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Vida y obra del coronel Alsina, esposo de la cautiva doña Carmen Ferré

CORONEL FERMIN ALSINA

La evolución social, en permanente agitación, se debe al esfuerzo múltiple, variado y hasta contradictorio de las acciones de la colectividad. Pero el hombre es factor que da sustancia y esencia para dirigir y encausar esa evolución. Por ello, la vida y las obras de los hombres superiores son, por implicancia, la historia de sus respectivos pueblos(1).

(1) Citado por el doctor Apolinario Decoud. Conferencia pronunciada por el entonces presidente de la Asociación Correntina “General San Martín”. // Reproducida por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

La biografía de cada uno de esos hombres que dejaron la marca de su actuación o de su inteligencia -grande o mediana- tiene el mérito de destacarlos como ejemplo y de contribuir a la cabal interpretación de los sucesos en que intervinieron.

Abraham Ortelio testifica -lo dice el Padre Feijóo en “Glorias de España”- haber leído en unos fragmentos de Salustio que “en los antiguos tiempos, cuando la juventud española se preparaba para salir a la guerra, sus madres le recordaban los valerosos hechos de sus padres para encender su marciales espíritus a la imitación de sus mayores.
Así servían a la defensa de la patria uno y otro sexo, el fuerte con el ejercicio, el débil con el influjo. Aquel ejemplo -agrega- me he propuesto seguir en este discurso, cuyo asunto es mostrar a la España moderna la España antigua, a los españoles que viven hoy, las glorías de sus progenitores, a los hijos los méritos de los padres porque, estimulados a la imitación, no desdigan las ramas del tronco y la raíz. De lecciones un siglo a otro siglo”.

Hago cita de ese conceptuoso fragmentos de Salustio, porque en la modesta esfera de mi disertación, al biografiar al coronel Fermín Alsina, ilustre hijo de Corrientes, deseo recordar a los correntinos de hoy los méritos de uno de sus progenitores, para que otros hagan lo propio con los demás que integran el patriciado político y social de nuestra amada provincia, en cuya forma pagaremos tributo, ejemplar para nuestros descendientes y en general útil para arraigar los hechos y las ideas de quienes quebrantaron sus días y rindieron sus alientos en pro de la paz y progreso de la patria.

En las postrimerías del siglo XVIII, España sufría intensa crisis económica y política. Enorme cantidad de sus hijos partían para las colonias americanas en busca de climas propicios para el ejercicio de sus pacíficas actividades.

Entre los pasajeros, llegaron a Buenos Aires -procedentes del puerto de Barcelona- el licenciado, Consejero del Ayuntamiento de Tarragona, el señor Juan Alsina, su esposa y sus ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres, de los cuales, los varones Juan José(2) y Angel Esteban y las niñas Juana Francisca y Concepción(3) se avecinaron en Corrientes. Los padres -con los otros cuatro hijos- se radicaron en Buenos Aires.

(2) Juan José, padre del doctor Valentín Alsina, abuelo del doctor Adolfo Alsina.
(3) Y Margarita Alsina, casada con Dn. Luis Niella, bisabuelos ambos del doctor Luis María Niella, primer obispo de Corrientes y Misiones. // Todo citado por Apolinario Decoud y reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

Juana Francisca Alsina celebró matrimonio con don Juan Ferré(4). Juan Ferré, padre de Pedro Ferré, quien instaló un astillero naval para cabotaje menor, donde actualmente se encuentran los talleres del Ministerio de Obras Públicas de la Nación.

(4) Juan Ferré, padre de Pedro Ferré. // Citado por Apolinario Decoud y reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

Angel Esteban Alsina se unió en matrimonio con Encarnación Atienza, cuyo hijo primogénito -Fermín, nacido en el año 1823- da tópico a esta disertación.

Fermín Alsina, casado con Carmen Ferré, tuvo ocho hijos, entre ellos, Fermín, sobresaliente abogado en cuyo estudio inicié mi vida profesional y, Augusto, inteligente y honrado colaborador de su hermano Fermín en el estudio jurídico mencionado, como agente judicial con amplia y selecta clientela.

fermn alsina

CORONEL FERMIN ALSINA
(1828-1873)
Héroe de la Guerra de la Triple Alianza y esposo de doña Carmen Ferré Atienza

El doctor Fermín tuvo diez hijos: Fermín, Pepa, María, Celia, Julia, Mercedes, Rebeca, Adolfo, Sara y Samuel; don Augusto Alsina tuvo ocho hijos: Esther, Ramón, Concepción, Hugo, Raquel, Fidel, Antonio y Herberto.

Me he permitido hacer esta sintética crónica familiar al sólo efecto de poner de manifiesto la exactitud de un fenómeno biológico observado con intermitencias: las aptitudes se transmiten por herencia, proceso que se cumple en la familia Alsina, pues todos los descendientes del tronco originario llegado a este país -tanto los que proceden de la rama radicada en Buenos Aires, como los que se avecindaron en Corrientes- ocuparon sitios de avanzada en el grupo de la sociedad culta y de los altos estudios, con austeridad y con ilustrada inteligencia.

