El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Las diez noches históricas

- De Febrero a Abril

El 23 de Febrero dijo Leiva que el proyecto “estaba para terminarse y sólo se esperaba la venida del Sr. Gorostiaga, ausente en comisión, para presentarlo al Congreso”. Pero desde el 24 -en que se dio licencia a Derqui, sustituyéndolo en la Comisión por Del Campillo- el Congreso no volvería a reunirse -salvo una breve Sesión en Marzo- hasta el 18 de Abril en que dio entrada al proyecto de constitución.

La pausa fue por las tentativas de arreglo con Buenos Aires. El 9 de Marzo la Comisión urquicista -De la Peña, Zuviría y Ferré- firmaba en Balvanera, junto a las trincheras porteñas, la conciliación con los insurrectos: Buenos Aires enviaría sus diputados al Congreso en proporción a su población y además se reservaba el derecho de aprobar la Constitución por su Organismo provincial. Por lo tanto había que esperar a los porteños.

Urquiza rechazó la transacción por “no estar facultado para derogar el Acuerdo de San Nicolás”; pero las negociaciones siguieron hasta mediados de Abril y las tareas constituyentes quedaron interrumpidas a la expectativa.

El 15, las ilusiones de una armonía con Buenos Aires quedaron desvanecidas y Urquiza debió ordenar la fecha de darla: el 1 de Mayo, segundo aniversario del Pronunciamiento. De otra manera no se explicaría la premura que tomó a los diputados: el 18 de Abril vuelve a reunirse el Congreso, da entrada al proyecto y dispone reuniones diarias hasta terminar con todo(1). Ese mismo día chocaban las Escuadras de Buenos Aires y de la Confederación en la boca del Paraná.

(1) No es conjeturable que entre el 23 de Febrero, “en que estaba casi concluido”, y el 18 de Abril, que se le dio entrada, el proyecto de constitución fuera estudiado por los representantes. Nadie, salvo los miembros de la Comisión, se enteró del mismo hasta el 18 de Abril. Surge esto de las palabras de Zuviría en la Sesión del 20 (Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 485, (seis volúmenes), Buenos Aires): “Se ha dicho que yo he redactado y presentado mi exposición escrita después de haber leído el proyecto de Constitución. Falso. ... Por lo demás declararé que la primera y rápida lectura que se ha hecho aquí del proyecto de Constitución, única vez que lo he oído leer...”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Oposición de Zuviría

El proyecto tuvo entrada el 18, pero empezó a discutirse el 20. La pausa fue porque el reglamento espaciaba cuarenta y ocho horas entre la entrada de un proyecto y su discusión. No era el caso de tratarlo sobre tablas, que hubiera hecho reír a los porteños.

El 18, Zuviría hizo moción para su aplazamiento “hasta esperar, siquiera, la completa pacificación de la República”. Los del “círculo” vieron el propósito de alargar el debate con una cuestión previa, y Zuviría la retiró porque no era

“... su ánimo producir tal entorpecimiento contra la opinión que veía pronunciada en los señores diputados, sino emitir simplemente el voto de su conciencia sobre tan grave asunto, reservándose expresar lo sustancial de ella en la conveniente oportunidad”.

El 20 se trata en general el proyecto. Funda brevemente Gorostiaga:

“... su proyecto (de la Comisión) está vaciado en el molde de la Constitución de los Estados Unidos, único modelo de verdadera federación que existe en el mundo”(2).

(2) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 468, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Zuviría pide la lectura de un largo Memorial de catorce pliegos, que había confeccionado pidiendo el aplazamiento de la Constitución. No era reglamentaria la lectura, pero la mayoría la prefirió antes de oír un discurso del presidente. El “círculo”, por voz de Gutiérrez, aceptó la lectura de un discurso “contra la Constitución” porque había que ser

“... magnánimos y tener la suficiente prudencia y resignación para tolerar cualquier molestia”(3).

(3) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 469, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Fray Manuel Pérez expresa que él también está de acuerdo con el presidente:

“... había manifestado en otra ocasión que no sería llegada la oportunidad de dictar una Constitución porque el país debía constituirse antes prácticamente”(4).

