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Esfuerzos diplomáticos y las conexiones paraguaya y brasileña

Varios incidentes continuaron arruinando las tratativas de paz durante el invierno de 1863. En Agosto y Septiembre, el barco militar argentino “Pampero” ayudó a elementos pro Flores a desembarcar en Fray Bentos. Tampoco esta vez los blancos pudieron evitar la incursión. De nuevo protestaron ante los argentinos. Una vez más fracasaron.

Lo que los blancos no podían lograr con sus buques de guerra en el Río de la Plata trataban de conseguirlo en la mesa de negociación. El 20 de Octubre de 1863 Lamas firmó un Protocolo con Elizalde que comprometía a sus dos Gobiernos a aceptar una interpretación común de neutralidad basada en el Derecho Internacional. De acuerdo con el artículo 3 del documento, cualquier desacuerdo sobre la interpretación sería presentado ante un único árbitro, el emperador del Brasil(1).

(1) Protocolo del 20 de Octubre de 1863. En Andrés Lamas. “Tentativas para la pacificación de la República Oriental del Uruguay. 1863-1865” (1865), pp. 13-15, Buenos Aires. Imprenta de “La Nación Argentina”. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Curiosamente, ambas partes ponían de ese modo la autoridad final en manos de Don Pedro que no era, ni mucho menos, un observador desinteresado. Este solo aspecto causó una gran consternación al presidente Berro: “¿Está loco el señor Lamas? ¿Cómo se le ocurre elevar al Emperador del Brasil a la categoría de tribunal supremo de los asuntos internacionales del pueblo uruguayo?”(2).

(2) Juan Silvano Godoy. “Monografías Históricas” (1895), capítulo 1, p. 157, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Berro no hablaba por simple exasperación. Su Gobierno, se supo luego, había encarado otra ofensiva diplomática en Asunción. Berro tenía razones para pensar que podía jugarse una carta con Paraguay, dado que había recibido despachos que indicaban la disposición de Solano López de ayudar a su régimen.

Los blancos habían tratado activamente de reclutar a los paraguayos durante más de un año. Juan José de Herrera, el arquitecto jefe de esta aventura, llegó a Asunción en Marzo de 1862 para convencer al anciano Carlos Antonio López de que los dos países tenían una causa común(3).

(3) Decreto de Carlos Antonio López, Asunción, 12 de Marzo de 1862, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Río Branco I-30, 1, 71. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Su primera reunión terminó bien. Ambos hombres tenían a los brasileños como expansionistas, listos para devorarse territorios disputados en la primera ocasión. Ambos temían las maquinaciones de Mitre, a quien veían como un conspirador que no tendría empacho en hacer que los pueblos del Plata se enfrentaran unos a otros para él heredar los maltrechos restos.

Pero, más allá de sus amigables conversaciones, Herrera no logró extraer promesas concretas de López, quien pensaba que su huésped uruguayo presionaba un poco más de la cuenta. Como en 1852, el presidente paraguayo prefirió mantenerse al margen de cualquier alianza enmarañada(4).

(4) Aureliano G. Berro. “De 1860 a 1864: la Diplomacia, la Guerra, las Finanzas” (1922), pp. 122-145, Montevideo. Ed. Siglo Ilustrado. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Además, ya estaba cansado. Había transferido mucha de su autoridad -especialmente en cuestiones militares- a su hijo mayor. Carlos Antonio López todavía daba órdenes, pero cada vez más era Solano López, su ministro de Guerra, quien las ejecutaba.

A diferencia de su padre, cuyo conservadorismo había por mucho tiempo evitado que el Paraguay tuviera un papel más preponderante en los asuntos regionales, el López joven tenía ambiciones para él y su país.

El 3 de Marzo de 1863, Herrera -ahora canciller uruguayo- le envió un despacho a su colega, doctor Octavio Lapido, quien estaba por emprender una misión a Asunción. El despacho contenía detalladas instrucciones sobre cómo enredar a los paraguayos en una alianza. Enfatizaba el interés recíproco que existía entre Uruguay y Paraguay, ambos amenazados por vecinos embusteros y hambrientos. Si su situación era común, también debía serlo su respuesta.

Esto se lo había sugerido el año anterior al López mayor, pero ahora Herrera agregaba un nuevo elemento: argumentaba que los dos países deberían forjar una política común “dirigida al establecimiento de un balance de poder, en salvaguarda de todos en esta agitada zona de Sudamérica (...). El sistema de equilibrio de poderes ha sido y es una de las garantías más fuertes de los derechos de los pueblos (...). Conserva la paz, porque inspira el miedo a la guerra. Uruguay y Paraguay deben perseguirlo”(5).

