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Guerra y construcción nacional

La Banda Oriental, con su excelente puerto en Montevideo, había estado en manos de Portugal desde 1817. Con la independencia del Brasil se retiraron las tropas portuguesas de la provincia pero su lugar fue ocupado inmediatamente por fuerzas brasileñas y estaba claro que Pedro I insistía en preservar las fronteras sureñas que su padre había establecido y también soñaba con extender la influencia brasileña a lo largo del Litoral y en Paraguay.

Los acontecimientos obstruyeron ese propósito. En ese tiempo, Buenos Aires estaba todavía dominada por reformistas, cuyos propios sueños eran tan grandiosos como los del emperador. Se veían a sí mismos como arquitectos de un espíritu de civilización que emergía del enfrentamiento con los salvajes de las pampas.

Este compromiso con la modernidad, pensaban, estaba destinado a desplegarse por toda Sudamérica. En este contexto, los porteños y ciertos exiliados orientales en Buenos Aires comprendieron cuán frágil era la posición brasileña en la Banda Oriental y buscaron sacar ventaja de esa situación.

Las noticias de la victoria patriótica sobre las últimas fuerzas españolas en Ayacucho alcanzaron el Plata en 1825. Ello tuvo un efecto galvanizador que estimuló a los distintos grupos de exiliados e inflamó la rebelión contra la dominación brasileña en la Banda Oriental.

Los rebeldes cruzaron el río desde Buenos Aires en Abril de 1825 y luego convencieron a unidades militares del otro lado de acoplárseles. No sólo esperaban liberar los territorios orientales, sino también instigar un levantamiento más amplio que destruyera la monarquía en Sudamérica de una vez por todas.

Lo que lograron fue un sangriento conflicto de tres años, la Guerra del Brasil o Guerra Cisplatina. Los brasileños inmediatamente vieron la mano de provocadores porteños en la rebelión (y, de hecho, la profesada intención de los rebeldes de unirse a Buenos Aires sugería eso mismo).

Cuando la situación empeoró, el Gobierno del emperador declaró la guerra y proclamó un bloqueo naval sobre Buenos Aires. Las rentas de la ciudad portuaria cayeron precipitosamente, pero si bien esto complicaba la estabilidad social, no logró provocar el colapso del régimen centralista (o unitario) y sí, en cambio, un agravamiento de la guerra.

Para ambos bandos el conflicto fue costoso. El gabinete brasileño inicialmente vio la guerra contra Buenos Aires como una forma de demostrar la superioridad de la forma monárquica de gobierno. A medida que pasaban los meses, sin embargo, los gastos en municiones y hombres comenzaron a drenar las arcas imperiales sin que ello implicase una victoria.

Los rebeldes orientales, con asistencia porteña, llegaron a tomar el control del Interior, pero fracasaron en su intento de expulsar a los brasileños de Colonia y Montevideo. En Febrero de 1827, las fuerzas imperiales sufrieron un humillante revés en Ituzaingó, en Rio Grande do Sul; solamente el poder naval del Imperio evitó una catástrofe total. Por muchos meses desde entonces, cansados comandantes exprimieron hombres y materiales en un infructuoso intento de dar un golpe decisivo.

Al final, el corte lo tuvieron que dar los británicos, para quienes los costos de una guerra prolongada ahora excedían los de una intervención abierta. Con su comercio y su prestigio severamente afectados decidieron -en 1828- despachar algunos buques de la Royal Navy en una amenazante demostración de fuerza. Tanto los brasileños como los porteños retiraron sus tropas de la Banda Oriental y la provincia se convirtió en un Estado independiente con la idea de que sirviera de “colchón” entre los dos rivales, la República Oriental del Uruguay.

Gran Bretaña garantizó la libertad, si bien no la estabilidad, del nuevo Estado. La Guerra Cisplatina devastó la autoridad de Pedro I. Pese a su entusiasmo, el conflicto no logró inspirar un nacionalismo más amplio entre sus súbditos. De hecho, las únicas unidades imperiales que defendieron la causa “nacional” consistente y apasionadamente estaban compuestas por inmigrantes alemanes recientemente llegados.

Los pesados Gastos generaron una pronunciada devaluación de la moneda seguida por una emisión descontrolada de papel moneda, cuyos efectos inflacionarios hicieron más difícil la vida para el hombre común.

Antes que culpar a los orientales o porteños por estos problemas, la mayoría de los brasileños culpaba al monarca nacido en Portugal. Pedro I dedicó los tres últimos años de su reinado a tratar de componer su situación dinástica en Portugal, gastando aún más capital político en el esfuerzo.

Su absolutismo, su falta de consideración por los intereses y sentimientos brasileños, su pública relación con su amante y su extravagancia se combinaron para reducir la popularidad del emperador entre sus súbditos tanto altos como bajos.

Un motín en 1828 limitó a la vez el respaldo militar que Pedro había gozado. Si bien retuvo el apoyo del Parlamento por un tiempo, sus propios diputados le exigían ahora que rindiera cuentas de sus actos y le demandaban compromisos que él se negaba a considerar.

Para evitar una guerra civil, tuvo que abdicar el 7 de Abril de 1831. Dejó como heredero a su hijo Pedro de cinco años con una regencia que no proporcionaba ni soluciones presupuestarias ni solidez ideológica.

- Federalismo en alza: Juan Manuel de Rosas

Las complicaciones fiscales que socavaron el régimen imperial tenían un paralelo en Buenos Aires. El Gobierno unitario había alcanzado algún éxito en los territorios de los alrededores, pero la experiencia en el Interior y el Litoral era claramente dispar (un fracaso manifiesto en el caso del Paraguay).

La guerra se había devorado los presupuestos y las buenas intenciones y no había contribuido en nada al desarrollo de un espíritu nacional más allá de la provincia de Buenos Aires. También debilitó seriamente a los unitarios.

Desde 1810, los hombres de la ciudad portuaria se habían puesto delante de las grandes esperanzas del Plata. No solamente consideraban toda la región legítimamente suya por herencia de España, sino que estaban convencidos de que, por su propia inteligencia y amplitud de visión, el poder debía permanecer en sus manos.

De más está decir que tal presunción no convencía a los provincianos, cuyo escepticismo comprensiblemente había crecido aún más con los ingentes costos de la guerra con Brasil, la expedición de San Martín a Chile y las fracasadas campañas en Paraguay y el Alto Perú.

Para peor, aunque la gente del campo ignoraba las sutilezas de la política porteña, las diferencias eran radicales. Bernardino Rivadavia y los más cercanos a él eran impecablemente “liberales” y anglófilos. Otros porteños ricos (o, más específicamente, “bonaerenses”, de la provincia de Buenos Aires antes que de la ciudad), sin embargo, estaban a favor de un estado descentralizado proclive a garantizar sus tradicionales privilegios.

A estos hombres les incomodaban las alianzas de Rivadavia con líderes provinciales en el Litoral y el Interior y a medida que la guerra con el Brasil avanzaba también les molestaba que recayera sobre ellos el financiamiento del conflicto.

Algunas revueltas en el Interior ya habían comenzado a descomponer el tentativo nuevo orden de Rivadavia, pero sus oponentes bonaerenses -los federales- finalizaron el trabajo. En Julio de 1827, en medio de insistentes rumores de un golpe interno, los comerciantes en Buenos Aires abandonaron el régimen unitario. Rivadavia renunció, dejando a su sucesor, Manuel Dorrego, las tareas de negociar la paz con Brasil y restaurar el orden doméstico.

Dorrego fue más allá. Anuló la Constitución centralista, reafirmó la autonomía provincial y asumió el título de gobernador de Buenos Aires. Como derivación, tropas unitarias retornaron, derrocaron y ejecutaron a Dorrego poco después. Su muerte provocó una cadena de reacciones que terminaron con una nueva rebelión de terratenientes federales. El líder de este levantamiento fue Juan Manuel de Rosas (1793-1877), tal vez el estanciero

más próspero e innovador de la región, un hombre que se sentía igual de cómodo enfrentando a los indios montado a caballo como administrando las actividades de enormes (y rentables) establecimientos ganaderos.

Rosas aniquiló a los unitarios en Buenos Aires pero, para retener el poder, tenía también que derrotarlos en el Interior, a la vez de patrocinar a otros hombres fuertes en las provincias. Esta fue una tarea que lo mantuvo ocupado por el siguiente cuarto de siglo.

