El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

CAMBIA LA MAREA

La columna de Duarte continuó su marcha al sur a través de pasturas hacia las provincias de abajo sin oposición significativa. Los coroneles Payba y Reguera se habían replegado hacia Concordia y permitieron a los paraguayos avanzar cómodamente. Tal vez los correntinos pensaban debilitar las líneas de comunicación de Duarte alejándolo de sus campamentos base encima del Alto Paraná. Tal vez se creían a sí mismos tan débiles que veían el retiro como la mejor opción.

Duarte, por supuesto, tenía que enfrentar mayores riesgos, ya que cada día había más distancia entre su posición de vanguardia y Paraguay. Pero se mantuvo en movimiento. A diferencia del coronel Antonio Estigarribia, no tenía intenciones de tratar de adivinar lo que pensaría el mariscal y se lanzó a través de las abiertas praderas desde La Cruz.

Siempre mantenía el río a la vista y siempre apuntalaba su columna principal con amplias patrullas en el flanco derecho. Finalmente, a principios de Agosto, sus tropas entraron en Restauración (Paso de los Libres), el último pueblo antes del límite entrerriano, justo en frente de Uruguayana.

Nadie podría haber predicho las calamidades que pronto ocurrirían. Los paraguayos se abstuvieron de saquear Restauración e hicieron poco para irritar a los locales que permanecían en la vecindad. Para Duarte, esto era más una cuestión de sentido común que de humanitarismo; mucho más que su inmediato comandante del otro lado del río reconocía que la buena voluntad de los correntinos y entrerrianos era necesaria para cualquier victoria(1).

(1) Como puntualizó Elizalde: “El plan del enemigo no es un plan militar, sino político. Viene buscando la insurrección de Entre Ríos y la República Oriental”. Ver Elizalde a Mitre, Buenos Aires, 18 de Agosto de 1865, en Bartolomé Mitre. “Correspondencia Mitre-Elizalde. 1860-1868” (1980-1990), volumen 1, pp. 169-170, Buenos Aires (dos volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Con esto en mente, mantuvo cortas las riendas de sus hombres, pagó (o trató de hacerlo) por los bienes tomados y siempre les habló con palabras tranquilizadoras a los civiles que encontraba durante la campaña(2).

(2) Un testigo ocular, inmigrante francés, señaló que los paraguayos sólo pedían comida y que más allá de eso evitaban perturbar la paz de la comunidad. Ver: “Declaración de Jean-Baptiste Verdier, colono de Paso de los Libres, 24 de Abril de 1888”, en el Museo Histórico Militar, Asunción-Colección Zeballos, carpeta 141, Nro. 15, p. 3. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mientras los brasileños eran declarados enemigos, él podría todavía convencer a estos argentinos de unirse a la causa paraguaya. Duarte quería mantener todas las opciones abiertas. Pese a la relativa proximidad de Estigarribia, las dos columnas encontraban difícil mantener contacto.

Las actividades del teniente Floriano Peixoto en el río Uruguay interferían con sus esfuerzos, lo que demostraba claramente una gran debilidad en el pensamiento paraguayo. ¿Por qué habría algún argentino -o, en su caso, uruguayo- acudir al llamado de Solano López si sus tropas no podían siquiera superar una fuerza naval tan insignificante? Y, sin la ayuda argentina y uruguaya, los paraguayos tenían poca oportunidad de victoria.

Estigarribia parecía totalmente ajeno a los peligros de permanecer inmóvil, pero Duarte se hacía pocas ilusiones sobre su posición. Antes que quedarse ocupando Restauración, se movió cinco kilómetros al norte a una colina que consideró más defensiva. Ordenó un extenso patrullaje de todos los costados, pese a lo cual se sentía tenso. Aunque escrupulosamente obedecía las órdenes del mariscal, no encontraba confort en ese hecho; su presidente jamás podría llegar en su auxilio en una emergencia.

En cuanto a Estigarribia, en el mejor de los casos su apoyo podría sólo ser tentativo, dado que el río se interponía entre ellos. El coronel se habrá sentido seguro en Uruguayana -o, al menos, tan cansado y distraído que ignoraba el peligro- pero Duarte estaba nervioso y sabía por qué. Al sur, no a muchos kilómetros de distancia, la caballería de Venancio Flores cabalgaba hacia él.

- Preparándose para la gran pelea

Los aliados habían estado cediendo territorio a cambio de tiempo desde la caída de Corrientes en Abril. El asalto de Wenceslao Paunero del 25 de Mayo había sido un golpe brillante que perturbó completamente los cronogramas paraguayos y toda la estrategia. La batalla del Riachuelo, de la misma manera, dañó las esperanzas del mariscal de una victoria rápida. En ambas ocasiones, sin embargo, los aliados no pudieron capitalizar sus ventajas simplemente por falta de mano de obra.

Pero eso estaba por cambiar. Bartolomé Mitre, aunque indudablemente más a gusto como hombre de letras que como comandante en un campo de batalla, era un organizador militar excepcional. El desbande de Basualdo demoró, pero no detuvo sus planes de una acción ofensiva.

El Tratado de la Triple Alianza le había asignado el rol de Comandante en Jefe y el Congreso argentino le otorgó permiso para asumir el comando en el terreno. Ahora Mitre usaba todo su poder para construir una fuerza de combate sin parangón en el Plata. Mitre trabajó cada vez más en involucrar al país en la tarea de la movilización(3). No era fácil.