(4) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 469, (seis volúmenes), Buenos Aires. No consta en Actas la ocasión a que se refiere fray Pérez. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El secretario lee el Memorial. Zuviría lo había escrito para extractar “lo sustancial de su pensamiento” y no dejarse “arrastrar por la improvisación en cuestiones tan arduas”.

Su discurso -la única pieza completa, por escrita, que se conserva de las Sesiones- no era para llamar a la realidad a sus colegas, a quienes sabía decididos a votar una Constitución “cualquiera que fuese”, sino para “emitir el voto de su conciencia”.

Sus palabras, resonando en el momento de aprobarse en general la Constitución, formarán tal vez -junto a la carta de la Hacienda de Figueroa de Rosas- entre las opiniones más sensatas expresadas en nuestra historia sobre la naturaleza de las leyes políticas:

“Si los principios y las teorías bastasen para el acierto, no lamentaríamos las desgracias de que hemos sido víctimas hasta hoy.
“Queriendo ensayar cuanto hemos leído y buscando la libertad constitucional en libros o modelos, y no en el estado de nuestros pueblos y nuestra propia historia, hemos desacreditado esos mismos principios con su inoportuna y hasta ridícula aplicación’’(5).

(5) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 470, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

En otra parte he transcripto las ideas esenciales del discurso(6). Cuerdos razonamientos que ninguno -fuera de unos pocos ancianos empecinados en descreer las excelencias de afuera- estaba en condiciones de atender. Nadie oyó la lectura (“rápida lectura”, diría Gutiérrez), nadie entendió otra cosa sino que el salteño “no quería una Constitución”.

(6) Capitán Facundo Zuviría. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

“¿Y ... los Pueblos? ¡La voluntad de los Pueblos que nos mandaron aquí a votar una Constitución! ¡Qué van a decir los Pueblos!” Zapata, Huergo, Lavaisse, Seguí, Zavalía se sintieron indignados por lo que tuvieron por apostasía a los objetos precisos del Congreso.

Hubieran tolerado un desacuerdo que no trasluciera de la Comisión, como el de Leiva, Ferré y Colodrero; pero una nota disonante en pleno recinto, un escrito donde quedara estampada, después de Caseros, la herejía de “lanzar a la faz de los Pueblos el insulto grosero con que fueron escarnecidos por el Tirano”(7) (Seguí), eso no.

(7) Palabras de Seguí. En el mismo discurso -inmortalizado por el conocido cuadro de Alice- el diputado santafesino expresó: “Estoy dispuesto a suscribir una Constitución cualquiera antes que conformarme con el modo de ser actual de la República” (Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 486, (seis volúmenes), Buenos Aires). Era el pensamiento dominante. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Solamente Gutiérrez contestaría con razones. Era exacto que una Constitución debiera ser la síntesis de las costumbres políticas de una Nación, como la de los Estados Unidos; pero nosotros no teníamos modalidades cívicas. Teníamos que recurrir a un Código prestado que obrara como molde:

“Muy al principio de este siglo dijo un distinguido político que sólo hay dos modos de constituir un país: tomar la Constitución de sus costumbres, carácter y hábitos o darle el Código que debe crear ese carácter, hábitos, costumbres.
“Si pues el nuestro carece de ellos, si la Nación es un caos, la Comisión en su proyecto presenta el único medio de salvarla de él”(8).

(8) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 479, (seis volúmenes), Buenos Aires. No precisa Gutiérrez cuál es el “distinguido político”. Como ésa era la idea de los unitarios de 1826, posiblemente se refiriera a Rivadavia. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Advendría un porvenir maravilloso; la Argentina de mañana sería como los Estados Unidos pues:

“ La Constitución ... está vaciada en el molde de la de los Estados Unidos, única federación que existe en el mundo digna de ser copiada”(9).

(9) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 479, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

¿Acaso podría llamarse “pueblo” a ese conglomerado de mestizos que llamaban política a irse en montonera tras sus caudillos? No; eso no sería en adelante el “pueblo”:

“La Constitución ... es el Pueblo, es la Nación Argentina hecha ley y encerrada en este Código”(10).

