adelante, todos sus gobernantes se autodenominaron federales.

Durante la larga dictadura(1) de Juan Manuel de Rosas, desde 1835, éste impuso su criterio de postergar la sanción de una Constitución Nacional hasta que las provincias interiores estuvieran en paz y organizadas interiormente. Por otra parte, esto favorecía la imposición a las provincias de numerosos privilegios a favor de la provincia de Buenos Aires, especialmente el dominio económico a través del monopolio aduanero y la representación de todas en las relaciones exteriores.

(1) El sistema político dirigido por Rosas era una dictadura sui generis ya que, si bien asumió la suma del poder público, mantuvo el funcionamiento de la Legislatura Provincial bonaerense que discutía -aunque con escasas posibilidades de oponer resistencia al gobernador- las acciones del Gobierno. En teoría, Rosas sólo gobernaba la provincia de Buenos Aires y representaba a las demás en las Relaciones Exteriores; no obstante, las guerras intestinas ocurridas durante su Gobierno le permitieron circunscribir fuertemente las posibilidades políticas de los Gobiernos provinciales, cuando no ayudaron a imponer directamente distintos gobernadores. Para un estudio de ambos procesos -desde un punto de vista favorable a Rosas- véase Adolfo Saldías. “Historia de la Confederación Argentina” (1987). Ed. Hyspamérica, Buenos Aires.

Una Alianza de sectores de los dos partidos tradicionales, los unitarios y los federales de Interior, se lanzó a enfrentar a Rosas, organizando el Ejército Grande, dirigido por el gobernador de la provincia de Entre Ríos, Justo José de Urquiza y derrotándolo en la batalla de Caseros.

Todos los grupos vencedores estaban de acuerdo en que el próximo paso era establecer las instituciones nacionales a través de una Constitución pero, a poco de andar, se pudo ver que los unitarios -muchos de cuyos dirigentes habían pasado muchos años en el exilio y regresaron en los meses siguientes a la batalla- pretendían conservar la hegemonía de Buenos Aires.

Durante los primeros días posteriores a la batalla de Caseros, la preeminencia de Justo José de Urquiza fue aceptada por todos. Este nombró gobernador interino a Vicente López y Planes el 4 de Febrero de 1852; durante algunas semanas, una alianza entre unitarios y federales -simbolizada especialmente por la participación en el gabinete del líder unitario, Valentín Alsina- ejerció el Gobierno Provincial porteño.

El 11 de Abril de 1852 Urquiza llamó a elecciones para la Sala de Representantes, que dieron la victoria a los sectores unitarios, que de todos modos votaron gobernador titular al mismo López el 1 de Mayo. Esta elección causó la renuncia de Alsina y del ministro de guerra, Manuel Escalada.

- El movimiento del 11 de Septiembre

Cuatro días después de que el general Justo José de Urquiza se ausentó de Buenos Aires, a principios de Septiembre de 1852, para trabajar en la instalación del Congreso de Santa Fe, la provincia de Buenos Aires producirá el movimiento rebelde del 11 de Septiembre de 1852, designándose gobernador al general Manuel Guillermo Pinto.

Urquiza tenía una tarea mayor entre sus manos que la de domar a Buenos Aires. Por eso, a principios de Septiembre de 1852 se retiró a Santa Fe para preparar el Congreso Constituyente decretando, previamente, una amnistía general(2), delegando el mando de la provincia de Buenos Aires en su ministro, el general José M. Galán. Pero el movimiento porteño estaba en marcha.

(2) Vicente López y Planes había renunciado, nuevamente, en Julio, por lo que Urquiza asumió personalmente el Gobierno de la provincia, lo que afrentó a los porteños. Al retirarse a Santa Fe, delegó el mando en el general Galán. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Tras el alejamiento de Urquiza estallará el movimiento sedicioso del 11 de Septiembre de 1852, al que se ha dado el nombre de “revolución”, siendo los batallones correntinos en Buenos Aires los gestores de la reivindicación de los derechos y libertades del pueblo que se decía oprimido.

A despecho de una tranquilidad superficial en la provincia de Buenos Aires, nunca los planes fueron más activos que en los meses del Invierno de 1852 en la preparación de un levantamiento contra la dominación “foránea” de la provincia.

Mientras la República había quedado nuevamente dividida en dos facciones antagónicas, Salvador María del Carril y Eduardo Lahitte fueron nombrados diputados por Buenos Aires ante el Congreso Constituyente a reunirse en Santa Fe.

