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UN PAIS DIVIDIDO. LA ARMAZON POLITICA DE LAS PROVINCIAS

Durante los cuatro años que siguieron a la retirada de Urquiza de Buenos Aires, la Argentina experimentó rozamientos, reconciliaciones y renovados conflictos entre los porteños y las provincias.

Salvo la guerra total, se hicieron todos los esfuerzos posibles para unir a la dividida Nación. Hacia Diciembre de 1857, el llamamiento a las armas era inevitable.

En el Acuerdo de San Nicolás se había esbozado una Confederación de las provincias argentinas. La única sección del Acuerdo que había ocasionado discusiones, si bien relativamente pocas, era la que estipulaba un Congreso Constituyente.

La sola objeción que hizo Buenos Aires es que se le fijaban dos Representantes -número que se había dado a cada una de las catorce provincias- en vez de una representación más en consonancia con la riqueza, población y orgullo de los porteños.

La revolución de Septiembre había impedido que los representantes de Buenos Aires pudieran asistir al Congreso. La Constitución de 1853, por consiguiente, surgió como la materialización de la posición de las provincias. No es esencial a nuestro tema sobre el conflicto entre Buenos Aires y las provincias un detallado estudio de los orígenes y establecimiento de esta Constitución(1). Será necesario, no obstante, trazar los más importantes pasos que llevaron a la Confederación Argentina, armazón de gobierno que logró su realización en 1854.

(1) Un estudio más completo de la forma en que se forjó la Constitución de 1853 puede efectuarse consultando las siguientes obras: Santiago Baqué. “Influencia de Alberdi en la Organización Política del Estado Argentino” (1915), Buenos Aires; Juan José Díaz Arana. “Influencia de Alberdi en la Constitución Nacional” (1947), Buenos Aires; Juan A. González Calderón. “Derecho Constitucional Argentino” (1930-1931), 3ra. ed., tomo III (tres volúmenes), Buenos Aires; Paul Groussac. “Las Bases de Alberdi y el Desarrollo Constitucional”, en: “Estudios de Historia Argentina” (1918), Buenos Aires; Emilio Ravignani. “Historia Constitucional de la República Argentina” (1926-1927), (tres volúmenes), Buenos Aires; Antonio Sagarna. “La Organización Nacional. La Constitución de 1853”, en: “Historia de la Nación Argentina”, tomo VIII; Carlos Sánchez Viamonte. “Historia Institucional de Argentina” (1948), México; Georges Taussac. “Constitution de la République Argentine” (1904), Tolosa; Luis V. Varela. “Historia Constitucional de la República Argentina” (1910), tomo III, (cuatro volúmenes), La Plata; José María Zuviría. “Los Constituyentes de 1853” (1889), Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Ya fueron expuestas las medidas iniciales tomadas por Urquiza para dar al país un Gobierno Nacional, después del colapso del mando de facto de Rosas. La reunión de los gobernadores de las cuatro provincias del Litoral, efectuada en Palermo el 6 de Abril de 1852, otorgó a Urquiza poderes nacionales en Relaciones Exteriores y Hacienda; una ampliación del Pacto Federal de 1831 que había afianzado la autoridad de Rosas.

Los gobernadores de todas las provincias argentinas fueron convocados poco después para que diesen su aprobación a medidas tendientes a formar un Gobierno Nacional permanente. El Acuerdo de San Nicolás otorgó poderes a Urquiza que le permitían actuar en el papel de un mandatario absoluto de la Nación hasta el momento en que un Congreso Constituyente pudiera crear una Constitución.

A despecho de la oposición porteña, el Acuerdo proporcionó cimientos nacionales para el plan de gobierno de Urquiza. Durante el mes de Agosto, se eligieron dos Representantes de cada provincia o, tal vez sea más exacto decir que se los nombró para asistir a un Congreso Constituyente que se celebraría en la Ciudad de Santa Fe.

La revolución de Septiembre, empero, rompió la ordenada progresión de los sucesos planeados por Urquiza. No sólo alejó a la importante provincia de Buenos Aires de la Confederación, sino que también aplazó la apertura del Congreso Constituyente hasta fines de Noviembre de 1852 y obligó a Urquiza a establecer la sede del Gobierno Nacional en Paraná, en su propia provincia.

El primer mes de reuniones del Congreso Constituyente se pasó en contestar el Mensaje oficial de Urquiza para la apertura de las sesiones y en adoptar medidas de procedimiento.

Finalmente, en la víspera de Navidad, se aprobó una moción por la que se nombraba una Comisión de cinco miembros cuyo cometido era redactar una Constitución. Esta, cuyo número de miembros fue modificado en Febrero, presentó su propuesta al Congreso el 20 de Abril de 1853(2).

(2) Emilio Ravignani. “Asambleas Constituyentes Argentinas” (1937-1939), tomo IV, p. 442, (seis volúmenes), Buenos Aires. Los miembros originales de la Comisión eran Manuel Leiva, Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Pedro Díaz Colodrero y Pedro Ferré. El 23 de Febrero de 1853 se agregaron dos otros miembros: Santiago Derqui y Martín Zapata. Salustiano Zavalía ocupó temporariamente el lugar de Ferré cuando este último se ausentó para las negociaciones que condujeron al Tratado del 9 de Marzo y, más tarde, Juan del Campillo reemplazó a Derqui. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Se votó en contra de una moción que aconsejaba posponer la adopción de una Constitución mientras Buenos Aires no se incorporase a la Nación. Luego de once sesiones, el 1 de Mayo, este proyecto, con muy ligeras alteraciones de estilo, se adoptó como Constitución Nacional.

“La Nación Argentina adopta para su Gobierno la forma Representativa, Republicana y Federal, según lo establece la presente Constitución”. Así lo anunciaba el primer artículo de la Constitución, aceptado unánimemente por el Congreso. Los que habían redactado este documento intentaron abrir un camino aceptable en la maraña de las pasadas experiencias constitucionales en la Argentina.

La lucha entre los deseos de un Gobierno Central fuerte y los de la autonomía provincial, había dominado la política argentina desde el primer movimiento de separación de España en 1810.

A menudo el conflicto quedó oculto y entremezclado con las demandas porteñas de control de los asuntos argentinos, opuestas a las insistentes demandas de las provincias de una autoridad confederada, dotada únicamente de poder para ocuparse de las Relaciones Exteriores.

La significación última de una “forma de Gobierno Representativa, Republicana y Federal” descansaría necesariamente en los individuos que iniciaron un Gobierno constitucional. La Constitución de 1853, sin embargo, incorporó lo que Urquiza y algunos de sus consejeros más próximos pensaban que debía ser una de las características de un Gobierno Nacional, por lo menos en el papel.

Muchos artículos de la Constitución de 1853 no dieron lugar a discusiones y fueron adoptados directamente de fuentes evidentes: las Constituciones argentinas de 1819 y 1826; el proyecto del publicista argentino Juan Bautista Alberdi, escrito en Chile en 1852; y hasta las Constituciones de los Estados Unidos, Suiza y Chile.

