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Las disputas en las misiones y el Chaco

Historias de viajes de principios del siglo diecinueve generalmente describían las tierras fronterizas que separaban el Paraguay de la provincia brasileña de Mato Grosso como un lugar de misterio, un agujero negro en el mapa. Las fronteras del sur del Paraguay que lo separaban de la Argentina, sin embargo, eran tan bien conocidas que habían adquirido un estatus casi legendario.

En los siglos diecisiete y dieciocho esta región, conocida como Las Misiones, había sido el hogar de decenas de miles de indios guaraníes agrupados en comunidades bajo el control jesuita. Estas reducciones, y los sacerdotes que las operaban, acicatearon la imaginación de intelectuales europeos. Incluso el escéptico Voltaire expresó su reacio respeto y le dedicó al experimento misionero jesuita todo un capítulo en su Cándido.

Los habitantes españoles en el Plata veían a los jesuitas con suspicacia y celos. Los paraguayos los envidiaban por sus sustanciales hatos de ganado, el tamaño y la eficiencia de sus operaciones de exportación y, particularmente, el fácil acceso que tenían a la mano de obra indígena.

Más allá del odio que pudieran despertar entre sus vecinos seculares, los jesuitas sabían muy bien el poder que ejercía su prédica misionera entre los guaraníes. Incluso en el escasamente poblado Chaco -localizado 200 kilómetros al oeste- las reducciones ofrecieron un modelo práctico, si no siempre exitoso, para la asimilación de los indios a la sociedad colonial.

Para principios de los 1800, todo esto era parte del pasado. La Orden jesuita hacía mucho tiempo se había retirado, expulsada por la Corona cuarenta años atrás. La inepta Administración que reemplazó a los sacerdotes en las misiones y las campañas militares de los inicios del período nacional devastaron y despoblaron la región. Los campos, alguna vez cuidadosamente cultivados, estaban ahora abandonados.

Los edificios de los pueblos, las iglesias y los depósitos se estropearon tanto que parecían ruinas de los desaparecidos mayas, sólo adecuadas para fantasmas y bandas de forajidos. Para exacerbar este decadente estado de cosas, el Paraguay y la Argentina se disputaban activamente las posesiones tanto de las misiones como del Chaco.

- Antecedentes coloniales

Los españoles dividieron los territorios jesuitas después de la expulsión de la Orden en 1767, pero algunas de esas divisiones ya estaban implícitas en la Administración de las misiones. Ordenanzas reales en 1650, 1651 y 1654 le otorgaron al gobernador del Paraguay la autoridad de nominar a los sacerdotes a cargo de las treinta comunidades a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay(1).

(1) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 56, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Poco después de que Buenos Aires fuera separada de Asunción en 1618, las autoridades seculares trazaron una tosca demarcación que ubicaba dieciocho de las treinta comunidades misioneras bajo el Obispado porteño. Las aldeas remanentes, localizadas mayormente al norte del Alto Paraná, permanecieron bajo el obispo de Asunción.

Esta demarcación -y, de hecho, la asignación de cualquier autoridad sobre la región- era esencialmente teórica; solamente el Provincial Jesuita de Tucumán ejercitaba una autoridad verdadera sobre las misiones y este no permitía entrar allí a sacerdotes seculares.

No obstante, la división proporcionó las bases para los futuros altercados territoriales. La seriedad del asunto se hizo evidente durante el siglo dieciocho, cuando autoridades civiles trataron de presionar a sus contrapartes clericales para llevar adelante delineaciones más claras. Los burócratas reales ya venían pensando en desplazar a los clérigos como los rectores de la población indígena y sus intentos de retratar a los curas como desleales pueden ser vistos en ese contexto.

En Febrero de 1724 el rey emitió una Ordenanza que mandaba a los dos obispos a resolver la cuestión jurisdiccional. Estos, subsecuentemente, seleccionaron árbitros que se reunieron en los cuarteles centrales jesuitas de Candelaria.

Acordaron partir el territorio de las misiones en base a la línea de división de las aguas. El obispo de Asunción mantendría la jurisdicción sobre el área que drenara hacia el río Paraná y el de Buenos Aires sobre el territorio cuyas aguas desembocaran en el Uruguay(2).

(2) Alfred Marbais DuGraty. “La República del Paraguay” (1862), pp. 109-111, Besançon. Impr. de José Jacquin. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Dos años después de esta decisión, la Corona ordenó la transferencia a Buenos Aires de trece misiones controladas por Paraguay. Los funcionarios reales justificaron esta medida con el argumento del peligro que corrían ante la rebelión antijesuítica de los Comuneros que en ese momento afectaba el Paraguay central. Esta transferencia de autoridad, sin embargo, tampoco clarificó la ambigüedad posterior en el estatus de las misiones.

Después de todo, las autoridades coloniales en Paraguay nunca la habían considerado más que provisoria y, de hecho, habían peticionado regularmente la restitución de las perdidas reducciones. En 1784, finalmente el virrey ordenó la partición de las comunidades misioneras y el Paraguay recibió esos trece pueblos que ya antes estaban bajo su jurisdicción(3).

(3) Alejandro Audibert. “Los límites de la antigua provincia del Paraguay” (1892), pp. 320-322, Buenos Aires. Ed. en “La Economía”, de Iustoni Hnos. y Cía. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para entonces, la Orden jesuita ya había sido expelida de los Imperios español y portugués. Su partida derivó en un período de incertidumbre aún mayor sobre las misiones. Los residentes guaraníes de los territorios gozaban de cierta protección nominal por parte de la Corona, pero los agentes seculares designados para administrar las aldeas pronto entraron en connivencia con patrones privados para explotar a los indios, a menudo en forma descarada.

Algunas comunidades fueron obligadas a abandonar la ganadería y la agricultura de subsistencia para dedicarse enteramente al cultivo de yerba mate, principalmente para el mercado porteño.

Los trabajadores indígenas recibían poca comida y trabajaban mucho más tiempo que durante la época de los jesuitas. Confrontados con enfermedades y mala alimentación, muchos indios, la mayoría varones, huyeron de la región y los que permanecieron tuvieron que soportar una carga todavía más pesada, ya que los administradores españoles trataron de compensar las pérdidas en la producción exprimiendo aún más a los guaraníes.

El resultado era predecible: el colapso de la sociedad misionera. De hecho, el propio Gobierno real había precipitado la desintegración de las comunidades al traspasar siete de las misiones más ricas a los portugueses en virtud del Tratado de Madrid de 1750(4).

(4) Jaime Cortesão. “Tratado de Madri, Antecedentes, Colonia do Sacramento” (1954), Biblioteca Nacional, Rio de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por más que los pueblos fueron restituidos siete años después (y permanecieron bajo el control español hasta 1801), la prosperidad y la estabilidad social nunca retornaron. A principios del siglo diecinueve, los españoles hicieron un esfuerzo final por resucitar las misiones y reincorporar la región a la corriente de desarrollo del Plata.

Para proteger mejor a los pocos indios que quedaban, la Corona emitió un decreto en Mayo de 1803 que retiraba del control de Buenos Aires y Asunción, respectivamente, las diez misiones que todavía existían en el río Uruguay y las trece del Paraná y las consolidaba en una provincia separada, gobernada por el teniente coronel Bernardo de Velasco y Huidobro(5).

(5) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 59, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

De acuerdo con la cédula real, Velasco y Huidobro quedaba libre para actuar “con absoluta independencia de los gobernadores de Asunción y Buenos Aires”.

La decisión de crear una nueva provincia podría haber significado una solución al litigio territorial, pero surgió una complicación: en Septiembre de 1805, la Corona recibió dos Informes del Consejo de Indias que recomendaban la unificación de las provincias de Misiones y Paraguay por razones militares. El rey accedió y dio órdenes en ese sentido. Ahora, además de su posición como gobernador de Misiones, Velasco y Huidobro recibió el nombramiento de gobernador del Paraguay.

La llegada de Velasco y Huidobro a la gobernación paraguaya representó el último acto del largo drama de los problemas de España con las misiones. En Mayo de 1810, el Cabildo de Buenos Aires proclamó la independencia de la ciudad portuaria y, por extensión, de todas las provincias del Plata, incluyendo el Paraguay. Aunque entusiastamente bienvenida por muchos porteños, esta declaración no conformó a todos en las provincias y encontró abierta hostilidad en el Nordeste.

- Las misiones en el limbo

Las élites del Paraguay apenas vacilaron antes de rechazar las pretensiones del Cabildo de Buenos Aires. Para ellas, cualquier quiebra con España tenía que resultar en un régimen más abierto que garantizara los derechos de las regiones mediterráneas. El futuro político de Sudamérica, sentían, dependía del poder compartido entre todas las provincias antes que del poder monopólico de una en particular.

