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La alfajolería de Merengo

- La Comisión de Negocios Constitucionales

Hermenegildo Zuviría, conocido en Santa Fe por Merengo, abrió, al empezar el año 1852, un despacho de bebidas refrescantes y fábrica de alfajores y dulces en la esquina de las calles del Cabildo y San Gerónimo, al lado del local donde funcionaba el Congreso Constituyente.

La alfajorería de Merengo era el primer establecimiento de “confites” que se abría en la ciudad y llegó a disputar al aljibe de las Zavalla, ser el punto de reunión de la sociedad santafesina en los anocheceres veraniegos en que el insoportable calor imponía la tertulia con abanicos, panales y dulces provincianos.

En los altos de Merengo, don Manuel Leiva había alquilado cuartos para sus colegas no avenidos a la hospitalidad del Convento de San Francisco o la del viejo y por entonces vacío Convento de La Merced, antiguo Colegio de los Jesuitas.

En el privilegiado hospedaje se alojaban Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga y Delfín Huergo. Fue allí que Gorostiaga esbozó el proyecto de la Constitución durante el bochornoso verano de 1853.

El Congreso fue inaugurado el 20 de Noviembre (de 1852), pero hasta el 24 de Diciembre demoró el nombramiento de la Comisión de Negocios Constitucionales encargada de despachar el proyecto.

No debió ser ajena la difícil situación de los diputados, dada la presencia amenazadora del general (José María) Paz, en San Nicolás, y la orden de movilización que el Gobierno disidente de Buenos Aires había dado a sus milicias.

Pero las noticias del afortunado pronunciamiento de Lagos contra Alsina, con esas mismas milicias(1), y las posteriores del sitio e inminente caída de Buenos Aires, acabaron por tranquilizar los espíritus y permitiría a los constituyentes seguir los trámites constitucionales.

(1) El 1 de Diciembre. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El 24 de Diciembre se formó la Comisión con Leiva, Ferré, Colodrero, Gutiérrez y Gorostiaga: los tres primeros delegaron en los dos últimos la confección del anteproyecto; Gutiérrez, a su vez, declinó en el joven Gorostiaga la redacción del borrador, reservándose la corrección de las imperfecciones gramaticales(2).

(2) Ernesto Quesada oyó decir a Gorostiaga que él tuvo a su cargo la parte política del texto y Gutiérrez las “declaraciones, derechos y garantías”. En realidad ésta fue tomada, casi a la letra, de la Constitución de 1826 (ref. en J. A. González Calderón. “Derecho Constitucional”, tomo II, pp. 24 y 25 de la carta de Quesada que sirve de introducción, ed. 1923). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Durante dos meses -del 25 de Diciembre a mediados de Febrero- laboró Gorostiaga en su habitación de los altos de la alfajorería(3).

(3) En los papeles de Gorostiaga que se conservan en la Biblioteca Nacional (Sección Manuscritos, Doc. Nro. 14.079) hay un borrador trunco de un proyecto de constitución con el preámbulo y los artículos posteriores a las atribuciones del P. Legislativo. Es una muestra interesante de la elaboración del proyecto y prueba que el constituyente tomó como base de su trabajo el proyecto de Alberdi. Por ejemplo, el art. 82 de éste decía: “El Presidente disfrutará de un sueldo pagado por el Tesoro de la Confederación que no puede ser alterado durante el período de su gobierno”. Gorostiaga lo transcribe a la letra, pero le añade: “...durante el mismo no podrá recibir ningún otro emolumento de la Confederación, ni de alguna provincia”. Luego intercala “y Vicepresidente” después de “Presidente”, posiblemente cuando advierte que Alberdi ha omitido ese cargo en su proyecto; cambia el tiempo del verbo “puede” por podrá; testa “su gobierno” y lo reemplaza por “sus nombramientos”. Posiblemente interviene luego Gutiérrez para corregir los errores de ortografía (Tesoro con mayúscula, provincia con minúscula), de monotonía (sustituye el primer “durante” por “en”), y de estilo (ni de provincia alguna por “ni de alguna provincia”). Sometido al Congreso será uno de los pocos artículos alterados en los debates; Del Carril, en la Sesión del 29 de Abril -su única intervención en las históricas sesiones- pidió, sin sospechar tal vez que luego sería vicepresidente, se intercalara la frase “no podrán ejercer otro empleo” (el presidente y vicepesidente).
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Para concentrarse mejor, rehusaba asistir a las tertulias y saraos a que tan afectos eran la mayoría de sus colegas, Gutiérrez sobre todo. Se puso a trabajar de inmediato(4); con el texto norteamericano a la vista, fue depurando las ligerezas y no pocas de las exageraciones de Alberdi.