En Junio de 1852, las expresiones de descontento contra el Acuerdo de San Nicolás tuvieron alguna resonancia militar. Faltaban la necesaria preparación y fuerza para desencadenar una revuelta cuando Justo José de Urquiza adoptó medidas agresivas el 23 de Junio de 1852 con el fin de dominar la situación.

Pese a los decretos de exilio promulgados contra los dirigentes políticos de los debates de Junio, quedó en pie una fuente opositora potencialmente peligrosa: los caudillos de menor cuantía y los oficiales militares en la provincia de Buenos Aires. Asimismo, en la ciudad quedaron bastantes políticos para reemplazar a los tres o cuatro que eventualmente habían sido exiliados.

En las reuniones de los conspiradores estaba desde luego presente el jefe del partido antigubernista, Valentín Alsina, y miembros de la Legislatura Provincial disuelta tal como Esteves Saguí y Pastor Obligado. Los dirigentes militares de la provincia engrosaron naturalmente las filas del movimiento sedicioso.

Participaban en esos planes personas de carácter tan divergente y opiniones políticas tan contradictorias como los coroneles Emilio Conesa, Manuel Hornos, Hilario Lagos y Pedro Rosas y Belgrano, y el presidente de la Legislatura disuelta, general Manuel Pinto. De resultas de ello reinaba la intranquilidad en la ciudad y la provincia, lo que no dejó de observarse

El Encargado de Negocios británico siguió enviando informes pesimistas al Foreign Office sobre la situación política en Buenos Aires, que se deterioraba rápidamente. El 1 de Septiembre de 1852 escribía: “El partido unitario intenta hacer una revolución contra el general Urquiza durante su ausencia...”(3).

(3) Robert Gore a Malmesbury, 19 de Septiembre de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 169, Nro. 107. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Urquiza, empero, no lo sabía o prefería ignorar tales indicios de intriga.

El 8 de Septiembre de 1852, Urquiza partió de Buenos Aires en medio de ruidosas manifestaciones, acompañado por los diputados al Congreso Constituyente, por funcionarios civiles y militares y por los plenipotenciarios británico y francés, sir Charles Hotham y el chevalier Saint Georges, que acababan de llegar.

Como gobernador interino de Buenos Aires, Urquiza había nombrado durante su ausencia a su ministro de Guerra, el general José Miguel Galán.

- Protagonismo de destacamentos correntinos en la revuelta

La salida de Urquiza y la malhadada elección de Galán proporcionaron a los conspiradores la fórmula que iba a conducirlos al éxito. El nombramiento de Galán excitó el celo de los generales Juan Madariaga y José María Pirán, ambos comandantes de los destacamentos correntinos en las afueras de la ciudad, los que ofrecieron sus servicios a los conspiradores.

El jefe civil del movimiento fue Valentín Alsina, quien contó con la adhesión de los generales José María Pirán -designado jefe militar- y Juan Madariaga(4).

(4) La insurrección fue preparada en el seno de la Logia Juan-Juan, presidida por Estévez Seguí, cuyos integrantes efectuaban reuniones secretas de carácter político. Uno de los miembros, Federico Miró, se trasladó a Montevideo y regresó el 9 de Septiembre de 1852 en compañía del coronel Bartolomé Mitre, uno de los más destacados dirigentes sediciosos. // Citado por José Cosmelli Ibáñez. “Historia Argentina”, Buenos Aires. Ed. Editorial Troquel.

Se fijó el momento de la asonada para las primeras horas de la mañana del Domingo 11 de Septiembre de 1852. En la reunión final de los colaboradores militares -que se celebró la víspera de ese día a las diez de la noche- se eligió al oficial más antiguo, el general Pirán, como Jefe del movimiento.

En la noche del 10 y en la madrugada del 11 de Septiembre de 1852 se sublevaron Madariaga, Hornos, Tejerina y otros -dirigidos por general Pirán- que restableció la Legislatura disuelta y entregó el mando Ejecutivo de la provincia al general Manuel Pinto.

Mucho antes del alba las tropas regulares ocuparon la Plaza Mayor de Buenos Aires y varios destacamentos patrullaban la ciudad. El general Madariaga, al frente de los regimientos correntinos, ocupó la Plaza de la Victoria, mientras otros Cuerpos porteños emplazaban sus hombres en lugares estratégicos.

