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Evolución del Paraguay

- Ambiente y Sociedad

La Guerra de la Triple Alianza tiene muchas causas. Algunas son particulares de la década de 1860, mientras otras se remontan a la última parte del período colonial y de los períodos iniciales de la independencia, cuando ciertos parámetros políticos de la época comenzaron a moldearse.

Y algunas de las causas de la guerra, específicamente las razones de su ferocidad y duración, pueden ser entendidas solamente mirando muy atrás en el pasado de la región del Plata y observando el comportamiento de su población en su proceso de adaptación a un ambiente radicalmente cambiante.

Miles de años atrás, cuando los seres humanos por primera vez erraron por los confines meridionales de América del Sur, sus necesidades eran del tipo más inmediato: la simple supervivencia era su principal preocupación.

En esto tenían alguna suerte, ya que la naturaleza había surcado de ríos el interior del subcontinente, con muchas especies de peces. Asimismo, las selvas y praderas albergaban toda clase de animales, desde vizcachas hasta osos perezosos y los siempre presentes y desafiantes carayás.

Poco esfuerzo era necesario, por lo demás, para procurarse las muchas raíces y plantas comestibles que el suelo proporcionaba. El clima era usualmente clemente, aunque en las zonas internas el calor, los veranos húmedos y los cortos pero helados inviernos no eran infrecuentes.

En la mayoría de los aspectos, la región nutría a sus primeros habitantes con las necesidades de la vida, dejándoles tiempo libre para ocuparse de rituales, las artes decorativas y el hábito de la guerra, que practicaban con excepcional entusiasmo. Así pelearán por gloria, venganza o acceso a mejores áreas de caza y estos primeros pueblos siempre lo hicieron con fiereza.

No construyeron ciudades o carreteras. No dejaron pirámides o templos para que sus descendientes los contemplasen y admirasen, pero forjaron un espíritu marcial y una tradición de coraje físico que se reprodujo en múltiples formas a lo largo de los siglos.

- La dimensión geográfica

El sistema de los ríos Paraná y Paraguay domina esta parte de América del Sur, fluyendo de norte a sur en un largo arco a través de una amplia y verde pradera antes de desagotar en el Río de la Plata y el mar.

El grueso de sus corrientes se dibujan en la porción Este de su cuenca. En el Nordeste, su curso es alimentado por cientos de arroyos con origen común en los altos brasileños de Minas Gerais, lo que determina un terreno decisivamente húmedo aguas abajo.

El Paraná en sus confines altos es tan turbulento que incluso embarcaciones a vapor debían navegarlo por las costas para eludir la fuerza completa de su corriente.

Cuando su dirección dobla abruptamente hacia el oeste -cerca de Posadas- se vuelve ancho y relativamente profundo, pero nuevamente cambia su carácter cerca de los Saltos de Apipé: allí el Paraná se hace menos hondo, hasta unos dos metros en aguas bajas.

Algunos kilómetros al oeste se encuentra con el río Paraguay y luego se profundiza y se ensancha -una vez más- hasta alrededor de 4 kilómetros de orilla a orilla. Aquí el Paraná se llena de islas y bancos de arena, lo que ofrece pocas posibilidades para la navegación, salvo que los obstáculos más peligrosos sean dragados.

En general, la orilla izquierda del río no permite la construcción de puertos; aunque hay lugares -como en Corrientes, con largas barrancas bien definidas- en que las intermitentes marismas impiden el contacto entre el canal principal del río y las tierras más altas hacia el Este.

La orilla derecha, por su parte, está regularmente inundada hasta más al sur de Santa Fe. Los pueblos en esa margen del río podían ser erigidos solamente a cierta distancia de la costa.

El río Paraguay, que corre hacia el Paraná desde el norte, es de una tonalidad más oscura que el ocre, parecido al té de yerba mate, o mate cocido, cortado con leche, que se bebe en la región. El río fluye a lo largo de una meseta de arenisca en el norte de Mato Grosso hacia una llanura tan plana que el agua habitualmente anega ambas orillas.

Debajo de Asunción inmensos esteros tipifican la región al Este del río, algunos de los cuales alcanzan hasta 100 kilómetros tierra adentro. Solamente un tributario de canal profundo, el río Tebicuary, proporciona un pasaje a través de estos pantanos.

Los ríos Paraná y Paraguay se combinan para establecer el ritmo anual del Sistema del Plata. Las aguas altas que se acumulan en el Paraná en Enero y Febrero alcanzan Santa Fe para principios de Abril. El Paraguay adquiere su máxima altura en Asunción en Mayo. Su mayor caudal llega al Paraná a finales de ese mes, prolongando el período anual de crecidas.

Durante la estación de lluvias de Noviembre a Enero, la aguada del Paraná se junta con la del Paraguay para producir notables riadas hacia el sur.

En el sudeste del Paraná descansa el rojizo río Uruguay, que es más estrecho y menos veloz en la mayor parte de su curso en comparación con el Paraguay y el Paraná. Estos dos son grandes ríos en todo momento, mientras que el Uruguay experimenta importantes fluctuaciones, algunas veces reduciéndose a una fracción de su caudal habitual.

Una similitud entre el Uruguay y el Paraná es que el curso de ambos es interrumpido por numerosos rápidos, saltos y cataratas, pero mientras que en el Paraná los bancos de Apipé interfieren poco con los poblados de las regiones adyacentes en Paraguay y Argentina, la sucesión de cascadas en Mbutuy y Santa Rosa, en el Uruguay crea un infranqueable problema para la navegación, excepto en las temporadas de lluvias. Como resultado, las zonas norteñas de este último permanecieron poco conocidas y habitadas hasta relativamente tarde en el período colonial.