Un Congreso bicameral; un Ejecutivo elegido por un Colegio Electoral y que no podía ser reelecto para sucederse a sí mismo; y un Poder Judicial, formaban un equilibrio de poderes teóricos.

Lógicamente se reconoció el catolicismo como religión sostenida por el Estado, aunque también se proclamó la libertad de cultos. Los derechos y garantías de las personas quedaron establecidos en detalle.

Lo que era más significativo, sin embargo, para el progreso argentino, lo constituían los relativamente fuertes poderes otorgados al Ejecutivo y la federalización de la Ciudad de Buenos Aires como capital de la Nación.

La primera de estas medidas, los poderes del Ejecutivo Nacional, era una concesión al momento político. Lo que interesaba a Urquiza y sus seguidores en la campaña contra Rosas era garantizar la autonomía provincial contra los dictados de un Gobierno dominado por Buenos Aires.

Una vez establecido en el papel de mandatario nacional, Urquiza favoreció -debido a consideraciones prácticas- la centralización en sus manos de fuertes poderes. El Acuerdo ya había dado amplias indicaciones de que Urquiza insistiría en esos poderes.

La Constitución afianzó esos poderes en grado sorprendente hasta para aquéllos a quienes preocupaba la autonomía de las provincias, pero siempre con la idea de que Urquiza iba a ser el mandatario que iniciaría el Gobierno constitucional en la Argentina.

De ahí que no era de temer que un Poder Ejecutivo Nacional tan poderoso estuviera en contradicción con los intereses de las provincias. Por otra parte, el resentimiento porteño contra tales poderes hacía que la unión con la Confederación, al menos bajo la presidencia de Urquiza, fuera inaceptable para Buenos Aires.

Es bastante significativo que, cuando Buenos Aires estuvo en actitud de elegir a su propio gobernador como presidente de la Nación, en 1862, los poderes de un Ejecutivo fuerte y centralizado fueron prestamente aceptados por los políticos porteños.

El apoyo o la oposición a un fuerte Gobierno Central, por consiguiente, giraba sobre todo en torno de las consideraciones prácticas acerca de quién lo ejercería. La Constitución de 1853 otorgó extensos poderes a tal Gobierno Central, suponiendo que este Gobierno quedaría bajo el control de las provincias. Se concedieron amplias facultades al Poder Ejecutivo a expensas del Legislativo y Judicial.

Las Constituciones provinciales debían obtener la aprobación del Gobierno Nacional. Los gobernadores de provincia podían ser acusados y juzgados por el Congreso Nacional. El Gobierno Nacional podía suspender las garantías constitucionales por medio del “estado de sitio”.

El Gobierno Nacional podía intervenir cualquier provincia para restaurar el orden. A pesar de todas las insinceras manifestaciones en pro del equilibrio de poderes, estas estipulaciones significaban que el Ejecutivo sería -en definitiva- la fuerza dominante en el Gobierno.

La segunda medida significativa que se adoptó en la Constitución de 1853 concernía al lugar en que debería establecerse la capital de la Nación. Así como las facultades otorgadas al Poder Ejecutivo, esta medida hundía profundas raíces en el desenvolvimiento argentino y, más recientemente, en el Acuerdo de San Nicolás. El temor a una violenta oposición porteña había hecho que toda referencia a la cuestión capital se evitase en la redacción final del Acuerdo.

Ahora que los representantes porteños estaban ausentes del Congreso Constituyente y se esperaba que el sitio de Buenos Aires por Lagos-Urquiza iba a disminuir la resistencia porteña, la solución constitucional quedó establecida en el artículo 3ro.:

“Las autoridades que ejercen el Gobierno Federal residen en la Ciudad de Buenos Aires, que se declara Capital de la Confederación por ley especial”.

La “ley especial” fue presentada el 18 de Abril en las deliberaciones del Congreso Constituyente, como ley complementaria a la Constitución proyectada. Esta ley, que se adoptó inmediatamente después de la sanción de la Constitución el 1 de Mayo, federalizaba únicamente la Ciudad de Buenos Aires. La provincia de Buenos Aires seguía bajo su propio Gobierno.

La ley estipulaba también la designación de una capital temporaria en el caso de que los porteños se negasen a unirse a la Confederación. Los desastrosos sucesos de Julio de 1853 obligaron a Urquiza a designar la Ciudad de Paraná, en su propia provincia, como capital nacional temporaria. Una ley posterior federalizó toda la provincia de Entre Ríos.

Gradualmente el Gobierno Federal se estructuraba sobre la base de la Constitución de 1853. Después de la retirada de Buenos Aires, los hombres que rodeaban a Urquiza prestaron inmediata atención a la creación de un Poder Ejecutivo constitucional nacional, al que se juzgaba la parte más importante del Gobierno en el caso de que se renovase el conflicto con Buenos Aires o que continuaran separados.

El mismo día que Paraná fue designada capital por decreto, se estableció el procedimiento para elegir a los electores para presidente. En forma simultánea, el antiguo ministro a cargo de las Relaciones Exteriores -bajo el mandato provisional de Urquiza- fue reemplazado por un gabinete que estaba formado por los ministros del Interior, Hacienda y Relaciones Exteriores.

Urquiza era el único candidato para el primer término presidencial bajo la nueva Constitución. A despecho de las varias renuncias de Urquiza durante la última mitad de 1853, no fue posible cuestionar su aceptación cuando los votos de los electores de once provincias fueron formalmente abiertos y escrutados por el Congreso Constituyente en Febrero de 1854.

Para que compartiese con él los seis años de presidencia, el Congreso eligió como vicepresidente al candidato con mayoría de votos, Salvador María del Carril(3).

(3) “Rejistro Nacional (los primeros tres volúmenes impresos como Registro Oficial) de la República Argentina que comprende los documentos espedidos desde 1810 hasta 1873” (1879-1884), tomo III, pp. 101-104, seis volúmenes, Buenos Aires. Urquiza recibió 94 de los 106 votos electorales en la elección para presidente. En la lucha para vicepresidente, ningún candidato obtuvo una mayoría absoluta: Del Carril, 35 votos; Facundo Zuviría, 22; Mariano Fragueiro, 20; Rudecindo Alvarado, 13; y los otros 16 votos se repartieron. Por lo tanto, la elección quedó determinada por el Congreso Constituyente que eligió a Del Carril sobre Zuviría por un voto de 17 a 1. Sólo participaron en esta elección once provincias, ya que Buenos Aires no eligió electores y Tucumán y Santiago del Estero eran presas de la guerra civil. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La asunción al poder de estos mandatarios tuvo lugar en Santa Fe el 5 de Marzo. Gore y el encargado portugués, Leitte -los únicos representantes de los cuerpos diplomáticos en Paraná- no sólo acompañaron a Urquiza desde Paraná a Santa Fe para las ceremonias y la celebración, sino que Gore también proveyó un bote del “HMS Vixen” para que transportara al nuevo presidente y su comitiva a través de los ocho kilómetros del río Paraná.

