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La marcha a Río Grande

La derrota paraguaya en el Riachuelo trajo las respuestas previsibles. Solano López estaba enfurecido; su gente, apenada. La satisfacción en las capitales aliadas, en contrapartida, era intensa. Pese a ello, le tomó algún tiempo a la mayoría de los observadores valorar en su justa dimensión las implicancias de una victoria tan amplia.

En Rio de Janeiro, el emperador y sus ministros estaban jubilosos cuando escucharon el logro del almirante Francisco Barroso, aunque Don Pedro, si bien internamente eufórico, públicamente mostró un semblante atemperado y digno, simplemente dando las gracias a los oficiales y hombres de la Armada Imperial.

Los miembros de su Gobierno no guardaron la misma compostura. El “Jornal do Commercio” reprodujo una serie de loas oficiales, incluyendo unos pomposos versos escritos por el líder abolicionista Joaquim Nabuco(1). El ministro de la Marina comisionó la pintura de un gigantesco retablo de la batalla, que acentuaba todos sus aspectos heroicos (y ninguna de sus insensateces)(2).

(1) Joaquim Nabuco. “Aos Bravos de Riachuelo”, en el “Jornal do Commercio”, 30 de Septiembre de 1865. Ver también “O Que Fazia o Rio a 11 de Junho de 1865” (1911), en la “Revista do Instituto Histórico e Geográfico de São Paulo”, Nro. 16, pp. 431-432.
(2) En 1876, el Gobierno Imperial envió los estudios de esta pintura conmemorativa a Filadelfia como parte de la contribución del Brasil a la exposición mundial. Ver: Rangel de S. Paio. “Combate Naval de Riachuelo: Historia e Arte, Quadro de Victor de Meirelles, Notas para os Visitantes da Exposição” (1883), Río de Janeiro; “Salão-Riachuelo: Exposição do Quadro Combate Naval do Riachuelo em Beneficio do Hospital da Santa Casa de Misericordia da Corte” (1883), Río de Janeiro; y F. J. de Santa-Anna Nery, Salon de 1883: “Combat Naval de Riachuelo” (1883), Tableau Militaire de Victor Meirelles, París. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La gente se congregaba en las calles de las principales ciudades y celebraba hasta bien entrada la noche con risotadas, bailes, floridos discursos y generosas libaciones de cachaça. Todos confiadamente predecían una rápida victoria sobre el altanero dictador del Paraguay.

En Buenos Aires, la reacción pública fue de callado alivio; ahora López podía ser derrotado sin comprometer demasiado hombres y material. La prensa oficial, que reflejaba este sentimiento, se regocijaba con la “humillación del Paraguay” y ofrecía palabras enaltecedoras del valor brasileño(3).

(3) Periódico “La Nación Argentina”, 21 de Junio de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Sin embargo, muchos líderes del Gobierno argentino, pese a sus sonrisas externas, estaban preocupados. El presidente Mitre y el ministro Elizalde sabían que este era un triunfo brasileño antes que aliado. En cualquier nuevo arreglo de poder que surgiera a partir de la batalla, el Imperio tendría preeminencia. Por lo tanto, mientras ofrecían efusivas felicitaciones a Barroso y sus hombres, Mitre y sus asociados sigilosamente maniobraban para retener la mayor influencia posible dentro de la Alianza.

Lo que pocos en Buenos Aires notaban en ese tiempo era que el resultado de la batalla proporcionaba una importantísima victoria política para el Gobierno Nacional argentino. Previamente, el sentimiento antiporteño y antialianza en las provincias del Litoral era suficientemente profundo como para inspirar esperanza en algunos levantamientos.

Los disidentes regionales tenían en mente lanzar estas rebeliones en el momento que las Fuerzas paraguayas llegaran a Entre Ríos. Pero ahora, los brasileños dominaban el río Paraná casi hasta Tres Bocas y el general Wenceslao Robles seguía inmóvil.

La decisión del mariscal López de concentrarse en la acción militar y dejar de lado su exhortación política al pueblo del Litoral era poco visionaria. Sus amigos, si así los consideraba, tenían que depender de ellos mismos. En estas circunstancias, aun los miembros de la Junta Gubernativa de Corrientes se arrepentían de su previo entusiasmo. Calladamente continuaban cumpliendo sus obligaciones, pero el fuego que caracterizaba sus pensamientos se había disipado.

Habiendo gastado pocas vidas y capital en la campaña hasta el momento, el Gobierno Nacional no obstante cosechó la recompensa de ver debilitada su oposición regional, en condiciones de ser eliminada totalmente. Sin embargo, una oposición debilitada suele actuar desesperadamente y estar dispuesta a toda clase de jugarretas antes de resignar el centro de la escena.

En el Litoral, la figura política que sufrió más esta situación fue Justo José de Urquiza. Durante dos meses trató, con limitado éxito, de movilizar unidades para apoyar la causa nacional. Ya el 19 de Abril había emitido un llamado a las armas en su provincia nativa y no había razones para cuestionar la sinceridad de sus esfuerzos ni entonces ni posteriormente(4).

(4) Proclama de Urquiza, 19 de Abril de 1865, en el periódico “El Nacional” (Buenos Aires), 21 de Abril de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Más aún, como teniente designado por Mitre en la región, tenía tras de sí todo el prestigio y la autoridad del Gobierno Nacional. Esto se extendía hasta el comando sobre las fuerzas de los generales Paunero y Nicanor Cáceres y del coronel Payba. Pero, con todo este poder y esta influencia, Urquiza igual fracasaba en su intento de reclutar hombres que se pensaran primero argentinos y luego provincianos. Ricardo López Jordán hablaba por muchos entrerrianos en ese tiempo cuando rechazaba la exhortación del gobernador:

“Usted nos llama para combatir a Paraguay. Nunca, general; ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos. Esos son nuestros enemigos. Oímos todavía los cañones de Paysandú. Estoy seguro del verdadero sentimiento del pueblo de Entre Ríos”(5).

(5) Ramón Cárcano. “La Guerra del Paraguay (Acción y Reacción de la Triple Alianza)” (1941), tomo 1, pp. 213-214, Buenos Aires (dos volúmenes). Ed. Domingo Viau. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Más común que el abierto rechazo al viejo caudillo era el pasivo conformismo de muchos hombres en edad militar que se sumaban a Urquiza, recibían su pago y desertaban a la primera oportunidad. En los papeles, Entre Ríos presentaba un Ejército formidable de ocho mil hombres para pelear contra el Paraguay (tres mil más de lo que había solicitado Mitre). En la práctica, de pocos de ellos se podía asegurar que ejecutarían sus órdenes.

La posición de Urquiza era decididamente débil y él trataba por todos los medios de mantener la cabeza fuera del agua. Elegantemente ignoró las presiones para enviar tropas no confiables hacia el Norte a ayudar a Paunero y en cambio usó suaves palabras para calmar tanto a los porteños como a sus propios airados seguidores. También trató de sobornar a los líderes militares paraguayos, algo que Mitre aprobaba, aunque consideraba improbable una deserción masiva de los campamentos del mariscal(6).

(6) Mitre a Urquiza, Concordia, 7 de Julio de 1865, en Bartolomé Mitre (1911). “Archivo del General Mitre”, tomo 2, pp. 223-225, en el Archivo del diario “La Nación”, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza finalmente envió una serie de Notas a Robles en las cuales le sugería que, con veintidós mil hombres bajo su mando, era el general paraguayo -y no el mariscal López- el verdadero poder en su país; si se pudiera dar vuelta contra el mariscal, entonces ése sería el fin de la guerra.