(3) Todos los ciudadanos varones de diecisiete a cincuenta años de edad (con excepción de jueces, directores de escuelas, directores de correos, doctores de hospitales e hijos únicos de madres viudas) estaban ahora obligados a servir en la Guardia Nacional. Ver “Ley de Conscripción”, Buenos Aires, 8 de Mayo de 1865, en el Congreso de la Nación Argentina, “Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores. 1865” (1892), p. 37, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El Gobierno Nacional había establecido un Ejército apenas en Enero de 1864. Todavía tenía que cristalizarse en algo sustancial más allá del llamado a reclutamiento de todos los varones en edad de servir. El poder militar real seguía en manos de la Guardia Nacional, en sí misma una débil institución provincial. Solamente Buenos Aires tenía una Guardia con alguna pretensión de modernidad y, en las presentes circunstancias, Mitre estaba, en efecto, demandando que las provincias alinearan sus fuerzas militares detrás de las de la suya. Esta no era una apelación destinada a ser bien recibida en el Interior argentino.

Frecuentemente los Gobiernos provinciales retenían los contingentes de tropas que se les pedía, invariablemente invocando dificultades financieras. La verdad era que, incluso al principio, la guerra contra el Paraguay nunca fue popular, especialmente en el Oeste del país, donde los funcionarios locales se arriesgaban a un levantamiento si aceptaban las exigencias del Gobierno Nacional por reclutas.

Un espíritu de entusiasmo y un sentido de honor nacional ofendido a menudo inspiraban a muchos jóvenes, pero ése no era el caso en toda la Argentina. Muchos en el Interior simplemente no se consideraban parte de una “nación” o, al menos, no parte de la misma Argentina que dominaba Buenos Aires(4).

(4) Sobre las dificultades de organizar la Guardia en Tucumán, ver: gobernador José Posse a Marcos Paz, Tucumán, 19 de Junio de 1865, en Universidad Nacional de La Plata, Instituto de Historia Argentina “Ricardo Levene”, “Archivo del coronel Dr. Marcos Paz” (1959-1966), tomo 4, pp. 16-18, La Plata (siete volúmenes). El gobernador de La Rioja, por su parte, reportó que los pueblos en su provincia se quedarían vacíos con la sola mención de la conscripción y, de hecho, luego de que Mitre insistió en que la provincia participara en el enlistamiento de todos modos, tropas de la zona asesinaron a sus oficiales y desertaron. Ver Julio Campos a Gelly y Obes, La Rioja, 23 de Junio de 1865, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, Doc. 15.358. Ver también María Haydée Martin. “La Juventud de Buenos Aires en la Guerra con el Paraguay” (1969), en “Trabajos y Comunicaciones”, Nro. 19, pp. 145-149, La Plata. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Había excepciones en esta tendencia. La viuda de Gregorio Aráoz de Lamadrid (en su tiempo el más influyente general unitario en Tucumán y Salta) le escribió a Mitre para ofrecer su mísera pensión militar como contribución a la causa nacional(5).

(5) Miguel Angel de Marco. “La Guerra del Paraguay” (1995), p. 47, Buenos Aires. Emecé. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero mucha más gente desconfiaba de los objetivos porteños y se preguntaba adónde el Gobierno Nacional los empujaría. Adicionalmente, la mayoría de los conscriptos procedían de sectores periféricos de la sociedad provincial, gauchos desempleados que, como el personaje en el “Martín Fierro” de José Hernández, se fastidiaban con las demandas de la disciplina militar y desertaban antes de llegar al teatro de operaciones. Un sentimiento idealista de patriotismo no era parte de su mundo(6).

(6) El cónsul estadounidense en Buenos Aires señaló que “pocos voluntarios se presentaban a ofrecer sus servicios al Gobierno; y para formar un Ejército de número suficiente, las autoridades están ahora llevando a filas a todos los hombres pobres y desprotegidos del país. Las protecciones consulares están en su mayor demanda posible”. Ver Helper a Seward, Buenos Aires, 12 de Agosto de 1865, en el National Archives and Records Administration, Washington, D.C. M70, Nro. 12. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mitre se ocupó de construir un consenso en favor de la guerra. Del Congreso argentino obtuvo un claro compromiso de largo plazo con la campaña, para lo cual presionó fuerte a los legisladores. Públicamente apeló de todas las maneras a sus sentimientos, desde su vanidad hasta su amor a la patria(7).

(7) “Speech of the president of the Argentine Republic”, Buenos Aires, 1 de Mayo de 1865, en British and Foreign State Papers (1865-1866), 56:1170. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En un nivel más confidencial, el presidente persuadió a influyentes líderes parlamentarios ofreciéndoles detalladas promesas de patronazgos y vívidas amenazas de lo que les pasaría si no cooperaban. Fue una orquestación impresionante. En corto tiempo consiguió un sólido -si bien no unánime- respaldo político y financiero del Congreso.

Mitre comprendía lo delicada que era la situación. Sus lisonjas a congresistas y líderes provinciales fueron, no obstante, sinuosas y efectivas y para un hombre que siempre había dudado de las intenciones bélicas de Francisco Solano López, sus instintos políticos ahora le eran de gran utilidad. Sabía a quién podía presionar, a quién sobornar y a quién dejar tranquilo. Delegó la onerosa tarea de organizar la conscripción de individuos de probada lealtad, a la vez de distanciarse de la odiosa imagen del reclutador.