(10) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 480, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El pueblo, la nación, no estaría más en los hombres, en las tradiciones, en la historia; la patria sería desde ahora este Código que confesaba copiado de los Estados Unidos. Pero no hay que tomarlo muy a lo serio; no pensaba Gutiérrez sustituir a la patria vieja de la Independencia y la Restauración por la República de los Derechos de Filadelfia.

No era que Gutiérrez, hombre de vida espiritual, creyera que los privilegios y garantías que aseguraban a los comerciantes la inviolabilidad de su barraca y su caja fuerte eran algo superior a la patria misma. Tampoco él, como Alberdi, como ninguno de quienes protestaban contra Zuviría había comprendido gran cosa del juego real del Código votado(11).

(11) Influenciado por los hombres de “círculo”, el Padre Lavaisse adoctrinaba al gobernador Taboada: “Para el hacendado, la Constitución son sus vacas; para el comerciante, sus mercaderías; para el labrador, sus cosechas; para el propietario, sus bienes...” (en 11/853, Gaspar Taboada. “Recuerdos Históricos: los Taboada” (1929-1947), cinco volúmenes, Buenos Aires). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Unanimidad por mayoría

Ninguno de la “montonera” contestó la retahila. No era Zuviría hombre de hacerlo; tampoco fray Pérez, ni el Padre Centeno ni Díaz Colodrero. El único hubiera sido Ferré, pero afortunadamente presidía la Sesión. Leiva no estaba presente y tampoco hubiera dicho algo de suceder lo contrario; el corondino era hombre discreto y se limitó a escribir su manera de pensar sobre la Constitución:

“No es esta opinión sola mía, sino de varios diputados y sujetos de este pueblo. Creemos que en el proyecto de Constitución no se consulta nuestra actualidad física, moral ni política, ni nuestras necesidades, ni nuestras tendencias; tampoco consulta nuestro pasado.
“Todo lo violenta y esto no es lo que hemos venido a hacer”(12).

(12) Carta de Manuel Leiva a Angel Elías el 30 de Abril de 1853 (en el archivo de Justo José de Urquiza del Archivo General de la Nación). El santafesino escribía al ausente diputado por La Rioja y secretario de Urquiza, con la idea ingenua de convencer a este último de que el proyecto “consultando la República, es irrealizable y los pueblos en su mayor parte no lo admitirán”. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

A pedido de Seguí, la Constitución fue aprobada -en general- por aclamación. Singular aclamación que el Acta registra de esta poco congruente manera:

“... y resultó unánimemente aprobado y aclamado, por una mayoría de catorce votos contra cuatro”(13).

(13) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 488, (seis volúmenes), Buenos Aires. También el art. 29 fue “aclamado por mayoría” (Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 515, (seis volúmenes), Buenos Aires). // Todo citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los cuatro “montoneros” en condiciones de votar: Zuviría, fray Pérez, Centeno y Díaz Colodrero. Leiva estaba ausente y Ferré presidía. Seis opiniones en un total de veinte diputados; la minoría es importante numéricamente.

Pero -además- eran de los pocos que podían hablar “de los pueblos” sin ruborizarse. Ninguno de ellos había recogido su Acta en Palermo, ni viajado en el “Countess of Londsdale” el 9 de Septiembre.

- Las diez noches históricas

En diez días, solamente en diez días (del 21 al 30 de Abril) se discutió, analizó y aprobó la Constitución en particular. Los constituyentes argentinos superaron en mucho la “premura patriótica” de sus colegas de Filadelfia, que insumieron cuatro meses para la misma labor. Es un mérito que no ha sido loado.

González Calderón demuestra la ímproba labor cumplida en esos diez días con el Libro de Actas, que cierra cada Sesión a “muy altas horas de la noche”(14).

(14) “Historia de la Organización Constitucional” (1930), p. 281. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Es exacto; los constituyentes trabajaron hasta las 11 de la noche, y a veces levantaron la reunión a las 12 ó 12 y media, una ímproba faena exclusivamente nocturna pues -González Calderón lo omite- las Sesiones empezaban a las 7 de la noche.

Cuatro horas diarias de labor. Porque la Constitución se hizo de noche. Entre el último canto de gallos y media noche trabajaron los constituyentes ese otoño de 1853 de prisa, en la penumbra escasamente destellada con dos velones de cera.