Robles rechazó estas insinuaciones con indignación, con lo que terminaron los contactos clandestinos de Urquiza, pero no sus problemas. Por un lado, el gobernador entrerriano discrepaba sobre la estrategia militar básica con Mitre y varios de los comandantes argentinos, especialmente Paunero. Este último se inclinaba por hostigamientos extensivos al enemigo independientemente de dónde se encontrara.

Urquiza era más cauto y tenía mucho mayor respeto por las cualidades guerreras de los soldados paraguayos, tal vez porque veía en ellos la misma bravura rústica de sus propios gauchos. Sentía que la columna de Estigarribia por sí sola podía tomar la mayor parte de su provincia y quería replegarse para concentrar las Fuerzas aliadas a lo largo del río Uruguay.

La primera manifestación de un problema con Paunero llegó a principios de Junio. Urquiza había acampado el grueso de su Ejército en Basualdo, cerca del límite entre Entre Ríos y Corrientes. En ese tiempo, Robles se estaba todavía acercando a Goya y el mayor Pedro Duarte había avanzado casi hasta Santo Tomé.

Urquiza esperaba que las dos Fuerzas enemigas se juntaran en cualquier momento y, por lo tanto, ordenó a Paunero proseguir hasta Basualdo sin demora. Cuando este estaba por cumplir la orden, sin embargo, se enteró del abrupto repliegue de Robles y sagazmente optó por seguir a los paraguayos hacia el Norte(7).

(7) Paunero a Urquiza, Esquina, 12 de Junio de 1865, en Bartolomé Mitre (1911). “Archivo del General Mitre”, tomo 2, pp. 183-185, en el Archivo del diario “La Nación”, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza consideró esto como una insubordinación y un grave error, ya que creía que Robles deseaba atraer a la guardia aliada de avanzada al otro lado del río Corriente para atraparla y destruirla antes de retomar su camino al sur. Le envió a Paunero una dura reprimenda el mismo día de la debacle paraguaya en el Riachuelo(8).

(8) Urquiza a Paunero, Basualdo, 11 de Junio de 1865, en Bartolomé Mitre (1911). “Archivo del General Mitre”, tomo 1, pp. 179-180, en el Archivo del diario “La Nación”, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza siguió convencido de que su evaluación era la correcta aun después de que conoció las noticias de la victoria brasileña. En realidad no podía hacer otra cosa, ya que cualquier compromiso con los porteños en materia de estrategia y táctica erosionaría aún más su base de apoyo.

Mitre, quien estaba reuniendo tropas cien kilómetros al sur, en Concordia, tenía que elegir entre Urquiza y Paunero. A su pesar, dado que sabía los costos políticos en juego, optó por apoyar al último. Cuando Paunero comenzó su persecución de Robles, Urquiza recibió órdenes de Mitre de avanzar de la misma manera hacia el río Corriente.

El presidente creía que este avance estimularía a Cáceres y otros correntinos a iniciar una resistencia a gran escala contra los paraguayos. Rojo de rabia, Urquiza insistió en que la maniobra arruinaría la efectividad de su caballería(9).

(9) Urquiza a Mitre, Basualdo, 21 de Junio de 1865, en Bartolomé Mitre (1911). “Archivo del General Mitre”, tomo 2, pp. 192-194, en el Archivo del diario “La Nación”, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque no lo mencionó en ese momento, sin duda pensaba que los movimientos paraguayos al Uruguay demostrarían que su estrategia más conservadora era la acertada.

- Mbutuí

Los rasgos hidrográficos del río Uruguay en sí mismos descartaban una batalla naval decisiva como la del Riachuelo. Si bien el río era navegable en la mayor parte de su curso, encima de Salto y Concordia había una serie de rocosos encalladeros que impedían el paso, salvo en canoas, durante la mayor parte del año.

Incluso en aguas altas el paso de buques de más de seis pies de calado era casi imposible. En 1865 esto hacía impracticable para los aliados montar una expedición naval contra las Fuerzas de Duarte y Estigarribia. La serie más extendida y visualmente más impresionante de estos bajíos y cascadas estaba localizada en Mbutuí, aproximadamente a mitad de camino entre São Borja e Itaquí.

Cuando las aguas del Uruguay pasan a través de este salto se curvan en infinidad de direcciones a través de las fisuras de las rocas. Las nubes de gotas pulverizadas, tornasoladas con arco íris, forman una permanente capa de vapor sobre la exuberante vegetación y el rumor puede escucharse a muchos kilómetros de distancia.

A un extremo del obstáculo, medio escondido en la bruma, se produce la confluencia del río Uruguay y el Mbutuí, un oscuro curso de agua originado en unas colinas a 160 kilómetros al Este. Pocos paraguayos habían oído hablar de él. Fue cerca de este río, algunos kilómetros tierra adentro, donde se toparon con los aliados. La ocupación de São Borja coincidió con la derrota del capitán Meza en el Riachuelo.

Como en Corumbá, los paraguayos saquearon el pueblo pero, a diferencia de los acontecimientos en la comunidad matogrossense, esta vez no fue tanto una rapiña indisciplinada, sino una sistemática colección de “restos” que Solano López había prometido.

Los soldados fueron casa por casa confiscando todo lo de valor y reservando lo mejor para el mariscal y madame Lynch. Los oficiales tomaban lo suyo de acuerdo con el rango, seguidos por los soldados mismos, que se llevaban lo que sobrara. Estigarribia envió una parte considerable al otro lado del río para ser distribuida entre las tropas de Duarte(10).

(10) Loren Scott Patterson. “The War of the Triple Alliance (Paraguayan Offensive Phase. A Military History)” (1975), pp. 283-284, disertación doctoral, Georgetown University. Washington, D.C. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pedro Gay, el canónigo de la iglesia local, se hizo eco de la consternación de los vezinhos del pueblo cuando reportó en detalle los estragos en su vicaría(11).

(11) Gay escribió:
“El escritorio, los vestidores y los armarios fueron abiertos con un hacha, sin preocupación por el uso de las llaves que estaban en cada cerradura. En un instante, todo el mobiliario estuvo destrozado. Libros y papeles fueron arrojados sobre las mesas y el piso, ornamentos de la iglesia, vestimentas y utensilios domésticos dispersados por todas partes.
“Mientras tanto, habiendo encontrado un barril de azúcar, una bolsa de almidón y otra de arroz en un rincón (el fraile paraguayo Santiago Esteban Duarte) llamó a unos soldados que estaban en la puerta y les dijo que se sirvieran todo lo que quisieran; allí mismo rompieron los sacos de azúcar y almidón y comenzaron a devorar a manos llenas.
“Todo este tiempo, el fraile y el coronel (Estigarribia) revisaban cuidadosamente toda la casa esperando encontrar la platería de la iglesia escondida adentro (...). En el escritorio hallaron varios periódicos (porteños y cariocas) con dibujos satíricos de Solano López. A estos viles sirvientes del déspota paraguayo les salía espuma por la boca cuando miraban las caricaturas de su ídolo (pero enviaron todos los periódicos al mariscal de todas maneras)”.
Ver “Papeles de Gay” (1865), en el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Río de Janeiro, lata 404, Doc. 27. Ver también João Pedro Gay. “Invasão Paraguaia na Fronteira Brasileira do Uruguay” (1980), pp. 73-74, Caxias do Sul. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Las únicas residencias que escaparon del despojo por parte de la Fuerza invasora pertenecían a extranjeros, aunque ellos también tuvieron muchas quejas. Un comerciante francés salió a protestar ante Estigarribia, haciendo notar que su local comercial gozaba de la protección de la bandera de su país. El coronel, que estaba demasiado ocupado como para preocuparse del desventurado despensero, replicó:

“Sí, sí, la (tricolor) es muy hermosa, es la más hermosa de las banderas después de la de la República del Paraguay; pero si este francés quiere respeto a su casa debería permanecer en ella, ya que todos los que huyen son enemigos del Gobierno Supremo”(12).