Mitre fundamentaba la opción “nacional” con gran habilidad, expresando en cada comunicado que el Paraguay había lanzado la guerra contra todos los argentinos, no sólo contra los porteños y que todos debían contribuir con la victoria final. La prensa progubernamental repetía estas exhortaciones y acentuaba que la “cruzada” de la civilización contra la barbarie valía cualquier sacrificio(8).

(8) Ver el periódico “La Nación Argentina”, 9 de Mayo de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El éxito de Mitre sobrepasó sus fracasos en la primera etapa de la movilización, pero no por mucho. En su propia provincia logró juntar a miles de hombres y enviarlos con relativamente pocas quejas a Concordia. El personalmente atendió los detalles más mínimos de su aprovisionamiento y transporte de Buenos Aires a Rosario(9). Les proporcionó caballos comprados de estancieros bonaerenses y espuelas y ropa de Anacarsis Lanús, el antiguo proveedor del mariscal López(10).

(9) Mitre insistió -por ejemplo- en que los hombres acampados en Concordia, donde no había muchos árboles, recibieran suficiente carbón para mantener el calor en invierno. Ver Mitre a Gelly y Obes, Concordia, 10 de Agosto de 1865, en Ricardo Levene. “Archivo del coronel Dr. Marcos Paz” (1959-1966), tomo 4, pp. 90-91, La Plata. Ed. Universidad Nacional (siete volúmenes).
(10) León Pomer. “La Guerra del Paraguay: ¡Gran Negocio!” (1968), pp. 297-309, Buenos Aires. Ediciones Caldén. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

También armas y municiones de varios calibres, seis paquetes para cada soldado(11). Igualmente, nuevos uniformes, frazadas y pulóveres que se habían adquirido de los sobrantes que habían quedado de la Guerra de Crimea y la Guerra Civil de Estados Unidos. Mitre también incrementó su reclutamiento de extranjeros. Algunos de estos eran residentes en el Plata; otros venían directamente de Europa(12). Algunos de estos individuos, tales como el italiano Giambattista Charlone, el inglés Ignacio Fotheringham y el polaco Roberto Chodasiewicz, tuvieron una participación destacada más tarde en la guerra(13).

(11) Mitre a Gelly y Obes, Concordia, 10 de Agosto de 1865, en Ricardo Levene. “Archivo del coronel Dr. Marcos Paz” (1959-1966), tomo 4, pp. 90-91, La Plata. Ed. Universidad Nacional (siete volúmenes).
(12) Este proceso de alentar la participación extranjera en la milicia argentina comenzó en los 1850, cuando el Gobierno confederado reclutó veteranos británicos e italianos de la Guerra de Crimea. Aunque públicamente traídos como colonos, estos hombres eran elegidos como potenciales supervisores para el Ejército. Ver Juan Bautista Alberdi a Juan María Gutiérrez, París, 2-7 de Septiembre de 1856, en la Biblioteca del Congreso. “Archivo del doctor Juan María Gutiérrez”, tomo 4, pp. 235-244. A partir de 1862, el Gobierno de Mitre fue un paso adelante al contratar a mercenarios en Francia e Italia. A cargo de estos esfuerzos estaba un amigo personal del presidente, el coronel Hilario Ascasubi (mejor conocido en los círculos de élite como poeta que como soldado), quien operó principalmente en París. Ver Mitre a Ascasubi, Buenos Aires, 6 de Junio de 1864 (sic -1865), en Ricardo Levene. “Archivo del coronel Dr. Marcos Paz” (1959-1966), tomo 4, pp. 140-144, La Plata. Ed. Universidad Nacional (siete volúmenes); León Pomer. “Cinco años de guerra civil en la Argentina” (1986), pp. 139-141, Buenos Aires. Ed. Amorrortu; y Bénédict Galley de Kulture. “Quelques Mots de Biographie et une Page d’Historie (le Colonel Hilario Ascasubi” (1865), París.
(13) Ignacio H. Fotheringham. “Vida de un soldado o reminiscencias de las fronteras” (1998), Buenos Aires. Ediciones Ciudad Argentina; Harris Gaylord Warren. “Roberto Adolfo Chodasiewicz (A Polish Soldier of Fortune in the Paraguayan War)”, en la revista “The Americas”, Nro. 41, volumen 3 (Enero de 1985), pp. 1-19. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Dado que el Gobierno podía generar sólo una porción del capital que necesitaba, Mitre experimentó con varios esquemas para recaudar fondos internamente. Pronto descubrió que el apoyo a la guerra era delgado como el papel, incluso entre los oligarcas porteños.

El Gobierno Nacional trató de captar dinero del sector privado a través de la colocación de bonos pero, cuando el vicepresidente Marcos Paz abrió una lista de suscriptores en Buenos Aires, nadie mostró interés alguno(14). Cuando los ciudadanos privados hicieron ofertas, las garantías especiales y la tasa de interés que demandaban las hacían inaceptables(15).

(14) Como Paz con pesar observó algunos meses después, “la desilusión es frecuente cuando se trata de la billetera de un individuo”. Ver Paz a Mitre, Buenos Aires, 27 de Diciembre de 1865, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 5, p. 21, Buenos Aires (veintiocho volúmenes). Archivo del diario “La Nación”.
(15) Periódico “La Nación Argentina”, 22 de Abril de 1865. Ver también F. J. McLynn. “Consequences for Argentina of the War of Triple Alliance”, en la revista “The Americas”, Nro. 41, volumen 1 (Julio de 1984), pp. 89-90. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Al final, sólo los más poderosos residentes extranjeros mostraron alguna disposición a contribuir; Thomas Armstrong, director del Ferrocarril Central Argentino, dio cincuenta mil pesos al Fondo de Paz (aunque su generosidad tenía tanto o más que ver con allanar el camino para posibles futuros contratos que con cualquier muestra de patriotismo)(16).