Aunque los ríos son los rasgos geográficos más salientes de la región del Plata, sus pobladores eran normalmente gente de tierra firme (la excepción eran los indios payaguá del Alto Paraguay, que tenían fama de dominar el río y hasta de vivir en islas de camalotes flotantes).

En el sur, los primeros pueblos construían sus campamentos cerca de los arroyos de las praderas de la Pampa donde podían cazar ñandúes, armadillos y más tarde ganado vacuno. Sólo algún ocasional árbol de ombú interrumpía este océano de altas pasturas, que se extendía por miles de kilómetros desde las estribaciones de los Andes hasta la Banda Oriental.

Una predilección por los espacios abiertos y una renuencia a acatar cualquier mandato distinto al impuesto por la naturaleza caracterizaban a los pueblos que pasaban sus vidas en estas vastas planicies.

Más al norte, las selvas dominaban la escena en todo el trayecto hasta el cenagoso Pantanal de Mato Grosso. Se esparcían en el monte infinidad de florecidos lapachos, urundey y otros árboles de madera dura integrados con arroyuelos, profundas lagunas y kilómetros y kilómetros de elásticas lianas.

Arbustos de yerba mate se abrían camino en las laderas de las fragosas colinas de la Cordillera Central del Paraguay y la Cordillera del Mbaracayú en el extremo nordeste. Raramente se veían claros en medio del tupido follaje, pero estos espacios abiertos revelaban un suelo sorprendente por el rojo de su arcilla y la blancura de su arena.

El efecto era el de una remota jungla, de una naturaleza que apabullaba todo lo que abrazaba. En medio de aquella barroca superabundancia de vida vegetal y animal, el hombre era un ser muy, muy pequeño.

- El elemento humano

Cuando los españoles arribaron al Plata a principios del 1500, encontraron bandas de indios nómadas, cada uno de cuyos grupos parecía dispuesto a resistir sus incursiones. La región ofrecía poco a los recién llegados, que buscaban oro y plata, así como una sociedad indígena asentada a la que pudieran imponer un orden colonial.

Bien arriba, en el Paraguay, los españoles finalmente hallaron a los guaraníes, un pueblo semisedentario, los representantes más sureños de los indios tupí-guaraníes parlantes que poblaban el Interior del continente hasta tan lejos como el norte de Venezuela.

Cada comunidad guaraní estaba compuesta por varios clanes patrilineales que se apoyaban mutuamente y se podían reunir rápidamente para la guerra.

Hombres y mujeres desempeñaban roles específicos conforme su género en la organización de su sociedad guerrera. Las mujeres hacían la mayor parte de las labores diarias para la supervivencia del grupo. Tejían fibras vegetales para vestimenta y hamacas y usaban varas puntiagudas para cultivar calabazas multicolores, que los guaraníes comían con maíz nativo y raíces de mandioca.

También fermentaban una poderosa cerveza de miel salvaje mezclada con vainas machacadas de arbustos de algarrobo dulce, y eran igualmente las mujeres las que se ocupaban de atender a los muy pequeños, los muy viejos y, frecuentemente, los muy enfermos.

En cuanto a los hombres, la primera prioridad era humillar a los enemigos en la batalla. No obstante, también suministraban pescado y carne, que eran tan importantes por su valor nutricional como para fortalecer el poder espiritual.

La caza era una misión seria y a menudo peligrosa. Requería gran persistencia, ya que los cazadores tenían que pasar largas horas en busca de presas, exponiéndose a un sol abrasador y hordas de agresivos insectos. Muchos no lograban regresar de estas expediciones, lo que incrementaba el prestigio de aquéllos que sí lo hacían.

Los hombres fabricaban canoas de troncos caídos y construían amplias chozas (malocas) que servían de albergue hasta para sesenta personas cada una. También mantenían viva la historia de la comunidad como narradores, adivinos e intérpretes de sueños.

Los españoles estaban primordialmente interesados en la capacidad militar de los guaraníes. Este era un grupo numeroso, de tal vez unos cien mil individuos congregados dentro de un área de 100 kilómetros de lo que en 1537 se convirtió en Asunción, la “Madre de Ciudades”.

Como los españoles descubrieron en algunos choques iniciales, los guaraníes eran luchadores formidables con lanzas, garrotes de madera dura o arco y flecha. Usaban camuflaje, avanzaban furtivamente sobre sus enemigos, perdían sus flechas en el último minuto posible y luego irrumpían con sus garrotes para matar a todos, menos a las mujeres jóvenes y a los niños.

Los indios habían desarrollado un meticuloso sentido de organización para la defensa. Ulrich Schmidl, un soldado mercenario bávaro que acompañaba a los españoles en su primera exploración del área, destacaba las preparaciones defensivas de los guaraníes, especialmente las altas empalizadas de madera que rodeaban sus comunidades cerca de Asunción:

“a una distancia de cinco metros del muro del pueblo (de Lambaré, los indios) cavaron fosos de la altura de tres hombres uno sobre el otro y colocaron dentro (...) lanzas hechas de palo duro afiladas como es puntiaguda una aguja.
“Cubrieron esos fosos con paja y pequeñas ramitas del bosque, volcando encima un poco de tierra y hierba para que, en caso de que nosotros los cristianos los quisiéramos correr o asaltar su aldea, cayéramos en estas trampas”(1).

