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Corrales y el Asalto a Itatí

- Corrales

La más seria de las irrupciones del Mariscal comenzó el 30 de Enero de 1866, cuando 250 hombres -bajo el comando del teniente Celestino Prieto- cruzaron el río en dirección a Corrientes. El plan inicial consistía en un ataque de tres fases que abarcaba a más de mil hombres golpeando las posiciones aliadas frente a Itapirú.

Los cañones en la Isla de Redención concentrarían el fuego de cobertura sobre Corrales, un punto expuesto en la orilla correntina que los paraguayos habían usado en los tiempos coloniales como un área de espera para el contrabando de ganado.

Los cielos se habían despejado luego de varios días de lluvias torrenciales y los hombres se sentían en buen espíritu. Como siempre, su partida a media mañana fue saludada con hurras, distribución de cigarros y dulces y sonoras marchas marciales. Todo paraguayo parecía querer participar en el operativo.

Los hombres se habían vuelto tan desdeñosos de las destrezas de los Aliados que solían salir con sus canoas a burlarse del enemigo. Era como si la guerra hubiera estado hecha para su diversión.

Los Aliados estaban al tanto de que el Mariscal intentaría una gran incursión. Los argentinos, en particular, se sentían humillados por los asaltos anteriores en su suelo nacional y ahora estaban ansiosos por tender una trampa a los hombres de López. Los argentinos frecuentemente demostraron una impaciente valentía que los hacía capaces de los mayores esfuerzos si veían ofendida su dignidad.

Requerían una fuerte disciplina, sin embargo, y no aceptaban mantenerse inactivos por mucho tiempo. En esta ocasión, el general entrerriano Manuel Hornos alistó varios regimientos de caballería de choque aproximadamente a una legua detrás del Paraná.

El coronel Emilio Conesa, un porteño, simultáneamente eligió un sitio en un monte cerrado al final del arroyo Peguahó -dos kilómetros más cerca del río- y puso en posición a 1.900 guardias nacionales bonaerenses de la segunda división. No tuvieron que esperar mucho.

Justo antes del mediodía, exploradores trajeron noticias de los hombres de Prieto avanzando hacia un pequeño puente que cruzaba el Peguahó. Los argentinos deberían haber gozado de la ventaja de una sorpresa casi total.

A último momento, sin embargo, el coronel de cuarenta y dos años Conesa reunió a sus oficiales, se sacó los guantes blancos y, en vez de dar un aliento discreto, pronunció una encendida arenga improvisada para los cuatro batallones de infantería reunidos. Los hombres respondieron con ruidosas vivas a don Bartolo, Buenos Aires y la Alianza(1).

(1) Periódico “El Pueblo”, (Buenos Aires), 14 de Febrero de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Prieto, que estaba a sólo 300 metros de distancia, inmediatamente se dio cuenta del peligro. De inmediato se replegó, disparando sus dieciséis cohetes Congreve en el proceso. Aunque sobrevivieron, los tiradores que Conesa había ubicado en las copas de los árboles cayeron conmocionados.

El resto de los bonaerenses se mezclaron en un desbande momentáneo, permitiendo que los descalzos paraguayos atacaran el centro argentino. Los hombres de Prieto se lanzaron al agua como patos y mantuvieron un fuego cerrado mientras avanzaban por el Peguahó(2).

(2) Periódico “The Standard”, (Buenos Aires), 20 de Febrero de 1866; María Haydée Martin. “La Juventud de Buenos Aires en la Guerra con el Paraguay” (1969), en “Trabajos y Comunicaciones”, Nro. 19, pp. 145-176, Universidad Nacional de La Plata. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Pronto, un velo de humo gris cubrió el espacio entre las dos fuerzas. Aunque la visibilidad decayó en consecuencia, el plomo continuó volando en ambas direcciones. Las tropas arremetieron en columnas hacia adelante y hacia atrás, una y otra vez, dejando hombres caídos a su paso. Luego de una dura lucha, el coronel Conesa finalmente rechazó a los paraguayos, primero a través del Peguahó y, luego, más al norte, a través de otro arroyo, el San Juan(3).