En esas circunstancias, Estévez Seguí llegó hasta la torre del Cabildo e hizo sonar repetidas veces la campana para anunciar a la población el movimiento insurreccional. En el Cabildo se echaron las campanas a vuelo para llamar a la Guardia Nacional de la provincia.

Los generales de las fuerzas acampadas en Palermo, Urdinarrain y Virasoro, quedaron detenidos en sus casas de la ciudad; Galán pudo escapar porque en ese momento se hallaba en el Cuartel General del Ejército fuera de Buenos Aires(5).

(5) Estos detalles, tomados de periódicos y archivos privados, vuelven a encontrarse en Carlos Heras. “La Revolución del 11 de Setiembre de 1852”, en: “Historia de la Nación Argentina” (1939-1947), tomo VIII, pp. 77-78. Ed. Ricardo Levene, 2da. edición (diez volúmenes), Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Sorprendido por el movimiento, el general Galán -gobernador delegado- nada pudo hacer para impedirlo y entonces levantó su campamento de Palermo y con tropas entrerrianas marchó hacia San Nicolás para esperar órdenes de Urquiza.

Al amanecer, la sedición había triunfado. No se había disparado un solo tiro y la sedición fue llevada a cabo eficazmente por unidades puramente militares. La mayoría de los batallones de Entre Ríos acampados en Palermo no intervinieron en el levantamiento, pero su relativa inferioridad respecto de las fuerzas que habían tomado parte en la revuelta y su estado de desmoralización obligaron a Galán a retirarse inmediatamente a Santos Lugares, dieciséis kilómetros al oeste de la ciudad.

De acuerdo con los planes previos que se habían hecho con Alsina y otros políticos, la insurrección -que había sido llevada a cabo por los militares- ahora fue dejada en manos de los civiles. Una Nota, que ya había sido redactada, fue enviada por Pirán a Pinto, en la que se le aconsejaba que por ser

“... el vivo deseo del pueblo y del Ejército, que el Sr. Presidente convoque inmediatamente a todos los Honorables Representantes que se dio la provincia y cuya Corporación fue disuelta violentamente el 24 de Junio, para que, vuelta a su centro esta primera base de nuestra legalidad, se reintegren en el ejercicio de sus funciones todas nuestras autoridades constitucionales, a cuyas órdenes se pone desde el momento”(6).

(6) “Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires del año 1852” (1853), p. 179, Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

A las diez de la misma mañana, treinta miembros de la Legislatura se reunieron y, volviendo a repetir lo ocurrido en la Sesión del 23 de Junio de 1852, otorgaron a su presidente, el general Guillermo Pinto, poderes de gobernador provisional de la provincia. Enseguida se nombró un gabinete con Alsina como ministro de Gobierno y Pirán como ministro de Guerra.

"Estos hechos marcan una página tristísima de la historia argentina, que arroja sobre el responsable -el general Juan Madariaga- la nota despectiva de la historia"(7),dice el historiador Hernán Félix Gómez.

(7) El general Juan Madariaga fue un retardado en la obra de la reorganización. Se incorporó al Ejército Aliado de Urquiza y Virasoro casi consecutivamente al cruce del Paraná y no tuvo mando directo de tropa de Corrientes hasta después de Caseros. Mereció del doctor Derqui un concepto que debemos reproducir y que consta en una carta de éste a Pujol, del 18 de Diciembre de 1851, en Archivo de Juan Gregorio Pujol, que fue publicado a principios de la década de 1910 bajo el título de: “Corrientes en la Organización Nacional” (1911), tomo I, p. 221, (diez volúmenes). Editorial Kraft, Buenos Aires Dice así el párrafo:
“Nada me ha dicho usted sobre la llegada de don Juan Madariaga, la que no puede dejar de estar acompañada de alguna cosa graciosa; con esa espada, ya no hay que dudar del triunfo. Me parece que no lo harán Jefe de vanguardia”. La ironía no puede ser más sutil. El recuerdo de Laguna Limpia aún vivía... // Citado por Hernán Félix Gómez. “Vida Pública del Dr. Juan Pujol (Historia de la provincia de Corrientes de Marzo 1843 a Diciembre 1859)” (1920). Ed. por J. Lajouane & Cia.