Juan Manuel de Rosas eclipsó a otros caudillos de su era, en parte porque controlaba los ingresos de aduanas del puerto de Buenos Aires. Así pudo costear el sostenimiento y equipamiento de sus tropas más sustancialmente que sus oponentes.

Pero también fue un hábil político. Se dio cuenta de que, en ausencia de un Estado-Nación coherente, su mejor chance de supervivencia radicaba en movilizar a los gauchos de la provincia de Buenos Aires en una lucha partidaria, antes que nacional. Estuvo a la altura de ese objetivo.

Conocía tanto la ciudad como las pampas mejor que nadie. Podía voltear ñandúes con boleadoras a la mañana y resolver complicadas evaluaciones estadísticas de exportaciones de cuero y grasa por la tarde. Se jactaba de poder hablar el idioma de quien fuera que estuviera enfrente.

Tal como notó Tulio Halperín Donghi, “Rosas fue el único jefe federal que asimiló la lección del reciente tumulto y creó un estilo de gobierno adaptado a las nuevas condiciones de la vida política. Correctamente reconoció que la movilización de grandes porciones de la población en facciones antagónicas se había vuelto irreversible y que la estabilidad política dependía de la victoria total de una parte sobre las otras (…). Rosas se dispuso a construir una organización disciplinada capaz de hacer precisamente eso”(1).

(1) Tulio Halperín Donghi. “The Contemporary History of Latin America” (1993), p. 110, Duke University. Ed. Durham. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Rosas trajo una estabilidad que había estado ausente por muchos años. Como “Restaurador de las Leyes”, impulsó un clima político que era esencialmente colonial en cuanto a las divisiones de clases. Pero el temor siempre merodeaba el paternalismo de este orden tradicional.

Usaba sofisticada propaganda para persuadir a las élites locales de las virtudes de su Administración, obligaba a cada individuo a exhibir la divisa roja del federalismo y hasta las iglesias debían ubicar su retrato en un sitial de honor.

Tanto en la ciudad como en el campo bonaerense, el autoritarismo de Rosas aseguró la paz durante los 1830 y 1840, pero toda su perspicacia y su sapiencia política nunca fueron suficientes para poner a la Argentina completamente bajo su arbitrio.

Aunque las provincias participaban en una federación general que delegaba poderes limitados a Buenos Aires, ellas gozaban de cierto autogobierno desde el Congreso de Tucumán y los distantes gobernadores no tenían interés en negociar su libertad por la estructura más centralizada que pretendía Rosas.

Las limitaciones de su programa político resultaban obvias para todos, menos para los estancieros bonaerenses más acaudalados. Aunque nominalmente federal, Rosas principalmente buscó promover los intereses ganaderos en su propia provincia. Esto lo dejaba mal parado frente a otras áreas del Interior que también tenían economías de estancias.

El favor que mostraba hacia Buenos Aires lo hacía parecer más unitario que los unitarios. Una federación que no estuviera dirigida por los porteños o bonaerenses podía integrar a los provincianos con Buenos Aires en un pie de igualdad, todos estaban conscientes de ello. Paralelamente, tenía que lidiar con muchos oponentes domésticos.

Los unitarios clásicos, por ejemplo, permanecieron activos a lo largo de los 1830. Siguiendo a Rivadavia, demandaban un régimen centralizado en Buenos Aires para servir como flama inspiradora de la modernización de la región. Promovían la educación pública como instrumento de diseminación de sus creencias, aunque su visión era desembozadamente elitista, lo cual explica la recepción relativamente pobre que encontró en el campo.

Irónicamente, los unitarios inicialmente consiguieron su mayor ventaja militar en la zona rural. José María Paz, su más conspicuo general, dominaba el terreno tan bien como Rosas y peleaba con la misma fiereza. Su captura por parte de los federales en 1831, sin embargo, sonó como campanadas de muerte para los viejos unitarios e hizo que sus líderes huyeran al exilio en Chile y Montevideo.

Otros enemigos ocuparon su lugar. Con aliados federales en control de Santa Fe, La Rioja y todos los puntos intermedios, Rosas se había sentido suficientemente seguro como para renunciar, abandonar Buenos Aires y dirigir por dos años una campaña contra los indios del sur.

Pero los caudillos del Interior estaban insatisfechos con las migajas que se les había arrojado y exigían una nueva Constitución que les reconociera una participación en los ingresos aduaneros.

Cuando Rosas regresó en 1835, rechazó otorgarles a los provincianos cualquier concesión de esa naturaleza, consciente de que ello, en última instancia, habría minado su propia autoridad. Ya en Buenos Aires, demandó y recibió poderes dictatoriales (“la suma del poder público”). Cualquier hombre educado que a partir de entonces pensara en disentir se arriesgaba a ser asesinado por agentes de su policía política, la “Mazorca”.

Con abrumadora autoridad en sus manos, procedió a renegociar la política económica con los caudillos, muchos de los cuales cedieron. Los antagonismos de las provincias con Rosas finalmente se cristalizaron en un nuevo federalismo basado en Corrientes.

Aquella provincia del Nordeste era excepcional desde varios puntos de vista: a diferencia de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, que dependían exclusivamente de la ganadería, Corrientes ordenadamente balanceaba su industria de la carne con agricultura (algodón, tabaco y cultivos comestibles), actividades extractivas (madera y yerba mate) y una industria naviera sorprendentemente avanzada(2).

(2) Thomas L. Whigham. “The Politics of River Trade: Tradition and Development in the Upper Plata. 1780-1870” (1991), pp. 107-196, University of New Mexico. Ed. Alburquerque. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La diversidad de la economía correntina estaba emparentada con una pequeña, pero sofisticada élite en la capital provincial. Este grupo incluía a algunos unitarios refugiados (y a unos cuantos fugados del Paraguay del doctor Rodríguez de Francia), todos bien leídos en las teorías políticas de su tiempo. Pero los más talentosos individuos de la élite local eran nativos hombres prácticos, idóneos en agricultura, comercio y artes mecánicas.

La principal, aunque de ninguna manera única, figura de este grupo era Pedro Ferré (1788-1867), quien durante dos décadas simbolizó la resistencia del Litoral frente a Rosas. Hijo de inmigrantes catalanes, Ferré rechazó el camino normal hacia el poder a través de las armas y creció en cambio en la industria local de construcción de buques, se casó bien y para los 1820 era propietario del mayor astillero de Corrientes. Su posición le dio ascendencia entre los comerciantes de la ciudad, quienes reconocían en él a un vocero potencial.

El Congreso Provincial, que recreó la composición elitista del Cabildo colonial, se vio igualmente persuadido. Eligió a Ferré gobernador en tres oportunidades distintas (1824-1828; 1830-1833; y 1839-1842). Rosas detestaba al armador correntino, al que llamaba “carpintero de ribera”, y lo despreciaba como un “salvaje unitario”. En ciertos sentidos, sin embargo, Ferré era más federalista que el mismo Rosas. Su concepto de nación requería un rol político y económico para todas las provincias.

Insistía en la necesidad del proteccionismo. Su propia provincia no podía esperar nivelar la tremenda ventaja comercial que gozaba Buenos Aires. En cambio, si la porción extranjera del mercado porteño pudiera ser reorientada, entonces Corrientes y otras provincias del Litoral podrían compensar las pérdidas mediante el suministro a la ciudad portuaria de mercancías producidas localmente. De esa forma, sólo los argentinos se beneficiarían, antes que tener que compartir rentas con británicos, brasileños, orientales y paraguayos.

Semejante reorientación comercial solamente podía ser inducida a través de altos aranceles aduaneros en Buenos Aires. El proyecto, que tenía mucho en común con el mercantilismo colonial, percibía a la nación como una federación de provincias en la cual las partes constituyentes asumían iguales riesgos para conseguir iguales ventajas. En esto, Ferré rechazaba el elitismo de sus aliados unitarios tanto como lo hacía Rosas.

Su argumento no tenía oportunidad en las provincias del sur, sin embargo. Comerciantes, especuladores y criadores de ganado de Buenos Aires se beneficiaban de la política de libre mercado de Rosas y no estaban interesados en alternativas. Señalaban que los altos costos de la protección hacían impensable el plan de Ferré y que los consumidores no tenían por que pagar más para promover el bienestar de los agricultores. La visión de Ferré se enterró en la realidad política.

