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La ruptura entre la Confederación y Buenos Aires

Durante varios meses fueron grandes las esperanzas de alcanzar una paz permanente y de llegar eventualmente a la unión de las dos partes en que estaba dividida la Argentina. No obstante, toda idea de unión se enfrentaba con una dificultad casi insuperable: el Gobierno Nacional estaba bajo la firme égida de Urquiza, un hombre de las provincias.

La ciudad porteña se vería obligada a ceder parte de sus privilegios, de su posición y riquezas si quisiera unirse a la Confederación en las circunstancias actuales. Tal propuesta no era bien recibida por los porteños, ya fueran nacionalistas o localistas.

Al mismo tiempo en Paraná y en las provincias, la resistencia contra la dominación porteña de la Nación se perfilaba vigorosamente. Si Buenos Aires deseaba formar parte de la Unión, lo tendría que hacer en términos de igualdad con sus provincias hermanas. La riqueza y el poder de Buenos Aires serían bien recibidos y se necesitaban para la tarea de construir una Argentina fuerte y unida.

Pero, para lograrlo, había que domeñar el poder porteño y no permitirle que controlase y dirigiese al Gobierno Nacional. Entre estas dos posiciones -al parecer irreconciliables- había sólo un recurso, y no muy satisfactorio, que traería el paso del tiempo: la esperanza de que cuando Urquiza dejara la presidencia, las susceptibilidades porteñas disminuirían y la unión sería entonces posible.

Aun cuando esta vaga esperanza tuviera alguna posibilidad de realizarse, había muchos grupos e intereses en el Río de la Plata que no querían dejar la solución en manos del tiempo. Uno de ellos lo formaba el gran número de emigrados que habían sido echados de sus hogares por el Gobierno de Buenos Aires. Estos elementos -refugiados en Montevideo y en la provincia de Santa Fe- seguían conspirando para volver al poder en Buenos Aires, ya sea por el alzamiento o la invasión.

Otro se debía a los intereses brasileños, uruguayos y paraguayos que buscaban ventajas en una Argentina dividida y apoyaban tanto a uno como a otro de los Gobiernos argentinos.

Finalmente, se pensaba que la situación política se trastocaría a corto plazo. Factores cambiantes, tanto internos como externos, hacían que los dos Gobiernos creyeran en una debilidad o en una fuerza momentánea en la posición de su contrincante. Así, fue imposible mantener el statu quo definido por los tratados.

Las relaciones de los dos Gobiernos siguieron siendo oficialmente amistosas por algo más de un año. Durante este período se hicieron en ambos lados sinceros esfuerzos para dar más amplitud a los Tratados y llevar a los dos Gobiernos hacia una unión eventual.

Se intercambiaron repetidamente misiones entre Paraná y Buenos Aires; los conflictos comerciales se discutieron; se proyectó la cooperación contra las invasiones de los indios. Pero no se pudo llegar a ningún arreglo fundamental en el que una parte o la otra no tuviera que entregar su soberanía o supremacía política.

Mientras tanto, la mayor causa de irritación, los esfuerzos de los emigrados por volver a ganar el control de Buenos Aires, emponzoñaron las negociaciones mejor intencionadas. Con el tiempo, todas estas intrigas e invasiones dieron como resultado el fin del statu quo y la abrogación de los Tratados.

En Abril de 1855, Daniel Gowland, uno de los primeros pacificadores, fue nombrado agente comercial de la Confederación en Buenos Aires. Su principal cometido era el de facilitar el comercio -en su ida o venida de las provincias- a través de Buenos Aires. Pronto su papel se complementó con el de negociador.

La Confederación le dio instrucciones de iniciar conversaciones y arreglar Convenciones con el Gobierno porteño acerca de problemas específicos, tal como la actitud que debía adoptarse frente a la tensión existente entre Brasil y Paraguay o en la defensa de las fronteras contra los indios(1).

