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Particularidades de un enmarañado árbol genealógico

La Guerra de la Triple Alianza no paso desapercibida para ningún correntino. Para nosotros, para nuestra familia lógicamente que tampoco. La Guerra del Paraguay imprimió con su sello, entre 1865 y 1870, el espíritu de la provincia y volcó las simpatías y actitudes hacia uno u otro lado, según la forma de verla y entenderla(1).

(1) Citado por Miguel Fernando González Azcoaga. “Mi tatarabuelo, el primo de la cautiva”. // Escrito reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

Esa guerra fue uno de los tantos acontecimientos históricos de nuestra provincia que involucró a nuestra sangre y se recordaba en las tertulias familiares, en las reuniones informales, en las sobremesas.

Precisamente dos tatarabuelos míos fueron directos partícipes de esa guerra: el uno, el teniente coronel José Joaquín Vallejos, caudillo de guerra y estanciero, forjado a la luz de las luchas civiles desde los comienzos del siglo XIX, una de cuyas hijas, Misia Angela Vallejos de Niella trasladó sus Memorias, y la de ella misma hasta nosotros.

El otro, don Santiago Niella, cuya corta vida e imprevista muerte no opacó el poder entroncar su nombre a la historia grande de Corrientes, como sus mayores.

Don José Santiago del Carmen Niella, tal el nombre completo de aquel tatarabuelo al que lo recuerdo especialmente en estas líneas ante los sucesos que acontecerán Dios mediante, en los próximos días.

Había nacido en 1835; hijo del teniente Simón Niella y de doña María Dolores Sañudo y Camelo. Por su padre, mi tatarabuelo Santiago era hijo del catalán Luis Niella que, con tanto ardor, había apoyado la insurrección realista de 1811 encabezada por Félix Ponciano de Llano, y de doña Margarita Alsina, hermana de doña Juana Francisca Alsina de Ferré, la madre del brigadier general Pedro Ferré y de don Manuel Antonio Ferré.

Por su madre, mi tatarabuelo no se desvinculaba de otros no menos históricos y entrañables personajes como el coronel Genaro Berón de Astrada, primo hermano muy querido de su madre, doña María Dolores Sañudo de Niella, quien lo alzó ante la pila bautismal apadrinándolo con su hermana, la casi mítica tía Margarita Berón de Astrada que vivió 104 años y murió en 1914 tras asistir a la reparación histórica de la figura de su ilustre hermano, el “Mártir de Pago Largo”.

Vale la pena evocar ahora,al pasar, la figura de la tía Margarita que acunó en sus brazos a tres generaciones de los Niella y fue madrina de varios de ellos, acogiéndolos en su vieja casa detrás del Cabildo de la ciudad, sobre el río, de salas y alcobas de donde el luto por la tragedia de 1839 nunca se fue.

La historia familiar suele tener la costumbre sana y sabia de señalar actitudes de vida y senderos de sano orgullo y, aunque no siempre cumple cabalmente su cometido, su premisa se apoya en la misión de orientar a la sangre, sobre qué hacer ante determinadas situaciones...

Mi tatarabuelo habrá escuchado cientos de historias de familia y, de seguro, fue testigo de hechos y sucesos que vinculaban el devenir de su Corrientes con la vida misma de los suyos. Su padre, don Simón Niella, encabezó el Regimiento de Cívicos de la capital para apoyar a su primo, el gobernador Berón de Astrada, sin abandonar su carpintería de ribera, oficio que compartía con su otro primo, don Pedro Ferré, cerca de cuya casa vivía.
Más tarde fue diputado provincial, en 1856, y compartió con otros espectables la misión de constituir la Legislatura que votó la designación de Juan Gregorio Pujol como gobernador constitucional de Corrientes.

En 1864, don Santiago Niella se casó con su sobrina, quien sería mi tatarabuela, doña Magna Antonia Rosa Niella,hija nada menos que de su hermano, don Rafael Niella y de doña Francisca Rolón Cabral que, para más datos, era hermana del otro “mártir” de Pago Largo, el coronel Tiburcio Antonio Rolón, uno de los militares más distinguido y hermoso -dice la historia- de su generación.