(12) João Pedro Gay. “Invasão Paraguaia na Fronteira Brasileira do Uruguay” (1980), pp. 74-75, Caxias do Sul; ver también: “Delegação Consular Italiana em Pôrto Alegre pide Indemnização aos subitos Italianos por prejuizos sofridos na invação paraguaia em São Borja”, en “Papeles de Gay” (1865), en el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Río de Janeiro, lata 404, Doc. 28; y “Oficio a José Joaquim Fernandes Torres, encaminhando o pedido de indemnização de Luis Pitaluga, súbito italiano, pelos danos sofridos com a invação paraguaia”, Pôrto Alegre, 20 de Febrero de 1867. Papeles de Francisco Inacio Marcondes Homem de Melo, en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El vandalismo en São Borja tuvo poco valor militar. Los tres días dedicados a saquear el pueblo podrían haber sido mejor usados en perseguir a las Fuerzas imperiales o establecer un perímetro seguro. Pero los brasileños no tenían unidades suficientemente cerca como para montar un contraataque, por lo cual el coronel tenía todo el tiempo que necesitaba para ocuparse de otras prioridades.

La derrota en el Riachuelo no tuvo efectos inmediatos en el comando de Estigarribia. Las tropas en São Borja estaban más preocupadas por la falta de provisiones que por las cuestiones estratégicas de una batalla en el Paraná. Sus intendentes no habían podido extraer mucho de los campos aledaños.

El coronel, por lo tanto, decidió ir más adelante, para lo cual envió baqueanos y patrullas de reconocimiento -algunas de las cuales consistían en varios cientos de jinetes- en varias direcciones. Una de estas patrullas, liderada por el capitán José del Rosario López, fue al norte hasta São Mateus y allí confiscó dos mil cabezas de ganado y caballos antes de retornar a São Borja el 14 de Junio(13).

(13) Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 2, p. 27, Rio de Janeiro. Ed. Biblioteca do Exército. Una fuente paraguaya, evidentemente citando un relato oficial, afirmó que el número de animales tomados se acercaba a ochocientos. Ver: Vicente Barrios a Solano López, Asunción, 8 de Julio de 1865, en Natalicio González Collection, Spencer Library, University of Kansas, Lawrence, MS E222:6, pp. 7-10. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Al día siguiente Estigarribia ordenó al capitán López interceptar un convoy de armas que se sabía estaba dirigiéndose al Este, hacia Alegrete. La columna de López, de cuatrocientos hombres, incluía varios voluntarios correntinos y uruguayos que se habían unido a Estigarribia. Uno de estos, Justiniano Salvañach, había servido al ex Gobierno blanco como mayor del Ejército y ahora actuaba como adjunto de López.

Al guiar las Fuerzas del mariscal a través de Rio Grande do Sul y Uruguay, estaba más que contento de poder perseguir convoyes siempre que eso lo llevara al sur, hacia su patria. En este caso, el convoy logró escapar, pero en el proceso de buscarlo, López y Salvañach penetraron casi cien kilómetros dentro del corazón del Rio Grande do Sul brasileño. Se enredaron en una breve escaramuza con el regimiento 28 de caballería del Brasil pero, más allá de eso no tuvieron acción.

La población local se escabullía cuando las tropas paraguayas se acercaban. La columna de López retornó a São Borja el 22 de Junio de 1865 para encontrarse con que Estigarribia había evacuado el pueblo tres días antes y estaba ahora en camino a Itaquí. Ante la falta de órdenes o información, el capitán López marchó al sur para reunirse con la columna de su comandante. En el proceso, él y sus hombres cruzaron el río Mbutuí en un punto algunos kilómetros tierra adentro de las cascadas.

El río en ese lugar es un ancho arroyo que corre hacia el extremo sur de un amplio pantano, el estero Donato, dentro del cual drena parcialmente. Debido a las fuertes lluvias, el arroyo estaba desbordado a fines de Junio y López se desvió hacia el Este con el fin de encontrar un sitio para vadearlo. Con Estigarribia a muchos kilómetros de distancia cerca de Itaquí, estaba más aislado que nunca.

El 25 de Junio de 1865, la columna de López se trenzó en un nuevo enfrentamiento con el 28 de caballería. Esta unidad había estado tratando durante algunos días de conectarse con la Primera Brigada, la principal fuerza brasileña en la región. El coronel Antonio de Fernandes Lima y su brigada de tres mil quinientos hombres estaban de hecho trasladándose hacia el sudeste.

Tras su fracaso en evitar la ocupación de São Borja por parte de Estigarribia y sabiendo ahora que los paraguayos habían hecho retroceder en el campo de batalla al 28, resolvió llevar adelante una terrible venganza al día siguiente. Los relatos brasileños y paraguayos difieren en todos los detalles importantes de la resultante batalla de Mbutuí, incluyendo el lugar específico en que se libró. Mientras las fuentes convencionales del Brasil lo ubican a 50 kilómetros al sur del río Mbutuí, los paraguayos mantienen que ocurrió cerca del río mismo(14).

(14) Osório Tuyuty Oliveira Freitas. “A Invasão de São Borja” (1935), pp. 107-111, Pôrto Alegre. Edição Livraria do Globo; Efraím Cardozo. “Hace cien años (crónicas de la guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, pp. 92-94, publicadas en el periódico “La Tribuna” (trece volúmenes), Asunción. Ediciones EMASA; Juan E. O’Leary. “Recuerdos de Gloria: 26 de Junio de 1865. Mbutuy” (1902), en el periódico “La Patria” (Asunción), 26 de Junio de 1902. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cualquiera que sea la verdad geográfica, cuando el capitán López vio que una gran Fuerza enemiga se estaba desplegando contra él, ordenó a sus tropas desmontar y establecer una posición defensiva en la cima de una colina semiboscosa. El estero Donato estaba a sus espaldas, lo que le hacía difícil a Fernandes atacarlo por atrás. El comandante brasileño estaba forzado a realizar un asalto frontal.

La decisión de López de detenerse y pelear revelaba un patrón de conducta que sería sumamente común entre los oficiales paraguayos a lo largo de la guerra. Aunque estaba en una misión de reconocimiento y reaprovisionamiento y debería haber priorizado mantenerse detrás de Estigarribia con informaciones sobre los movimientos del enemigo, optó por desmontar y atrincherarse.

Peor todavía, tomó una posición que presentaba un gran obstáculo en su retaguardia. Aunque esto lo salvaguardaba de un ataque brasileño por detrás, el pantano también hacía impracticable cualquier retirada. El capitán López, como muchos comandantes paraguayos, no mostró sutilezas en combate; no calculaba dar poco para obtener poco. Para él, la guerra era siempre una cuestión de vencer o morir.

Fernandes deseaba lanzar su ataque al alba, pero tenía dificultad en confirmar las posiciones paraguayas. Una gruesa y fría niebla que parecía un caldo de nieve fangosa se había posado sobre la superficie y era imposible para el coronel brasileño ver más allá de unos pocos metros adelante. Finalmente comenzó su ataque a las 08:20, apenas el escenario se volvió más claro.

Incongruentemente, sin embargo, avanzó de manera poco sistemática, un error grave. Al no poder coordinar sus cinco regimientos para que asaltaran a los paraguayos simultáneamente, le dio a López la oportunidad de rechazar una unidad a la vez. Como los brasileños aprendieron para su desgracia, esto jugaba en favor de la mayor fortaleza de los paraguayos, ya que estos peleaban invariablemente bien a la defensiva.

