El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

El proyecto de Alberdi

- Segunda edición de “Bases”

El libro de Alberdi fue la palabra precisa en el tiempo oportuno. Logró un éxito de librería y de crítica no alcanzado por otra publicación política en el Plata. Fue el best seller de 1852: dos ediciones en Valparaíso, otra en Buenos Aires, transcripción en folletines, etc., en un solo año.

La primera edición había salido apresuradamente en Mayo “para alcanzar al tiempo en su carrera”(1).

(1) Prefacio a la tercera edición (de Besançon). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Por el angustioso plazo, de menos de tres meses, entre la llegada a Valparaíso de la noticia de Caseros y la fecha de la primera edición -descartando el tiempo imprescindible de impresión y tirada- deduce Groussac que la obra genial debió escribirse en menos de veinte días(2).

(2) Paul Groussac. “Las Bases de Alberdi y el Desarrollo Constitucional”, en “Estudios de Historia Argentina”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Hace notar Ricardo Rojas que si bien “Alberdi improvisó la redacción en pocos días, tratábase de ideas maduradas en veinte años de meditación”(3).

(3) “Introducción a la edición de Bases (que llama “Las Bases”) de la Biblioteca Argentina” (1915), p. 13. Ed. La Facultad, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Es fundamentalmente cierto: Alberdi había escrito en ese orden de ideas durante quince años -desde 1838- y muchos capítulos de su libro, como lo confiesa, son artículos de periódicos levemente aderezados(4).

(4) Lo confiesa en las “Cartas Quillotanas”. En el orden extranjerizante había escrito:
1.- En 1838-1841: campaña antiargentina (la calificación la dice el mismo Alberdi) de “El Nacional” de Montevideo.
2.- En 1845: acción de Europa en América, publicado en Chile.
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero también había meditado, escrito y hablado en el orden diametralmente opuesto y hallábase igualmente provisto de argumentos contrarios para escribir unas “Bases” distintas si Rosas hubiera ganado en Caseros(5).

(5) “Tesis Nacionalistas” sostuvo en:
1.- 1837: “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”. A propósito de este libro, Sarmiento le dirá en las “Ciento y Una”: “Donoso papel harían sus doctrinas constitucionales de la época (de “Fragmento”) al frente de su proyecto constitucional de ahora” (1852).
2.- 1847: “La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo”. Según Sarmiento, en la agria polémica, esta publicación significaba “darle armas a Rosas, adularlo, enaltecerlo”.
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- El proyecto de Constitución

La primera edición (de dos mil ejemplares) se agotó en Junio; en Agosto salía la segunda con comentarios a las Constituciones oriental, paraguaya y de California y, sobre todo, con un proyecto de Constitución destinado al Congreso de Santa Fe.

Juan María Gutiérrez le había escrito que “poco se ganaba con disquisiciones en el aire” y sugerido que completara su segunda edición con un proyecto viable donde estuvieran articuladas sus ideas y facilitara el trabajo que habría de hacerse en Santa Fe(6).

(6) M. Pelliza. “Historia de la Organización Nacional” (1897), p. 67, Buenos Aires. Pelliza incurre en un error al afirmar -por referencias de Gutiérrez- que éste escribió a Alberdi desde Santa Fe sugiriéndole un proyecto de Constitución. El proyecto fue escrito e impreso en Julio y Gutiérrez llegó a Santa Fe a mediados de Septiembre; la carta de Gutiérrez debió producirse inmediatamente de recibir la primera edición de “Bases”, a fines de Mayo de 1852. No estaba en Santa Fe ni sabía que iba a ser constituyente.
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

De ser exacto que Alberdi redactó su proyecto por sugerencia de Gutiérrez, debió confeccionarlo con gran apuro. La carta de Juan María tuvo que llegarle a fines de Mayo o principios de Junio, y en Julio ya estaba la edición compuesta; posiblemente habría que contar en horas el tiempo que tuvo Alberdi para redactar su Constitución.

Pero las cosas apremiaban, porque Urquiza quería reunir el Congreso en Agosto y no había de perder un minuto.

El especialista en filosofía política entre los jóvenes mayos de 1838 se hacía presente en Santa Fe con algo más eficaz que un acta de “representante del pueblo” lograda previo el consabido “he dispuesto que sea elegido” de Urquiza. Pero no tuvo tiempo material para hacer una obra meditada.