(3) Periódico “La Tribuna”, (Montevideo), 11 de Febrero de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Por Instrucción de Mitre, la caballería del general Hornos salió a la carga en ese momento para unirse a Conesa. El general brasileño Osório ofreció su infantería para ayudar, pero Mitre declinó, con el deseo de mantener el choque como un esfuerzo exclusivamente argentino(4).

(4) Ver: “Correspondencia de Buenos Ayres”, en el “Jornal do Commercio”, (Río de Janeiro), del 23 de Febrero de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

En cualquier caso, la ventaja aliada en números pronto comenzó a surtir efecto y Prieto lentamente se fue retirando, a través de esteros, a su cabecera original. Los argentinos esperaban rodearlo allí, pero cuando aparecieron por el sur se vieron envueltos en un fuego sostenido de la artillería de Bruguez desde la Isla de Redención(5).

(5) Periódico “The Standard”, (Buenos Aires), 8 de Febrero de 1866. Para un relato más detallado de esta etapa del enfrentamiento, ver: “Declaraciones del coronel Manuel Reyna, ayudante general de Nicanor Cáceres”, a bordo del “Cosmos”, 4 de Abril de 1888, en el Museo Histórico Militar, Colección Zeballos, Carpeta 141, Nro. 27, Asunción; y Pompeyo González, en Corrales, 31 de Enero de 1866, en Juan E. O’Leary. “Recuerdos de Gloria (Artículos Históricos sobre la Guerra contra la Triple Alianza” (2008), Compilación de Sebastián Scavone Yegros. Servilibro, Asunción; periódico “La Patria”, (Asunción), 31 de Enero de 1903. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Algunos argentinos siguieron peleando desafiantes, permaneciendo erguidos y haciéndose blanco fácil del tiroteo. Otros se tiraron cuerpo a tierra para protegerse, lo que les hacía imposible recargar sus armas.

Como sea, bajo semejante fuego, sus acciones hicieron poca diferencia. Conesa y Hornos se detuvieron abruptamente y sus tropas se escurrieron entre arbustos y lodazales. Los argentinos, corajudos, mantuvieron el fuego pese a todo y esto forzó a los salteadores de Prieto a internarse en una densa floresta al este de Corrales(6).

(6) Periódico “El Pueblo”, (Buenos Aires), del 9 de Febrero de 1866; Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), tomo 1, pp. 79-80, (dos volúmenes). Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Allí, los paraguayos recibieron un muy bienvenido apoyo del teniente Saturnino Viveros, del batallón 3, que había cruzado el río a las dos de la tarde trayendo consigo sustanciales suministros y municiones(7). Estaba acompañado por Julián N. Godoy, edecán de López, quien dejaría un encendido relato de lo que siguió: una horrible batalla de cinco horas de duración(8).

(7) “Declaración del Sargento Mayor Adriano Morales, sobre la Expedición a Corrales, 31 de Enero de 1866”, en el Museo Histórico Militar, Colección Gill Aguinaga, Carpeta 7, Nro. 3, Asunción.
(8) “Memorias de Julián N. Godoy”. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

Los argentinos superaban en número a los paraguayos por más de ocho a uno y pese a ello no podían ganar un control completo sobre el húmedo, boscoso e irregular terreno(9).

(9) El número exacto de tropas argentinas que enfrentó a 250 paraguayos ha sido muy debatido. Periódico “El Semanario”, (10 de Febrero de 1866), habla de 6.000; George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 118. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres, menciona 7.200; José Ignacio Garmendia. “Campaña de Corrientes y de Río Grande” (1904), p. 517. Ed. Peuser, Buenos Aires, anota 1.588 oficiales y soldados sólo en la segunda división; y el barón de Rio Branco señaló que “si las fuerzas de tropas registradas en el Ejército Argentino son correctas, ese día tenían 2.000 infantes y otros 3.000 jinetes”. Louis Schneider. “A Guerra da Tríplice Aliança contra o governo da República do Paraguai” (1945), tomo 2, p. 44, (dos volúmenes), São Paulo. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.-Prisa Ediciones, Asunción.