Al parecer era inevitable que el pueblo aceptase la insurrección, puesto que equivalía a la reafirmación de la autonomía provincial y al alejamiento de la dominación “foránea”. El Encargado de Negocios de Estados Unidos, John Pendleton, que acababa de regresar de Montevideo, escribió:

“La población de la ciudad por lo general parece simpatizar con los insurgentes, pues se quejaban sobre todo de que Urquiza había actuado en varias ocasiones con espíritu arbitrario y despótico y que había favorecido demasiado a los antiguos partidarios de Rosas y los había ofendido especialmente al permitir que se promulgase y al dar su sanción a un decreto que devolvía a Rosas su fortuna privada.
“Pero esa gente no hubiera intentado nada y menos hubiera podido llevarlo a cabo si no fuera por la ayuda de los jefes descontentos”(8).

(8) Pendleton al presidente Millard Fillmore, 11 de Septiembre de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, despacho sin numerar. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

No obstante, los primeros días de la sedición porteña de Septiembre de 1852 fueron confusos y turbulentos. Muchas fuerzas distintas se habían concertado para hacerla posible. Muchas fuerzas desconocidas iban a revelarse en el futuro.

“Qué sucederá en el futuro es dificil adivinarlo, por cuanto este asunto sorprende de tal manera a todos los que no estuvieron en la conspiración y es tan reciente que es imposible formarse un juicio sobre sus ramificaciones o sobre los recursos de los que están complicados en él”(9).

(9) Pendleton al presidente Millard Fillmore, 11 de Septiembre de 1852. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 9, despacho sin numerar. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Las fuerzas bajo el mando de Galán, que se hubieran opuesto posiblemente al movimiento, abandonaron su punto de observación en Santos Lugares y marcharon rápidamente hacia el norte rumbo a la frontera de Santa Fe. La deserción y la desmoralización amenazaban con disolver este Ejército al que perseguían -aunque a prudente distancia- las unidades de Buenos Aires.

La actitud que adoptarán los caudillos rurales de la provincia de Buenos Aires y el mismo Urquiza sería mucho más significativa para el resultado del levantamiento. Se despacharon inmediatamente órdenes a todos los Jueces de Paz y a los Comandantes Militares de obedecer en adelante sólo la autoridad del gobernador Pinto y de la Legislatura.

Si bien la participación de Manuel Hornos, Hilario Lagos y Pedro Rosas y Belgrano en la insurrección había logrado un considerable apoyo en los medios rurales, la posición del general José María Flores y del coronel Ramón Bustos -situados respectivamente en el norte y el sur de la provincia- era decisiva.

En la noche del 12 de Septiembre de 1852, Urquiza y su numeroso séquito llegaron a la Ciudad de Santa Fe. Al día siguiente, las noticias del levantamiento en Buenos Aires se cruzaron con ellos.

El relato de lo acontecido hizo creer a Urquiza que Galán seguía aún acampando en las afueras de la Ciudad de Buenos Aires con una fuerza leal y efectiva, con el apoyo de gran parte de las autoridades rurales y con la posibilidad de contar con las fuerzas de Flores y Bustos; en otras palabras, que la sedición se había limitado a la ciudad.

En tal situación, Urquiza movióse con la misma agresividad y decisión que lo había caracterizado durante la crisis de Junio. Su ministro de Relaciones Exteriores escribió desde Santa Fe el 16 de Septiembre:

“S. E. el Sr Director en la noche del 13 dio sus órdenes al Gobierno de esta provincia y al de Entre Ríos para que inmediatamente pusiesen su fuerza militar en estado de marcha, fijando el Rosario como punto de reunión.
“Ayer, a las 11 de la mañana, marchó el mismo Sr. Director con su escolta en dos vapores para el Rosario y hoy o mañana emprenderá sus marchas sobre Buenos Aires donde se propone estar el 25 del corriente con un Ejercito de dieciséis mil hombres”(10).

(10) Luis José de la Peña a Santiago Derqui, 16 de Septiembre de 1852. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La manera en que Urquiza juzgaba la situación cambió radicalmente cuando llegó a San Nicolás el 17 de Septiembre de 1852. Galán estaba en plena retirada con un contingente desorganizado y desanimado de dos mil quinientos hombres. La gran mayoría de las autoridades provinciales locales había dado su apoyo a la insurrección y, lo que era más decisivo, José María Flores, Comandante del Norte; Ramón Bustos; y el coronel Juan Francisco Olmos, Comandante del Sur, habían prometido su adhesión a la revuelta.