Desde el punto de vista paraguayo, el tratamiento recibido por parte de Buenos Aires había sido consistentemente abusivo y predatorio. No solamente las políticas comerciales y fiscales habían siempre favorecido a la ciudad portuaria a costa del Litoral, sino que el régimen virreinal había repetidamente exigido al Paraguay contribuir con hombres y material para dudosas e infructuosas aventuras.

En 1781, Buenos Aires había reclutado a mil soldados paraguayos para defenderla ante el infundado rumor de un ataque británico. Quince años más tarde, burócratas reales en Asunción habían presionado a las élites locales para involucrarse en una costosa guerra con el Brasil portugués. En 1806, nuevamente se movilizaron soldados paraguayos, esta vez para expulsar a invasores ingleses del Estuario del Plata.

En este caso, el alistamiento de hombres fue torpemente manejado en el Paraguay. El gobernador interino ilegalmente incorporó forzosamente a la milicia a concesionarios de tabaco (“matriculados”) y las bandas enviadas al Interior para reclutarlos enfrentaron abiertas revueltas.

Dada tal atribulada historia, a los paraguayos naturalmente les inquietaban los acontecimientos de 1810 y temían que la respuesta al llamado porteño resultara una vez más en pérdidas de vidas y propiedad.

Por debajo de estas suspicacias, sin embargo, había complejas diferencias culturales que separaba a los dos pueblos y montaba un escenario para conflictos adicionales en torno a las misiones. En ese momento, el “nacionalismo” porteño era enteramente legalista: al proclamarse heredero político del Virreinato en 1810, el Cabildo de Buenos Aires reclamaba el control sobre todos los territorios y los pueblos que alguna vez habían sido gobernados por los españoles. Desde su punto de vista, todo el Plata formaba una nueva nación dirigida desde Buenos Aires.

Los paraguayos veían la “nación” como una comunidad de valores, costumbres y lengua compartidos. Todos quienes hubieran sido criados dentro del ambiente hispano-guaraní pertenecían a una “nación” paraguaya más amplia, así vivieran en Paraguay mismo, en las misiones o, incluso, en Corrientes. Como los kurdos o los vascos, los guaraní-parlantes se veían a sí mismos como parte de una comunidad diferente de otras dentro del Plata y para la cual las divisiones políticas eran una realidad para ser padecida, no celebrada.

Para el poblador de un pequeño pueblo en el Paraguay central, los habitantes de las misiones eran primos cercanos (si bien no necesariamente confiables), mientras que los de Buenos Aires eran extranjeros. Fueron estos conceptos de nacionalidad, tanto o más que las preocupaciones legales, estratégicas y comerciales, los que sustentaron la disputa territorial en las misiones.

El primer intento de Buenos Aires de convertir al Paraguay a la causa patriótica -la expedición de Belgrano en 1811- se lanzó a través de las misiones. La victoria paraguaya en esa ocasión llevó a la conclusión de que una incursión de ese tipo podía fácilmente repetirse si las misiones quedaban fuera de la órbita de Asunción. Consecuentemente, los Gobiernos paraguayos estaban determinados a mantener su control sobre la región. La partida de Belgrano del Paraguay derivó en una corta reaproximación entre los porteños y el Gobierno de Asunción(6).

(6) La derrota de Belgrano fue usada por el Gobierno de Mitre unos cincuenta años más tarde para levantar el resentimiento porteño contra el Paraguay. Juan Bautista Alberdi. “Mitre al Desnudo” (1961), pp. 12-13; 65, Buenos Aires. Ed. Coyoacán. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Buenos Aires necesitaba amigos frente a la resistencia española en Montevideo y Alto Perú. Los paraguayos, que habían derrocado a Velasco y Huidobro en Mayo de 1811, respondieron con entusiasmo. El resultado fue un Acuerdo firmado el 12 de Octubre que tácitamente reconocía la independencia del Paraguay y explícitamente la jurisdicción de Asunción sobre la mayor parte de las misiones:

“Hasta que con mayor información hayan sido establecidos los límites definitivos de ambas provincias en el Congreso General, las fronteras de esta Provincia del Paraguay permanecerán, mientras tanto, en la forma en que están en el presente.
“Consecuentemente, su Gobierno se encargará del cuidado del Departamento de Candelaria”(7).

(7) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 58, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El Acuerdo no decidía quién debía gobernar las misiones más sureñas, que abarcaban el territorio a lo largo del río Uruguay. Desde luego, las frases en el papel son un cosa, la efectiva ocupación de las misiones otra muy distinta. En este punto, los paraguayos llevaban la delantera: el área entre los ríos Alto Paraná y Uruguay se había quedado -para 1817- ampliamente despoblada debido a un flujo de varones indios en busca de trabajo hacia el sur, las sostenidas incursiones portuguesas, el incremento del bandidaje y las peleas entre correntinos, entrerrianos, orientales y, ocasionalmente, porteños(8).

(8) Los habitantes indígenas de las misiones que permanecieron, intentaron -sin mucho éxito- encontrar alguna facción que pudiera efectivamente protegerlos. “Colección de Datos y Documentos referentes a Misiones como parte integrante del Territorio de la provincia de Corrientes” (1877), volumen 1, pp. 188-202; 233-265, Corrientes (tres volúmenes); John Hoyt Williams. “The Deadly Selva: Paraguay’s Northern Indian Frontier”, en “The Americas” (Julio de 1976), Nro. 33, p. 1; 13-24; Alfredo J. Erich Poenitz. “Las Misiones Orientales después de la Administración de Chagas (el Colapso de su Sociedad. 1821-1828)”, en el “Encuentro de Geohistoria Regional” (1996), pp. 411-425, Resistencia. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Dada esta caótica situación, sólo José Gaspar Rodríguez de Francia ofrecía esperanzas de estabilidad. Como heredero de los Borbones, Rodríguez de Francia reclamaba derechos soberanos sobre las misiones y, a diferencia de los correntinos y brasileños, trabajó para establecer una presencia allí. Su temprana ocupación de Candelaria representó un evento crucial, ya que ello aseguró el comercio terrestre con São Borja, en las misiones brasileñas.

Para defender Candelaria, los hombres del dictador levantaron un muro de dos metros de alto por doce mil metros de largo en una pequeña península que entraba en el Alto Paraná. Lo construyeron con piedras extraídas de las ruinas de las misiones cercanas y lo reforzaron con barricadas y una serie de trincheras. Un considerable batallón ocupó la fortificación desde 1820 en adelante. Rodríguez de Francia la bautizó San José, pero pronto contrajo el nombre más común de Trinchera de los Paraguayos (actual emplazamiento de la Ciudad de Posadas).

En 1822, el dictador estableció otro campamento base en Tranquera de Loreto, en la orilla sur del Alto Paraná, a 80 kilómetros al oeste de Trinchera. El sitio estaba bien escogido. Justo arriba de los Saltos de Apipé, Tranquera se erigía en el punto más angosto de tierra seca entre el río y la laguna Yberá, un vasto pantano localizado directamente al sur.

Los jesuitas habían dejado una serie de defensas en ese sector que Rodríguez de Francia visiblemente amplió y extendió. Durante las aguas altas, podían abrirse para unir la Laguna Yberá con el Alto Paraná, lo que creaba una barrera para cualquier fuerza militar que viniera desde el Oeste(9).

(9) Norberto Ortellado a Rodríguez de Francia, Itapúa, 16 de Noviembre de 1822, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 235, Nro. 12; Victor Martín de Moussy, “Description Geographique et Statistique de Confédération Argentine” (1860-1864), volumen 3, pp. 693, París (tres volúmenes). Tranquera permaneció bajo ocupación militar paraguaya hasta los 1860. José Zacarías Méndez al Comandante de Concepción, Tranquera, 10 de Agosto de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 3.069. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Debido a que estas fortificaciones por sí solas eran insuficientes para dominar las áreas disputadas en las misiones, Rodríguez de Francia envió su pequeña fuerza de caballería a patrullar la zona y escoltar las caravanas mercantes desde y hacia São Borja. Un reducido destacamento estacionado en las ruinas de Candelaria suministraba hombres para puestos temporales de Guardia en Santo Tomás, San Carlos y, periódicamente, Santo Tomé.

Por más que ninguna de estas medidas aseguraba el control paraguayo, sí facilitaban el comercio; con su Gobierno -crónicamente necesitado de papel, equipos y municiones- eso era suficiente para el doctor Rodríguez de Francia(10).