El sol plomizo del verano austral castigaba incesantemente a los soldados y no había ni viento ni lluvia que aliviaran el calor o disiparan el hedor a pólvora. Prieto, Viveros y Godoy peleaban obstinadamente en los matorrales. Los hombres tenían los pies llenos de espinas y les resultaba difícil maniobrar y disparar entre el follaje, pero hacían que el enemigo sufriera por cada centímetro que ganaba.

Aunque Conesa más tarde trató de justificar su mínimo progreso inflando el número de obstáculos en su camino, de hecho fue la disciplina paraguaya la que le impidió una categórica victoria(10). Lo que debería haber sido una operación fácil resultó costosa para los Aliados y solamente el rápido y eficiente trabajo del cuerpo médico argentino evitó que fuera más costosa aún(11).

(10) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 31-32, (cuarto volúmenes). Ed. El Lector, Asunción, argumenta que Mitre debería haber asumido alguna responsabilidad por lo que ocurrió en Corrales, pero prefirió dejar que Conesa cargara con sus éxitos y fracasos. El coronel -por su parte- compuso un relato oficial lleno de exageraciones autocomplacientes. Acentuó, por ejemplo, la diversidad de armas y material capturado (“nuevos rifles Minie y antiguos trabucos”) y también subrayó, entre otras cosas, el desembarco de un refuerzo de 500 enemigos sobre su flanco derecho, algo que nunca ocurrió. Igualmente, mencionó un total de 700 pérdidas paraguayas, lo que es alrededor de 300 más que todos los hombres que lo enfrentaron. No obstante, Conesa también hizo un elaborado elogio de sus subordinados, muchos de los cuales habían sufrido heridas tan graves como las suyas propias o peores.
(11) Benjamín Canard a J. Antonio Ballesteros, Corrientes, 8 de Febrero de 1866, en Benjamín Canard; Joaquín Cascallar; y Miguel Gallegos. “Cartas sobre la Guerra del Paraguay” (1999), pp. 73-75. Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires; ver también Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), pp. 157-194, passim. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.- Prisa Ediciones, Asunción.

Para el final de la tarde, Prieto y Viveros se dieron cuenta con cierto estupor de que el enemigo había rodeado su posición y ordenaron un rápido movimiento hacia la seguridad del Paraná. Conesa vio su última oportunidad. Sus tropas se lanzaron contra los paraguayos y olas tras olas de infantería cayeron sobre el ahora expuesto enemigo.

Con pocas municiones, los paraguayos calaron bayonetas y cargaron furiosamente contra el flanco derecho argentino. Desde ese momento la batalla se volvió realmente horrorosa, con ambos bandos oliendo a victoria y sangre y negándose a darse por vencidos. Los cuerpos cubrían el campo y cada árbol y arbusto parecía retorcido y desgarrado por la violencia(12). Los paraguayos peleaban incluso a pedradas con el enemigo(13).

(12) Cadáveres insepultos eran todavía visibles entre los arbustos dos semanas más tarde. Ver reporte anónimo, Ensenaditas, 16 de Marzo de 1866, en el periódico “The Standard”, (Buenos Aires), del 28 de Marzo de 1866.
(13) Carta de Pastor S. Obligado, frente a Paso de la Patria, 3 de Febrero de 1866, en el periódico “La Tribuna” (Montevideo), 11 de Febrero de 1866; ver también periódico “El Nacional”, (Buenos Aires), del 10 de Febrero de 1866. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El mismo Conesa recibió un impacto y sufrió una seria contusión en el pecho, pero siguió luchando con la espada en la mano. Era demasiado tarde, sin embargo. Como ya había ocurrido con los paraguayos, los argentinos también se quedaron cortos de municiones y los hombres estaban exhaustos.

Cuando se acercaban al río, divisaron en la distancia el desembarco de una tercera fuerza paraguaya, compuesta por 700 soldados del batallón 12 del teniente coronel Díaz.

