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PROCESO ELECTORAL DE 1874

- El problema presidencial

La renovación presidencial de 1874 conmovió la política del país desde comienzos del año anterior. De los tres partidos que lucharon en 1868 -federal, nacionalista y autonomista- uno había desaparecido con la muerte de Justo José de Urquiza y los otros -divorciados del presidente-, concretaron su actitud en las candidaturas de su jefes respectivos, el general Bartolomé Mitre y el doctor Adolfo Alsina.

El interés de Domingo Faustino Sarmiento debía radicar en que fracasasen ambos, cosa de todos sabida; pero se ignoraba hacia quién irían sus preferencias, pues no contaba ya con su admirado amigo Dalmacio Vélez Sársfield, alejado del Ministerio y de toda actividad pública desde 1872, por motivo de sus achaques.

Los que buscaban el futuro presidente fijaron la vista en los colaboradores más allegados a Sarmiento; y así fue cómo empezaron a circular los nombres de Nicolás Avellaneda y Carlos Tejedor, figuras prominentes del Gabinete. Del primero se hablaba desde los días de la Exposición de Córdoba; y, del segundo, se ocupó -a fines de 1872- el jefe de las fronteras cuyanas, general José Miguel Arredondo, encariñado cada vez más con el papel de lanzador de candidaturas.

Inclinábase Sarmiento por Avellaneda, aunque en forma recatada. En los primeros instantes de la agitación, contó a un amigo íntimo que, en Buenos Aires, se movía Alsina y se juzgaba asegurado Mitre; y que, de fracasar la disidencia de Arredondo, la cuestión se reduciría a un candidato porteño, sin eco en las provincias interiores y a un provinciano que Buenos Aires conocía y toleraba sin darse cuenta(1).

(1) Sarmiento. Carta a José Posse (Diciembre 20 de 1872), en: "Obras de D. F. Sarmiento", t. LI, p. 231. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo XII: “Proceso electoral de 1874”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El análisis brilla por su sagacidad; el antiguo partido liberal siempre fue esencialmente porteño, y continuaban siéndolo sus dos desmembraciones, nacionalista y autonomista; de modo que la solución debían imponerla las provincias, aunque con un hombre que Buenos Aires aceptara, tal como ocurrió en 1868.

Los antiguos unitarios sólo creían posible el Gobierno Federal que ellos ejercieran y desechaban por ilógica la suposición de que las provincias pudiesen imponer autoridades a Buenos Aires. De ahí su interés casi exclusivo por la política local porteña y su despreocupación por los negocios públicos de cada una de las otras provincias, como si éstas tuvieran forzosamente que depender de aquélla.

Esta modalidad -incomprensible y extravagante hoy para quien la abstraiga de la lucha entre el unitarismo y el federalismo, iniciada desde los días de Mayo-, se percibe distintamente en los actos preparatorios y constitutivos del proceso electoral de 1874 y hasta en la misma insurrección que lo siguió y aún en la crisis final de 1880, hechos a los que explica en buena parte.

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