El coronel Fermín Alsina inició su vida militar a la edad de 16 años, con su incorporación como cadete de la compañía “Húsares de la Guardía”, el 16 de Marzo de 1840.

En ese año, el gobernador Pedro Ferré publicó el segundo Manifiesto de Guerra contra Rosas.

La publicidad -decía- con que Juan Manuel de Rosas interviene en los negocios puramente domésticos y exclusivos de cada provincia, deprimiendo la independencia y soberanía de ellas, han clasificado a aquel gobernador como el primer tirano de la República”.

Para sostener la guerra creó, a más de la fuerza espiritual, decretando la edición de un periódico semanal titulado “El Pueblo Libertador” porque “las ideas -expresa- deben marchar en armonía con la acción”, semanario que “ilustró -argumenta el doctor Mantilla- las grandes cuestiones políticas de la época.
Informó al país sobre los sucesos nacionales; dio rumbo claro a la opinión y combatió con ideas la tiranía. Cupo a Corrientes el mérito de agregar a sus valerosos pronunciamientos la fundación del primer periódico de lucha y propaganda cívica publicado en tierra argentina después del entronizamiento de Rosas”.

El entusiasmo patriótico de Ferré, su fervor por la libertad y su inquebrantable propósito de mantener la soberanía política de la provincia como base del sistema de gobierno republicano federal, lo llevaron, no sólo al empleo total de los recursos fiscales, sino también de los hombres, para acrecer el número y el poderío del segundo Ejército Libertador que, puesto bajo las órdenes del general Juan Lavalle, debía dirigir aquella guerra.

Lógicamente no podía exceptuar de la ardua empresa a su joven primo, Fermín Alsina, y lo inició en la carrera militar. Poco tiempo después de su ingreso, le extendió despacho de Portaestandarte del escuadrón “López Chico”, nombre éste dado en homenaje al general José López, poco tiempo antes muerto heroicamente en la batalla de Don Cristóbal.

En ese escuadrón, con el honroso cargo de Portaestandarte, Fermín Alsina adoctrinó, entre veteranos, su carácter militar.

Confiada al general José María Paz la formación del tercer Ejército Libertador, llamado “Ejército de Reserva”, el escuadrón “López Chico” quedó a sus órdenes y fue destacado sobre el Mocoretá para hostilizar el avance de una división del Ejército federal que, bajo el mando del general Servando Gómez, penetró en la provincia.

El general Echagüe -con el grueso del Ejército- se unió a la división de Gómez. Se libró la batalla en el campo que perteneció a don Manuel Bejarano, en el lugar denominado Caá Guazú, el 28 de Noviembre de 1841, obteniendo el Ejército correntino un magnífico triunfo. En ese combate Alsina obtuvo su bautismo de fuego.

Cabe recordar un hecho desgraciado que lo presenció el subteniente Alsina: el fusilamiento de don Desiderio Benítez, correntino acaudalado y prestigioso, nieto del Maestro de Campo general Juan Benítez de Arriola, conquistador del Tebicuary, ilustre antecesor del vicepresidente 2do. de esta Asociación, doctor J. Isaac Arriola.

El general Paz lo odiaba porque en varias oportunidades reprochó sus extravagancias y sus injusticias y, para castigarlo, lo sometió a un Consejo de Guerra con orden de que se lo condenase a muerte. El mismo día de su llegada al Consejo, presidido por el general Vicente Ramírez, dictó el fallo.

El acusado pidió la palabra para defenderse, pero el presidente se lo negó, porque “un traidor no tiene derecho a ser oído”. Olvidó el general Ramírez, en su carácter de juez, el precepto de las Leyes de Partidas, vigentes entonces, de que el juzgador debe ser manso y de buenas palabras para quienes vienen a juicio.

El acusado respondió:

Si tratan de asesinarme, ¿para qué formaron Consejo de Guerra?
Asesinan a un patriota mejor que ustedes”.

Benítez fue ejecutado y su cadáver dejado insepulto en el campo.

El oficial Fermín Alsina fue testigo presencial de ese hecho. Lo refirió, sin hacer comentarios, a su primo, el gobernador Pedro Ferré, por carta original existente en el archivo de ese gobernador, que lo tenía en su poder don Evaristo Pérez Virasoro.

No se trata de un muerto más sacado del enorme montón, sino de un crimen causado por enemistad personal, que trató de justificarse con la simulación de un juicio, en el que el acusado no tuvo defensor y a quien se le negó hasta el uso de la palabra, juicio que por estas circunstancias, es igual al que se aparentó para fusilar a Luis Antonio Enrique Borbón, duque de Enghien, por orden de Napoleón I, hecho éste que constituye una página sombría de la historia del Gran Capitán.