Rosas domesticaba buena parte del Interior a través de una mezcla de diplomacia y coerción. Su clientela de caudillos reconocía su mando y no le causaba problemas. Con el tiempo, creía que podría instaurar una hegemonía similar en las provincias del Litoral y en la Banda Oriental, pero ello requería una mano delicada.

En 1835, el gobernador bonaerense introdujo tarifas aduaneras significativamente más altas en la ciudad portuaria, aparentemente revirtiendo su tradicional política comercial. De hecho, su motivación era mayormente política.

Los federales habían perdido terreno entre las clases artesanas, lo que hacía oportuna una solución proteccionista a lo Ferré. Los nuevos aranceles extendieron la base social del régimen en un momento clave.

Pero el proteccionismo produjo pocas de las oportunidades económicas que sus proponentes prometían. Buenos Aires retuvo la mayor parte de los Ingresos generados y aquellos pocos que se filtraban hacia el Interior se quedaban en manos de los sectores de por sí ya favorecidos por el sistema.

Una nueva generación de oponentes, los “hombres de 1837”, abogaba por un completo reordenamiento de la sociedad, la eliminación de los vestigios coloniales españoles y del caudillismo y el establecimiento de instituciones liberales eficaces.

Aunque eran ávidos lectores de John Locke, Jeremy Bentham y el conde de Saint-Simon, habían llegado a la conclusión de que sus predecesores habían estado equivocados al tratar de imponer modas políticas europeas. Argentina era un país americano. Necesitaba desarrollar un régimen liberal con un carácter americano(3).

(3) La generación de 1837 incluyó figuras tan importantes como Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Juan Bautista Alberdi. Pese a sus diferencias de temperamento y puntos de vista, todos ellos estaban comprometidos con ver que la Argentina dejara de ser un simple concepto geográfico y se transformara en una moderna nación americana. Esta orientación “americana” explica por qué se sentían tan atraídos por los románticos nacionalistas europeos como Mazzini, Kossuth y Guizot (quienes acentuaban el carácter distintivo de sus propias experiencias nacionales) y por el ejemplo de los Estados Unidos, que había claramente tallado su propio destino más allá de sus antecedentes europeos. Ver: Domingo Faustino Sarmiento. “Viajes a Europa, Africa y Estados Unidos” (1922), volumen 3, Buenos Aires. Ed. Vaccaro, tres volúmenes. En términos más generales, ver: David Viñas. “De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos en USA” (1998), Buenos Aires. Ed. Sudamericana. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Todo esto, por supuesto, era un anatema para Rosas. Desde su confortable residencia en Palermo, desdeñaba tanto a Ferré como a los jóvenes delincuentes al otro lado del río, ya que muchos miembros de la generación del ‘37 estaban exiliados en Montevideo.

Para la población mayormente agraria del Plata, con escasas comunicaciones, poca participación en política y lealtades divididas entre treinta provincias, era difícil vislumbrar por qué habría de resultar atractiva la idea de una integración nacional.

Los hombres de 1837 planteaban abordar los amplios dilemas de la sociedad desde una óptica nacional. Reestructurarían la política, atraerían a inmigrantes europeos, culturizarían el campo. ¿Por qué un programa semejante tendría más éxito que el de Rivadavia? Estos nuevos liberales no eran idealistas románticos; más bien eran curtidos revolucionarios. Habían llegado a su madurez bajo Rosas, conocían sus fortalezas y debilidades y abjuraban de su rígido faccionalismo. Se proclamaban los hombres del futuro que estaban por encima de las viejas divisiones partidarias.

Las intrigas de Rosas en la Banda Oriental les presentaban a los hombres de 1837 una oportunidad. Los británicos habían garantizado la independencia uruguaya, pero solamente Montevideo estaba fuera de la órbita de Rosas. En esta ciudad de refugiados, los diferentes grupos de exiliados se reunían libremente unos con otros y con residentes europeos, incluyendo el ministro británico.

Fingiendo una posición de moderación y desprendimiento, los hombres de 1837 se legitimaban ante los ojos de las potencias extracontinentales más importantes. Se mostraban al corriente de todo lo europeo. Hablaban francés, inglés e italiano y vestían levitas como los caballeros de Londres.

Los británicos nunca los reconocieron oficialmente como aliados, pero cooperaban con ellos durante los sitios y bloqueos navales que se hicieron frecuentes en tiempos de inestabilidad. Río arriba, los provincianos anti-Rosas sabían de este patronazgo y comenzaron a pensar que estos jóvenes podían llegar a ser una seria amenaza para el gobernador después de todo.

Tratar con ellos tenía sentido, dada la apariencia de significativo apoyo extranjero. Y no solamente había que considerar a los británicos y los franceses. También Brasil, el no demasiado distante gigante de Sudamérica, había finalmente decidido saldar sus propias cuentas con el Restaurador.

- Pedro II asume el mando

Después de la abdicación de Pedro I en 1831, las élites brasileñas estaban en posición de mover el centro de gravedad desde la monarquía hacia el parlamento(4). Transferir el poder a representantes provinciales resultaba lógico ahora que la facción absolutista portuguesa había declinado. No obstante, en general, la regencia trajo poca innovación.

(4) Ver José Murilo de Carvalho. “Political Elites and State-Building: The Case of Nineteenth-Century Brazil”, en Daniel H. Levine. Ed. “Constructing Culture and Power in Latin America” (1993), pp. 404-428. Ann Arbor; Eul-Soo Pang y Ron L. Seckinger. “The Mandarins of Imperial Brazil” (1972), Comparative Studies in Society and History 14:2; 215-244; Eul-Soo Pang. “In Pursuit of Honor and Power: Noblemen of the Southern Cross in Nineteenth-Century Brazil” (1988), University of Alabama; y Roderick and Jean Barman. “The Role of the Law School Graduate in the Political Élite of Imperial Brazil”, Journal of Interamerican Studies and World Affairs 18 (Noviembre de 1976), pp. 432-449. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Una causa de esa inercia radicaba en la divergencia de opinión entre los moderados, tales como el regente Diogo Antonio Feijó, que quería reformas dentro del marco de la Constitución de 1824; los radicales, que querían una nueva Constitución que pasara por el Senado; y los reaccionarios que querían el retorno de Pedro I hasta que su hijo alcanzara la mayoría de edad. Sólo un pequeño puñado de entusiastas vocales quería una república.

Los 1830 tuvieron poco de paz doméstica. La economía azucarera había declinado debido a la competencia extranjera y el café todavía no había ocupado su lugar. Los Gastos del Gobierno seguían causando problemas años después de la Guerra Cisplatina. Peores todavía eran las revueltas en el Norte, el Nordeste y el extremo Sur.

Los moderados, que hubieran querido ver el Poder Central carcomido, ahora tenían que usar ese poder para mantener el Imperio unido. Su compromiso con el statu quo era un simple reconocimiento de necesidad.

La descentralización podría tener ventajas ideológicas, pero en los 1830 cualquier ajuste real conllevaba el riesgo de desatar una avalancha de cambios. Los miembros de la élite brasileña -ya fueran de la ciudad o de la provincia- conocían lo suficiente como para temer la revolución social, ya que cada trabajador descalzo en las calles podía ser un Dessalines en potencia.

En este lento proceso creció Dom Pedro II. Huérfano a mediados de los 1830, ya tenía para entonces muchas responsabilidades sobre él y la protección paternal nunca había sido más intensa que aquélla dispensada por las élites brasileñas en su nombre.

El Pedro más joven era de naturaleza sensible. Disfrutaba leer, jugar con sus perros y conversar tranquilamente con sus hermanas. Aparte de su familia inmediata, no tenía otros íntimos, nadie con quien compartir sus sentimientos privados. Sus tutores pensaban que era excepcionalmente brillante, aunque de manera austera, introvertida(5).