Una y otra vez los jinetes brasileños salían adelante, primero por el flanco derecho del enemigo, luego por el izquierdo. Los hombres de Fernandes llevaban modernas carabinas conocidas por su distancia y precisión. Estos rifles pronto tuvieron un efecto terrible sobre los paraguayos quienes, en su mayor parte, estaban armados con lanzas y trabucos. Si el comandante brasileño hubiera comprometido a los dos regimientos que tenía en reserva, podría haber barrido la posición de López ya al principio del enfrentamiento.

Dado que no fue ese el caso, los paraguayos resistieron once embestidas. En cada ocasión los brasileños los desgastaban un poco más hasta que, finalmente, la Primera Brigada quebró el ala derecha paraguaya, comandada por Salvañach. Con balas Minié zumbando a su alrededor, el mayor uruguayo huyó a través del pantano y reapareció solo y desorientado en las misiones un mes después(15).

(15) Los paraguayos inicialmente informaron que había muerto. Ver: “Diario militar de Antonio Estigarribia” (25 de Junio de 1865), en el “Diário do Rio de Janeiro”, 10 de Diciembre de 1865; cuando supieron la verdad, las autoridades paraguayas aceptaron que el abandono de Salvañach del campo de batalla estuvo justificado bajo las circunstancias y lo enviaron a reunirse con Estigarribia en Itaquí. Ver: Barrios a Solano López, 8 de Julio de 1865, pp. 15-16. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Al mismo tiempo, los brasileños cortaron la mayor parte de la caballería de López, lo que obligó a los restantes jinetes paraguayos a retroceder hacia el pantano para reagruparse.

Pese a sus pérdidas, el centro paraguayo y su ala izquierda se mantuvieron firmes por más de una hora. Presintiendo la victoria, el coronel Fernandes intensificó su ataque. Estaba seguro de que el enemigo se quebraría bajo mayor presión y, de hecho, la izquierda paraguaya comenzó a flaquear.

Estos eran mayormente infantes, tropas magras, rudas, acostumbradas a largas marchas, pero no a ola tras ola de malditos gaúchos sobre ellos. Al final, la infantería paraguaya se escabulló en el Donato, dejando tras de sí muchos cadáveres. Sorprendentemente, el centro de López todavía no mostraba signos de debilidad.

Después de otra hora, Fernandes suspendió el ataque. Probablemente quería montar una carga final con la ayuda de sus unidades de reserva, pero optó por hacer descansar a sus tropas antes. López, cuyos hombres no estaban menos agotados ordenó -pese a ello- a todos los sobrevivientes retirarse hacia el norte para unirse a sus camaradas que todavía buscaban un refugio entre los altos juncos.

Mientras los paraguayos buscaban tierra firme entre el agua y el lodo, otra brigada del Ejército Imperial, la Cuarta, arribó para reforzar a Fernandes con otros dos regimientos de caballería y uno de infantería. Tras un breve intervalo, el comandante brasileño confiadamente ordenó a la fuerza combinada atacar a los restantes paraguayos. López había casi abandonado toda esperanza. Sus hombres exhaustos, habiendo trepado a unos arbustos elevados, apenas si podían levantar y cargar sus mosquetes.

Los cuerpos de los heridos y muertos estaban por todas partes, la mitad hundidos en la ciénaga. El capitán esperaba ver su comando arrasado. Se sintió aliviado, por lo tanto, al observar el avance inestable, resbaladizo de la caballería enemiga entre el barro, los juncos y los camalotes.

A último minuto Fernandes decidió que no debería arriesgar sus unidades montadas en semejante terreno y abortó el ataque. Por un momento consideró enviar a su infantería, pero abandonó la idea por impracticable. Además, todavía estaba la fuerza de Estigarribia en algún lado. La batalla estaba terminada. El comando de López sufrió 116 muertos y 120 heridos de un total de 400(16). Su disposición a soportar tales bajas confirmaba los peores temores de los comandantes aliados: los paraguayos serían tremendamente obstinados en combate, difíciles de vencer(17).

(16) Ver: “Recuerdos del sargento mayor oriental Justiniano Salvañach”; y el periódico “El Semanario”, Asunción, del 15 de Julio de 1865. Un relato brasileño ubica las bajas paraguayas en 130 muertos y 200 heridos, más dos banderas de batalla, todos los caballos y una “gran cantidad” de armas y municiones capturadas. Ver: Theotonio Meirelles. “O Exercito Brasileiro na Campanha do Paraguay” (1877), pp. 62-63, Río de Janeiro.
(17) “Peleaban como leones”, remarcó un oficial brasileño en una carta a Canabarro. “Es la fuerza más disciplinada y ordenada que he visto. Nunca se rinden y usted vio que sólo tomamos un prisionero. Cien o más murieron. Nada se puede hacer contra el Ejército paraguayo”. Ver teniente coronel Zezefredo Alves Coelho de Mesquita a David Canabarro, Junio de 1865, citado en Efraím Cardozo. “Hace cien años (crónicas de la guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, p. 94, publicadas en el periódico “La Tribuna” (trece volúmenes), Asunción. Ediciones EMASA. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La prensa de Mitre trató de aparentar despreocupación ante este hecho, pero no era fácil. Cuando las noticias de la resistencia paraguaya se esparcieron por Concordia y otros puntos del Sur, el capitán López y sus restantes 160 hombres atravesaban los pantanos hasta el río Uruguay.

Se salvaron unos pocos mosquetes y menos caballos. La mayoría de los hombres dejó atrás partes de sus uniformes y equipamiento, algunos llegaron al río casi desnudos, todos con las piernas llenas de sanguijuelas luego de las largas jornadas en el agua. Los soldados finalmente encontraron a Estigarribia, quien estaba todavía moviéndose dificultosamente al sur sin saber que algo hubiera pasado.

A pesar de la bravura de sus oponentes y la admiración que ello inspiró entre los soldados aliados, fueron los brasileños los que obtuvieron la victoria en Mbutuí. Retuvieron el control del campo de batalla mientras el destacamento paraguayo huyó de la escena malherido. Fernandes aseguró haber sufrido cuarenta muertos y setenta y ocho heridos, aunque sus bajas fueron probablemente dos o tres veces mayores(18).

(18) Loren Scott Patterson. “The War of the Triple Alliance (Paraguayan Offensive Phase. A Military History)” (1975), p. 298, disertación doctoral, Georgetown University. Washington, D.C. La afirmación de Meirelles de veintinueve brasileños muertos y ochenta heridos casi con seguridad subestima la cifra real (ver: Theotonio Meirelles. “O Exercito Brasileiro na Campanha do Paraguay” (1877), p. 63, Río de Janeiro; pero la aseveración de Estigarribia de que López puso a quinientos brasileños “fuera de combate” ampliamente sobreestima el número de bajas. Ver: “Diario militar de Antonio Estigarribia” (23 de Junio de 1865), en el “Diario de Rio de Janeiro”, 10 de Diciembre de 1865. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En términos de campaña en su conjunto, la batalla tuvo muy poca importancia. La principal Fuerza paraguaya todavía estaba avanzando y la acción de Fernandes en Mbutuí no hizo nada para demorar su progreso. De hecho, cuando las primera y cuarta brigadas deberían haber estado golpeando la retaguardia de Estigarribia, el coronel paraguayo entraba en Itaquí sin oposición.

- ¿ Y ahora, qué?

El movimiento de la principal Fuerza paraguaya al sur desde São Borja procedió sin inconvenientes, pero estuvo lejos de ser una experiencia confortable. Los hombres estaban hambrientos y con frío, empapados por lluvias heladas todos los días. Nadie podía encontrar leña seca.