Tan de prisa que no omitieron ni la pausa del domingo y continuaron su función trascendental a los acordes de la retreta vespertina tocada en la plaza; tan de prisa que omitirían en Actas formalidades esenciales. Pero había de terminarse antes del 1 de Mayo.

La umbría tarea se cumplió sin interrupciones y con acelerada velocidad. No fue uniforme en las diez históricas noches y a medida que se acercaba el angustioso término, los impulsos constituyentes tomaron proporciones de vértigo. Día hubo -el sábado 29 de Abril- en que se discutieron y aprobaron nada menos que cuarenta y cuatro artículos.

El 21, primer día de la consideración en particular, fueron aprobados el Preámbulo y dos artículos; al siguiente, otros dos; el 23, siete; el 24 uno (el 14). Faltaban noventa y se disponía de seis días y se hizo necesario acelerar la velocidad; el 25 se despacharon diecisiete ... y pudo llegarse al último día laborable -el 30- finiquitando las dieciséis disposiciones últimas.

Ya ni se decían discursos; “entierros de pobres”, los hubiera llamado Dorrego(15).

(15) “... Se trata de ponernos un candado en la boca y parece se quiere que no se hable. Sí señor, se quiere llevar la discusión a la brevedad posible, como entierro de pobre, que es reducido y (se) desea acabarlo cuánto antes” (Dorrego en la Sesión del 2 de Octubre de 1826, en Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo III, p. 875, (seis volúmenes), Buenos Aires). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Si se considera la cantidad de artículos aprobados en cada Sesión -contándose el Preámbulo y cada una de las atribuciones del Legislativo y Ejecutivo como un artículo- se obtiene el promedio de 11’ 30” por artículo.

La Constitución fue aprobada a la extraordinaria velocidad de un artículo cada once minutos y medio, comprendiéndose debate, votación, rectificación y asentamiento en el Acta, además de los numerosos cuartos intermedios que hubo a lo largo de las diez sesiones, así como los debates ajenos a la tarea constitucional.

Velocidad constituyente

Día Artículos tratados Hora en que se levanta la Sesión Promedio por artículo
21 3 (calculado 12) 1 h. 40’
22 2 11:00 2 hs.
23 7 12:30 47’ 30"
24 1 11:30 4 h. 30’
25 17 11:00 14’
26 10 11:00 24’
27 28 11:00 9’
28 19 11:00 12’
29  44
12:30
7’ 
 30 16 12:00 18’ 

Promedio general: 11’30" por artículo

- Omisiones graves

La premura del Congreso hizo incurrir al Secretario en importantes deslices al extender las Actas. Errores que pasaron inadvertidos para los constituyentes al aprobarlas; tal vez porque cada uno estuvo solamente atento a la transcripción de sus exclusivas palabras.

No hay constancia de la aprobación de los artículos 11, 12, 13, 63, 64 inc. 10 y 83 inc. 7. Del 64 inc. 10 informa el Acta su debate, pero omite la votación(16).

(16) La denuncia de estas omisiones la hice en la Revista del Instituto “J. M. de Rosas”, Nro. 10, Agosto de 1942; la reiteré en el artículo “Las Diez Noches Históricas” del Boletín Nro. 1 de ese Instituto de Julio-Septiembre de 1944. Ignoro si alguien lo hizo con anterioridad; con posterioridad sí.
Los editores de las Actas -en 1871- no advirtieron la falla pues en los sumarios que encabezan cada Sesión dan como aprobados los artículos omitidos. El editor de “Asambleas Constituyentes Argentinas” ha transcripto los sumarios sin comprobarlo, quizá con el propósito patriótico de que no resaltara la grave distracción. Tal vez por eso confundió su orden (da a la Sesión del 23 de Abril el de la siguiente, y viceversa), equivocación inverosímil en una edición tan esmeradamente trabajada.
// Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Siete disposiciones de la Constitución de 1853 no tienen legalmente existencia, por haberse prescindido el requisito formal de todo acto deliberado. Son artículos nonatos que viven solamente en los textos impresos.

No basta para suponerles valor la transcripción en el “Códice” firmado por los representantes. Un artículo constituyente no es un contrato que se perfecciona por la firma, sino un acto deliberativo que se prueba -precisamente- con el acto formal de la Sesión donde fue deliberado.