(10) Thomas L. Whigham. “The Back-Door Approach: The Alto Uruguay and Paraguayan Trade. 1810-1830” (1990), pp. 45-67, en la “Revista de Historia de América” Nro. 109 (Enero-Junio de 1990), pp. 45-67, Ciudad de México. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Periódicamente ocurrían escaramuzas. En 1821, tropas paraguayas atacaron el campamento de Aimé Bonpland, un botánico francés, colega de Alexander von Humboldt, que había ido a las misiones a estudiar la planta de yerba mate. Bonpland cometió el error de asociarse abiertamente con Francisco Ramírez, el líder gaucho que entonces controlaba Corrientes y de quien Rodríguez de Francia sospechaba quería extender tal control sobre las misiones en litigio.

Como resultado, el dictador ordenó a sus tropas destruir el campamento de Bonpland en Santa Ana y arrestar al desafortunado francés, quien quedó prisionero de los paraguayos por nueve años(11).

(11) Philippe Foucault. “El pescador de orquídeas: Aimé Bonpland. 1773/1858” (1994), Buenos Aires. Emecé Editores. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Abiertas las hostilidades, éstas estallaron a principios de los 1830, aproximadamente al mismo tiempo que circularon rumores de un plan de la dirigencia porteña de vender los territorios de las misiones a especuladores inmobiliarios británicos.

El doctor Rodríguez de Francia no dejó dudas sobre su postura acerca de las pretendidas transferencias. Les escribió a sus Comandantes que las tierras entre los ríos Aguapey y Uruguay pertenecen al Paraguay y no a Buenos Aires y remarcaba que ésta -en los últimos veinte años- ni siquiera había pensado en ellas.

Acusaba a Buenos Aires de conspirar para apropiarse de este territorio y fingir su venta a “estos ingleses” con el fin de impedir y cortar el comercio brasileño con el Paraguay, “que los ha perjudicado y que envidian”(12).

(12) Rodríguez de Francia al Comandante de Itapúa, Asunción, 22 de Diciembre de 1831, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 241; Rodríguez de Francia al Comandante de Concepción, Asunción, 18 de Agosto de 1832, Archivo Nacional de Asunción, Sector Nueva Encuadernación, 3.412. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque los colonizadores británicos nunca aparecieron en la escena, el incidente exacerbó la ansiedad paraguaya. Entretanto, el Gobierno provincial de Corrientes había concretado un Tratado con el Consejo Municipal de La Cruz, un pequeño puerto en el río Alto Uruguay, que puso al pueblo bajo directa autoridad correntina(13).

(13) “Tratado de La Cruz”, 28 de Mayo de 1830, en el Archivo Histórico y Administrativo de Entre Ríos, Sección Gobierno, serie 3, carpeta 1, 9, Nros. 70-71. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Si bien el apoderamiento de La Cruz podría haber sido visto como el primer paso de alguna envolvente maniobra hacia el sur, el doctor Rodríguez de Francia mostró una considerable prudencia. Nada en La Cruz tenía algo de relevancia alguna para el comercio con São Borja, por lo que el dictador ofreció vender el puerto a Corrientes junto con todas las tierras al sur de Yapeyú(14).

(14) Rodríguez de Francia al delegado de Pilar, Asunción, 11 de Agosto de 1832, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 241. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El gobernador correntino, Pedro Ferré, sin embargo, rechazó la oferta, por considerarla una pantalla de la expansión paraguaya. Corrientes -creía el gobernador- había sufrido demasiado a menudo la agresión paraguaya en el pasado reciente, no sólo en las misiones, sino también en la Isla de Apipé y en el área de Curupayty, justo al norte de la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay(15). Ferré ordenó a sus milicias atacar los fortines paraguayos en Misiones y resolver la cuestión de una vez por todas(16).

(15) La densamente boscosa Isla de Apipé, estratégicamente localizada al oeste de Tranquera de Loreto en el Alto Paraná, había sido disputada desde los tiempos coloniales, cuando tanto Asunción como Corrientes reclamaron el derecho de emitir licencias para la explotación maderera en el lugar. Las Actas Capitulares de Corrientes aluden a muchas expediciones allí en busca de madera. Archivo General de la Provincia de Corrientes, Actas Capitulares 23 (1760-69), 25 (1776-1782) y 27 (1790-1799); Alberto Rivera. “Contribuciones a la Historia de la Isla de Apipé”, en la “Revista de la Junta de Historia de Corrientes” (1976), Nro. 7, pp. 79-104. Con referencia a la disputa de Curupayty, ver: “Auto de Joaquín de Alós”, Asunción, 20 de Abril de 1789, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco, I-29, 35, 53; [¿José Falcón?]. “Memoria Documentada de los Territorios que pertenecen a la República del Paraguay”, Asunción, 29 de Febrero de 1872, Manuel Gondra Collection, Universidad de Texas, Austin, 64; y Belisario Saraiva. “Memoria sobre los Límites entre la Argentina y el Paraguay” (1867), Buenos Aires.
(16) Marco Tulio Centeno. “San Juan de Hormiguero: Crónica de su Origen y Desarrollo (Antecedentes de la Refundación de Santo Tomé (Corrientes)”, Primer Encuentro de Geohistoria Regional: Exposiciones (1980), pp. 98-103; John Hoyt Williams. “La guerra no declarada entre el Paraguay y Corrientes”, Estudios Paraguayos 1:1 (Noviembre de 1973), pp. 35-43. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Esta guerra no declarada de 1832-1834 nunca escaló más allá de unas pocas refriegas menores. Ferré esperaba exagerar la amenaza paraguaya y obtener concesiones políticas y ayuda material de las provincias del sur(17).

(17) En una carta al gobernador de Santa Fe, Pedro Ferré acentuó el pernicioso efecto de la conexión paraguaya con São Borja “a través de la cual pasan todas las noticias de nuestros asuntos políticos y a través de la cual Francia obtiene toda clase de armas y municiones (...). Esto puede solamente significar que el Dictador piensa en grande, que quiere aprovecharse de nuestras rencillas internas”. Ferré a Domingo Cullen, Corrientes, 1 de Septiembre de 1832, en: Pedro Ferré. “Memorias del Brigadier General Pedro Ferré” (1921), volumen 1, pp. 422-423, Buenos Aires (dos volúmenes). Ed. Coni Hnos. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los acontecimientos luego terminaron demostrando que la resistencia paraguaya era poco efectiva. Tras una breve campaña, los correntinos ocuparon Tranquera de Loreto y Candelaria en Septiembre de 1832. No obstante, sólo pudieron mantener las misiones por menos de dos años. Durante ese tiempo, Ferré intentó consolidar el control económico de la región: estableció una industria oficial de yerba mate cerca de las ruinas jesuíticas e invitó a todos los ciudadanos interesados en participar del emprendimiento(18).

(18) Decreto de Pedro Ferré, Corrientes, 9 de Octubre de 1832, en el “Registro Oficial de la Provincia de Corrientes” (1929-1931), volumen 3, pp. 103-104, Corrientes (ocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

También estableció una Oficina de Aduanas para cobrar impuestos a los comerciantes brasileños que viajaban al Paraguay a través de las misiones desde São Borja(19).

(19) Thomas L. Whigham. “The Back-Door Approach: The Alto Uruguay and Paraguayan Trade. 1810-1830” (1990), p. 58, en la “Revista de Historia de América” Nro. 109 (Enero-Junio de 1990), pp. 45-67, Ciudad de México. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero, a pesar de la entusiasta retórica de sus vecinos del sur, Ferré prácticamente no recibió apoyo alguno para su ocupación de Candelaria. Era sólo una cuestión de tiempo antes de que una fuerza expedicionaria de contraofensiva volviera a cruzar a las misiones. Para mediados de 1834 los correntinos ya habían cedido la mayor parte de sus recientes conquistas, incluyendo Santo Tomé y el pequeño puerto de El Hormiguero (aunque retuvieron el control sobre La Cruz).

Los paraguayos restablecieron un cordón alrededor de su ruta comercial a São Borja y la reyerta llegó a su fin. Los intercambios comerciales con los mercaderes brasileños pronto se restituyeron y florecieron hasta principios de los 1850.

- La opción riograndense

Mientras el doctor Rodríguez de Francia se quejaba de las intrusiones de “ese salvaje ladrón, el carpintero Ferré”, había problemas que estaban fermentando en el otro extremo de la cadena comercial, en Rio Grande do Sul(20).

(20) Rodríguez de Francia al delegado de Itapúa, Asunción, 7 de Agosto de 1834, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico, 242. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil no había hecho nuevas reclamaciones sobre las misiones desde los tiempos de la Guerra da Cisplatina, optando en cambio por desarrollar relaciones amistosas con el dictador paraguayo. No había nada desinteresado en esa postura.

