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El militarismo paraguayo

- Nace el militarismo

El doctor José Gaspar Rodríguez de Francia había siempre mantenido estrictamente controladas a sus Fuerzas Armadas. Era, después de todo, una institución pequeña, no entrenada y lamentablemente armada -exactamente igual que la milicia colonial- y los oficiales militares paraguayos podían apenas escribir sus nombres.

Pero en círculos extranjeros había existido una persistente incertidumbre sobre cuántos hombres verdaderamente comandaba el dictador, algo que era un factor para evitar invasiones externas. Por lo tanto, cuando Carlos Antonio López llegó al poder a principios de los 1840, recibió un Ejército que había experimentado pocos cambios desde 1814.

El mundo, por su parte, se había tornado un lugar más peligroso para el Paraguay cuando el país lentamente comenzó a abrir sus puertas. López poseía tan poca experiencia militar como los comandantes de guarnición de que disponía pero, a diferencia de muchos paraguayos, creía que el viejo aislamiento ya no podría garantizar la paz.

A medida que fue relacionándose con nuevos contactos extranjeros, comenzó discreta pero muy intensamente, a mejorar sus Fuerzas Armadas. En 1845 estableció una Guardia Nacional sobre la base del modelo español de milicia semiprofesional. Casi todos los varones paraguayos -entre las edades de dieciséis y cincuenta y cinco- se debían supuestamente alistar en esta fuerza, que tenía también funciones policiales, además de militares(1).

(1) Decreto de López del 26 de Agosto de 1845, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 272, n. 13. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La participación del Paraguay en dos desventuras en Corrientes -durante los 1840- había convencido a López de que tenía que modernizarse o arriesgarse a ver su país tragado por sus vecinos. El presidente paraguayo estaba mejor informado que la mayoría de sus compatriotas, pero compartía con ellos una casi xenofóbica sospecha acerca de las intenciones foráneas.

Aunque tanto la Argentina como el Brasil habían reconocido la independencia paraguaya para principios de los 1850, todavía no percibía razones para bajar la guardia frente a “los incorregibles anarquistas, por un lado, y los doblecaras, traidores macacos, por el otro”(2).

(2) Comentario de Carlos Antonio López citado en Alfredo Mota Menezes. “Guerra do Paraguai: como construímos of conflito” (1998), p. 74, São Paulo. Editora Contexto. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El país seguía siendo aislado y débil; mucho mejor armarse y de esa forma ganarse el respeto que la soberanía legal, por sí sola, nunca podría proporcionar. López había designado a Franz Wisner von Morgenstern como comandante de la expedición a Corrientes en 1849.

Aventurero húngaro y ocasional maestro de la familia López, Wisner había servido durante algún tiempo en el Ejército austríaco. Sus contactos cercanos con paraguayos de alto rango abrieron las puertas del país a consultores militares extranjeros.

Wisner fue sólo el primero de muchos. En 1851, en un momento de distensión entre el Paraguay y el Gobierno imperial, los brasileños accedieron -a pedido de López- a suministrar instructores para su naciente Ejército. Irónicamente, enviaron al capitán Hermenegildo de Alburquerque Portocarreiro, quien más tarde comandó Fuerte Coimbra en el más sureño distrito de Mato Grosso. El capitán era un talentoso oficial de artillería.

Llegó a Asunción con el mejor de los talantes y un importante regalo: una batería de artillería de campaña para Carlos Antonio López. Lo acompañaba el teniente João Carlos de Vilagran Cabrita, un ingeniero cuyas audaces e intrincadas técnicas de cruce fluvial harían posible años después la primera gran incursión brasileña en territorio paraguayo(3).

(3) Antonio da Rocha Almeida. “Vultos da pátria (Os brasileiros mais ilustres de seu tempo” (1961), p. 183, Rio de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La misión brasileña fue de pequeña escala. El verdadero catalizador de la expansión militar paraguaya fue la misión europea de 1853-1854 de Francisco Solano López.

Aunque fuese solo un veinteañero, el joven López ya era la figura militar en el Gobierno de su padre y uno de los pocos hombres en los que Carlos Antonio realmente confiaba. Como estudiante, se había devorado cada uno de los volúmenes que Wisner le había puesto enfrente y había obtenido un conocimiento de Jomini y otros escritores militares de su tiempo que era mayor que el simplemente casual.

Su posición de evidente heredero le daba razones para suponer que podría guiar el desarrollo de las Fuerzas Armadas tanto como quisiera. Debido a que Solano López siempre se vanagloriaba de la manera más exagerada y presuntuosa, los historiadores han tendido a minimizar sus pretendidas dotes de organizador. Su padre, sin embargo, no podría haber encontrado otra persona más dedicada a la tarea de la preparación militar.

Los Estados europeos ya habían reconocido la independencia paraguaya; ahora -pensaba Solano López- tenían que contribuir con su defensa. Aceptando la competencia básica de Solano López, se debe reconocer que era un hombre apasionado y contradictorio y esas contradicciones conllevaban un precio para su Nación.

Su arrogancia no era natural, sino deliberada; se sentía siempre en la necesidad de probarse a sí mismo y a los demás que era un hombre de mundo, un cosmopolita sin par. En el fondo era un romántico que soñaba con la gloria para él y su país. Para muchos sudamericanos del siglo diecinueve, la majestuosidad del Viejo Mundo hacía resaltar las limitaciones de su propio continente.