(1) Harris Gaylord Warren. “Paraguay: an informal history” (1949), p. 22. Ed. Norman. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

A diferencia de sus descendientes durante la Guerra de la Triple Alianza, que raramente preparaban adecuadas rutas de escape, los guaraníes cortaban senderos entre las espesuras para permitir la retirada cuando enfrentaban situaciones que los sobrepasaban. Con número, pericia y conocimiento del terreno, eran la clase de aliados que los españoles apreciaban.

Ambos grupos habían combatido con muchos enemigos. Cruzando el río, en el Gran Chaco había miles de salteadores guaycurúes, a quienes los guaraníes tenían por crueles e implacables oponentes. No menos peligrosos eran los mbayás, que habitaban las selvas a cientos de kilómetros al norte y los guaraníes, aún más cerca, en las colinas del Este.

Los guaraníes, quedaba claro, vivían en un mundo de enemigos y llevaban cicatrices de innumerables campañas. No importaba cuán organizados y bravíos fueran, nunca podían sentirse seguros. Por lo tanto, veían a los españoles con la expectativa de una fructífera alianza, a pesar de algunos conflictos violentos entre ellos.

Los españoles también se sentían complacidos con la alianza. El que los guaraníes se mostraran generosos y flexibles y las mujeres amigables, eran incentivos adicionales.

La bahía de Asunción, un codo protegido en el río Paraguay, estaba perfectamente situada como posición defensiva; podía servir como base de operaciones para futuras exploraciones río arriba y en el Chaco. Sin el apoyo indígena, los españoles no tenían esperanzas de mantener su presencia allí.

Una mitología considerable se ha desarrollado en torno a estas etapas tempranas de la cooperación hispano-guaraní. Escritores nacionalistas paraguayos mantienen que el mutuo respeto y el afecto caracterizaban los contactos entre los pueblos del Viejo Mundo y el Nuevo. Los beneficios de la alianza, argumentan, sobrepasaban todas las diferencias de cultura entre los españoles y los indios.

Estos veían la nueva relación como una extensión de sus prácticas sociales tradicionales, en las cuales los miembros del mismo grupo familiar se debían favores y trabajo recíproco unos a otros. Dado que cada español tomó múltiples esposas indias, los distintos clanes guaraníes gustosamente aceptaron como naturales las demandas por asistencia.

Pese a estas leyendas de inicial armonía, conflictos entre europeos e indios estallaron en muchas ocasiones durante la segunda generación. Ninguno de los bandos confiaba en el otro.

La peor violencia llegó en 1550, cuando los españoles comenzaron a adjudicar concesiones de mano de obra indígena (encomiendas) para compensar a trescientos colonizadores europeos. Estas concesiones asignaban guaraníes a los colonizadores como trabajadores permanentes, en un sistema difícil de distinguir de la esclavitud.

Cuando los indios se rebelaron, la respuesta fue una despiadada represión. Miles murieron. Este ruinoso estado de cosas fue exacerbado por una simultánea epidemia de sarampión. Al final, los españoles controlaron las revueltas con la ayuda de aquellos guaraníes que aceptaron las nuevas estipulaciones coloniales(2).

(2) Florencia Roulet. “La resistencia de los guaraní del Paraguay a la conquista española (1537-1555)” (1993), Posadas. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La vieja alianza entre indios y europeos así desapareció. En su lugar creció un nuevo orden social en el que los españoles lideraban y los indios obedecían.

Durante estos años, la colonia permaneció frágil. Los guaycurúes no se mostraban mejor dispuestos que los guaraníes a congeniar con los españoles. Al contrario, protagonizaron incursiones tras incursiones contra las nuevas poblaciones, tomaron muchos cautivos y mataron a aquéllos a los que no podían llevar prisioneros.

Paraguay jugó sólo un rol menor en la colonización europea de Sudamérica. Los españoles comenzaron su ocupación allí solamente después del fracaso de su afincamiento en Buenos Aires.

Para 1580, sin embargo, se reestablecieron en la futura capital argentina, tras llegar a la conclusión de que los ríos internos no ofrecían acceso a la plata del Perú. Los asentamientos paraguayos languidecieron en consecuencia y esta indiferencia hizo posible una inusual evolución social.

- El desarrollo de la sociedad hispano-guaraní

Los españoles arribaron al Plata con la actitud de hazte-rico-rápido-y-vuélvete-a-casa que marcó su conquista de las Antillas Occidentales y México. Sin intención de permanecer en la región trajeron muy pocas mujeres con ellos. Los vínculos con las mujeres guaraníes recibieron la amplia aprobación de los líderes indígenas (mburuvicha), quienes esperaban forjar una alianza necesaria para su propio poder futuro.

Los guaraníes y los españoles de hecho se usaron unos a otros. Como resultado, crearon un prodigioso grupo de mestizos que tomaron los apellidos de sus padres, preservaron muchas de las costumbres de sus madres y construyeron un tipo diferente de sociedad.

El primer gobernador del Paraguay, Domingo Martínez de Irala (1509-56), bosquejó la formación de esta nueva sociedad. Desde el principio el gobernador reconoció legalmente a sus hijos nacidos de diferentes mujeres indias. Cada hijo creció sin el estigma social que los descendientes de parejas blanco-indias soportaron en otras áreas del continente.

Sus hijos varones gozaron muchos derechos de españoles al tiempo de continuar hablando y pensando en guaraní. A sus hijas les fue casi igual de bien, todas ellas casándose con conquistadores(3).