En la primera edición se había opuesto a las Constituciones importadas, más la premura del Libertador para acabar cuánto antes lo obligaba a no detenerse mucho en fabricar un texto “derivado de la ley que preside el desarrollo de la civilización y del Tratado Litoral de 1831”.

Optó por arreglarse con la Constitución de los Estados Unidos como “base y punto de partida”; le agregó algunas cosas que le quedaron de sus lecturas de Lastarria y de la Constitución vigente en Chile, y media docena de artículos donde traducía el “gobernar es poblar” con la preeminencia de los extranjeros sobre los nacionales. El todo lo despachó con urgencia rumbo a Santa Fe(7).

(7) En Septiembre se encontraba a la venta; ese mismo mes Gutiérrez empezaba su publicación -a modo de folletín- en algunos periódicos entrerrianos. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Manuel García de Sena

Alberdi, que no sabía inglés(8), tomó el texto de la Constitución Federal de Estados Unidos en la mala, pésima, traducción de Manuel García de Sena, militar venezolano que tradujo en 1811 a Payne y, a modo de apéndice, había añadido -entre otros documentos- la Constitución Federal traducida a su buen saber y entender.

(8) En cartas de Londres de 1856 confiesa “estar aprendiéndolo”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ni sus conocimientos de inglés ni su versación jurídica lo capacitaban, como él confiesa, para una versión aproximadamente correcta. Pero solamente se proponía “dar una idea”(9).

(9) Carlos A. Aldao. “Errores de la Constitución Nacional” (1928), Buenos Aires, fue el primero en advertir que Alberdi había empleado la traducción de García de Sena. En realidad todas las traducciones que circulaban hasta 1852, al menos que conozca, eran copias del texto de García de Sena.
El libro de éste se titula “La Independencia de Tierra Firme Justificada por Tomás Paine Treinta Años Ha” (1811), Filadelfia. Contiene el extracto de algunos escritos de Paine, la Declaración de la Independencia, los Artículos de la Confederación, Constitución de los EE.UU. y algunas Constituciones locales. Al año siguiente, García de Sena publicó una “Historia concisa de los Estados Unidos” (1812), Filadelfia. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

No obstante sus modestos orígenes, la versión de García de Sena perseveró, subrepticiamente, como la traducción por excelencia del texto norteamericano. De su libro sobre Payne no se acordó nadie, pero muchos reeditarían posteriormente su “idea” de la Carta Federal como si fuera la palabra misma de los congresales de Filadelfia.

En 1837 se publicaba en París “La Democracia en América” de (Alexis de) Tocqueville traducida al español por Antonio Sánchez de Bustamante, que incluía la versión constitucional de García de Sena; en 1848 se publicaba -en Nueva York- un folleto de 30 páginas con “La Declaración de la Independencia” y la “Constitución Federal” de García de Sena, sin confesar su origen.

Alberdi tomó a García de Sena como si fuera el Evangelio mismo de Filadelfia; el Derecho Público norteamericano llegaba hasta nosotros por la apurada adaptación de uno que no sabía inglés, de lo traducido a la ligera por otro que apenas si lo sabía a medias.

La agradecida posteridad dio a las equivocaciones la jerarquía de rasgos originales de los constituyentes de Santa Fe o de su mentor de Valparaíso y fueron -y son- pruebas irrefutables de su “argentinidad”.

- Semillero de pleitos

Un análisis de los errores de ligereza de Alberdi y defectos de traducción de García de Sena llevaría a escribir una obra en varios tomos de Derecho Constitucional argentino. Como muestra daré solamente dos ejemplos: la competencia de los Tribunales federales y el fomento de la inmigración.