(4) En el proyecto de Preámbulo menciona “el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos del 31 de Mayo del presente año”. Designado el 24 de Diciembre, probaría que empezó a trabajar su borrador antes del fin de ese año. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Por desdicha, la traducción que tenía a mano era la persistente de García de Sena. También, y en ello anduvo Salvador María del Carril, se valió de la Constitución unitaria de 1826, tal vez para que los artículos tan agriamente rechazados en 1827 quedaran, melancólica compensación póstuma, en la Carta Federal Argentina.

Extrajo del texto desafortunado las garantías individuales, composición del Legislativo y algunas atribuciones dispersas del Ejecutivo(5).

(5) Entre ellas la 21: “Puede pedir (el Presidente) a los jefes de todos los ramos y departamentos de la Administración, y por su conducto a los demás empleados, los informes que crea convenientes, y ellos son obligados a darlos”. Ha sido tomada de la cláusula II, 2, 1 de la Constitución de los EE.UU., que ya Story consideraba redundante por ser “un derecho propio de su autoridad general”.
El error gramatical “son” (correctamente sería “están”) lo cometieron los redactores de la Constitución de 1826. Por respeto a los constituyentes unitarios de Buenos Aires, Gorostiaga copió a la letra el error garrafal y debió pasar inadvertido a Gutiérrez. A su vez, por respeto a los constituyentes federales de Santa Fe, los reformadores de 1860 y de 1949 mantuvieron la incorrección. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Por su parte, Alberdi -sin saberlo- ya había incorporado de la misma procedencia el "régimen de ministerios"(6) y el "estado de sitio"(7). Fuera de las garantías individuales (que los diputados del 26 tomaron de los del 19 y éstos, a su vez, de Daunou(8).

(6) En una Constitución presidencialista es redundante un capítulo sobre Ministros. Alberdi, como hemos visto, lo tomó de la Constitución de Chile de 1833 y ésta, a su vez, de la argentina de 1826. En el proyecto de Alberdi nada se decía de la facultad de los ministros para acudir a las sesiones del Congreso. Gorostiaga agregó marginalmente en su borrador: “Los ministros pueden concurrir a las sesiones del (Congreso) cualquiera de las Cámaras y tomar parte en sus debates, pero no votar en ellas”, que no estaba en la Constitución del 26 y tiene su origen en la Ley de Responsabilidad Ministerial de Buenos Aires, dictada en 1821. Es, quizá, la única disposición tomada de la historia constitucional argentina. Pasó a la Constitución de 1853 (art. 89) y a la del 60 (art. 92); la de 1949 amplió esta facultad al Presidente (art. 88).
(7) El estado de sitio es la misma institución que en 1829 se llamó “facultades extraordinarias” y en 1820 “pleno de facultades” o “facultades omnímodas”, sin la cual no era posible, entonces, la existencia de un orden cualquiera. Alberdi, en el capítulo XXV emplea los términos “estado de sitio”, “facultades omnímodas”, “facultades de un rey”, “poder absoluto” como sinónimos.
Por eso llama la atención que los constituyentes de Santa Fe aclamaran por mayoría (¿?) el artículo 29 (que no figura en el proyecto de Alberdi) que califica como “infames traidores a la patria” a quienes asumieran u otorgaran las facultades constitucionales del art. 23 (estado de sitio), que acababan de votar.
La sola diferencia entre las “facultades extraordinarias” de nuestra historia constitucional y el “estado de sitio” del Derecho Constitucional codificado, es que aquéllas fueron siempre conferidas por el Poder Legislativo, mientras éste puede disponerlo el P. E. por su sola voluntad en receso del Congreso.
(8) La influencia de (Pierre Claude) Daunou (traducido por el deán Funes en 1822) fue notable para mejorar la redacción de los artículos constitucionales sobre garantías individuales. Los congresales del 19 los habían tomado del Reglamento del 17; éste del Estatuto del 15 quien, a su vez, de los proyectos del 13. Si seguimos, el rastro nos lleva a la Declaración de Derechos de Virginia a través del largo camino: Disposiciones Generales sobre Seguridad Individual del Primer Triunvirato que era -en esta parte- el Proyecto para la monarquía española editado en 1811; traducción de la Constitución francesa de 1795; a su vez copia de idéntico capítulo de la de 1793. Esta de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789; traducción al francés de la Declaración de Virginia, inspirada en las ideas de Locke sobre los derechos inalienables e imprescriptibles que se reservaron los hombres al crear las sociedades.
Desde el siglo XVIII ha sido abandonada la teoría contractualista sobre el origen social; pero su consecuencia política, el liberalismo, perdura en casi todas las Constituciones. Por lo menos en la letra.
// Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los trozos añadidos por Del Carril a través de Gorostiaga a la remendada pieza de Alberdi también habían sido tijereteados de la carta de Filadelfia por los constituyentes unitarios, aunque someramente desteñidos para hacerlos coincidir con el conjunto centralista y ministerial.

