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Neutralidad puesta a prueba

La confiscación del “Marqués de Olinda” y la rápida conquista de Mato Grosso sorprendió y enfureció a los brasileños, pocos de los cuales había oído hablar de Solano López antes de eso. Ahora, de repente, era representado como un niño malcriado, un orangután en uniforme, un ogro asiático, un rey sobre una montaña de calaveras.

El que semejante hombre pudiera lanzar un ataque contra el Imperio, e incluso tomar parte del territorio nacional, era intolerable. En una sesión del Parlamento mucho después, oponentes políticos acusaron al primer ministro Zacharias de Góes e Vasconcellos de haber fracasado en predecir la acción de López: esto es incuestionablemente cierto -respondió- pero nadie, ni en el Brasil ni en el Río de la Plata habría jamás sospechado que los paraguayos se comportarían tan imprudentemente(1).

(1) Helio Lobo. “Antes da Guerra (a Missão Saraiva ou os Preliminares do Conflicto com o Paraguay)” (1914), p. 34, Rio de Janeiro. Ed. Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro (se refiere a la Sesión del 4 de Agosto de 1866). Las justificaciones de Zacharías en este punto eran insinceras. El sabía perfectamente bien que un gran número de observadores había pronosticado las agresivas intenciones de López. Ver, por ejemplo, Charles Ames Washburn a Elihu B. Washburne, Asunción, 6 de Febrero de 1864, Washburn-Norlands Library, Livermore Falls, Maine. Ahora que se habían soltado los perros de la guerra, el lenguaraz ministro de Estados Unidos en Asunción continuó haciendo correctas -aunque inapropiadas- predicciones. A su prometida le escribió:
“No hemos sido transferidos aquí para dejarte a ti toda la guerra y las peleas en Norteamérica. Al contrario, Paraguay irá a la guerra con Brasil y supongo que el río será bloqueado en el curso de dos o tres semanas por la flota brasileña y tu Charlie podría verse imposibilitado de enviar más cartas”.
Washburn a Sallie Cleaveland, Asunción, 13 de Noviembre de 1864, Washburn-Norlands Library, Livermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Lo que importaba ahora era cómo respondería el Imperio al desafío de una nueva guerra. Estaba claro que los paraguayos tenían que recibir una lección, pero esto era quizás más fácil decirlo que hacerlo.

El sábado 7 de Enero de 1865, Don Pedro autorizó la creación de un nuevo Cuerpo, los “Voluntários da Pátria”, conformado por hombres de entre dieciocho y cincuenta años de edad que todavía no se habían enrolado en la Guardia Nacional(2) pero, por razones legales, estos no podían ser enviados fuera de las provincias brasileñas.

(2) Decreto Imperial, Palacio de Rio de Janeiro, 7 de Enero de 1865, en “Jornal do Commercio”, Rio de Janeiro, 9 de Enero de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El emperador y sus ministros, sin embargo, se sentían confiados en que los voluntarios y el Ejército regular podrían pronto neutralizar a los paraguayos y restaurar el honor del emperador y de la Nación. Los voluntarios se dividían en dos grupos: estaban los agresivos, ansiosos de cortar la garganta del enemigo; y los que dieron un paso al frente en busca de cualquier trabajo que les permitiera escapar del aburrimiento de sus respectivos distritos. De todo el Brasil, hombres vistieron uniformes para mostrar su pasión por este nuevo conflicto y su interés por los premios económicos anunciados en el decreto del 7 de Enero.

Las primeras unidades voluntarias que se reunieron en São Paulo eran un lote indisciplinado y violento, aunque ostensiblemente feliz en sus nuevas vestimentas. Una buena cantidad no era realmente de voluntarios en cualquier sentido que se le quiera dar a la palabra. Como aquellos individuos que habían sido antes apresados y obligados a servir como “colonos” militares en Mato Grosso, estos habían sido simplemente tomados en las calles por bandas de reclutadores(3).

(3) J. J. Chiavenato. “Os Voluntários da Patria e outros mitos” (1983), pp. 25-36, São Paulo. Ed. Global. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Pero a pesar de la pobre calidad de muchos reclutas (y las cuestionables circunstancias en las que entraron a las Fuerzas Armadas), el entusiasmo de la mayoría parecía suficientemente genuino. Lo mismo era cierto para los civiles, quienes ofrecían contribuciones en dinero, esclavos y alimentos para los esfuerzos de guerra.

Esta generosa reacción contrastaba radicalmente con la indiferencia mostrada cuarenta años antes en los tiempos de la Guerra Cisplatina. Ello sugiere que alguna clase de sentimiento nacional había echado raíces en el Brasil. Aun así, la muestra de patriotismo no era enteramente convincente, ya que la mayoría de los contribuyentes era miembro de la pequeña (pero creciente) clase media.

Tales individuos tenían interés en establecer su legitimación como ciudadanos de igual categoría en una nación orientada a las élites. Como tales, estaban haciendo lo que imaginaban harían los alemanes o los franceses en circunstancias similares. Buena parte de ellos parecía tener alguna asociación con el Estado (o encontraban útil vocear las letanías antiparaguayas del Gobierno).

El director de un gimnasio privado en Bahía, por ejemplo, reservó cinco lugares en su escuela para muchachos de doce años, hijos de oficiales enviados al frente, una oferta que podría ser interpretada como nacionalismo o como propaganda comercial(4).

(4) Ver: doctor Abilio Cesar Borges al presidente de Bahía, Bahía, 18 de Febrero de 1865, Arquivo Público do Estado da Bahia, Seçao do Arquivo Colonial e Provincial, maço 3.660 (tal como fue colectado por Hendrik Kraay). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Esta clase de pose era, desde luego, común en muchos países durante el siglo diecinueve, y debería ser acentuado el hecho de que algunos contribuyentes en Brasil provenían de una extracción más humilde y tenían menos por ganar por su generosidad. Una costurera bahiense, por ejemplo, ofreció coser cien camisas para uso del Ejército y la Armada sin costo(5).

(5) Ver: Antonio Firmino de Saa Guimarães a Presidente Provincial, Bahía, 13 de Febrero de 1865, Arquivo Público do Estado da Bahia, Seção do Arquivo Colonial e Provincial, maço 3.675. Hay muchos otros ejemplos de la misma naturaleza en cada rincón del Imperio. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tal vez esta señora pensó que la guerra duraría poco tiempo y no provocaría muchas bajas. Si realmente lo creía, no estaba sola ni mucho menos, ya que nadie en Brasil adivinó lo larga y traumática que sería esta conflagración.

Si el ataque a Mato Grosso indignó al público y Gobierno brasileños, también disgustó a los blancos uruguayos, quienes habrían preferido ver al Ejército paraguayo marchar hacia Montevideo. Desde su punto de vista, Solano López había olvidado su objetivo primario en favor de una cuestionable aventura. Los blancos ahora tenían que contender tanto con Flores como con una fuerza de invasión brasileña de gran escala sin ayuda externa en absoluto.

Solano López reconocía el reto que enfrentaban sus aliados y, en un sentido vago, sinceramente deseaba ayudarlos. Primero estaba Paraguay, sin embargo, y cualquier pensamiento de asistencia oportuna debía estar subordinado al interés nacional definido por él mismo. La ocupación de Mato Grosso era un primer paso en dirección a este interés; explotar los sentimientos antibrasileños en las provincias del Litoral argentino y, especialmente, obtener el apoyo de Justo José de Urquiza, era otro.

Así como lo veía Solano López, el éxito paraguayo en cualquier emprendimiento en el Bajo Plata precisaba la cooperación del entrerriano. Adicionalmente requería una Argentina neutral que mostrara simpatía por el Paraguay en el momento adecuado.

Sin embargo, en contraste con los blancos uruguayos -quienes no habían ahorrado esfuerzos por convencer al Gobierno de Asunción de adoptar su punto de vista- los paraguayos no hicieron intentos sistemáticos por influenciar la opinión argentina. Sus agentes en Corrientes, Paraná, Buenos Aires y Montevideo periódicamente enviaban notas pro López a los periódicos, pero sus esfuerzos raramente iban más allá.