Por lo tanto, en 1853 no se prohibieron, sino de hecho, los impuestos al tránsito de “mercaderías y ganados” (art. 11), de “buques” (art. 12), no podían admitirse “nuevas provincias” (art. 13), ni había obligación constitucional de “abonar dietas a los legisladores” (art. 63), ni podía el Congreso “sellar moneda” (64, inc. 10), ni conceder el Ejecutivo “jubilaciones, retiros, licencias o goces de montepío” (83, inc. 7).

Como los reformadores de 1860 no aprobaron un nuevo texto y se limitaron a enmendar algunas disposiciones, los artículos nonatos del 53 siguieron insubsistentes. Salvo el 12, que al ser adicionado con la prohibición a las preferencias portuarias, quedó impensadamente válida, pues consta en las Actas de la Convención ad hoc su correcta aprobación.

Por lo tanto, durante casi un siglo -hasta 1949 en que al votarse nuevamente los artículos “nonatos”, quedaron corregidos sus vicios formales- corrieron sin vida esos preceptos constitucionales fantasmas.

¿Por qué no figuran en el Libro de Actas de 1853? Debe descartarse que por la distracción del secretario José María Zuviría y la ligereza de los diputados al aprobar las Actas sin advertir sus fallas. La Sesión del 23 se cierra con la aprobación del art. 10, pero la siguiente, del 24, se inicia con el debate del 14. ¿Qué ha sido de los artículos 11, 12 y 13?

Lo probable es que fueron aprobados sin debate en los últimos momentos de la Sesión del 23, pero el secretario olvidó anotarlos. Debe tenerse en cuenta, para disculpa de Zuviría, que la Sesión del 23 fue la más prolongada del histórico debate, levantándose a los doce y media de la noche; y el doctor Manuel Leiva con su palabra “igual, lenta, monótona, soporífera” tuvo a su cargo el último discurso de la larga noche. Por lo menos que alcanzara a anotar el secretario.

- El 1 de Mayo

Llegaron los constituyentes a las 12 de la noche del 30 de Abril con la aprobación del art. 107, el último; justo a tiempo para firmar solemnemente la Constitución el día señalado.

Como el Congreso no tenía un Secretario con mediana letra, o la excesiva labor de redactar las Actas ocupaba a José María Zuviría, se ofreció Del Campillo a caligrafiar el texto en el Códice de cantos dorados que previsoramente se había adquirido.

Laboró esa noche y la mañana con tan buen pulso, que los caracteres bien perfilados no traslucen el indudable cansancio del meritorio cordobés.

Diez horas de labor para inmortalizar el producido de diez noches constituyentes; a las 10 de la mañana del 1 de Mayo, Del Campillo cerraba el Códice con la tarea concluida.

Inmediatamente se reunió el Congreso en la solemne Sesión del juramento y las firmas. No iba a desaprovechar Zuviría para un discurso; se había opuesto a la aprobación, pero acababa de jurar y estampar su firma de complicada y pretenciosa rúbrica en el lugar de honor.

Además, diez noches de reflexión lo habían convencido del peligro en que su afán oratorio lo había metido. Debía recuperar la gracia soberana con un golpe de efecto:

“... Acabáis de ejercer el acto más grave, más solemne, más sublime que es dado a un hombre en su vida mortal -dijo a los somnolientos representantes-; fallar sobre los destinos prósperos y adversos de su patria; sellar su eterna ruina o su feliz porvenir. Acabáis de sellar también, con vuestra firma, vuestra eterna gloria y la bendición de los pueblos, o vuestra ignominia en su eterna maldición.
“Los pueblos impusieron sobre vuestros débiles hombros todo el peso de una horrible situación y de un porvenir incierto y tenebroso... Nos han mandado darles una Carta Constitucional que cicatrice sus llagas y les ofrezca una época de paz y orden... Se la hemos dado cual nos ha dictado nuestra conciencia. Si envuelve errores, resultado de la escasez de nuestras luces, cúlpense ellos de su errada elección...
“Por lo que hace a mí, señor, el primero en oponerme a su sanción ... sin otra parte en su confección que la que me ha impuesto la ley en clase de Presidente ... quiero ser el primero en jurar ante Dios y los hombres, ante vosotros que representáis los pueblos, obedecerla, respetarla y acatarla hasta en sus últimos ápices ... quiero ser el primero en dar a los pueblos el ejemplo ... en la mayoría está la verdad legal, lo demás es anarquía...”(17).