(5) Las inclinaciones académicas de Pedro permanecieron con él durante toda su vida. Se convirtió en un gran patrono de las artes y las ciencias y mantuvo activa correspondencia con Víctor Hugo y Alexander Graham Bell, entre otros. Pedro dedicaba buena parte de su tiempo a estudiar idiomas, incluyendo tupí, árabe, inglés, francés y sánscrito, y publicó aceptables traducciones de Renan, Longfellow y los poetas hebreo-provenzales. Nunca faltó a una reunión del Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, una sociedad académica que él fundó y que todavía existe en la actualidad. Ver: Roderick J. Barman. “Citizen Emperor: Pedro II and the Making of Brazil. 1821-1891” (1999), Stanford University. Ed. Stanford. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Le inculcaban que él le presentaba al Brasil un prodigioso material desde el cual formar una monarquía, a la vez que le advertían sobre lo delicada que era su situación y la del Imperio. Otro niño se habría rebelado contra semejante responsabilidad, pero no Pedro II. Si era tan indispensable como sus tutores decían, entonces tendría que calcular sus acciones con gran precisión.

A diferencia de monarcas que se comportaban como chiquillos malcriados incluso en la Edad Media, Pedro II siempre proyectó el semblante de un grave hombre mayor. Se abocaba a cada tarea con detenida deliberación, sin permitirse flexibilidad alguna ni en materia oficial ni privada.

Llevaba las pesadas vestimentas reales durante largas ceremonias en los días más calurosos del año sin nunca siquiera mosquear. Al depositar sus esperanzas en este solitario adolescente, las élites conjeturaban una nación en la cual el monarca y los privilegios establecidos fueran los dos pilares gemelos del orden. Esta era una conclusión razonable en relación con sus intereses de clase, pero tal estructura jamás habría convencido a todos los segmentos de la sociedad.

Los portugueses se habían marchado, pero ¿dónde estaban los brasileños? Hasta entonces, las preocupaciones regionales y locales habían siempre predominado sobre un nacionalismo mayor. Pero este muchacho tenía el potencial de unir los diversos elementos. Su padre se había rendido ante los cortesanos portugueses, pero Pedro II era brasileño de la cabeza a los pies.

El emperador se convirtió en foco de lealtad e identidad en áreas muy separadas del reino. La gente del Nordeste podía verse a sí misma como súbdita de Don Pedro II, aunque en otros sentidos no reconocieran necesariamente vínculos con la gente de São Paulo, Santa Catarina o el Amazonas. En 1840, el Parlamento le concedió su temprana mayoría de edad, transfiriéndole la total responsabilidad de su rol constitucional.

El nuevo monarca era una figura joven, sin participación alguna en las luchas del pasado reciente y prudente en sus aspiraciones. Era incorruptible, atento a sus responsabilidades e intelectualmente precoz, en suma, justo la persona que la “nación” requería para impulsar un cambio positivo a la par de preservar la establecida jerarquía social. Tanto desde arriba como desde abajo, los súbditos del emperador le expresaban un afecto y un respeto que crecería con el tiempo.

Aunque la amplia simpatía por Don Pedro no reflejó un nacionalismo auténtico, aún así era un sentimiento político más desarrollado que cualquier cosa que le precedió. Los brasileños estimaban a Don Pedro, por más que fueran menos sanguíneos acerca de la monarquía. Tal vez los políticos más astutos esperasen que tal admiración por uno creciera para convertirse en apoyo para la otra.

Dos importantes factores moldearon estas esperanzas desde los años finales de la minoridad de Pedro hasta mediados de los 1840: uno era el desarrollo de la política partidaria sobre una base nacional; el otro era la amenaza secesionista de Río Grande do Sul.

La emergencia de los bloques conservador y liberal tenía tanto que ver con lazos de sangre y amistad como de ideología compartida. En teoría, los liberales eran federalistas que alentaban la autonomía local y confiaban en la capacidad de la sociedad de corregir sus fallas. Demandaban la abolición del Consejo de Estado y del poder moderador, se oponían a la nominación vitalicia de senadores y apoyaban el libre comercio y la libertad religiosa. En general, suscribían el principio de “el rey reina, pero no gobierna”(6).

(6) Emilia Viotti da Costa. “The Brazilian Empire: Myths and Histories” (1985), p. 69, University of Chicago. Ed. en Chicago y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los conservadores se veían a sí mismos como un partido del orden que resistía las supuestas inclinaciones anarquistas de sus rivales. Estos conservadores, en cuyas filas se alineaban los grandes usineiros de azúcar, defendían enérgicamente la autoridad central, el poder moderador y el Consejo de Estado. Favorecían la senaduría vitalicia, la religión oficial Católica Romana y el principio de “el rey reina y gobierna”(7).

(7) Jeffrey D. Needell. “Party Formation and the Emergence of the Brazilian Monarchy. 1831-1857”, presentado en la Latin American Studies Association, Chicago, 25 de Septiembre de 1998 (borrador revisado, Enero 1999). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tanto liberales como conservadores eran miembros de logias masónicas. Ambos admiraban las ideas de Jeremy Bentham y otros reformistas europeos (aunque en gradaciones diferentes).

Ambos ratificaban la esclavitud, el orden social establecido y la prensa libre. Pero contrariamente a lo que muchos en el Gobierno deseaban, el advenimiento de Pedro II no consiguió generar una cohesión verdadera, ni siquiera entre los miembros del Parlamento.

En los niveles más bajos, la política siguió siendo una incierta mezcla de influencia y fuerza, con los jefes regionales controlando los votos (y a los jefes de los partidos nacionales) a través de la dominación de su clientela dependiente. Conexiones familiares, contactos de negocios, lealtad personal y favores recíprocos suministraban los ingredientes cruciales en esta estructura.

La mayoría de los miembros del Parlamento brasileño compartía tres características comunes: primero, todos habían sido educados en una universidad (la de Coimbra, en Portugal); segundo, estaban entrenados mayormente en Derecho Civil; y, tercero, tenían experiencia como burócratas o magistrados.

Estos antecedentes compartidos, incluso más que la riqueza, les daban a los miembros de la élite un panorama común, lo que les hacía más fácil ponerse por encima de sus rivalidades faccionarias, a diferencia de sus contrapartes en Buenos Aires y Montevideo.

Aún así, la conciencia nacional evolucionó en forma despareja entre los grupos sociales y las regiones en el Brasil. Un sentimiento nacionalista estaba presente en las principales ciudades portuarias; esto fue evidente una década después, cuando esfuerzos británicos por atajar el comercio de esclavos se toparon con una indignada respuesta popular en muchas áreas del país.

Pero las fuerzas centrífugas todavía frustraban el crecimiento del nacionalismo y cuando los intereses locales o provinciales chocaban con los de la nación, nunca era seguro cuáles prevalecerían.

- La farroupilha

La “Rebelión de los Farrapos” de 1835-1845 demostró los riesgos de poner primero los intereses provinciales. Al principio, la revuelta parecía igual a cualquier otra de las muchas pequeñas insurrecciones que habían plagado el país desde la independencia. Pronto tomó un aspecto más ominoso, primero porque era ampliamente representativa del pensamiento local; segundo, porque su liderazgo incluía a muchos ex oficiales imperiales; y tercero, porque su orientación republicano secesionista era intrínsecamente atractiva (y por lo tanto peligrosa) en la región fronteriza del Plata.

Por años los estancieros en Rio Grande do Sul habían estado crispados debido a derechos de aduana interprovinciales que les hacían difícil competir con Buenos Aires en los mercados de charque vacuno en Rio y São Paulo.

El sentimiento brasileño en los riograndenses estaba mucho menos definido que el sentimiento de pertenecer a una rica provincia sureña de praderas templadas y suaves colinas.

La cada vez más profunda frustración de estos gaúchos impulsó la influencia de los elementos más radicales en los 1830. En Septiembre de 1835, una fuerza armada de caballería desde la frontera con Uruguay tomó la capital provincial, Porto Alegre.

Tras remover a los agentes imperiales, los rebeldes (a quienes la prensa denigraba como farrapos, o harapos) proclamaron que estaban salvando su tierra del desorden, precisamente igual que Rosas en Buenos Aires.

Al optar subsecuentemente por la independencia, remacharon que existía una incompatibilidad básica entre su provincia y la nación brasileña, una diferencia tan profunda que sólo se podía resolver mediante la separación. La falta de organización de los farrapos le dio al Gobierno Central algún respiro en 1836. Una contrarrevolución puso nuevamente Porto Alegre bajo control de los leales y los rebeldes tuvieron dificultades para recuperarse de una serie de reveses en el campo de batalla.

Pero los ejércitos del Gobierno no lograron explotar estas ventajas con un ataque concertado y los farrapos redoblaron sus esfuerzos en la zona rural. La larga frontera de Rio Grande con Uruguay actuó como un colador a través del cual se filtraban armas, suministros y voluntarios extranjeros para los rebeldes.