No obstante, Solano López pensaba que el tiempo estaba de su lado. A medida que se desarrollara la intervención brasileña en el Uruguay, creía que los argentinos rechazarían la colaboración de Bartolomé Mitre con el Imperio. Esto pronto generaría una posición abiertamente proparaguaya. Por renuente que se pudiera mostrar Urquiza, bajo tales circunstancias tendría que inevitablemente aprovechar la oportunidad para arrebatarle el poder a Mitre(6).

(6) Ver José Bergés a Juan José Brizuela, Asunción, 22 de Diciembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-22, 12, 2, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los brasileños, enfrentados con un frente unido de paraguayos, entrerrianos y ciertos grupos de otros argentinos y uruguayos, pronto se retirarían. De esta manera, Solano López restauraría el apropiado balance de poder en el Plata, ganándose para él y su país una posición de invulnerable influencia.

- La carta entrerriana

Urquiza era la clave. Desde Agosto de 1863 Solano López había tratado de persuadir al caudillo de abandonar la que él calificaba de errónea política de neutralidad en la guerra civil uruguaya(7).

(7) Octavio Lapido a Herrera, Asunción, 27 de Agosto de 1863, en Luis Alberto de Herrera. “La diplomacia oriental en el Paraguay” (1990), tomo 2, pp. 406-408, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El propio hijo de Urquiza, Waldino, y muchas otras figuras locales habían también abogado en esa dirección. La amenaza de una intervención no había simplemente dejado los sables entrerrianos nerviosos, sino blandiendo en el aire. “El Litoral”, una hoja de escándalos provinciales editada por Evaristo Carriego, lanzó un virulento ataque contra Buenos Aires y frenéticamente predijo la desintegración de la República Argentina si Mitre continuaba su flirteo con el emperador(8).

(8) Ver: F. J. McLynn. “General Urquiza and the Politics of Argentina” (1976), p. 163, disertación doctoral, University of London, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

En respuesta, la prensa porteña por poco no trató a Urquiza de traidor e incluso consideró su alianza con Paraguay como un hecho consumado:

“El general Urquiza está en cercano contacto con López. Es él quien está manipulando a López. Un testigo autorizado de (el palacio de Urquiza en) San José nos ha dicho que hay una alianza entre estos dos espíritus mellizos y que López le está proporcionando dinero a Urquiza”(9).

(9) F. J. McLynn. “General Urquiza and the Politics of Argentina” (1976), p. 163, disertación doctoral, University of London, Londres; ver también: “El Nacional” (Buenos Aires), 23 de Octubre de 1864. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La verdad era que Urquiza todavía no había tomado una decisión acerca de acuerdo alguno con los paraguayos. Por un lado, dudaba de que valiera la pena defender a los blancos. Conocía la personalidad de Venancio Flores y, aunque estaban lejos de ser buenos amigos, deseaba evitar una confrontación directa con él y sus rudos colorados.

Adicionalmente, Urquiza había intentado una mediación oficiosa entre las facciones beligerantes de la Banda Oriental en Septiembre de 1864 y había quedado profundamente irritado por la intransigencia de los blancos(10).

(10) Urquiza a Atanasio Aguirre, Concepción del Uruguay, 17 de Septiembre de 1864, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, pp. 80-81, Buenos Aires. Archivo del diario “La Nación” (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El entrerriano también cuestionaba la confiabilidad de Solano López como aliado. El presidente paraguayo podría poseer una impresionante maquinaria de guerra, pero su Ejército aún no había sido probado y él mismo distaba de ser el brillante comandante que presuntuosamente se creía.

Urquiza había estado a punto de enfrentar a los paraguayos una vez antes -en 1845- y en esa ocasión el Solano López de diecinueve años había huido del campo de batalla sin chocar una sola vez, dejando a sus aliados unitarios -o lo que quedaba de ellos- ante un destino incierto en Corrientes.

Más significativamente, no estaba en modo alguno claro que los dos hombres compartieran la misma visión política para el futuro del Plata. Mientras Urquiza creía en una Argentina fuerte compuesta por provincias igualitarias, Solano López deseaba vecinos débiles sobre los cuales ejercitar alguna autoridad (algo parecido a la actitud de Bismarck ante los bávaros durante el período de la Federación Alemana del Norte).

El interés común de los dos líderes vis-à-vis con los brasileños era una cuestión de oportunismo. Más aún, el entrerriano se sentía incómodo acerca de comenzar una guerra que ya había perdido anteriormente en aras de ganancias de corto plazo.

Era también probable que Urquiza estuviera cansado de pelear grandes batallas. Desde Pavón, los acontecimientos lo habían colocado en una situación de Rey Lear, pero él no veía razones para aceptar de buen grado ese rol.

Todavía podía retener su lugar de prestigio en los asuntos del Plata y hacerse rico vendiendo ganado a todos los compradores, pero siempre que esquivara las peligrosas proposiciones de Solano López. Era mucho mejor permanecer neutral, suministrar al Paraguay un apoyo indirecto y alzarse con los beneficios de la confusión resultante.

La realidad fue que, hacia Mitre y el Gobierno Nacional en general, Urquiza profesó una lealtad inquebrantable. Incluso llegó al punto de entregar al líder porteño cierta correspondencia que había recibido del Gobierno de Asunción que pintaba al Paraguay de manera agresiva (a la par de dejar a su propia Entre Ríos libre de culpa).

Mitre, a su vez, juzgó conveniente expresar su confianza en Urquiza. El 3 de Noviembre de 1864 le escribió desde Buenos Aires para dejar claro que no tomaba en serio los cuentos que periodistas estaban haciendo circular sobre él.Tras reafirmar su propia neutralidad en la crisis uruguaya, instó al entrerriano a evitar complicaciones y calmar a exaltados provincianos que habían llamado a la acción:

“Es indispensable que todos los buenos argentinos y todos los hombres de influencia (...) reúnan sus esfuerzos á los del Gobierno Nacional (...). Seamos argentinos ante todo, haciendo una política verdaderamente argentina que no se subordine ni á pasiones y á intereses extraños, ni se deje arrastrar por gritos de calle que no tienen responsabilidad alguna”(11).

(11) Mitre a Urquiza, Buenos Aires, 3 de Noviembre de 1864, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, p. 83, Buenos Aires. Archivo del diario “La Nación” (veintiocho volúmenes). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El llamado de Mitre por la unidad nacional pudo haber sido genuino, pero él era menos cándido que Urquiza. No hizo mención de las últimas negociaciones de su ministro de Relaciones Exteriores, Rufino de Elizalde, con el Imperio y cuidadosamente evitó cualquier referencia al Protocolo que acababa de concluir en Río de Janeiro. Este Acuerdo dejaba a los dos países al borde de una alianza formal.

El vocero de Urquiza, el periódico “El Uruguay” -de Concepción del Uruguay- que había evitado el tono radical adoptado por Carriego y otros oponentes de Buenos Aires, denunció los lazos entre Venancio Flores y los brasileños. También ofreció una sucinta defensa de las acciones de Urquiza:

“Si el general Urquiza no levanta el estandarte de la revuelta, no es porque sea demasiado viejo o esté demasiado interesado en su propia fortuna como dicen sus críticos. Esta es una señal de ingratitud hacia alguien a cuya modestia el país le debe su libertad y sus instituciones.
“No; si el general Urquiza no alza el estandarte de la revuelta es por su fe y su respeto hacia esas mismas Instituciones”(12).

(12) Reproducido en “La Nación Argentina”, del 8 de Noviembre de 1864. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Habiendo declarado sus verdaderos sentimientos de esta forma, el caudillo entrerriano luego escribió una solícita carta a Mitre indicándole su compromiso con la moderación incluso en este momento tardío:

“(deseo que) la paz (en el Uruguay) se hiciese bajo el mismo programa de Caseros: ‘no hay vencedores ni vencidos’. (Pero) inutilizados todos los esfuerzos que se han hecho en ese sentido no queda á la verdad otro camino ni hay para el país -cuya intervención fue frustrada- otra política posible que la de dejar marchar los sucesos conservando la neutralidad y tratando, como V.E. lo indica, de evitar complicación de la República con esa guerra que como toda lucha civil es odiosa y sin prestigio”(13).

