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Atentado inaudito. Pánico indescriptible

La marcha del Ejército paraguayo continuó cautelosamente el día siguiente en dirección a Garzas; a Bella Vista llegó el 28 y allí permaneció casi todo el mes de Agosto(1).

(1) Citado por José Fermín González. “Corrientes ante la Invasión Paraguaya” (2002), separata del capítulo V. Amerindia Ediciones, Corrientes. // Reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

A la aproximación del enemigo se produjo en esta población un pánico indescriptible; el terror, la desesperación ante una inminente catástrofe, la angustia de una desgracia irreparable no expresan gráficamente aquel ¡sálvese quien pueda! de las ocasiones desesperadas...

Para un gran número de familias fue providencial la estadía en el puerto del patacho “María” y la goleta “Minerva”, de propiedad del señor Agustín Vaccaro -italiano- y otro buque más, los dos primeros cargados de artículos para la proveeduría del Ejército argentino y pertenecientes una parte a los señores Dussio y Laureri.

Su dueño, antiguo vecino y con numerosa familia en la localidad, ante el espectáculo que se ofrecía a su vista y animado del noble sentimiento de solidaridad en la desgracia, hízoles descargar rápidamente, abarrotar sus propias habitaciones con parte de los efectos desembarcados y ponerlos a disposición de las personas que querían emigrar.

En un instante, los tres buques quedaron materialmente atestados de emigrantes, siendo una de ellas el Jefe Político y su familia y poco faltó a que cayeran en manos del invasor, ya adueñado de la población, cuando recién ellos se desprendían de la costa, dejando en ésta a muchas personas por falta de tiempo y de lugar a bordo.

La generosa conducta del expresado vecino no fue ignorada ni perdonada por el invasor, considerándolo como protector de la Escuadra Aliada y, como tal, hubo de ser fusilado, salvando de serlo providencialmente, pero no del susto consiguiente.

Su casa fue frecuentemente asaltada, registrada y saqueada, siendo su familia objeto de groseras desconsideraciones. Ello no obstó a que siguiera prestando sus servicios a la causa nacional y a sus propios sentimientos humanitarios, atendiendo a numerosas familias desoladas.

Para testimoniar este juicio, sintetizamos el siguiente episodio, narrado por el señor Ferreyra y publicado por “La Libertad” en 1906:

"Cuando el general Paunero regresó de Corrientes, comisionó al vecino don Francisco Ferreyra -que lo acompañaba- a penetrar en el pueblo y procurar ponerse al habla con ciertos vecinos. El comisionado llegó hasta un rancho próximo a la casa del citado don Agustín, desde allí presenció el incesante desfile de la soldadesca y pudo darse cuenta más que del poder material del invasor, del gravísimo riesgo personal que él corría, por lo que resolvió confiar a este señor su salvación y el motivo de su presencia en el pueblo.
"Sin titubear un momento, el señor Vaccaro aceptó el nuevo compromiso que se le brindaba, disponiendo su plan, que se llevó a feliz resultado. Como uno de los buques de su propiedad se hallaba en el puerto de la localidad, se aventuró a solicitar permiso del Destacamento del Resguardo para mandar una canoa de abordo a proveerlo de leña, de la isla de enfrente y, como ésta la tenían a la vista, el permiso fue acordado, con lo cual la primera dificultad quedaba vencida.
"La operación había que efectuarla de día, a horas en que la vigilancia y el movimiento de tropas cesaba.
"Mientras el señor Ferreyra -vestido de marinero- salía por los fondos del rancho, para ocultarse entre las quebradas del terreno y llegar a la costa del 'Remanso', el señor Vaccaro volvía a bordo a continuar el desarrollo de su aventurada estratagema, que era hacer llegar la canoa, disimuladamente, al punto en que se ocultaba Ferreyra, invisible desde el puerto.
"Instruidos los tres marinos que la tripulaban, todos italianos, bogó directamente a la isla, pero, a poco de haberse alejado de la costa el señor Vaccaro, dirigiendo la palabra al oficial del Destacamento, le dijo: 'Caramba, se han ido sin llevar fósforos; voy a llamarlos' y, en efecto, dando voces, les llamó a que volvieran por los fósforos.
"Los tripulantes obedecieron, pero 'no pudieron vencer' la corriente para atracar al punto de partida y la canoa derivó; había que ir a su encuentro a entregar 'las cajas de fósforos', que don Agustín llevaba en alto mostrándolas.
"Tan luego que estuvieron al amparo de la punta de la barranca que se interpone entre el puerto y el 'Remanso', atracaron rápidamente y, embarcado Ferreyra, tendido en el plan debajo de un encerado, la canoa siguió velozmente su viaje".