Rosas proporcionó parte de este apoyo y, curiosamente, lo mismo hicieron sus enemigos en Montevideo. Estos últimos anhelaban un orden más liberal y republicano a lo largo y ancho de Sudamérica y veían a los farrapos como aliados naturales. El gobernador bonaerense simplemente buscaba complicar la política de tradicionales enemigos de la Argentina.

Por la misma época, el Gobierno aplastó revueltas en Pará y Maranhão mediante intervenciones con tropas provenientes de fuera de la región norteña. Otras rebeliones en Minas Gerais y São Paulo recibieron también una pesada dosis de represión militar. Pero el principal foco de los esfuerzos de Rio de Janeiro se concentraba en la insurgencia de los farrapos en el sur.

En Abril de 1838, los rebeldes consiguieron una importante victoria sobre las fuerzas imperiales en Rio Pardo y, en consecuencia, se sintieron más consolidados.

Sin embargo, la causa de los farrapos era más débil de lo que muchos sospechaban. La ayuda militar de Rosas y los uruguayos era errática. Algunos liberales en Montevideo nunca le quisieron cerrar completamente las puertas al Imperio. Las fuerzas imperiales, por lo demás, gozaban de muchas bases estratégicas, incluyendo Porto Alegre. Adicionalmente, aunque los farrapos gozaban de apoyo popular, eran imprecisos a la hora de definir en qué su “nación” realmente consistía

Muchos rebeldes habían nacido en la frontera y no sentían lealtad ni por Rio ni por Montevideo. El Gobierno farrapo en Piratini era -por lo tanto- oportunista, dispuesto a discutir uniones con Uruguay, Corrientes, Entre Ríos y otras regiones vecinas. Ni el Paraguay del doctor Rodríguez de Francia estaba excluido. Construir una “nación” sobre una base tan improbable estaba llamado a crear problemas a la causa de los farrapos, y los creó.

En Junio de 1839 los rebeldes se lanzaron a Santa Catarina, suponiendo que reunirían fuerzas a partir del reclutamiento de simpatizantes locales que querían una república bajo el modelo farrapo. En la práctica, la guerra extendida les provocó serias fisuras. La misma dependía de aliados poco confiables, costaba muchísimo en términos de caballos y material y contaba con un apoyo indiferente por parte de los combatientes.

Al final, no pudieron sostener su avance al norte y volvieron maltrechos a su provincia. La retirada de los farrapos coincidió con el arribo de un nuevo comandante imperial en Rio Grande do Sul, Luis Alves de Lima e Silva, el barón, más tarde conde, marqués y duque de Caxias (1803-80).

Hijo de un regente imperial, Caxias estaba destinado a ocupar un alto sitial en la mitología nacional del Brasil. A menudo tenía que actuar tanto como estadista que como militar.

Hábilmente competente en ambos roles, este noble aprendió el arte de dar órdenes desde muy joven. Inmaculadamente vestido, era de hablar pausado, amable y estaba siempre imperturbablemente en control de sí mismo.

Radiaba compostura y autoridad(8). Había servido en la Guardia Imperial y en varios puestos en el país. Su campaña triunfante contra los rebeldes de Maranhão fue un modelo de contrainsurgencia (en sí misma una impresionante innovación en el Brasil); la victoria le valió el nombramiento de gobernador de esa provincia.

(8) Hoy Caxias es el patrono de las Fuerzas Armadas brasileñas, una figura de monumentales proporciones. Su nombre se ha convertido en sinónimo del alto oficial y el ciudadano que jamás viola la ley, de ahí el término popular caxias, referido a individuos que siguen las reglas sin reparos, vacilaciones o evasión. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Poco después se convirtió en el vicepresidente de la provincia de São Paulo antes de dirigirse a Rio Grande do Sul para enfrentar a los farrapos. Caxias sabía que gran parte del poder de lucha de los rebeldes gaúchos se había agotado desde que abandonaron Santa Catarina.

Incluso con la ayuda de aventureros extranjeros, notablemente Giuseppe Garibaldi, el movimiento republicano estaba ahora a la defensiva. Los líderes farrapos buscaban una salida. Si Caxias hubiera insistido en una victoria total, habría enfrentado el lúgubre prospecto de una interminable guerra de guerrillas de características de bandidaje.

Por lo tanto, ofreció términos generosos en Febrero de 1845. Por órdenes suyas, los oficiales del ejército rebelde reingresaron a las Fuerzas Armadas imperiales con los mismos rangos que habían alcanzado bajo el régimen farrapo. Para satisfacer las demandas riograndenses, el Gobierno imperial ya había impuesto un arancel de importación del 25 por ciento sobre el charque proveniente del Plata, concesión que hizo mucho más atractivos los lazos con Brasil para Rio Grande do Sul que la asociación con sus otros vecinos.

Caxias había ganado. Su diplomacia, moderación y habilidad militar habían restituido el Sur para Don Pedro con poco daño para los vencidos. De hecho, los riograndenses parecían totalmente reconciliados con una nueva vida dentro del Brasil. A medida que la insurgencia de los farrapos se desvanecía, muchos en el Gobierno imperial sentían que el Brasil finalmente había tomado el control sobre su propio destino.

Tal vez en un sentido lo hizo, por más que tal conclusión era más de los de arriba que de los pobres. El Brasil había comenzado a funcionar como una “nación” entre las élites y el emperador, que compartían una visión estrecha de la identidad del país. Esto proporcionaba poca base para un nacionalismo completo, lo cual habría requerido una apelación a todas las clases y regiones.

No obstante, el Estado -como distinto de “nación”- mostró mayor solidez que en el pasado. Se había convertido en una fuerza a tener en cuenta. En 1844, el Tratado comercial con Gran Bretaña expiró y con ello concluyeron los últimos derechos extraterritoriales a favor de una potencia foránea. Los políticos imperiales ahora se sentían más confiados en su capacidad de participar en asuntos externos.

Habiendo vencido a los enemigos internos del país, ahora dirigían su atención hacia Rosas y sus aliados en el sur. Y los brasileños estaban lejos de ser los únicos que se alineaban contra los extranjeros. Todo el continente estaba reevaluando la dirección de sus políticas, combinando una búsqueda por la modernización con un nacionalismo más convencido, una voluntad de mirar hacia delante antes que hacia atrás y un deseo de saldar cuentas con oponentes de afuera.

- La familia López y el nuevo nacionalismo

La apertura más curiosa al mundo exterior ocurrió en el Paraguay después de la muerte de José Gaspar Rodríguez de Francia en 1840. El karai había mantenido el poder férreamente en sus manos y supervisado personalmente todos los asuntos gubernamentales, las finanzas generales y la preparación militar hasta los mínimos detalles.

Su pequeño ejército mantenía batallones en Asunción y varios puntos estratégicos cerca de las fronteras del Paraguay, pero no tenía mucho trabajo. Había periódicas confrontaciones con poderes externos e indios pero -en general- la política de puertas cerradas le ahorró al Paraguay el trauma que las “provincias de abajo” habían soportado desde la independencia.

En contrapartida, el país pagó un alto precio por su estabilidad interna y su paz. La sociedad paraguaya se estancó bajo semejante autarquía. Muchos de los rasgos de la anterior cultura hispano-guaraní -paternalismo, desconfianza hacia los forasteros, una visión estrecha en la comunidad- se consolidaron.

La economía se basó en la autosuficiencia, el trueque y la reciprocidad (jopói). Las innovaciones políticas, alguna vez tan fascinantes en esta provincia, se diluyeron en la nada después de 1816.

En la práctica, el Gobierno paraguayo tenía un carácter simple, ya que de republicano solamente tenía el nombre. Los “subdelegados” de Rodríguez de Francia convertían sus deseos en políticas a nivel local, emitían pasaportes internos, castigaban a los criminales y recaudaban impuestos. Algunas veces administraban estancias estatales y establecimientos madereros.

La población rural consideraba al Gobierno de mano dura, pero eficiente. Era legítimo porque encajaba dentro de su concepto de cómo debía actuar una Administración responsable.

Además, el régimen no chocaba con sus tradiciones, las abrazaba. Una de esas tradiciones tenía que ver con preservar la autoridad de la figura paterna. El mismo Rodríguez de Francia, como dictador, se comportaba como el pater-familias del Paraguay.