Varios años después, Urquiza explicaba los motivos que lo habían obligado a cambiar de parecer, en estos términos:

“Marchaba con poderosas fuerzas a sofocarla, con el Ejército que se retiraba de Buenos Aires, con fuerzas de los jefes de la misma provincia en campaña cuyos chasques -ofreciéndome su cooperación- tenía en mi campamento, con el Ejército de Santa Fe y Entre Ríos, con suficientes fuerzas marchaba, frescos aún los recuerdos de Caseros, juzgando esa revolución el amotinamiento de un círculo, de una facción.
“Cuando aproximándome, me apercibí de que el pueblo de Buenos Aires aceptaba el movimiento y lo hacía suyo, suspendí la marcha y declaré que dejaba al pueblo de Buenos Aires libre en el ejercicio de sus derechos y de buscar los medios de adherirse a la nacionalidad en la forma que sus Representantes legítimos lo encontrasen conveniente”(11).

(11) Urquiza a Nicolás Antonio Calvo, 6 de Marzo de 1858. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

En efecto, el éxito militar de la insurrección de Septiembre de 1852 estaba asegurado por la aceptación casi universal del movimiento por todos los sectores políticos de la provincia. El movimiento, que por cierto no había surgido del pueblo sino que había sido planeada y llevada a cabo por las tropas regulares, obtuvo entonces un amplio apoyo popular. Sin embargo, el único factor capaz de seguir uniendo a esos segmentos tan divergentes, es decir, la oposición a Urquiza, desapareció el 20 de Septiembre de 1852 al embarcarse Urquiza con sus fuerzas para Entre Ríos.

Había dirigido un Comunicado a las autoridades de Buenos Aires y enviado un emisario personal al general Manuel Guillermo Pinto anunciando su decisión de dejar la provincia “... en el pleno goce de sus derechos”(12).

(12) Gore a Malmesbury, 22 de Septiembre de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 169, Nro. 112. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Durante unas pocas semanas, los muchos y diversos elementos que se habían unido en la escena de Buenos Aires en apoyo de la revuelta porteña de Septiembre de 1852 parecieron cooperar armoniosamente. La naturaleza humana no tardó en dar fin a esta unidad. Algunos habían adherido al movimiento en busca de ganancias materiales; muchos tenían la esperanza de mejorar su posición por un giro de la rueda política; otros pensaban que la insurrección favorecería los intereses de la provincia.

Algunos creían que Buenos Aires debía tener una parte activa en reemplazar a Urquiza en la organización de la Nación; otros pensaban que la independencia y una autonomía completa de un Gobierno Central sería la medida más sabia; había aún otros que deseaban participar en el proyectado Congreso en Santa Fe. Los motivos y los objetivos de los que habían participado en la insurrección representaban todos los matices políticos en la provincia.

Por el momento, el impulso que había recibido el partido antigubernista en los debates de Junio de 1852 llevó a Alsina y a sus seguidores a la cúspide de la ola política. El abrazo simbólico de Alsina con Lorenzo Torres -un figurón del régimen de Juan Manuel de Rosas, dado en un banquete político el 18 de Septiembre de 1852- fue uno de los esfuerzos más dramáticos que se realizaron para unificar la opinión pública.

“El Nacional” y “El Progreso” proclamaban que la unidad y la fusión eran las primeras necesidades de la hora. En un esfuerzo por afianzar la lealtad, los militares que habían participado en la sedición -particularmente los comandantes- fueron recompensados con distintas sumas por la Legislatura(13).

(13) Carlos Heras. “La Revolución del 11 de Setiembre de 1852”, en: “Historia de la Nación Argentina” (1939-1947), tomo VIII, p. 84. Ed. Ricardo Levene, 2da. edición (diez volúmenes), Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Para asegurar la lealtad un tanto inestable de esos elementos militares, el Gobierno proyectaba formar milicias de ciudadanos. Cuando Mitre, el héroe popular de los debates de Junio, regresó del exilio el 14 de Septiembre, se abocó a la tarea inmediata de activar y de dirigir la Guardia Nacional de la provincia.

Pero pronto aparecieron desgarraduras en esta unidad. El 24 de Septiembre de 1852, el Jefe de Policía notificó a diez prominentes figuras civiles y militares que tenían un plazo de veinticuatro horas para abandonar la provincia; por lo menos dos de estas personas -los coroneles Lagos y Bustos- habían sido personajes decisivos en la insurrección de Septiembre(14).