La mayor parte de los pleitos que tiene la Corte Suprema son controversias “entre una provincia y los vecinos de otra”, debido a que el artículo 95 (100 de la numeración de 1860; 94 de la de 1853) da jurisdicción originaria al Alto Tribunal en estos casos. La disposición constitucional tiene una historia curiosa:

Hasta 1798 (es decir, en los primeros diez años de su vigencia) rigió en los EE.UU. la cláusula III, 2, 1 de su Constitución que decía:

“The judicial power shall extend ... to controversies ... between a State and citizens of another State, between, citizens of differents States, between citizens of the same State claiming lands under grants of differents States, and between a State, or the citizens thereof, and foreign states citizens or subjects”, (El Poder Judicial -federal- abarcará ... los pleitos ... entre un Estado y los ciudadanos de otro Estado, entre ciudadanos de distintos Estados, entre ciudadanos del mismo Estado que reclamen tierras concedidas por otros Estados, y entre un Estado, o los ciudadanos de éste, y ciudadanos o súbditos de Estados extranjeros)
“El Poder Judicial se extenderá ... de controversias ... entre un Estado y los ciudadanos de otro, entre los ciudadanos de diferentes Estados, entre los de uno mismo, pretensiones de tierras bajo concesiones de diferentes Estados, y entre un Estado y los ciudadanos de él, y Estados extranjeros, ciudadanos o súbditos”.

Además del grave error de traducir la conjunción or -o- por y (y crear, por lo tanto, la competencia federal “entre un Estado y los ciudadanos de él”) la versión es un galimatías indescifrable.

Tenía poca importancia, porque la cláusula, debido al semillero de pleitos que provocó la amplitud del fuero federal, había sido modificada en 1798 por la Enmienda XI.

Esta, correctamente traducida, dice así:

“El Poder Judicial de los Estados Unidos no podrá interpretarse como extensivo a cualquier pleito, por ley o equidad, iniciado o proseguido contra uno de los Estados Unidos, por ciudadanos de otro Estado, o por ciudadanos o súbditos de cualquier Estado extranjero”.

La premura de Alberdi no le hizo advertir que la cláusula originaria (III, 2, 1) había sido enmendada. No leyó las enmiendas, tal vez por creerlas bill of rights.

Pero solamente las diez primeras son un bill of rights; la XI era, precisamente, la reforma de la cláusula III, 2, 1. Tomó, pues, de García de Sena una disposición que hacía más de medio siglo no estaba en vigencia y con la sustitución de ciudadanos por vecinos en su afán de igualar a los extranjeros con los nacionales y, suprimiendo lo que no entendía ni podía entenderse, la dejó así:

“Conocen igualmente (la Corte Suprema y Tribunales federales) de las causas ocurridas ... entre una provincia y los vecinos de otra; entre los vecinos de diferentes provincias; entre una provincia y sus propios vecinos; entre una provincia y un Estado o ciudadano extranjero” (art. 98).

Casi a la letra la aprobaron los constituyentes de Santa Fe:

“Corresponden a la Corte Suprema y a los demás Tribunales inferiores de la Confederación ... las causas que se susciten ... entre una provincia y los vecinos de otra; entre los vecinos de diferentes provincias; entre una provincia y sus propios vecinos; y entre una provincia y un Estado o ciudadano extranjero” (art. 97).

Al reformarse la Constitución en 1860, se conocían traducciones más correctas de la Carta norteamericana. Por eso Vélez Sársfield -en nombre de la Comisión Reformadora- pudo decir en la Convención de Buenos Aires que los constituyentes de 1853:

“... no respetaron ese texto sagrado (la Constitución de EE.UU.) y una mano ignorante hizo en ella supresiones y alteraciones de grande importancia... La comisión no ha hecho sino restituir el Derecho Constitucional de los Estados Unidos en la parte que se veía alterado”(10).

(10) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 791, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero tampoco advirtieron los reformadores la Enmienda XI. Se limitaron a suprimir el error -originado en García de Sena- de otorgar el fuero federal en los pleitos “entre una provincia y sus propios vecinos”; dejaron los pleitos “entre una provincia y los vecinos de otra”, y también el imposible jurídico de un pleito “entre una provincia o sus vecinos y un Estado extranjero”.

A ninguno de los letrados que integraban la Convención Reformadora (ilustres nombres de Vélez Sársfield, Alsina, De las Carreras, Elizalde), como a ninguno de los no menos ilustres juristas que estuvieron en Santa Fe (Del Carril, Gorostiaga); ni tampoco a los versados profesores de Derecho Constitucional que explicaron durante cien años el texto argentino en la cátedra y en el libro, se les ocurrió que un Tribunal no podía tener imperio sobre un Estado extranjero. Philadelphia dixit y bastaba(11).