En su tienda, el coronel Estigarribia tenía además otras preocupaciones. La guardia de avanzada de su Ejército había alcanzado la boca del Mbutuí el 22 de Junio y se deshizo de la pequeña Fuerza brasileña encontrada allí. Ahora nada se interponía en el camino de Estigarribia y, pese a ello, se sentía perplejo. Sus órdenes le permitían avanzar hasta el Salto, pero el mariscal no hizo mención de ir más allá.

Este no era el momento para que Estigarribia pusiera a prueba la paciencia del mariscal. Solano López había reaccionado con profunda irritación ante el asalto de Paunero el 25 de Mayo sobre Corrientes y culpó a sus oficiales por su incapacidad de evitarlo. Se volvió suspicaz cuando el general Robles se resistió a sus órdenes de retirarse de Goya. Y la derrota del capitán Meza en el Riachuelo le había provocado una ira incontrolable(19).

(19) Nada es tan difícil como prescribirle de antemano a un general la línea de conducta que deberá seguir durante el curso de una campaña, pero esto era lo que Solano López constantemente hacía, con previsibles malos resultados. El mariscal, que se jactaba de su conocimiento de historia militar, siempre ignoraba la segunda máxima de Napoleón, que señalaba que los planes de campaña podían ser modificados ad infinitum de acuerdo con las circunstancias, el genio del general, el carácter de las tropas y la topografía del teatro de operaciones. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Solano López decidió destituir a Robles y llamar a Francisco Resquín de Mato Grosso. Este oficial, ahora general, asumiría el comando de la división Sur. Los historiadores tradicionalmente han interpretado este cambio de comando como un signo de la furia del mariscal por la supuesta insubordinación de Robles, combinado con un temor de que el general pudiera defeccionar.

La realidad era más complicada. Robles nunca actuó en abierta oposición a las órdenes de López, aunque ciertamente pensaba que la retirada de Goya era desaconsejable. Había recibido cartas de Urquiza y otros oficiales aliados, algunos de los cuales eran paraguayos, pero las había rechazado todas, incluso amenazando con fusilar a cualquiera que fuera suficientemente tonto como para traerle más Notas de Fernando Iturburu, un comandante emigrado de la Legión Paraguaya(20).

(20) Efraím Cardozo. “Hace cien años (crónicas de la guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, p. 78, publicadas en el periódico “La Tribuna” (trece volúmenes), Asunción. Ediciones EMASA. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los verdaderos problemas de Robles comenzaron el 14 de Junio de 1865 cuando se enteró de la muerte de su hermano en la batalla del Riachuelo. La noticia lo conmocionó terriblemente. Visiblemente se hundió en la depresión, bebía profusamente e ignoraba las comunicaciones desde Corrientes. El clima agravó su estado. El frío se había agudizado sensiblemente, los hombres se sentían como si estuvieran sentados en una palangana de agua helada. Esto incrementó los sentimientos de desamparo de todos, incluido los del general.

Más o menos al mismo tiempo, el teniente coronel Paulino Alén llegó al campamento de Robles desde Humaitá. El recién llegado, quien había venido para asumir la posición de Jefe de Estado Mayor en la división Sur, también recibió instrucciones de Solano López de reportarle sobre la situación. Alén se sintió francamente pasmado por el mal humor y las indiscretas murmuraciones del general.

El coronel pensó alegrarlo con la presentación formal de la Orden Nacional al Mérito que el mariscal había autorizado concederle y que consistía en una banda decorativa con una estrella dorada. En vez de levantarle el espíritu, la condecoración tuvo el efecto opuesto. Robles se volvió hacia su nuevo subordinado con una furia casi bíblica, demandando que el honor fuera dado a su hermano muerto, quien realmente se lo había ganado.

Alén le rogó dejar de lado su modestia y aceptar el galardón; provenía del Supremo Gobierno y no debía ser ignorado. Ante esto el general gruñó: “Bueno; si no le gusta que me fusile”. Más tarde parece haberse calmado y recibió la condecoración, pero mandó a su ordenanza, el soldado Villalba, a “guardarla por ahí”. “¿Qué vale esa porquería?”, le habría dicho. “¿Para qué sirve eso? ¿Cree acaso que a mí me va a halagar con semejante bagatela? ¡Yo lo que quiero son vestuarios para vestir a esos pobres soldados que están tiritando de frío!”(21).

(21) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 1, pp. 286-288, Asunción (cuatro volúmenes). Ed. El Lector. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Un sabio Comandante en Jefe podría haber estado dispuesto a dejar pasar tal exabrupto sin comentarios, ya que claramente afloraba de una entendible pena y frustración. Para el mariscal, sin embargo, ello simplemente agregó nafta a una hoguera de por sí encendida.

Sabiendo que Robles encabezaba un Ejército desmoralizado y posiblemente en rebeldía, buscó restablecer la disciplina indirectamente. Transferir a Alén al campamento de Robles fue sólo el primer paso. El 30 de Junio, Resquín llegó a los cuarteles de la división Sur, aunque no como el nuevo Comandante General, sino más bien como segundo al mando. Desde este puesto Resquín comenzó a restablecer la moral a la par de pavimentar el camino para la salida de Robles, quien para entonces ya estaba bebiendo una botella de cognac por día.

Resquín era un moreno grandote, cuya forma cuadrada y deliberadas zancadas le daban una apariencia de solidez, coraje y correcto porte militar. Sin embargo, el miedo a Solano López afectaba su desempeño en el campo de batalla. Había tenido éxito en Mato Grosso pero, al final, era su sumisión lo que le importaba al mariscal.

Durante el mismo período, Humaitá envió a la división Sur el refuerzo de un regimiento de caballería y dos batallones de infantería. Una de estas unidades -el batallón 40 de infantería- más tarde ganaría fama al mando de un brillante, aunque áspero oficial, el coronel José Eduvigis Díaz.

Como Alén, Díaz era un agente de confianza del mariscal. Ambos oficiales recibieron un apropiado, si bien no afectuoso, recibimiento por parte de Robles, quien estaba contento de su compañía y de la oportunidad de marchar de nuevo al sur. Varias semanas pasaron antes de que Resquín juzgara al Ejército listo para partir. En ese tiempo, dedicó cada momento disponible para reentrenarlo, llevando a los soldados hasta cerca del punto de quiebra con ejercicios y más ejercicios.

Cuando terminó, aquél era su ejército en todo, menos en el nombre. Robles apenas sabía lo que había ocurrido, solamente que López le había instruido mantener su posición. De hecho, el mariscal había ordenado a la división Sur permanecer en Empedrado para prevenir un nuevo asalto de la flota brasileña, una tarea absurda. Barroso estaba completamente inactivo en ese tiempo y, en cualquier caso, ¿cómo podrían unidades de caballería e infantería contraatacar el movimiento de una fuerza naval?

Desde luego, al ordenarle a Robles quedarse quieto, el mariscal hizo más simple el representarlo luego como un borrachín errático que evitó tomar la ofensiva. El que tal acusación fuera injusta era obvio para cualquiera fuera del Paraguay (aunque, para ser objetivos, algo similar había sido dicho también del general de la Unión estadonunidense Ulysses S. Grant en Vicksburgo sólo dos años antes). Al final, poco importó.

El 21 de Julio de 1865, el general Vicente Barrios, ahora ministro de Guerra del Paraguay, llegó a Corrientes con cartas selladas de Solano López. Contenían órdenes de arrestar a Robles, traspasar su comando a Resquín y proceder al sur contra los aliados con toda la fuerza. Arrestado dos días más tarde en el campamento, Robles no protestó. Le entregó su espada a Barrios y se fue con él tranquilamente. En un elaborado juicio en Humaitá cinco meses después, fue acusado de incompetencia y colusión con el enemigo(22). Su ejecución por un pelotón de fusilamiento en Enero de 1866 no sorprendió a nadie.