(17) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 537, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

La prosódica alocución en segunda persona de plural lo hacía agregarse, constante debilidad de su carácter, al coro que había acatado la orden de Urquiza. “Nos han mandado darles, se la hemos dado”; se sentía uno de los autores de la Constitución.

Si no tuvo parte en ella, sería el primero en jurarla, el primero en acatarla, el primero en inclinarse ante la verdad legal. Urquiza bien podía devolverle su favor y darle la apetecida Vicepresidencia.

“El 1 de Mayo de 1851 -fue el latiguillo final del Presidente- el vencedor de Caseros firmó el exterminio del terror y del despotismo.
“El 1 de Mayo de 1853 firmamos el término de la anarquía, el principio del orden y de la ley. Quiera el Cielo seamos tan felices en nuestra obra como él fue en la suya”(18).

(18) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 537, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- Hijos y entenados

Hizo bien Zuviría en colarse apresuradamente en la galera del Director, porque quienes se opusieron a la Constitución pagaron cara la chapetonada; en el Congreso de Santa Fe hubo, para Urquiza, hijos y entenados.

El Acuerdo de San Nicolás establecía que los Gastos del Congreso “corrieran por cuenta del Director Provisorio”(19), y había que estar en la gracia del Director Provisorio para poder cobrar. Y no habría nadie en Santa Fe que osare dar crédito a un caído.

(19) Artículo 9. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

El primero en saberlo fue Gondra, que después de su proyecto para que el Congreso se entendiera directamente con Buenos Aires como si fuera un Cuerpo soberano, vio cortadas sus provisiones y toda posibilidad de crédito. Se fue en Enero de 1853 porque:

“Ciudadano pobre y con una numerosa familia ... haciéndome saber que su indigencia llega al extremo del hambre.
“Aliméntase la inmensidad de este dolor al ver que no tengo aquí recursos para satisfacer aquella perpetua exigencia”(20).

(20) Original en “Documentos del Congreso Constituyente” (Senado de la Nación). // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Después le tocaría a la “montonera”. El Padre Pérez fue el primero en irse discretamente el 25 de Abril, después de aprobada la libertad de cultos; no dio esta razón, sino la inverosímil de “que hacía más de cinco años que faltaba de su ciudad natal”(21), y porque preparaba el viaje no asistió a las últimas seis históricas noches.

(21) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 516, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Después, el Padre Centeno en Mayo, porque no le pagaban los sueldos y no encontraba Misas para parar su modesta olla. Se fue sin renunciar, dejando un simple aviso al presidente. Decía volverse a Catamarca por

“... el motivo de llegar a ser muy escasos los medios de subsistencia en esta ciudad”(22).

(22) Original en “Documentos del Congreso Constituyente” del Senado de la Nación (reproducida en “Documentos relativos a la Organización Nacional” (1912), de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, tomo III, p. 239). Centeno comunicaba que en Mayo había presentado su renuncia “ante mi Gobierno”; pero no era comisionado del Gobierno de Catamarca sino del pueblo. Posiblemente era una descortesía deliberada y el Congreso -sintiéndose agraviado- dispuso su exclusión. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Díaz Colodrero debió recurrir a Corrientes para que le girasen algo; escribe a Pujol:

“Me es muy dispendiosa mi subsistencia en este destino (Santa Fe) por la falta de ocurrirnos con los subsidios; en pocos días van a agotarse los recursos miserables que nos han suministrado y no tengo esperanza de que nos socorran en adelante”(23).

(23) F. Manzi. “Pedro de Alcántara Díaz Colodrero” (1943). (Estudio presentado a las “Jornadas de la Constitución”, Santa Fe. Inédito. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Ferré, que no precisaba el sueldo para vivir en donde tantos amigos y parientes tenía, acabó expulsado el 7 de Octubre “por su actitud descomedida” al no aprobar los Tratados de San José de Flores donde Urquiza renunció la soberanía argentina de los ríos.