(14) Gore a Malmesbury, 26 de Septiembre de 1852. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 169, Nro. 117. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Tan pronto como se tuvo la seguridad de que el pueblo había aceptado el movimiento de Septiembre y que Urquiza se retiraba de la escena, la actitud que Buenos Aires asumiría hacia las provincias se volvió de la más extrema importancia.

Una clara definición de la dirección que se proponía seguir el Gobierno Provisional de Pinto se vio en el “Manifiesto de la Legislatura” del 19 de Septiembre de 1852, que fue enviado a los Gobiernos del Interior.

Esta Proclama -escrita por Mitre- defendía la base de la insurrección de Septiembre, resumía las quejas contra Urquiza y terminaba con un vibrante llamamiento a emprender la organización de un Gobierno Nacional:

“Reinstalada en el goce de su soberanía provincial y revindicados sus derechos conculcados, la provincia de Buenos Aires se ha puesto de pie, con espada en mano, dispuesta a repeler toda agresión, a sostener todo movimiento en favor de la libertad, a combatir toda tiranía, a aceptar toda cooperación y a concurrir con todas sus fuerzas -después del triunfo- a la grande obra de la Organización Nacional”(15).

(15) Periódico “El Nacional”, del 21 de Septiembre de 1852. El que lo haya escrito Mitre lo señala él mismo a Uladislao Frías, Noviembre de 1852. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo XIV, pp. 104-107, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Esta afirmación notoriamente agresiva del intento de nacionalizar la insurrección de Septiembre de 1852 y de desplazar a Urquiza y su plan de Organización Nacional, se vio reforzada por una acción legislativa inmediata: la Cámara anunció que no iba a reconocer ninguna disposición del Congreso Constituyente de Santa Fe y ordenó a los diputados provinciales, Salvador M. del Carril y Eduardo Lahitte, como también a otras personas de Buenos Aires, que se retirasen inmediatamente del Gobierno.

En la siguiente Sesión se revocó la autoridad otorgada a Urquiza -que le facultaba para representar la provincia en asuntos extranjeros- y se confirieron poderes al Gobierno Provincial para que administrara sus propias relaciones con las potencias extranjeras(16).

(16) “Asambleas Constituyentes Argentinas seguidas de los textos ... que Organizaron Políticamente la Nación” (1937-1939), tomo IV, pp. 401-402. Ed. Emilio Ravignani, seis volúmenes, Buenos Aires, únicamente incluye las Sesiones del 19 y 20 de Septiembre de 1852. Para las Sesiones del 21 y 22 de Septiembre de 1852. “Diario de Sesiones de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires del año 1852” (1864), pp. 124-131, Buenos Aires. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Hasta aquí, estos actos representaban únicamente la anulación de la autoridad de Urquiza que había surgido del Acuerdo de San Nicolás y que, desde luego, no había sido reconocida por los legisladores.

Si, no obstante, Buenos Aires iba a “sostener todo movimiento en favor de la libertad” o favorecer un entendimiento con las provincias era necesario hacer desaparecer la desconfianza que las provincias sentían por Buenos Aires. Particularmente, era esencial disipar la convicción de que Buenos Aires quería monopolizar todo el comercio de la Argentina. Por consiguiente, la Legislatura prestó atención a este asunto a principios de Octubre de 1852.

La Cámara no tardó en aceptar una medida defendida por el Gobierno y que declaraba la libre navegación del río Paraná para los barcos de todas las naciones(17).

(17) “Diario de Sesiones de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires del año 1852” (1864), pp. 157 y sigts., Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Una ley que ocasionó mucho más discusiones fue la que disponía el libre tránsito y el depósito libre de las mercancías en Buenos Aires, porque tal medida parecía amenazar el asfixiante control porteño sobre la renta nacional. El liberalismo económico de hombres como Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sársfield y Valentín Alsina, y la necesidad de un dramático término de la privilegiada posición de Buenos Aires para convencer a las provincias de la buena fe porteña, llevó finalmente a la promulgación de esta ley a mediados de Noviembre de 1852.

Los acontecimientos posteriores anularon el efecto de estas medidas liberales. Por cierto, la dominación porteña sobre el comercio argentino y el monopolio de las rentas de la Aduana argentina no corrían peligro con tales proyectos. Pasarían muchos años antes que las casas de comercio pudieran construirse fuera de Buenos Aires y antes que la libre navegación de los ríos del Interior y el libre tránsito o depósito de las mercancías tuviesen algún sentido.

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