(22) Decreto de Solano López (condenando a muerte a Robles y a dos asistentes), Paso de la Patria, 6 de Enero de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 28, 2, Nro. 11; “Causa seguida al brigadier ciudadano Wenceslao Robles”, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 447, Nro. 7; “Relación de las causas seguidas al brigadier Wenceslao Robles”, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 448, Nro. 1; “Destitución de Robles”, en el periódico “La Nación Argentina”, 9-10 de Agosto de 1865. Con más esperanza que sentido común, los brasileños esparcieron el infundado rumor de que Robles estaba envuelto en un intento de golpe de estado “junto con sesenta oficiales”. Ver el periódico “O Diário do Rio de Janeiro”, del 10 de Febrero de 1866. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

- Desbande en Basualdo

El coronel Estigarribia no sabía nada de la situación de Robles o de la decisión del mariscal de reestructurar el Comando de la división Sur. No sabía que su propia Fuerza de siete mil quinientos hombres estaba aislada. Aunque tenía miedo de seguir adelante sin órdenes, más miedo tenía de permanecer inmóvil. En sí misma, Itaquí significaba poco para los paraguayos, pero a poca distancia se encontraba la frontera uruguaya, detrás de la cual los blancos incluso ahora podrían estar esperando a sus libertadores(23).

(23) Itaquí sufrió menos destrucción que São Borja, pero residentes extranjeros igual tuvieron motivos de quejas acerca de Estigarribia y más tarde de las autoridades brasileñas. Ver: periódicos “La Tribuna” (Montevideo), 22 de Julio de 1865; “O Diário do Rio de Janeiro”, 30 de Julio de 1865; y “La Nación Argentina”, 5 de Agosto de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La columna del mayor Duarte se mantuvo más o menos en paralelo con la de Estigarribia y ocupó el caserío correntino de La Cruz el 5 de Julio de 1865. En conjunto, Duarte había, por lo tanto, tenido más éxito que sus compatriotas al este del río Uruguay. Su inteligencia era mejor; sabía, por ejemplo, que los irregulares correntinos de los coroneles Payba y Reguera se habían trasladado 12 kilómetros al sur de La Cruz y estaban todavía en retirada.

Estaban sumamente desmoralizados. Los dos coroneles habían sostenido el agonizante coraje de sus hombres con una interminable serie de amenazas y zalamerías, pero estos esfuerzos habían llegado a su límite. Finalmente, la posición aliada en la frontera correntino-entrerriana se desintegró el 3 de Julio cuando el Ejército de ocho mil hombres de Urquiza se amotinó en Basualdo.

El caudillo estaba ausente del campamento en ese momento, en camino a Concordia para conferenciar con el presidente Mitre y los comandantes aliados. El desbande parece haber comenzado con grupos de cien a doscientos jinetes gritando vivas a Urquiza y mueras a Brasil y al Gobierno Nacional. Deserciones masivas siguieron inmediatamente. Un grupo de oficiales desafectados fue de unidad en unidad esparciendo el mismo mensaje: “¡Camaradas! El Capitán General se fue a casa y nosotros tenemos que hacer lo mismo. ¡No sean tontos, no se dejen engañar!”(24).

(24) Fermín Chaves. “Vida y Muerte de López Jordán” (1957), p. 137, Buenos Aires. Ed. Theoría; Joaquín María Ramiro a Juan A. Gelly y Obes, Paraná, 8 de Julio de 1865, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, Doc. 14.938. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pronto, virtualmente la totalidad del Ejército entrerriano abandonó el campamento. Los desertores, llevándose sus armas y caballos, se encaminaron a sus casas, dejando atrás a unos pocos hombres enfermos y un pequeño contingente correntino que no tenía chance de detener a los paraguayos por sí solo(25).

(25) Ver Manuel Navarro a José María Domínguez, Nogoyá, 10 de Julio de 1865, en el Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Archivo Urquiza; periódico “El Independiente” (Corrientes), 30 de Julio de 1865; y, especialmente, Beatriz Bosch. “Los desbandes de Basualdo y Toledo” (1959), en la “Revista de la Universidad de Buenos Aires”, volumen 4, parte 1, pp. 213-245. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza se quedó lívido cuando las noticias del desbande llegaron a él. En una carta a Mitre trató de disimular la situación:

“V. E. debe calcular el disgusto que tengo por lo que ha pasado en mis fuerzas la noche de mi viaje, precisamente cuando yo contaba con que dando el ejemplo de fidelidad fuese el estímulo de los otros. Pero falsos rumores sobre mi viaje, las producciones de la prensa recordando nuestras pasadas disensiones, torpemente comentadas, la bebida agitando todo esto quizá y otras causas, ha producido un desorden que tal vez no hubiese ocurrido estando yo aquí, ó que hubiese contenido á mejor tiempo”(26).

(26) Urquiza a Mitre, Puntas de Basualdo, 5 de Julio de 1865, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), volumen 2, pp. 220-221, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). Ed. Archivo del diario “La Nación”. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El desbande, sin embargo, causó gran consternación en Buenos Aires. La estrategia aliada dependía de la concentración de fuerzas de caballería en Entre Ríos. Ahora, las supuestas unidades de choque de Nogoyá y Victoria habían desertado en masa. Mitre se cuidó de parecer alarmado, pero se daba cuenta del peligro que la situación presentaba para la alianza con el Imperio.

Más serio todavía era el efecto sobre la alianza de Mitre con Urquiza. Como observó Edward Thornton, el desbande mostró cuán abajo había caído el prestigio del caudillo en la provincia y, concomitantemente, cuánto había crecido el de López Jordán y otros oponentes de la guerra(27).

(27) Thornton a Lord Russell, Buenos Aires, 3 de Julio de 1865, Public Records Office, London-Foreign Office 6, Nro. 256. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para que Mitre ayudara a Urquiza, necesitaba evitar todo lo que pudiera minar la autoridad de este último en Entre Ríos. No podía, por ejemplo, llevar tropas porteñas para reemplazar a las entrerrianas sin empeorar la situación, ya que cualquier problema resultante podría, a su vez, necesitar el despliegue de fuerzas brasileñas en la provincia, una eventualidad que con seguridad encendería la mecha de la guerra civil.

La única ventaja restante para el Gobierno Nacional era que ninguna Fuerza paraguaya estaba lista para aprovecharse del desbande. La división Sur estaba lejos e inmovilizada por problemas de comando. Estigarribia acababa de llegar a Itaquí -en el lado incorrecto del río- y había optado por dedicarse al saqueo antes que a la estrategia.

Dirigió sus carretas y vagones de mulas y la mayor parte de su Ejército lejos del río para no marchar a través de esteros. Ese movimiento lo alejó aún más de Duarte, quien no podía moverse al sur sin el específico permiso de Estigarribia. El mayor estaba fuertemente tentado a moverse de todos modos ya que, el 6 de Julio de 1865, 378 desertores entrerrianos llegaron desde Basualdo para ponerse bajo su comando.

Duarte aplazó la aceptación de los nuevos reclutas porque sabía que sólo el mariscal podía tomar decisiones que tuvieran que ver con la cambiante política de la región. Pero Solano López, lejos en Humaitá, no podía guiar efectivamente los acontecimientos en el Uruguay. Aunque evidentemente informado acerca del desbande en Basualdo, tenía limitada comunicación con Estigarribia y Duarte y ninguna forma de mejorar la eficiencia de sus mensajeros montados. Fue otra oportunidad perdida.

