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CORRIENTES BAJO FUEGO

Como su vecino del Norte, la provincia argentina de Corrientes era una exuberante comarca ribereña cortada por amplios ríos y rápidos arroyos, muchos de los cuales estaban tan mal drenados que se fundían en inmensos pantanos después de cada precipitación fuerte.

Una pequeña población hispano-guaraní de vaqueros y campesinos agricultores vivía en pequeños, por lo general aislados poblados erigidos allí donde pudieran encontrar tierra seca. Cultivaban citrus, maíz, maní, mandioca, tabaco, criaban ganado y traían yerba mate de las misiones, suficiente para satisfacer sus propias necesidades con un pequeño excedente para exportar.

Como en el Paraguay, las características sociales eran en general conservadoras. La mayoría de los correntinos estaba poco acostumbrada al espíritu innovador que se veía en el resto del Plata. Tendían a considerar meras fantasías todos los detalles de la ciencia moderna que tanto cautivaban a los intelectuales de Buenos Aires. En cambio, los valores españoles tradicionales definían para ellos la exacta relación entre clases, entre hombre y mujer, padre e hijo, cura y parroquiano.

Algo era seguro; los correntinos sí entendían la importancia del dinero. Les encantaba encontrar nuevas oportunidades de enriquecerse y eso les llevaba a permitir entre ellos a empresarios extranjeros y políticos de afuera cuyas actitudes eran distintivamente “modernas”. Aunque veían esa modernidad con ambivalencia, algunos estaban dispuestos a aprender, redefinirse a sí mismos de acuerdo con los tiempos cambiantes.

Pero sólo un pequeño número de correntinos estaba realmente al tanto de que las nuevas nociones de Gobierno representativo, libertad de prensa y reunión y educación pública obligatoria habían ya comenzado a intentar esparcirse por los arenosos suelos de la política provincial.

Un hombre que sí sabía de esto era Juan Gregorio Pujol (1817-1861), un infatigable, sensible, bondadoso soñador vestido en levita que había gobernado Corrientes en los 1850. Fuerte aliado de Justo José de Urquiza, comenzó su carrera política como un desconocido, pero era tan manifiestamente talentoso y bien conectado río abajo que pocos locales encontraron conveniente oponérsele.

El orden político en Corrientes tradicionalmente se asemejaba al del Paraguay, con una pequeña élite de terratenientes y comerciantes manteniendo el control de manera patrimonial sobre las masas campesinas. Este básico arreglo social estaba muy profundamente enraizado como para que Pujol lo desafiara abiertamente.

Para fomentar un orden social más moderno, por lo tanto, adoptó una estrategia gradual e indirecta, promoviendo compañías navieras, proyectos de colonización y otros emprendimientos económicos y científicos que contaran con la amplia aprobación de las élites. Logró algunos pequeños éxitos localmente y luego dejó Corrientes para asumir nuevas responsabilidades en el Congreso argentino(1).

(1) Juan Gregorio Pujol. “Corrientes en la Organización Nacional” (1911), Buenos Aires (diez volúmenes). Ed. Kraft. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los intentos reformistas de Pujol fueron ampliamente admirados pero no emulados por sus sucesores. La provincia abandonó el sentido de optimismo que él había creado y lo sustituyó con otra ronda de luchas políticas. Parte de este conflicto reflejaba incertidumbres a nivel nacional, los efectos de la batalla de Pavón por sobre todas las cosas. Pero en gran medida el problema tenía que ver con celos locales que habían permanecido bajo la superficie durante la Administración de Pujol.

Cuando éste dejó el poder en Diciembre de 1859, fue reemplazado por José María Rolón (1826-1862), un clérigo conservador y sin imaginación que renegaba de casi todo lo que ofrecía su propio siglo. Aunque él mismo llegó a gobernador como resultado de un compromiso político, Rolón era cualquier cosa menos conciliador.

Sus oponentes en la Legislatura provincial representaban todas las facciones políticas importantes, pero no lograron unirse contra él cuando adoptó una generalizada represión. Arrestos tras arrestos se sucedieron en cada comunidad hasta que, a finales de 1861, con las élites en Corrientes todavía divididas, el cura de negra sotana enfrentó una abierta rebelión en el sur(2).

(2) Raimundo Fernández Reguera. “Apuntes históricos referentes a la gloriosa revolución de Noviembre, que dio por resultado la libertad de la gloriosa provincia de Corrientes en 1861” (1862), pp. 1-40, Corrientes. Ver también Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo 2, pp. 261-267. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur)” (2010), volumen I, Asunción. Ed. Taurus.

Los rebeldes, muchos de los cuales eran militares descontentos, rápidamente forzaron su salida y generaron una apertura política para varios “liberales”, Manuel Lagraña entre ellos. Si bien la victoria sobre Rolón fue completa en un sentido (murió de causas naturales el año siguiente), dejó muchas cuestiones sin respuesta acerca del futuro de la provincia, especialmente en cuanto a su relación con el Gobierno Nacional.

Bajo esas circunstancias, pocos correntinos esperaban que la paz perdurara. El sentimiento de aprensión que caracterizó a este período era consecuencia de idas y venidas radicales y abruptas entre la vieja política y la nueva, vaivenes que fastidiaban a los correntinos. La gente rural, en particular, prefería que se la dejara en paz con su ganado y sus cultivos, sus mates mañaneros y sus viejos hábitos. La constante interferencia de foráneos había agravado las diferencias locales y el resultado era un profundo resentimiento.

Paradójicamente (ya que ellos mismos eran extranjeros), los paraguayos en 1865 buscaban aprovecharse de esa animosidad correntina hacia los forasteros, ya que era un sentimiento de indignación común a ambos lados del río Paraná. Más importante aún -como en el Paraguay- todos en Corrientes hablaban guaraní. El uso del guaraní le daba a los correntinos una mentalidad similar a la de los paraguayos, pero bastante diferente a la de otros argentinos.

Esto hacía pensar a Solano López que la “provincia hermana” apoyaría su causa; independientemente de lo que hiciera el Gobierno en Buenos Aires, los correntinos elegirían a sus primos por encima de la “nación” que les ofrecía Bartolomé Mitre.

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