El Brasil había ya obtenido la mayor parte de lo que pretendía en las misiones gracias a los portugueses, quienes en 1801 habían ocupado las antiguas estancias jesuitas al este del río Uruguay. Reunir a potenciales aliados contra Buenos Aires era mucho más importante en los 1830 que forzar reclamos cuestionables sobre tierras esencialmente desiertas.

El Gobierno imperial, por tanto, no hizo nada para desalentar los lazos comerciales del Paraguay con São Borja. Al formular una política sobre Rodríguez de Francia -y sobre todos los regímenes del Plata- a los diplomáticos en Río de Janeiro, se les pasó por alto que los intereses de los riograndenses raramente coincidían con los del Imperio.

Mientras el Gobierno imperial mostraba entusiasmo por contrarrestar las pretensiones de Buenos Aires y por desarrollar buenas relaciones con Paraguay, repetidamente posponía legislación favorable para sus propios fazendeiros en el sur. Esto llevó a la Rebelión de los Farapos, que duró diez años. Y aunque las revueltas secesionistas se centraron en las zonas ganaderas cercanas a la frontera uruguaya, también tuvieron profundos efectos en las misiones.

Un efecto fue demográfico. Muchos de los que escaparon de los combates en Rio Grande do Sul cruzaron el río Uruguay a buscar refugio en territorios correntinos y paraguayos. Estos refugiados, que incluían indios y esclavos fugados, se convirtieron en nuevos habitantes de un área despoblada. También muchos mercaderes se unieron al éxodo hacia la margen derecha del río, donde abrieron negocios y esperaron que las luchas se diluyeran.

São Borja cayó en manos de los farrapos en 1835 y permaneció bajo su autoridad por casi una década, lo que no implicó la exclusión del pueblo del escenario de la guerra, debido a que fuerzas guerrilleras continuaron abrazando la causa del emperador a lo largo del río Uruguay.

Frecuentemente ocurría que tropas de caballería cruzaban el río para perseguir a las tropas enemigas, lo que era un factor adicional de conflicto con los correntinos y los paraguayos. Sorprendentemente, la rebelión no quebrantó el comercio que se había desarrollado en las misiones porque todas las partes estaban interesadas en que el mismo continuase.

Para los farrapos, el comercio con paraguayos y correntinos les generaba ingresos de gran utilidad para construir su república, así como importaciones regulares de yerba, tabaco y, lo más importante, caballos y mulas para sus luchas armadas.

Monturas para la caballería rebelde eran esenciales. Como puntualizó un diputado paulista: “Los rebeldes tienen 12.000 caballos y 12.000 caballos representan casi 12.000 hombres (dado el terreno y las distancias en juego); el que tenga más tropillas de caballos ganará”(21).

(21) “Jornal do Commercio” (Rio de Janeiro), 27 de Julio de 1841. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cuando la adquisición de caballos por medios legales se volvía problemática, las tropas de un bando y del otro saqueaban áreas controladas por los correntinos en las misiones y se llevaban lo que necesitaban. Después de una de estas incursiones, el gobernador de Corrientes reclamó ante al Comandante imperial en nombre de los estancieros de Santo Tomé y La Cruz, quienes se quejaban de sustanciales pérdidas de sus stocks(22).

(22) Joaquín de Madariaga al barón de Caxias, Corrientes, 1 de Octubre de 1844, en el Archivo General de la Provincia de Corrientes, Expedientes Administrativos, Año 1.844, Legajo 71. Incursiones similares se realizaron contra refugiados que vivían bajo protección paraguaya. Ver: Miguel Ferreira de Sampayo a José Gabriel Valle, Itapúa, 6 de Mayo de 1842, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico, 247. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La Rebelión de los Farrapos hizo poco por resolver las pendencias territoriales sobre las misiones, pero probó que tanto los paraguayos como sus vecinos del sur tenían mucho por ganar con la paz. Lo mismo les probó a los brasileños, un hecho que se volvió crecientemente obvio luego de que los exhaustos rebeldes depusieran sus armas en Febrero de 1845.

- Las misiones en los 1840

El doctor Rodríguez de Francia había mantenido a los farrapos -y a todos los otros pretendientes- a distancia de armas, pero su muerte en Septiembre de 1840 hizo posible nuevas realidades políticas en todo el Plata. Un aviso de los cambios que se avecinaban había tenido lugar un año antes, cuando la provincia de Corrientes se levantó en rebelión contra el Gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Si los correntinos querían derrotar al Restaurador de las Leyes, necesitaban aliados, ya fueran farrapos, imperialistas o paraguayos. Rosas hacía tiempo había descartado la amenaza de una alianza entre Paraguay y sus enemigos del Litoral. La bien conocida política de Rodríguez de Francia de no interferencia en los asuntos argentinos había satisfecho los intereses regionales del gobernador de Buenos Aires por muchos años.

No había una razón aparente que hiciera pensar que el Paraguay se lanzaría a la refriega ahora que Rodríguez de Francia ya no estaba. Pero la situación había cambiado mucho más de lo que Rosas imaginaba.

El nuevo Gobierno consular de Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso se veía como una fuerza de modernización dispuesta a abandonar la vieja política aislacionista. Este era solo el primer paso para intentar dejar atrás la imagen de -Japón mediterráneo- que Rodríguez de Francia había cimentado tan cuidadosamente y que había costado tanto en términos de prosperidad económica.

Con esa idea, los Cónsules se lanzaron toscamente hacia una diplomacia más robusta y abrieron negociaciones con el Gobierno insurgente en Corrientes. El 31 de Julio de 1841, los Cónsules estamparon sus firmas en un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con los correntinos y el mismo día ambas partes firmaron un Acuerdo Provisional de Límites que establecía claras demarcaciones en las misiones. El Paraguay recibió todas las tierras al norte del río Aguapey, mientras Corrientes se quedó con el control de la isla de Apipé y de los pueblos del río Uruguay.

Los vados ribereños de Itatí, Yabebirí e Itapúa -todos sobre el Alto Paraná- fueron abiertos al comercio correntino, lo mismo que Pilar, sobre el río Paraguay. En reconocimiento de la unidad lingüística y cultural de los dos pueblos, el Tratado declaró que “los hijos de ambos Estados serán considerados nativos de uno y de otro (...) con el libre uso de sus derechos”(23).

(23) Tratado de Límites, Asunción, 31 de Julio de 1841, en el Archivo Nacional de Asunción, Sector Histórico, 245. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Un problema serio de los Tratados era que dependían de la viabilidad sostenida del régimen de Ferré. En Diciembre de 1842 -sin embargo- los correntinos y sus aliados uruguayos sufrieron una importante derrota en Entre Ríos. Los rosistas en consecuencia avanzaron sobre Corrientes y pronto tomaron toda la provincia. Ferré huyó con los restos de su Ejército, pasando a través del Paraguay en su camino al exilio en Rio Grande do Sul. Todo esto dejó a López con una frontera incluso menos segura que antes(24).

(24) Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-29), tomo 2, pp. 83-84, Buenos Aires ( dos volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los Tratados de 1841-1842 tuvieron pocos efectos de largo plazo sobre el litigio de las tierras de las misiones. La letra del Acuerdo de Límites efectivamente sugería una disposición del Paraguay a conformarse con los trece pueblos que había administrado hasta antes de 1803(25).

(25) Los términos del Tratado de Límites de 1841 podrían haber tenido que ver con el hecho de que observadores europeos incluyeron mapas que indicaban esta partición como si fuera definitiva. Alfred Marbais Du Graty. “La Republique du Paraguay” (1862), Besançon. Impr. de José Jacquin // Anexo: Benjamin Poucel. “Le Paraguay Moderne et l’interet général du commerce fondé sur les lois de la géographie et sur les enseignements de l’histoire de la statistique et d’une saine économie politique” (1867), Marsella. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero en el caótico ambiente de los 1840, nada era seguro. La toma rosista del Gobierno correntino duró solamente unos pocos meses y pronto la provincia estaba una vez más en guerra.

Entre 1841 y 1845, Corrientes tuvo cinco Gobiernos diferentes, ninguno de los cuales pudo mantener la paz. En una oportunidad, incluso, enviados farrapos firmaron una Convención secreta con los correntinos que obligaba a las dos partes a aplastar el contrabando en las misiones y desarmar y expulsar a los enemigos mutuos(26).