No deseando toparse con estas tropas frescas -luego de un día tan extenuante y no teniendo reservas argentinas para convocar- Conesa suspendió su persecución. Los paraguayos mantuvieron su tenue control sobre la orilla correntina esa noche y retornaron a casa la mañana siguiente sin nuevos incidentes. Llevaron consigo a 170 de sus hombres muertos o heridos de consideración(14).

(14) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 3, p. 112, publicadas en “La Tribuna”, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción; León de Palleja. “Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay” (1960), tomo 2, p. 64, (dos volúmenes), Montevideo, sostiene que las pérdidas paraguayas no pudieron ser “menos de mil”; y Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 99, Greenwood Press, Westport, señala que las pérdidas fueron de 500, una cifra que coincide con la que mencionó el periódico “The Standard”, (Buenos Aires), del 13 de Marzo de 1866. En cualquier caso, desde la poca evidencia es difícil anotar muchas más que 200. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los paraguayos tuvieron sus razones para ver en Corrales una prueba convincente de la superioridad de sus armas. Habían matado o herido a varios centenares de enemigos, incluyendo unos cincuenta oficiales(15).

(15) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 118. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres, dice que 900 argentinos fueron puestos fuera de combate, mientras Mitre apunta una pérdida de sólo 295 muertos y heridos (aunque reconoce que informes sobre nuevas bajas seguían llegando). Ver: Mitre a Marcos Paz, Archivo del coronel doctor Marcos Paz, tomo 7, pp. 143-145. El número verdadero de bajas casi con seguridad está entre estas dos cifras. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Habían rechazado momentáneamente a Conesa y, por derivación, a todo el Ejército Aliado, en el campo de batalla. Sus oponentes no habían ni siquiera tomado las canoas paraguayas, lo que podrían haber hecho fácilmente al anochecer.

Al final, no había forma de que el coronel o cualquier otro militar argentino que hubiera estado en acción en Corrales pudiera considerar el enfrentamiento como una victoria. Los periódicos de Buenos Aires inicialmente trataron de mostrar la batalla de manera positiva(16).

(16) Varios periódicos porteños exhibieron el enfrentamiento como un éxito argentino, aunque no uno sin derramamiento de sangre, incluyendo “The Standard”, (7 de Febrero de 1866). El mismo artículo, sin embargo, recoge detalles de la batalla, cuando menos, extraños, o directamente inverosímiles, como que el repliegue de Conesa el día 30 fue una trampa para atraer a los paraguayos más adentro de Corrientes, o que la retirada paraguaya a través del Paraná dos días más tarde fue fuertemente castigada por tiradores aliados. Lo más probable es que “The Standard” simplemente repitiera como hechos los rumores e informes contradictorios de esos primeros días. Una vez que noticias más confiables llegaron a Buenos Aires, los diarios de la ciudad -a excepción de “La Nación Argentina”, del propio Mitre- lanzaron severas críticas a la conducción del Ejército en Corrales. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A.- Prisa Ediciones, Asunción.

Pero el sentimiento de inquietud comenzó a permear la capital argentina. El ministro británico reportó al conde de Clarendon:

“Cuando se conocieron detalles del enfrentamiento, en Buenos Aires prevaleció la mayor consternación. Se proclamó una victoria, es cierto, pero a qué costo de vidas era ignorado y, como los oficiales y hombres involucrados en la contienda habían sido exclusivamente reclutados entre los ciudadanos de esta capital, hubo un universal sentimiento de ansiedad; las festividades anunciadas por el próximo carnaval fueron canceladas y los periódicos hirvieron con artículos de censura por la inacción del Escuadrón brasileño y hacia el presidente Mitre por haber enviado al frente a sus tropas más valientes, a las cuales -según se afirmó- él les había escatimado apoyo"(17).