Gore se apartó de su tradicional reserva para describir la entusiasta recepción de la comitiva presidencial:

“Las calles estaban cubiertas de flores y las jóvenes salían de las casas para arrojar jazmines y otras flores al coche y el populacho daba vivas al presidente y a la Confederación Argentina”(4).

(4) Gore a Clarendon, 6 de Marzo de 1854. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 185, Nro. 16. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Cuatro días después, cuando la comitiva presidencial regresaba a Paraná y bajo un ardiente sol de verano, caminó unos cuatrocientos metros a través de la ciudad para ir a la residencia de Urquiza; le costó mucho a Gore aguantar el chubasco de flores y guirnaldas(5).

(5) Gore a Clarendon, 15 de Marzo de 1854. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 185, Nro. 20. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El gabinete se componía de cinco ministros, de acuerdo con la nueva Constitución: Relaciones Exteriores, Hacienda, Guerra y Marina, Interior y Justicia (que incluía Culto e Instrucción). Se insufló así la vida constitucional en la rama Ejecutiva del Gobierno.

El Congreso Constituyente quedó disuelto por propio acuerdo. Las elecciones para la Legislatura Bicameral establecidas por la Constitución se fijaron para el histórico 25 de Mayo y este Congreso dio comienzo a sus Sesiones a fines de Octubre de 1854. Nombraron la tercera rama del Gobierno -la Corte Suprema- y su toma del poder fue fijada para que coincidiera con la del Congreso.

Durante la presidencia de Urquiza, no obstante, el Cuerpo judicial nunca se reunió ni sirvió en su capacidad oficial, subrayando en esta forma el hecho de que el equilibrio de poderes en el Gobierno Nacional seguía siendo en gran parte teórico.

Con el gradual nombramiento de nuevas autoridades, la Constitución logró construir una estructura formal de Gobierno en la temporaria capital de Paraná. Que tal Gobierno pudiera obrar con éxito o hasta existir, dependería de sus relaciones con las provincias, incluso con la de Buenos Aires; de sus relaciones con las potencias foráneas; y del asunto crítico de las finanzas que pudieran sostener y pagar una Administración Nacional que no gozaba de las entradas proporcionadas por los aranceles del puerto de Buenos Aires.

Estos tres problemas, esenciales para comprender la fuerza y debilidad de la Confederación, sólo pueden ser esbozados en este momento de nuestro relato. Empero, seguirán siendo fundamentales para nuestro análisis de las luchas subsiguientes entre las provincias y Buenos Aires.

Urquiza, si bien no logró el éxito en su empeño de resolver permanentemente el conflicto entre Buenos Aires y las provincias, era el hombre indicado para mantener unidas en la Confederación las trece restantes provincias.

Pese a que el Acuerdo de San Nicolás y luego la Constitución de 1853 estipulaban un fuerte Poder Ejecutivo Nacional, éste siguió siendo teórico, y las facultades del Gobierno de Paraná sólo descansaban en el apoyo de Entre Ríos y en el respeto u obediencia que Urquiza pudiera obtener de los demás gobernadores de provincias.

Urquiza se había educado en la tradición del caudillismo y había aprendido la excelente técnica de Rosas del poder político local: el enfrentamiento de los caudillos rivales a fin de lograr la supremacía de una sola autoridad nacional.

Además, los gobernadores de provincias y sus simpatizantes podían considerar a Urquiza como uno de ellos. Se enfrentó contra la ambición porteña de dominar a la Argentina, ambición que repugnaba a las provincias, por más civilizadora o iluminadora que pudiera ser la influencia de Buenos Aires.

En todo lo que incumbía a las provincias, no impuso ningún cambio político violento con la era de Rosas. Era, por lo tanto, un dirigente nacional a quien se podía seguir sin poner en peligro lo que más tocaba al corazón del caudillo local, la autonomía y control que éste ejercía sobre su zona inmediata.

Con tal concepto de las relaciones personales con los políticos de provincias, en lugar de implantar por entero la estructura constitucional de gobierno, Urquiza pudo mantener unida la Confederación de las provincias durante el término de su mandato.

Hemos ya observado que Urquiza -en la mayoría de los casos- prefería tratar con los gobernadores y la Administración dejados por el Gobierno de Rosas antes que intentar la tarea peligrosa y quizás imposible de reemplazarlos. En consecuencia, Urquiza heredó los conflictos de las provincias que habían servido a Rosas con el fin de impedir cualquier alianza contra el dominio porteño de la Nación. Estos conflictos ya no representaban más una ventaja en el esqueleto de una Confederación donde era deseable la unión entre las provincias, aunque sólo fuera para neutralizar a Buenos Aires.

Uno de estos conflictos, que en la misma década, si bien más tarde, iba a producir amargos frutos, estaba localizado en San Juan, donde hemos visto cómo el gobernador Benavídez había sido derribado y luego repuesto nuevamente en el poder por influencia de Urquiza. Otro motivo de preocupación inmediata para Urquiza era la agitación que reinaba en cuatro provincias del Noroeste: Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y Salta.

En Tucumán, la insurrección que despojó del poder a Celedonio Gutiérrez mientras asistía a la conferencia de gobernadores en San Nicolás, era una experiencia similar a la sufrida por Benavídez. Aunque Urquiza no tomó ninguna medida activa en apoyo de Gutiérrez, permitió que el gobernador depuesto regresase al Noroeste del país e iniciara intrigas para recobrar el poder.

La poderosa familia de los Taboada, que dominaba en Santiago del Estero, engrosó las filas de los que se oponían activamente a Gutiérrez, pero el caudillo de Tucumán contrabalanceó esta fuerza con la ayuda del gobernador de Catamarca.

En el Interior, la esporádica guerra civil -que fue consecuencia de estos acontecimientos- se vio aún más complicada porque al mismo tiempo Buenos Aires se empeñaba en hacer de la revolución de Septiembre un asunto nacional: la misión abortada de José María Paz y la correspondencia de Mitre para revivir la Liga de las provincias del Norte.

Como resultado final de estas enredadas maniobras estalló una contrarrevolución en Tucumán a principios de 1853 que puso a Gutiérrez otra vez en el poder. En ese momento crucial, Urquiza manifestó sus preferencias por Celedonio Gutiérrez y ordenó al gobernador Manuel Taboada -de Santiago del Estero- que permaneciera neutral(6). El santiagueño obedeció estas órdenes de mala gana.