(26) Este documento es conocido solamente en su versión riograndense, dado que ninguna copia ha salido a la luz todavía en Corrientes. Ver: “Convenção Secreta de Amizade”, Corrientes, 29 de Enero de 1842, en el Arquivo Histórico do Rio Grande do Sul, Arquivo Alfredo Ferreira Rodrigues, Caixa 312, Nro. 17. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tras el colapso de los farrapos en 1845, el ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil retornó a su política previa de tratar de socavar a Rosas en las provincias del Litoral del Plata. Con ese objetivo, oficiales imperiales asiduamente cortejaron a aliados potenciales en la región y pronto identificaron a Joaquín Madariaga -el nuevo gobernador de Corrientes- como una figura clave en el campamento antirrosista y como alguien que necesitaría su ayuda.

La posición de Madariaga estaba lejos de ser envidiable. Los rosistas locales ya tenían el vértice sudeste de su provincia y se alineaban con el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza, que mantenía una imponente fuerza de caballería en las inmediaciones.

En respuesta, los distintos líderes antirrosistas en el Plata lanzaron una ofensiva en Corrientes en completa connivencia con el Gobierno imperial y enviaron al general unitario José María Paz a asumir el comando de sus fuerzas en la provincia.

López, quien para entonces ya se había convertido en presidente del Paraguay, también quería adherirse a esta campaña. Los antirrosistas, hasta donde él sabía, todavía respetaban los límites previos y los compromisos comerciales asumidos por Ferré. En todo caso, la alternativa -una Corrientes rosista- debía ser evitada a cualquier costo. En consecuencia, López despachó un Ejército de varios miles de hombres al otro lado del Alto Paraná.

Al frente de sus fuerzas estaba su hijo de dieciocho años, brigadier general Francisco Solano López. Esta fue la primera incursión importante del joven López en la política del Plata.

Era significativo que entrara a escena como militar, lleno de expectativas de glorias en el campo de batalla, ataviado con impecable uniforme. Su padre se mantenía cauto sobre las capacidades de su hijo y ansioso de limitar el compromiso paraguayo a la oposición a Rosas. Impartió elaboradas instrucciones al inexperto general acerca de cuándo observar, cuándo atacar y cuándo retirarse(27).

(27) Instrucciones de Carlos Antonio López, 9 de Diciembre de 1845, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 272, Nro. 22 (y en Juan Silvano Godoi Collection, Universidad de California, Riverside, Caja 5, Carpeta 7). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

También lo hizo acompañar por oficiales experimentados que pudieran ofrecerle apropiado consejo en posiciones claves de la fuerza. Las tropas del joven comandante le resultaron irremediablemente ineptas al general Paz, quien había tenido la oportunidad de verlas en su desembarco en Corrientes:

“Era una masa informe -recordó luego- sin instrucción, sin arreglo, sin disciplina e ignorando hasta los primeros rudimentos de la guerra (...). (Su) infantería era tan rústica que no sabía cómo cargar o disparar sus armas”.

En cuanto a su caballería, no tenía oficiales competentes y “estaba toscamente montada (...) no porque no se le hubiera proporcionado caballos, sino porque no los cuidaban y los agotaba en unos pocos días”(28).

(28) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, pp. 140-144. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Al final, los rosistas decidieron la cuestión antes de que las tropas paraguayas entraran en acción, cuando la caballería de Urquiza destrozó a la de Paz en Marzo de 1845. Solano López sabiamente eligió retirarse a través del Paraná sin haber disparado un solo tiro. Paz lo siguió poco después. Como Ferré antes que él, el general permaneció brevemente en el Paraguay antes de trasladarse a la seguridad del territorio brasileño.

Con Corrientes en manos de los rosistas, Carlos Antonio López tenía razones para temer un ataque desde el sur. Su posicionamiento en las misiones se presentaba precario y no se podía permitir el lujo de permanecer inactivo. En 1849, igual que lo había hecho Rodríguez de Francia años atrás, tomó medidas para asegurar la soberanía paraguaya sobre las misiones despachando una columna de mil hombres de infantería, seiscientos de caballería y una unidad de artillería comandada por el oficial húngaro Franz Wisner von Morgenstern.

Esta fuerza llegó a la zona en Junio con la instrucción de López de asegurar todo el territorio hasta el río Uruguay y luego, de ser posible, comprar dos mil mosquetes de las autoridades brasileñas(29).

(29) López a Wisner, Asunción, 13 de Enero de 1849, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 286. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El 4 de Julio de 1849 cayó El Hormiguero. Wisner inmediatamente notificó al agregado comercial austriaco en Rio de Janeiro que este puerto estaba ahora en manos paraguayas y que había interés de comerciar. Hizo notar que los mercaderes del Imperio austríaco que quisieran participar estarían exceptuados de todo impuesto, debido a que el emperador Franz Joseph había recientemente recomendado el reconocimiento de la independencia paraguaya.

Esta misiva no solamente mostraba la aspiración de Wisner de ganar prestigio entre sus pares austríacos, sino también que el interés paraguayo en las misiones ahora se concentraba estrechamente en la necesidad de un lazo comercial con la economía atlántica(30).

(30) Wisner a Hipólito Sonnleitheur, El Hormiguero, 8 de Julio de 1849, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1.449. Aspectos de la invasión militar de 1849 están resumidos en el periódico “El Paraguayo Independiente”, Asunción, 13 de Octubre de 1849. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

López quería que la expedición mantuviera abiertas las líneas de comercio entre Itapúa (llamada Encarnación después de 1846) y São Borja en todo momento. Los brasileños, por su parte, no tenían interés en ese tiempo de abandonar la apariencia de estricta neutralidad en las variadas disputas del Plata(31).

(31) [¿Francisco Solano López?] al coronel Basilio Antonio Ojeda, Paso de la Patria, 15 de Septiembre de 1849, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1.003. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El comercio abierto pretendido por los paraguayos, por lo tanto, recibió poco aliento oficial desde el lado brasileño del río. Wisner permaneció en el área sólo lo suficiente como para conducir unos pocos ataques contra los correntinos y sus aliados entrerrianos.

Estos movimientos probaron ser inefectivos y para principios de 1850 los paraguayos retornaron a Tranquera y sólo realizaron ocasionales asaltos a los correntinos los dos años siguientes. López pronto llegó a la conclusión de que el potencial del comercio con São Borja no valía el riesgo de una confrontación militar, aun cuando quisiera importar armamentos del Brasil.

Finalmente retuvo Trinchera y Tranquera de Loreto, pero menos por razones comerciales que estratégicas -no quería ver una segunda expedición de Belgrano contra su país a través de las misiones-.

La incursión paraguaya de 1849 significó -para todo propósito práctico- el fin del intercambio con São Borja. Irónicamente, resultó en tal asolamiento que cualquier revitalización del viejo comercio habría sido difícil. En su retirada, los paraguayos destruían todo lo que no podían transportar. Incendiaron El Hormiguero, los hombres de Wisner confiscaron el ganado del distrito de Santo Tomé -unos once mil animales en total- y lo llevaron al Paraguay(32).

(32) La cifra de once mil animales deriva de un Censo ganadero realizado más temprano ese año. Ver: Informe de Pedro Virasoro, Santo Tomé, 9 de Junio de 1849, en el Archivo General de la Provincia de Corrientes, Expedientes Administrativos, Año 1849, Legajo 102. Sobre la destrucción general de los asentamientos sobre el río Uruguay, ver: Marco Tulio Centeno. “San Juan de Hormiguero (Crónica de su Origen y Desarrollo. Antecedentes de la Refundación de Santo Tomé, Corrientes” (1980), pp. 159-162. Primer Encuentro de Geohistoria Regional: Exposiciones (1980), pp. 98-103, Resistencia, Chaco // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tales acciones, de las más severas que había sufrido la región, señalaban que los paraguayos no tenían intenciones de volver.

- Los Acuerdos de 1852

La caída de Juan Manuel de Rosas trajo aparejados cambios fundamentales en las relaciones entre la Argentina y el Paraguay. Carlos Antonio López había ofrecido apoyo a la Alianza que derrocó al Restaurador y esperaba obtener su recompensa por su cooperación. No tuvo que esperar mucho.

El 17 de Julio de 1852, la nueva Confederación Argentina oficialmente reconoció la independencia del Paraguay y su derecho a la libre navegación. Dos días antes, funcionarios de los dos Gobiernos firmaron un Tratado que cuidadosamente definía los límites comunes.

El artículo 1 de este Tratado estableció el río Alto Paraná -desde las Cataratas del Iguazú (en el comienzo del territorio brasileño) hasta la Isla de Atajó (Cerritos) en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay- como el límite entre el Paraguay y la Confederación. De un golpe, el Paraguay renunciaba a sus pretensiones sobre toda el área alguna vez cubierta por las trece misiones en disputa(33).