(11) Una vez debió pronunciarse la Corte sobre un caso contra un Estado extranjero. En 1915, el Gobierno Nacional había iniciado la reivindicación de unas tierras en Formosa y el ocupante -al contestar la demanda- pidió que se citase por evicción al Paraguay en virtud del artículo 100 de nuestra Constitución. Alegaba -para justificar la evicción- que esas tierras las había donado el mariscal López a madame Lynch y era por cesión de los herederos de ésta que tenía su título. Por supuesto que de acuerdo al principio general de la soberanía, no podía someterse al Paraguay a la autoridad de nuestros Tribunales y de nuestras leyes. Pero la Corte se encontró ante el texto expreso de la Constitución y tuvo que hacer lugar al pedido, con los necesarios miramientos y equilibrios para hacerlo procedente:
“El principio elemental de la ley de las naciones -decía el Procurador General, Dr. Botet- según el cual un Estado soberano no puede ser sometido a la potestad jurisdiccional de los Tribunales de otro, no se opone al comparendo voluntario...”.
Por lo tanto debería seguirse el largo trámite de trasmitir la demanda por intermedio del Ministerio de Relaciones Exteriores al Gobierno del Paraguay, para que éste voluntariamente se presentara en un juicio donde nada tenía que ganar y sí mucho que perder. Hasta la fecha el Paraguay no se ha presentado, y como no puede citarse a un Estado soberano dentro de términos expresos como si fuera un hijo de vecino, el juicio quedó paralizado. Con ese arbitrio constitucional consiguió el poseedor de las tierras detener la acción reivindicatoria del Gobierno argentino. (S.C.N., Fallos, CXXV, 40). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ninguno de los reformadores que vinieron después se atrevió a suprimir ese semillero de pleitos y fuente de ganancias poco claras que es la jurisdicción originaria de la Corte en las causas “de una provincia con los vecinos de otra”. Santa Fe dixit, y también bastaba(12).

(12) El artículo lleva la numeración 95 en la Constitución de 1949. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- De la trata de negros al fomento de la inmigración

La carta de los EE.UU. dice (I, 9,1):

“The migration or importation of such persons as any of the States now existing shall think proper to admit shall not be prohibited by the Congress prior to the year one thousand eight hundred and eight, but a tax or duty may be imposed on such importation, not exceding ten dollars for each person.” (“La migración o importación de aquellas personas, como cualquiera de los Estados hoy existentes considere conveniente admitir, no será prohibida por el Congreso antes del año 1808, pero una tasa o derecho podrá imponerse a aquella importación que no exceda de diez dólares por persona”).

La perífrasis “aquellas personas” era sinónima de esclavos. Los constituyentes de Filadelfia eran esclavistas, pero tenían el pudor de las palabras(13).

(13) “Esta cláusula -comenta Story- según se manifiesta por su lenguaje, es destinada únicamente a reservar a los Estados del Sur, por un tiempo determinado, el derecho a importar esclavos”, en “Breve exposición de la Constitución de los Estados Unidos” (1863), trad. J. M. Cantilo, p. 99, Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

García de Sena, que comprensiblemente ignoraba estas modalidades puritanas, lo tradujo así:

“La inmigración de toda persona, que cualquiera de los Estados de hoy considere de su conveniencia admitir, no podrá prohibirse por el Congreso por lo menos antes de 1808, pero un derecho podrá cobrarse a cada inmigrante que no exceda de 10 dólares”.

El gobernar es poblar de Alberdi le hizo prescindir del plazo de diez años y del impuesto a cobrarse a cada inmigrante:

“La inmigración no podrá ser restringida, ni limitada de ninguna manera, en ninguna circunstancia, ni por pretexto alguno” (art. 33).

Los constitucionalistas de Santa Fe fueron más allá. ¿Cómo eso de no restringir? La oración debería redactarse en activo: fomentar. Y la inmigración tendría que ser “europea”, no fueran a venirse también los chilenos:

“El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, ni limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio de los extranjeros”, etc. (art. 25).

Fue así como una disposición norteamericana para tolerar la trata de negros en los Estados del Sur, se convertiría (por obra conjunta de García de Sena, Alberdi y el Congreso de Santa Fe) en nuestro artículo constitucional que fomenta la inmigración(14).