(6) Lavaisse a M. Taboada, 1 de Febrero de 1853. “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo II, pp. 101-104. Buenos Aires (cinco volúmenes). // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Sin embargo, las Instrucciones de Urquiza no pudieron garantizar en modo alguno la paz en el Noroeste. Uno de los hombres próximos a Urquiza señaló:

“Hay ademas en el general Urquiza un juicio erróneo sobre estos caudillejos: los considera necesarios en el Interior para poner un dique a las influencias de los porteños y quiere conservar por ahora estos poderes militares”(7).

(7) Lavaisse a M. Taboada, 1 de Febrero de 1853. “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo II, p. 102. Buenos Aires (cinco volúmenes). // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La ocasión era demasiado buena para que el Gobierno de Buenos Aires no siguiera empeñándose en lograr la simpatía de la familia Taboada(8). Estos catalizadores eran apenas necesarios. La fricción entre Taboada y Gutiérrez siguió latente a todo lo largo de 1853. Cuando Gutiérrez atacó repentinamente a la vecina Salta para derribar a su gobernador, todo el Noroeste amenazó con entablar la guerra civil.

(8) M. Taboada a Urquiza, 8 de Marzo de 1853; y M. Taboada a Mitre, 28 de Agosto de 1853. Todo en “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo II, p. 130 y tomo III, p. 90 respectivamente, Buenos Aires (cinco volúmenes). // Referenciado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Urquiza dio inmediatamente órdenes para que se enviara una Comisión formada por Benjamín Lavaisse y Marcos Paz y llevar de este modo la tenue autoridad del Gobierno Nacional a la conflagración del Noroeste, donde reinaba en ese momento una completa confusión debido a las intrigas porteñas en Santiago del Estero y a un Gobierno despótico en Tucumán. Los necesarios arreglos que buscaba el Gobierno Nacional se leían en una carta del vicepresidente:

“En la política hay hechos fatales, Sr. El Gobierno del general Gutiérrez es una imposibilidad y el triunfo de Taboada es peligroso, en mi concepto.
“Acelerar la separación del mando del primero y tratar de evitar las consecuencias del suceso de ésta es proponerse un objeto posible y de resultados apreciables...”(9).

(9) Del Carril a Urquiza, 7 de Enero de 1854. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Como solía suceder a menudo en aquellos días en que aún no se conocía en las provincias el ferrocarril y el telégrafo y para ir desde el Litoral al Noroeste se necesitaba un mes, la misión Lavaisse-Paz llegó cuando el conflicto decisivo ya había tenido lugar. Las fuerzas combinadas de Santiago del Estero y Salta habían derrotado completamente al Ejército de Gutiérrez el día de Navidad, en 1853.

De resultas de ello, la Comisión no pudo hacer otra cosa que dar sus parabienes al nuevo Gobierno que había reemplazado en Tucumán a Gutiérrez y ordenar al gobernador depuesto que compareciera ante la Suprema Corte. Esta última disposición -desde luego- nunca fue puesta en vigor(10). Gutiérrez, aunque temporariamente neutralizado, era un peso demasiado valioso que contrabalanceaba el poder de la familia Taboada para que se lo alejase del Noroeste.

(10) “Rejistro Nacional (los primeros tres volúmenes impresos como Registro Oficial) de la República Argentina que comprende los documentos espedidos desde 1810 hasta 1873” (1879-1884), tomo III, pp. 100, 306-307, seis volúmenes, Buenos Aires. El decreto original -del 9 de Febrero de 1854- fue revocado el 12 de Octubre de 1855. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Las provincias de Cuyo -San Juan, Mendoza y San Luis- cercanas a Chile, fueron también un nido de rumores y agitaciones durante los primeros años del Gobierno de la Confederación.

Sarmiento, oriundo de San Juan y vigoroso publicista contra el Gobierno de Rosas, había querellado con Urquiza por su dominio de Buenos Aires a las pocas semanas de la batalla de Caseros y voluntariamente había tomado el camino del exilio.

Su repentino regreso a Mendoza a principios de 1854 hizo que se propalaran -desde esa zona- confusas noticias, en las que se pretendía que había descubierto un vasto círculo de intrigas en el Interior de las provincias(11).

(11) Alejo G. Guzmán a Del Carril, 12 de Febrero de 1854; Pablo Lucero a Urquiza, 14 de Enero de 1854; M. A. de Zavalía a Urquiza, 30 de Enero de 1854. Todo en el Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza; Gore a Clarendon, 2 de Marzo de 1854. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 185, Nro. 12; Manuel García Soriano. “Urquiza y la Conspiración Unitaria en el Interior. 1852-1854” (1954), Tucumán. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Artesanos se reclutaban en Chile para que emigraran a Mendoza y formaran el núcleo de un ejército revolucionario. Contactos se habían hecho con Benavídez en San Juan y los Taboada en Santiago del Estero para que se unieran a Buenos Aires en el derribamiento de Urquiza y la reorganización de la Nación bajo el mando porteño.

Sarmiento, por lo tanto, fue arrestado enseguida y, luego, por consejo de Urquiza, se lo puso en libertad para que volviera a Chile. El efecto de estos rumores era, empero, muy perturbador:

“... han marchado para la frontera de San Juan dos escuadras y varias partidas armadas para toda la cordillera; sigue el estado de alarma y acuartelamiento de tropas, sobre las armas, está la ciudad en completo silencio y todo está paralizado a consecuencia de haber llamado a todos al servicio”(12).

(12) A. Alvarez y Thomas a I. Alvarez y Thomas, 23 de Enero de 1854. Archivo General de la Nación, Museo Histórico Nacional, Nro. 5.732. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La susceptibilidad de las provincias del Interior a los rumores de intrigas porteñas constituyó una de las principales consideraciones que obligó a Urquiza a hacer un viaje a Córdoba al poco tiempo de asumir la presidencia en 1854.

No sólo era aconsejable que hablara con los jefes políticos locales y se asegurase del papel de esa provincia clave en la estructura de la Confederación, sino que era también deseable que se sintiera la presencia del nuevo presidente fuera de los confines inmediatos de las provincias del Litoral.

En la segunda mitad de 1854, la situación de Corrientes -nuevamente agravada- era típica del conflicto entre los caudillos de provincias y era una situación con la que Urquiza tuvo que enfrentarse durante toda su presidencia.

Nicanor Cáceres, que durante un tiempo se había alejado por razones políticas de su provincia, residía en Entre Ríos. A fines de Agosto de 1854 levantó la bandera de la rebelión e invadió Corrientes para derribar el Gobierno de Pujol.

La situación que se produjo fue muy confusa porque Cáceres, confiando en las diferencias existentes entre Urquiza y Pujol, proclamó que Urquiza había dado su aprobación a esta invasión(13).

(13) A. E. Berón a Urquiza, 3 de Septiembre de 1854. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Gobierno Nacional, no obstante, declaró inmediatamente el estado de sitio en Corrientes y comisionó al general Galán para que ayudara a Pujol a restablecer el orden en su provincia. La revuelta fue sofocada enseguida; Cáceres fue capturado y se lo envió a Paraná para juzgarlo por alterar la paz interna de la Confederación.