(13) Urquiza a Mitre, Concepción del Uruguay, 9 de Noviembre de 1864, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, p. 84, Buenos Aires. Archivo del diario “La Nación” (veintiocho volúmenes); ver también cartas Mitre-Urquiza, en el Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 150, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Solano López y sus asesores se rehusaban a creer que esta postura fuera algo más que un bailoteo político. Si no podían arreglar una alianza con Urquiza, estaban seguros de que al menos podrían asegurar el libre paso a través de las misiones para atacar a los brasileños.

Sentían que Urquiza querría lo mismo y estaba simplemente fingiendo renuencia. Por lo tanto, redoblaron sus esfuerzos diplomáticos en Octubre de 1864 y enviaron a un funcionario joven, José Caminos, a una exhaustiva misión a San José, Buenos Aires, Montevideo y Paraná.

Caminos portaba un memorándum del presidente paraguayo que urgía a Urquiza a emitir un pronunciamiento proclamando la secesión de las provincias del Litoral y su adherencia a una alianza antibrasileña con el Paraguay. Los paraguayos habían hecho sondeos con esta idea un año antes y en ese tiempo Urquiza había mostrado interés. Ahora, sin embargo, envió sólo una apática respuesta que no prometía nada(14).

(14) Bergés a López, Asunción, 10 de Noviembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 13, 46. Varios integrantes de la familia Caminos, todos ellos miembros altamente considerados de la élite paraguaya, actuaron como agentes para el Gobierno de López en sus tratos con Urquiza. Ver: Ramón Cárcano. “La Guerra del Paraguay (Acción y Reacción de la Triple Alianza)” (1941), tomo 1, pp. 123-124, Buenos Aires (dos volúmenes). Ed. Domingo Viau. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cuando Caminos retornó al Paraguay, el canciller José Bergés no consideró prudente ir a Cerro León a informar a Solano López, quien para entonces ya había escuchado suficiente sobre las negociaciones con Urquiza(15).

(15) Efraím Cardozo. “El Imperio del Brasil y el Río de la Plata” (1961), p. 474, Buenos Aires. Ed. Librería del Plata. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

- Paysandú

Las cosas no marchaban bien para las Fuerzas uruguayas de Atanasio de la Cruz Aguirre desde que comenzó la intervención. El Ejército imperial, con dos extendidas columnas de caballería gaúcha, había cruzado la frontera a principios de Diciembre. Eran hombres curtidos, inmunes a las duras cabalgatas y al clima húmedo que siempre acompaña los fines de año en esa parte de Sudamérica.

Las amplias praderas a través de las cuales pasaban eran exactamente las mismas que las de su propio país, más adecuadas para criar ganado y para millones de moscones y luciérnagas que para poblaciones humanas. Los brasileños encontraron pocos enemigos o uruguayos de cualquier clase al principio y se movieron en forma deliberadamente lenta hacia el sur para hacer que su avance coincidiera con una expedición naval enviada para remontar el río Uruguay.

El objetivo de ambas Fuerzas era Paysandú, un importante centro comercial sobre el río y el sitio elegido por los blancos para levantar una plataforma. Paysandú era estratégicamente trascendente para el presidente Aguirre y la causa blanca. Si Solano López o cualquier otro aliado iba a llegar al rescate, casi con seguridad tendrían que entrar por el oeste en ese punto.

Adicionalmente, la tierra quedaba directamente al lado opuesto al pueblo -en el lado argentino del río- que pertenecía al general Urquiza, quien jamás toleraría que tropas brasileñas se acercaran tanto a su territorio. Los blancos debían mantener esta puerta abierta a cualquier costo.

El Gobierno imperial también entendía el valor de Paysandú y quería que cayera en manos brasileñas lo antes posible. Venancio Flores estaba listo para concentrar sus ataques en esa área desde Enero.

El 20 de Octubre intercambió Notas con el vicealmirante brasileño, el barón de Tamandaré, cuyo escuadrón subsecuentemente remontó el río Uruguay. El control blanco sobre el norte era débil. El régimen de Montevideo sólo mantenía posesión sobre Paysandú y el más pequeño puerto de Salto, un poco más al norte. El 28 de Noviembre, Flores tomó también Salto, lo que dejó a Paysandú aislada(16).

(16) W. G. Lettsom a Earl Russell, Montevideo, 14 de Diciembre de 1864, en “Correspondence Respecting Hostilities in the River Plate. 1864-1868” (1882), British and Foreign State Papers, Londres, volumen 66, pp. 1.215. Ver también Robustiano Lavraña a Aniceto Lescano, Punta de Chañas, 11 de Diciembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 23, 187. Políticos pro Mitre -a lo largo del Litoral- celebraron la caída de Salto, aunque tuvieron cuidado de mostrar su júbilo. En Corrientes, por ejemplo, el gobernador provincial dio una fiesta oficialmente en honor del cierre de la sesión legislativa, pero la mayoría de los observadores consideraron el evento como una abierta celebración de la victoria de Flores. Ver Miguel G. Rojas a (¿Bergés?), Corrientes, 16 de Diciembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 5, 19, n. 2. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Inmediatamente después, los brasileños y colorados iniciaron el sitio de esta última. El mes de resistencia de Paysandú alcanzó proporciones heroicas en Uruguay, no tanto por su duración (Montevideo, después de todo, había soportado un sitio de nueve años en los 1840 y principios de los 1850), sino por su resultado trágico, que en gran medida tuvo que ver con nociones populares de lealtad y autosacrificio.

Al principio, los defensores de Paysandú no se planteaban demasiado morir por la causa. Sabían que el bastión blanco presentaba un gran desafío para sus enemigos a pesar de su aislamiento. Su guarnición contaba con 1.120 hombres, todos ellos veteranos en la pelea contra Flores. Su oficial al mando, coronel Leandro Gómez, era un partidario blanco de cincuenta y tres años con una corta y descuidada barba y reputación de irascibilidad y temple.

El 3 de Diciembre Flores y los brasileños comprobaron precisamente cuán testarudo era Gómez cuando le demandaron su rendición y fueron rechazados con gran insolencia. Se cuenta que el coronel se burló de Tamandaré y lo desafió a bombardear Paysandú cuánto quisiera. Sin importar lo que los brasileños arrojaran sobre el pueblo, su guarnición jamás se rendiría.

Esa misma noche Gómez se presentó ante sus tropas a caballo, con una faja blanca cruzando su túnica y una bandera nacional en la mano: “¿Juran ustedes -exclamó melodramáticamente- defender esta plaza hasta la muerte?” Aunque sus hombres lo consideraban insufriblemente puntilloso, admiraban su postura y grandilocuencia y tronaron en una afirmación(17).

(17) Rafael A. Pons y Demetrio Erausquin. “La Defensa de Paysandú” (1887), p. 341, Montevideo. Impr. A Vapor y Encuadernación de El Laurak-Bat; “Nueva Numancia: Datos y Documentos Históricos sobre la Defensa y Toma de Paysandú” (1865), pp. XXV-XXXIII, Concordia. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Tal espíritu de cuerpo era fácil de mantener al principio pero, a medida que pasaban los días las dudas individuales fueron dando paso a un sentimiento general de arrepentimiento y ansiedad. Los defensores hacían lo que podían, sin embargo, para esconder sus temores frente a Gómez, quien trataba cualquier signo de derrotismo con mano cruel.

El coronel era un hombre impaciente, mucho más desde que había contraído una severa angina de pecho que le impedía dormir bien. Su sonora tos, que se podía oír desde las líneas enemigas, tenía un tono luctuoso y frustrado, como el ladrido de un perro que no puede escapar de sus perseguidores(18).

(18) Juan L. Cuestas. “Páginas Sueltas” (1897), tomo 3, pp. 367-369, Montevideo. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los brasileños esperaron cuidadosamente su momento. Disparaban intermitentes proyectiles a Paysandú, pero les dejaron la mayoría de las penetraciones agresivas a los colorados. El almirante Tamandaré, un quisquilloso hombre mayor de cabellos blancos que usaba un trozo de madera como almohada en las noches, no veía necesidad de tomar riesgos.