(17) Ford al conde de Clarendon, Buenos Aires, 15 de Febrero de 1866, en George Philip, ed. “British Documents on Foreign Affairs. Reports and Papers from the Foreign Office Confidential Print” (1991), Parte 1, Serie D, p. 197, Latin America, 1845-1914, volumen 1, River Plate, 1849-1912, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El mariscal López se mofó de la ineptitud de su enemigo. Natalicio Talavera, corresponsal de guerra de “El Semanario”, describió el sentimiento general al preguntarse cómo lo ocurrido no servía de lección a los argentinos para darse cuenta de que estaban siendo “un vil instrumento del Imperio” y siendo empujados por los brasileños a la batalla para verlos destruidos. “¿Cuándo estas víctimas de semejante y fatal engaño se despertarán de su sueño?”(18). El Mariscal se apresuró a mandar acuñar una medalla conmemorativa para todos sus soldados que participaron en la lucha y la exaltación se diseminó entre los hombres(19).

(18) Periódico “El Semanario”, (Asunción), del 3 de Febrero de 1866. Irónicamente, el corresponsal del “Jornal do Commercio”, de Río de Janeiro, del 6 de Marzo de 1866, también se refirió a las “penosas lecciones del Peguahó”, en su caso haciendo alusión a la falta de preparación militar de parte de los argentinos.
(19) Decreto de Francisco Solano López, Paso de Patria, 13 de Febrero de 1866, en Juansilvano Godoi Collection, University of California, Riverside, Caja 15, Nro. 12. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sin embargo, en la práctica, la batalla de Corrales no significó nada de importancia. Los Aliados ardieron de vergüenza, eso seguro, pero era la clase de humillación de la que fácilmente podían recuperarse.

El cuerpo médico había respondido bien y también lo habían hecho los comandantes individualmente, algunos actuando con conspicua gallardía. La debilidad del liderazgo de Conesa, las incertidumbres varias, la pobre comunicación con Hornos y otras unidades, la insuficiencia de municiones, la falta de una fuerza de reserva, todo eso sería superado.

Los paraguayos ya no parecerían tan sobresalientes en el futuro y, si se empecinaban con las mismas tácticas, podrían ser derrotados. Un asalto debía tener un objetivo específico, como la destrucción de una posición de artillería o el desplazamiento de un centro de comando o, como en el caso del ataque del general Wenceslao Paunero a la Corrientes ocupada por los paraguayos en Mayo de 1865, debía frustrar planes o cronogramas del enemigo.

Nada en Corrales sugería ni siquiera un retraso en el principal objetivo Aliado de cruzar el Paraná y llevar la guerra al Paraguay de López. Cada día llegaban más tropas y barcos Aliados y era sólo cuestión de tiempo que Mitre resolviera dar ese paso.

- El asalto a Itatí

Estimulado su apetito por los asaltos, el mariscal López planeó otra importante incursión para mediados de Febrero. Su nuevo objetivo era el poblado portuario de Itatí, que todavía hoy ostenta la mayor y más bonita Basílica del Nordeste argentino. El edificio principal alberga una Imagen de la Virgen con joyas incrustadas que -ya en 1866- se había vuelto objeto de veneración pública.

Católicos de toda la provincia y de más allá hacían peregrinaciones a Itatí para rogarle a la Virgen su intermediación. Por mucho que necesitara un milagro, López tenía poco interés en el carácter religioso de la comunidad; en cambio, entendía que Itatí estaba enclavada cerca de los Cuarteles generales del viejo Ejército de Vanguardia -el Comando de Flores- que el Mariscal correctamente juzgaba como la fuerza menos motivada del bando aliado. Un rápido golpe a estas unidades, incluso de refilón, podría hacer perder el temple a los menos resueltos de entre los uruguayos.

El Ejército de Vanguardia podría desintegrarse, dejando a las otras fuerzas Aliadas confusas y desordenadas. Como consecuencia de tal calamidad, Mitre y el emperador tendrían que reconsiderar sus planes de invasión y llevar la guerra a un final razonable, si no totalmente satisfactorio.