La tardía llegada de varios exiliados correntinos desde Buenos Aires -conducidos por Madariaga- hizo sospechar que los porteños también se interesaban en la revuelta. Llegaron demasiado tarde para poder participar en la rebelión y Madariaga tuvo que huir por la frontera brasileña. Como en el caso de las provincias del Noroeste, Urquiza halló conveniente tener a mano a Cáceres como enemigo potencial de Pujol(14).

(14) En Marzo de 1855, por ejemplo, Cáceres escapó de Paraná e intentó invadir una vez más a Corrientes. Del Carril a Urquiza, 7 de Abril de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. Indica que esta invasión de Cáceres había sido hecha para intimidar a Pujol y obligarlo a aceptar las órdenes del Gobierno Nacional y asegurarlo -una vez más- en su lealtad. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Este tipo de crisis localizada en las provincias era una característica de los tiempos y de la situación imperante en el país. Las relaciones que Urquiza mantenía con los gobernadores, caudillos y políticos desparramados en las provincias le servían admirablemente bien para impedir la mayoría de los conflictos y lograr una solución satisfactoria con un mínimo de disturbios.

Buenos Aires, enemiga del poder de Urquiza desde la revolución de Septiembre, intentó naturalmente embrollar estos conflictos y pescar en esas aguas revueltas para su propio beneficio. A despecho del poder teórico de un Gobierno Central creado por la Constitución de 1853, en la práctica la autoridad de la Confederación era extremadamente limitada.

Urquiza, por consiguiente, siguió confiando en el juego político. La autonomía local de los gobernadores de provincias se respetó en gran parte. La lealtad de los caudillos hacia la Confederación se mantuvo confiando en los contactos personales y en las amenazas de contrapeso o de reemplazo por un rival. Unicamente así pudo Urquiza hacer de la Confederación una realidad que, en términos de fuerza bruta, sólo descansaba en su provincia de Entre Ríos.

El asunto de las relaciones con las potencias extranjeras planteó un segundo problema crucial a las nuevas autoridades en Paraná. A la Confederación le era esencial ser reconocida en el mundo como Gobierno soberano de la Argentina, por más que no controlase el puerto principal y punto de contacto con el mundo, Buenos Aires.

Hemos señalado ya que los representantes extranjeros consulares y diplomáticos habían rápidamente aceptado la caída de Rosas y se consideraban acreditados ante la autoridad efectiva del momento, el Cuartel General de Urquiza en Palermo. Este cambio fue regularizado por medidas posteriores que dieron a Urquiza el manejo de las Relaciones Exteriores de la provincia, primero por la autoridad que le confería el Pacto Federal de 1831 y, luego, por el Acuerdo de San Nicolás.

La revolución de Septiembre y después la contrarrevuelta de Lagos plantearon un imprevisto y complicado problema en el asunto del reconocimiento por las potencias extranjeras. La mayor parte de los bienes, habitantes y comercio extranjero estaba centralizado en la Ciudad de Buenos Aires o en sus aledaños.

Sin embargo, Urquiza seguía aspirando a desempeñar un papel nacional sin ser capaz -al parecer- de hacer cumplir su autoridad en la zona del país que preocupaba más a las potencias extranjeras.

Durante los últimos meses de 1852 las principales potencias que tenían intereses en la Argentina -a saber Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos y Brasil- lograron una solución práctica: los agentes diplomáticos siguieron considerándose acreditados ante el Gobierno de Urquiza. Los agentes consulares, mientras tanto, permanecieron en Buenos Aires, como lo requerían sus deberes comerciales, y mantenían contactos informales con las autoridades porteñas.

No obstante, no había nada de permanente en tal división de sus deberes representativos. Después de haberse retirado Urquiza de Buenos Aires -en Julio de 1853- el problema del lugar de residencia de los representantes extranjeros se hizo todavía más agudo, ya que dicha residencia tendría considerable peso en favor de una parte o de la otra en una Argentina dividida.

Los Tratados de Navegación y Comercio que Urquiza había aceptado en Julio de 1853, declaraban implícitamente que Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos reconocían la Confederación como Gobierno soberano argentino, si bien en forma limitada.

El poder de Urquiza sobre los ríos interiores de la Argentina y el libre acceso a los puertos del Interior de la navegación extranjera fue consignado en un Tratado internacional a pesar de las vigorosas protestas de Buenos Aires.

Al mismo tiempo, el hecho de que sólo dos agentes diplomáticos -los encargados británico y portugués- asistieran a la asunción del poder de Urquiza en 1854, y ningún cuerpo diplomático se estableciera en Paraná, demostraba la prudente actitud de las potencias extranjeras.

Un nuevo ministro francés, Auguste Le Moyne, llegó al Río de la Plata a fines de 1853, acreditado ante los Gobiernos de Buenos Aires y de Paraná y, al poco tiempo, estableció su residencia en la ciudad porteña. Cuando la Confederación lo invitó oficialmente a mudarse a Paraná, “... contestó que no podía dejar la ciudad a menos que se lo ordenase su propio Gobierno”(15).

(15) Graham a Marcy, 13 de Mayo de 1854. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 10, Nro. 1. Le Moyne deliberadamente desairó a Urquiza porque en lugar de ir él mismo, envió a su secretario a Paraná para la ratificación de los Tratados de Comercio y Navegación. El Gobierno de Paraná -en consecuencia- se negó a recibir al secretario; Gore a Clarendon, 15 de Abril de 1854. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 185, Nro. 34, Confidencial. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

A fines de 1854 llegó un nuevo ministro estadounidense con similar doble representación. Después de una breve visita a Paraná para presentar sus credenciales y hacer la ratificación de los Tratados de Navegación y Comercio, estableció su residencia permanente en Buenos Aires.

Entretanto, el representante brasileño acreditado ante el Gobierno de Urquiza residía en Buenos Aires desde la revolución de Septiembre y, aunque no estaba en posesión de carácter oficial alguno, “... mantenía frecuentes entrevistas con el ministro de Relaciones Exteriores y en todas las visitas de ceremonia ocupaba el primer lugar como si hiciera más tiempo que residiese aquí”(16).

(16) Graham a Marcy, 15 de Mayo de 1854. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 10, Nro. 1. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Luego, a principios de 1855, Brasil acreditó un encargado directamente ante el Gobierno de Buenos Aires. Hasta Gore, a quien se expulsara de Buenos Aires a principios de 1853, se había establecido en Montevideo y visitaba sólo ocasionalmente Paraná.

Factores de conveniencia y comodidad como también consideraciones prácticas respecto de sus intereses nacionales determinaron esta tendencia de los agentes extranjeros a establecerse en Buenos Aires y limitar sus contactos con Paraná a breves visitas o al intercambio de correspondencia.