Ya desde Pavón, Urquiza notaba que su poder se le iba escapando. Ahora se encontraba aferrándose a fantasmas incluso en su provincia natal. Todavía podía incrementar su fortuna vendiéndole caballos a la caballería de Mitre, pero esto no tendría efectos positivos en su postura ante los entrerrianos, quienes ahora se preguntaban si no estaría vendiéndoles monturas a los brasileños también.

Con su influencia debilitada y la situación en desorden, el caudillo hizo la única cosa realista que le quedaba: sin consultar al Gobierno Nacional, emitió un decreto otorgando licencia a todas las tropas que habían desertado. Sabía que esto contradecía los deseos de Mitre, pero no veía otra opción: “obedezco pero no cumplo”. El 7 de Julio de 1865 se lamentó ante el presidente:

“V.E. debe estar persuadido que al tomar tan grave resolución (...) es porque no ha podido ser de otro modo, para no esterilizar en la desmoralización y el desorden elementos que deben volver á concurrir á la defensa nacional, como V. E. debe estar seguro que lo harán, que lo haré yo que me he de sacrificar, si es preciso, solo”(28).

(28) Urquiza a Mitre, Trocitos, 7 de Julio de 1865, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), volumen 2, p. 225, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). Ed. Archivo del diario “La Nación”. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El desbande de Basualdo no había sido espontáneo, si bien fácilmente pudo haberlo sido. López Jordán -quien vivía en las inmediaciones- estaba implicado en algún nivel, simplemente alentando los amplios sentimientos antiguerra -o, más propiamente, antibrasileños- en el Litoral y capitalizándolos en su favor.

La desaparición de las fuerzas de combate de Urquiza implicó serios problemas estratégicos para los Aliados. El caudillo se trasladó inmediatamente a San José, Victoria y Nogoyá para tratar de levantar la moral en esos Cuarteles, pero ya sin muchas esperanzas de que sus esfuerzos tuvieran éxito. En consecuencia, para neutralizar la amenaza de Duarte, el alto Comando Aliado decidió separar a Venancio Flores del campamento en Concordia y enviarlo al Norte.

- Los paraguayos marchan al Sur

El 14 de Julio de 1865, Estigarribia se puso nuevamente en marcha, ahora con plena autorización del mariscal, quien ordenó avanzar 35 kilómetros río abajo hasta la confluencia del Uruguay con el río Ybycuí y allí esperar nuevas Instrucciones.

Duarte partió de La Cruz exactamente al mismo tiempo, todavía manteniéndose en paralelo con la principal columna paraguaya al otro lado del río. Rara vez ambas unidades podían verse una a otra, un hecho que hacía imposible cualquier operación conjunta.

Los brasileños también mantuvieron contacto con la Fuerza de Estigarribia después de que dejó Itaquí. Tenían buena noción de a dónde se dirigía el coronel y se dispusieron para una activa defensa. En los papeles, tenían entre siete y nueve mil hombres a su disposición para la tarea(29).

(29) Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 2, p. 44, Rio de Janeiro. Ed. Biblioteca do Exército, cita la cifra de seis mil quinientos hombres, mientras que Efraím Cardozo. “Hace cien años (crónicas de la guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, p. 123, publicadas en el periódico “La Tribuna” (trece volúmenes), Asunción. Ediciones EMASA, habla de nueve mil. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La primera división, todavía comandada por el general David Canabarro, tomó posiciones a lo largo de la orilla sur del Ybycuí para impedir que el enemigo cruzara este río relativamente ancho. Mientras tanto, la primera brigada, que ya había superado a los paraguayos en Mbutuí, recibió órdenes de quedarse en el norte del río y atacar el flanco izquierdo de Estigarribia en el momento en que la columna intentara cruzar.

Los brasileños estaban preparando una trampa. Lo que ocurrió fue que los hombres de Canabarro no llegaron al Ybycuí hasta el 21, tres días después que los paraguayos.

Estigarribia, que para entonces ya había hecho un hábito el ignorar las órdenes del mariscal, no se detuvo en el río y siguió adelante para establecer una cabecera de puente en su orilla sur. Sin darse cuenta (ya que no tenía conocimiento de los movimientos de la primera división), el coronel seleccionó un punto a unos cinco kilómetros al este de los defensores brasileños. Sus hombres construyeron un pontón para facilitar el paso de la artillería y para la mañana del 20 de Julio había hecho cruzar la totalidad de su contingente.

Cuando el general Canabarro se aproximó al Ybycuí, se sorprendió al enterarse que los paraguayos habían marchado ya 25 kilómetros al sur y se dirigían sin obstáculos a Uruguaiana.

Desconcertado por la rapidez de Estigarribia, Canabarro se reunió con el general João Frederico Caldwell, Comandante General de Rio Grande do Sul, con quien decidieron establecer una nueva línea defensiva bien al sur, en el arroyo Touro Passo, justo encima de Uruguaiana.

El fracaso de los brasileños de detener a los paraguayos en el Ybycuí los dejó sin posibilidad de montar una defensa creíble y cualquier esfuerzo en el Touro Passo sería simplemente una acción de dilación de corta vida. Caldwell y Canabarro lo sabían, al igual que los habitantes de las pequeñas comunidades riograndenses en el camino de Estigarribia.

Todos los periódicos del Imperio manifestaron sus temores y los comentaristas preguntaban abiertamente si las Fuerzas imperiales podrían realmente contener la amenaza paraguaya en Rio Grande do Sul y el resto del país(30).

(30) En el periódico “Jornal do Commercio”, del 4 de Agosto de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Estigarribia llegó al Touro Passo el 28 de Julio luego de varios enfrentamientos inconclusos con Fuerzas brasileñas. Con Canabarro y Caldwell desorganizados al sur, el coronel hizo un alto para esperar nuevas órdenes desde Humaitá. Y, de hecho, en menos de un día Duarte y una pequeña escolta cruzaron el Uruguay con un mensaje en el que el mariscal Solano López expresaba tanto enojo como satisfacción por el progreso de Estigarribia:

“Ya que usted no ha obedecido mis órdenes y ha (en cambio) pasado más allá del Ybycuí, le ordeno ahora continuar su marcha hasta Uruguaiana, donde lo esperan suministros (brasileños), y luego se moverá a Alegrete, teniendo cuidado, como antes, de no acampar en los pueblos para evitar ser sitiado por el enemigo”(31).

(31) Efraím Cardozo. “Hace cien años (crónicas de la guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, p. 138, publicadas en el periódico “La Tribuna” (trece volúmenes), Asunción. Ediciones EMASA. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Era obvio que Solano López tenía en mente una gran operación de aprovisionamiento -Alegrete era una región ganadera clave- antes de lanzar una invasión a la Banda Oriental. Esta visión, que recordaba su toma de Mato Grosso, revelaba las limitaciones del pensamiento estratégico del mariscal: en vez de abrir canales para los blancos uruguayos y los rebeldes entrerrianos, se ocupaba de asegurar las fuentes de abastecimiento del Ejército, lo cual era indudablemente un punto a considerar, pero no la mayor prioridad para el líder de una nación en guerra.

La propia imaginación de Estigarribia no lo llevaba más allá de la posibilidad de nuevos saqueos. Prestó poca atención, por ejemplo, al pedido de Duarte de nuevas Instrucciones para las nuevas circunstancias. En cambio, el coronel envió a su subordinado de nuevo al otro lado del Uruguay sin claras directivas. Creía que podría juntarse con el mayor en cualquier momento, sin considerar que el enemigo podría interferir. Nunca lo volvió a ver.