(1) Brasil había tomado la determinación de concluir un Tratado favorable sobre Navegación y Comercio, como también sobre Límites, con Paraguay y, en caso necesario, bajo la amenaza de los cañones del escuadrón brasileño. El paso de una flota brasileña río arriba en dirección a Asunción planteó el problema de si una Nación extranjera tenía derecho a navegar por los canales del Río de la Plata y por el río Paraná. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Mientras tanto, en Julio se descubrió en Buenos Aires otro intento de los emigrados para hacerse del poder. La oposición política contra Ireneo Portela, ministro de Gobierno de Obligado, que había hallado amplia difusión en la prensa y en la Legislatura, el tumulto causado por las elecciones locales para diputados y nuevas incursiones de los indios contra las fronteras del sur, todos estos hechos favorecieron la revuelta.

Los oficiales que participaron en la contrarrevolución de Lagos en Diciembre de 1852, aparecieron otra vez como cabecillas. Durante un tiempo la preparación del complot se mantuvo más o menos oculta pues, como lo informaba el vicecónsul británico:

“El Gobierno desde hace un tiempo tenía noticias de este complot, pero quería trazar sus orígenes antes de tomar cualquier medida para apoderarse de los participantes conocidos. El asunto no obstante se precipitó y estalló debido a los movimientos políticos que se hicieron para echar al doctor Portela”(2).

(2) Parish a Clarendon, 30 de Junio de 1855. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 189, Nro. 27. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La Administración de Obligado no perdió tiempo entonces en aplastar la conspiración antes que los elementos rurales de la provincia y los emigrados de Montevideo pudieran coordinar sus movimientos. Portela renunció y fue inmediatamente reemplazado por Valentín Alsina. Mitre regresó a toda prisa de la frontera sur con un buen contingente de tropas.

Este cambio de los acontecimientos provovó la fuga de los cabecillas de la revuelta. Hombre muy acostumbrado a estas conspiraciones, Gerónimo Costa, escribió al consejero de Urquiza, Benjamín Victorica:

“La revolución preparada en Buenos Aires de que le hablaba en mi anterior y la cual entraban todos los federales, ha fracasado y los principales de ellos -Flores y Bustos- están aqui (en Montevideo).
“Yo no comprendo porque han abandonado la empresa desde que la campaña estaba preparada, mucho más quedando tantos hombres colgados”(3).

(3) Costa a Victorica, 10 de Julio de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Los subordinados trataron de llevar adelante la revolución. La actividad del gobernador Obligado y de su gabinete y la lealtad de las unidades provinciales de la Guardia Nacional en la noche del 3 de Julio impidieron la violencia en la Ciudad de Buenos Aires.

Wenceslao Paunero, a cuyo cargo estaban las tropas porteñas en la Ciudad de San Nicolás, frustró un golpe en forma similar. La conspiración fue sofocada con tanta rapidez que “... la tranquilidad general y los negocios en la ciudad no han sido ... molestados por este asunto”(4).

(4) Parish a Clarendon, 30 de Junio de 1855. Oficina Británica de Documentos Públicos, Documentos del Foreign Office, Correspondencia General 6, República Argentina, volumen 189, Nro. 27. En efecto, hubo una tan pequeña alteración de la tranquilidad pública que gran parte de los historiadores han ignorado esta revolución. No obstante, el golpe fue extensamente discutido por Sarmiento en un artículo en “El Nacional” del 14 de Julio de 1855, y por Mitre en un Informe a la Asamblea General, sesión del 16 de Julio de 1855. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Aunque las personas próximas a Urquiza estaban al corriente de los planes de la revuelta, no había evidencia alguna de que la Confederación otorgara su apoyo oficial a esta conspiración.

Valentín Alsina, cuando se hizo cargo del ministerio de Gobierno, presentó inmediatamente a la Asamblea General -reunión conjunta del Senado y de la Cámara de Diputados de la provincia- su proyecto de futuras relaciones entre Buenos Aires y un Gobierno Nacional.

Para satisfacer la sugestión de Gowland que solicitaba otras Convenciones, Alsina eligió a Juan B. Peña, uno de los comisionados que había arreglado el Tratado del 8 de Enero, para negociar con las autoridades de la Confederación en Paraná.