(3) No fue sino hasta 1604 que los descendientes mestizos de los primeros conquistadores recibieron acceso legal a puestos dentro del Paraguay, aunque en la práctica venían ejercitando tal autoridad desde hacía al menos veinte años antes. Ver: “Tomás de Garay al Virrey”, Asunción, 12 Octubre de 1598, citado en Efraím Cardozo. “El Paraguay colonial, las raíces de la nacionalidad” (1959), pp.155-6. Ed. en Buenos Aires y Asunción. En cuanto a la carrera de Martínez de Irala en Paraguay, ver: Rodrigo Lafuente Machaín. “El Gobernador Domingo Martínez de Irala” (1939), Buenos Aires. Sobre las experiencias de sus hijos y descendientes, ver: Alfredo J. Otarola. “Antecedentes históricos y genealógicos: el conquistador don Domingo Martínez de Irala” (1967), pp.120-31, Buenos Aires. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Esto podría sugerir que la sociedad hispano-guaraní se sustentaba en partes cuasi-iguales entre Europa y el Paraguay indígena. Ese no era el caso. De los guaraníes provenía un apetito por ciertas comidas y una preferencia por la melódica y profundamente evocativa lengua guaraní, que aún hoy predomina en el habla de los paraguayos.

Los indios también preservaron una sensibilidad hacia lo sobrenatural, una fascinación por los fenómenos naturales -vientos, cataratas, rocas que rompen la corriente de los rápidos arroyos- y la creencia en una profusión de taimados personajes mitológicos que viven en las sombras tras los árboles.

Los españoles hicieron sus propias contribuciones a esta nueva sociedad. Inauguraron una economía basada en implementos de hierro, gallinas, animales de tiro y labranza. Organizaron un comercio extraprovincial en trigo, tabaco y yerba mate que conectó al Paraguay con consumidores de otras áreas de Sudamérica.

También crearon estructuras burocráticas de gobierno que pronto trascendieron el tradicional liderazgo del mburuvicha. Más importante aún, introdujeron la religión Católica Romana, la cual proporcionó una nueva dirección: el concepto de un diluvio universal, de un Redentor que purificaría a la gente con fuego y de una tierra sin mal ( y. marae’ỹ) a la cual todos deberían migrar, se convertirían en parte del imaginario paraguayo.

Tales innovaciones fueron cruciales. Le dieron a la sociedad paraguaya un corazón orientado a Europa, aunque reteniendo asociaciones perdurables con el pasado indígena(4).

(4) Rubén Bareiro Saguier ha sugerido la sugestiva comparación entre el pueblo hispano-guaraní y los métis de Canadá. Ver su: “Le Paraguay, Nation des Métis” (1963), Revue de Psychologie des Peuples (Caen) 4 :442-63. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La casi ausencia de nuevos inmigrantes de España por los siguientes dos siglos permitió que estas tendencias originales se consolidasen, lo que le dio al Paraguay la semblanza de un lugar sin tiempo, fuera de la historia y alejado del progreso. Pero el estatismo era engañoso.

En realidad, se estaba produciendo un cambio casi permanente debido a la presión de los saqueos guaycurúes. Los nuevos paraguayos -ya que así deben ahora ser llamados- tenían que resistir una continua amenaza externa. Esto dio lugar al crecimiento de un sentido de identidad y comunidad.

Y había también nuevos enemigos que enfrentar, los llamados mamelucos de São Paulo. Estos conquistadores autónomos se ganaron un lugar especial en la historia del Brasil, ya que fueron ellos los que llevaron la bandera de Portugal por las tierras vecinas de Sudamérica, a miles de kilómetros de la costa, en busca de esclavos indígenas.

Antes que portugués, comúnmente hablaban una jerga basada en el tupí llamada lingua peral, los mamelucos llevaban una vida de privaciones y violencia y había poca profundidad en su existencia de día-a-día, a excepción quizás de su fe. Su religión se centraba en una simple e irregular adoración de santos con adopción libre de preceptos africanos e indígenas.

Al igual que el pueblo hispano-guaraní del Paraguay, los mamelucos eran culturalmente ambiguos. La mayor diferencia entre ellos era el más fuerte sentimiento de comunidad que mostraban los paraguayos. Ambos eran duros luchadores, acostumbrados a vivir de la tierra y, por períodos, encarnizados enemigos.

- La influencia de los misioneros

La imposición de las instituciones católicas podrían haber mitigado la animosidad entre los mamelucos y los guaraníes, pero la cristiandad afecta a los pueblos de manera diferente. Las menos asentadas poblaciones de las Pampas y el Gran Chaco activamente resistieron mucho de los esfuerzos de las Ordenes religiosas por convertirlos(5).

(5) James Schoefield Saeger. “The Chaco Mission Frontier (the Guaicuruan Experience)” (2000), Tucson. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los guaraníes, en cambio, generalmente aceptaron de buen grado a los misioneros como aliados adicionales contra los guaycurúes y, luego, los mamelucos. Estos mismos curas a veces protegían a los indios contra los encomenderos españoles locales.

La protección venía con muchas derivaciones, sin embargo, ya que los clérigos demandaban a cambio una absoluta obediencia en asuntos temporales a la par de demostraciones convincentes de piedad.

Los franciscanos, que arribaron en 1560 y los jesuitas, quienes llegaron medio siglo después, fueron las más influyentes de las distintas Ordenes que apuntaron al Paraguay como campo misionero. Ambas eran celosas en su objetivo de poner a los guaraníes bajo las reglas eclesiales y en enseñarles los rudimentos de la fe.

Lo conseguían adaptando sus homilías a la sensibilidad indígena, ofreciendo a los indios doctrinas que hacían parecer al cristianismo una extensión lógica de creencias precolombinas. Por ejemplo, transformaron a un legendario héroe guaraní, Pa’i Luma, en un equivalente de Santo Tomás. Ya sea por el ejemplo o por la prédica, hicieron más ordenada y regimentada la vida guaraní.