Paraná, una ciudad de provincia de apenas diez mil habitantes, no podía compararse como lugar de residencia con la cosmopolita Buenos Aires. El ministro de Estados Unidos, James Peden, fue desagradablemente sorprendido por las condiciones imperantes a su llegada a Paraná:

“El costo de la vida es aquí enormemente alto. Sólo el agua representa una gran parte de los gastos porque se la lleva en carros desde el río Paraná, que se halla a unos tres kilómetros de esta ciudad... No hay hoteles; la gente tiene que arreglárselas para comer o hacer que le traigan la comida a su alojamiento”(17).

(17) Peden a Marcy, 4 de Diciembre de 1854. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 10, Nro. 4. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La ausencia casi completa de pobladores extranjeros o de comercio o barcos foráneos habían hecho de Paraná una triste sede para los agentes diplomáticos. Mientras los diplomáticos extranjeros en la Argentina pudieran resolver este asunto por sí mismos, las consideraciones prácticas hacían que prefiriesen vivir en Buenos Aires y que mantuvieran por lo menos contactos informales con el Gobierno porteño.

El reconocimiento de las potencias extranjeras -sin embargo- era más que un asunto de prestigio para la Confederación. La incapacidad de mantener su posición como Gobierno argentino soberano implicaba una separación permanente con Buenos Aires o la independencia de esta última. En consecuencia, la residencia de los representantes diplomáticos y la actitud asumida por las potencias extranjeras en la escena argentina eran vitales para el Gobierno de Paraná.

El nombramiento del publicista argentino, Alberdi, en Mayo de 1854, para encabezar una misión diplomática especial a Francia e Inglaterra era un reflejo de esta preocupación. Su empeño, que será considerado a la luz de una posterior agravación del conflicto entre Buenos Aires y las provincias, iba a obtener el reconocimiento momentáneo por las principales potencias extranjeras de un Gobierno argentino unificado bajo el poder de la Confederación.

En la escena política más reducida del Río de la Plata, Urquiza intentó también asegurarse -por medio de tratados y alianzas- la posición del naciente Gobierno de Paraná. Naturalmente, Brasil era el país al que estos sucesos interesaban en forma más inmediata.

La política determinada y consecuente del Imperio de Brasil había impedido siempre cualquier hegemonía en el Río de la Plata que pudiera amenazar sus vitales intereses económicos y políticos en esa zona. De la misma manera que Rosas había tratado de dividir las provincias argentinas para prevenir cualquier amenaza contra su Gobierno en Buenos Aires, Brasil intentó sacar provecho de las divisiones políticas en Paraguay, Argentina y Uruguay.

La ayuda de Brasil a la campaña de Urquiza contra Rosas se prestó con ese fin. Después de Caseros, favoreció los rozamientos naturales entre esos países del Río de la Plata en provecho de los intereses brasileños.

Poco después de la caída de Rosas, se había enviado a Santiago Derqui al Paraguay para convenir Tratados de Límites, Amistad, Comercio y Navegación con el absolutista y aislado Estado de Carlos Antonio López. A despecho de las intrigas de los brasileños para hacer fracasar las negociaciones, se firmaron los Tratados a mediados de Julio de 1852(18).

(18) La duplicidad de la diplomacia brasileña desconcertó completamente a los políticos de la Confederación. Derqui a Pujol, 12 de Julio de 1852. Archivo de Juan Gregorio Pujol, que fue publicado a principios de la década de 1910 bajo el título de: “Corrientes en la Organización Nacional” (1911), tomo II, pp. 68-71, (diez volúmenes). Editorial Kraft, Buenos Aires, se refirió a las ampliamente difundidas intrigas brasileñas contra las negociaciones argentinas en Asunción; De la Peña a Derqui, 16 de Septiembre de 1852. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza, demuestra que el ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación tuvo dificultades en creer tales Informes por cuanto el enviado brasileño en Paraná demostraba tanta amistad. Cf. Ramón J. Cárcano. “Del Sitio de Buenos Aires al Campo de Cepeda” (1922), pp. 111-115, Buenos Aires. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Derqui entonces resolvió fomentar la confianza mutua por medio de una proyectada alianza de los dos países. Sus tentativas fueron confirmadas por las instrucciones de Luis J. de la Peña:

“... a su nombre (Urquiza) debo decirlo que aprueba su conducta y le ordena que aún después de concluirlo el Tratado de Alianza que se ocupaba, permanezca V. en ésa ejerciendo sus funciones cerca del Exmo. Sr. Presidente de la República y trabajando porque cada día se estrechen más los vínculos de amistad entre ella y la Confederación Argentina”(19).

(19) De la Peña a Derqui, 16 de Septiembre de 1852. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Las nuevas de los disturbios producidos en la Legislatura de Buenos Aires dieron alientos a la Alianza sugerida por Derqui. Pero las conversaciones languidecieron tan pronto como el relato de la decisiva acción de Urquiza llegó a Derqui. El Tratado de Alianza finalmente se convirtió en una forma diluida de carta personal de López a Urquiza ofreciéndole su ayuda militar -en caso de necesidad- contra Buenos Aires(20).

(20) Derqui a Pujol, 29-30 de Agosto de 1852. Archivo de Juan Gregorio Pujol, que fue publicado a principios de la década de 1910 bajo el título de: “Corrientes en la Organización Nacional” (1911), tomo II, pp. 125-126, (diez volúmenes). Editorial Kraft, Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Este acercamiento entre la Confederación y el Paraguay estaba condenado de antemano al fracaso por los intereses inmediatos de los dos países. El Tratado de Límites que Derqui había concluido era inmensamente impopular en Paraná. La Argentina confirmó sus pretensiones a la zona de Misiones, pero a un precio muy elevado: Paraguay conservaría una jurisdicción exclusiva sobre el río Paraguay y territorios bastante extensos a lo largo del Bermejo.

Urquiza aprobó el Tratado, pero los Congresos posteriores pospusieron repetidas veces su ratificación. Mientras tanto, instrucciones contradictorias, que se debían a los temores que se tenía en Paraná de la extensión que pudiera tomar la revolución de Septiembre, obligaron a Derqui a abandonar su misión en Asunción:

“... una Nota oficial del ministro de Relaciones Exteriores (de la Argentina) en que me ordena solicite del presidente (del Paraguay) suspenda la evacuación de las misiones por temor de que ese territorio se anarquizase y continúe custodiándolo hasta que mejore la situación del país o, cuando menos, se establezca una ocupación mixta.
“Tal me contrariaba esta orden y contrariaba los intereses del país, que me resolví a no hacer uso de ella, es decir, a no cumplirla; pero esto mismo escribía el mismo ministro al presidente en carta particular y dio al diablo con todos mis trabajos, habiéndose resuelto el presidente a no hacer -por ahora- la entrega de las misiones, reconociendo sin embargo el derecho de la Confederación a ese territorio...”(21).