Le dieron a Peña instrucciones explícitas sobre las más importantes exigencias porteñas. En vista de las posibles complicaciones argentinas en la querella entre Brasil y Paraguay, los términos exactos de la cooperación entre los dos Gobiernos debían ser ampliados(5).

(5) Buenos Aires había sostenido que el río Paraná estaba abierto únicamente a la navegación de barcos mercantes de las naciones extranjeras. La Confederación había reconocido también el derecho de navegar libremente por esas aguas interiores a los barcos de guerra extranjeros. Una de las finalidades de esta misión era la de buscar una mayor coincidencia de las autoridades en Paraná con el estrecho concepto porteño. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Ya que las autoridades porteñas sospechaban que Urquiza apoyaba los repetidos esfuerzos de los emigrados por retornar al poder en Buenos Aires, se buscó llegar a un arreglo por el cual cada Gobierno se comprometía a ayudar al otro en caso de invasión.

Los asuntos comerciales fueron discutidos, por cuanto Buenos Aires oponía fuertes objeciones al decreto de Paraná que permitía al agente comercial, Gowland, cobrar derechos de importación sobre bienes en tránsito a la Confederación.

También se le encomendó a Peña abrogar por la representación consular unificada en el extranjero. Finalmente, se le dieron órdenes a Peña de solicitar a la Confederación que no contrajera más empréstitos en apoyo de su tambaleante sistema financiero. Los porteños se interesaban en este asunto porque suponían que, en el evento de unificación, la Aduana de Buenos Aires tendría que suscribir el pago de dichas deudas.

Repetidas demoras dilataron la partida de Peña para Paraná hasta Noviembre de 1855. Para ese tiempo otros incidentes habían agregado su peso a la carga que el negociador ya llevaba con sus Instrucciones. El Congreso de la Confederación, antes de poner término a sus sesiones de 1855, aprobó una resolución en la que se expresaba la esperanza de que Buenos Aires pronto formaría parte de la Unión.

El ministro del Interior Santiago Derqui, no obstante, envió esta resolución a Buenos Aires, el 10 de Octubre, con una Nota que revelaba claramente la impaciencia reinante entre los miembros del Gobierno de Paraná. O Buenos Aires se unía inmediatamente a la Confederación o ésta adquiría el derecho de utilizar todos los medios a su disposición para lograr la unidad argentina.

Alsina contestó en tono mesurado que cualquier negociación debía llevarse a cabo entre iguales. Agregaba que Buenos Aires había sido la primera en enviar la misión Peña, no porque se sintiese débil, sino en deferencia a la idea de la unidad de la Argentina. Tales comunicaciones oficiales indicaban que a ambas partes les molestaba transigir en asuntos de mucha importancia.

Otro motivo de indignación lo proporcionaron los ataques de los indios contra las estancias argentinas en el sur de la provincia. Un batallón en San Antonio fue completamente aniquilado por ellos en Septiembre. Sorprendía a los oficiales de la frontera sur el empleo por los indios de tácticas militares y de un hábil despliegue de fuerzas. Además de esto, la moral de algunas tropas porteñas era muy baja, como se advertía en una carta de Buenos Aires:

“Los diarios anunciaron la salida de un gran refuerzo para la frontera ... este refuerzo (que yo lo vi salir) se componía del general Hornos con cien hombres, de los cuales 23 habían sido sacados de la cárcel y 17 de la Policía; los otros han sido enganchados unos y forzados otros; ya Vd. ve que con semejante refuerzo no se debe temer nada”(6).

(6) José Guido a Guido, 22 de Septiembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Tomás Guido. 1850-1856. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Ya que un complejo sistema de Tratados con las tribus indias protegía gran parte de la Confederación de los ataques, las victoriosas incursiones contra la rica frontera de Buenos Aires se destacaban demasiado claramente. La opinión pública y la oficial no tardaron en acusar a Urquiza de alentar y tal vez ayudar las depredaciones contra Buenos Aires.