Los guaraníes no estaban acostumbrados a trabajar bajo supervisión. En tiempos previos, su trabajo era intermitente, ejecutado solamente cuando el hambre los compelía a cazar, pescar o cavar en busca de raíces. Producir un superávit no tenía lugar en su pensamiento y se sentían ambivalentes acerca de adoptar esa práctica como forma de vida.

También sentían el tener que renunciar a ciertas creencias y costumbres tradicionales, lo que incluía la poligamia, el infanticidio y las borracheras rituales. Pese a algunas dudas en los detalles, los guaraníes aceptaron que el mundo que los sacerdotes ofrecían tenía muchos aspectos positivos, no en menor medida el suministro regular de alimentos.

En cuando a los cambios del orden social, los mburuvicha se vieron desplazados por Consejos de indios que regían con consentimiento eclesiástico. Los guaraníes frecuentemente aplaudieron este reordenamiento de responsabilidades, dado que facilitaba la adaptación mutua entre las costumbres indias y europeas.

En tiempos de tensión, las misiones jesuíticas y los pueblos franciscanos ofrecían a los guaraníes un valioso sentido de estabilidad pero, en última instancia, los indios tenían pocas opciones: el principio de la compulsión siempre permeó el ambiente de la misión o el pueblo. En esto, los clérigos eran similares a los encomenderos.

En otros sentidos, eran decididamente diferentes. En materia de políticas, los jesuitas buscaron evitar los contactos entre las misiones de indios y sus vecinas poblaciones europeas, fueran españolas o portuguesas.

Su estrategia ubicaba a los guaraníes en una posición de estricta subordinación al residente jesuita local, dejando a los oficiales seculares -los agentes de la más amplia sociedad española- fuera de escena.

Esto generó el nivel de obediencia que los jesuitas demandaban, pero también garantizó que, cuando tales contactos ocurrían, fueran proclives a verse socavados por la desconfianza.

Una serie de desastrosos saqueos mamelucos contra misiones jesuíticas del Guairá en 1620 ilustra este punto. Guairá estaba localizada bien arriba del río Paranapanema, cerca de las posesiones portuguesas. El virrey de Lima nunca había destinado recursos a defender esta área. Esto llevó al Superior jesuita, Antonio Ruiz de Montoya, a organizar una evacuación al sur con unas 1.500 familias. Muchos indios murieron antes de que los sobrevivientes pudieran reconstituirse en treinta nuevas comunidades cerca de la gran curva del Paraná.

Subsecuentemente, los jesuitas peticionaron al Consejo de Indias permitir portar armas a los guaraníes, con el argumento de que España corría el riesgo de perder la totalidad de la región en manos de Portugal. El Consejo accedió al requerimiento en 1642, autorizando a Ruiz de Montoya a establecer una milicia bajo el comando de los jesuitas, quienes eran de por sí ex soldados.

Los guaraníes procedieron de esa forma a aplastar varias expediciones enviadas contra ellos desde São Paulo. Las depredaciones de los mamelucos rápidamente declinaron.

Desde ese momento, siempre que las autoridades seculares sintieron el peligro de revueltas indígenas, descontento en los asentamientos o invasiones de los portugueses, recurrían a los servicios del Ejército guaraní(6).

(6) En 1679, por ejemplo, una expedición portuguesa estableció un Fuerte en Colonia del Sacramento sobre la orilla izquierda del Río de la Plata. Tomado completamente por sorpresa por esta incursión, el gobernador de Buenos Aires pidió ayuda a los jesuitas y los Padres respondieron enviando una fuerza miliciana de tres mil indios. El Ejército jesuita aplastó a los portugueses en un asalto al Fuerte, matando a doscientos defensores y tomando prisioneros a los sobrevivientes. Los indios no recibieron ni un real por sus servicios a España y tuvieron que marchar de regreso inmediatamente a sus misiones, no fuera cosa que los residentes españoles de esa zona del Plata comenzaran a inquietarse por su presencia. Ver: Harris Gaylord Warren. “Paraguay: An informal history” (1949), pp. 97-8, University of Oklahoma. Ed. Norman. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por más de un siglo, los principales contactos que las misiones de indios experimentaron con el mundo exterior fueron en un contexto militar.

Las cosas se desarrollaron de manera diferente en los pueblos franciscanos. En las áreas densamente pobladas -alrededor de Asunción y el más pequeño pueblo de Villarrica- los franciscanos y los curas seculares predominaron y ninguno de los grupos promovió el ideal segregacionista de los jesuitas.

Los indios que vivían en los pueblos franciscanos obtenían ingresos para sus comunidades trabajando para patrones con apellidos españoles junto con indios mantenidos en encomienda. Otros indios del pueblo servían en cuadrillas de baquianos y recolectores de yerba, a menudo a gran distancia de sus hogares.

Los jesuitas denunciaban tales contactos entre europeos e indios. Era el trabajo, sostenían, de frailes autoindulgentes que, como los fariseos, se preocupaban más por el oro del templo que por el templo mismo.

Ciertamente algunos españoles se mudaron a pueblos franciscanos y vivieron abiertamente con mujeres indias. Ambas prácticas eran ilegales. Sin embargo, estos contactos entre indios y la sociedad secular tuvieron una función social que estaba ausente entre los jesuitas.

Las partes centrales de la provincia, mucho más que en territorios jesuitas, experimentaron una mezcla de culturas que moldeó un conjunto hispano-guaraní reconocible. De esta identidad común evolucionó una comunidad distinta de las que se observaban en todo el resto de Sudamérica.