(33) Al mismo tiempo, el nuevo Gobierno argentino renunció a sus reivindicaciones sobre las misiones del Este como parte del precio por la ayuda para derrocar a Rosas; pequeñas pérdidas de estos territorios ya habían sido incorporados a la provincia brasileña de Rio Grande do Sul. Héctor B. Petrocelli. “Las Misiones Originales (Parte del Precio que Pagó Urquiza para Derrocar a Rosas” (1995), pp. 117-125, Buenos Aires. Ver también Liliana Brezzo. “La Argentina y el Paraguay. 1852-1860” (1997), pp. 68-69, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La disposición de Carlos Antonio López de desistir de una enorme extensión de tierra contrastaba agudamente con su política pasada y revelaba más acerca de sus relaciones con el Brasil que con los argentinos. La cuestión de quién era el dueño de los territorios entre los ríos Apa y Blanco preocupaba ampliamente a Asunción en ese tiempo.

El presidente paraguayo evidentemente pensaba que un conflicto serio con el Brasil era más probable que con la Argentina. Ya que la ruta Itapúa-São Borja había perdido su razón de ser con la apertura del Paraná, podía permitirse hacer compromisos en torno a las misiones.

De esta forma, a cambio de una nebulosa muestra de apoyo por parte de la Argentina y contra las pretensiones de los brasileños, renunció a una inmensa porción de las misiones, un territorio cuyo valor potencial era muchas veces mayor del que hubiera podido esperar obtener en su frontera norteña con Mato Grosso. Todo parecía listo para la transferencia del territorio a la Confederación cuando, a último momento, el Congreso argentino rechazó el Tratado debido a cláusulas relativas al Gran Chaco, cientos de kilómetros al oeste.

- La Cuestión del Chaco

De todas las solitarias y aisladas regiones de la Sudamérica española, con seguridad el Gran Chaco era la menos conocida. Una enorme planicie cubierta por pantanos, chaparrales y montes espinosos se extendía hacia el oeste desde la margen derecha del río Paraguay hasta las estribaciones de los Andes, un total de 650.000 kilómetros cuadrados de tierra salvaje.

Si la región hubiera sido nada más que un lugar de inusual fauna y desolados paisajes, los españoles la habrían simplemente ignorado, como lo hicieron con la Patagonia, Arizona o la Alta California.

La sola mención de la palabra Chaco llenaba de terror a los españoles, ya que era el hogar de muchos grupos de temidos indios, incluyendo los guaycurúes, tobas y mocovíes. Como escribió un fracasado misionero de la región en el siglo dieciocho, “los españoles lo consideran (al Gran Chaco) el teatro de la miseria; los bárbaros, en cambio, su Palestina, sus campos Elíseos”(34).

(34) Martín Dobrizhoffer. “Historia de los Abipones” (1967-1970), tomo 1, p. 221, Resistencia (tres volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los asaltos indígenas desde el Chaco presentaban un casi constante recordatorio a los colonos españoles en Paraguay de la inseguridad de su posición. En varias ocasiones durante el período colonial, saqueadores guaycurúes habían atacado la propia Asunción. Para mantener a los indios a raya, los paraguayos estaban constantemente bajo armas y organizaban a su vez contraofensivas punitivas.

Una forma más efectiva de prevenir las incursiones fue obvia para las autoridades coloniales ya desde el principio, pero solamente a finales de los 1700 construyeron puestos militares permanentes en el Chaco. El establecimiento de estos fortines fundamentó la reivindicación que los paraguayos habían hecho sobre el Chaco por muchos años.

Una Ordenanza real de 1618 había asignado al obispo de Asunción todos los territorios chaqueños al norte del río Bermejo. Las tierras del sur, incluyendo las zonas aledañas al pueblo de Santa Fe, fueron adjudicadas a las autoridades eclesiásticas de Buenos Aires.

Esto teóricamente dejaba tres cuartos del Chaco bajo la jurisdicción paraguaya aunque, en la práctica, el Gran Chaco siguió siendo el dominio de los indios, excepto por las ocasionales incursiones militares de represalia y algunos frustrados esfuerzos misioneros.

En 1792, el virrey ordenó la construcción de un Fuerte en el lado chaqueño del río Paraguay para vigilar la expansión de los portugueses en Mato Grosso y, de ser factible, desalentar los ataques indígenas desde el oeste. Estos objetivos podían ser mejor materializados situando un puesto lo más río arriba posible.

Los paraguayos por tanto establecieron Borbón, que controlaba la margen derecha del río hasta Bahía Negra, dentro de un rango de fácil ataque a los asentamientos portugueses.

De este tiempo en adelante, Fuerte Borbón (u Olimpo) estuvo casi continuamente poblado, parcialmente con convictos y descontentos y parcialmente por tropas de guarnición. Después de la independencia, Borbón continuó allí como un emblema de la autoridad de Asunción en el Chaco.

Adicionalmente, el doctor Rodríguez de Francia consideró que este simple puesto era insuficiente y en consecuencia estableció fortines en Santa Elena, Montecarlo, Peña Hermosa y hasta mucho más lejos hacia el sur, en Formosa y Orange. Aunque pequeñas, estas instalaciones eran más que simples puestos de Guardia contra los tobas y los mocovíes. Aun en esas remotas comarcas, el dictador pretendía que cada vecino respetara la soberanía paraguaya.

En Agosto de 1826, la soberanía sobre el Gran Chaco fue puesta a prueba cuando una embarcación fluvial con 25 hombres a bordo apareció en la boca del Bermejo. El barco tenía por capitán a un francés, Paul Soria, con una comisión de una asociación de empresarios porteños para mapear el río desde su naciente -en la provincia de Salta- hasta su confluencia con el Paraguay. Si el río probaba ser navegable, entonces podría servir para unir a las provincias del Interior de la Argentina con las del Litoral. Tal proyecto chocaba contra las pretensiones territoriales paraguayas en el Chaco.

Los piquetes de Rodríguez de Francia en la orilla opuesta tenían órdenes directas de detener a cualquiera que intentara entrar en el país, por lo que prontamente arrestaron a la tripulación de salteños y los enviaron al norte, a Concepción. Rodríguez de Francia los mantuvo prisioneros por cinco años antes de expulsarlos, más o menos al mismo tiempo que lo hizo con Bonpland(35).

(35) La correspondencia concerniente a la expedición de Soria por el Bermejo y el destino de los hombres que lo acompañaban puede ser hallada en en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco, I-29, 34, 20, Nro. 1-17; de su tiempo en Paraguay, los notables relatos del italiano Nicòla Descalzi, cuyo diario manuscrito puede ser encontrado en el Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Sala VII, Cuerpo 17, Armario 6, Nro. 1, Doc. 80. En J. Anthony King. “Twenty Four Years in the Argentine Republic” (1846), Nueva York. Ed D. Appleton & Co, se encuentra un relato paralelo por parte del inglés Lucas Crecer. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los puntos de avanzada que estableció Rodríguez de Francia en el Chaco estuvieron en su sitio por más de cuarenta años. Con la excepción de Borbón, consistían en reductos precarios de troncos clavados en la tierra, unidos con tacuaras, rellenados con arcilla o lodo y cubiertos de paja. Cada uno tenía una torreta de unos veinte metros de alto, abierta a los costados.

Estas plataformas comandaban una extensa vista del río. Usando disparos o trompetas de cuerno (turu) como señales, las tropas podían alertar a los piquetes de guardia en el lado opuesto del río.

Carlos Antonio López al principio tuvo poca inclinación a cambiar la política de Rodríguez de Francia en el Chaco, pero se preocupaba por proteger la frontera sur del Paraguay. A medida que disminuía la amenaza de parte de los indios, aumentaba crecientemente la propensión a ocuparse de la amenaza argentina. López suplantó los piquetes de Francia en la margen izquierda del río Paraguay por una apretada cadena de puestos fortificados que se extendía desde Asunción hacia el sur, hasta debajo de Humaitá.

El Tratado del 15 de Julio de 1852, que estableció los límites entre el Paraguay y la Confederación Argentina en las misiones, también implícitamente reconocía la soberanía paraguaya sobre todos los territorios del Chaco al norte del río Bermejo. En su artículo 4 se estableció que el río Paraguay pertenecía de orilla a orilla en absoluta soberanía a la República del Paraguay hasta su conjunción con el Paraná. El artículo 5 subrayaba que la navegación del Bermejo era completamente común a ambos Estados(36).

(36) “Tratado de Límites”, Asunción, 15 de Julio de 1852, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco, I-30, 6, 34. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El Tratado fue más allá al asentar en su artículo 6 una demanda paraguaya que estaba llamada a causar fricción. Señaló que la ribera desde la boca del Bermejo hasta el río Atajó es territorio neutral hasta la profundidad de una legua; y agregó que, por consentimiento mutuo, las altas partes contratantes no podrían erigir allí campos militares o puestos policiales ni siquiera con el propósito de observar a los indios que habitaban la costa(37).