(5) “Despacho de Juan José de Herrera”, Montevideo, 3 de Marzo de 1863, en Luis Alberto de Herrera. “La diplomacia oriental en el Paraguay” (1990), pp. 338-339, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Una alianza entre los dos podría servir -continuaba- como un magneto que distanciara a las provincias de Buenos Aires y de Mitre. De esa forma el Paraguay y el Uruguay podrían convertirse en importantes actores en los asuntos del Plata, antes que en pasivos Estados-colchón(6).

(6) “Despacho de Juan José de Herrera”, Montevideo, 3 de Marzo de 1863, en Luis Alberto de Herrera. “La diplomacia oriental en el Paraguay” (1990), pp. 353-355, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Herrera sabía que la política del Paraguay ponía acento en la no interferencia y que cualquier alteración era improbable. Pero la situación había cambiado, ya que la mañana del 10 de Septiembre de 1862 Carlos Antonio López había muerto y había sido rápidamente sucedido por su primogénito. La audacia de este último y su capacidad de captar conceptos e intereses sobre una base continental, antes que nacional, eran buenos augurios para la misión de Lapido.

Solano López tenía experiencia en Europa y era consciente de los beneficios políticos y económicos que podía traer un efectivo equilibro de poderes. La apelación de Herrera a los paraguayos nacía de la desesperación, no de la percepción de una oportunidad. Las quejas de Andrés Lamas ante el Gobierno argentino en relación con las actividades de Flores habían traído nada más que promesas. Los blancos necesitaban aliados y estaban dispuestos a buscarlos donde fuera.

Lapido arribó a Asunción a principios de Julio de 1863 y en las siguientes semanas se reunió frecuentemente con Solano López y su ministro de Relaciones Exteriores, José Bergés. Este era un hombre de cejas gruesas, ojos lustrosos y cuidados bigotes que se parecía más a un abrumado mesonero que un curtido diplomático, pero era de hecho el funcionario más pensante al servicio del Paraguay.

Desde principios de los 1850, Bergés había gozado de mucho éxito en los círculos gobernantes, mayormente debido a las hábiles maneras en que presentaba las propuestas del joven López a los escépticos representantes extranjeros.

A diferencia de otros funcionarios paraguayos, que eran poco más que lacayos, Bergés hablaba desde una posición de clara autoridad y a los extranjeros les agradaba tratar con él. Sus conversaciones con Lapido en esta ocasión aseguró el total apoyo de Solano López.

Quizás el nuevo presidente paraguayo esperaba repetir su lucimiento de la mediación de 1859, o quizás solamente estaba tratando de evaluar una situación complicada en la que podría eventualmente verse envuelto.

En cualquier caso, Lapido pronto estuvo en condiciones de reportar un interés calificado en la posición uruguaya por parte del Gobierno de Asunción. López solamente dilató un inmediato anuncio de alianza, al parecer, porque Bergés le recomendó cautela. El canciller hacía notar que el incidente del “Salto” no había todavía concluido y que una decisión de semejante magnitud requería más reflexión(7).

(7) Lapido a Herrera, Asunción, 20 de Julio de 1863, en Luis Alberto de Herrera. “La diplomacia oriental en el Paraguay” (1990), pp. 389-391, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El Solano López general estaba ansioso por desenfundar la espada, pero el Solano López presidente decidió que sería más prudente esperar. Lapido, que conocía a este hombre, comenzó a proyectar un Tratado de alianza(8).

(8) Efraím Cardozo. “Vísperas de la Guerra del Paraguay” (1954), pp. 105-115, Buenos Aires. Ed. El Ateneo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Hacia finales de Agosto, Bergés le pidió ver todas las propuestas escritas que pudiera remitir. El diplomático uruguayo prontamente envió un Memorándum promoviendo una alianza entre su país y el Paraguay(9).

(9) Lapido a Herrera, Asunción, 20 de Agosto de 1863, en Efraím Cardozo. “Vísperas de la Guerra del Paraguay” (1954), pp. 404-406, Buenos Aires. Ed. El Ateneo. Ver también “Proyecto de Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre el Paraguay y el Uruguay, presentado por el enviado del Gobierno uruguayo”, Asunción, Agosto de 1863, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 26, 59, n. 2. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Solano López consideró sus opciones y le dijo a Lapido que esperaría un abierto respaldo de Urquiza, con quien los paraguayos habían estado manteniendo correspondencia. La lucha en la Banda Oriental preocupaba profundamente al caudillo entrerriano y Solano López no era el único que esperaba de él un fuerte anuncio de desacuerdo con la política pro Flores. Mitre lo esperaba también.

