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LA VICTORIA PORTEÑA

Los dos últimos años de la década posterior a Caseros decidieron el triunfo de la hegemonía porteña sobre la Nación. La reorganización nacional, que habría de tener lugar en 1862 bajo Bartolomé Mitre, gobernador de Buenos Aires y primer presidente de una Nación Argentina unida, se diferenció en muchas formas del régimen de Juan Manuel de Rosas.

Sin embargo un atributo esencial fue común a los dos regímenes: la riqueza y el poder económico que representaba la Ciudad de Buenos Aires sólo participaron en la nacionalidad argentina cuando su seguridad pudo ser garantizada por la dirección porteña en un Gobierno Nacional.

Durante los ocho años que siguieron a Caseros, Buenos Aires mantuvo su autonomía respecto de las otras provincias argentinas. Había rehusado en forma consecuente unirse a la Confederación, por cuanto ésta no garantizaba aquella hegemonía. Por ser la más rica de las provincias, exigía un papel preponderante en la organización nacional en consonancia con su importancia y orgullo.

En 1860 se había logrado en apariencia la unidad poniendo en ejecución un programa que permitía la reincorporación gradual de Buenos Aires. Pero detrás de esta fachada, la Nación Argentina estaba dividida en facciones, partidos y provincias autónomas. El presidente aún no poseía la autoridad suprema efectiva y carecía de poder.

Buenos Aires seguía siendo independiente, posición que garantizaban las mismas medidas que se habían tomado para lograr la unidad en el Convenio de Junio y en la Convención de Santa Fe.

Urquiza, caudillo y protector de la Confederación, dominaba todavía en muchos aspectos el Gobierno de Paraná y el de las provincias. Había así tres Gobiernos distintos, a los que podían apelar las pasiones, los odios y los temores del pasado en la Argentina.

Ninguno de estos Gobiernos era lo bastante fuerte como para desempeñar un papel dominante en la escena y llevar las provincias a la unidad.

En los comienzos, Derqui y Urquiza rivalizaron por ganarse la amistad de Buenos Aires. De resultas de ello la posición porteña se había visto favorecida en el Convenio de Junio y en la Convención de Santa Fe.

En forma simultánea, cada uno de los tres Gobiernos trataba de edificar su propio poder y ganarse la buena voluntad de las provincias. A medida que el conflicto se hacía más agudo y los actos de violencia se sucedían, la desconfianza y el odio que habían motivado las acciones de los simpatizantes se difundieron cada vez más hasta llegar a los jefes.

La apariencia de unidad se derrumbó. La guerra civil estalló una vez más entre Buenos Aires y la Confederación. De este nuevo conflicto la autoridad y el poder de Buenos Aires surgieron triunfantes para dominar y reorganizar a la Nación.

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