La posibilidad de obtener tal éxito era realmente muy escasa, pero en la activa imaginación de López un asalto enfocado tenía mucho de recomendable. Después de todo, sentía un enorme desdén por las cualidades guerreras de sus adversarios y consideraba a Mitre y Osório unos tontos. Realmente creía que decisiones insensatas de sus subordinados y una simple ola de mala suerte le habían costado su campaña en Corrientes.

Ahora, en una guerra de desgaste, los Aliados tenían las de ganar. La única esperanza para los paraguayos descansaba en maniobras audaces, cuanto más intrépidas, mejor. Había una ventaja que aprovechar a expensas del decisivamente debilitado Comando uruguayo.

Flores había viajado al sur, hasta Montevideo, para reclutar más tropas, y dejado sus unidades al cuidado del general Gregorio “Goyo” Suárez, colorado incondicional y supuesto “carnicero” de Paysandú. Suárez había tenido una accidentada carrera en las guerras civiles contra los blancos uruguayos y se lo percibía ampliamente como demasiado cercano a los brasileños.

En Uruguay esto ya lo hacía suficientemente sospechoso pero, en Corrientes, como comandante del lazo más débil de la Alianza, la percepción de que actuaba como un apéndice del Imperio era una clara dificultad, incluso entre sus propios hombres.

Los argentinos confiaban en él mucho menos que en Flores y nadie sabía cómo se comportaría en el trabajo conjunto. Por otro lado, Suárez tenía considerable experiencia militar. Había derrotado a los blancos a lo largo del río Uruguay a mediados de 1865.

Sus unidades de caballería habían, asimismo, confrontado y vencido a los paraguayos en Yatay. El general “Goyo” ciertamente entendía al enemigo. Y, por lo que había visto, estaba convencido de que debía esperar una resistencia feroz donde fuera que sus hombres se encontraran con los del Mariscal.

Suárez, por lo tanto, era un luchador nato comandando tropas vacilantes, un hombre que tenía la confianza de un aliado, pero probablemente no la del otro, y que combatía a un enemigo decidido y dispuesto a enfrentarse a cualquier adversidad. Eran circunstancias que deberían inspirar precaución. Y, sin embargo, quizás precisamente porque tenía que ser cuidadoso, Suárez anhelaba hacer algo riesgoso y caprichoso.

A finales de Enero, en momentos en que terminaba la batalla de Corrales, el general levantó campamento en San Cosme y ordenó al Ejército de Vanguardia trasladarse cerca de Itatí. De hecho, tenía estrictas Instrucciones de Flores de no hacer algo como eso, ya que tal movimiento interponía unos 50 kilómetros entre él y el resto del Ejército Aliado.

Aún hoy, Itatí es un área relativamente boscosa y en aquellos días era más accesible desde el río que a través de los estrechos senderos que conectaban la aldea con Corrientes. López sabía todo esto, ya que espías en el lado correntino del río le suministraban Informes regulares sobre las disposiciones de las tropas Aliadas.

En esta etapa de la guerra, el líder paraguayo tenía un sistema de inteligencia mucho mejor que el de sus oponentes y lo usaba más efectivamente. En este caso, sabía que Suárez había ubicado sus unidades en una posición expuesta y el Mariscal decidió atacarlas.

Este último asalto comenzó de manera atípica. Habiéndose enterado de que el Escuadrón brasileño en Corrientes no intentaría detener sus canoas, el Mariscal resolvió enviar lo que quedaba de su flota.

El 16 de Febrero, el “Ygurey”, el “Gualeguay” y el “25 de Mayo” partieron de Humaitá y bajaron el sinuoso Paraguay hasta el Paraná. Su curso los llevó cerca del buque piquete Aliado que poco antes había dado su reporte de que todo estaba tranquilo.

Como López había adivinado, ningún barco brasileño respondió. De las tres embarcaciones que navegaron hacia Paso de la Patria, solamente el “Ygurey”, de 548 toneladas, había enarbolado la insignia paraguaya antes de la guerra. La Armada del mariscal había tomado las otras dos de los argentinos en Abril. Cada una llevaba ahora una tripulación que incluía oficiales y marineros paraguayos, con algunos maquinistas británicos contratados por el Gobierno del mariscal como asesores.