Para descartar cualquier problema de ese flanco, el presidente argentino ya le había ofrecido apoyo a su viejo enemigo para su reelección como gobernador(10).

(10) Lapido a Herrera, Asunción, 27 de Agosto de 1863, en Luis Alberto de Herrera. “La diplomacia oriental en el Paraguay” (1990), pp. 406-408, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza trataba de ganar tiempo y lo mismo hacía López. Nadie tuvo que esperar demasiado. El 21 de Septiembre de 1863, Bergés le dirigió una Nota a Elizalde en la cual le pedía “amigables explicaciones” por las acciones argentinas en relación con la República Oriental.

En esta misiva, que fue cuidadosamente antedatada al 6 de Septiembre, Bergés sostenía que su Gobierno consideraba esencial la independencia del Uruguay, “cuya existencia política es condición (necesaria) para el equilibrio del poder y para la paz en protección de los intereses de todos en el Plata”(11).

(11) Bergés a Elizalde, Asunción, 6 de Septiembre de 1863, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 23, 33. Ver también “Correspondencias Oficiales relativas a los sucesos de la República Oriental del Uruguay cambiadas entre los Exmos. Sres. Ministros de Relaciones Exteriores de la República del Paraguay y de la Confederación Argentina” (1864), pp. 3-4, Asunción. El ministro de Estados Unidos en Asunción, por ejemplo, notó a principios de Octubre que López expresaba fuerte resentimiento por la conducta del Gobierno argentino “en permitir (a Flores) organizarse, armarse y partir para los conocidos propósitos de invadir un Estado amigo (...). Hay tantos franceses e ingleses en la Banda Oriental, o Uruguay, que en caso de alguna guerra seria o prolongada el presidente López teme la intervención extranjera y que el filántropo imperial, Luis Napoleón, pudiera intentar un rol similar en los países del Plata como el que jugó en México”. Charles Ames Washburn a William Seward, Asunción, 6 de Octubre de 1863, en National Archives and Records Administration, Washington, D.C., M128, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En un movimiento que dejó perplejos a Lapido y otros diplomáticos uruguayos, Bergés adjuntó a su Nota copias de la correspondencia que el Gobierno blanco había intercambiado con Paraguay. Demás está decir que nada en esta compilación deleitó a Mitre y que era una violación de la etiqueta diplomática ponerla ante los ojos de los argentinos. Los blancos en Montevideo estaban furiosos.

Estas revelaciones sólo podían empeorar las relaciones con Buenos Aires. Aún así, lograron lo que querían: una específica declaración de apoyo del Gobierno de Asunción, un indicio de algún tipo de alianza. Solano López sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando su ministro divulgó los documentos confidenciales. Reveló las intrigas de los uruguayos y así mostró su independencia de ellos, a la par de presentarse en la más sincera e imparcial posición posible.

Sinceridad e imparcialidad, él esperaba, podrían traducirse en última instancia para todas las partes como indispensabilidad, como lo fue en 1859. López pretendía tener un rol central en los acontecimientos posteriores, fuera lo que fuera que pasara luego.

El canciller Herrera había recibido relatos detallados de los esfuerzos diplomáticos de Lapido en el Paraguay y la Nota del 6 de Septiembre fortaleció el ánimo de los blancos en el momento en que Herrera recibía noticias del Protocolo Lamas-Elizalde. Ahora sentía que su Gobierno podría contener la amenaza de Flores sin tener que olvidarse de la de Mitre o de los brasileños.

Decidió tomar el riesgo de provocar tanto a Buenos Aires como al Imperio. Herrera demandó que el nombre de Solano López fuera agregado al Protocolo como árbitro en pie de igualdad con el emperador. La reacción en Buenos Aires era predecible. Mitre no tenía intenciones de hacer concesiones a las pretensiones paraguayas, sarcásticamente agregando que “uno podría también invocar la mediación de China”(12).

(12) Harris Gaylord Warren. “Paraguay: an informal history” (1949), p. 211, University of Oklahoma. Ed. Norman. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Con el Protocolo ahora muerto, los eventos giraron hacia un conflicto mucho más sangriento. El contrabando a favor de Flores continuó sin pausa y rumores indicaban que sus tropas estaban acercándose a las proximidades de Paysandú.