Posicionó sus tres cañoneras en la orilla opuesta del Uruguay y aguardó. Evitó cualquier movimiento que pudiera inútilmente irritar a Urquiza y se conformó con haber impedido que el único vapor blanco, el venerable “Villa del Salto”, saliera del puerto.

Tamandaré también envió cuatrocientos marinos imperiales a que se unieran a los seiscientos hombres de la tropa de Flores para el ataque. El 6 de Diciembre, una pequeña columna de estos marinos marchó a un distrito aledaño a Paysandú con pancartas y música. El fuego de fusiles de trescientos decididos blancos los hizo retroceder. Posteriormente Gómez extrajo quince pequeños cañones del “Villa del Salto” y los instaló en las líneas del frente para evitar que volviera a ocurrir un ataque desde ese sector(19).

(19) Rafael A. Pons y Demetrio Erausquin. “La Defensa de Paysandú” (1887), pp. 342-346, Montevideo. Impr. A Vapor y Encuadernación de El Laurak-Bat. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Estas incursiones del enemigo no impresionaban al coronel, quien seguía siendo obstinado y provocativo como siempre(20). Durante una pausa en la pelea, invitó a un grupo de oficiales navales extranjeros a cenar con él en el área sitiada alrededor de la plaza central. Al entrar al hall, los huéspedes notaron que una bandera brasileña capturada había reemplazado la alfombra que normalmente adornaba la habitación. Un oficial británico salvó la situación alzando la bandera con estudiada indiferencia y ubicándola sobre una silla antes de sentarse a comer(21).

(20) Gómez se había resignado a su propia inmolación y la de sus hombres “en favor de la causa sagrada”. Ver Gómez a Domingo Ereño, Paysandú, 9 de Diciembre de 1864, en el Museo Histórico Nacional, Montevideo, tomo 3.254.
(21) “Jornal do Commercio”, 4 de Enero de 1865. En otra ocasión, Gómez decapitó a quince prisioneros brasileños y colgó sus cabezas todavía sangrantes en sus trincheras a la vista de sus compatriotas. Ver: José Maria de Silva Paranhos. “A Convenção de 20 de Fevereiro demostrada a Luz dos Debates do Senado e dos Successos de Uruguayana” (1865), p. 45. Rio de Janeiro.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Las columnas brasileñas finalmente alcanzaron los barrios de Paysandú la última semana de Diciembre. Su arribo concentró en el lugar a los nueve mil hombres que participaron del sitio. Luego de otorgarle a Gómez una oportunidad final de rendirse -que predeciblemente declinó- esta fuerza combinada abrió un tremendo bombardeo contra las posiciones blancas. Duró cincuenta y dos horas básicamente ininterrumpidas. Los brasileños descargaron en el puerto más de cuatro mil rondas de artillería(22).

(22) Mariscal de campo João Propício Mena Barreto al ministro de Guerra Henrique Beaurepaire Rohan, Arroyo Negro, 7 de Enero de 1865, en “Jornal do Commercio”, 7 de Febrero de 1865. De acuerdo con un posterior discurso de Paranhos, algunas de las bombas disparadas a Paysandú se habían obtenido una semana antes en Buenos Aires. “Jornal do Commercio”, 9 de Junio de 1865. Mitre negó dicha venta o transferencia dada la política oficial de neutralidad de su país. Ver: Elías S. Giménez Vega. “Actores y Testigos de la Triple Alianza” (1961), pp. 29-30, Buenos Aires. Peña Lillo Editor. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aunque los defensores mostraron una gran valentía, el resultado de este constante bombardeo nunca estuvo en cuestión. Pese a la ferocidad de Gómez, inevitablemente los blancos fueron quedando exhaustos, desmoralizados, listos para ponerle fin a su resistencia.

Habían perdido cuatrocientos hombres -entre muertos y heridos- y habían tenido que reducir su poder de fuego a un mosquete por cada dos hombres. Su disponibilidad de balas para los cañones que aún restaban era nula. Y el pueblo de Paysandú estaba destruido más allá del reconocimiento, con algunos barrios en casi completa ruina.

En Año Nuevo, Gómez envió una Nota a Flores para pedir una suspensión temporal de las hostilidades para enterrar a los muertos, cuyos cuerpos yacían en el suelo en todas las direcciones. Flores se rehusó. Todavía desafiante incluso después de todas estas pérdidas, Gómez finalmente escuchó los ruegos de sus subordinados. Depuso sus armas a las 08:30 de la mañana del 2 de Enero de 1865(23).

(23) Orlando Ribero. “Recuerdos de Paysandú” (1901), pp. 92-96, Montevideo. Ed. por Antonio Barreiro y Ramos; Augusto I. Schulkin. “Historia de Paysandú (Diccionario Biográfico” (1958), tomo 2, pp. 77-90, Buenos Aires. Ed. Von Roosen; y, especialmente, Ernesto de las Carreras a Antonio Díaz, Buenos Aires, 16 de Septiembre de 1878, en Antonio Díaz. “Historia Política y Militar de las Repúblicas del Plata” (1878), capítulo 11, pp. 129-133, Montevideo. Ed. El Siglo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Entre los oficiales brasileños ante quien capituló había algunos hombres talentosos y ambiciosos, todos los cuales pronto enfrentarían a Solano López. Como individuos, tenían razones para considerarse caballeros honorables. En la victoria, sin embargo, se comportaron vergonzosamente.

Al rendirse, Gómez creyó que el Imperio proporcionaría protección a sus subordinados, en cambio, los brasileños los entregaron a él y a sus oficiales a Gregorio “Goyo” Suárez, un coronel del Ejército de Flores, quien condujo al grupo al patio de una pequeña casa cerca de la plaza central. Suárez comenzó a fusilar a sus prisioneros, empezando por el mismo Gómez, y los cuerpos rápidamente cubrieron el patio.

Una mayor masacre fue impedida a último momento cuando un oficial argentino, José Murature, se interpuso personalmente entre los verdugos y los cautivos hasta que autoridades de mayor rango restablecieron el orden(24).

(24) Orlando Ribero. “Recuerdos de Paysandú” (1901), pp. 85-87, Montevideo. Ed. por Antonio Barreiro y Ramos. Algunas fuentes brasileñas obstinadamente insisten en que el general Mena Barreto trató de proteger a Gómez. Ver, por ejemplo, José Gabriel de Lemos Britto. “Solano López” (1927), pp. 59-63, Río de Janeiro. Typ. da Escola 15 de Novembro. En cualquier caso, las acciones de Suárez no eran verdaderamente inesperadas, ya que varios miembros de su familia inmediata habían caído víctimas de la ira de Gómez contra los colorados. Ver comentarios de Silva Paranhos en Louis Schneider. “A Guerra da Triplice Aliança contra o governo da República do Paraguai” (1945), tomo 1, p. 95, São Paulo (dos volúmenes). // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La caída de Paysandú causó gran regocijo en las carpas coloradas. Hubo mucha bebida y muchas soflamas de venganza por Quinteros; los cantos, las risas y los gritos de júbilo se oyeron hasta al amanecer. Pero la ejecución de Gómez y sus oficiales -que se habían convertido en símbolos de resistencia heroica en la mente popular- derivó en un escándalo.

Los brasileños ofrecieron una excusa que recuerda a Poncio Pilatos cuando aseguraron que el propio Gómez les había pedido ser entregado a los colorados porque prefería ser un prisionero de sus propios compatriotas antes que de una potencia extranjera. Puede que esta versión haya traído alguna satisfacción a los funcionarios del ministerio brasileño de Relaciones Exteriores, pero no convenció a otros(25).