- Choque -y connivencia- de Imperios

A pesar de su aislamiento, el Paraguay colonial era una base de España, una vanguardia de las ambiciones imperiales españolas vis-à-vis con las portuguesas. Asimismo, aunque eran filibusteros en busca de ganancias privadas, los mamelucos encabezaron el expansionismo portugués. Las dos potencias europeas ya habían peleado por la Banda Oriental en el sur, en la boca del Plata. Y volverían a enfrentarse.

Hasta principios del siglo dieciocho, el Gobierno de Lisboa no había mostrado nunca mucho interés por el Brasil. El impulso del imperialismo portugués había estado orientado al Este, hacia las áreas comerciales libres en India y China.

Después que los holandeses y los ingleses entraron en el comercio de India Oriental -a fines del 1600- sin embargo, los portugueses tuvieron problemas para competir y comenzaron a enfocarse más en el intercambio en el Golfo de Guinea y a lo largo de la costa de Angola. También dirigieron otra mirada a sus posesiones brasileñas.

Este nuevo interés se expandió con el descubrimiento de oro en Minas Gerais y Mato Grosso. Someter las operaciones mineras a la efectiva Administración de la Corona a principios de 1700 probó ser un serio desafío para el gobernador general en Bahía. Cuando el oro estaba en juego, los hombres anteponían sus intereses personales y los mineros, como los mamelucos antes que ellos, tenían un espíritu decididamente independiente.

No obstante, al final, gracias a sagaces maquinaciones de burócratas coloniales (y su propensión a negociar con los jefes mineros) la autoridad real ganó una voz de peso en la administración del Interior brasileño.

La penetración portuguesa en el sur de Mato Grosso a mediados del siglo dieciocho generó agudos conflictos con España. Las autoridades virreinales de Lima y, más tarde, Buenos Aires, se quejaban de que estos intrusos lusófonos no tenían derecho de poner un pie en territorio reservado a los súbditos de España.

El Tratado de Tordesillas de 1494 había asignado a Portugal solamente el extremo nororiental del Brasil. Las andanzas de los mamelucos y otros exploradores, sin embargo, expandieron radicalmente el poder portugués de facto a lo largo de la zona alta del Paraná y por encima de los ríos Amazonas, São Francisco y Guaporé.

Los alegatos de efectiva ocupación portuguesa eran suficientemente apropiados en algunos sitios, pero no en todos. Los españoles habían estado décadas en Paraguay sin definir los límites de su control. Cuando comenzaron a prestar atención, se sorprendieron por el número de activos terratenientes, funcionarios oportunistas de bajo rango, violentos indios y reticentes clérigos cuya lealtad a España era cuestionable.

En verdad, el poder efectivo tanto de Portugal como de España fue siempre más tentativo que real en las áreas fronterizas de Paraguay y Brasil. En un sentido, había dos Sudamérica presentes en el mismo espacio geográfico: una era la Sudamérica de Lima, Buenos Aires y Bahía, donde una Administración europea funcionaba más o menos como se pretendía; la otra Sudamérica era más amplia, más amorfa y se mantenía unida por conexiones más laxas que los lazos de un Estado colonial.

Los 1700 trajeron los primeros intentos de burócratas europeos -quienes personificaban la Sudamérica de las ciudades- por expandir un orden más racional a lo largo del continente. Su labor en la Cuenca del Plata, aunque gradual al comienzo, se volvió directa y efectiva más tarde.

Los españoles y portugueses probaron varias formas de aproximación, algunas veces enredando a sus respectivas colonias en confrontación la una contra la otra y con la misma frecuencia alcanzando cooperación de corto término.

Un ejemplo de esto último ocurrió a mediados del siglo, cuando españoles y portugueses mancomunaron esfuerzos primero para debilitar, luego aniquilar, la “república” jesuítica en el Paraguay.

Los oficiales de la era de la Ilustración en Portugal y en la España de los Borbones consideraban a la Orden misionera un impedimento para construir regímenes modernos y más rentables en América del Sur. Los intereses de ambos Imperios demandaban que la Sociedad de Jesús cediera sus propiedades y, sobre todo, su autoridad sobre la fuerza de trabajo de tantos indios.

En 1750, funcionarios españoles y portugueses se encontraron en Madrid y firmaron un amplio Tratado basado en el uti possidetis. Todas las tierras jesuitas al Este del río Uruguay fueron transferidas a Portugal a cambio del pequeño puerto de Colonia del Sacramento en la boca del Plata. Siete prósperas misiones y tierras ganaderas de varias más cayeron como naranjas en las manos de enemigos tradicionales de los jesuitas.

La transferencia fue dificultosa. Cientos de indios guaraníes huyeron por el río a la supuesta seguridad de los territorios jesuitas en la orilla occidental. Otro grupo permaneció atrás y, al mando de un valiente pero inexperto oficial indio llamado Sepé Tiarajú, iniciaron una pelea imposible.

La lucha de Sepé duró tres años (1753-56) y sólo concluyó cuando un ejército combinado hispano-portugués de varios miles aniquiló a los últimos combatientes. Su resistencia resultó ser inútil, ya que aunque las tierras cedidas pronto retornaron al control nominal español, los portugueses habían destruido la mayoría de los galpones y ranchos y se habían llevado el ganado.

Los jesuitas nunca recobraron su previa influencia en el Plata. Trataron de exhibir la Guerra Guaranítica como un hecho aislado, una simple cuestión de indios imprudentes respondiendo a la presión extranjera. El argumento no convenció a los funcionarios borbones, quienes tomaban la guerra como una prueba de la intransigencia y perfidia de los jesuitas.