El 10 de Noviembre de 1863, las autoridades blancas descubrieron por infiltrados una pequeña fuerza expedicionaria en islas del río Uruguay: consistía en tres barcazas repletas de armamentos, uniformes y equipos de caballería, custodiadas por cuarenta y un hombres armados.

La confiscación de este material y la captura de los hombres, lo que ocurrió tres días más tarde, provocó una nueva confrontación. Los funcionarios argentinos demandaron la restitución de la carga y la liberación de los soldados en base al dudoso argumento de que, al ser una de las islas adyacente a la costa argentina del río, los uruguayos habían violado el suelo argentino para realizar la incautación.

Montevideo respondió con una áspera Nota, después de la cual el ministro británico en Buenos Aires, Edward Thornton, ofreció su mediación. Ambas partes declinaron y luego suspendieron las mutuas relaciones diplomáticas a principios de Diciembre(13).

(13) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 101, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mitre ordenó el desplazamiento de sus mejores tropas desde las provincias del Interior -donde acababa de terminar de aniquilar el levantamiento de Peñaloza- hacia el Litoral. Ordenó la construcción de modernos fortines en Martín García -una pequeña isla cerca de la orilla uruguaya del Río de la Plata- la cual ya había servido como una estación de tránsito para contrabandear suministros de guerra a Flores. Pero la preparación más importante que efectuó Mitre fue diplomática: abrió negociaciones con Brasil para clarificar sus relaciones e intereses y, de ser posible, coordinar sus acciones(14).

(14) De hecho, desde mediados de Noviembre de 1863, agentes paraguayos habían estado repitiendo el rumor de que Mitre estaba secretamente forjando una Alianza con los brasileños (una historia que claramente tenía alguna validez). Ver Juan José de Soto a Félix Egusquiza, Montevideo, 19 de Noviembre de 1863, Manuel Gondra Collection, Universidad de Texas, Austin, 201ap; y Solo a Egusquiza, Montevideo, 3 de Diciembre de 1863, Manuel Gondra Collection, Universidad de Texas, Austin, 2010au. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

- La conexión brasileña

El Gobierno imperial le había prestado una meticulosa atención a los asuntos uruguayos desde que Flores había lanzado su invasión en Abril de 1863. Los brasileños eran perfectamente conscientes del apoyo argentino al caudillo colorado y ese hecho no los alarmaba especialmente, ya que ellos también tenían agentes en el mismo campamento.

El interés de largo plazo del Brasil de debilitar la influencia de la Argentina en la Banda Oriental incluía cuestiones más estratégicas. Nadie había nunca definido adecuadamente la frontera entre Rio Grande do Sul y Uruguay. Los habitantes de esta zona se identificaban a sí mismos brasileños tanto como uruguayos; su nacionalismo dependía de qué nación les era útil en tiempos de necesidad(15).

(15) Spencer L. Leitman. “Cattle and Caudillos in Brazil’s Southern Borderland, 1828 to 1850”, Ethnohistory 20:2 (primavera de 1973): 189-198. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los fronterizos vivían sus vidas de la misma forma a uno y otro lado de los límites. Trabajaban en estancias, usualmente manejando un promedio de mil cabezas de ganado; hablaban portugués y español (y a veces guaraní) con igual fluidez, les gustaba el mate, compartían cuentos y los mismos juegos de cartas que sus primos gauchos de la Argentina.

También vestían a la usanza regional: bombachas, botas de cuero de ternero con espuelas de plata, coloridas camisas con pañuelos de seda al cuello, amplios sombreros atados a la barbilla, cinturones adornados con monedas de plata, filosos facones y ponchos azul oscuros o negros de lana delicada.

Muchos fronterizos se llamaban a sí mismos brasileños, pero los más ricos poseían miles de hectáreas también en el Uruguay. Todos usaban las leyes del Imperio o de la República Oriental según su conveniencia, cuando no fuera mejor simplemente ignorarlas a ambas.

Para principios de los 1860, no menos de veinte mil riograndenses se habían establecido en el Norte del Uruguay junto con sus esclavos. Habían comprado varias de las más grandes propiedades del país, establecimientos que eran bastante impresionantes en términos de planteles de ganado(16).