En Solano López tuvo el efecto contrario: se quedó embelesado y, como convertido a alguna religión extásica, se autoconvenció de que era un hombre nuevo, en parte avergonzado de su pasado y ansioso de esparcir las buenas nuevas.

Comenzó a copiar las maneras de los europeos. Incluso el aspecto físico de sus manuscritos adoptó un estilo florido, deliberadamente europeo, que contrastaba con la letra plana, conservadora de su padre. Cuando el joven López ponía su rúbrica en un requerimiento militar o un decreto, la fuerza de sus trazos frecuentemente desgarraba el papel, como un hombre cuya mano forzara la escritura para esconder algún temblor.

El 14 de Septiembre de 1853, el viejo buque de guerra paraguayo “Independencia” atracó en Southhampton y depositó en tierra al joven general, su hermano Benigno, su cuñado Vicente Barrios y otros cinco compatriotas del entorno presidencial, varios de ellos visiblemente mareados por la travesía.

El grupo estuvo tres meses en Inglaterra, visitando fábricas en Liverpool y Manchester, intercambiando cortesías con funcionarios británicos e incluso visitando el famoso museo de cera de madame Tussauds.

Militarmente, el resultado más importante de la misión de López a Inglaterra fue el comienzo de una relación de largo plazo con la firma “John and Alfred Blyth”, de Limehouse, Londres.

Los Blyth’s actuaron como agentes generales del Gobierno paraguayo por los siguientes doce años. En nombre de López, compraron equipos militares e industriales, pequeñas armas, pólvora y uniformes sobrantes. Se ocuparon de arreglar la educación de un selecto grupo de paraguayos enviados a Inglaterra para estudios avanzados. Incluso vendieron algodón y yerba paraguayos en el mercado europeo.

Los hermanos Blyth fueron de gran importancia para ayudar a la naciente milicia paraguaya a adoptar estándares más modernos, armamento y entrenamiento, lo que le hizo posible a López desafiar a sus rivales extranjeros en forma directa y convincente.

De Gran Bretaña, Solano López cruzó al continente, donde continuó mejorando su conocimiento de “materia bélica”. Parte de su educación comprendía el aprendizaje de cuáles eran las características que hacían grande a un hombre. En este aspecto, particularmente admiraba a Napoleón III, cuya prominencia en ascenso se equiparaba con su propia carrera.

Aquel hombre de sangre no tan antigua que debía enfrentar la resistencia extranjera y el agobiante peso de la tradición aristocrática, y pese a todo ello poner a su país al frente de la política mundial, impactó al joven general como la grandeza personificada.

La comprensión de Solano López de las realidades del Segundo Imperio era menos inspiradora, sin embargo. Logró ver la brillantez del bonapartismo, pero no las debilidades de su base política y militar. En la pompa de la Guardia Imperial, por ejemplo, vio la voluntad de un hombre antes que una compleja historia de revolución, indecisión partidaria y azar(4).

(4) Un rumor que nunca se disipó del todo fue que, al igual que Luis Napoleón, Solano López estaba ansioso por convertirse él mismo en emperador, y supuestamente incluso llegó a diseñar una corona para la ocasión. Pero nadie ha probado jamás que lo pensara seriamente. Ver: Charles Ames Washburn a Elihu B. Washburne, Buenos Aires, 1ro. de Enero de 1864, en Washburn-Norlands Library, Livermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Su interpretación descartaba el poder y la influencia de los vecinos de Napoleón, tomándolos como hombres del pasado, cuando sus regímenes eran, de hecho, en todos los órdenes tan poderosos y modernizadores como el de Francia.

En un aspecto, no obstante, Solano López entendió la política europea relativamente bien: el equilibrio de poder entre los distintos Estados había asegurado la paz desde 1815 y todo lo que amenazara tal equilibrio amenazaba también el bienestar de cada nación.

Solano López tomó este principio como un hecho probado, asumiendo su aplicabilidad en el Plata (lo cual necesariamente ponía al Brasil en la peor imagen). En retrospectiva, esta aprobación era extraña, ya que contradecía el audaz militarismo que tanto admiraba en Napoleón III. Quizás el joven general se dejó llevar por el corazón antes que por la razón; quizás era simplemente inmaduro.

En cualquier caso, las lecciones que aprendió en Europa tuvieron terribles consecuencias para el Paraguay. Para el impresionable López, las avenidas de París se aproximaban a las del Paraíso celestial en magnificencia.

Carreteras, edificios públicos, puentes, incluso el inmaculado atuendo de los hombres públicos franceses estaban todos ligados en su pensamiento a la perfección (tal como estaba descripta en algunas lecciones que podía levemente recordar de San Agustín). Tratar de emular algo de ese esplendor en su propia Nación parecía natural, incluso obligatorio: tal era la verdadera función de un líder.

El lugar donde comenzar era su poder militar y, mientras permaneció en la capital francesa, Solano López se abocó lo más cercanamente que pudo a la Corte y al Ejército imperiales. Algunos oficiales mantuvieron al advenedizo a prudente distancia, mientras otros se mostraron evidentemente entretenidos con este joven general de un oscuro país.

Se reunió con especialistas en artillería, estudió de los más nuevos manuales de táctica y se informó todo lo que pudo sobre las tropas. Examinó lo más avanzado en armamento y se interesó ávidamente por las experiencias que le transmitían veteranos de la guerra colonial en Argelia.

Asistió a recepciones y fiestas semioficiales y también se unió a las actividades licenciosas de sus anfitriones militares, visitando burdeles y salones de juego noche tras noche. Posteriormente, Solano López viajó a Cerdeña, los Estados papales y España, y concretó Tratados de Amistad y Comercio casi en cada parada.