Sea que los Padres inspiraron la guerra o no, su ferocidad convenció a los burócratas españoles de poner de una vez la Orden en su lugar.

Los portugueses no necesitaron convencerse. Bajo el anticlerical marqués de Pombal, el Gobierno de Lisboa había ya adoptado una política regalista que en 1759 provocó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios portugueses.

España los siguió ocho años después. Los terratenientes locales se sintieron reivindicados. Lo mismo ocurrió con el Gobierno español, que se enriqueció al confiscar miles y miles de cabezas de ganado, ornamentos eclesiales, edificios y, por supuesto, tierra.

Las ramificaciones sociales de la expulsión fueron aun más profundas, especialmente para los guaraníes. Aunque teóricamente continuaron gozando de la protección de la Corona, de hecho los indios sufrieron terriblemente en manos de administradores reales enviados a gobernarlos. Estos oficiales usualmente mostraban más interés en llenarse sus propios bolsillos que en promover el bienestar indígena, como mandaban sus cargos.

El sistema de propiedad comunal que habían introducido los jesuitas para asegurar una distribución igualitaria de cosechas ahora servía a los administradores reales como herramienta de explotación.

Abrieron las misiones a mercaderes externos, quienes arribaban a cada comunidad con ropa hecha, ornatos y artefactos diversos para exhibirlos ante los crédulos indios, quienes eran obligados a adquirir estos productos debido a que sus administradores tenían que garantizar las ventas a cambio de una porción de los beneficios. Estas compras forzosas de mercancías innecesarias atraparon a los guaraníes en una cruel telaraña de deudas.

Los indios de las misiones soportaron las presiones del trabajo excesivo por un tiempo, pero pronto comenzaron a abandonar la provincia, primero como individuos y luego en pequeños grupos. Algunos fueron al Norte junto a sus primos hispano-guaraníes en Paraguay. Otros fueron al Sur a acoplarse a los gauchos de la Banda Oriental y Entre Ríos.

Al vestir ropa europea por primera vez, comenzaron perceptiblemente a dejar atrás gran parte de su identidad indígena. El colonialismo paralelo de los jesuitas, que era no-mestizo y comunitario por naturaleza, desapareció. La transformación fue notable, aunque no mayor que la que experimentó el Plata en su conjunto en términos sociales, administrativos y económicos.

- La “Edad Dorada”

El Paraguay había cambiado ostensiblemente en los casi doscientos cuarenta años desde que los barcos españoles por primera vez remontaron el río hasta Asunción. Una sociedad hispano-guaraní ahora dominaba la provincia. La Orden jesuita había llegado y se había ido. Y el Estado -a la usanza del monarca absoluto Borbón y sus agentes- expandía su rol.

Previamente, la economía en esa parte de la Sudamérica española se centraba en el vasto complejo de plata de Potosí, bien arriba en las montañas del Alto Perú.

Esta empresa involucraba no solamente la extracción y procesamiento del metal, sino también el transporte y el suministro a los mineros. Su demanda por provisiones sostuvo un activo comercio entre Potosí y las provincias vecinas, contactos que crecieron con el tiempo hasta incluir no sólo a Lima, sino también a Chile y muchas partes del Plata.

Paraguay, que estaba mucho más lejos de lo que sugiere el mapa, enviaba yerba mate, tabaco y mulas a los mineros de Potosí. Este comercio legal generó grandes ingresos a los empresarios, pese a lo cual los mismos individuos frecuentemente contrabandeaban minerales a través del Estuario del Río de la Plata.

Esto molestaba enormemente a los oficiales de la Corona, cuyos propios programas en el Plata requerían recursos provenientes de esos metales, que ahora se evadían con el contrabando.

Enfrentado con el creciente problema, el Gobierno comenzó a autorizar transferencias privadas de moneda a cambio de mercaderías enviadas tierra adentro desde Montevideo y Buenos Aires.

A la luz de este nuevo comercio y con el fin de protegerse de la interferencia portuguesa, la Corona estableció el Virreinato del Río de la Plata en 1776. La creación de esta nueva unidad administrativa evidenció el reconocimiento de España del potencial económico de un área relegada del Imperio, así como la voluntad del Gobierno de defender la zona de la intrusión extranjera.

También marcó la emergencia de Buenos Aires como el emporio principal del Plata, el foco de modernización de toda la región (a pesar del mayor calado del puerto de Montevideo). Buenos Aires era todavía atrasada y aislada, una aldea rodeada de enormes praderas. Aun así, ya comenzaban a aflorar allí los ideales de la Ilustración europea, especialmente la noción del progreso manifiesto e inevitable.

Dada su ubicación cerca de las desembocaduras de los ríos Uruguay y Paraná, Buenos Aires parecía destinada a controlar las áreas tierra adentro que dependían de los ríos para el comercio y las comunicaciones. Pero sólo un puñado de funcionarios reales y oscuros mercaderes captaban la significación de ese hecho y estos no eran parte precisamente de la mayoría de los porteños que entendía la magnitud de las distancias en juego.

En aquella época, a un buque proveniente de Europa le tomaba tal vez tres semanas cruzar el Atlántico hasta Buenos Aires. Pero a una caravana proveniente de Salta le tomaba hasta cuatro meses realizar el viaje terrestre hasta la capital virreinal. Semejante inmensidad no era fácil de superar.

Los porteños eran bastante atípicos del resto de Sudamérica. Los lazos de sangre y el sentido de comunidad que unía a los paraguayos eran menos evidentes en Buenos Aires. En cambio, oscilaba allí un indomable espíritu mercantil. La mayoría de los habitantes era de recién llegados, un grupo diverso que vivía la vida a su arbitrio y percibía poca necesidad de disciplina social.