Contra tales acusaciones poca impresión produjo la siguiente defensa racional de la política de la Confederación expresada por el vicepresidente Del Carril:

“... que esa política con los indios se reducía a conservar con ellos armonía y paz, no ofendiéndolos y accediendo a sus pedidos de subsistencia, regalos, obsequios, etc.
“Habiéndoles declarado en todas las ocasiones que ni apoyamos ni autorizábamos ninguna depredación en el territorio de Buenos Aires; que esos procederes los sujetarían a las consecuencias de la guerra y que era mejor que las evitasen absteniéndose.
“Que los de Buenos Aires eran amigos y hermanos, pero que no estaban sujetos a la autoridad del presidente por lo que, así como no se responsabilizaba el Gobierno de la Confederación de los agravios que los de Buenos Aires pudieran haber hecho a las tribus amigas de los indios, tampoco podíamos ir más adelante del mero consejo con los indígenas, para evitar invasiones que pretenden estar justificadas por agravios y males gratuitamente inferidos a ellos por los de Buenos Aires”(7).

(7) Del Carril a Urquiza, 6 de Diciembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. Estos argumentos fueron los que Del Carril presentó a Peña cuando este último le transmitió una solicitud del comandante de Buenos Aires, Wenceslao Paunero, en la que se le pedía que Urquiza usara la influencia que tenía entre los indios para que pusieran fin a sus depredaciones en la provincia de Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Los porteños quedaron convencidos que Urquiza podía impedir en cualquier momento a sus aliados indios de llevar ataques a la riqueza rural de Buenos Aires.

Como si estas dificultades no fueran lo suficientemente grandes para aumentar la carga de la misión Peña, los emigrados lanzaron otro ataque contra Buenos Aires en Octubre de 1855. Los viejos cabecillas de la revolución de Lagos, José María Flores y los coroneles Bustos, Lamela y Olmos desembarcaron en puntos alejados entre sí de la provincia, mientras que Lagos y Costa esperaban prudentemente el resultado en Montevideo. Como antes, Urquiza estaba informado de los planes, pero ni ayudó ni impidió esta arriesgada tentativa(8).

(8) D. J. de Urquiza a Urquiza, 27 de Octubre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Y, como en Julio, las autoridades militares porteñas se movieron rápidamente para poner en fuga a los conspiradores antes que pudieran reunir cincuenta hombres, una vez más los cabecillas cruzaron el río para escapar a Montevideo donde podrían complotar y forjar nuevos planes para el futuro.

Así, a fines de 1855, el clima para las negociaciones no era muy favorable. Hasta el vicepresidente Del Carril dejó transparentar algo de la impaciencia que había provocado la Nota agresiva de Derqui a Buenos Aires en Octubre:

“Yo no sé lo que quieren los de Buenos Aires; ni pueden vivir ni nos dejan vivir quietos. Después de un Tratado, otro. ¿Cuándo acabaran los Tratados? Y por qué no acaban de una vez”(9).

(9) Del Carril a Urquiza, 4 de Octubre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Urquiza recibió a Peña cuando llegó a Paraná a fines de Noviembre pero luego -según su costumbre- al final de las sesiones anuales del Congreso se retiró a su propiedad de San José. Las negociaciones quedaron en las manos de dos de sus ministros, Juan del Campillo y Santiago Derqui.

Dos errores capitales en un negociador fueron cometidos por Peña al principio de las conversaciones: reveló sus Instrucciones a los negociadores de la Confederación y expresó públicamente su desagrado por la política de su Gobierno. Las cartas de Del Carril a Urquiza hacían hincapié en la ineptitud de Peña, particularmente en vista de la difícil tarea que implicaban sus Instrucciones. El 3 de Diciembre, el vicepresidente escribía:

“El señor Peña sigue conversando sin adelantar nada. Remito a V. E. una copia de los extractos y apuntes que el señor Peña ha dado sobre sus instrucciones para consultar y discutir en las conferencias.
“No será bueno publicar estas psas. textualmente; pero deben tomarse como bases seguras para empezar la discusión que debe hacerse por la prensa sobre los objetos que abraza la misión Peña”(10).