Finalmente, a mediados de 1854, retornó a la Ciudad de las Luces para finalizar planes de inmigración francesa a la colonia Nueva Burdeos en el Chaco paraguayo. Casi como una cuestión de último momento, se involucró en una apasionada relación con una bella amante, Elisa Alicia Lynch.

Fue una unión que duraría por el resto de su vida. La Madame Lynch de ojos grises le dio un grado de estabilidad al impredecible López pese a su pasado un tanto azaroso. Nacida en 1835 en una familia en Irlanda, se había casado con un cirujano militar francés a la edad de quince años, pero se separó dos años después y quedó a su suerte en París. Poco después conoció al joven general paraguayo, a quien acompañaría hasta su muerte.

Para Solano López, no era una mera compañera de alcoba. Su amplia cultura, compostura e indudable magnetismo eran adecuados a su autoridad discrecional en el Paraguay. Lynch lo hacía parecer más mundano y él la hacía sentir a ella más segura.

Muchos -en la socialmente conservadora Asunción- más tarde terminarían temiéndole u odiándola. Sus rubias trenzas, sus actitudes presumidas y su alto sentido de la moda los hacía parecer bastante ordinarios, y la aborrecían por ello. Pero el general la amaba como nunca amó a otra mujer.

Su hermano Benigno desaprobó el vínculo desde el principio. Le rogó a Francisco Solano dejar a Lynch, pero el general se rehusó al enterarse de que estaba embarazada. Le proporcionó en cambio una amplia suma, cartas de presentación e instrucciones sobre cómo reservar un pasaje a Sudamérica.

Después de dar a luz a su hijo en Buenos Aires, arribó a Asunción en Diciembre de 1855. Solano López ya había estado once meses en casa para entonces, habiendo partido de Europa con gran estilo a bordo de la exquisitamente decorada cañonera “Tacuarí”. Era un vapor de 448 toneladas construido por encargo de los hermanos Blyth. Venía con tripulación completa de marineros y oficiales británicos contratados y entró en servicio como el buque insignia de la flota paraguaya(5).

(5) Juan B. Otaño. “Nuestra vieja Marina de Guerra”, en la “Revista Militar”, 8:73 (1931): 4.342-7, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

- El militarismo se transforma

Cuando el “Tacuarí” soltó ancla en Asunción en Enero de 1855, su llegada anunciaba profundos cambios en Paraguay y sus Fuerzas Armadas. Los primeros en bajar al muelle fueron los compañeros de viaje del general, asistentes y otros lacayos, todos ataviados con impecables levitas. Para la gente de la capital, eran arquetipos de profesionales modernos.

Luego bajó Solano López lleno de medallas, quien se presentaba de pies a cabeza como el hombre que construiría una infraestructura militar sin par en el Plata. Finalmente, estaba la apariencia del barco mismo, tan moderno e imponente, el perfecto símbolo del Paraguay listo para entrar en la escena mundial. A nadie le pasó desapercibida su significación.

Aunque la mayoría de la tripulación del “Tacuarí” pronto retornó a Inglaterra, su capitán, George Francis Morice, se quedó a ayudar a construir una Armada paraguaya más fuerte que la de Argentina.

Otros británicos contratados por los hermanos Blyth hicieron lo mismo por el Ejército. Uno de los primeros en arribar desde Londres fue John William K. Whytehead, quien dirigió los trabajos de cuadrillas de maquinistas, doctores y técnicos europeos.

Ingeniero civil de carrera, el barbudo Whytehead -de nublosa mirada- probó ser tan visionario como López. También era igual de obsesivo como el general, aunque con un sentido más realista de las limitaciones y ventajas del país. Como Ingeniero en Jefe, trabajó día y noche durante diez años para orquestar un programa de desarrollo económico y militar de enorme escala(6).

(6) Josefina Plá. “Whytehead: ser o no ser” (1978), Estudios Paraguayos 6: 2, pp. 9-19, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los hombres que trabajaban para él venían al Paraguay con contratos de dos a cuatro años y recibían generosas pagas por sus esfuerzos. Construyeron edificios públicos, astilleros, un arsenal, una fundición de hierro, un ferrocarril y una línea telegráfica. En todo sentido trabajaron para modernizar la infraestructura del Gobierno(7).

(7) Josefina Plá. “The British in Paraguay. 1850-1870” (1976), pp. 21-27, Richmond, Reino Unido. Ed. Richmond Pubishers Co.; John Hoyt Williams. “Foreign Técnicos and the Modernization of Paraguay. 1840-1870” (1977), en Journal of Interamerican Studies and World Affairs, 19:2, pp. 233-257. Ed. Coral Gables. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los individuos que merecen mención específica en este respecto incluyen a George Thompson, el doctor William Stewart y George F. Masterman, todos los cuales escribieron memorias sobre la guerra.

Thompson, un ex oficial de ejército sin experiencia previa en ingeniería militar, aceptó un nombramiento en las Fuerzas paraguayas primero como ingeniero topográfico y luego como comandante de cuerpo. Sus habilidades en la preparación de terraplenes dieron a los paraguayos una decidida ventaja en la defensiva.

Stewart también había servido en el Ejército británico como un miembro del cuerpo médico. Llegó a Asunción como sobreviviente, arruinado de un abortado proyecto de colonización y luego conoció a la solitaria madame Lynch. Mantenida embarazada en una celda de oro por Solano López, Lynch había sido en general rechazada por otros residentes británicos y llamó la atención de Stewart, un encantador por naturaleza.