(16) Charles Ames Washburn. “History of Paraguay with Notes of Personal Observations and Reminiscences of Diplomacy under Difficulties” (1871), capítulo 1, p. 504. Ed. en Nueva York y Boston. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para hacer estas estancias rentables, los riograndenses necesitaban arrear sus tropillas a los saladeros en Brasil. Esto requería la cooperación del Gobierno de Montevideo, lo que no siempre ocurría. Aun cuando algunos de estos riograndenses como individuos tenían buenas relaciones con el régimen blanco, como grupo temían las medidas que un Gobierno inestable pudiera tomar contra ellos.

La invasión de Flores les presentó a los estancieros una oportunidad para consolidar sus intereses en la región. Muchos colorados habían servido en los ejércitos farrapos durante los 1830 y 1840 y eran bien conocidos en el Sur del Brasil. Después de la masacre de Quinteros, cientos de colorados encontraron allí refugio. Ahora su viejo líder Flores esperaba que se unieran a sus fuerzas en la frontera. La cooperación con los riograndenses era necesaria para hacer esta ligazón efectiva; tanto los colorados como los blancos lo sabían.

Esto puso a los riograndenses (tanto los fazendeiros de la frontera como sus agentes en el Gobierno imperial) en la envidiable posición de ser capaces de determinar el curso específico de la rebelión de Flores, si iba a avanzar hacia Montevideo o permanecer incipiente en la frontera. El precio que demandaron por su apoyo era alto. Los líderes riograndenses contaban entre sí con algunos hábiles políticos que eran a la vez probados combatientes al estilo de Urquiza.

Los generales Manoel Luiz Osório (luego barón de Herval) y Manoel Marquez de Souza (luego barón de Pôrto Alegre) eran dos de ellos. El jefe reconocido de los riograndenses era un hombre mucho mayor, general Antonio de Souza Netto, un temible guerrero en la Guerra de los Farrapos (de hecho había sido él quien había declarado la independencia riograndense luego de la batalla de Seival, en 1836)(17).

(17) “Testimonio de Teófilo Ottoni, sessão do Parlamento Imperial”, Rio de Janeiro, 27 de Junio de 1865, en Camara dos Diputados, Perfis Parlementares 12: Teófilo Ottoni (Brasilia, 1979), pp. 825-851, pássim. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Era ahora uno de los hombres más ricos de la provincia, tras haber abastecido a los ejércitos de Manuel Oribe con miles de cabeza de ganado durante el sitio de nueve años de Montevideo. Netto, por lo tanto, tenía excelentes contactos con los blancos, pero la decisión de estos últimos de cobrar impuestos a los estancieros riograndenses había afectado sus intereses.

Netto se trasladó a Rio de Janeiro a finales de 1863 como vocero de los agraviados fazendeiros. Permaneció en la capital imperial hasta Abril de 1864 y durante todo ese tiempo ofreció banquetes a diputados, senadores y miembros de la prensa y la cancillería. Su propósito era fácil de adivinar: convencer al Gobierno imperial de que una acción directa en nombre de los residentes brasileños en el Uruguay estaría justificada y tendría apoyo asegurado(18).

(18) Helio Lobo. “Antes da Guerra (a Missão Saraiva ou os Preliminares do Conflicto com o Paraguay)” (1914), p. 32, Rio de Janeiro. Ed. por el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Este mensaje, usualmente emitido en los tonos más belicosos posibles, fue pronto escuchado en todos los ámbitos del Gobierno, incluyendo la residencia del emperador en Petrópolis. Como era de esperar, la prensa carioca salió a favor de Netto y los intervencionistas, con muchos diarios reportando como hechos las historias de atrocidad que los patriarcas riograndenses les proporcionaban(19).

(19) Ver Carlos Miguel Delgado de Carvalho. “História Diplomática do Brasil” (1959), pp. 81-82, São Paulo. Cia. Editora Nacional. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El llamado de Netto no convenció a todos, sin embargo. En definitiva, su anterior entusiasmo por los farrapos secesionistas no le daba muchas credenciales como patriota brasileño y persistía una sospecha de que podría retornar a sus viejos ideales. También salió a luz evidencia de que había enviado a mil de sus gaúchos a merodear cerca del límite uruguayo, presumiblemente para provocar un incidente, cuya naturaleza no quedaba clara(20).

(20) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 113, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La pregunta que se le presentaba a Don Pedro, por lo tanto, era si Netto y sus pares optarían una vez más por una solución secesionista si él se negaba a intervenir en Uruguay.