(21) Derqui a Pujol, 21 de Noviembre de 1852. Archivo de Juan Gregorio Pujol, que fue publicado a principios de la década de 1910 bajo el título de: “Corrientes en la Organización Nacional” (1911), tomo II, pp. 234-235, (diez volúmenes). Editorial Kraft, Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El retiro de Derqui bajo tales condiciones irritó a López y la posterior demora para la aprobación de los Tratados por el Congreso hizo que Paraguay sospechase de las intenciones de Urquiza. Estos recelos fueron aprovechados por los agentes brasileños, ansiosos de dividir a los posibles aliados y muy interesados en disponer del territorio de Misiones.

Finalmente, en Septiembre de 1855, el Congreso argentino rechazó los Tratados firmados por Derqui en Asunción y recomendó que se entablaran nuevas negociaciones con el Paraguay. Tomás Guido, desde hacía mucho amigo del Paraguay y de López, fue elegido para la difícil tarea de renovar la amistad con el Paraguay en provecho de la Confederación.

Estas negociaciones condujeron a un Tratado de Comercio y Navegación a mediados de 1856. El precedente del Tratado de Límites de Derqui -empero- imposibilitó que se llegase a un arreglo en la materia y siguió poniendo trabas a las relaciones entre la Confederación y el Paraguay durante muchos años.

En forma paralela a las tentativas de Derqui en el Paraguay después de Caseros, otra misión argentina se dirigió al Uruguay, teniendo a la cabeza a Luis J. de la Peña. Brasil había participado en la campaña contra Rosas con el fin de lograr condiciones más favorables para sus intereses económicos y políticos en el Uruguay.

El Gobierno que surgió en Montevideo después de Caseros no era lo suficientemente pro brasileño a gusto de los diplomáticos y generales del Imperio. En consecuencia, Brasil presionó a este Gobierno. De la Peña escribió acerca de su misión:

“...que mi misión a Montevideo y que no pudo ser llevada hasta el Janeiro, sólo tuvo por objeto cortar las desavenencias que se habían suscitado entre la Oriental y el Imperio a consecuencia de los Tratados que celebraren entre sí el año ppdo; y, conseguido esto, celebrar el Tratado definitivo de Paz entre la República Argentina y el mismo Imperio que está pendiente desde el año de 1828”(22).

(22) De la Peña a Derqui, 16 de Septiembre de 1852. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La misión De la Peña logró aún menos éxito que la Derqui porque a fines de Mayo de 1852 lo volvieran a llamar de Montevideo. Aún en las mejores circunstancias, sólo pudo conseguir que las demandas territoriales y comerciales del Brasil -en menoscabo del Uruguay- no fueran demasiado excesivas.

Acontecimientos ocurridos posteriormente en la Argentina impidieron que la Confederación asumiese un papel decisivo en los asuntos del Uruguay. Brasil conservó el control. Era inevitable que Brasil ocupase Montevideo, lo que hizo a pedido y expensas de las autoridades locales en Mayo de 1854 con el desembarco de más de cinco mil hombres para mantener el orden.

Las finanzas representaban el tercer problema crucial con que se enfrentaba la naciente estructura de la Confederación. En cierto sentido este problema era el más crítico, porque la carencia de fondos colocaba al Gobierno de Paraná en tremenda desventaja para tratar los problemas relativos a las provincias y a las naciones extranjeras.

La razón fundamental de esta falta de dinero era sencilla. Las rentas de los Gobiernos americanos en el siglo XIX dependían en gran parte de los aranceles. El concepto del proteccionismo no se aplicaba en gran escala, pero los reducidos impuestos con que se recargaban las importaciones y las exportaciones proporcionaban los fondos para los Gastos de Gobierno.

De allí que el control de la Aduana significaba en realidad el control del Gobierno, por lo menos en sentido financiero. Las autoridades en Paraná, por consiguiente, carecían de la renta nacional que absorbía la Aduana y el Gobierno de Buenos Aires.

Debemos comprender también que en la década de 1850 nos ocupamos de un escenario económico bastante distinto de la Argentina actual. La Nación estaba virtualmente desierta: trescientos mil habitantes en la provincia de Buenos Aires y alrededor de un millón desparramado en las restantes trece provincias.

La hostilidad de las tribus indias restringían el establecimiento de poblaciones a lo largo de las fronteras sur y norte. La frontera sur estaba apenas delineada por el camino de tierra que salía de Buenos Aires y pasaba por Pergamino y las capitales de Córdoba, San Luis y Mendoza.

Más allá de las capitales de provincia, los gauchos vivían mezclados con los indios en un estado semisalvaje y a veces era imposible distinguir unos de otros en las guerras civiles y las luchas interprovinciales que asolaron la Argentina hasta después de 1870.

Carretas arrastradas por bueyes constituían el principal sistema de transporte y el viaje de Buenos Aires a Salta duraba tres meses. Los pasajeros se trasladaban en diligencias y, en momentos de emergencia, los despachos del Gobierno se podían enviar por jinetes que se relevaban y recorrían un promedio de unos quince kilómetros por hora.

El correo regular de las provincias del Noroeste, no obstante, necesitaba un mes para llegar a Paraná. Los ferrocarriles seguían siendo el sueño de una década futura. Los planes para la línea férrea de Rosario a Córdoba se discutían ya en Septiembre de 1854, pero hasta 1863 no se realizó ningún trabajo. La construcción de la primera línea férrea se comenzó en Buenos Aires en 1854 y el servicio se inició tres años más tarde sobre diez kilómetros de vía.

Buenos Aires era la única ciudad de la Argentina a la que podía considerarse un centro metropolitano. Su población -de casi cien mil habitantes, la mayoría nacida en el extranjero- controlaba gran parte de las inversiones, del capital y del comercio del país. Sus numerosas cabezas de ganado lanar y bovino, que cubrían la zona de la provincia protegida de los indios, formaba la base de su riqueza económica.

Las ciudades de la Confederación presentaban un notable contraste. Córdoba, el mayor centro urbano de las provincias, tenía veintisiete mil habitantes; los puertos ribereños de la Confederación -Rosario y Gualeguaychú- tenían nueve y seis mil, respectivamente; Paraná, la nueva capital, diez mil.

El reciente sitio de la ciudad había puesto frente a frente la estructura financiera de Buenos Aires con la de las provincias. El papel desempeñado por las rentas de aduana había permanecido en cierto modo oculto en el conflicto. El espectacular éxito logrado por Buenos Aires descansaba en la cantidad de papel moneda que el Banco de la provincia podía emitir y poner en circulación sin que se produjera una tensión excesiva en la estructura comercial o financiera.