A medida que se volvía más viejo, por ejemplo, mostró mucha menor inclemencia hacia sus rivales. Los terratenientes locales y los mercaderes de origen español que alguna vez le disputaron su mandato encontraron refugio en pequeños ámbitos del Interior; como Artigas, descubrieron que la benevolencia de Francia se acrecentaba en la medida que se alejaran de Asunción.

Aunque tenían limitadas opciones, gozaron de una apacible cuota de libertad. Podían estudiar, tener pupilos, ejercer el Derecho, involucrarse en el comercio local o criar ganado. Siempre que se mantuvieran apartados los unos de los otros y cuidaran sus declaraciones públicas, Rodríguez de Francia los dejaba tranquilos(9).

(9) El dictador encarceló a muchos oponentes a principios de los 1820, pero a pocos después. Algunos permanecieron en prisión con pesadas cadenas, pero algunos pudieron arreglar algún tipo de arresto domiciliario. Mariano Antonio Molas -por ejemplo- disfrutó suficiente libertad en cautiverio como para escribir la primera historia moderna del Paraguay: “Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay” (Ed. Princeps), que fue luego publicada por sus hijos en Buenos Aires en 1868, casi treinta años después de la muerte de Rodríguez de Francia. Otros individuos sufrieron mucho mayor rigor, sin embargo. Ver: Ramón Gil Navarro. “Veinte años en un calabozo; o sea, la desgraciada historia de veinte y tantos argentinos muertos o envejecidos en los calabozos del Paraguay” (1863), Rosario. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque respetaban a los agentes gubernamentales, tanto la gente rural como los asunceños y las élites preferían mantenerlos lo más lejos que pudieran. Cuando tal cosa era imposible, la mayoría de los paraguayos asumía una conducta profundamente sumisa; recurrían a toda clase de zalamerías y fingían ignorancia para eludir la responsabilidad por cualquier problema o fracaso (una práctica llamada ñembotavy).

Los paraguayos podían haber sido exitosos agricultores y tenaces, hábiles luchadores, pero estaban castrados por el Estado de Rodríguez de Francia, que les consentía ejercer sus roles tradicionales y claramente definidos, pero poco más que eso. La política estaba más allá de su alcance.

El dictador nunca se propuso crear una nación, pero sus políticas tuvieron el efecto de generar algo parecido. Su régimen servía para promover un sentimiento de identidad entre los paraguayos, una amplia confirmación de su estatus como pueblo separado, lleno de orgullo, si bien no de poder. La falla en el sistema, claro, era que no dejaba espacio para un sucesor. Y el dictador era un hombre anciano. En Septiembre de 1840 sucumbió por una hidropesía. Había gobernado el país por veintiséis años.

Siguió un corto período de incertidumbre durante el cual muchos paraguayos se rehusaban a creer que Rodríguez de Francia había muerto. La gente lo llamaba “el difunto”, como si su espíritu siguiera caminando por la tierra. Pocos estaban conscientes en los calurosos meses de aquel verano que sus comandantes de batallones se habían posicionado para dominar el país. Al final, sin embargo, sus celos mutuos evitaron que fueran más allá.

A principios de 1841, la República adoptó un régimen consular encabezado por hombres de diferente talento: el primero, Mariano Roque Alonso, era un oficial militar semianalfabeto que llegó al poder por medio de un golpe en las barracas. Hallando imposible administrar un Estado sin asistencia idónea, recurrió a Carlos Antonio López (1787-1862), uno de los últimos graduados del seminario de Asunción. López pronto eclipsó a su mentor en autoridad y, aunque un Congreso General en Marzo nombró a los dos como cogobernantes por un período de tres años, en la práctica el intimidante López gobernó solo.

El nuevo Jefe de Estado había pasado gran parte de su vida como abogado rural y estanciero en el pequeño pueblo de Rosario. Aunque de nacimiento modesto, se había casado bien y, para los estándares sociales del Interior paraguayo había crecido alto en los rangos de la élite rural. Se mantenía alejado de la política pero, a causa de su educación, tanto los campesinos como los estancieros lo consideraban un hombre iluminado.

Su reputación era bien merecida. Como cónsul, López comenzó a hacer cambios en la forma cómo el Paraguay era administrado. Creó un nuevo aparato estatal para reemplazar las estructuras coloniales que habían sido la base del régimen de Rodríguez de Francia.

Sus innovaciones incluyeron nuevas posiciones ministeriales, un Tesoro reorganizado y Cuerpos de oficiales militares. Llenó estos puestos con individuos de talento, buena parte de los cuales provenía de su misma clase de propietarios.

También fundó una “academia literaria” en 1841 con espacio para 149 estudiantes. Por sobre todo, Carlos Antonio López estaba dispuesto a experimentar y aprender del pasado reciente. Si bien sus básicos impulsos eran tan autoritarios como los del fallecido dictador, los balanceaba con una inclinación más moderna.

Ese fue el caso cuando ajustó el ordenamiento legal de la República paraguaya en 1844. Redactó una Constitución actualizada, algo que Rodríguez de Francia nunca había hecho, por más que “actualizada” significara para él pequeñas adaptaciones de tomos legales franceses y españoles que había estudiado en su juventud. Paralelamente, suprimió las Leyes de Indias por “ser incompatibles con un Estado libre e independiente”.

Su Constitución, sin embargo, no tenía nada de democrática. Todo lo que ofrecía era una mascarilla de legitimidad para cubrir la cruda realidad de su poder personal. En ningún punto la Constitución aludía a la “libertad”. En cambio, se concentraba exclusivamente en prerrogativas del Ejecutivo, al cual todos los ciudadanos debían “reconocimiento y obediencia”.

Pese a una teórica división de poderes, el presidente conservaba la obligación legal de “mantener el orden” y cancelar, enmendar o confirmar la legislación y las decisiones judiciales.

La Constitución de López le imponía la obligación de convocar un Congreso cada cinco años, pero solamente para escuchar mensajes presidenciales, no para debatir. La membrecía de los cuerpos parlamentarios estaba limitada a los propietarios, a quienes se les requería presentarse en el momento apropiado. Y cuando efectivamente se reunían, los delegados siempre eran aldeanos rurales que estaban fuera de su elemento en Asunción.

López podía manipular fácilmente a esos hombres porque conocía sus fortalezas y debilidades personales y sabía que ellos lo conocían a él y el poder que ejercía. Por lo tanto, cuando la Constitución de 1844 le asignó al presidente un mandato de diez años y “reelección” indefinida, no se escucharon quejas ni críticas, sólo un respetuoso aplauso.

¿Por qué López quiso redactar este documento? Su predecesor había gobernado por décadas por simple decreto y en la práctica poco había cambiado en Paraguay. Carlos Antonio López, sin embargo, se veía a sí mismo como un hombre moderno.

Observaba que todos los regímenes contemporáneos en Europa habían diseñado una estructura legal apropiada a su tiempo y sus necesidades. La construcción nacional era una ruta a la modernidad y una garantía de supervivencia. Paraguay merecía su lugar entre los nuevos Estados del mundo.

Al mismo tiempo, López quería abrir el país al comercio exterior y era mejor que los extranjeros entendieran quién establecía las políticas dentro de sus fronteras. Notablemente ausente de estas consideraciones estaba cualquier referencia al carácter hispano-guaraní del Paraguay. López no veía a la nación en tales términos.

Desde los tiempos coloniales, el Estado y la comunidad eran entidades paralelas que sólo ocasionalmente se entrecruzaban: uno era orientado a España e impuesto originalmente por el Imperio colonial; la otra era guaraní y dirigida internamente como parte de la cultura oral del país.

La modernización que proponía López tenía poco que ver con esta última. De hecho, el guaraní no tenía palabras para expresar el significado de muchas proposiciones políticas de crítica importancia(10).

