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TRASCENDENCIA DE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

La Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay integra, con las guerras de la unificación alemana y la guerra de secesión norteamericana, los grandes conflictos bélicos de la segunda mitad del siglo XIX. Grandes, no sólo en sus proporciones militares, sino por su trascendencia en el desarrollo posterior de la historia continental(1).

(1) Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e Inicios del Mayor Conflicto Bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El triunfo del binomio Bismarck-Moltke sobre Dinamarca, Austria y Francia (1864, 1866 y 1870) condujo a la unificación alemana bajo la égida de Prusia y al lanzamiento del nuevo Imperio alemán a la conquista de la hegemonía económica y política de Europa, en abierta competencia con Gran Bretaña y Francia, proceso que desembocaría en la Gran Guerra de 1914-18.

La Guerra de Secesión (1860-65) significó, en su desenlace, un poder y una estructura nacional más sólida y la conducción del país por la sociedad industrial del Nordeste, factores ambos que dispusieron a Estados Unidos a desempeñar un papel de potencia mundial a corto plazo.

En cuanto a la Guerra de la Triple Alianza significó la destrucción de la única potencia mediterránea de Sudamérica y el último gran acto de una polémica secular: la disputa fronteriza entre los Imperios hispano y lusitano y sus respectivos herederos.

- Naturaleza de la guerra

Los axiomas sobre la naturaleza de la guerra son tan viejos como la guerra misma. Tucídides decía que los hombres van a la guerra por una de tres razones: temor, interés u honor.

Siglos más tarde, Carl von Clausewitz sostenía que la guerra es la continuación de la política por otros medios, en tanto que William Tecumseh Sherman, sucinta y memorablemente, sentenciaba que la guerra es “nada más que el infierno”.

Ninguno de ellos tenía en mente al Paraguay, pero sus lecciones en Siracusa, Austerlitz y Kennesaw Mountain son también aplicables a aquella república sudamericana y sus vecinas entre 1864 y 1870.

La guerra puede insuflar nueva vida a sistemas políticos moribundos, puede empujar a humildes figuras a posiciones de prominencia, puede redefinir naciones, pero también mata extensiva e indiscriminadamente, por lo general sin distinción entre inocentes y culpables y dejando devastación a su paso.

La Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza, en todos estos sentidos, no fue diferente a todos los conflictos que la precedieron. Sin embargo, la Guerra de la Triple Alianza sí fue distinta a todas las que se habían visto en esta parte del mundo. Presentó una notable mezcla entre lo moderno y lo antiguo, con buques acorazados y globos de observación, compartiendo el escenario con batallones de soldados descalzos armados con lanzas de tacuara.

La guerra también tuvo amplios efectos políticos. Hizo posible la consolidación final de la Argentina como un Estado-Nación y abrió un nuevo capítulo en la lucha entre los partidos colorado y blanco en el Uruguay; elevó la posición social y política de oficiales militares brasileños, una tendencia que a la larga llevaría al derrocamiento del Imperio; y aplastó al Paraguay, aniquilando sus instituciones económicas y sociales y haciendo que su población de 450.000 se encogiera en alrededor del 70 por ciento.

- Dificultades en la investigación

La Guerra de la Triple Alianza conlleva la misma relación con la historia de América del Sur que la Guerra Civil de Estados Unidos con la de América del Norte. Con todo ello, y a pesar del lugar central que ocupa en la experiencia de cuatro países, relativamente pocos académicos la han examinado.

Esto es en parte debido a las dificultades en la documentación, la cual se encuentra dispersa en una serie de diferentes archivos, bibliotecas y colecciones privadas distribuidos en muchos países.

Consultar incluso una porción de este material constituye una tarea tan formidable que la mayoría de los académicos ha limitado sus investigaciones a fuentes secundarias.

Otro problema que enfrentan los investigadores tiene que ver con las caldeadas polémicas que estallaron durante el conflicto, continuaron posteriormente por varias generaciones y en muchos aspectos persisten hasta nuestros días. Las agendas políticas y la inflexibilidad filosófica ensombrecieron los hechos y pocos intentos se hicieron para entender qué exactamente ocurrió.

Ninguna interpretación ha sido íntegramente satisfactoria y esto ha llevado a muchas controversias estériles acerca de las causas iniciales y las motivaciones. Los académicos, por lo general, se han limitado a pequeños análisis reales de la guerra en sí misma.

La idea es relatar una historia complicada desde una perspectiva más amplia e integral, de la manera más clara y completa posible. Es que que la mejor explicación de los orígenes y la gestación de la guerra descansa en el pequeño ámbito de las ambiciones políticas y cómo estas ambiciones se expresaron en la construcción de nuevas naciones.