(16) “La Nación Argentina”, 29 de Abril de 1865. “The Times”, de Londres, en su edición del 19 de Junio de 1865, notó que los extranjeros ricos no eran los únicos que veían futuro en la Guerra del Paraguay: “La prosperidad de los inmigrantes no ha sido afectada; la guerra beneficia (a los inmigrantes extranjeros pobres) (...) porque están exentos de la obligación militar y se encuentran con una demanda incrementada de mano de obra”. Para una lista de prestamistas domésticos, ver “Memoria presentada por el Ministerio de Estado en el Departamento de Hacienda al Congreso Nacional” (1866), p. XII, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Detrás de la escena, tanto Mitre como el ministro de Relaciones Exteriores Elizalde comenzaron a negociar préstamos extranjeros. El Gobierno Imperial, a su vez endeudado con los Rothschild británicos, hizo que un crédito de un millón de pesos estuviera disponible para el Gobierno argentino el 31 de Mayo de 1865 (los brasileños contrataron un segundo préstamo por el mismo monto ocho meses más tarde)(17).

(17) F. J. McLynn. “Consequences for Argentina”, pp. 90-91. Ver también Thornton a Lord Russell, Buenos Aires, 8 de Junio de 1865, Public Records Office, London-Foreign Office 6, Nro. 256. Los préstamos de Rothschild al Brasil fueron objeto de considerable debate. Ver “Correspondencia entre o Ministerio da Fazenda e a Legação em Londres concernente ao empréstito contraído em 1865” (1866), Río de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El Banco de Londres fue otro prestamista inicial y por sus molestias ganó el alto interés del 18 por ciento sobre el dinero que le pasó al régimen de Mitre. Estos distintos créditos (que luego conformarían un elemento central en los análisis de historiadores revisionistas) fueron muy bienvenidos por el ministro de Guerra argentino en 1865, ya que hicieron posible el sumamente necesario respaldo financiero en un momento crítico(18).

(18) León Pomer. “La Guerra del Paraguay: ¡Gran Negocio!” (1968), pp. 266-267, Buenos Aires. Ediciones Caldén. Para otro punto de vista, menos sensacionalista, de la importancia de estos préstamos, ver Leslie Bethell. “The Paraguayan War” (1996), p. 25, Londres. Ed. Institute of Latin American Studies. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Incluso así, los préstamos eran difíciles de obtener. El barón de Mauá estuvo en Inglaterra durante todo este tiempo pero, debido a su desilusión por los varios reveses políticos en la Banda Oriental, fue de poca ayuda para arreglar empréstitos para los aliados. Los prudentes financistas europeos, además, exhibían poco interés en fondear guerras sudamericanas cuando podían obtener seguros beneficios en construcciones de ferrocarriles en las colonias y en el comercio en la India.

Habiendo pavimentado el camino para una fuerte respuesta a la invasión paraguaya, Mitre partió al frente a mediados de Junio de 1865 y llegó a Concordia el 18 de Junio. Inmediatamente se puso a trabajar para transformar el destartalado campamento a la vera del pueblo en una instalación militar. Sus hombres erigieron tiendas en líneas regulares, construyeron letrinas y prepararon cientos de fogones(19).

(19) Mitre mismo fijó residencia en Concordia, donde entretenía a los residentes locales y recibía a dignatarios. Ver Antonio P. Castro. “El general Mitre estableció su Cuartel General en Concordia”, diario “La Nación”, Buenos Aires, 1 de Noviembre de 1936. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Nivelaron un campo para formaciones, descargaron dos caravanas de carretas y montaron una buena cantina. Los cirujanos y el personal médico tuvieron hospitales y dispensarios en pleno funcionamiento. Igual de ocupados estaban los tenderos locales, que ofrecían a viva voz sus productos entre los soldados con la misma energía que lo hacían sus contrapartes en los mercados de Buenos Aires y Montevideo. Gracias a la detallada atención de Mitre, Concordia comenzó a lucir como un campamento militar del siglo diecinueve, mucho menos grandioso que Sebastopol, pero ciertamente impresionante(20).

(20) Aníbal S. Vázquez. “La reunión del Ejército Aliado en Concordia” (1937), pp. 13-15, Paraná. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los contingentes argentinos en Concordia eran inusuales por decir lo menos. Allí se mezclaba lo mejor y lo más perverso del país. Había ladrones y haraganes forzados a entrar en servicio junto con voluntarios de las familias más prósperas de Buenos Aires, hombres jóvenes que habían gozado de más dinero del que podrían gastar. Había, desde luego, individuos con antecedentes privilegiados que no querían unirse a la campaña pese al clamor; estos tenían fácil acceso a sustitutos, a menudo inmigrantes que publicitaban su disponibilidad para el servicio en periódicos de Buenos Aires y las provincias(21).

(21) Para ejemplos de avisos de estos “personeros”, ver los periódicos “El Cosmopolita” (Rosario), del 6 de Mayo de 1865; y “La Esperanza” (Corrientes), del 13 de Enero de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La tarea de Mitre en Concordia era la misma que la de Duarte en Pindapoi: tomar un Cuerpo inexperto y amorfo de hombres y transformarlo en un Ejército fuerte, confiable y motivado. El presidente argentino, sin embargo, estaba bajo severas limitaciones de tiempo. Cuanto más demorara en enviar sus tropas a la acción, más estaría el enemigo en condiciones de avanzar.