Después de la victoria de Caá Guazú, Alsina permaneció en Entre Ríos, a las órdenes del general Paz, hasta principios de Abril de 1842, en cuya fecha el gobernador Ferré, por desinteligencias con aquel jefe, dispuso el regreso del Ejército correntino a la provincia para ponerlo al mando del general Fructuoso Rivera.

El 6 de Diciembre de 1842, las fuerzas coaligadas de la Banda Oriental y de Corrientes, a las órdenes del nombrado general Rivera, presentaron combate a las fuerzas rosístas, dirigidas por los generales Oribe y Urquiza, en el paraje denominado Arroyo Grande. El Ejército de la libertad perdió la batalla y la mayor parte de sus jefes y oficiales, entre ellos Alsina, se internaron en el Brasil.

Los que cayeron prisioneros fueron degollados. La masacre cubrió de sangre y de terror todo el territorio de la República. Los soldados derrotados se ocultaron en los montes. El gobernador Ferré se dirigió al Paraguay y de allí pasó a San Borja, donde se radicó. La provincia de Corrientes quedó en poder de los elementos de Rosas.

carmen ferr atienza de alsina y su hija carmencita
Doña Carmen Ferré Atienza de Alsina y su hija Carmencita, “la Cautivita”

Fermín Alsina se internó -como ya dije- en el Brasil y por hallarse enfermo no se incorporó a la división Libertadora de los 108 que, bajo la dirección inmediata del coronel Joaquín Madariaga, pasó a nado el río Uruguay, el 30 de Mayo de 1843, con el propósito de deponer al Gobierno rosista, pero poco tiempo después regresó a la provincia y se incorporó a la división del Ejército comandado por el teniente coronel Juan Madariaga, tomando parte en el combate de Bella Vista contra las fuerzas del Gobierno dirigidas por el teniente coronel Eugenio Garzón, lucha que el gobernador Joaquín Madariaga resolvió emprender, aprovechando la circunstancia de que Urquiza guerreaba en el Estado Oriental y Oribe asediaba la plaza de Montevideo.

Los Ejércitos se trabaron en lucha el 17 de Agosto de 1844, en el paraje llamado Palmar, pero el resultado quedó indeciso. El general Madariaga volvió a Corrientes para proseguir la contienda armada contra Rosas.

Para la finalidad fue designado Director de la Guerra el general José María Paz, asumiendo el mando del Ejército a mediados de 1845. Con su habitual competencia y actividad consiguió constituir un organismo disciplinado, con todos sus elementos bélicos, para cuyas tareas contó con la eficaz colaboración del capitán Fermín Alsina, a quien el jefe distinguía por apreciarlo conocedor de las enseñanzas de un militar de escuela.

En Enero de 1846, Urquiza invadió la provincia de Corrientes y el 4 de Febrero de ese año se enfrentó con el Ejército correntino al mando del general Paz en Laguna Limpia. La victoria, no decisiva por cierto, la obtuvo Urquiza. El general Juan Madariaga cayó prisionero y fue salvado del acostumbrado degüello por el teniente coronel José Antonio Virasoro, su amigo en la empresa libertadora hasta el año 1843 y su enemigo en ese entonces.

Los azares que ocurren en la vida por vía de las pasiones incontenidas, tejen un poema, cuyo fin, a veces, en sus contrastes, maravillan. Las enemistades entre las familias de Madariaga y de Virasoro fue profunda y en su hora pasaron de la órbita privada a la esfera pública; sin embargo, la enemistad quedó en suspenso cuando, con posterioridad, los altos intereses de la patria reclamaron el aporte de sus hijos, cuya situación los varones de esas dos ilustres familias, unidos, lucharon por los mismos ideales.

El general Urquiza se retiró a Entre Ríos y desde allí inició negociaciones de paz con el gobernador Madariaga por intermedio del hermano Juan, prisionero de aquél, pero no llegaron a ninguna solución. Surgieron posteriormente divergencias entre el gobernador Madariaga y el general Paz, a consecuencia de las cuales éste se retiró de la provincia, camino al Paraguay.

Reanudadas las gestiones de paz entre aquéllos, llegaron a firmar el Tratado de Alcaraz, que Rosas al conocerlo desautorizó. Para conformarlo, Urquiza propuso enmiendas, las que Madariaga no aceptó; se produjo la ruptura, surgió la enemistad, aquél invadió la provincia de Corrientes y dióse la batalla en el paraje conocido con el nombre Potrero de Vences, el 27 de Noviembre de 1847, en la que tuvo distinguida actuación Fermín Alsina con el grado de Sargento Mayor provisorio a las órdenes de los generales Madariaga.

El Ejército correntino experimentó los estragos de la derrota y sus jefes y oficiales, entre ellos Alsina, se refugiaron en el Brasil. Los prisioneros fueron degollados, lanceados y fusilados, repitiéndose las sangrientas escenas de Arroyo Grande. El poderío de Rosas quedó consolidado en todo el territorio de la Confederación Argentina.