Una Cámara de Diputados recientemente electa, ampliamente conformada por jóvenes bacharéis del partido liberal, asumió sus funciones el 1ro. de Enero de 1864. Estos hombres llegaron con la idea de haber recibido un mandato para efectuar un profundo cambio doméstico y aun cuando no tenían muy definida la esencia de ese cambio, se sentían determinados a llevarlo adelante.

Los liberales mayores, a quienes les preocupaba qué pasaría si estos reformistas lograban imponerse, hacían todo lo que podían para separar a sus jóvenes colegas de los asuntos internacionales. La crisis en la Banda Oriental parecía mandada a hacer para que estos jóvenes aprovecharan la oportunidad de incursionar en ese campo y, en tal sentido, escucharon con apasionada atención los argumentos de Netto.

Viendo que se había ganado su confianza, el viejo general demandó acción efectiva e inmediata, sin importar el costo. Muchos en la Cámara -viejos y jóvenes- asintieron en señal de aprobación. La facción mayoritaria entre los liberales había elegido como primer ministro a Zacharias de Góes e Vasconcellos, un enjuto heredero de una rica familia de Bahía que había entrado por primera vez al Parlamento en 1850 como conservador. Luego había descubierto los escritos de Jeremy Bentham y John Stuart Mill y se consideraba convertido al pragmatismo.

Su compromiso con el partido liberal era moderado, pero en el incierto ambiente político del momento tal postura tenía sus ventajas, dado que podía presentarse como candidato de consenso de todos los partidos. Como Primer Ministro, Zacharias representaba no solamente mucho de lo bueno, sino también mucho de lo que había de estrecho en el sistema brasileño de Gobierno parlamentario:

“Metódico en toda su vida, minucioso como un burócrata en cada trazo de su pluma, pidiendo cuentas a todo y a todos con la regla del pedagogo constitucional, él fue el más implacable y también el más autorizado censor que conoció nuestra tribuna parlamentaria (...).
“No había en él rasgo de sentimentalismo; ningún afecto, ninguna flaqueza, ninguna condescendencia íntima proyectaban su sombra sobre los actos, las palabras, el pensamiento mismo del político.
“Su posición recuerda a un buque de guerra, con los portalones cerrados, la cubierta despejada, los fuegos encendidos, la tripulación en su puesto, solitario, inabordable, listo para la acción”(21).

(21) Pelham Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), pp. 120-122, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Zacharias no resistió por mucho tiempo el llamado a la intervención. Presiones a favor de una respuesta militar se hicieron fuertes en la sesión del Parlamento del 5 de Abril de 1864. Los radicales hicieron encendidos discursos en los cuales responsabilizaron al Gobierno blanco de los crímenes más infames. Llantos de horror e indignación por parte de la audiencia hacían eco a los oradores y los normalmente complacientes legisladores quedaron nerviosos y con los puños apretados.

Zacharias fue a ver al emperador y sostuvo que el Gobierno debería presentar a Montevideo una demanda perentoria de “restitución, reparación y garantías”. Don Pedro renuentemente accedió a que el Brasil formulara una política más agresiva hacia Uruguay y delegó la cuestión en Zacharias y el ministro de Relaciones Exteriores. Fue una decisión fatal.

A fines de Abril de 1864, el Gobierno imperial despachó a José Antonio Saraiva a Montevideo con una lista de demandas específicas. Saraiva era un moderado que se había opuesto a adoptar una línea dura contra los blancos. Era, como Paranhos, un miembro del Consejo de Estado y un brillante diplomático por sus propios méritos.

Había comenzado su vida como huérfano, lo cual era una ventaja, dado que podía jactarse de una imparcialidad que era rara entre los servidores de un Gobierno caracterizado por el patronazgo. Saraiva era también talentoso. Había estudiado el funcionamiento de la Corte imperial como si fuera la maquinaria de un reloj y comprendía casi igual de bien las complejidades de la diplomacia.

Ahora sus superiores lo enviaban a remitir algunos fuertes mensajes a los uruguayos. El escuadrón naval que lo acompañaba dejaba claro que estaba negociando con el respaldo militar brasileño.

El enviado basaba sus quejas en la afirmación de que brasileños habían sufrido pérdidas de propiedad y que habían sido heridos o perseguidos en Uruguay desde las campañas contra Oribe y Rosas. Los términos que traía Saraiva de Rio de Janeiro eran directos: el Gobierno uruguayo debía:

1.- Castigar a todos los “criminales” conocidos que ocupen puestos civiles y militares;
2.- Destituir y hacer responsables a todos los oficiales de Policía uruguayos que hubieran abusado de residentes brasileños dentro del territorio de la República;
3.- Compensar a todos los brasileños que hubieran perdido propiedad en manos de autoridades uruguayas;
4.- Dispensar a todos los brasileños que hubieran sido enrolados en la milicia uruguaya;
5.- Emitir instrucciones a los funcionarios condenando las ofensas previas y ordenando cumplir con las nuevas regulaciones y acuerdos.