(10) Del Carril a Urquiza, 3 de Diciembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. Urquiza hizo buen uso de la copia de las Instrucciones de Peña en su correspondencia con los gobernadores de provincias. En carta de Urquiza a Pujol, 26 de Diciembre de 1855 (“Corrientes en la Organización Nacional” (1911), tomo V, p. 342, (diez volúmenes). Editorial Kraft, Buenos Aires) incluyó una transcripción de las Notas de Peña y agregó: “Usted verá por ellos lo exagerado de las pretensiones y lo poco que se puede aún esperar”. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Unos pocos días más tarde, Del Carril agregaba:

“Peña habla tan mal del Gobierno de Buenos Aires como un emigrado, dice don Baldomero (García).
“Todas sus conversaciones se reducen a este tópico para él inagotable. No se empeña ni se apura por adelantar su misión y como si le gustase estar fuera de Buenos Aires y aguardase algún acontecimiento que lo librase de un encargo, para el que no tiene gusto ni conciencia”(11).

(11) Del Carril a Urquiza, 6 de Diciembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

No obstante, a mediados de Diciembre se dio comienzo a conferencias formales. Algunas cláusulas de la primera parte de las Instrucciones de Peña -que aconsejaban una cooperación conjunta en caso de amenaza exterior y reajustes comerciales- fueron aceptadas.

Sobre los puntos cruciales de su misión relativos a relaciones exteriores o la futura reorganización de la Nación, era sin embargo imposible llegar a un arreglo entre los políticos de Paraná y los de Buenos Aires. En la época en que los magros resultados de las conversaciones de Peña fueron conocidos en Buenos Aires, se preparaba ocultamente otra invasión de emigrados y Alsina no se sentía muy inclinado a llegar a un arreglo con la Confederación.

Se enviaron Instrucciones a Peña de protestar vigorosamente contra la más reciente invasión desde Santa Fe y contra la publicación de las Instrucciones por la prensa de Rosario sin autorización alguna. Según Del Carril, Peña expresó su disgusto por estas Instrucciones finales y dio fin a su misión en Paraná en los últimos días de Enero(12).

(12) Del Carril a Urquiza, 25 de Enero de 1856. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Las invasiones a Buenos Aires en Enero de 1856 pusieron fin al statu quo y a los Tratados, que aún no habían cumplido el año. Irónicamente, por primera vez las autoridades de Santa Fe parecían hacer genuinos esfuerzos para impedir esta invasión a través del Arroyo del Medio(13).

(13) Del Carril a Urquiza, 26 de Diciembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza; N. Oroño a J. F. Seguí, 24 de Diciembre de 1855. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza; Paunero a Mitre, 29 de Octubre de 1855. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo XV, pp. 44-45, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires; Victorica a Costa, 10 de Enero de 1856, Archivo General de la Nación, Colección Farini. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Hasta faltaban la asistencia y cooperación acostumbradas de Benjamín Victorica. Con todo, José María Flores pudo pasar casi un mes en las extensas e inhabitadas llanuras del sur de Santa Fe para preparar su ataque contra Buenos Aires. Luego, a despecho de los esfuerzos de las autoridades de Santa Fe para interceptarlo, cruzó la frontera con unos pocos centenares de hombres.

Casi inmediatamente, el 25 de Enero, las fuerzas porteñas -al mando de Mitre- dispersaron a los invasores y los persiguieron hasta algunos kilómetros de la frontera de Santa Fe. Mitre entonces se movió rápidamente para enfrentarse con las fuerzas igualmente reducidas que Gerónimo Costa había desembarcado cerca de Zárate, el 28 de Enero.

En esa misma fecha, el Gobierno de Buenos Aires adoptó una drástica medida por la cual se ordenaba ejecutar a cualquier oficial hasta el rango de capitán -o por encima de él- capturado con las fuerzas de Costa(14). Tres días más tarde el grupo de Costa, incluso su comandante, fue virtualmente borrado del mapa.