(37) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 63, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Carlos Antonio López había insistido en la inclusión de esta cláusula como necesaria para la defensa nacional. El propuesto territorio neutral dominaba una amplia vista del sitio sobre la margen izquierda del río Paraguay que pronto ocuparía la fortaleza de Humaitá. El Gobierno paraguayo ya entonces valoraba esta zona como estratégica y estaba ansioso por consolidar su posición en el lugar.

Aunque los paraguayos habían por mucho tiempo considerado el Bermejo como la línea divisoria en el Chaco, algunos en Buenos Aires argumentaban que el límite correcto era el río Pilcomayo, mucho más al norte. Por más que hubiera muy poca justificación histórica para sostener tal posición, López sabía que los argentinos lo presionarían en este punto.

La inserción de la cláusula de neutralización hacía más definitivo el reconocimiento de la línea del Bermejo, ya que si la Argentina pretendía luego reivindicar el Pilcomayo, le sería imposible evadir la letra del artículo 6.

De hecho, el Congreso argentino se rehusó a ratificar el Tratado precisamente debido a este artículo. Por su parte, Carlos Antonio López lo ratificó inmediatamente y esperó impacientemente la aceptación argentina. Tres años más tarde, la Confederación oficialmente rechazó el Tratado y Justo José de Urquiza nombró al general Tomás Guido para negociar un nuevo acuerdo. Cuando joven, Guido había sido un confidente cercano de José de San Martín y más tarde había actuado como agente de Rosas en la Corte brasileña de Rio de Janeiro. Tenía reputación de ser un duro negociador de quien los paraguayos podían esperar poca flexibilidad.

Una serie de notas diplomáticas por parte de terceros ya había nublado el ambiente. Cuando los diarios porteños publicaron el texto del Tratado de 1852, el encargado de negocios de Bolivia protestó por el artículo 4 como perjudicial a las pretensiones de su país sobre el Gran Chaco las cuales -aunque nunca claramente definidas- eran generalmente vistas como superpuestas a las del Paraguay(38).

(38) Charles Hotham a Earl of Malmesbury, Buenos Aires, 26 de Agosto de 1852, Public Records Office, London-Foreign Office 59, 2, n. 23. La cuestión boliviana en el Chaco fue decidida sólo después de una desastrosa guerra con el Paraguay en los 1930. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cuatro días más tarde, el ministro brasileño igualmente divulgó una Protesta en nombre de su Gobierno. En este caso, la objeción se centraba, primero, en las referencias en el Tratado a las “posesiones brasileñas”, que el documento dejaba indefinidas y, segundo, en el artículo que garantizaba un servicio de correos entre Encarnación y São Borja lo cual -notaba el ministro- requería aprobación brasileña.

El prospecto de tener que enfrentarse con otras naciones podría haber hecho que los funcionarios de la Confederación reconsideraran su compromiso con el Tratado con el Paraguay. Muchos en la capital confederal, en Paraná, y en Buenos Aires, pensaban que el aplazamiento y la renegociación servían mejor a los intereses de la Argentina de todos modos.

Mientras tanto, por decreto del 14 de Mayo de 1855, Carlos Antonio López extendió aún más las reclamaciones paraguayas en el Gran Chaco al establecer una colonia agrícola a corta distancia, encima de Asunción(39). Llamada Nueva Burdeos, la colonia era una creación de Solano López, quien había recientemente retornado de Europa con una profesada reverencia por todo lo francés.

(39) Decreto de López, Asunción, 14 de Mayo de 1855, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 317, Nro. 17. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para que el Paraguay siguiera el rumbo de Napoleón III, tenía que llevar adelante una modernización radical incluso de la agricultura. Solano López tramitó la inmigración de unos cuatrocientos agricultores franceses que introducirían nuevas técnicas agrícolas y hábitos de trabajo duro al campesinado paraguayo. Cuando arribaron, sin embargo, los inmigrantes resultaron ser pobladores urbanos de Bordeaux.

Comprensiblemente, no se adaptaron a los rigores de la vida en el Chaco y el Gobierno hizo poco por aliviar sus tribulaciones. La escasez de alimentos en Nueva Burdeos era severa y las prometidas herramientas no estaban disponibles; hubo muestras de ira de todas las partes involucradas.

Al final, luego de precipitar una crisis diplomática menor con Carlos Antonio López, los franceses recibieron permiso de evacuar la colonia, dejando atrás un pequeño grupo de soldados paraguayos y pobladores que se las arreglaron para llevar a cabo lo que los europeos no pudieron(40).

(40) Correspondencia y otra documentación concerniente a la operación y final fracaso de la colonia de Nueva Burdeos puede ser encontrada en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Jurídica Criminal 1.466, 1.764, 1.856; Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 299, 1, 324, n. 19; Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 749, 2.746; Archivo General de la Provincia de Corrientes, Correspondencia Oficial 1856, Legajo 151; y en “Simple historia de la ex colonia francesa en el Paraguay”, Museo Mitre, Doc. 33-3-11. Ver también Henri Pitaud. “Les Français au Paraguay” (1955), pp. 57-66, Bordeaux. Ed. París. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Villa Occidental, como los paraguayos rebautizaron a Nueva Burdeos, se convirtió en un campamento base para futuros esfuerzos de colonización del Chaco y, en el curso de la siguiente década, media docena de comunidades satélite afloraron en sus inmediaciones.

Estos poblados rudimentarios también tenían una función militar en la defensa de Asunción de sus enemigos, ya fueran indios o de cualquier clase, que se pudieran aproximar a la capital desde el oeste. En este sentido, Villa Occidental y los otros puestos eran análogos a las colonias militares brasileñas en el sur de Mato Grosso.

Luego de varios años de retraso, el Paraguay y la Confederación Argentina firmaron un nuevo Tratado de Comercio, Amistad y Navegación el 29 de Julio de 1856. Aunque este promovía la expansión de los intercambios y afirmaba el principio de la libre navegación en la región, específicamente posponía la resolución de las cuestiones territoriales con excepción de las islas en el Alto Paraná: la de Yacyretá le quedó al Paraguay y, la de Apipé, a la Argentina(41).

(41) Gordon Ireland. “Boundaries, Possessions, and Conflicts in Latin America” (1971), p. 29, Nueva York. Ed. Octagon Books. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los reclamos de la Confederación habían aumentado desde 1852 y ahora incluían casi todo el Gran Chaco “hasta el territorio boliviano”, así como una porción de la antigua zona de las misiones sobre y debajo la margen izquierda del Paraná(42).

(42) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), pp. 65-66, New York. Ed. Russel & Russel. Cónsul Henderson a Lord Clarendon, Asunción, 21 de Julio, 8 de Agosto de 1856, Public Records Office, London-Foreign Office 59, 14, n. 17, 20. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por su parte, el Paraguay le daba incluso menos importancia a esto último que en 1852 y, como antes, estaba dispuesto a negociar si la Argentina ofrecía concesiones en cuanto a la cuestión postal.

El Chaco, sin embargo, era otro asunto. Todo el impulso de la política internacional de López se dirigía a abrir cuidadosamente la República al mundo exterior manteniendo una firme postura defensiva en el sur y el norte lejano. Si el Paraguay abandonaba su dominio del Chaco, entonces Humaitá, Olimpo y Villa Occidental se volverían inútiles; cualquier enemigo podía incluso amenazar Asunción.

Por supuesto, como López repetidamente enunciaba, el Gran Chaco era de poca relevancia: Paraguay solamente insistía en un fino colchón de seguridad e insistía que el Gobierno se limitaba a su derecho incondicional a una cierta extensión marginal desde la confluencia del Paraná hasta Bahía Negra(43).

(43) Ver el periódico “El Semanario”, del 28 de Marzo de 1857. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Este colchón excluía la margen sur del Bermejo y los argentinos naturalmente esperaban bajo tales circunstancias gozar de derecho de navegación en el río. Los paraguayos, sin embargo, se negaron a aceptar esto sin un Tratado de límites y señalaban que la navegación del Bermejo todavía era un tema abierto.

En 1853, el gobernador correntino Juan Gregorio Pujol decidió poner a prueba la cuestión autorizando una misión exploratoria a la boca del Bermejo. López rápidamente cortó el esfuerzo calificándolo como “una intemperada y prematura empresa” y la goleta enviada por el gobernador regresó a Corrientes(44).