(25) La ejecución de Gómez sigue siendo controversial en el Uruguay. La versión de que él quería ser entregado a los colorados es probablemente una fabricación. La única fuente de la historia es Orlando Ribero (“Recuerdos de Paysandú” (1901), Montevideo. Ed. por Antonio Barreiro y Ramos); Augusto I. Schulkin y aquél registraron el testimonio de su hermano Atanasio, un participante civil que fue tomado prisionero junto con Gómez y su plantel de oficiales. Atanasio fue el único hombre a quien “Goyo” Suárez perdonó y, coincidentemente, la casa donde Gómez y los demás fueron fusilados pertenecía a la familia Ribero. Debido a esto, virtualmente todos los historiadores blancos -y al menos un importante historiador colorado- han desechado su relato de raíz. Ver: Eduardo Acevedo. “Anales Históricos del Uruguay” (1933), capítulo 3, pp. 283-285, Montevideo. Ed. por Casa Antonio Barreiro y Ramos. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El coronel George Thompson -normalmente un escritor desapasionado- subrayó ácidamente que la “toma de Paysandú, con las atrocidades allí cometidas, es una página repulsiva en la historia del Brasil”(26).

(26) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 31, Londres. Oficiales navales españoles en Paysandú compartían este sentimiento de indignación y respondieron a la ejecución de Gómez y los otros otorgándoles asilo a aquellos blancos que lograron refugiarse en su fragata, la “Wad-Ras”. Antonio de las Carreras a Martín de Hernández, Montevideo, 18 de Enero de 1865, en Nueva Numancia, pp. 55-58. Los españoles repitieron este gesto después de la caída de Montevideo, transportando a unos trescientos refugiados blancos (incluyendo al ex presidente Aguirre) a Entre Ríos, ver Miguel Angel de Marco. “La Estación Naval española y los sucesos de Paysandú. (1864-1865)” (1979), Res Gesta 6, pp. 17-25, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Incluso aquéllos que no tenían nada que temer de la intervención brasileña se sintieron indignados por lo que había pasado. Muchos se preguntaban por escrito quiénes serían las próximas víctimas del emperador. Figuras públicas expresaron indignación en sitios tan lejanos como Perú, Chile y Bolivia, donde Solano López fue aclamado como campeón contra el monárquico Brasil(27).

(27) El ministro chileno de Relaciones Exteriores expresó profunda consternación por los acontecimientos aunque, incluso hasta Febrero de 1865 estaba todavía urgiendo una solución pacífica “en consonancia con la (tradicional) amistad americana”. Alvaro Covarrubias a Bergés, Santiago de Chile, 23 de Febrero de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-29, 11, n. 16. Para Mayo, las simpatías chilenas -oficiales y extraoficiales- se habían movido distintivamente en favor de Paraguay, cuyo Gobierno era elogiado por su fuerte postura contra un entrometido Imperio brasileño. Ver: “El Mercurio” (Valparaíso), 12 de Mayo de 1865. Un sentimiento proparaguayo era discernible en Perú y Bolivia en este mismo período. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La intervención francesa en México y la desafortunada toma de las islas Chincha del Perú por parte de España habían ya causado en el continente una impresión de que la monarquía era una fuerza peligrosa y resurgente que debía ser detenida. Ciertamente este sentimiento era evidente en las provincias del Litoral de la Argentina, donde los periódicos opositores que antes calificaban a los brasileños como intrusos monárquicos ahora los vilipendiaban como consumados carniceros.

Tales antipatías eran problemáticas tanto para Mitre como para Urquiza. Al Gobierno Nacional se le hacía más difícil mantener la fachada de neutralidad. Mitre todavía trataba a los colorados como sus protegidos, pero sus acciones y las de sus aliados brasileños socavaban su influencia en el Litoral.

Para Urquiza, la situación era incluso peor. Entre Ríos estuvo al borde de la abierta rebelión y hasta su propio hijo reclamaba sangre brasileña. La inacción de Urquiza había sido ampliamente vista como una contribución al infortunio de los blancos. Los asesinatos en Paysandú -se decía- probaban que el caudillo había perdido la confianza que lo había sostenido en tantos otros campos de batalla.

Lo que ocurría era que Urquiza sabía que una acción violenta de su parte implicaría una abierta quiebra con Buenos Aires. Esto era algo que quería evitar a toda costa. Entretanto, tenía que hacer hasta lo casi imposible para controlar la ira de sus propios partidarios entrerrianos y recurrir a todas sus amenazas y habilidades diplomáticas para mantener a los otros provincianos a raya.

No obstante, hervía de odio por los brasileños, que parecían estar deleitándose a sus costillas al otro lado del río. El único curso obvio abierto para Urquiza era hacer causa común con Solano López. Durante el sitio, el Gobierno de Asunción siguió buscando su apoyo para transitar por las misiones. En una ocasión, los paraguayos incluso trataron de interesarlo en un plan blanco anterior para aliar a Uruguay, Paraguay y Entre Ríos(28).

(28) Ver Bergés a Alfred M. DuGraty, Asunción, 23 de Diciembre de 1864, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-22, 11, n. 476. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Urquiza no quería nuevas alianzas. Mantenía su postura de fidelidad al Gobierno Nacional en parte porque veía que no tenía otra opción de largo plazo y también porque su sentido de honor personal le impedía cualquier resquicio de maniobra. Ya antes había tratado de forjar una política argentina que dejaba afuera a Buenos Aires y tal esfuerzo había terminado en una guerra civil. No quería repetir el error.

Aun así, Urquiza se resistía a dejar todas las ventajas estratégicas en poder del Imperio. A finales de Diciembre, notificó a Mitre que, si bien no toleraría ni paraguayos ni brasileños en Entre Ríos y Corrientes, no pondría objeciones si cualquiera de las partes cruzara los “deshabitados territorios” de las misiones. Ya que el Brasil estaba preocupado por la Banda Oriental y no tenía interés en las misiones, la Nota de Urquiza implícitamente beneficiaba únicamente a Solano López(29).

(29) Urquiza a Mitre, San José, 29 de Diciembre de 1864, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), tomo 2, pp. 7-90, Buenos Aires. Archivo del diario “La Nación” (veintiocho volúmenes). El gobernador entrerriano estaba todavía sosteniendo este argumento más de un mes después. Ver Urquiza a Mitre, San José, 8 de Febrero de 1865, en el Museo Mitre, Archivo Inédito, Nro. 208, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mitre, claro está, rechazó la idea. La política establecida -argumentó- se extendía tanto a las misiones como al resto del Litoral y cualquier partida desde allí constituiría una “relajación de la neutralidad”(30).

(30) Mitre a Urquiza, Buenos Aires, 9 de Enero de 1865, en el Museo Mitre, Archivo Inédito, Nro. 204, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Para cuando su respuesta llegó a Urquiza, Gómez y sus hombres llevaban ocho días muertos.

- El colapso blanco

La caída de Paysandú le presentó un dilema al Paraguay. Aunque proporcionaba ímpetu a una intervención paraguaya, su aliado ahora estaba sumamente debilitado. Solano López estaba francamente inseguro de los pasos a seguir. Más allá de lo mucho que dependieran los esquemas políticos de Urquiza, Mitre o los blancos de su Ejército, el presidente paraguayo se obstinaba en que sólo él marcaría el tiempo de sus acciones.

Si hubiera avanzado decididamente a través de las misiones hasta el Uruguay en Enero de 1865, habría encontrado fuerte apoyo de Ricardo López Jordán y otros entrerrianos que con gusto habrían desafiado tanto al presidente como al gobernador. Una resucitación de la causa blanca no era impensable. En cambio, Solano López esperó y perdió una espléndida oportunidad.

El 16 de Enero de 1865, el Gobierno de Asunción ordenó a una fuerza de diez mil hombres -compuesta por recientemente reunidas unidades de infantería, caballería y artillería- cruzar el Alto Paraná y establecer un campamento de base en Misiones. Para tal propósito, seleccionó un sitio al borde de un crecido arroyo llamado Pindapoi(31).