El Congreso correntino designó gobernador de la provincia al coronel Benjamín Virasoro, quien asumió el mando el 15 de Diciembre de 1847. El día 18, el mismo Congreso lo ascendió a General; el día 20, dispuso que el retrato de Rosas fuese colocado en la Sala de Sesiones y decretó el regalo a Urquiza de una espada con la siguiente inscripción: “Corrientes agradecida al vencedor de Vences”.

Para que se aprecie la enemistad entre las familias de Madariaga y de Virasoro, a que aludí anteriormente, menciono el decreto de aquel gobernador por el cual ordenó el cambio de nombre del pueblo de Paso de los Libres dado por el general Madariaga -como homenaje a los 108 libertadores- por el de Restauración, y la colocación en el punto del río Uruguay por donde aquellos pasaron de un poste con esta inscripción: “En 1843, Joaquín Madariaga, caudillo de ladrones, traicionó a la patria y la hundió en todos los horrores de la anarquía”.

Alsina permaneció con tiempo en el Brasil, pues cuando supo que el Ejército paraguayo invadió la provincia de Corrientes volvió, ofreció sus servicios al gobernador Virasoro y se incorporó al Ejército.

Las hostilidades del Gobierno paraguayo, presidido por Carlos Antonio López, contra la provincia de Corrientes, se fundaban en una cuestión de límites, pues pretendía todo el territorio de las antiguas misiones jesuíticas, pretensión absurda, toda vez que en su origen la jurisdicción territorial de Corrientes -según el Acta labrada al fundarse la ciudad el 3 de Abril de 1588 y la erudita disertación hecha por el jurisconsulto y sabio historiador correntino doctor Ramón Contreras- llegaba por el norte hasta el río Tebicuary, afluente del río Paraguay, límite que, con posterioridad, se estableció al dividirse la “Provincia Gigante de las Indias” para crear las Intendencias del Paraguay y de Buenos Aires.

Corrientes perdió el dominio sobre esa vasta zona, porque la Junta Provisoria de la revolución de Mayo la pasó al Paraguay al celebrarse la Convención de Paz suscripta en la Asunción el 12 de Octubre de 1811, en cuyo convenio se adoptó como deslinde el río Paraná, deslinde ratificado posteriormente por la Nación al concluir con el Paraguay el Tratado del 3 de Febrero de 1876, aprobado por ley del 27 de Junio del mismo año.

El gobernador Virasoro, para repeler la invasión paraguaya, creó una Escuadrilla en el puerto de Corrientes. Nombró a Alsina, Capitán de dicho puerto, cargo que requería mucha actividad y competencia, pues los paraguayos se apoderaron de las islas Apipé y Cerrito, desde cuyos puntos hacían frecuentes incursiones para el arreo de haciendas y transporte de los frutos de sus depredaciones.

Los paraguayos -después de sus correrías por el territorio de la provincia- fueron vencidos en varios encuentros armados, se estacionaron en Loreto y en la Tranquera de San Miguel y, al final, volvieron a su país.

El gobernador Virasoro reconoció los patrióticos servicios de Alsina y el 17 de Noviembre de 1851 le extendió despacho confirmatorio de Sargento Mayor de la compañía “Húsares de Línea”, con antigüedad al 13 de Diciembre de 1846.

La situación política de Corrientes durante el primer Gobierno de Virasoro era incierta, porque el triunfo de Vences acreció el prestigio de Urquiza. Rosas, no obstante sus aparentes buenas relaciones, lo vio en vías de convertirse en rival.

Trató de atraerlo a Virasoro en contra de aquél y, como no lo consiguiera, apoyó a don Gregorio Araujo, presidente de la Legislatura Provincial, hombre de mucho prestigio popular, quien había iniciado movimiento político con propaganda adversa al dictador de Entre Ríos.

Urquiza resolvió suprimirlo, dando orden por chasque al coronel José Antonio Virasoro, Comandante de la línea militar sobre el Uruguay, para que lo fusile, mandato bárbaro que fue cumplido.

Este asesinato desacreditó al coronel Virasoro, porque la opinión pública creyó que era obra suya pero, el doctor Manuel F. Mantilla publicó los antecedentes del hecho y aquél quedó rehabilitado. Refiere el doctor Mantilla que el mismo día en que Virasoro se impuso de la orden de muerte, llegó a Restauración (Paso de los Libres), su residencia, su amigo de infancia, pero adversario político, Gregorio Pampín, que venía de negociar en Río Grande una tropa de caballos y mulas.

Pampín visitó a Virasoro y éste le dijo:

Vienes a tiempo, Gregorio. Hoy he recibido orden del general Urquiza para mandar traer de Goya a Gregorio Araujo y fusilarlo. La orden se cumplirá porque me es imposible desobedecerla. Está alistándose la partida de soldados que mandaré. Pero Araujo puede salvarse, fugando de Goya, y quiero que tú marches inmediatamente, matando caballos, para decirle en mi nombre que, sin pérdida de tiempo, huya de la provincia antes que mis soldados lleguen a Goya.
Yo despacharé a la partida cuatro horas después de la tuya”.