Ese día, su misión los llevó primero al Campamento de Paso de la Patria, donde amarraron chatas con mil soldados, una vez más elegidos de entre una variedad de unidades. Como antes, el ánimo en el Campamento era triunfal, con banditas tocando y muchedumbres gritando y pidiendo las cabezas de Mitre y el emperador.

La pequeña flotilla navegó hacia Itatí. El general Suárez no tenía idea de que un gran asalto había comenzado y reaccionó de mala manera cuando se le informó de la aproximación de los buques enemigos. Dado todo lo que había ocurrido en las semanas recientes, no era demasiado difícil suponer que la totalidad del Ejército paraguayo pronto le caería encima.

A diferencia del mariscal López, quien ya sabía algo de los movimientos de su oponente en Corrientes, ni Suárez ni ningún otro comandante aliado tenía información alguna de lo que enfrentaban.

A la cabeza de la fuerza paraguaya de asalto estaba el teniente coronel Díaz, cuyo plan de ataque había supuestamente cosechado tantas recompensas en Corrales. Díaz, cuyo futuro como un favorito de López estaba ahora asegurado, era un hombre enérgico, con una barba a lo Van Dyke y penetrantes ojos azules que sugerían una vasta y concentrada atención hasta en los detalles más pequeños.

Sus antecedentes militares eran limitados y ello podría aparecer como una desventaja en aquellas circunstancias. Sin embargo, para tratarse de un hombre cuya ocupación previa había sido mantener el orden en las normalmente somnolientas calles de Asunción, tenía un agudo sentido militar. En esta ocasión, estaba seguro de que Suárez correría.

Y estaba en lo cierto. El general uruguayo tenía una gran superioridad en número, con 2.846 orientales (y seis piezas de artillería), así como 1.500 brasileños y 971 argentinos bajo su directo comando, lo que hace un total de 5.317 hombres(20).

(20) José Ignacio Garmendia. “Campaña de Corrientes y de Río Grande” (1904), p. 557. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pero los acontecimientos de Corrales retumbaron en la mente de Suárez; en esa última batalla, el coronel Conesa había pensado que podía depender de la caballería de Hornos o, al menos, volver atrás sano y salvo a tierra firme.

En Itatí, Suárez no gozaba de ninguna de esas ventajas y, dada la amenazante presencia de los vapores paraguayos el 17 de Febrero, parecía probable que el mariscal López intentara dar un golpe contundente. Antes que arriesgarse a ser destruido, Suárez ordenó al Ejército de Vanguardia levantar carpas y entregar Itatí a los invasores, quienes desembarcaron sin oposición al final de la tarde(21).

(21) Periódico “La Tribuna”, (Montevideo), 2 de Marzo de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La huida fue tan precipitada que dejaron intactas una gran cantidad de carpas, con varios curiosos objetos disponibles para el saqueo. Estos incluyeron posesiones del propio “Goyo”, sus papeles, su uniforme extra, su reloj y cadena de oro. Mientras asaltaban el Campamento, y luego el pueblo, los paraguayos disparaban a los soldados uruguayos en retirada, gritándoles: “¿Dónde están los héroes de Yatay?”(22).

(22) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 119. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; periódico “The Standard”, (Buenos Aires), del 7 de Marzo de 1866. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La burla era innoble, pero perfectamente justa, ya que Suárez podría haber hecho al enemigo pagar cara su incursión. En cambio, dejó la aldea a merced de Díaz. El trato que los paraguayos habían prodigado a los pueblos capturados en Mato Grosso y Rio Grande había tenido algo de salvaje y descontrolado. No aquí. Itatí estaba escasamente poblada y densamente arbolada en sus límites esteños.

Díaz ordenó a sus hombres ir estancia por estancia, casa por casa y confiscar meticulosamente todo lo que hubiere de valor. El botín fue de apenas ocho rifles, tres sables, unas cuantas vacas esqueléticas, algunas ovejas y unas pocas bolsas de arroz, harina y galleta.