De ese mal avenido maridaje federo-unitario de lo de Merengo quedaría -entre otras cosas- la curiosa representación de “dos senadores por la capital”, lógica en la Carta unitaria de donde fue tomada, pero que desvirtúa la esencia de un Senado federativo(9).

(9) Que representa exclusivamente a los Estados federados. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Groussac, para restarle méritos a Alberdi, le atribuye al santiagueño un cometido que nunca pretendió(10)

(10) Paul Groussac. “Las Bases de Alberdi y el Desarrollo Constitucional”, en “Estudios de Historia Argentina”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Laboriosidad no es originalidad. Ni Alberdi ni Gorostiaga fueron originales; el primero en Valparaíso había adaptado, para una fervorosa desargentinización de la Argentina, una mala traducción corriente de la Carta norteamericana; el otro en la alfajorería hizo una meritoria labor de corrección gramatical y jurídica del proyecto a Alberdi, que refundió con algunos artículos de la Constitución unitaria alcanzados por Del Carril. Ninguno de los dos, ni Alberdi ni Gorostiaga, tomaron nada de la realidad argentina.

- Hoy y aquí

Mientras Gorostiaga realizaba la fusión de Alberdi con Del Carril, Gutiérrez redactaba el Informe:

“... el proyecto que la Comisión tiene la honra de someter a V. H. no es obra exclusivamente de ella. Es la obra del pensamiento actual argentino manifestado por sus publicistas y recogido en el trato diario que los miembros de la Comisión mantienen con sus dignos colegas...”.

Cuando Gutiérrez escribía “manifestado por sus publicistas”, la frase en plural tenía una significación en singular: Alberdi. Cuando agregaba “y recogido en el trato diario que los miembros de la Comisión mantienen con sus colegas”, también el plural expresaba una sola persona: Del Carril.

Alberdi y Del Carril, dos hombres que estuvieron fuera de la Argentina -aquél desde 1838, éste desde 1829- eran la prueba de la argentinidad del proyecto. El león “romántico” que descreía de los hombres y las cosas de su tierra, y el pelucón “clásico” que cerraba los ojos y los oídos para abstraerse de la chusma.

El desterrado del Oeste que iba hacia una Argentina futura desbrozada de malas simientes, y el que llegaba del Este exhumando la Constitución de los viejos tiempos decentes sin caudillos ni puebladas. Poniente y Occidente; mañana y ayer; ése fue el pensamiento actual argentino para los forjadores de la alfajorería.