Pampín aceptó la comisión y al día siguiente a medianoche llegó a Goya y fue directamente a la casa de Araujo. Le refirió lo que ocurría y éste pensó que se trataba de una simple amenaza de Virasoro. Pampín insiste:

- “Póngase en salvo tocayo; el mismo Virasoro le aconseja y le pide, ahora, ya, sin perder minutos; sí le falta dinero, yo traigo bastante, tengo un botero de absoluta confianza que lo llevará con seguridad a Santa Fe por la costa del Chaco”.
- “No me muevo de aquí. José Virasoro no me asustará con la facilidad con que ha engañado a usted. Tranquilícese; mi vida no correrá peligro”.

Pocas horas después, Gregorio Araujo fue capturado y llevado a Restauración, donde se lo fusiló.

Agrega el doctor Mantilla que este episodio se lo contó don Gregorio Pampín, con recomendación de que algún día lo escriba.

Sin duda, para su buen nombre, al coronel José Antonio Virasoro le hubiera convenido seguir el consejo que en cierta ocasión dio el presidente Sarmiento a un mayor del Ejército que le preguntó:

- “Si recibiese del presidente orden de fusilar a un ciudadano, ¿debo cumplir la orden?

Sarmiento le respondió:

- “Si se encontrase en esa situación desgraciada, hágase dar la orden por escrito; después se pega un tiro; el militar nació para morir”.

La incierta situación política a que aludí, mejoró durante la segunda gobernación de Virasoro, por haber cambiado el régimen despótico impuesto después de la batalla de Vences, llamando a honorables ciudadanos a colaborar en las tareas del Gobierno.

El decreto de amnistía general “para asegurar -decía- la fraternidad de los espíritus en un sentimiento uniforme y decidido que arraigase firme la paz y borrase odiosos recuerdos entre los miembros de la familia correntina”, serenó el ambiente y acercó al Gobierno el aporte de la población en las obras de bien público que se iniciaron.

El gobernador Virasoro se alió con Urquiza contra Rosas y marchó al frente del Ejército correntino a Entre Ríos y, desde allí, todas las fuerzas coaligadas al mando superior de Urquiza penetraron en la provincia de Buenos Aires, actuando Virasoro como Jefe del Estado Mayor.

El Ejército Aliado Libertador obtuvo decisivo triunfo en la batalla de Monte Caseros, librada el 3 de Febrero de 1852. Rosas emprendió viaje sin retorno al extranjero y la República libertada de su yugo comenzó -bajo la égida de la magnifica Constitución de 1853- la vía de su progreso infinito, iluminada por la libertad, sustentada por la fraternidad y amparada por igualdad, con el severo respeto de todos los derechos.

El mayor Fermín Alsina, al frente de su regimiento de caballería, tomó parte activa en esa batalla de Monte Caseros, regresando poco después con parte del Ejército correntino a Corrientes.

El gobernador Virasoro permaneció en Buenos Aires y en su ausencia se produjo cierta agitación popular en su contra, que terminó con su deposición por ley de la Legislatura de la provincia dictada el 3 de Julio de 1852 y en su reemplazo fue designado el doctor Juan Pujol quien, en Noviembre de ese año, ascendió al grado de Teniente Coronel al mayor Alsina.

En el año 1854 lo nombró Comandante General de Armas de la provincia y el 5 de Enero de 1855 le dio despacho de Coronel efectivo de caballería.

Estos ascensos sucesivos dan fe de la alta valía de Alsina, posiblemente el militar correntino que en su época demostró mayor erudición específica, teórica y práctica.

El gobernador Pujol atribuyó el desastroso estado social de la provincia a los militares, en su mayor parte atrasados, incultos, altaneros y turbulentos, quienes apartaron al pueblo del trabajo productivo, hasta el punto de hacerle preferir el manejo de las armas a los instrumentos de labor y, con el propósito de remediar el mal, prescindió de los militares y dio carácter civil a su Administración; por cierto no estuvo equivocado, pues al mermar el influjo militar surgió la obediencia a la ley, el respeto de los derechos y las prácticas del orden.

Sin embargo, utilizó los servicios de Alsina y lo ascendió a Teniente Coronel y a Coronel, ascensos que no se debían a méritos de guerra, sino a la capacidad técnica, a la actividad y a la honradez y, además, a la fidelidad con que había defendido la causa de la libertad, sin contaminarse con el exceso de las pasiones.

Es más, el gobernador Pujol suprimió la Comandancia General de Campaña, “cueva de caudillos agrestes” y, en su reemplazo, creó la Inspección General de Armas, a cuya jefatura llevó al coronel Alsina quien, virtualmente tuvo en ese carácter el mando superior del Ejército correntino.