(44) Vicente G. Quesada. “La provincia de Corrientes” (1857), p. 94, Buenos Aires. Ed. Imprenta El Orden; para una visión oficial brasileña sobre la rivalidad paraguayo-correntina en el Gran Chaco, ver: Duarte da Ponte Ribeiro. “Observações sobre a rivalidade dos Correntinos com os Paraguayos... (Río de Janeiro, 28 Jan. 1855)”, en el Arquivo Histórico do Itamaraty, lata 271, maço 3, n. 2, Rio de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Dos años más tarde, un esfuerzo más serio se inició en Salta, donde inversores privados patrocinaron un mapeo de las nacientes del río. Durante los dos años siguientes, los salteños extendieron estas exploraciones en el Bermejo hacia el oeste, dentro de Jujuy y Bolivia. A cada paso atraían a más inversores interesados en poner su capital en la construcción de goletas mercantes que navegaran entre Corrientes y la frontera boliviana. Como incentivo adicional, la compañía revelaba que el Gobierno argentino le había concedido algunas tierras valiosas justo al sur del río(45).

(45) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), pp. 66-67, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los diarios de las comunidades del Paraná se hacían eco del optimismo de estas noticias; editoriales inducían a los potenciales financistas a creer que solamente interferencias menores por parte de los indios del Chaco evitarían que el Bermejo se convirtiera en una importante y rentable arteria.

Esto era una exageración. El río era navegable en la mayor parte de su curso, pero los bancos de arena y los camalotes presentaban tantos problemas como los indios saqueadores. Además, Carlos Antonio López no tenía intenciones de permitir la libre navegación en el Bermejo sin obtener un alto precio a cambio en la mesa de negociación.

En 1857, declaró que la reivindicación del Paraguay en el Gran Chaco se extendía a la margen derecha del Bermejo, ubicando de esa manera la boca del río enteramente dentro de su jurisdicción.

Dado que sus tropas en Humaitá, Formosa y Orange eran las únicas fuerzas militares en las proximidades, se sentía seguro de que sus palabras en este tema tendrían el peso necesario. Y lo tenían. Pero a cambio de una dominación sostenida de las tierras disputadas, el presidente paraguayo desperdició una oportunidad de un mejor entendimiento con la Argentina.

A finales de los 1850, la Confederación necesitaba aliados en su lucha con la provincia separatista de Buenos Aires. El general Urquiza estaba dispuesto a ofrecer amplias concesiones a cualquiera que viniera en su ayuda(46). En Abril de 1859 incluso despachó a un emisario a Asunción a los efectos de llegar a un acuerdo.

(46) Cónsul Charles Henderson a Lord Malmesbury, Asunción, 12 de Febrero de 1859, Public Records Office, London-Foreign Office 59, 20, n. 3. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por razones que están todavía oscuras, López rechazó estas propuestas. Su postura de indiferencia, que ahora resultaba poco prometedora para la seguridad de su país, reflejaba sus recientes experiencias negativas con Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Su impetuosidad casi lo había llevado a la guerra. Tal vez sintió la necesidad de una táctica más prudente en su política exterior. En relación con el conflicto entre la Confederación y Buenos Aires, lo mejor que podía hacer era ofrecer una mediación.

- Los 1860: nuevas posibilidades y nuevas desilusiones

Con una nueva década, poco había cambiado. Los paraguayos todavía mantenían sus tropas en los puestos de avanzada en las misiones y en la vera del Gran Chaco. Carlos Antonio López seguía comprometido con su interpretación de la soberanía nacional y su Gobierno continuaba construyendo defensas en el sur, especialmente en Humaitá.

Aunque los argentinos no habían ratificado los Acuerdos de 1852, las negociaciones coincidieron con un declive del viejo comercio Itapúa-São Borja. Lo que quedaba era claramente un insignificante intercambio irregular, que dio lugar a pequeños choques entre paraguayos y correntinos a lo largo del resto de la década y hasta entrados los 1860(47).

(47) Isidoro Resquín a Carlos Antonio López, Encarnación, 3 de Marzo de 1855; Ambrosio Dandrea -mercader italiano- a López, Encarnación, 1856; y Pedro Duarte al ministro de Guerra, Encarnación, 30 de Septiembre de 1862, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 380 (II). Ver también Bergés a Cándido Bareiro, Asunción, 21 de Septiembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco I-22, 11, 1, n. 430. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La última oportunidad de llegar a una solución sobre los litigios de límites llegó en 1863, dos años después de que la victoria porteña en Pavón hubiera catapultado a Bartolomé Mitre al poder en Buenos Aires y un año después de que Francisco Solano López hubiera sucedido a su padre en la presidencia paraguaya.

Con nuevos hombres dirigiendo sus respectivos Gobiernos, había razones para esperar que el Paraguay y la Argentina se hicieran mutuas concesiones. Solano López sugirió eso mismo en una Nota confidencial a Mitre, el 6 de Junio de 1863, en la cual ofrecía iniciar negociaciones(48).

(48) Solano López a Mitre, Asunción, 6 de Junio de 1863, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, pp. 12-13, Buenos Aires (28 volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mitre accedió, pero luego vaciló cuando López insistió en mantener conversaciones en Asunción antes que en la capital argentina. Esto podría parecer un punto menor, pero los puntos menores habían impedido negociaciones antes. Igualmente, aunque expresó preocupaciones sobre el futuro, Mitre pensaba que todavía había tiempo para arreglar una solución amistosa(49).

(49) Mitre a Solano López, Buenos Aires, 16 de Junio de 1863, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, pp. 14-16, Buenos Aires (28 volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Francisco Solano López pensaba distinto. Una serie de incidentes cerca de la frontera lo habían convencido de adoptar una visión pesimista. Por un lado, había habido nuevos intentos por parte de hombres de negocios porteños de forzar la apertura del río Bermejo(50).

(50) Ver Venancio López a Alejandro Hermosa, Asunción, 19 de Diciembre de 1862, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco I-30, 23, 175. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

También había habido casos de deserciones de soldados paraguayos de sus puestos en las misiones para escapar a través de la zona en litigio hacia territorio argentino(51).

(51) Ver, por ejemplo, Miguel González a Francisco Solano López, Tranquera de Loreto, 13 de Marzo de 1863, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco I-30, 16, 7, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Esto llevó a Solano López, como a su padre antes, a asumir una política de inflexibilidad. En su mente, el asunto de la demarcación de límites había dado lugar a una cuestión mucho más espinosa: ¿cuál país -Argentina, Brasil o Paraguay- debería dominar la Cuenca del Plata? En este contexto, el Gran Chaco, las misiones e incluso el Mato Grosso importaban poco a Solano López en comparación con el lejano Uruguay, donde la guerra civil estaba amenazando con provocar una intervención de las altas partes.

Sentimientos sombríos quedaron ya en evidencia cuando fray Pedro María Pellichi, prefecto de las misiones franciscanas en Salta, visitó Asunción con la propuesta de establecer una nueva comunidad india en el Bermejo y los paraguayos se rehusaron incluso a discutir el tema(52).

(52) Solano López a Félix Egusquiza, Asunción, 6 de Mayo de 1864, citado en Arturo Rebaudi. “La Declaración de Guerra de la República del Paraguay a la República Argentina” (1924), p. 221, Buenos Aires. Ed. Serantes Hermanos. El propio relato de Pellichi de su trabajo entre los indios del Chaco ha sido reimpreso en Pedro María Pellichi, et al. “Misioneros del Chaco Occidental: Escritos de Franciscanos del Chaco Salteño. 1861-1914” (1995), pp. 13-63, Centro de Estudios Indígenas y Coloniales, San Salvador de Jujuy. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cuando el decepcionado fraile se embarcó en su viaje de regreso a la Argentina, pudo notar inusual movimiento militar en el puerto y los distintos puntos de avanzada a lo largo del río. Esta actividad estaba lejos de ser de rutina; Solano López había, de hecho, ordenado una movilización general. En todo el Paraguay, las tropas fueron reunidas para entrenamiento intensivo.

Su ministro de Relaciones Exteriores se manifestó poco después “impresionado” por los rumores que corrieron en Buenos Aires de que una fuerza paraguaya había invadido las misiones, aunque señaló sarcásticamente que “tal vez algún día la noticia será cierta”(53).

(53) José Bergés a Egusquiza, Asunción, 21 de Mayo de 1864, citado en Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 208, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El diplomático paraguayo pudo haber aludido a tales eventualidades burlonamente; la posibilidad de la erupción de una guerra en torno a las misiones, después de todo, habría parecido remota en esos días. No era el caso en el Uruguay, donde las amenazas ya habían dado paso a la violencia y donde el Brasil, la Argentina y el Paraguay tenían todos intereses que perseguir.

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