(31) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o reminiscencias históricas sobre la guerra del Paraguay” (1987), tomo 1, p. 298, Asunción (cuatro volúmenes). Ed. El Lector. Los brasileños, que vagamente sabían que una fuerza paraguaya había ingresado a las misiones, creían que el contingente era mucho mayor de lo que en realidad era, algunos hasta decían cien mil hombres. Ver: “Jornal do Commercio”, 21 de Enero de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Casi todos los reclutas habían visto el Alto Paraná, pero muy pocos sabían algo sobre lo que había más allá de él. Tras cruzar el río, se movieron al Este a lo largo de un camino en dirección a la vieja Trinchera de los Paraguayos. Pronto pasaron a San Ignacio Miní y lo que quedaba de las otras misiones jesuíticas, ahora atiborradas de malezas, testigos inertes de la ambición humana y su fracaso.

No lejos de las ruinas de San Carlos finalmente alcanzaron el Pindapoi. Rápidamente los soldados cubrieron las pasturas sobre el arroyo con tiendas, cobertizos y semicírculos de carros. Allí se entrenaron y reentrenaron bajo el sol sofocante. Sabían que la disciplina demandaba de ellos una pulida perfección para que más tarde, en peligro mortal, pudieran hacer las cosas mecánicamente como parte de una unidad.

Por lo tanto tomaban seriamente las prácticas que Solano López había adoptado de manuales militares franceses y se ejercitaron una y otra vez. Algunos se insolaron como resultado(32). Pero todos los que no estaban en el hospital trabajaban duro: la caballería aprendiendo a manejar la lanza y la infantería el mosquete(33).

(32) Ver Pedro Duarte al ministro de Guerra, Pindapoi, 25 de Febrero de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 3.272. Los oficiales frecuentemente estaban hasta la medianoche tratando de memorizar estos ejercicios y las distintas Ordenanzas del Ejército. Ver “Informes del general don Bernardino Caballero, ex presidente de la República”, en “Testimonios de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza (II)”, “Historia Paraguaya” (1998), capítulo 38, p. 412.
(33) Duarte al ministro de Guerra, Pindapoi, 21 de Enero de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 3.268. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

La mayoría de estos hombres venía de aisladas aldeas del sur del Paraguay tales como Jesús, Yuty y San Juan Bautista. En vez de las túnicas rojas vistas entre las tropas enviadas a Mato Grosso, por lo general vestían las largas y sueltas camisas y los pantalones de algodón de los campesinos paraguayos. No tenían idea de por qué estaban allí y pronto se sintieron nostálgicos e incómodos pese a la semejanza del paisaje con el de sus propios terruños.

Sabían que el Supremo Gobierno había declarado la guerra al Brasil, pero ciertamente no había macacos en las misiones. A diferencia de reclutas en otros ejércitos, sin embargo, se quejaban poco, ya que tal conducta implicaba falta de respeto a los superiores, que jamás vacilaban en usar el látigo. Su oficial comandante, el barba gris mayor Pedro Duarte, había sido puesto por sobre ellos por la misma autoridad; él en algún momento les contaría lo que necesitaban saber.

Aunque de hecho poseía poca información, Duarte se puso con gran ostentación a construir un Ejército moderno que en poco tiempo podría ser despachado adonde fuera, incluso a Montevideo. Ignoró las notas que ansiosos oficiales correntinos le escribían para recordarle que su campamento estaba en territorio argentino (estrictamente hablando, no lo estaba, ya que el Gobierno Nacional no había nunca ratificado el Acuerdo de Límites de 1852 con el Paraguay)(34).

(34) Ver Pascual Isaza a Pedro Duarte, Santo Tomé, 31 de Marzo de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 26, 38, n. 2. Ver también Francisco Lezcano a Juan Carlos Lezcano, Santo Tomé, 16 de Enero de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 24, 1, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Mientras tanto, la impaciencia era creciente en Solano López. Con Paysandú en manos brasileñas y con los colorados acercándose a Montevideo a principios de 1865, necesitaba avanzar al sur lo más rápidamente posible para salvar el régimen blanco. Pero, si no lo podía salvar, entonces ¿cómo debía proceder?

Si Bergés y otros hombres del entorno de López no hubieran tenido temor de hablarle francamente, le habrían dicho que la neutralidad argentina de hecho jugaba en su favor. Mitre casi con toda seguridad habría vacilado en permitir a la flota de Tamandaré atravesar la Argentina para salvar a los brasileños de Mato Grosso. Una expedición terrestre para aliviar la provincia era -en ese momento- demasiado costosa para contemplar.

Si Montevideo no podía ser auxiliado, los paraguayos podrían al menos negociar desde la posición de fuerza que le otorgaba su toma de Corumbá como hecho consumado. El Imperio habría tenido pocas opciones más que aceptar esta nueva realidad o perderse en un lío diplomático de permanentes golpes contra el muro con una renuente Buenos Aires. Los paraguayos podrían haber efectivamente ganado su disputa territorial sin gastos extra.

Aparentemente, Solano López nunca tuvo esto en consideración. Todas sus inclinaciones naturales, reforzadas por una historia de malas relaciones con sus vecinos, le instaban a atacar fuerte y rápidamente. Al llevar una considerable Fuerza al Pindapoi, había puesto un caballo en posición de ataque en el tablero de ajedrez. Lo hizo como una provocación y como otra inequívoca advertencia a aquéllos que todavía ignoraran las aspiraciones de su país.

Aún así, el Gobierno argentino todavía no prestó atención. Ominosamente, un cometa con una enorme, feroz cola se hizo visible en el cielo sureño del Paraguay a la noche(35). Esta tradicional señal de tiempos calamitosos podía también ser claramente vista en Buenos Aires. Aun antes de la caída de Paysandú, los brasileños habían jugado un ladino juego diplomático y los argentinos de todas las corrientes políticas tenían su atención centrada en la Banda Oriental, no en las misiones.

(35) “El Semanario”, 28 de Enero de 1865, observó que Don Pedro no debía esperar de esta aparición la misma buena fortuna que gozó Carlos V en 1519-1521, cuando una señal similar escoltó a Cortés en la conquista de México. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Silva Paranhos había ido a Buenos Aires a principios de Diciembre para completar la tarea de José Saraiva de obtener una amplia alianza con Mitre. Conociendo en toda su dimensión el costo político de tal acuerdo (y el efecto que tendría ante Urquiza), el presidente argentino volvió a negarse a torcer su neutralidad. El consejero retornó a Rio de Janeiro con las manos vacías, pero sin perder el entusiasmo.

El 26 de Diciembre le dijo al ministro británico Thornton que todavía estaba negociando con Mitre “por una activa Alianza contra el Gobierno montevideano, que él creía llegaría a término, y que cuando las condiciones se hicieran públicas la posición del Brasil mejoraría radicalmente”. En su Informe oficial al secretario exterior, sin embargo, Thornton desechó el optimismo de Paranhos como poco más que una expresión de deseos(36).

(36) Edward Thornton a Lord Russell, Buenos Aires, 26 de Diciembre de 1864, en “Correspondence Respecting Hostilities in the River Plate”, volumen 66, pp. 1.224-1.227. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los brasileños estaban casi igual de ansiosos por incluir a Flores en una Alianza formal que suplantara los nebulosos acuerdos alcanzados anteriormente con Tamandaré. Pensaban que su tarea sería relativamente fácil y se sorprendieron cuando el jefe colorado se echó atrás. Muchos años después, el historiador británico Pelham Horton Box atribuyó esta actitud a un estrés emocional del momento:

“Aunque bien adentrado en el camino de la traición, (Flores) repentina e inesperadamente sufrió un ataque de conciencia, tal vez nada más que de aprensión. Sabía del odio que se estaba levantando contra el Brasil en todos los países del Río de la Plata y temía quedar comprometido”(37).

(37) Phelan Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 226, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Paranhos no tenía paciencia para tales indecisiones. Si el melenudo Flores no era estrictamente una marioneta del Imperio, tampoco era el patriota independiente que había imaginado él mismo en Abril de 1863. Le debía todas sus mayores victorias a las armas brasileñas e incluso ahora no podía soñar con tomar Montevideo sin las tropas imperiales.