La guerra de la Triple Alianza fue como el estallido final de tensiones que comenzaron a aflorar en la época colonial y que se acentuaron con la disgregación del Virreinato del Río de la Plata y el coincidente advenimiento del Imperio del Brasil.

La Guerra de la Triple Alianza no está aislada de las encarnizadas luchas entre unitarios, federales, riograndenses, cariocas, porteños, orientales, paraguayos, correntinos, del choque entre corrientes modernizadoras y tradiciones coloniales, de antagónicas visiones y ambiciones de las antiguas y las jóvenes élites. Todo lo contrario: fue su episodio más brutal y culminante.

Por otro lado, se plantea la idea de que la guerra contra el Paraguay fue el gran factor catalizador para consolidar las naciones todavía embrionarias surgidas del proceso de independencia. Un parto muy doloroso de lo que hoy son el Brasil, la Argentina, el Uruguay y también el Paraguay, al que le tocó pagar por ello un altísimo precio.

Dice el historiador estadounidense Thomas Whigham que la Guerra de la Triple Alianza tuvo para América del Sur una significación similar a la que tuvo la Guerra Civil de los Estados Unidos para América del Norte. Esto es algo que los países protagonistas todavía no han comprendido en su justa magnitud.

- Los albores de la nacionalidad

El diccionario define “nación” como una comunidad de personas de una o más nacionalidades con su propio territorio y gobierno. El habitante medio del continente sureño, sin embargo, tenía una multitud de problemas cotidianos que resolver y, por lo tanto, poco interés en cualquier “nación” que no pudiera ver con sus propios ojos.

Tenía mínima consideración por otros “ciudadanos” que no conociera o entendiera. ¿Qué podían hacer por él en términos prácticos? Si tenían diferentes costumbres, diferente idioma y diferente visión del mundo, ¿cómo entonces podían ser parte de su realidad política?

Significativamente, el Paraguay era la única “nación” o “cuasinación” en la región, basada como estaba en estrechas tradiciones de paternalismo y solidaridad comunitaria, dentro de un ambiente cultural único. Este ambiente era, en ciertos sentidos, más indio que español en su carácter.

Proporcionaba a los paraguayos su propio idioma, el guaraní, y una identidad que aparecía en términos amplios como “nacional” incluso durante la era colonial. Tal vez Chile tenía algún grado de tal sentimiento nacional en el mismo período, pero ni la Argentina ni el Brasil podían exhibir algo que se le asemejara.

La “Argentina” era esencialmente una ciudad -Buenos Aires- con una cultura política típicamente urbana y una élite supuestamente “liberal” y modernizadora que buscaba proyectar su imagen de la Nación al atrasado y recalcitrante Interior. La gente en el campo tenía poco apego por los porteños -como llamaban a los habitantes de Buenos Aires- y ciertamente ningún interés en vivir bajo su sombra.

Para que los provincianos aceptaran una Argentina unida bajo reglas porteñas, necesitaban concebirse a sí mismos como “argentinos” antes que correntinos, riojanos, entrerrianos o salteños. No tenían preparación histórica para esta perspectiva y les resultaba difícil adoptarla, así como los venecianos o los bávaros encontraban difícil pensarse a sí mismos como italianos o alemanes.

A diferencia de la gente del Paraguay, los argentinos necesitaban que la identidad nacional fuera creada para ellos. Este era un proceso muy desigual, puesto que si las provincias rechazaban algún aspecto del libreto, los porteños estaban listos para imponérselo por la fuerza.

Brasil era un país enorme con divisiones sociales complejas. En términos culturales, las regiones del Norte y el Nordeste eran muy diferentes de las ciudades de Río de Janeiro y São Paulo, así como de las amplias planicies de Río Grande do Sul.

Es verdad que la lengua portuguesa y un corpus compartido de tradiciones del Viejo Mundo mantenían al Brasil unido en torno a ciertas usanzas. Algunas regiones seguían esas tradiciones mucho más que otras sin embargo y un importante grupo social -los esclavos africanos- se adaptaban a ese contexto cultural solamente a través de la coerción.

En cuanto a la lengua, las variedades carioca, paulista, gaúcha y sertaneja del portugués, aunque mutuamente inteligibles, diferían sustancialmente en vocabulario y acento y, por encima de todo, las provincias del nuevo Imperio brasileño soportaban un agudo aislamiento, una circunstancia que era tan desestabilizadora como inevitable.

Lo que el Brasil carecía en unidad social lo compensaba parcialmente con la tenacidad de sus élites dirigentes en su dedicación por las instituciones de la esclavitud y la monarquía de Bragança.

La “nación” brasileña reflejaba los intereses de la élite, conformada por grandes mercaderes, burócratas, fazendeiros y productores agrícolas, personas de muy buena posición que se casaban entre ellas.