(14) Pasó literalmente a la Constitución de 1949 (art. 17), aun con el aditamento improcedente “inmigración europea”, pues la Constitución de 1949 no admite “diferencias raciales” (art. 29). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- La Constitución de California

Alberdi tomó la deplorable traducción. La modificó levemente en la composición de los poderes: presidencia de seis años sin reelección (que tomó del Perú); sin vicepresidente (“porque no lo hay en Estados Unidos” seguía diciendo Alberdi en 1853(15); fue salvado en Santa Fe) ; un senador por provincia.

(15) Juan Bautista Alberdi. “Obras Completas”, tomo V, p. 158. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Completó el texto norteamericano con el chileno: estado de sitio, organización de los Ministerios, algunas facultades presidenciales(16); algo puso de otras partes: aprobación por el Congreso Federal de las Constituciones locales, educación gratuita(17). E incorporó el “gobernar es poblar” en media docena de artículos.

(16) La Constitución chilena de 1833 había tomado precisamente el estado de sitio y la organización de los Ministerios del proyecto constitucional argentino de 1826. Alberdi no lo debería saber, pues en “Bases” critica la Constitución de 1826 por ser una “imitación, por la falta de originalidad, es decir, de estudio y de observación” (cap. 3). En la segunda edición extrema estas críticas, temeroso de “algunos que parecen inclinarse a trabajar por su sanción” (Advertencia de la segunda edición). No deja de ser curioso que en la misma tirada donde proyectaba implantar la Constitución norteamericana (a través de la versión de García de Sena) dijera de la Constitución de 1826: “La Constitución que no es original es mala, porque debiendo ser la expresión de una combinación de hechos, de hombres y de cosas, debe ofrecer esencialmente la originalidad”; “la falta de originalidad en el proyecto (de Constitución de 1826), es decir, su falta de armonía con las necesidades del país...” (cap. 3).
(17) El examen de las Constituciones provinciales por el Congreso Federal la trae Pellegrino Rossi. “Projet d’acte federal delibere a Lucerne le 15 decembre 1832”, en “Melanges” (1867), tomo II, p. 428, París, lo mismo que la imposibilidad de reformarse la Constitución durante cierto tiempo. Como estos dos puntos fueron el eje de la resistencia de Buenos Aires en 1860, Mitre llegó a decir “que toda la obra del doctor Alberdi había sido tomada de Rossi”. En realidad no creo que Alberdi conociera a Rossi en 1852 -solamente lo ha de citar en años posteriores- y Seco Villalba hace notar que ambos principios ya los tenían las Constituciones de Nueva Granada, de 1811; Venezuela del mismo año; y Bolivia de 1826 (“Fuentes de la Constitución Nacional” (1943), p. 117, Buenos Aires). Posiblemente Alberdi los encontró en Lastarria (don José Victorino) cuyos “Elementos de Derecho Público Constitucional” (1848), Santiago de Chile, los mencionaban.
La “educación gratuita” -suprimida en 1860 como las otras “originalidades”- fue tomada, según Alberdi, de la Constitución de California. Pero ésta, en parte alguna, menciona la gratuidad de la enseñanza.
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Creyó haber encontrado la Constitución ideal, donde el extranjero era más que el nativo: la Constitución de California:

“Ahora cinco años eran excluidos de aquel territorio (California fue mexicana hasta 1848) los cultos disidentes, los extranjeros, el comercio. Todo era soledad y desamparo bajo el sistema republicano de la América española, hasta que la civilización vecina, provocada por esas exclusiones incivilizadas e injustas, tomó posesión de ese rico suelo y estableció en él sus leyes de libertad y franquicia.
“En cuatro años se ha erigido en Estado de la primera República del universo el país que en tres siglos no salió de oscurísima y miserable aldea”(18).

(18) Juan Bautista Alberdi. “Bases”, tomo XI, p. 26. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Dice Groussac:

“Después de recorrer en vano la América española buscando, como el visir del cuento oriental, la camisa de un pueblo feliz, Alberdi encuentra esto en California.
“Si bien poco falta para que resulte, siempre como en el cuento, que el pueblo feliz no tiene camisa”(19).