Naturalmente, detrás de la aceptación pública de este empréstito forzoso había años de experiencia porteña con el papel moneda, la seguridad de un Banco fuerte a causa de las futuras rentas de aduana y la determinación diaria del valor oro del papel en función de los factores de la oferta y demanda en el mercado local de la moneda. Los hombres de la Confederación, empero, sólo veían en este fenómeno que

“... ellos (de Buenos Aires) han gastado muchos millones de papel moneda y comprado con él ingentes sumas de onzas para hacernos la guerra y aniquilarnos. Nosotros también podemos tener planchas de acero y papel moneda, no para fines depravados como ellos, sino para abrir y hacer expeditivas las vías de comercio, navegación, población, industria, progreso, etc.
“¿Qué nos privaría hacer esto? ¿Un buen Gobierno reglado y perfectamente organizado? Ya lo tenemos en el Ministerio recientemente instalado”(23).

(23) Lavaisse a M. Taboada, 5 de Septiembre de 1853. “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo III, pp. 109-111, Buenos Aires (cinco volúmenes). // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Las necesidades financieras de la Confederación exigían una atención inmediata. El Gobierno de Paraná esperaba que el comercio directo entre los puertos ribereños y los europeos y norteamericanos podía eventualmente acrecentarse y producir buenas rentas provenientes de los aranceles.

En ese momento crítico, el ministro de Hacienda Mariano Fragueiro y sus colegas resolvieron imitar la estructura financiera porteña. Fragueiro redactó una compleja Ley de Hacienda y Crédito Público y en Diciembre de 1853 el Congreso Constituyente la aprobó.

Por esta ley se creaba una complicada estructura administrativa de la Hacienda Pública capaz de emitir papel moneda, ponerlo en circulación y sostener su valor. Se establecería en Paraná un Banco Nacional de la Confederación en el que se centralizarían todos los fondos y créditos del Gobierno. Se establecerían filiales de este Banco en todas las provincias, para regular la circulación del papel moneda, administrar el cobro de las rentas y alentar las actividades comerciales.

Se incluyeron en la ley algunos artículos respecto de las rentas, como el impuesto del 4 por ciento sobre la tierra en Entre Ríos, permisos para las concesiones mineras y gravámenes sobre el correo. El cobro de los derechos de importación y exportación -tal como habían sido fijados- y la regulación de la Deuda interna caían también bajo la supervisión del Banco.

Se esperaba que los escasos fondos de las rentas cobrados en metálico serían suficientes para lograr la confianza del público en los seis millones de pesos fuertes en papel que el Banco estaba autorizado a emitir.

La teoría que sustentaba el proyecto de Fragueiro era buena. El papel moneda, aun sin respaldo metálico, podía circular con un valor casi a la par si faltaban otros medios de pago legales y la demanda pública mantenía la moneda en circulación. Pero estos mismos factores de aceptabilidad del papel y de confianza pública en el proyecto faltaban lamentablemente en la Confederación.

En todas las provincias se produjo una efectiva resistencia contra el papel moneda. Los negociantes y los tenderos o se negaban a aceptar el dinero o lo aceptaban con un tremendo descuento. Unicamente en Paraná y en algunas de las capitales de provincia circulaban los billetes de Banco. Pronto las quejas llovieron sobre Urquiza y hasta los funcionarios de su propia provincia de Entre Ríos, pidieron:

“... una resolución que calme la alarma general que hay en las familias y muy principalmente en los pobres, que no tienen qué comer porque el carnicero y todos los que venden comestibles quieren plata o quieren recibir el papel al precio que les acomoda...
“Hoy ha llegado al último punto esa situación, pues los jornaleros ya empiezan a no querer recibir papel. Los peones del saladero de Gianello se le amotinaron y los que yo tengo trabajando en mi casa hoy me han dicho que no quieren papel, porque no se le reciben y si van a comprar algo les dicen que no hay cambio.
“De la campaña para qué es decir nada a V. E., cuando no hay uno que reciba el papel”(24).

(24) A. Elías a Urquiza, 10 de Julio de 1854. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza.  // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Gobierno de Paraná ordenó el curso forzoso(25). Esto produjo algún efecto en las ciudades. En Córdoba, el peso fuerte papel llegó a valer el 50 por ciento de su valor nominal(26). Pero la reacción general era la que el gobernador de Santiago del Estero resumió en una carta a Fragueiro:

“... la innumerable población de esta provincia ... resiste decidir entre la nueva moneda, porque es una innovación a que no estaban preparados. Los hombres inteligentes y de discusión se resignarían quizá; las masas ignorantes se sublevarían”(27).

(25) “Rejistro Nacional (los primeros tres volúmenes impresos como Registro Oficial) de la República Argentina que comprende los documentos espedidos desde 1810 hasta 1873” (1879-1884), tomo III, p. 141, seis volúmenes, Buenos Aires.
(26) Lucero a M. Taboada, 27 de Agosto de 1854. “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo III, pp. 185-187, Buenos Aires (cinco volúmenes).
(27) M. Taboada a Fragueiro, 18 de Septiembre de 1854. “Recuerdos Históricos: los Taboada (Luchas de la Organización Nacional)” (1929-1947), documentos seleccionados y comentados por Gaspar Taboada, tomo III, pp. 188-190, Buenos Aires (cinco volúmenes). // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El cónsul de Estados Unidos en Buenos Aires llegaba a la conclusión:

“... de que al parecer la principal dificultad con el Gobierno es el papel moneda, que mucha gente no quiere recibir, por cuanto el Gobierno no asumió otra responsabilidad que la de recibirlo por los derechos públicos y requiere que se lo reciba con el mismo valor que el oro y la plata.
“Muchas tiendas y negocios ya fueron cerrados por las autoridades por negarse a recibirlo en estos términos y creo que el presidente Urquiza ya comienza a advertir que es imposible obligar a la gente a recibir esta cosa sin valor”(28).

(28) Graham a Marcy, 21 de Septiembre de 1854. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 10, Nro. 2. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La resistencia pública -en efecto- era tan fuerte que, aunque el Gobierno de Paraná había emitido solamente 1.678.000 pesos fuertes papel de los 6.000.000 autorizados, el Banco cesó en sus funciones en Septiembre de 1854. Los pesos que aún estaban en circulación, 676.000, fueron retirados, aceptándolos por la tercera parte del pago de los aranceles.

Esta medida dejó a la Confederación sin Banco, sin moneda nacional y, lo que era más importante, sin ningún recurso para sostener su Gobierno. Durante los años siguientes, las autoridades de Paraná tuvieron que luchar con estas grandes deficiencias financieras.

Se hizo lo posible por encontrar capitalistas que quisieran establecer otro Banco en la Confederación. Se buscaron empréstitos en el extranjero para cubrir los Gastos más urgentes del Gobierno y la Confederación hizo experiencias con distintos aranceles para alentar el comercio con los puertos europeos y norteamericanos que no pasaba primero por Buenos Aires.

Estos sucesos necesitan naturalmente algunas consideraciones sobre el conflicto que se produjo con posterioridad entre los porteños y las provincias y es preferible dejarlo para más adelante.

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