Pero los porteños podían jactarse de algo que los paraguayos y portugueses carecían: una compacta y relativamente educada élite. En el curso de una década, este grupo desarrolló un inequívoco sentido de su propio rol futuro en el país y una forma de hacer que su tierra reflejara esa visión.

La Administración de los Borbones proporcionó a esa élite muchas oportunidades de expandir su influencia en los alrededores. En 1778, el Gobierno adoptó la política del comercio libre como el eje de la economía imperial. Esto fue diseñado para incrementar los ingresos para Madrid mediante la expansión del volumen de transacciones dentro del Imperio.

El comercio libre ayudó a los mercaderes locales con la apertura de nuevos puertos, la facilitación del régimen impositivo, la relajación de los estrictos sistemas de licencias del pasado y la autorización para el comercio sin restricciones entre diferentes regiones intraimperiales.

Los retornos del incremento comercial eran potencialmente altos, suficientes para que socios jóvenes pronto remontaran el río desde Buenos Aires y establecieran sucursales en Santa Fe, Corrientes y Asunción. Su éxito abrió el camino para una ola de inmigrantes españoles de nacimiento a los confines del Virreinato al nordeste.

Tales inmigrantes, aunque pocos en número, fueron los primeros en llegar a esa región en dos centurias. Era un grupo corajudo, seguro de sí mismo, convencido de que en el Paraguay podían encontrarse ganancias como pepitas de oro en el cauce de un arroyo.

Aunque Madrid nunca le dio a la provincia más que una atención somera, pocos en el Plata dudaban de que contenía riquezas ocultas. El éxito de las empresas comerciales jesuíticas había demostrado el valor de sus productos, como las pieles, el tabaco y la yerba mate. Los recién llegados de Europa proporcionaron a la capital conocimientos de negocios y entusiasmo, lo cual tuvo un impacto en Asunción.

Los mercaderes recibieron el apoyo de todos los gobernadores provinciales, cada uno de los cuales se mostraba ansioso por superar a los otros en competencia y dedicación por el cambio. Juntos, los mercaderes y los oficiales reales transformaron la economía paraguaya.

El cambio llegó rápidamente. El Gobierno declaró un monopolio sobre la producción y venta de tabaco (estanco) lo cual -por primera vez- reunió a los aislados agricultores paraguayos en torno a un nexo productivo y comercial. La moneda fluyó en la provincia para fines de los 1700. Aunque el trueque era aún la forma más común de intercambio, incluso los trabajadores menos calificados pronto demandaron pagos en plata(7).

(7) Ver, por ejemplo, Manuel García de Arce a Cristóbal Aguirre, Villarrica, 18 de Diciembre de 1793, en el Archivo del Banco de la Provincia de Buenos Aires, 031-2-1, n. 4. Debe notarse que los pagos de impuestos eran comúnmente hechos en moneda en ese tiempo. Ver: “Actas del Cabildo de Asunción”, 22 de Abril de 1793, en el Archivo Nacional de Asunción: “Actas del Cabildo”. // Citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El arribo de la moneda hizo posible otros emprendimientos de negocios. Estancias de considerable tamaño brotaron en el norte. Se descubrieron y explotaron nuevos yerbales naturales. Flotillas de embarcaciones fluviales pronto transportaron a cientos de yerbateros, abastecidos por los mercaderes y sus agentes locales(8). Nuevos pueblos fueron fundados y varios de los antiguos rejuvenecieron al sacar provecho del creciente tráfico(9).

(8) Thomas L. Whigham. “La yerba mate del Paraguay. 1780-1870” (1991), Asunción.
(9) Ver: “Reporte del Gov. Fernando de Pinedo”, Asunción, 14 de Julio de 1773, en el Archivo Nacional de Asunción, SHv.139, n. l. // Todo citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La gente del Paraguay tenía reacciones encontradas frente a estos cambios. La élite local se volvió ávida de lujos importados tales como platería, ropas finas y perfumes. La mayoría de los paraguayos, sin embargo, se mostraba desconfiada. Miraba a los mercaderes con desagrado, los consideraba intrusos y le irritaba que asumieran posiciones de importancia en el Cabildo de Asunción.

Una economía de exportación significaba otorgar autoridad a estos traficantes extranjeros, hombres que no hablaban una palabra en guaraní y quienes no tenían mucha consideración por las preocupaciones locales.

El desarrollo económico extendió además el poder del Gobierno en áreas que siempre habían estado en el ámbito privado y no les quedaba claro a los paraguayos que ello fuera un intercambio favorable.

Esta “Edad Dorada” de abundancia en el Alto Plata duró desde 1780 hasta alrededor de 1816. Durante este tiempo la región -como el resto del continente- se benefició con la expansión de los mercados. El puerto de Asunción, por ejemplo, registró una exportación de dos millones de arrobas de yerba mate en la década de 1788 a 1798; el retorno solamente de estas exportaciones (sin contar tabaco, madera, muebles y pieles) sumaba unos cien mil pesos anuales, una cifra que habría parecido extraordinaria apenas unos años antes(10).

(10) Thomas L. Whigham. “The Politics of River Trade: Tradition and Development in the Upper Plata. 1780-1870” (1991), pp.112-3,118. Alburquerque. // Todo citado por Thomas Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Así fue como el Paraguay y otras áreas interiores de América del Sur se integraron a la más amplia economía colonial. Fue un fenómeno tardío, fuertemente influenciado por los eventos al otro lado del océano.

Los mismos eventos tuvieron ramificaciones políticas que en los años que vendrían traerían aún mayores disturbios para la región y su gente.

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