Gracias a su influencia, pronto recibió el puesto de Cirujano Jefe en el Ejército de Solano López. Administraba hospitales militares y, junto con Masterman, supervisaba el tratamiento de cientos de enfermos y heridos. Masterman mismo era farmacéutico de profesión y se convirtió en el Boticario Jefe de las Fuerzas paraguayas, una posición que conllevaba el grado de teniente. Como Stewart, jugó un importante papel en el destacamento médico durante la guerra y estuvo bien posicionado para observar los resultados de los combates.

Estos especialistas británicos y sus asociados ganaban su parte de la planilla de sueldos del Gobierno. El monopolio estatal de yerba mate y los distintos arrendamientos gubernamentales le permitían a Solano López pagarles en efectivo por sus servicios.

Pero el Gobierno recibió mucho a cambio. Los contratos con ingenieros europeos contenían cláusulas que los obligaban a entrenar a aprendices paraguayos que eventualmente tomarían sus puestos. Esto difundió algunos conocimientos preciosos de la industria moderna en un país lejanamente remoto del río Clyde.

Los aprendices comúnmente se volvían oficiales no comisionados en el Ejército paraguayo e hicieron contribuciones cruciales a la construcción militar a principios de los 1860 y aún más durante la larga resistencia posterior.

Los proyectos de Whytehead eran factibles y ampliamente concebidos. De hecho, han inspirado comentarios altamente favorables por parte de historiadores revisionistas ansiosos de descubrir alguna prueba del desarrollo económico del Paraguay.

Pero un programa de modernización en el que todos los paraguayos participaran era algo que estaba más allá de la mente de Solano López. Los Cofres estatales tenían superávits suficientes para cubrir una remodelación de las Fuerzas Armadas y todos los proyectos oficiales se dirigieron hacia ese objetivo. Pero la mayoría de los paraguayos no tenía contactos con los europeos, ni se beneficiaban palpablemente de los cambios que estaban ayudando a incorporar.

Una cosa era segura, sin embargo: las capacidades militares del Paraguay estaban creciendo rápidamente. La mayor parte de la artillería de la Nación consistía previamente en viejos y ajados cañones de hierro, “probablemente usados como lastres de barcos y comprados por Paraguay”(8).

(8) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 54, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Ahora eran signos distintivos del cambio. Consignaciones de armamentos de muchas clases llegaron de Inglaterra y el continente: sables para la caballería, cañones de hierro y bronce, cohetes Congreve, carronadas y piñas o metrallas. Después de los 1850, las compras de armamento extranjero continuaron absorbiendo buena porción del Presupuesto(9).

(9) En 1864, Solano López también trató de comprar “toda clase de armas” de los Estados Unidos, aunque no está claro si algún cargamento pudo haber llegado a él antes de Appomattox; el contacto norteamericano para estas frustradas compras fue George Woodman, hermano del socio comercial del propio hermano mayor del ministro Washburn, Cadwallader. Ver: Charles Ames Washburn a Elihu B. Washburne, Asunción, 3 de Junio de 1864, en Washburn-Norlands Library, Livermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero más y más las armas eran producidas localmente en el arsenal de Asunción y en la fundición de Ybycuí, donde se hacían cañones de 12, 24 y 32 libras y municiones de todos los calibres. Los paraguayos construyeron vagones y carros para el Cuerpo de Intendencia junto con carruajes fijos y móviles para cañones.

Astilleros estatales también construyeron el “Ypora” y el “Salto del Guairá” (en 1856), el “Correo” (en 1857), el “Apa” (en 1858) y el “Jejuí” (en 1859), todos ellos vapores grandes, modernos, diseñados tanto para fines comerciales como militares.

Tal vez las innovaciones más importantes, sin embargo, llegaron en forma de nuevos procedimientos de entrenamiento para soldados comunes y el establecimiento de grandes campamentos militares. Formaciones modernas reemplazaron a la tradicional disciplina informal.

Wisner se lleva parte del crédito aquí, aunque mucho más se les debe a ingenieros británicos, como Thompson, quienes se destacaron como entrenadores militares. Enfrentaron desafíos abrumadores. En el curso de principios de los 1850, Carlos Antonio López elevó el número de hombres en armas y ahora, con el retorno de su hijo mayor, la conscripción se volvió casi universal(10).

(10) Una medida de reclutamiento de 1862 llamó a alistarse a todos los hombres de todas las villas y partidos del país. Ver decreto de Solano López, Asunción, 13 de Noviembre de 1862, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2.326. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Hombres de las aldeas más aisladas eran reunidos con otros de Asunción. Pocos, excepto los obreros de la yerba, tenían alguna experiencia de trabajo en grandes grupos. Pocos habían visto rifles modernos; incluso los trabucos eran objetos extraños para algunos. El método de disparo de los reclutas sin entrenar era cargar todas las municiones y pólvora posibles en el caño del arma, luego mirar a lo lejos el objetivo, apretar fuertemente el gatillo y esperar a ver qué pasaba.

La estampida causaba gran satisfacción, pero pocos se preocupaban de la precisión. Por supuesto, las prácticas regulares implantaron hábitos más eficientes. Instructores de distintas nacionalidades podían desalentar los desperdicios y la ineficiencia en una manera tan severa como necesaria.