(19) Paul Groussac. “Las Bases de Alberdi y el Desarrollo Constitucional”, en “Estudios de Historia Argentina”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Porque si en parte de la tierra no regía derecho alguno, era precisamente en California el año en que Alberdi citaba sus instituciones como ejemplo: aquéllo era -en 1852- un campamento de mineros sin otra autoridad que los extralegales “Comités de Vigilantes”, ni otra ley que la sumarísima de “Lynch”, ni otro poder respetado que el revólver “Colt”.

No podía dejar de ser así: el “rush” del oro en 1849 llevó a California a toda clase de aventureros y no había otra manera de imponerse que la fuerza. Pero Alberdi no le da importancia al descubrimiento del oro como factor del rápido poblamiento de California; cree sinceramente que fueron las “leyes de libertad y franquicia” de la Constitución californiana de 1850 las que sacaron al país de la “soledad y desamparo”.

No solamente la Constitución de California era letra muerta en la práctica; su texto decía precisamente -para quien no lo leyera con ligereza- lo contrario de lo que Alberdi entendió: los “inhabitants” (simples habitantes) tenían solamente los derechos “inherentes a la condición humana”: propiedad, capacidad para heredar (art. 1, s. 17), ser juzgados por jurados (sec. 3), profesar su culto (sec. 4) y nada más. Aquéllos de hablar, escribir y publicar libremente sus pensamientos, que la “reaccionaria” Constitución de Chile permitía al argentino Alberdi, la “civilizada” de California prohibía a los extranjeros(20).

(20) F. González. “Constituciones de algunos de los Estados de la Unión Americana” (1872), pp. 283 y sgts., Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Posiblemente Alberdi tuvo a mano un texto erróneamente traducido de la Carta californiana. O la leyó con ligereza. Porque “foreign citizen” no quiere expresar “ciudadano de un país extranjero”, sino ciudadano de otros Estados de la Unión que se ha trasladado a California.

Los “foreign citizens” eran superiores a los “natives”, la población autóctona de origen mexicano que debería pasar por el trámite de probar su pureza de raza blanca y su lealtad a la Nación conquistadora para obtener los privilegios de los “foreigners”.

Todos los otros habitantes -extranjeros de fuera de los EE.UU., negros libertos, indios, nativos que no habían jurado lealtad- son inhabitants: simples estantes a quienes se les toleraba el derecho de propiedad o se les permitía “ser juzgados por jurados”.

Alberdi encontró en la Constitución de California la depresión del native que tanto le entusiasmaba. No se dio cuenta que para lograr el mismo resultado en su patria era requisito indispensable pasar por el trámite que pasó California en 1848. Perder la nacionalidad. Y que para conseguir el “rápido poblamiento” eran más eficaces los hallazgos de algunas pepitas de oro que todas las leyes de libertad y franquicia.

Entusiasmado con lo que creyó leer en la Carta de California extendió en su proyecto a “todos los habitantes”, aún sin reciprocidad, los derechos que un Estado soberano confiere únicamente a sus ciudadanos. Y liberó a los extranjeros “aún en cuestión de guerra” de cualquier clase de “requisiciones militares o de empréstitos forzosos”. De la Carta Magna de California, sacó la Carta magnánima de la Argentina.

El capítulo sobre extranjeros de su proyecto confesaba que “forma la facción prominente, el rasgo distintivo de su carácter original y propio”; todo lo demás era copia más o menos confesada(21).

(21) Véase el trato que Alberdi daba a los extranjeros:
“Gozan de los derechos civiles inherentes al ciudadano ... poseer toda clase de propiedad y disponer de ella en cualquier forma ... frecuentar con sus buques los puertos de la República, navegar en sus ríos y costas. Están libres de empréstitos forzosos (¿?), de acciones y requisiciones militares...
“Gozan de estas garantías sin necesidad de tratados y ninguna cuestión de guerra puede ser causa de que se suspenda su ejercicio. Son admisibles a los empleos ... que en ningún caso puede excluirlos por el solo motivo de su origen.
“Obtienen naturalización residiendo dos años continuos en el país; la obtienen sin este requisito los colonos o los que se establecen en lugares habitados por indígenas o despoblados ... los que introducen grandes fortunas al país”, etc. (art. 21).
“La Constitución no exige reciprocidad para la concesión de estas garantías” (art. 22).
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La sola argentinidad del proyecto de Alberdi estaba en su no argentinidad.

Información adicional