Pero Mitre se rehusó a apresurarse a entrar en batalla. Sus propios batallones porteños habían recibido adecuado, si bien no extensivo, entrenamiento y estaban de alguna manera listos para el combate. No podía decirse lo mismo de las tropas provinciales, hombres cuyas aptitudes para la lucha eran como las de sus abuelos gauchos, con mucho corazón y poca cohesión.

Comparado con todas las guerras previas en Sudamérica, este conflicto requería tener bajo armas a enormes cantidades de hombres y Mitre quería ver a los que estuvieran bajo su comando funcionar bien juntos. El entrenamiento de la infantería en Concordia contempló horas y horas de formaciones cerradas. Nadie, entonces y ahora, había todavía diseñado un sistema mejor para inculcar el hábito de la obediencia, tan necesario para la cohesión de la unidad durante el ruido y el humo de la batalla.

La infantería también practicaba complejas maniobras, como formar una línea de batalla y cambiar noventa grados la dirección. Siguiendo las precisas configuraciones geométricas sugeridas por Antoine-Henri Jomini y otros, los infantes formaban y volvían a formar ellos mismos en grandes cuadrados defensivos que ningún enemigo supuestamente podía penetrar.

La caballería, por su parte, atacaba blancos inmóviles con sable y lanza y practicaba rápidos movimientos con el total de la fuerza del regimiento. A través de la práctica, se esperaba, las unidades aliadas podrían todas maniobrar efectivamente contra los paraguayos en el campo de batalla.

Un entrenamiento de este tipo, sin embargo, tomaba tiempo y Mitre tenía poco para desperdiciar. Adicionalmente, el presidente argentino debía lidiar con problemas de comando y control de las Fuerzas de coalición. Los uruguayos bajo Flores no presentaban problemas ya que, como su líder, muchos de ellos habían peleado previamente al lado de Mitre y comprendían su temperamento e inclinaciones.

Los brasileños, sin embargo, eran otra cuestión muy distinta. Aunque el Gobierno Imperial tenía todo el deseo de adaptarse a la letra de la Alianza, los almirantes y generales brasileños tenían serias dudas sobre la sabiduría del comando combinado o, al menos, del comando combinado bajo el presidente argentino. Oficiales veteranos se resignaron a obedecer a Mitre, pero en sus mentes buscaban asegurarse de que tal obediencia también jugara en favor de los intereses del Imperio.

Si la cooperación con los argentinos entraba en conflicto con sus obligaciones con Dom Pedro, ellos no mostrarían una abierta insubordinación, pero harían su opción. Esta actitud, implícitamente adoptada por todos los comandantes brasileños, perjudicó las operaciones varias veces en los tres años siguientes. Los argentinos y brasileños eran enemigos tradicionales y cualquier alianza entre ellos, independientemente de cualquier meta militar común, con seguridad estaría llena de desconfianza y velado antagonismo.

En Concordia, tal desconfianza ya era evidente. Mitre estaba pidiendo la concentración de todas las Fuerzas Aliadas para desafiar al mariscal López con la mano más poderosa posible pero, al mismo tiempo, Estigarribia estaba arrasando el sur del Brasil. Los hombres de las Fuerzas imperiales tenían que alejarse de la escena de las depredaciones paraguayas, mientras sus compatriotas estaban haciendo un sacrificio en términos de sangre y propiedades; todo esto por el bien de una Alianza que la mayoría consideraba poco natural desde el principio.

La reunión de los Ejércitos Aliados se produjo sólo el 23 de Junio de 1865. Esa fecha, el general Manoel Luiz Osório autorizó el paso -a través del río Uruguay- del primer contingente de brasileños, unos ocho mil hombres en catorce batallones. Estos soldados estaban entre las mejores tropas del Brasil. Muchos habían estado en combate en Uruguay el año anterior y, como la mayoría de los riograndenses, tenían una tradición guerrera que se remontaba a generaciones.

Se inclinaban por el estilo gaúcho de pelea. Como sus primos de habla castellana en las Pampas, preferían la lanza, las boleadoras y las cargas salvajes y descoordinadas de caballería. Mitre trataba de dejar de lado esta forma de lucha en favor de algo más moderno, más capaz de destrozar a los paraguayos rápidamente y a bajo costo. Por sensato que esto fuera, el presidente sabía que forzar a sus tropas brasileñas a adecuarse le traería tantos problemas como los que le aliviaría.

El general Osório llegó a Concordia el 6 de Julio de 1865, un día después que el almirante Tamandaré y una semana después de que una tormenta hubiera hecho volar cada estructura del campamento. Como el almirante, Osório poseía una distinguida foja militar. Nacido en Rio Grande do Sul en 1808, había peleado en la Guerra Cisplatina como un joven oficial y había escalado en rangos durante la Rebelión de los Farrapos. En 1852 comandó la unidad de lanceros gaúchos que, bajo intenso fuego, capturó una batería de cinco cañones en Caseros. Aunque grueso y canoso para el tiempo en que el conflicto con el Paraguay comenzó, Osório todavía mantenía su reputación de eficiencia y coraje.

Richard Burton, él también un fanático del mismo estilo, remarcó hacia el final de la guerra que el general era “valiente hasta la temeridad; caballo tras caballo caían muertos ante él y los soldados declaran que mantenía perfecta compostura y que después de las batallas se sacudía las balas de su poncho”(22).