La disciplina en el Ejército paraguayo era estricta, incluso brutal. Los soldados ociosos corrían el riesgo de una golpiza que le desgarrara la carne de sus espaldas. Ni siquiera el más joven tamborilero podía esperar excepciones de la regla del látigo. No hace falta decir que por cobardía o deserción un hombre podía ser azotado hasta la muerte(11).

(11) Cecilio Báez. “El uso del azote en el Paraguay durante la dictadura”, en “Revista del Instituto Paraguayo” (1907), 9:58, pp. 473-485, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero a pesar de la rudeza de la vida militar, el soldado medio muy raramente se permitía quejarse abiertamente o cuestionar sus órdenes. Daba por hecho que su destino en la vida le demandaba una silenciosa, incondicional aceptación. Como observó un testigo:

“Los paraguayos eran los hombres más respetuosos y obedientes que se pudiera imaginar. Desde el soldado al general, todos se cuadraban y descubrían ante su superior, quien nunca correspondía el saludo.
“Todo aquél que portara uniforme militar era superior a cualquier civil y todos los jueces, etc., tenían que sacarse el sombrero ante cualquier insignia (...).
“Un paraguayo jamás se quejaba de una injusticia y se mostraba perfectamente conforme con lo que fuera que determinara su superior. Si era azotado, se consolaba diciendo: ‘si mi padre no me castigara, ¿quién lo haría?’”(12).

(12) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 57, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Esta evocación al paternalismo era apropiada, pero también lo era la noción de que Solano López tenía en mente construir un Ejército Nacional con un espíritu común. A diferencia de la milicia brasileña, donde la presencia de criminales, deudores y desempleados era la norma aceptada, en el Paraguay la conscripción tomaba a todo hombre capacitado físicamente por el tiempo que el Gobierno lo requiriera.

El desprecio que tan comúnmente se prodigaba a los soldados en Brasil no encontraba un paralelo en Paraguay, ya que ciudadanos de todos los estamentos participaban en las Fuerzas Armadas y el Gobierno hacía obvio que los soldados merecían un trato deferente. Como en el Ejército francés, los oficiales eran generalmente promovidos por rangos y no existían los sustitutos.

De hecho, cuando hombres más ricos se reportaban para su servicio, el Gobierno los obligaba a quitarse los zapatos y andar descalzos, ya que nadie sino Solano López y sus oficiales de alto rango tenían permitido usar botas(13).

(13) El estatus de la soldadesca descalza del Paraguay fue comentada por muchos observadores extranjeros. Alison Owings. “Frauen: German Women Recall the Third Reich” (1993), pp. 208-209, Rutgers University. Ed. New Brunswick (Canadá), cita la reacción de las mujeres alemanas ante la aproximación de las tropas de ocupación de Estados Unidos en 1945, notando que incluso en grandes columnas su marcha era silenciosa debido a que sus botas no tenían las tachuelas de sus contrapartes Wehrmacht. Las tropas descalzas de Solano López, en contraste, eran sigilosas como fantasmas hasta cuando pasaban en revista. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque tal vez esto sea sólo una curiosidad, claramente demostraba una inclinación hacia la uniformidad entre los paraguayos, uniformidad conducente al espíritu de cuerpo. Los campamentos militares que diseñaron los europeos en Paraguay no eran cosa trivial.

Había ya sustanciales guarniciones en Asunción, Olimpo, Villa Franca, Concepción y Villa Oliva, pero estos establecimientos eran modestos en comparación con los campos más nuevos.

El importante centro de entrenamiento en Cerro León, por ejemplo, tenía barracas y zonas de desfile, cuarteles de oficiales, numerosos corrales para caballos, armería, un hospital (con farmacia bien abastecida), depósitos de suministros y cantinas y numerosas cabezas de ganado para alimentación.

Fue especialmente construido a pocos kilómetros del fin de la línea del nuevo ferrocarril para que las tropas se pudieran desplegar más rápidamente. En su conjunto, el campamento acomodaba a un enorme número de soldados y a fines de 1864 unos veinte mil residían en el lugar(14).

(14) Bergés a Juan José Brizuela, Asunción, 22 de Diciembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-22, 12, 2, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Si Cerro León era impresionante para los estándares regionales, la gran fortaleza de Humaitá se volvió incluso más famosa como la “Sebastopol de Sudamérica”. Localizada a 25 kilómetros al norte de la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná, el asentamiento inicial fue fundado en 1778 como un pequeño puesto del Gobierno para interceptar a contrabandistas de tabaco. En ese tiempo, consistía en dos o tres ranchos de adobe en una orilla con vista a un agudo recodo en el Paraguay.

El Gran Chaco estaba directamente enfrente y Corrientes a sólo unas pocas horas río abajo. Como sitio estratégico, Humaitá no tenía igual en la región, dado que los barcos enemigos no podían ascender el Paraguay sin pasar bajo sus cañones. Estaba también excepcionalmente bien protegida al sur y al este por pantanos y lagunas. Las pocas áreas secas podían ser reforzadas con tropas, de manera a frustrar cualquier eventual ataque por tierra.

El campamento en sí cobró vida solamente después de la confrontación -en 1855- en torno al caso de Fêcho-dos-Morros. La flotilla brasileña pudo haber causado considerable destrucción en Pilar y Asunción si las condiciones lo permitían y Carlos Antonio López deseaba que nunca más un adversario tuviera semejante oportunidad.