Muchos habían obtenido títulos de Derecho o Medicina en universidades europeas. Se vestían del mismo modo y tenían los mismos hábitos. Intercambiaban chistes y reflexiones en latín, una práctica que los ayudaba a definirse como grupo mediante la diferenciación con otros brasileños (sin excluir a la mayoría del clero).

Estas élites consideraban la política como su prerrogativa natural a la par de reconocerle una encumbrada posición al emperador. Le dejaban la tarea de proteger a las masas, que ellos juzgaban incapaces de autogobernarse y poco dignas de mucha atención en cualquier caso.

El Brasil que deseaban crear, explícitamente identificaba el rol de la monarquía con el de la nación, con el propósito de defender mejor sus privilegios tradicionales al tiempo de hacer avanzar al país económicamente.

Proclamaban que la monarquía evitaba la descomposición social, mientras que el republicanismo nominal de los Estados hispanoamericanos generaba nada más que conflictos. El emperador debía estar en el centro de cualquier sistema político moderno, sostenían, debido a que él simbolizaba todo lo que era civilizado, todo a lo que el país podía aspirar.

Cada uno de los países que participaron en la Guerra de la Triple Alianza ofrecía su propia solución a los desafíos de la independencia. La dirigencia paraguaya era claramente más persuasiva en convencer a la población de aceptar su definición de “nación”. Esto era en parte una cuestión de escala. Paraguay era un país pequeño, más fácil de controlar y poseía un fuerte sentimiento de comunidad.

Pero tanto las élites de la Argentina como del Brasil se sentían también seguras de sus propias interpretaciones de la nacionalidad. ¿Cuál modelo sería más adecuado, el de una pequeña nación con una cultura y una política claramente definidas o el de una nación grande con política y cultura cívica artificiales e importadas?

Esta pregunta no se enmarcaba dentro de una simple cuestión de ideas y palabras, sino de acciones. Y estas acciones tendían a ser sangrientas.

La lucha sobre las especificidades de la nacionalidad era obvia en el Uruguay, el cuarto país involucrado en la Guerra de la Triple Alianza. La Banda Oriental, como era llamada comúnmente, había sido testigo de una gran competencia entre españoles y portugueses durante el período colonial.

Aun después de obtenida la independencia, la intervención extranjera y las pendencias partidarias entre colorados y blancos mantuvieron al Uruguay al borde del caos hasta mediados de los 1860. Bajo tales circunstancias, su pueblo no podía decidir cuál modelo de nacionalidad elegir. En ello radicó su tragedia y, a la postre, la de toda la región.

Los enfrentamientos entre partidarios de los distintos paradigmas iban desde esfuerzos simplistas de influenciar la opinión de los pobres hasta confrontaciones intermitentes sobre territorios en disputa y acceso a los ríos.

Ello inevitablemente llevaría a un conflicto de gran escala que involucraría a cientos de miles de personas. La Guerra de la Triple Alianza fue el resultado más brutal y profundo de un proceso que venía gestándose por generaciones.

Cuatro patrones históricos interrelacionados son distinguibles a lo largo del mismo:

* primero, los límites -nacionales y de otro tipo- eran inestables, aun cuando los Tratados cuidadosamente los definían;
* segundo, la lógica económica alentaba violentos encuentros a través de estas fronteras, en la medida en que los esfuerzos por controlar recursos y rutas comerciales excedían el respeto formal por la soberanía;
* tercero, la política era confusa y problemática, con el poder de la autoridad central extendiéndose hacia el Interior sólo tentativamente;
* finalmente, e irónicamente, el rasgo que sí mantenía unida a la gente era una tradición marcial de cierta antigüedad. El pueblo, acostumbrado a pelear pequeñas guerras, estaba preparado para pelear una grande. Cuando ésta llegó, fue terrible.

La Guerra de la Triple Alianza fue un conflicto de personas comunes -agricultores, granjeros, peones, zapateros, vendedores ambulantes y muchos otros- hombres que se reunieron, compartieron muchas noches insomnes, celebraron, sufrieron hambre y privaciones, se embriagaron, penaron y sufrieron cuántas tribulaciones se pueda imaginar.

Para tales hombres y mujeres la guerra no tenía nada que ver con la construcción de una comunidad humana más perfecta. Habrían reaccionado con mezcla de burla y desagrado ante la sugerencia de que sus esfuerzos encajaban dentro de algún modelo superior de desarrollo histórico.

Después de todo, era su sangre la que cubría los campos del Paraguay, sus vidas las que nunca serían las mismas. Para ellos, la guerra no era política, sino personal, evidencia horrible del precio que algunos pagan por el sueño de otros.

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