Alberdi y Del Carril iban por caminos y tiempos opuestos a un mismo lugar. Tal vez Alberdi no lo supiera; pero Del Carril bien lo sabía. Ambos rumbos llevaban a idéntico paraje.

Porque en política no hay Oriente ni Occidente, ni mañana o ayer; política es realidad, y a la realidad se la afirma o se la niega. No admite más que dos posiciones: hoy aquí y lo que no es de hoy ni de aquí; confluencia desconcertante del ayer y del mañana, del Este y del Oeste.

“Hoy aquí” era una Argentina de masas y caudillos, una realidad que repugnaba por igual al romántico y al clásico. Su opuesto sería necesariamente una organización minoritaria, exclusiva para la gente decente.

La Constitución proyectada reglaría la convivencia de una clase y sus relaciones con los hombres y los capitales de afuera; las masas no tendrían nada que ver con la Constitución, no la entenderían tampoco ni la precisaban; para ellas serían suficientes la leva y el cepo.

- “Circuleros” y “Montoneros

A mediados de Febrero estuvo despachado el trabajo de la alfajorería y se le dio pase a la Comisión en pleno; pero allí quedaría detenido, pues Leiva, Ferré y Colodrero -es decir, la mayoría de la Comisión- no dieron trámite al borrador de Gorostiaga corregido por Gutiérrez.

Por las palabras de Zuviría en la Sesión del 20 de Abril y la oposición de los diputados minoritarios a algunos artículos en los debates del 21 al 30, puede saberse que la resistencia de los tres ilustres ancianos fue, en general, a todo el proyecto, pero en especial a la libertad de cultos y cuestión capital.

Hubieran preferido un texto más aproximado a la realidad que esa copia confesada de instituciones foráneas; también una terminante declaración de catolicismo en el artículo 2, con simple tolerancia a las confesiones disidentes “sin entregarse al proselitismo”; y que la capital de la Confederación, al menos por disposición constituyente, no se estableciera en Buenos Aires.

El Congreso, como la Comisión, quedó dividido en dos campos: el grupo dirigente -que Sarmiento llama “círculo”(11)- habilidosamente conducido por Del Carril e integrado por Gorostiaga, Gutiérrez, Zavalía y Huergo; y el núcleo de resistencia católico/localista -que Lavaisse llama “montonera”(12)- compuesto por la mayoría de la Comisión, el presidente Zuviría y los sacerdotes Pérez y Centeno.

(11) En los artículos de “La Crónica” de Valparaíso.
(12) En las cartas confidenciales a Manuel Taboada (publicadas por Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), cinco volúmenes, Buenos Aires. // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los restantes diputados estuvieron un instante a la expectativa hasta que Seguí, Lavaisse y Del Campillo rompieron la fila para plegarse al “círculo”: Urquiza debió decirles que los había mandado a Santa Fe a votar y no para andarse con remilgos y disidencias. Precisaba la Constitución, y pronto -no interesaba cómo ni qué- para tapar la propaganda en su contra de los diarios de Buenos Aires(13).

(13) Que lo acusaban por perpetuarse como Director de la Confederación y descreían de la obra constitucional del Congreso. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero la Constitución no salía. Los “circuleros”, no obstante su mayoría en el Congreso, eran minoría en la Comisión (dos contra tres). Fue necesario un golpe de fuerza parlamentario para apurar las cosas: en la Sesión del 23 de Febrero, pese a la inoperante protesta de Leiva, el “círculo” amplió a siete el número de miembros de la Comisión: eligió en los nuevos puestos a Derqui y Zapata. Para mayor seguridad, también a Zavalía para que supliera la ausencia de Ferré, en misión a Buenos Aires(14).

(14) Gorostiaga también estaba ausente de Santa Fe el 23 de Febrero; no obstante, no fue reemplazado. El 24, Derqui renunció y fue sustituido por Del Campillo. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La minoría de dos contra tres se cambió en mayoría de cinco contra dos y el proyecto quedaría aprobado.

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