Bajo dirección europea, un ejército de trabajadores invadió las selvas del sitio. Erigieron una línea de fortificaciones de 2.000 metros a lo largo de la margen izquierda del río. La línea estaba construida de adobe compacto, ladrillos cocinados y troncos de madera maciza. Contenía grupos de parapetos y ocho baterías separadas de cañones. Con 150 metros de frente y 6 metros de alto, la Batería Londres era la más notable de las ocho.

Consistía en una larga ventana de ladrillos con paredes de casi un metro de ancho, cubierta con arcos de lodo compactado. Agujereada con aberturas para dieciséis cañones, tenía montados dos de 68 libras, dos de 56, tres de 32 y uno de 8,75 pulgadas. Las otras siete baterías estaban principalmente situadas sobre plataformas altas a barbeta, con techos de paja y parcialmente reforzadas con muros de ladrillo o barro.

En su conjunto, las defensas de Humaitá presentaban una formidable, aunque no impenetrable, barrera a cualquier enemigo que se aproximara desde el río.

Hasta los tiempos de la Guerra Civil norteamericana, la historia de la guerra moderna había sido una de creciente número de tropas y cada vez más sofisticados sistemas de fortalezas y armamentos.

Cuando Gustavus Adolphus introdujo las baterías de cañones livianos, revolucionó el combate al hacer posible concentrar el fuego en un blanco único y mover los cañones rápidamente.

Napoleón mejoró esta idea al concentrar el fuego de un ejército completo en un único sector del campo de batalla para preparar el camino de un asalto decisivo de infantería. La ubicación de los cañones de Humaitá demostraba que Solano López y sus consejeros habían aprendido algo de estos precedentes europeos, ya que las armas más livianas podían moverse fácilmente en apoyo del fuego de los cañones más pesados.

Detrás de las baterías, los paraguayos construyeron trincheras permanentes para rodear el campamento en un arco de 13 kilómetros. A intervalos regulares situaban empalizadas y caballetes de frisa y en el extremo sur establecieron otro conjunto de baterías comandando los esterales.

También construyeron polvorines con forma de tatakua (abovedados como iglús) con quinientas toneladas de pólvora negra, muelles, barracas para doce mil soldados, amplios depósitos para almacenar alimentos y armas, herrería, aserradero, carbonería, corrales para caballos y vacunos, almacenes y varios hospitales y clínicas(15).

(15) La cifra de 500 toneladas de pólvora parece improbable, pero un Inventario de municiones de 1864 registra en campos muchos más pequeños en Asunción, Concepción, Salvador, Villa Franca, Villa Oliva y Bella Vista un total de reservas de pólvora de 12.166 arrobas (152 toneladas). Ver: “Disponibilidad General de Armas y Municiones”, Asunción, 16 de Febrero de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 27, 49, n. 6. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En el centro, los hombres de Solano López construyeron una elegante iglesia azul y blanca con el modelo de la Catedral de Asunción. Consagrada en 1861 (y bautizada San Carlos en honor del López mayor), era “un espléndido edificio de tres torres, la de la mitad de unos 40 metros de alto; el interior (estaba) impecable y una columnata la rodeaba por el exterior; había cuatro grandes campanas colgadas de andamiajes de madera, una de ellas con la inscripción ‘Sancte Carole, ora pro nobis’”(16).

(16) Richard Burton. “Letters from the Battlefields of Paraguay” (1870), p. 317, Londres. Ed. Tinsley Brothers. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La cúpula de la iglesia era la primera cosa visible cuando los barcos bordeaban el recodo desde cualquier dirección; algún día, su figura recortada en el sol naciente, se levantaría como un símbolo de resistencia, o de desesperación, y de un premio casi inalcanzable.

Humaitá era un centro de entrenamiento comparable al de Cerro León. Al igual que el campamento más grande al norte, era testigo de miles de reclutas encauzados y puestos en condiciones de combatir. En general, estos hombres habían crecido en el campo y nunca habían vivido bajo estricta disciplina.

Estaban profundamente impresionados con todos los curiosos equipos militares. A medida que llegaban los cargamentos de armas importadas de Asunción, todos tenían la chance de verlas, aunque sólo unos pocos podían probarlas.

Solano López estaba entre las pocas figuras en Sudamérica que entendían el valor del rifle de aguja y más aún de los modelos de avancarga de un tiro que entraron al mercado después de la Guerra Civil norteamericana.

Estos disparaban el admirado proyectil Minié, que tenían excelente rango y precisión. Solano López, sin embargo, solamente pudo obtener suficientes rifles Wittons para armar tres batallones de infantería y un cargamento de carabinas Turner de carga en la recámara para sus 250 escoltas.

Esta unidad se autodenominaba “Acá Carayá”, o cabezas de mono, debido a que cada miembro portaba un casco de cuero sobre el cual se adhería la cola de un mono aullador. Otras tres o cuatro unidades, incluyendo los dragones de cascos de bronce (“Acá Verá”), finalmente recibieron rifles de percusión antes de que los bloqueos enemigos cortaran las fuentes paraguayas de abastecimiento; el resto de las tropas tenía que conformarse con una variedad de mosquetes(17).

(17) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 53-54, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus. (Actualmente en guaraní se escribe “akã karaja” y “akã vera”).

Los reclutas sin rifles llevaban lanzas de tacuara y marchaban sagazmente con sus nuevas túnicas coloradas y pantalones blancos. Estos jóvenes soldados eran generalmente pequeños pero fornidos, figuras fuertes de ojos brillantes como mosaicos cópticos. Parecían tímidos frente a la autoridad, pero usualmente disfrutaban estar lejos de casa.