(22) Richard Burton. “Letters from the Battle-fields”, p. 385. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Más allá de las leyendas que rodearan a Osório, gozaba de alta consideración por parte de líderes del Gobierno en Rio de Janeiro, quienes le confiaron puestos de importancia. Sirvió, por ejemplo, como representante del Imperio en el Consejo de Guerra convocado en el tiempo en que fue firmada la Triple Alianza. Más que otros generales brasileños, comprendía que las operaciones militares necesariamente llevarían a las Fuerzas imperiales lejos de Rio Grande do Sul.

Sus tropas tenían que olvidar sus lealtades locales y concentrarse en derrotar a los paraguayos a lo largo del Paraná antes de avanzar hasta el premio acordado, Humaitá. Por lo tanto, apoyaba el concepto de Mitre de una nueva y más estricta disciplina entre las tropas brasileñas. A medida que llegaban más voluntarios, los ponía en un riguroso programa de ejercicios que pocos habían visto antes.

Los contactos entre los hombres de Osório y las tropas argentinas y uruguayas en el campamento fueron ásperos por momentos, pero en general se trataron unos a otros con un cauteloso respeto. Cuando Justo José de Urquiza visitó Concordia la última semana de Julio, expresó admiración por la aparente cohesión de las unidades aliadas.

La Fuerza total era ahora de 20.000 hombres, de los cuales 12.180 eran infantes, 3.000 jinetes y 756 artilleros (con treinta y dos piezas de cañones estriados). El Ejército brasileño estaba formado por 15.936 hombres, sin contar los 1.000 riograndenses enviados a actuar bajo el comando de Venancio Flores(23). Más del 80 por ciento del comando de Mitre, por lo tanto, era brasileño, un hecho que todos notaban.

(23) “Brazil and River Plate Mail” (Londres), 7 de Septiembre de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Sin duda alguna, este Ejército lucía imponente. Había miles de soldados y cada día llegaban más provisiones por tierra y agua. Urquiza no percibió, sin embargo, que muchos estaban enfermos en el hospital. Osório había traído a 600 hombres seriamente enfermos con él a Concordia. Muchos tenían sífilis(24) y el número de enfermos era creciente. Como reportó el corresponsal del periódico “The Times”, de Londres, a principios de Agosto de 1865:

“Las tropas brasileñas estaban obteniendo una considerable perfección en sus ejercicios y maniobras, pero la enfermedad era prevalente y el clima frío se sentía severamente. Casi 2.000 estaban enfermos, incluidos los del campamento y los (evacuados a) Montevideo.
“Todos estaban hartos de la vida sedentaria del campamento y ansiosos de poner en práctica las lecciones que habían recibido en ejercicios bélicos”(25).

(24) Aníbal S. Vázquez. “La reunión del Ejército Aliado en Concordia” (1937), p. 17, Paraná.
(25) Periódico “The Times” (Londres), 21 de Agosto de 1865. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El deseo de meterse en la lucha, aunque ávido, tenía que ser atemperado con la realidad de que estas eran tropas mayormente verdes, impecables en los desfiles, pero todavía sin probarse en la batalla. Su cuidadoso despliegue era la preocupación clave de Mitre y no estaba dispuesto a ser empujado a una confrontación prematura con las Fuerzas de Estigarribia, Duarte o Resquín. El quería planear meticulosamente su guerra.

- Cuevas

La preparación aliada en Concordia debió haber coincidido con un intermitente bombardeo sobre las posiciones paraguayas en el Paraná. Sin embargo, el almirante Barroso ya había tenido sangrientos combates en el Riachuelo y Mercedes y, aunque el enemigo sufrió mayores pérdidas en vidas y barcos, no quería tentar la fortuna.

La artillería del coronel Bruguez representaba una amenaza potente al sur, en Cuevas, y nadie necesitaba recordarle al almirante la distancia que lo separaba de cualquier fuerza terrestre de los aliados. Sus municiones eran escasas y, después de Mercedes, sus hombres quedaron agotados. Todos estos factores se combinaban para mantener sus buques fuera de acción por casi dos meses, mientras sus hombres descansaban y él evaluaba su situación(26).

(26) Miguel Calmon, “Memorias da Campanha do Paraguay” (1888), tomo 1, pp. 54-61, Pará. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Observando todo esto a la distancia estaba el superior de Barroso, el barón de Tamandaré, todavía en Buenos Aires. El barón no había tomado con mucho placer el repentino salto de Barroso a la fama. Era cierto que la Armada Imperial había obtenido una resonante victoria en el Riachuelo, pero Tamandaré, el más veterano oficial en servicio, no había tenido rol alguno en ella.

Gustosamente aceptó las felicitaciones de los funcionarios del Gobierno argentino y los buenos deseos de la gente en la calle, pero internamente resolvió dejar claro que la flota le pertenecía a él. Después de todo -razonó- ninguna Armada tenía dos comandantes y en esta guerra muchos factores tenían que ser considerados, no en menor medida la relación con los argentinos aliados del Brasil.

Solamente él podía abiertamente lidiar con políticos tan sutiles y calculadores. De una cosa se sentía seguro: a diferencia de los vacilantes diplomáticos del ministerio imperial de Relaciones Exteriores, él era el sirviente del emperador, el hombre a través de quien la voluntad imperial se expresaba. Si otros, en el Gobierno brasileño no compartían esta estimación, era problema de ellos.