Leiva dejó de asistir al Congreso después de votada la Constitución(24), y fue reemplazado por Urbano de Iriondo, el 8 de Septiembre. El único en quedarse será Zuviría.

(24) Leiva renunció ante la J. de R.R. de Santa Fe. Era el mismo caso de Centeno; lo correcto hubiera sido ante el Congreso, como lo hicieron otros diputados (Gondra, Manuel Pérez, etc.). Tal vez lo guiaba el mismo propósito. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Pero si no había plata para los “montoneros”, la tendrían -y en abundancia- los afortunados moradores de lo de “Merengo”: el 4 de Abril, Urquiza adelanta a Gutiérrez “veinticinco onzas de oro”; el 8, Gorostiaga obtiene la misma cantidad; Huergo, a su vez, tiene sus veinticinco onzas el 3 de Mayo(25).

(25) Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “Documentos Relativos a la Organización Constitucional de la República Argentina” (1911-1912), tomo II, pp. 360 y sgtes., (tres volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Los otros integrantes del “círculo” tuvieron un adelanto de 1.500 pesos al desembarcar del “Countess of Londsdale”, y después anticipos hasta el total. Y en 1862 la provincia de Entre Ríos demandaba a la Nación por el reintegro de “anticipos hechos (por Urquiza) al doctor Juan Francisco Seguí, ya fallecido, por todos sus sueldos como diputado al Congreso General Constituyente”(26).

(26) Archivo de Gobierno de Paraná, tomo LXI, p. 173. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

- “Las naciones se crían en un solo día...

El 5 de Mayo fue elevado el Códice a Urquiza con una conceptuosa minuta redactada por Gutiérrez:

“El Congreso General Constituyente convocado por vuestros esfuerzos y reunido en Santa Fe por el voto espontáneo de la Nación, ha firmado el 1 de Mayo la Constitución de la Confederación Argentina”.

“... habéis dejado en completa independencia al Congreso Constituyente para meditar, combinar y sancionar la Constitución, que su ardiente patriotismo, su conciencia y su leal saber y entender le han inspirado. Este hecho modesto legado a la historia...”.

“El Congreso obligado por la naturaleza de sus graves tareas a meditar sobre el destino de las sociedades...”.

“El Congreso prevé que la sabiduría del mal consejo, y la prudencia que disfraza la debilidad, han de reprochar a la Constitución los defectos de su mérito. Poniendo en contraste la ignorancia, la escasez de población y de riqueza, y hasta la corrupción de los pueblos y provincias que componen la Confederación, deducirán aquí su inoportunidad y su impertinencia...”.

“¡Decepción y escándalo..! El legislador no podía emplear su ciencia para disimular y confirmar este monstruo social”(27).

(27) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, pp. 547-549, (seis volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Urquiza quedó complacido con la obra de sus diputados. El 24 de Julio circulaba a las provincias:

“... el Soberano Congreso, con un patriotismo verdaderamente iluminado, ha procedido en el concepto de que en la época en que vivimos las naciones se crían (sic) en un solo día, pues encuentran ya resuelto el gran problema de una civilización completa y de una vida republicana, sin tener que descubrir nada, pues basta aplicarles de aquella solución, como lo ha hecho el Congreso, lo que conviene”(28).

(28) Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “Documentos Relativos a la Organización Constitucional de la República Argentina” (1911-1912), tomo I, p. 185, (tres volúmenes), Buenos Aires. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Solamente a Rosas, hombre demasiado meticuloso y lento, se le pudo ocurrir que no era posible hacer una Constitución...

“... sin guardar el orden lento, progresivo y gradual con que obra la naturaleza, ciñiéndose para cada cosa a las oportunidades que presentan las diversas estaciones del tiempo y el concurso más o menos eficaz de las causas influyentes”(29).

(29) Juan Manuel de Rosas a Estanislao López, 6 de Marzo de 1836 (reproducido por F. Barreto. “Papeles de Rosas” (1928), p. 96, Santa Fe. // Citado por José María Rosa. “Nos los Representantes del Pueblo” (1963), segunda edición. Ed. Huemul, Buenos Aires.

Información adicional