Para suavizar estas demandas, Saraiva informaría al Gobierno de Montevideo que el Imperio evitaría por la fuerza el paso de cualquier contingente pro-Flores desde Rio Grande do Sul pero, en un significativo agregado al duro ultimátum, a la vez acentuaba que las fuerzas militares que se estaban -en ese momento- trasladando hacia el sur para interceptar a los colorados servirían “también para proteger la vida, el honor y la propiedad de los súbditos del Imperio si, al contrario de nuestras expectativas, el Gobierno de la República -ignorando esta intimación final- es incapaz o no muestra voluntad de hacerlo por sí mismo”(22).

(22) Helio Lobo. “Antes da Guerra (a Missão Saraiva ou os Preliminares do Conflicto com o Paraguay)” (1914), pp. 72-74, Rio de Janeiro. Ed. por el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Saraiva sabía mejor que nadie que presentar estas demandas a los blancos violaba todas las urbanidades diplomáticas. Cuando arribó a Montevideo a principios de Mayo de 1864, deliberadamente se tomó su tiempo antes de exhibir sus credenciales al Gobierno uruguayo.

El mandato del presidente Berro había concluido el 1 de Marzo y su sucesor interino era Atanasio de la Cruz Aguirre. El nuevo Jefe de Estado era tan ardiente como su predecesor blanco, pero tenía poco de la paciencia de Berro y nada de su cortesía y tacto.

Peor aún, la posición de Aguirre era indistinguible con la de los “Amapolas”, la facción más fanática entre los blancos, que quería resistir tanto al Brasil como a Mitre de manera agresiva y depositaban sus esperanzas en Solano López(23).

(23) Atanasio de la Cruz Aguirre a Solano López, Montevideo, 14 de Marzo de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 5, 16, Nro. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

También los blancos estaban preparando su caso. Desde fines de 1863 venían redoblando sus esfuerzos para forjar una Alianza con el Paraguay. Un nuevo embajador en Asunción, el hábil José Vázquez Sagastume, tenía la tarea de persuadir a Solano López de que los brasileños y los argentinos estaban en ese momento preparando “la soga con la que estrangularían primero al Uruguay y después al Paraguay”(24).

(24) Efraím Cardozo. “El Imperio del Brasil y el Río de la Plata” (1961), p. 171, Buenos Aires. Librería del Plata. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mitre había tratado de frustrar la alianza potencial entre Montevideo y Asunción mediante el ofrecimiento de buenas relaciones tanto con los brasileños como con los paraguayos. Desde la invasión de Flores, el presidente argentino había enviado regularmente señales a Solano López dirigidas a alguna resolución favorable en la disputa de límites en las misiones. Llegó a insinuar que la Argentina y el Paraguay deberían cooperar contra el Brasil(25).

(25) Mitre a Solano López, Buenos Aires, 16 de Mayo de 1863, en Arturo Rebaudi. “La Declaración de Guerra de la República del Paraguay a la República Argentina” (1924), pp. 132-133, Buenos Aires. Ed. Serantes Hermanos. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Sentía que esta atención podría bloquear la ofensiva diplomática del Uruguay, pero los paraguayos no se dejaron convencer. En toda la primera parte de 1864 continuaron exigiendo “claras explicaciones” de las intenciones argentinas en la Banda Oriental y Buenos Aires siempre rechazó tales requerimientos(26).

(26) Bergés a Elizalde, Asunción, 6 de Enero de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 23, 40; Elizalde a Bergés, Buenos Aires, 16 de Enero de 1864, en Arturo Rebaudi. “La Declaración de Guerra de la República del Paraguay a la República Argentina” (1924), p. 151, Buenos Aires. Ed. Serantes Hermanos; Bergés a Elizalde, Asunción, 6 de Febrero de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 23, 42. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mayores progresos ocurrían en la apertura de las discusiones entre los argentinos y los brasileños. José Mármol, ahora visto como una figura clave en la diplomacia de Mitre, arribó como nuevo embajador argentino en Río de Janeiro en Marzo.