Tamandaré tenía el hábito de siempre darles un lustre estratégico a sus actos. En este caso, creía que la flota brasileña, entonces nominalmente asegurando su misión de bloqueo encima de Cuevas, debía navegar al sur para ligarse con las Fuerzas terrestres aliadas cerca de Goya. Esto implicaba pasar frente a las baterías de Bruguez en la costa. La estrechez del canal hacía el tránsito nocturno imposible, por lo que debían enfrentar los cañones paraguayos a plena luz del día.

El 9 de Agosto de 1865, el almirante Barroso dio órdenes de preparase para partir a Rincón de Soto de acuerdo con las Instrucciones de Tamandaré. Los barcos levaron anclas a las nueve en punto la mañana siguiente. Más tarde ese mismo día los marinos brasileños hicieron una pausa del lado chaqueño del río para alzar a varias familias de hacheros correntinos, quienes les informaron que algo se estaba tramando en Bella Vista y Cuevas.

Muchos soldados paraguayos se habían dirigido a ambas localidades, aunque no estaba claro cuántos exactamente. Las baterías de Bruguez, había sido, ahora contaban con treinta y dos cañones (piezas de ánima lisa de calibres seis, nueve, dieciocho y treinta y dos, y piezas estriadas de calibre doce y veinticuatro) y ocho cohetes Congreve ubicados hacia el Paraná. Dos nuevos batallones de infantería reforzaban a los artilleros paraguayos, listos para agregar seiscientos rifles al poder de fuego(27).

(27) Ver José María Bruguez a Bergés, Cuevas, 12 de Agosto de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 10, 5, Nro. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

A las 10:00 del 12 de Agosto, Barroso hizo que su flota de dieciocho buques pasara frente a las baterías paraguayas. Debido a las diferencias de capacidad de caldera, los barcos brasileños no podían impulsarse a velocidad uniforme; el almirante, por lo tanto, ordenó a sus embarcaciones más pequeñas mantenerse cerca de las más grandes, para proporcionar fuego de cobertura.

A pesar de las advertencias de los hacheros, Barroso todavía creía que Bruguez sólo podría desplegar unas cuantas piezas pequeñas. Aún antes de que los barcos aliados se pusieran a tiro, sin embargo, el cielo comenzó a llenarse de humo, disparos y estruendos(28).

(28) Para detalles de la subsecuente batalla, ver “Parte Oficial do Chefe da Esquadra Brasileira (Francisco Manoel Barroso) sobre a passagem de Cuevas”, (Rincón de Soto, 13 de Agosto de 1865), en “Diário do Rio de Janeiro”, 4 de Septiembre de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Bruguez había elegido bien su posición. Las barrancas en Cuevas eran altas y el río relativamente angosto. Aún así, la visibilidad fue un problema para las baterías casi de inmediato. A cada buque aliado le tomaba de treinta a cuarenta minutos traspasar el frente paraguayo y las dotaciones de cañoneros de tierra y agua se mantenían ocupadas todo el tiempo. Barroso había aprendido la lección de su combate en Mercedes y esta vez mantuvo sus escotillas cerradas, con todo el personal que no fuera esencial bien por debajo de cubierta. Esta precaución salvó muchas vidas.

El primero en la formación brasileña era el “Ivaí”, que reculaba con la sacudida de sus propios cañones y por las bombas paraguayas que destrozaban su costado. Recibió cuarenta impactos. El buque insignia del almirante, el “Amazonas”, recibió un número similar y el “Ypiranga” y el “Itajaí”, treinta cada uno. El vapor argentino “Guardia Nacional” escapó con veinticinco y dos de sus propios cañones quedaron desmontados en el intercambio(29).

(29) José Ignacio Garmendia. “Campaña de Corrientes y de Río Grande” (1904), p. 217, Buenos Aires. Ed. Peuser. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Un oficial de este último dejó un impresionante, hasta aterrador, relato de la acción:

“Íbamos a una velocidad de un cuarto río abajo cuando nuestro cañonero de proa lanzó una granada a la batería del enemigo de cuatro piezas al nivel del agua. El fuego entonces se volvió general y el enemigo tiró sobre nosotros una perfecta tormenta de piñas, bombas, congreves y mosquetería que duró 45 minutos.
“Un bombazo dio en nuestra rueda, lanzando por los aires a los cuatro timoneles, cuando el mismo almirante Murature se hizo cargo de la rueda, pero la voz del piloto de adelante no se podía oír con el terrible rugido de 50 cañones del enemigo y los nuestros en respuesta.
“Nosotros seguimos al ‘Amazonas’. Otro tiro golpeó al edecán Ferré, arrancándole su pierna izquierda y murió de la herida la mañana siguiente (...) Enrique Py tuvo la misma suerte con un disparo a través de la defensa delantera, con su padre mirando y sin poder salvarlo: murió a las 7 p.m. rogando ser recordado a su pobre madre.
“Una bomba y una docena de tiros de cañón golpearon nuestra proa y borda; otras catorce dieron en la quilla, mayormente por encima de la línea del agua, una de estas matando a un pobre compañero que estaba abajo enfermo; otras dos dañaron nuestros remos y otra entró en la sala de combustión y mató al fogonero.
“Nuestra chimenea delantera estaba dañada, también el bote de adelante, el arsenal, el mástil principal, el bote del almirante y los costados”(30).