Se encontraba al frente de la Comandancia suprimida, el coronel Nicanor Cáceres, militar valiente pero indisciplinado, caudillo con arrastre popular pero despótico, estanciero rico, pero con las prácticas de abigeato quien, al verse cesante, inició un movimiento insurreccional que fracasó, porque el presidente de la República, general Urquiza, dictó un decreto -refrendado por su ministro, doctor Gorostiaga, el 1 de Septiembre de 1854- declarando a la provincia en estado de sitio -el primero establecido en la Nación, de acuerdo con el artículo 23 de la Constitución Nacional de 1853- con orden de arresto del coronel Cáceres, medida restrictiva de la libertad fundada “en el deber de conservar la paz pública y garantir la estabilidad de los Gobiernos legalmente constituidos, consagrando la inviolabilidad de los principios constitucionales por la lealtad y firmeza con que se sostengan, a fin de que no renazcan las revueltas y la guerra civil con sus aspectos aterrantes”.

El presidente Urquiza, conocedor de la honorable actuación de Alsina en las luchas contra la tiranía de Rosas, como asimismo su disciplina, su lealtad y su ilustración militar, no obstante haber prestado sus servicios en Ejércitos contrarios al suyo, dio carácter nacional a su grado de Coronel el 23 de Agosto de 1855, desde cuya fecha revistó en carácter de Coronel de la Nación en el Estado Mayor de plaza, sección Corrientes.

En el año 1857 lo trasladó para prestar servicios técnicos al Ministerio de Guerra y Marina de la Confederación, en la Ciudad del Paraná.

El 13 de Abril de 1865, con motivo del imprevisto ataque de las fuerzas paraguayas a los buques de la Armada Nacional: “Gualeguay” y “25 de Mayo”, surtos en el puerto de Corrientes, el coronel Alsina -presuroso- se acercó a la Casa de Gobierno a ponerse a las órdenes del gobernador don Manuel I. Lagraña y éste le encomendó la organización de los grupos de ciudadanos que voluntariamente concurrían con ardoroso entusiasmo para repeler la invasión.

El coronel Alsina, con la colaboración del mayor Desiderio Sosa, reunió a esos grupos y a las milicias de la ciudad, sostuvo con bravura los primeros choques con las fuerzas invasoras pero, ante el número de los enemigos comandados por el general Wenceslao Robles, se retiró con su tropa y siguió al gobernador Lagraña, quien abandonó la ciudad para establecer en San Roque el Cuartel General de concentración de las fuerzas de resistencia.

El coronel Alsina, como asimismo los coroneles Reguera y Cáceres, quienes habían reunido apresuradamente combatientes en el centro y sur de la provincia, obstaculizaron con guerrillas la marcha del Ejército paraguayo, a efectos de dar tiempo a que llegase el Ejército Nacional al mando del general Paunero.

Cuando éste estuvo en la provincia, las milicias correntinas se le incorporaron, participando el coronel Alsina del heroico combate de La Batería, realizado el 25 de Mayo de 1865. Siguió después el coronel Alsina como Jefe de División con el Ejército del general Paunero en su retirada al Interior, buscando la incorporación del Ejército Aliado argentino-uruguayo que comandaban los generales Mitre y Flores y asistió a la batalla de Yatay, librada el 17 de Agosto del mismo año, a inmediaciones de Paso de los Libres, y a la batalla de Uruguayana, el 18 de Septiembre, la que causó la rendición del Ejército paraguayo.

Al retirarse de la Ciudad de Corrientes las fuerzas invasoras, en la noche del 11 de Julio de 1865, tomaron y llevaron cautivas al Paraguay a las señoras Carmen Ferré -esposa del coronel Alsina- con su hija Carmen; a Jacoba Plaza, esposa de Manuel Cabral, con su hijito Manuel; a Toribia Santos, esposa del coronel Desiderio Sosa; a Victoria Bart, esposa de Alejo Ceballos; y a Encarnación Atienza, esposa del sargento mayor Santiago Osuna.

El 2 de Abril de 1866, el coronel Alsina pasó al Cuartel General del Ejército Aliado, en calidad de Ayudante Mayor del general Mitre y ejerciendo este cargo se halló en las siguientes acciones de guerra: Paso de la Patria, Estero Bellaco, Tuyutí, el 3 de Noviembre de 1867. Continuó en el Ejército de Operaciones hasta la terminación de la guerra, hallándose en los últimos hechos de armas de aquella lucha.

Regresó a Corrientes. Poco tiempo después, el gobernador de la provincia, coronel Santiago Baibiene, le pidió su colaboración para detener y combatir la insurrección de López Jordán quien, con su Ejército, penetró en la provincia. Se le dio amplia potestad y resultó eficaz pues, en su oportunidad, la opinión del coronel Alsina determinó el lugar apropiado para dar la batalla y el momento en que debía comenzar, por ataque, abandonando la postura definitiva impuesta por el coronel Baibiene.