Observadores posteriores documentaron su valentía, alta moral y determinación en combate. El número preciso de tropas disponibles por Solano López en 1864 sigue siendo materia de conjetura. El coronel Thompson afirmó en ese tiempo que el Ejército paraguayo tenía alrededor de 80.000 hombres, un tercio de los cuales era de caballería y el resto de infantería y artillería(18).

(18) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 52, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Otro recuento de una fuente oficial a principios de 1865 enlistaba una fuerza de 38.173(19).

(19) “Fuerza efectiva del Ejército paraguayo”, [¿Asunción, Enero de 1865?], en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórico 344, n. 22. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Este número es probablemente más cercano a la realidad, aunque posiblemente reflejaba el de las Fuerzas permanentes antes de la movilización general. El factor clave, después de todo, no era cuántos hombres estaban bajo armas en Paraguay en un momento específico, sino cuánta reserva existía. Solano López casi con seguridad podía contar con más de 150.000 hombres, aproximadamente un tercio de la población del país(20).

(20) Richard Burton. “Letters from the Battlefields of Paraguay” (1870), p. 9, Londres. Ed. Tinsley Brothers. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Ni los brasileños ni los argentinos podían esperar movilizar a tantos hombres tan rápidamente, aunque debido a sus grandes poblaciones respectivas, ambos podían arreglárselas para lograr algo similar luego de riguroso reclutamiento. La ventaja del Paraguay en este sentido era política, ya que no enfrentaba oposición significativa dentro de sus fronteras.

No obstante, vista en estrechos términos militares, la capacidad del país de movilizar rauda y extensivamente significaba una carga, debido a que carecía de oficiales entrenados para liderar a tantos hombres. También faltaban sargentos y cabos.

Independientemente del verdadero tamaño del Ejército de Solano López, su organización interna era suficientemente clara. La infantería estaba dividida en batallones, treinta y siete en 1864.

En los papeles, cada batallón tenía entre 800 y 1.000 hombres organizados en seis compañías. Sin embargo, la mayor parte de las unidades seguía el patrón del Batallón 2 de Infantería, el cual sólo contaba con 483 oficiales y soldados para mediados de ese año(21).

(21) “Fuerza efectiva del segundo batallón de infantería”, Asunción, 31 de Agosto de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 955. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por su parte, la caballería estaba organizada en veintinueve regimientos de cuatro escuadrones cada uno. Cada regimiento tenía 400 hombres de rango y filas aunque, de nuevo, pocas unidades contaban con su fuerza total, en parte porque carecían de suficientes caballos(22).

(22) Nótese en este contexto que cada hombre requería un mínimo de dos animales, ya que, como observó el coronel Thompson, “había en ese tiempo en todo el Paraguay tal vez 100.000 caballos, sólo la mitad de los cuales podía galopar tres o cinco kilómetros. Los caballos paraguayos nunca fueron buenos y una terrible enfermedad de la espina se había llevado recientemente a una gran parte de ellos, atacando generalmente a los mejores animales”. George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 53, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La artillería tenía sólo tres regimientos y estos debían manejar todo lo concerniente a los cañones, desde el estándar de 12 libras hasta el de ánima lisa de 56 libras utilizado en Humaitá.

Pese a su atraso general y la falta de armas y material modernos, el Ejército paraguayo era igualmente grande y este era un punto clave de su reputación. Como su padre, el nuevo presidente era un hombre celoso. Concedía promociones tan esporádicamente que los regimientos estaban normalmente comandados por tenientes y rara vez por oficiales de rango mayor que el de capitán.

Cuando estalló la guerra, el Ejército del Paraguay contaba con un solo general (López), cinco coroneles, dos teniente coroneles, diez mayores, cincuenta y un capitanes y veintidós tenientes. Varios cientos de oficiales jóvenes y no comisionados se agregaban al liderazgo. Esto era muy poco adecuado para un Ejército de decenas de miles. Seis jóvenes enviados a Francia para estudios militares tenían todavía que completar su primer semestre para finales de 1864(23).

(23) John Hoyt Williams. “The Rise and Fall of the Paraguayan Republic. 1800-1870” (1979), p. 203, University of Texas. Ed. Austin. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Por lo tanto, aunque era una fuerza imponente en términos regionales, el Ejército paraguayo todavía tenía serias dificultades, no en menor medida el miedo de los oficiales de que cualquier muestra de habilidad de su parte pudiera acarrearles la envidia, quizás incluso la ira, de Solano López.

Las condiciones no eran mejores en la Armada. Si bien Solano López se había concentrado en modernizar este servicio, sólo se había expandido a dieciséis vapores para 1864, todos ellos, salvo el “Tacuarí”, buques mercantes convertidos. Los mismos eran apoyados por una pequeña flotilla de veleros, chatas y canoas.

Los vapores y algunas de las barcazas portaban cañones de 4 a 32 libras, pero los cañoneros eran por lo general neófitos. De hecho, a excepción de varios maquinistas y fogoneros británicos, nadie a bordo de estos barcos podía llamarse experimentado. Las tripulaciones tendían a ser pequeñas.

La mayor parece haber sido la del “Ygurey” (botado en 1862), que tenía un capitán, dos tenientes veteranos, un sargento, un trompetista y tamborilero, seis cabos, dos pilotos y cincuenta y un otros marineros(24).