Los hombres procedieron a incendiar las casas del pueblo, despojaron al Juzgado de sus archivos, papelería y artículos de escritorio y luego reabordaron los barcos y partieron de nuevo a Paso de la Patria antes de la medianoche. Aunque detuvieron al Cura del pueblo por unas horas, dejaron la iglesia y su Virgen milagrosa indemnes(23).

(23) Informe de José Díaz, Paso de la Patria, 21 de Febrero de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción, Sección Jurídica Criminal; Manuel N. Sanches a Nicanor Cáceres, Chilin Cue, 20 de Febrero de 1866, citado en María Haydée Martin. “La Juventud de Buenos Aires en la Guerra con el Paraguay” (1969), en “Trabajos y Comunicaciones”, Nro. 19, p. 167, Universidad Nacional de La Plata. Pocos días después de retomar la aldea, los Aliados llevaron la Imagen sagrada a lo que esperaban sería la seguridad de una residencia privada cerca de Ramado Paso. Allí se estableció un Santuario temporario que recibió un flujo regular de peregrinos hasta que la Imagen pudo ser retornada a Itatí más tarde en la guerra. Ver: periódico “The Standard”, del 23 de Marzo de 1866. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

También dejaron atrás a un hombre, un soldado común del regimiento 8 quien, cuando se le ordenó registrar un rancho, halló una damajuana de caña y bebió hasta perder el conocimiento. Cuando despertó al día siguiente, se encontró prisionero de los Aliados(24).

(24) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 2, p. 141, publicadas en “La Tribuna”, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El general Suárez y sus hombres pasaron un día muy desagradable dos leguas al sur. Habían atravesado uno de los terrenos más pantanosos de Corrientes antes de llegar a tierra seca. La mayor parte de la tropa se había arrastrado con el agua hasta la cintura y varios se perdieron en el camino(25).

(25) León de Palleja. “Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay” (1960), tomo 2, p. 91, (dos volúmenes), Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Nadie había comido nada más que charque y tenían poca o ninguna comunicación con las principales fuerzas Aliadas más al oeste. Finalmente, llegó un jinete del general Osório con un mensaje cargado de frustración y ansiedad. Osório le rogaba al general uruguayo que liberara a los infantes brasileños bajo su comando para evitar que fueran masacrados por los paraguayos(26).

(26) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), tomo 3, p. 139, publicadas en “La Tribuna”, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción; el coronel Palleja reportó que el Comandante de las unidades brasileñas bajo Suárez había igualmente recibido una carta de Osório diciéndole que retirara sus fuerzas en caso de que los paraguayos atacaran y que no tratara de ayudar a los orientales. Ver: “Diary at Head-Quarters”, en el periódico “The Standard”, (Buenos Aires), del 8 de Marzo de 1866. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Dado que para ese entonces Díaz ya había partido de la provincia, nos preguntamos, al igual que Suárez, quién tenía que rescatar a quién. El “paseo” de los paraguayos a Itatí tuvo una significación estratégica incluso menor que el enfrentamiento anterior en Corrales. El botín saqueado era risible. Y ya que nadie había muerto en ninguno de los bandos, nadie podía hablar de haber propinado un golpe decisivo de una forma u otra.

No obstante, el asalto a Itatí sí tuvo un efecto importante: concentró el ánimo de los Aliados no contra los paraguayos -cuya audacia todos reconocían y admiraban- sino contra la Armada Imperial.

Había entonces cuarenta buques de guerra y transporte amarrados en el puerto de Corrientes y, aunque tenían 112 cañones, no hicieron el menor esfuerzo por detener a los “pillos salvajes” en el Alto Paraná. Apenas unas semanas antes, los oficiales aliados se habían preguntado cuándo se moverían hacia el Paraguay.

Ahora se preguntaban crecientemente cuándo dejarían de ser tomados por tontos. Sólo un hombre, el almirante Tamandaré, podía responder esa pregunta.

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