(30) Citado en Robert C. Kirk a Willian Seward, Buenos Aires, 26 de Agosto de 1865, en el National Archives and Records Administration, Washington, D.C., FM69, Nro. 16. Para más sobre el vapor “Guardia Nacional” durante este enfrentamiento ver Luis D. Cabral. “Anales de la Marina de Guerra de la República Argentina” (1904), tomo 1, pp. 3-6, 12, 16, 21, Buenos Aires (dos volúmenes). Ed. Juan A. Alsina. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El último barco aliado, el “Ypiranga”, salió del rango de tiro a las 19:00, justo cuando el atardecer se posó sobre el cielo índigo. Allí Barroso se puso a evaluar sus pérdidas: diecisiete muertos y treinta y cinco heridos para los brasileños; cuatro muertos y cinco heridos para los argentinos. Significativamente, los aliados no perdieron barcos ni tuvieron que sacar a alguno de servicio(31). El almirante concluyó con alivio que los astilleros en Buenos Aires podrían pronto reacondicionar la totalidad de su flota(32).

(31) Barroso a Tamandaré, a bordo del vapor “Amazonas” (cerca de Rincón de Soto), 13 de Agosto de 1865, en Laurio H. Destéfani y V. Mario Quarteruolo. “Comodoro Clodomiro Urtubey” (1967), pp. 142-144, Buenos Aires; ver también “Jornal do Commercio”, 4 de Septiembre de 1865; y “Fojas de Servicio del coronel don Martín Guerrero”, (¿Buenos Aires, 26 de Febrero de 1880?), en el Museo Histórico Militar, Asunción-Colección Zeballos, carpeta 137, Nro. 9, p. 2.
(32) Inácio Joaquim da Fonseca. “O Combate de Coevas em 12 de Agosto de 1865” (1882); conferencia, Río de Janeiro. Una interesante ilustración del Paso puede ser vista en “O bravo 1. tenente D. Carlos Balthazar de Silveira, comandante do rodízio de proa do vapor ‘Magé’, na passagem de Cuevas”, en “Bazar Volante” (Rio de Janeiro), 8 de Abril de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Del lado paraguayo, las pérdidas fueron mínimas: diez muertos y veinticinco heridos. Las baterías y sus unidades acompañantes de infantería se comportaron exactamente como lo esperaba el coronel Bruguez y él mismo mostró el camino, manteniendo una postura de hierro a lo largo de la pelea(33).

(33) Periódico “El Semanario”, 19 de Agosto de 1865; Carmelo Bruguez a Bergés, Asunción, 1 de Septiembre de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I 30, 10, 23. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque no hundió buques enemigos, sus cañoneros habían hecho un buen trabajo y esperaba que lo hicieran todavía mejor cuando un revigorizado Ejército paraguayo reiniciara su marcha al sur.

Cuando la flota aliada soltó anclas en Rincón de Soto, el almirante Tamandaré despachó un reporte sobre el combate en Cuevas al Gobierno Imperial. En él, algo que pasó casi desapercibido en ese tiempo, elaboró una nueva política que afectó profundamente el subsecuente desarrollo de la guerra:

“El movimiento río abajo de la flota era necesario para no quedar en posición de tener la retaguardia cortada por la batería (de Bruguez) y por tanto quedar fuera de comunicación. Es necesario que la flota se mueva siempre en paralelo a los movimientos de la retaguardia enemiga, toda vez que este (ejército) no sea contenido por el nuestro”(34).

(34) Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 2, p. 93, Río de Janeiro. Ed. Biblioteca do Exército; Loren Scott Patterson. “The War of the Triple Alliance (Paraguayan Offensive Phase. A Military History” (1975), p. 237, disertación doctoral, Georgetown University. Washington, D.C. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En otras palabras, Tamandaré ya no dejaría que la Armada Imperial operara más río arriba que las líneas del frente del Ejército Aliado. Desde la perspectiva del barón, un enfoque cauteloso tenía el beneficio de establecer claros límites sobre todas las operaciones navales y mantener sus riesgos al mínimo. Como otros oficiales navales brasileños, detestaba las restricciones de las operaciones fluviales, especialmente la necesidad de depender de pilotos extranjeros.

Tamandaré sólo confiaba en pocos de los hombres con quienes tenía que trabajar. Sus argumentos acerca de táctica y estrategia -en última instancia- venían menos de diferencias intelectuales con los aliados o subordinados que de su callado deseo de trasladar el mayor peso de las bajas a las Fuerzas terrestres. Era celoso de sus prerrogativas, además, y no quería innovaciones que pudieran disminuir su autoridad. Quería y exigía hacer la guerra a su modo.

La nueva política de Tamandaré era excesivamente precavida. Su Armada había obtenido una gran victoria en el Riachuelo y luego había forzado su paso a través de varias baterías de costa bien posicionadas sin perder un solo barco. Brasil podría haber controlado el río. Barroso había probado, además, que manteniendo a la mayor cantidad posible de soldados y marineros bajo cubierta, muchas vidas podían ser salvadas sin sacrificar la efectividad general.

Tamandaré jamás reconoció esto. Deliberadamente mantuvo sus barcos atrás cuando debían haber ofrecido apoyo efectivo avanzando río arriba para hostigar a los paraguayos desde la retaguardia. El barón probablemente salvó algunos barcos como resultado, pero también condenó a miles de hombres a muerte en el campo de batalla más tarde en la guerra, hombres que podrían no haber muerto si sus esfuerzos hubieran sido cubiertos con fuego naval.

De hecho, la decisión de mantener la flota en línea paralela con los Ejércitos Aliados casi con seguridad contribuyó con la prolongación de la guerra, en detrimento de ambos bandos.

Información adicional