Desde el principio sus conversaciones con funcionarios del ministerio de Relaciones Exteriores del Imperio marcharon bien. En unas pocas semanas, el emperador lo recibió en su Palacio de Verano de Petrópolis. Aunque los brasileños se excusaban de integrar cualquier alianza, la posibilidad de poder trabajar con Buenos Aires claramente les interesaba(27).

(27) Thornton a Lord Russell, Buenos Aires, 24 de Marzo de 1864, Public Records Office, London-Foreign Office 6/250, n. 24. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El contraste con los esfuerzos diplomáticos argentinos en Paraguay era llamativo. El fracaso de Mitre de llegar a un acuerdo con Solano López y el desdén con que los argentinos trataban las últimas peticiones hacían que las cosas empeorasen. El Gobierno de Asunción crecientemente se inclinaba hacia la visión de los blancos sobre los asuntos del Plata y preparaba su importante maquinaria militar por cualquier eventualidad.

El mismo mes que Mármol llegó al Brasil, Solano López estableció un campo de entrenamiento en Cerro León, distrito de Pirayú, donde treinta mil hombres de entre 16 y 50 años de edad recibían instrucción. Para Agosto, había concentrado unos sesenta y cuatro mil, reclutados en varios puntos a lo largo del Paraguay, mientras se incrementaba el flujo de material bélico al país(28).

(28) Bergés a Lorenzo Torres, Asunción, 6 de Marzo de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-22, 12, 1, n. 71. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Consciente de esta situación, Saraiva envió su primera Nota al Gobierno uruguayo el 18 de Mayo de 1864. Tradujo las severas Instrucciones de su Gobierno en un lenguaje de gran delicadeza. Enfatizó que la República Oriental no tenía nada de qué temer y que el Imperio brasileño buscaba prevenir que sus súbditos riograndenses participaran en el conflicto uruguayo.

Aunque claramente enunció las demandas de su país, haciendo cuidadosamente notar que las buenas relaciones dependían de su aceptación omitió, no obstante, referencias a las cláusulas de sus Instrucciones que indicaban la posibilidad de una guerra.

Adjunto a la Nota había un largo Memorándum que enumeraba y explicaba cada uno de los reclamos hechos por los brasileños contra Uruguay desde 1852(29).

(29) “Correspondencia e documentos relativos at missão especial do Conselheiro José Antonio Saraiva a Rio da Prata em 1864” (1872), Bahía. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Herrera replicó el 24 de Mayo. Atribuyó la mayoría de los problemas que habían experimentado los brasileños a las vicisitudes de la guerra civil. Al mismo tiempo, interpuso una pregunta incómoda: si las quejas contra el Gobierno blanco habían sido acumuladas durante más de doce años -a razón de cinco por año- ¿por qué esperaron hasta este momento tumultuoso para plantear las demandas?

Los términos -continuó- eran en todo caso injustos. Después de todo, si era cierto que los riograndenses hubieran ayudado a Flores debido a la persecución sistemática del Gobierno blanco, ¿por qué también lo ayudan tantos correntinos y entrerrianos? El Gobierno argentino no había tratado de excusar la conducta de algunos de sus ciudadanos alegando maltratos por parte de los blancos.

Como Herrera observó, Flores y los de su tipo podrían siempre encontrar seguidores entre las “masas incivilizadas de nuestras fronteras, los tártaros o beduinos de esas regiones, contrabandistas y malhechores (...) como los pueblos que habitan el desierto y los alrededores de países que no están todavía suficientemente protegidos por la civilización”(30).

(30) “Documentos diplomáticos: Misión Saraiva” (1864), pp. 14-37, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El canciller uruguayo concluyó argumentando que su país estaba interesado en la paz con el Imperio brasileño; cuando los uruguayos hubieran neutralizado al general Netto y otros riograndenses que estaban ayudando a Flores, entonces todos los principales problemas serían resueltos de acuerdo con el estado de derecho(31).

(31) “Documentos diplomáticos: Misión Saraiva” (1864), p. 28, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Herrera adjuntó a su respuesta una declaración sobre cuarenta y ocho reclamos ante el Gobierno de Montevideo contra el Imperio en nombre de uruguayos residentes en el Brasil. A la distancia de un siglo y medio desde que se escribió esta Nota, uno puede casi oir el bramido de Saraiva.

El diplomático brasileño habría querido eludir precisamente este tipo de intercambio. Había pensado que los blancos podrían entrar en razón. Al intentar esta juiciosa aproximación, esperaba mantener a raya a los exaltados de Rio de Janeiro. La reacción de Herrera hizo esto casi imposible.

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