La victoria de Ñaembé, así lograda, es el resultado de la estrategia de Alsina y la de su segundo, el teniente coronel Desiderio Sosa. Los demás militares que intervinieron en esa memorable batalla, librada el 26 de Enero de 1871, cooperaron con su bravura. Aquellos aportaron la idea y éstos el músculo.

Cabe agregar que el comando del ala derecha del Ejército fue confiada al coronel Alsina.
Después de esa batalla, el coronel Alsina puso término a su actividad militar. Falleció en Corrientes el 8 de Julio de 1878.

Las sintéticas notas biográficas expuestas del coronel Fermín Alsina demuestran su consagración a las luchas armadas en procura del imperio de la libertad, como basamento del derecho y de la justicia social.

Nunca defendió a la tiranía, ni se prestó para los abusos de las pasiones enconadas y bravías de su tiempo. Entendía, como Thomas Jefferson, “que la rebelión contra los tiranos es obediencia a Dios”.

Juan Bautista Alberdi le enseñó que “la dictadura es una provocación perpetua a la pelea; es la anarquía constituida. La única dictadura aceptable es la de la ley, por cuyo camino se llega a la paz. Cualquier otra dictadura aleja la idea del Derecho y silencia la voz de la justicia”, concepto que también lo expuso Gladstone en el Parlamento de la Gran Bretaña.

Cuando se viola la ley -dijo- se atenta contra la soberanía política de la Nación. La tranquilidad y felicidad del pueblo solamente se logran por la obediencia de la ley, la que siempre debe brillar como el sol en su resplandor meridiano”.

El coronel Alsina no fue uno de los tantos militares surgido por su bravura en los campos de batalla, sin otros méritos que su vigor físico y su predisposición a la pelea. Reunió las condiciones estimables que dan estilo propio a la personalidad o, en otros términos, no era vulgar.

Enriqueció su inteligencia con la lectura; amante del libro, adquirió ilustración generalizada y, además, especializada en la ciencia militar, cuya historia y cuya técnica a menudo comentaba.

Sin duda, mucho aprendió de su primer maestro militar, el general José María Paz, cuya intemperancia de carácter agraviaba y molestaba, pero cuya competencia en la organización y en la estrategia mereció sus permanentes ponderaciones.

Las enseñanzas teóricas y prácticas de ese su eximio jefe y maestro, adquiridas en su primera juventud, se le consustanciaron y dieron rumbo a su intelecto. Siguió el rumbo y alcanzó el escalafón del estratega.

Por la rigidez de su carácter no desplegó actividades extrañas a su profesión militar, ni fue actor activo dentro de los partidos políticos, cuya duplicidad y tendencia a los acomodos en busca de lucros materiales o a rangos gubernamentales, motivaron su repudio.

Su dignidad personal, muy respetable, pero que yo creo exagerada, no le hizo tolerante con los inevitables errores de la fragilidad humana, ni le permitió la amable complacencia que lleva al disimulo de las mentiras implícitas de la vida social.

No era político; le faltaba ese don del halago que, detenido por la discreción no cae en la adulonería. En su época, las ideas no movían a las masas, sino la atracción personal de los caudillos quienes -con artificios- buscaban prestigios, los que una vez logrados los convertían en dictadores con voluntad para hostigar a los independientes y premiar a los serviles, en cuya forma éstos demostraron tener, durante el Gobierno de don Juan Manuel de Rosas, las características que Teofrasto, filósofo griego, discípulo de Aristóteles, da al adulador: “Cuando se agita es para arrastrarse como la serpiente; cuando se empina, es para dar el salto de la traición”.

El coronel Alsina, con pleno concepto de su dignidad, no pudo ser adulador; para alejar hasta la sospecha, se mostró siempre altivo, entendiendo que el ideario político desinteresado lleva a la crítica de los hombres que, con sus catos, solamente finiquitan su ambición personal de mando o llenan su faltriquera con las suculentas migajas de los negocios.

En las democracias -lo dijo el doctor Achával Rodríguez- cuando la voz infalible de la verdad calla, sólo se oye el grito autoritario del que manda, el acelerado ruido de su sable o quizá el chasquido de su látigo o el vergonzoso murmullo de adulación”.

El fervor que siempre demostró Alsina por la libertad lo sitúa entre los hombres que merecen la ponderación de las generaciones que se van sucediendo; su mística era la democracia, que no es forma de gobierno, sino régimen generalizado de vida social, con fundamento en la libertad amplia de las personas y de los bienes.

Las instituciones políticas que el régimen crea tienen por objeto amparar el imperio impersonal de la verdad, la aplicación igualitaria de la justicia y, siempre, el dictado de la ley como expresión auténtica del Derecho.

El peligro de la libertad no está en el abuso posible de los gobernadores, sino en los extravíos de los dirigentes políticos quienes, en su frenesí de mando, pierden el equilibrio mental y se transforman en dictadores, verdad ésta expresada por el maestro espiritual del coronel Alsina, el gobernador de Corrientes, doctor Juan Pujol, en su “Introducción a la Historia de los Partidos Políticos de la República Argentina”.