Los brasileños hacía un tiempo que estaban al tanto de que el río mismo era un lazo débil entre las dos columnas paraguayas. Ahora, con Estigarribia acampado al norte del Touro Passo, audazmente avanzaron para cortar ese lazo. Todo fue el trabajo de un ingenioso joven teniente de artillería, Floriano Peixoto, quien requisó varias pequeñas embarcaciones ribereñas, las convirtió en una improvisada flotilla y las usó para truncar completamente las comunicaciones entre Estigarribia y Duarte.

De los tres buques en cuestión, solamente el “Uruguai”, un pequeño vapor de treinta y cinco toneladas, tenía algún parecido a algo que pudiera llamarse un buque de guerra. Los otros dos eran poco más que lanchas(32).

(32) El Gobierno Imperial había comisionado el “Uruguai” a Rio Grande do Sul a principios de los 1850 (y luego hizo reensamblar el barco arriba de los rápidos de Salto Grande) como parte de una fracasada campaña para estimular el comercio en el Alto Uruguay. Ver: “Tabela das Passagens no Vapor Nacional Uruguai. 1862-1864, Alfandega de Uruguayana”, Seção Alfandegas, Arquivo Histórico de Rio Grande do Sul, Pôrto Alegre; y Espiridião Eloy de Barros Pimentel. “Relatório Apresentado pelo Presidente da Provincia de São Pedro do Rio Grande do Sul” (1863), p. 58, Pôrto Alegre. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En las hábiles manos de Floriano, sin embargo, se convirtieron en una formidable fuerza naval. El teniente embarcó una unidad especial que, como los “nambi’i” paraguayos, estaba compuesta enteramente por negros. Vestidos en espectaculares uniformes con camisetas verdes, pantalones rojos, chaquetas azules y brillantes gorros escarlatas, estos Zuavos Baianos resultaron ser excelentes peleadores(33).

(33) Walter Spalding. “A Invasão Paraguaia no Brasil” (1940), p. XXVIII (documentação inédita), São Paulo. Editora Companhia Nacional. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Con su ayuda, Floriano apuntó sus tres pequeños cañones hacia las canoas paraguayas en el río y fríamente las voló en pedazos. Sus propios talentos como cañonero ya habían sido notados por sus oficiales superiores pero nadie -menos los paraguayos- sospechaban que podría maniobrar sus embarcaciones con tal destreza.

Duarte y Estigarribia trataron de responder en dos ocasiones: en Touro Passo, el último levantó una batería de artillería hacia el río y trató de incitar a Floriano a ponerse a distancia del superior poder de fuego paraguayo, pero cuando los botes del teniente se acercaron a la costa y dispararon a la posición paraguaya, fue Estigarribia quien se tuvo que replegar.

En cuanto a Duarte, éste organizó una fuerza de asalto con canoas para atacar a Floriano a la noche, pero el intento falló y las canoas se dispersaron. La pericia y arrojo del oficial brasileño impidieron que los comandantes paraguayos pudieran coordinar sus esfuerzos y ello sembró las semillas de su derrota final.

- Estigarribia toma Uruguaiana

Armado con nuevas órdenes de Solano López, Estigarribia cruzó el Touro Passo el 2 de Agosto de 1865 y no encontró resistencia; el general Caldwell ya había decidido seis días antes que sus tropas eran muy reducidas y mal preparadas como para constituirse en una barrera en el arroyo.

Uruguaiana era la última comunidad brasileña de alguna significación antes de la frontera uruguaya. Desde allí los paraguayos podrían lanzar una invasión a las ricas tierras ganaderas del Imperio a la par de enarbolar la bandera de la revuelta en la Banda Oriental. Los comandantes brasileños entendían la importancia estratégica de Uruguaiana tanto como el gran riesgo que tomaban al dejarla ocupar sin pelear.

Después de todo, habían preparado el pueblo para la defensa, almacenando alimento y municiones, todo lo cual ahora abandonaban. El pueblo mismo ofrecía ricos botines para los soldados paraguayos quienes, agobiados por el frío y el cansancio, esperaban ansiosos los saqueos como un respiro en la marcha.

La decisión brasileña de no defender Uruguaiana fue inteligente pese a los riesgos que implicaba. Si Caldwell y Canabarro hubieran hecho lo contrario con la fuerza interna a su disposición, probablemente habrían sido superados. Luego habría caído Alegrete, lo que dejaría la puerta abierta del resto de Rio Grande do Sul y la Banda Oriental.

Mucho mejor -pensaron- era entregar Uruguaiana y ganar tiempo. Su posición sólo podía mejorar si llegaban al teatro de operaciones refuerzos aliados. El coronel Thompson, quien era despectivo hacia los comandantes brasileños por su incapacidad de defender los pueblos riograndenses, daba no obstante su reticente aprobación a la decisión de Caldwell de retirarse de Uruguaiana:

“(Los brasileños dejaron a Estigarribia) saquear sus pueblos, maltratar a sus mujeres y destruir todo lo que tenía enfrente sin hacer otra cosa que enviar unos pocos espías a mirarlo. Si se deja el honor, las vidas y la propiedad de sus compatriotas -varones y mujeres- totalmente fuera de consideración, para ver el asunto desde un punto de vista puramente militar, hicieron lo correcto, ya que habrían tenido más dificultades en enfrentarlo que en sitiarlo posteriormente y matarlo de hambre, aunque tuviera fuerzas superiores”(34).

(34) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 86, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por su parte, el coronel Estigarribia sabía que podía esperar refuerzos del Paraguay y esperaba que ejércitos blancos se unieran pronto a sus soldados victoriosos. Las posibilidades de lo contrario eran escasas y le pareció mejor al coronel no pensar demasiado en las alternativas.

En cuanto a sus hombres, por una vez tuvieron suficiente leña y provisiones. Incluso cambiaron sus andrajosos uniformes por nuevas camisas y pantalones tomados de las tiendas brasileñas y consiguieron yerba fresca por primera vez en semanas(35).

(35) Antonio Estigarribia a Solano López, Uruguaiana, 7 de Agosto de 1865, en “Diario Militar de Antonio Estigarribia”, en el periódico “Diario do Rio de Janeiro”, 15 de Diciembre de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para lidiar con las cuestiones estratégicas estaba el mariscal; ellos obedecían órdenes. Al instruir a Estigarribia marchar a Alegrete, Solano López pensaba estimular un reimpulso de la división Uruguay. Pero el coronel, que ya había perdido demasiado tiempo en São Borja e Itaquí, ahora se rezagaba otra vez en Uruguaiana.

El 16 de Agosto de 1865 el alto Comando Imperial reemplazó al cauteloso Caldwell por otro general, Manoel Marquez de Souza, conde de Pôrto Alegre. Como Canabarro, era un hombre en sus sesentas con larga experiencia militar; a diferencia de su camarada riograndense, sin embargo, había peleado del lado del emperador en la Rebelión de los Farrapos y, a partir de allí, había ganado promoción tras promoción.

Había comandado las Fuerzas brasileñas contra Juan Manuel de Rosas en Caseros en 1852. Luego, al final de la década, se había retirado con todo el prestigio y los honores que podía darle el Gobierno.

Pôrto Alegre era tan meticuloso en su planificación militar como en su vestimenta. Habiendo sido llamado en plena retirada, no entró en pánico, sino que sopesó cuidadosamente sus ventajas y desventajas. De inmediato identificó la debilidad de la posición de Estigarribia.

Si el coronel paraguayo retrasaba su marcha por algún tiempo prolongado -como ya había hecho en São Borja- entonces Uruguaiana se convertiría en una trampa. Pôrto Alegre esperaba, por lo tanto, que la Fuerza enemiga permaneciera en el pueblo, consumiera todas las raciones disponibles y creciera en complacencia. Mientras tanto, los aliados prepararían un sitio.

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