Entre el 28 y el 31 de Enero, Paranhos intercambió una serie de Notas con Flores que efectivamente aniquilaba cualquier duda que este último pudiera tener acerca de su conexión brasileña. Flores accedió a las demandas del Imperio, esto incluía un compromiso específico de oponerse a Solano López:

“(El Gobierno uruguayo) prestará al Imperio toda la cooperación que esté a su alcance, considerando como un compromiso sagrado su Alianza con el Brasil en la guerra deslealmente declarada por el Gobierno paraguayo, cuya ingerencia en las cuestiones internas de la República Oriental es una pretensión osada e injustificable”(38).

(38) Flores a Silva Paranhos, Colorado, 28 de Enero de 1865, citado en Phelan Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 226, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Adicionalmente a esta importante concesión, Flores también tenía que aceptar reconocer las pérdidas en las que súbditos brasileños hubieran incurrido durante las décadas de larga lucha contra Rosas. En consecuencia, comprometió a su país simultáneamente a tolerar exagerados reclamos de fazendeiros riograndenses y a involucrarse en una guerra extranjera que la pequeña República estaba lejos de poder sostener.

Paranhos asumió que Mitre y Elizalde entrarían en razón una vez que los blancos se hubieran rendido. Pero había muchos peligros inherentes en la victoria. Por encima de todo, Flores y los brasileños necesitaban evitar una repetición de la masacre de Paysandú; un fracaso en ello galvanizaría a la oposición en las “provincias de abajo”.

El mismo resultado podría sobrevenir si cualquier nuevo régimen en Montevideo evidenciara demasiado ser una herramienta del Imperio. El desafío de Paranhos era remover estos obstáculos y definitivamente aniquilar a los blancos a la vez de convencer a los argentinos sobre las buenas intenciones del Brasil.

Por improbable que pareciera este escenario, él característicamente siguió adelante, confiado en que triunfaría al final. Su primer paso fue urgirle prescindencia a su propia gente. En este sentido, Paranhos hizo máximos esfuerzos para gobernar al impetuoso Tamandaré, cuyos buques de guerra habían regresado al Río de la Plata y estaban preparándose para disparar sobre Montevideo.

El consejero presionó a sus aliados colorados de manera similar, dejándoles saber con métodos sutiles y no tanto que su anterior barbarismo no traería beneficios a la causa común. Lo que necesitaba era su cooperación mientras él peleaba las batallas verdaderas detrás de la escena.

En esta tensa coyuntura, el anciano pero todavía infatigable Andrés Lamas adelantó una idea que esperaba podía salvar su ciudad natal. Argumentó desde Buenos Aires que una mediación de afuera era todavía posible. Se apresuró a informar al presidente Aguirre que Mitre podría ser llamado a ofrecer sus servicios(39). Si Mitre se resistía, entonces los ministros de Gran Bretaña, Francia, Italia o alguna otra potencia europea podría ayudar(40).

(39) Andrés Lamas. “Tentativas para la pacificación de la República Oriental del Uruguay. 1863-1865” (1865), p. 54, Buenos Aires. Imprenta de “La Nación Argentina”.
(40) Dada la complejidad de las disputas regionales, es entendible que los historiadores hayan olvidado los celos entre los diplomáticos europeos y las peleas entre sus respectivos Gobiernos. Cualquier sugerencia de que debían colaborar entre ellos en el interés de la paz estaba llamada a causar fricción. En Noviembre, por ejemplo, el ministro británico Thornton se quejó de que su contraparte italiano, signor Barbolini, estaba “moviendo cielo y tierra para instalar un protectorado italiano (en la Banda Oriental)”. Ver Thornton a Washburn, Buenos Aires, 16 de Noviembre de 1864, Washburn-Norlands Library, Livermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Las conversaciones sobre una mediación de último minuto provocaron excitación en la capital uruguaya, donde muchos la veían como una última oportunidad de preservar el Gobierno blanco. Los blancos mismos estaban terriblemente divididos, con algunos favoreciendo un compromiso y otros -todavía viva en ellos la imagen de Paysandú- prefiriendo pelear hasta la muerte; algunos pocos querían alguna clase de negociación como una táctica dilatoria para darles a los paraguayos suficiente tiempo para arribar a la escena.

El presidente Aguirre estaba más indeciso que nunca y no logró unir completamente las distintas facciones. En las calles de Montevideo, los blancos se insultaban unos a otros mucho más de lo que insultaban el nombre del emperador. Además de Lamas, los únicos fuertes proponentes de una nueva mediación eran los representantes europeos en Uruguay, especialmente los ministros británico e italiano. Durante el mes siguiente, los diplomáticos en Montevideo presionaron a Aguirre a aceptar lo inevitable y solicitar la ayuda de Mitre.

Obtuvieron de Tamandaré una promesa de cancelar el bombardeo de la ciudad si el presidente abría negociaciones. Pero nada parecía capaz de sacudirlo de su inacción. Los diplomáticos europeos no se daban cuenta de que la composición del Gobierno de Montevideo había girado en favor de los blancos más fanáticos. Antonio de las Carreras, quien acababa de regresar de su fracasada misión en Asunción, había sucedido al moderado Juan José de Herrera en Septiembre como parte de este cambio.

Carreras entró en funciones convencido de que la facción intransigente era la única que podía salvar a Montevideo. Aguirre vaciló en actuar sin el apoyo total de su gabinete y, pese al enorme peligro de la posición de Montevideo, sus ministros todavía aconsejaban en contra de cualquier mediación. Quizás esto fue simple terquedad o necedad, o tal vez reflejaba una xenofobia aprendida luego de tantas malas experiencias con extranjeros durante la era de Rosas(41).

(41) La facción dura estaba dispuesta a hacer todo lo que pudiera para obstruir cualquier negociación. El 21 de Enero, Aguirre se reunió con los almirantes británico y francés, con Carreras oficiando de intérprete. Los oficiales navales trataron de causar impresión sobre la situación desesperante del presidente, pero notaron que el canciller deliberadamente traducía mal sus palabras para atenuar la urgencia. Ver Thornton a Russell, Buenos Aires, 25 de Enero de 1865, en “Correspondence Respecting Hostilities in the River Plate”, volumen 66, pp. 1.235-1.236. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Cualquiera que haya sido la causa, lo cierto es que Aguirre se negó a cambiar su política establecida, una actitud que los frustrados diplomáticos vieron como el autoengaño de un avestruz. El 21 de Enero, el encargado británico, W. G. Lettsom, perdió los estribos de la manera más antidiplomática frente al presidente, con su paciencia exhausta por la obstinación del líder blanco.

Lettsom le preguntó a Aguirre -apuntándolo con el dedo- si planeaba incendiar la ciudad antes que verla caer en manos de sus enemigos. El presidente le aseguró que no era ése el caso, pero dejó al inglés insatisfecho en todos los demás órdenes. Un día después, Aguirre formalmente rechazó la propuesta del Cuerpo diplomático.

Lamas, quien estaba todavía más exasperado que sus contrapartes europeas, escribió una apelación final al presidente el 27 de Enero que en su acritud captura la esencia del problema:

“Su partido, abriendo espontáneamente la Casa de Gobierno al partido colorado para que todos los orientales unidos le cerrásemos nuestro territorio al extranjero, se habría salvado gloriosamente y habría librado á nuestra infeliz patria de ese espectáculo horrible, sin nombre, que tuvo lugar en Paysandú y que V. E. va á hacer repetir en Montevideo.
“¡Siempre el partido arriba de la patria! Así lo hace V. E., así lo hacen los otros…
“Desespero, Señor, de la salud de nuestra patria. La están matando, y desdoran nuestro nombre en una disputa de posiciones oficiales porque, al fin, eso es todo.
“No deseo, bien lo sabe Dios, hacer injusticia á V. E. ni á nadie, pero en conciencia creo que V. E. sacrifica á su partido la Ciudad de Montevideo.
“¿Estoy equivocado? Fácil es á V. E. probarlo...”(42).

(42) Lamas a Aguirre, Buenos Aires, 25 de Enero de 1865, referenciado en Phelan Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), p. 231, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Aguirre no tenía otra respuesta para Lamas y los europeos que cuestionar nuevamente la imparcialidad de Mitre y la buena fe del Imperio. Por una vez tomó una decisión clara, pero esta jugó en favor de Paranhos, ya que le proporcionaba al consejero la excusa que necesitaba para dejar de lado la mediación argentina(43).