Los autócratas del Oriente europeo desean que los ciudadanos sean todos humildes y sumisos, como los siervos del Antiguo Testamento y, para conseguirlo, tinieblan la libertad, pero al final fracasarán, porque la libertad conquistada en luchas milenarias -desde los albores de la humanidad con dolor y con sangre- es inmortal, guía la conciencia y alumbra el pensamiento.

La independencia espiritual del linaje humano es indestructible. Jamás se podrá totalizar las opiniones. La unanimidad es ley contraria a la naturaleza moral. La multiplicidad de las formas vitales impone la divergencia y el contraste.

Vano, por tanto, la tarea del comunismo de organizar a los hombres para imponerles una doctrina; no lo consiguieron ni Confucio ni Jesús, lo dos hombres que alcanzaron la cimera moral más elevada en el transcurso de la historia.

Sin embargo, yo creo que los dictadores no deben ser combatidos por la fuerza. Acepto la opinión de Félix Dahn, expuesta en su obra “La Razón del Derecho”, quien manifiesta que “la revolución importa la violación de todos los derechos: es la injusticia.
Con frecuencia -agrega- el orden jurídico es injusto, pero su violación por la fuerza origina una injusticia aún peor”, concepto que Hering, en su tratado “El Fin del Derecho”, no acepta, razonando que sobre el Derecho está la Vida y que cuando la disyuntiva entre el Derecho y la Vida se agudiza, la elección no es dudosa: el Poder sacrifica el Derecho y salva la Vida.

El coronel Alsina, soldado de la libertad en la acción y en la idea, después de poner término a su activa carrera militar, observó los desbordes de las pasiones políticas y se abstuvo de participar en las contiendas sediciosas ocurridas durante los Gobiernos de Baibiene, Justo, Pampín y José Luis Madariaga, que dieron lugar a las batallas de Paso del Medio, de Laguna Candé, de San Gerónimo, del Tabaco y de Ifrán, todas debidas a las discordias de los partidos políticos que se disputaban la supremacía del Gobierno.

En esas luchas -decía Alsina- no existen ideas, sino pasiones; éstas pasan y sus obras son efímeras”.

Entendía que la pacificación de los espíritus podía conseguirse con la sola aplicación leal de los derechos y de las garantías establecidos en la Constitución Nacional y que para ello era necesario organizar partidos políticos tendientes a esa alta finalidad, concepto que, compartido por distinguidos correntinos, dio causa para la formación del partido liberal, en cuya representación el coronel Alsina ocupó una banca en la Cámara de Diputados de la provincia.

Me permito referir el siguiente incidente. En una de las sesiones de la Cámara, el joven diputado, don Lorenzo Escobar, miembro de una distinguida familia de Corrientes, murió repentinamente. Ocupaba en el recinto un asiento inmediato al de Alsína y cuando éste lo vio desmayado, lo alzó, lo acostó en el suelo de espaldas y se le subió encima para hacerle respiración artificial. Gran confusión.

Los otros diputados, al ver la inusitada escena, creyeron que obedecía a pugilato de Alsina; morocho, petizón y fornido, lo sujetaron y, cuando se dieron cuenta de lo ocurrido, la dolorosa tragedia terminó como las comedias de Moratín, lágrimas para el muerto y abrazos para Alsina.

El coronel Alsina fue además candidato para la vicegobernación de la provincia, pero no aceptó, fundando su renuncia -dirigida al doctor Eusebio Torrent- en la siguiente frase que hace poco la leí en una de las odas de Horacio:

Me encuentro en el campo de los que nada desean. La poca ambición multiplica mis rentas; los que mucho ambicionan, carecen de muchas cosas”.

Pudo antes de su muerte repetir a sus familiares la frase que el doctor Wenceslao N. Domínguez pone en labios del coronel Wenceslao Martínez:

Ambiasi po jheyaha poriajhu. Ambaapó jha añeraró mande retare, opa che recove. Jha niporaé che resari chejegui” (Siento dejarles en la pobreza. Trabajé y peleé por mi país toda mi vida. Y me olvidé de mí mismo).

Nunca su espada se convirtió en puñal, nunca el ciudadano se complicó con el fraude electoral, nunca sus bolsillos alojaron despojos.

El coronel Fermín Alsina no fue despótico: fue justo. No fue ambicioso: fue discreto. No fue arrogante: fue varonil. No fue pródigo: fue generoso. En síntesis, un ser de plenitud, con saludables energías.

Y porque con su austeridad contribuyó en la órbita de sus actividades con un grano para cimentar la nacionalidad en las horas inciertas y difíciles de la organización republicana, simbólicamente acerquémosnos al sagrario de su tumba para que, levantada la loza, la pupila de su pueblo, después de un siglo, se extasíe contemplando su figura de prócer.

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