(10) Esto no es así en el Paraguay contemporáneo, donde los miembros de la Academia Nacional del Guaraní han propuesto toda clase de palabras para cubrir nociones “foráneas” tales como autobiografía (oguekovemombe’u), democracia (porokua pave reko) y teléfono (ñe’embyryha). Muy pocos de estos términos se han abierto camino en la conciencia popular, sin embargo, y la mayoría de los paraguayos continúan utilizando los equivalentes en español. El mismo proceso ha llevado a lo largo del tiempo al desarrollo de una mezcla de español y guaraní llamada jopara, que es tan común en el Paraguay de hoy como para ser esencialmente un tercer idioma. El mejor diccionario español-guaraní para cuando se escribió este trabajo continuaba siendo el del Antonio Guasch y Diego Ortiz. “Diccionario Castellano-Guaraní, Guaraní-Castellano” (1986), sexta edición, Asunción. Para pensamientos generales acerca de muchas ambigüedades de la lengua, ver: F. Ricardo Mello Vargas. “Enigmas de un Idioma llamado Guaraní” (1989), Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero el nuevo presidente no sentía necesidad de consultar con aquellos paraguayos que no estaban familiarizados con el castellano. Como autócrata que era, podía darse el lujo de dejar a estas personas de lado.

De hecho, como parte de su impulso modernista, López evidentemente trató de prohibir el uso de apellidos guaraníes porque consideraba que ello sobresaltaba un pasado indio y, por tanto, atrasado. Su hijo encontró razones para lamentar esta postura durante la guerra en los 1860, cuando el uso del guaraní tomó un aspecto militar(11).

(11) El plan del padre de eliminar apellidos indios claramente fracasó si hemos de aceptar la evidencia del Censo de 1871 en el mayormente indio pueblo de Yaguarón. Ver: “Censo General de la República del Paraguay según el decreto circular del Gobierno Provisorio del 29 de Septiembre de 1870”, en el Archivo del Ministerio de Defensa Nacional, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Sin embargo, la vox pópuli no tuvo un rol en la organización del nuevo Estado paraguayo. Al igual que el doctor Rodríguez de Francia, Carlos Antonio López usaba su reputación legal como catalizador de su poder pero, a diferencia del dictador, no renunciaba a muchas debilidades humanas.

Le gustaba comer en exceso, se daba atracones de carne y mandioca hasta que sólo la hamaca pudiera contenerlo. Para cuando alcanzó la mediana edad, estaba tan monstruosamente obeso que ya no podía montar a caballo y tenía que ser trasladado en un carruaje abierto escoltado por una tropa de guardias.

Los pecados de López no se limitaban a la gula. Una falta peor era el favoritismo hacia los miembros de su familia. Le obtuvo el obispado de Asunción a su hermano Basilio. Le permitió a su esposa e hijas manejar un negocio cambiario fuera de la residencia presidencial, donde compraban notas y billetes bancarios irregulares del público con un descuento del 8 por ciento y los negociaban por el total de su valor con el Tesoro(12).

(12) Sobre los negocios de las mujeres López ver, por ejemplo, “Contrato de Juana Carrillo de López y Pedro B. Moreno”, Asunción, 13 de Enero de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación, 3.266. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Sus dos hijos menores, Venancio y Benigno, ocupaban altas posiciones en el Gobierno a la par de administrar grandes conglomerados privados (particularmente en ganadería).

Pero era a su hijo mayor, Francisco Solano, a quien López mostraba mayor afecto. El futuro mariscal nació en el interior del Paraguay en 1826. Chismes maliciosos rodeaban su nacimiento, ya que había rumores de que López no era el padre. Pero Carlos Antonio hacía todo lo que podía para consentir al muchacho, primero con dulces y una ocasional moneda, luego con los más altos cargos en el Gobierno.

Francisco Solano respondió como si toda la Nación fuera su propiedad personal que podía usar o descartar de acuerdo con sus caprichos. Tenía una naturaleza ansiosa y no estaba claro si el amor del padre o el aislamiento del país eran capaces de contenerla.

Mientras tanto, había mucho trabajo por hacer. Los paraguayos todavía recuerdan a Carlos Antonio López como el “Gran Constructor” y él hizo méritos para el título. Durante sus veinte años de Gobierno, supervisó la construcción de caminos públicos, una fundición de hierro cerca de Ybycuí, un astillero, un teatro nacional, un arsenal, un Palacio Legislativo, varias residencias presidenciales y edificios ministeriales y diversas instalaciones militares.

Inauguró el primer ferrocarril paraguayo, uno de los primeros en el Plata. Reparó y amplió viejos edificios, tales como la Catedral, poniéndolos al día con los estándares de mediados de siglo.

Tales proyectos demostraban el entusiasmo de López por la era moderna de hierro y vapor, pero también indicaban su determinación de que la majestad del Estado paraguayo fuera universalmente reconocida.

Los edificios del nuevo Estado tuvieron éxito en este sentido, ya que se elevaban como leviatanes entre las construcciones de ladrillo y adobe de la ciudad capital. Estos esfuerzos demandaban mucho dinero y mano de obra, pero López tenía acceso a ambos.

Incrementó los Ingresos mediante la reintroducción de impuestos que Rodríguez de Francia había suspendido. Expandió los arrendamientos estatales a agricultores campesinos a cambio de pagos anuales (o porciones de sus cosechas). Más importante aún, el Estado generó rentas de sus monopolios en yerba mate y madera y de las docenas de estancias que operaba. Estas empresas introdujeron moneda extranjera y el Gobierno se convirtió en el exportador dominante del Paraguay, en una fuerza a ser tenida en cuenta también en términos comerciales, no solamente políticos(13).

(13) John Hoyt Williams. “The Rise and Fall of the Paraguayan Republic. 1800-1870” (1979), p. 132, University of Texas. Ed. Austin. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En cuanto a mano de obra, López expandió fuertemente el número de trabajadores al servicio del Gobierno. Recurrió a la fuerza de trabajo de los convictos y también instauró una ley de amplia conscripción -prácticamente universal para los hombres jóvenes- y puso a los soldados a trabajar en proyectos estatales.

El cultivo de alimentos para el consumo privado no sufrió especialmente; las mujeres habían hecho gran parte del trabajo agrícola previamente y ahora avanzaron para hacer el resto. Aunque muchas de estas prácticas laborales tenían antecedentes coloniales, Carlos Antonio López hizo un uso más extensivo de ellas que Rodríguez de Francia y sus predecesores borbónicos y les dio también una dirección más clara.

Esta movilización estaba llamada a tener significativos efectos sociales y políticos. En general, López se ocupó de publicitar los variados proyectos estatales como una cuestión no sólo del Gobierno, sino del Paraguay como comunidad. Lo suyo era en última instancia una apelación al sentimiento nacional, si bien ambigua, ya que López quería obediencia tanto como entusiasmo.

Claramente consiguió lo primero, hasta donde sus burócratas y espías podían garantizar. Si pudo generar un amplio sentimiento patriótico, sin embargo, nadie podría asegurarlo. El mismo fervor que puso López en sus planes de construcción lo puso en sus relaciones exteriores. Los dos estaban interconectados. Para construir un Estado fuerte, necesitaba cultivar respeto por su Gobierno en el exterior.

Esta no era una tarea fácil. López era naturalmente cauto y tenía poca experiencia diplomática. Sabía que muchos no habían escuchado nunca nada sobre el Paraguay, excepto como algún semimítico “Japón mediterráneo” (“Inland Japan”, como lo denominaron algunos cronistas, en alusión al Japón de los Tokugawa). Deseaba mantener buenas relaciones con todas las potencias extranjeras pese a lo cual, con los años, tuvo serios conflictos con Brasil, Buenos Aires, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos(14).

(14) Peter A. Schmitt. “Paraguay und Europa: die diplomatischen Beziehungen unter Carlos Antonio López und Francisco Solano López. 1841-1870” (1963), Berlín. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Envió a su hijo Francisco Solano, de diecinueve años, como General en Jefe a una expedición militar a Corrientes en 1845-1846. Su intención era desplazar a aliados de Rosas del Nordeste argentino como parte de un nuevo acercamiento con Brasil y facciones unitarias del sur.

Aunque la intervención no logró su objetivo, demostró la disposición de López de abandonar el aislamiento a favor de un rol más activo del Paraguay en la política del Plata. Respeto extranjero y aceptación incondicional del derecho del Paraguay de existir como nación: esto era lo que buscaba el presidente, y lo hizo de manera inflexible y diligente.

- Sudamérica enfrenta los 1850

Más allá de que ciertos elementos de modernidad se filtraban en la escena de América del Sur en los comienzos de la nueva década, el continente estaba lejos todavía de adquirir una fisonomía moderna. Había profundas divisiones sociales; las masas analfabetas, así fueran esclavas o libres, se sentían apenas mínimamente parte de un mundo mayor que el de sus pequeñas comunidades.