(43) Carlos Oneto y Viana. “La diplomacia del Brasil en el Río de la Plata” (1903), pp. 239-240, Montevideo. Ed. Librería de la Universidad. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Ahora nada podía impedir al Imperio destrozar a los blancos y convertir el Uruguay en un aliado en su guerra contra Solano López. El 2 de Febrero, el almirante Tamandaré declaró un estricto bloqueo de la capital uruguaya como preludio de un bombardeo generalizado.

Paranhos, presintiendo que la victoria podría obtenerse sin más violencia, convenció al almirante de conceder una notificación de seis días para permitir a los buques mercantes abandonar el puerto. Luego arregló la extensión del período de gracia hasta mediados de Febrero cuando, como el consejero bien sabía, el Congreso uruguayo tenía previsto nombrar a un nuevo presidente que reemplazaría a Aguirre.

Paranhos no perdió tiempo. Los británicos y franceses ya habían enviado buques de guerra para evacuar a sus compatriotas y trasladarlos a Buenos Aires. El éxodo general de extranjeros hizo que aquéllos que permanecieron en Montevideo sintieran terror por primera vez. Todos daban por hecho que un asalto a gran escala contra la ciudad no podía posponerse más.

Pero Paranhos tenía otros planes; le servía dejar que el volátil Tamandaré amenazara y despotricara en la costa con su espada, pero sabía que detrás de las bambalinas los blancos moderados estaban ganando preeminencia.

El consejero creía que un cambio radical en el liderazgo blanco pronto tendría lugar, ya fuera a través de acciones en el Congreso uruguayo o de un golpe de estado. Sus agentes en la ciudad le informaban lo mismo y, por lo tanto, estaba preparado para esperar. El 15 de Febrero de 1865 el mandato de Aguirre expiró. Sus últimas horas estuvieron nubladas por la misma “vacilación y parálisis de voluntad” que había caracterizado toda su Administración.

El Senado había programado reunirse el día anterior para confirmar la elección del moderado Tomás Villalba como su sucesor, pero partidarios de Contreras habían amenazado con sus facones a algunos senadores para evitar que asistieran a la sesión. Sin quórum, el Senado no podría tomar decisiones y los extremistas blancos podrían extender su infausto reinado.

Carreras, sin embargo, se olvidó de considerar a los comandantes de guarnición, quienes se veían ante la situación de tener que enfrentar los cañones de Tamandaré sin el beneficio del apoyo popular.

En una áspera reunión, la noche del 14 de Enero, estos oficiales juraron defender a cualquier presidente que eligiera el Senado -moderado o no-. Enviaron hombres armados a proteger a los senadores individualmente y los extremistas tuvieron que abandonar su intento de bloquear las deliberaciones parlamentarias.

Villalba asumió el Poder Ejecutivo el 15 de Febrero. Inmediatamente convocó al Cuerpo diplomático en busca de reconocimiento y ayuda. Los representantes europeos rápidamente organizaron un contingente combinado de marinos británicos, franceses, italianos y españoles para desembarcar en Montevideo, donde su presencia terminó de disuadir a los restantes extremistas de cualquier remanente de pensamiento golpista.

La perseverancia del consejero había salvado el día para el Imperio. Pudo haber fácilmente dictado los términos del resultante Acuerdo de Paz, pero Paranhos inteligentemente les dejó la tarea a Villalba y a Flores para que pareciera que fue escrito por y para los uruguayos. Claro que el Pacto no engañó a nadie, menos a los blancos, que pronto huyeron al Interior y a Entre Ríos.

Su partida significó el principio de una virtual dictadura de Venancio Flores quien, habiendo ya prometido su total cooperación contra el Paraguay, podía ser incluido entre los aliados del Brasil para lo que fuera que ocurriera. Los fazendeiros riograndenses, en cuyo nombre los brasileños habían lanzado su invasión al Uruguay, se sentían por fin satisfechos. Flores les concedió un importante lugar dentro de su Ejército y accedió a proteger sus intereses de negocios(44).

(44) Alrededor de dos mil brasileños, oficiales y soldados, sirvieron en el Ejército de Flores. Ver Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 1, p. 109, Río de Janeiro. Ed. por Biblioteca do Exército. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

El general Antonio Netto y sus seguidores aceptaron este patronazgo con beneplácito. Sus numerosos reclamos al Uruguay, que hasta ese entonces habían llenados páginas editoriales en varios periódicos cariocas y paulistas, parecían haber desaparecido de la noche a la mañana. Irónicamente, el único descontento del lado brasileño era Tamandaré. El colapso blanco había dejado al almirante sin dividendos de esta turbulencia y no estaba de humor para celebrar. Era un reconocido favorito del emperador y sentía que merecía más.

Paranhos ofreció sosegar sus heridos sentimientos con arreglos para que el Tratado de Paz se firmara el 20 de Febrero, aniversario de la derrota del Brasil en Ituzaingó en 1827(45). Tamandaré contuvo su temperamento y el Acuerdo fue rubricado en tiempo y forma en Villa de la Unión.

(45) De acuerdo con Box, Paranhos “estaba por encima de tal sentimentalismo barato (...) pero una venganza cronológica era un pequeño precio a pagar por el sombrío silencio de Tamandaré”. Phelan Horton Box. “The Origins of the Paraguayan War” (1930), pp. 237-238, New York. Ed. Russel & Russel. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Metternich alguna vez describió la tarea del diplomático como el arte de parecer tonto sin serlo, y en ese sentido el consejero Paranhos tenía buenas razones para sentirse complacido. A un costo mínimo, había logrado eliminar la amenaza uruguaya y había transformado el país en una base amigable para futuras operaciones contra el Paraguay. Sus acciones hicieron posible satisfacer a los fazendeiros riograndenses y al mismo tiempo demostraron cómo la astucia diplomática puede reportar grandes beneficios.

Los objetivos brasileños en el Plata serían de ahí en más obtenidos a través de esta clase de negociación, no a través de la fuerza de las armas. Ahora el consejero quedaba libre para aplicar la piedra angular de su estrategia en el Plata, que consistía en enlistar a Mitre en la lucha contra Solano López.

Paranhos se paró en la cima de su influencia. Lo que tenía debajo, sin embargo, resultó no ser roca firme. Aunque conservador, Paranhos había recibido su nombramiento como ministro en Montevideo de Francisco José Furtado, un liberal progresista que había reemplazado a Zacharias a mediados de 1864. Ni Furtado ni los hombres que había nominado gozaban en un apoyo estable de los liberales mayores, quienes habían consistentemente rechazado sus exhortaciones de reforma.

Cuando las noticias del Acuerdo alcanzaron Rio de Janeiro, muchos de estos liberales temían que los logros del consejero se tradujeran en ganancias políticas para los conservadores. Al mismo tiempo, partidarios de Tamandaré se quejaban a viva voz en los elegantes cafés de la Rua Ouvidor (y en las oficinas de los periódicos) que Paranhos había vendido el Imperio. Había deshonrado a las Fuerzas Armadas de su Majestad Imperial al pasarse hablando cuando las circunstancias llamaban a la acción.

El consejero pudo haber capeado la tormenta, pero en ese momento liberales radicales se reunieron privadamente con Furtado para demandar la destitución de los conservadores de posiciones de confianza de su Gobierno.

El primer ministro había recientemente decidido nombrar al marqués de Caxias -otro antiguo baluarte del partido Conservador- como cabeza del Ejército contra Paraguay. Caxias, que había derrotado a los farrapos veinte años antes, era todavía el soldado más famoso del Brasil, ampliamente visto como una figura indispensable en cualquier campaña militar.

Furtado sabía que no podía mantener la designación de Caxias y al mismo tiempo a Paranhos en el Palacio de Itamaraty. Con algún titubeo, le pidió a su consejero dar un paso al costado. Alejado del cargo de ministro de Relaciones Exteriores, Paranhos tenía ahora que observar desde la distancia que otros cosecharan los beneficios de la paz que él había forjado.

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