Cuando en Abril de 1865 las tropas paraguayas, obedeciendo órdenes del mariscal Francisco Solano López tomaron por sorpresa la Ciudad de Corrientes y, en consecuencia, invadieron la provincia, mi tatarabuelo Santiago y su familia ya estaban afincados en San Antonio de Mburucuyá, adminstrando estancias, campos y haciendas, lugar donde también desempeñó algunas tareas civiles circunstanciales y menores como el Juzgado de Paz del villorio.

Sus sentimientos y posturas no trepidaron y enseguida conformó la resistencia del lugar obedeciendo a sus naturales impulsos de servir a la patria y no servirse de ella en acuerdo con la actitud tomada por el Gobierno legal de Corrientes.

Lo cierto es, a más de su postura patriótica junto con otros espectables vecinos civiles de toda la provincia, que también su propia familia sentía en carne propia este nuevo capítulo para la historia de la patria.

Al poco tiempo de la invasión, cinco damas fueron arrestadas por la fuerza y secuestradas siendo llevadas cautivas al Paraguay en un largo y doloroso exilio que no concluyó sino hasta cuatro años después, cuando ya la guerra terminaba y, una de ellas, sin resistir los padecimientos y el colera morbus moría en suelo extranjero.

Una de esas damas cautivas era Carmen Ferré de Alsina, prima segunda de mi tatarabuelo Santiago Niella, hija de don Manuel Antonio Ferré tantas veces gobernador delegado de Corrientes, y de doña Margarita de Atienza.

Pero las coincidencias no terminaban aquí pues, obedeciendo a ancestrales costumbres, Carmen Ferré estaba casada con su tío, el coronel Fermín Alsina, uno de los militares de confianza del gobernador Lagraña, primo hermano de don Manuel Antonio, de don Pedro Ferré y de don Simón Niella, cuya madre, doña Encarnación de Atienza, era hermana de doña Margarita de Atienza y ambas del extinto gobernador Rafael de Atienza, todos ellos a su vez medio hermanos de esa otra Encarnación de Atienza de Osuna, cautiva también como Carmen.

Este enmarañado árbol genealógico al que pertenecía mi tatarabuelo Santiago Niella lo ponían en situación principal ante la guerra que se desataba y como tal actuó conformando ese no despreciable grupo de patriotas, anónimos no pocos y heroicos muchos de ellos, que entendió la defensa del suelo como un mandato que su espíritu y sus mayores lo exigían.

En 1870 terminó la tragedia de tan cruenta contienda que desangró y empobreció principalmente al Paraguay al punto de sentir esa Nación, hoy día aún, los embates de tremenda acción. Mi tatarabuelo vio el fin de ese tiempo pero antes, en Noviembre de 1869, el apoteótico retorno de cuatro de las cinco matronas cautivas, de espartana actitud y temple cristiano entre ellas, su prima Carmen Ferré de Alsina, convertida por esos caprichos de Clío, que en un instante posa sus ojos en los hombres y los hacen inmortales sin que estos se lo hubiesen propuesto, en una de las “Heroinas de la Patria”.

Las memorias y recuerdos de los sucesos vividos quedaron imprevistamente cegados en 1874 cuando mi joven tatarabuelo, don Santiago Niella, sorpresivamente murió. Hasta hoy se debate, y será así por siempre, si en verdad estaba realmente muerto cuando lo encontraron en el campo, caído de su caballo, o acaso había sufrido una circunstancial inconciencia que hizo pensar a todos, en el rudimentario lugar, que lo estaba y como tal lo dieron, sepultándolo y con él a sus recuerdos.

De él nos queda una borrosa “carta de visita” que se hizo tomar para darles de recuerdo a sus hijos pequeños: Octravio y Rafael, y un cuadro oval son su retrato, ampliado al lápiz, por Bitran.

De barba y ojos de un azul profundo reiterado por generaciones, tez blanca rosada -que la supuesta muerte no había logrado borrar- sigue, aquel tatarabuelo mío, mirándonos desde su desteñida fotografía ubicada en el centenario álbum familiar o desde el cuadro oval de caoba, sempiternamente colgado en la alcoba de nuestra abuela, la última de sus nietas que veneró, en la galería de antepasados, su figura también.

Tampoco había escapado a la historia su nombre.

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