Es cierto que las élites estaban tratando de construir una imagen de nacionalidad que pretendía ser universal. Ofrecían desfiles públicos, flameantes banderas rojas, verdes o azules como el cielo; encendidos discursos en honor del emperador; celebraciones del cumpleaños del presidente, con fuegos artificiales y corridas de toros.

Las personas comunes celebraban tales acontecimientos, pero es difícil saber si esto era una honesta expresión de patriotismo o simplemente una oportunidad de beber aguardiente después de un largo día de trabajo. Tal vez había algo de ambas cosas.

En cualquier caso, la integración política que anhelaban estimular las élites todavía debía materializarse. Aunque la afirmación de liderazgo por parte de las ricas clases altas era normal, aún no había un sentimiento común de ideales entre brasileños, uruguayos o argentinos.

No había una comunidad política que mantuviera unida a cada nacionalidad horizontalmente por su carácter compartido antes que verticalmente por razones de autoridad estatal. Solamente en Paraguay había algo de esto presente, gracias a la distintiva cultura hispano-guaraní y el tamaño pequeño del país.

El aislamiento de Rodríguez de Francia, seguido por el borrador de proyecto universal de Carlos Antonio López, proporcionó un catalizador para crear un espíritu nacional. Ninguno de los países de la región tenía algo similar. Luego de tres décadas de “nacionalidad”, el Brasil había experimentado pocos cambios en sus estructuras sociales y políticas básicas.

El Imperio se asemejaba a lo que había sido el último período colonial, una agregación de economías regionales, todas orientadas hacia afuera antes que entre ellas. La prensa escrita y las distintas líneas navieras mejoraron las comunicaciones entre las provincias, pero el aislamiento continuaba siendo el rasgo dominante en la mayoría de las áreas.

Aunque los riograndenses proclamaron su renovada lealtad al sistema imperial como resultado de la derrota de los farrapos, todavía tenían poco en común con los sertanejos, los bahianos y otros brasileños.

Don Pedro había hecho mucho para promover la idea de una nación brasileña. El era muy popular y las instituciones culturales, científicas y políticas que impulsó gozaron efectivamente de cierto éxito. Pero era difícil para él o cualquier otro inspirar un nacionalismo ampliamente compartido.

Las clases subordinadas entendían que el sistema preservaba los intereses de las élites más que los de ellas. Su afecto por el emperador era suficientemente honesto, pero la monarquía seguía sin convencerlos del todo. En la práctica, los pobres del Brasil se amoldaban al orden establecido, pero no lo apoyaban.

Para las élites brasileñas, que veían la nacionalidad en términos de modelos europeos, el fatalismo de las masas implicaba un malestar ineludible. Tenía su lado bueno, en el sentido de que súbditos apáticos difícilmente amenazarían los privilegios tradicionales. Pero las mismas élites creían que el Brasil estaba al borde de una gran expansión material en la cual todos se beneficiarían, siempre que todos contribuyeran.

La modernización dependía, pensaban, de la proyección del poder brasileño, ya que sólo las grandes naciones como Gran Bretaña y Francia merecían el incondicional apoyo de sus pueblos. La “grandeza” estaba atada en sus mentes a la guerra, de la misma forma como lo estaba para muchos de sus contemporáneos europeos, especialmente en los Estados germánicos(15).

(15) Fitche y Hegel, por ejemplo, pensaban ambos que la guerra era una necesidad dialéctica en la evolución de las Naciones-Estados. Como señaló un diputado en la Asamblea de Frankfurt en 1848, “la mera existencia no concede la independencia política a un pueblo; sólo la fuerza para afirmarse a sí mismo como un Estado entre otros”. Citado en Michael Howard. “The Lessons of History” (1991), p. 39, Yale University. Ed. New Haven. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para que el Imperio siguiera su destino, debía pararse firme frente a oponentes externos, el más obvio de los cuales, el más implacable, era Rosas. En Buenos Aires, el Restaurador de las Leyes había visto a muchos enemigos llegar y partir: los primeros unitarios, los británicos, los indios de la Patagonia, los había vencido a todos a través de la negociación, la maquinación y la lucha abierta.

Sin embargo, para principios de los 1850, Rosas se había quedado sin ideas. Alguna vez congratulado por sus experimentos innovadores con los saladeros, era ahora visto como parte de una generación del pasado, incapaz de un pensamiento que fuera más allá de los viejos hábitos despóticos.

Sus enemigos exiliados de Chile y Montevideo ya no eran tan jóvenes tampoco, pero tenían algo de lo que Rosas carecía, un plan integral para la modernización de la Argentina. Los hombres de 1837 deseaban construir una nación basada en inmigración europea y plena participación en la economía atlántica.

Tal plan rechazaba a la Argentina de las pampas y buscaba una identidad nacional que dejara atrás el caudillismo a favor de una democracia elitista. Aquellos grupos que los revolucionarios consideraban incapaces de asimilación dentro del nuevo orden serían empujados a las fronteras patagónicas hasta finalmente desaparecer.

Por supuesto, esta “democracia” tenía más de hegemonía porteña que de sentimiento popular, pero sus proponentes disimulaban ese hecho. El artificio estaba justificado, ya que, tal como ellos lo veían, construir la nación era idéntico a impulsar el progreso humano. Su perspectiva era parecida a la de las élites brasileñas, aunque difería significativamente de la de Carlos Antonio López.

Los revolucionarios exiliados no alentaban ilusiones sobre las provincias; los provincianos tenían sus propios intereses y los perseguirían fuera como fuera. Tal como escribió uno de ellos: “La patria, para el correntino es Corrientes; para el cordobés, Córdoba; para el tucumano, Tucumán; para el porteño, Buenos Aires; para el gaucho, el pago en que nació. La vida e intereses comunes que envuelven el sentimiento racional de la patria es una abstracción incomprensible para ellos”(16).

(16) Esteban Echeverría. “Dogma Socialista” (1846), diario “El Nacional”, Montevideo. Reimpreso en Buenos Aires (1947), p. 119. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pese a todo, los antirrosistas tenían razones para el optimismo. Aunque las condiciones sociales en el campo argentino habían cambiado poco desde la independencia, la situación política ahora ofrecía espacio para la esperanza. Brasil, Gran Bretaña, los otros Estados europeos, los liberales uruguayos y tal vez incluso los distantes paraguayos podrían unirse en una campaña contra el tirano Rosas.

Los jóvenes de la generación de 1837 esperaban prevalecer como ya maduros estadistas argentinos en los 1850 mediante el derrocamiento de Rosas y la construcción de un régimen dedicado a la virtud cívica.

Su creencia en la posibilidad de un progreso cuasiuniversal podría parecerles ingenua a los caudillos, pero para ellos constituía un sentimiento profundo. Como muchos de sus contemporáneos europeos, definían el progreso en términos nacionales, por lo cual crear un “orden progresista” significaba para ellos crear una nación.

Y el medio para lograr ese objetivo, paradójicamente, era la violencia. La guerra, de hecho, era el principal ingrediente en la transición sudamericana hacia un orden político más moderno. No la guerra en escala restringida, sino grande, la confrontación plenamente desplegada entre lo viejo y lo nuevo.

Al desear quebrar a Rosas, los revolucionarios argentinos no querían meramente reemplazarlo, querían transformar todos los aspectos de la política argentina, convirtiendo una aglomeración de débiles provincias en una sola nación.

Las élites brasileñas tenían una meta similar, aunque en su caso el esfuerzo contra Rosas y sus aliados orientales era menos una cuestión de construcción nacional que de preservación del orden político.

En cuanto al Paraguay, allí la construcción nacional tenía que ver con el antojo de un hombre todopoderoso, su esposa, hijos e hijas. Al adherirse a la cruzada contra el caudillo argentino, los miembros de la familia López marcaron su compromiso con una visión “moderna” de su país, especialmente de sus fuerzas armadas.

Al mismo tiempo, su preocupación radicaba en dogmas políticos tradicionales, el principal de los cuales era que los vecinos del país querían confiscar su territorio y esclavizar a su pueblo.

Construir la nación paraguaya, por lo tanto, no era una cuestión de preservar privilegios sociales, definir fronteras o renovar instituciones políticas. Era una cuestión de supervivencia.

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