(14) Decreto del 28 de Enero de 1856. Alejandro Rosa. “Colección de Leyes, Decretos y Otros Documentos sobre Condecoraciones Militares, Medallas Conmemorativas...” (1891), p. 298, Buenos Aires, citado por Julio Victorica. “Urquiza y Mitre” (1906), pp. 195-196, Buenos Aires; Obligado a Mitre, 23 de Enero de 1856. “Archivo del general Mitre” (1911-1913), tomo XV, pp. 77-78, (veintiocho volúmenes), Buenos Aires. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Estas invasiones no tenían mucha importancia desde el punto de vista militar. Sin embargo, proveían la escena para las maniobras políticas. La significación que iban a tener estas invasiones y revoluciones fue muy bien captada en un despacho contemporáneo del ministro de los Estados Unidos:

“Cada espasmo político se magnifica en Europa y los Estados Unidos hasta transformarlo en una ‘revolución’, y cada insurrección de uno de los partidos descontentos o cada invasión de unos doscientos o trescientos campesinos nómades y semiarmados (en un país donde los caballos son tan abundantes como el ganado -y cuestan mucho menos- y donde el ‘gaucho’ (campesino de inquieta vida que, por lo general, no tiene morada permanente ni tampoco vínculos familiares, que tan pronto se niega como se entrega, que gusta apasionadamente de emociones de toda clase, que siempre está a caballo, para quien cambiar de campesino a soldado es sólo un cambio de nombre), ¡se desborda en desesperada anarquía!
“Tengo experiencia de dos o tres tentativas de ‘invasión’ o revolución. Aquí los periódicos -en el sentido hiperbólico del idioma español- hablan de los invasores, quizá 150 a 200 toscos campesinos, negros y refugiados, como si formaran un ejército; de cada conflicto, quizá en el que se pierden una o dos vidas, se habla como si fuera un ‘encuentro’; a una escaramuza en la que los contrincantes maniobran y hacen fuego con fusiles desde el lomo de un caballo, sin cuidar para nada la precisión o puntería y uno u otro de los enemigos queda por casualidad más tiempo en el campo, se la denomina un brillante éxito.
“El éxito de una parte es sólo un cambio de gobernantes. Los resultados ulteriores por lo general no registran cambio alguno y otro tanto por lo que a la población extranjera se refiere, cuyos derechos son casi siempre respetados”(15).

(15) Peden a Marcy, 26 de Marzo de 1856. Archivos Nacionales, Departamento de Estado, Ministros de Estados Unidos en Argentina, Despachos, Microfilm Nro. 69, Rollo Nro. 11, Nro. 36; William R. Manning. “Diplomatic Correspondence of the United States (Inter-American Affairs. 1831-1860)” (1932-1939), tomo I, pp. 585-586, doce volúmenes. Ed. en Washington, D. C. // Todo citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Esta invasión, sin embargo, proporcionó a ambas partes la excusa de terminar con un statu quo muy poco satisfactorio. La mala voluntad para llegar a un compromiso ya era evidente en las negociaciones de Peña. Acusaciones y contraacusaciones se difundieron desde la siempre volátil prensa hasta los comunicados oficiales entre los dos Gobiernos.

La violación de la frontera de Santa Fe por Mitre -cuando perseguía a Flores- hizo que Derqui enviase una Nota vehemente a las autoridades porteñas, nota que fue entregada en forma muy incorrecta por el representante de Buenos Aires, Peña, a su regreso de Paraná.

En vista de que la invasión de Flores había partido del territorio de Santa Fe, el tono de la Nota no trataba de estimular por cierto los sentimientos conciliatorios en Buenos Aires:

“... el Exmo. Gobierno Nacional me ha ordenado dirigirme a V. entablando el competente reclamo y pidiendo la destitución y enjuiciamiento del jefe de la fuerza agresora, el abono de los Gastos nacionales hechos con motivo de la agresión y la indemnización de los perjuicios causados en las poblaciones de Santa Fe”(16).