(24) John Hoyt Williams. “The Rise and Fall of the Paraguayan Republic. 1800-1870” (1979), p. 205, University of Texas. Ed. Austin. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La mayoría de los vapores llevaba menos de cincuenta tripulantes, los veleros alrededor de quince y las chatas y canoas, siete o menos. Algunos de estos hombres habían hecho el viaje a Montevideo, pero la mayoría no había ido más allá de Concepción o Humaitá.

Consecuentemente, no importa cuántos informes sobre cuestiones navales hubiera elevado el capitán Morice ni cuánto habían trabajado los astilleros de Asunción, los paraguayos tenían poca oportunidad de empardar la ventaja brasileña en barcos y entrenamiento. Debían buscar sus fortalezas en otro sitio.

- Algunas comparaciones

Una mirada sobre las infraestructuras militares de los países analizados revela pocas ventajas insuperables. Los cuerpos de oficiales de la Armada Imperial brasileña y los ingenieros del Ejército tenían nivel profesional, si uno los define en términos de conocimiento, capacidad, responsabilidad y sentido de identidad corporativa. Tales pautas estaban también presentes hasta cierto punto en algunos batallones porteños de la Argentina y tal vez en el batallón de escolta del Paraguay.

A excepción de estos pequeños núcleos, sin embargo, las fuerzas militares en Sudamérica carecían del profesionalismo de sus contrapartes de Europa, por más que los oficiales sudamericanos, que podrían tener más ambición que talento, sabían lo que querían y qué obstáculos debían superar.

Si se incluyen las tropas de la Guardia Nacional, las fuerzas disponibles por el Imperio brasileño ampliamente excedían a las del Paraguay, Uruguay y Argentina. Tales números le darían normalmente una abrumadora ventaja vis-à-vis con cualquiera de sus vecinos. Pero estas fuerzas no podían ser fácilmente entrenadas y concentradas. La mayoría estaba modestamente armada y liderada.

La milicia brasileña le debía su básica desorganización a la política presupuestaria del Gobierno imperial y, más particularmente, al conservadorismo instintivo de las élites brasileñas.

A los grandes abogados, comerciantes y legisladores les preocupaba que cualquier expansión del Ejército permanente pudiera perturbar su orden social cuidadosamente construido. Como habrían de revelar acontecimientos posteriores, sus presunciones eran justificadas.

Esto no era consuelo, sin embargo, para Caxias, Osório y otros que querían modernizar la institución militar dentro de los límites del orden imperial. Debían conformarse con mínimas reformas. Aunque el Ejército Imperial no tenía nada de impresionante, la Armada, en contraste, lucía relativamente moderna en términos de lo que cualquier observador europeo podía reconocer.

La flota era numerosa, sus cañones formidables y sus oficiales bien entrenados. Su misión, sin embargo, se concentraba en la defensa costera. No podía ser fácilmente entrenada para el apoyo de fuerzas de tierra y sus comandantes tenían poca experiencia en ríos interiores. La Armada Imperial no estaba lista -por lo tanto- para la clase de guerra que Solano López le tiró encima.

Si había ciertas flaquezas en las Fuerzas Armadas del Brasil, ello era todavía más pronunciado en las de la Argentina. Ciertamente había algunos oficiales preparados en los más altos rangos en Buenos Aires, pero su talento era totalmente individual y no fácilmente transferible a otros comandantes de campo o al cuerpo de oficiales en su conjunto.

Mitre trató de encontrar un camino mediante la contratación de mercenarios extranjeros y la compra de armas modernas, pero los fondos disponibles para tales iniciativas eran limitados. Además, las cuestiones de las provincias del Litoral y el Interior permanecían irresueltas; el Gobierno Nacional no tenía razones para confiar en que un programa de desarrollo militar obtendría un apoyo generalizado.

Mientras tanto, en su mayor parte, los hombres en armas en la Argentina continuaban organizándose y comportándose como si estuvieran en los tiempos de Rosas. Al lado, en el Uruguay, la situación era muy similar, aunque el ímpetu allí era incluso menos evidente.

El Paraguay era el único país de la región que podía jactarse de su preparación militar y su disponibilidad de recursos en el Tesoro. Para Francisco Solano López, el centro de gravedad política era el Ejército y trataba la institución con el mayor favor que le permitían las aisladas circunstancias de su país.

Era grande en términos numéricos, aunque las unidades no habían sido probadas y el entrenamiento había recién comenzado a tomar una forma regular. Todavía había muchas debilidades en armamento y liderazgo (la falta de mandos medios confiables era un problema serio), pero el futuro de la milicia paraguaya lucía radiante.

La filosofía del Ejército de Solano López era completamente distinta a la de los brasileños y argentinos; era una Institución que respondía a directivas nacionales, no una camarilla de Guardias provinciales de limitado panorama.

El Ejército (y la Marina) podían depender del incuestionable patronazgo del Estado. Ambas estructuras se superponían tanto que se volvían una misma. Por lo tanto, a diferencia de Argentina y Brasil, el Paraguay podía movilizar a casi todos los hombres de la Nación con relativa facilidad.

La presencia de Whytehead y otros ingenieros europeos agregaba un elemento moderno a lo que de otra forma habría sido una Institución absolutamente atrasada. Finalmente, en esa área nebulosa a veces llamada “voluntad de pelear”, aquí también los paraguayos podían apoyarse en su fuerte sentido de comunidad. Tenían tanto disciplina como alta moral.

Si tales sentimientos podían superar las desventajas geográficas del país o si podían por sí solos llevar a Solano López a la victoria, era todavía un interrogante sin respuesta.

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