(16) Confederación Argentina al Estado de Buenos Aires, 27 de Enero de 1856, en “Historia de la Nación Argentina”, tomo VIII, p. 235. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

La respuesta de Alsina trataba de justificar la acción de Mitre como si fuera impremeditada y dictada por las circunstancias militares. Prescindiendo de la neutralidad oficial de Santa Fe y la Confederación, quedaba en pie el hecho de que Flores había podido reclutar hombres y conseguir caballos y armas en una provincia de la Confederación antes de atacar a Buenos Aires. Aun Peña, que por cierto no había sostenido firmemente algunas de las pretensiones de su Gobierno, dirigió una carta personal a Urquiza:

“Se ve pues que en todo este procedimiento que si bien es cierto que el coronel Mitre no ha respetado rigurosamente los límites de la provincia de Santa Fe, también lo es que propiamente hablando no ha habido una invasión formal con el objeto de ocupar ninguna parte del pais, ni mucho menos de damnificar a sus habitantes, más propiamente puede llamarse una correría militar sobre rebeldes introducidos en territorio amigo que estaban asechando el momento de traernos la guerra en combinación con sus compañeros Costa, Bustos y Benites, etc.”(17).

(17) Peña a Urquiza, 14 de Febrero de 1856. Archivo General de la Nación, Archivo del general Justo José de Urquiza. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

El Gobierno de Paraná, sin embargo, prefirió interpretar la contrainvasión de Mitre como un ataque deliberado de una provincia contra la soberanía nacional. A mediados de Marzo, Derqui anunció a las autoridades porteñas la abrogación de los Tratados del 20 de Diciembre y del 8 de Enero. La continuación de la paz fue colocada “... bajo la garantía y conciencia y del honor del Gobierno Nacional...”(18).

(18) “Rejistro Nacional (los primeros tres volúmenes impresos como Registro Oficial) de la República Argentina que comprende los documentos espedidos desde 1810 hasta 1873” (1879-1884), tomo III, pp. 336-337, seis volúmenes, Buenos Aires. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Una semana antes, Derqui había dirigido una Circular a todos los gobernadores de provincias en la que culpaba a Buenos Aires por poner fin al statu quo. Lo que implicaba la Circular era claro: que era muy cercano el tiempo en que Buenos Aires iba a unirse al resto de las provincias sobre la base de la igualdad en el cuadro de la Confederación.

La amenaza de recurrir a la fuerza era asimismo visible. Aunque se admitían los horrores de la guerra civil, esta frase significativa seguía a la descripción de la invasión de Mitre:

“... cuando la autoridad nacional llame a los argentinos a las armas, será cuando la ofensa sufrida se agrave por falta de reparación, cuando los medios pacíficos de obtenerlos se hallen agotados, cuando no haya ningún otro arbitrio para evitar la repetición y cuando -en fin- la opinión pública de los pueblos confederados estime intolerable una situación semejante”(19).

(19) Confederación Argentina a los gobernadores de provincia, 10 de Febrero de 1856. Martín Ruiz Moreno. “La Organización Nacional” (1905-1908), tomo IV, pp. 87-92, (cuatro volúmenes), Rosario. // Citado por James R. Scobie. “La Lucha por la Consolidación de la Nacionalidad Argentina. 1852-1862” (1964). Ed. Librería Hachete S. A., Buenos Aires.

Los dos Gobiernos argentinos habían comprendido que el statu quo de la soberanía dividida era inaceptable. Buenos Aires se mostraba quizá menos impaciente que la Confederación, ya que poseía una economía viable y una estructura política efectiva.

Un sector influyente de la dirección política deseaba dejar librada al tiempo la creación de una nacionalidad argentina en la que la ciudad porteña no perdería su prestigio político y su poder. Veían tal meta en la veda constitucional de Urquiza para ocupar por segunda vez la presidencia en 1860.

El Gobierno de Paraná, entretanto, estaba en situación demasiado apurada para permitirse tal derroche de tiempo. Mientras no lograse el dominio del puerto de Buenos Aires carecería de lo esencial a un Gobierno Nacional. Políticamente, a despecho de la Constitución de 1853, era una mera liga de provincias. Financieramente, estaba en bancarrota. Internacionalmente, era un anacronismo.

Todas estas razones presionaban a los dirigentes de la Confederación para que se asegurasen tan pronto como fuera posible la participación porteña en un Gobierno argentino según los términos establecidos por las provincias. El statu quo que legalizaba la continua división de los dos Gobiernos era, por lo tanto, aún más inaceptable para la Confederación que para Buenos Aires.

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