Se había salvado el señor Ferreyra, pero sus salvadores quedaron en el potro. Los del Destacamento entraron en sospechas o algún indicio tuvieron de la operación efectuada, pues antes que la canoa hubiese regresado, el señor Vaccaro ya tuvo que responder a un sumario en el que -por singular coincidencia- aparecieron contestes todas las disposiciones de los de la canoa y el hecho pasó felizmente sin mayor consecuencia.

Los emigrados en el pailebot del señor Pedro Costa y en otras embarcaciones menores, se condujeron a un punto -resguardado por la Escuadra brasileña, abajo de Goya, llamado “Tacuaritas”- los de los buques de que antes hicimos relación, llegaron al Paraná el 6 de Agosto, en donde desembarcaron y fueron atendidos por las autoridades y la población en general, como lo fueron también todos los que se refugiaron en las demás poblaciones del Uruguay.

De Goya, como de los demás centros inmediatos al Paraná, los que no tuvieron cómo viajar, se trasladaron a la costa opuesta del Chaco, prefirieron correr sus peligros antes que caer en las garras de los invasores. Son indecibles los padecimientos que sufrieron.

Posesionado del centro urbano las tropas paraguayas, alardeando de conquistadoras en venganza de la repulsa correntina, condujéronse con irritante soberbia y total menosprecio de las personas y de los derechos más primordiales, singularizando su ensañamiento respecto de las vinculadas con los emigrados o ausentes y de los extranjeros considerados “argentinistas”, cuyas casas de comercio fueron entregadas al pillaje y totalmente vaciadas.

Las de los señores Delfino y Denegri (ausentes) importadoras y de extenso comercio con el Interior de la provincia, dieron ocupación al saqueo de sus mercaderías y transporte al Paraguay, durante el mes de Agosto y primeros días de Septiembre, sin que por eso alguna otra población hubiese quedado olvidada, fuera o no de negocio, bastando a los propósitos del vandalaje que contuviese objetos de alguna utilidad inmediata.

La insospechable palabra del historiador paraguayista, Thompson, refiere los hechos que mencionamos, en este interesante párrafo:

En la anterior marcha hacia el sur de la provincia, los pueblos habían sido hasta cierto punto respetados, pero esta vez fueron saqueados completamente.
El Triunvirato declaró contrabando de guerra todo artículo de lana y algodón, suministrando a los vapores paraguayos con este derecho una excusa para llevar a Humaitá todos los géneros que encontraron.
Inmensas cantidades de vino, licores y cerveza fueron también transportados a los almacenes de gobierno en Humaitá. Es probable que alguna parte de estos artículos existan todavía.
Muchas de las cosas robadas fueron enviadas a López de regalo; madame Lynch fue obsequiada con un piano extraído de la casa del señor Delfino. Los habitantes fueron también malísimamente tratados y muchos asesinados sin motivo alguno(2).

(2) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869). Ed. Londres. Citado por José Fermín González en “Corrientes ante la invasión paraguaya” (2002). Amerindia Ediciones, Corrientes. // Reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

... La población de Goya, teniendo noticia de lo que sucedía y esperando por momentos la llegada de los invasores, abandonó sus casas y se refugió en las islas situadas a retaguardia de la Escuadra brasileña...
López había sumergido a la Ciudad de Corrientes en un temor pánico, enviando a Humaitá seis u ocho señoras de la población, esposas de algunos distinguidos oficiales argentinos, con pretexto de estar en correspondencia con el enemigo.
Estas infelices fueron conducidas a algún punto del Interior del Paraguay y no se ha vuelto a oír hablar de ellas. Algunas fueron obligadas a dejar sus hijos en Corrientes.
El 24 de Junio se dio en Corrientes un gran baile al que tuvieron que asistir todas las señoras(3).

(3) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869). Ed. Londres. Citado por José Fermín González en “Corrientes ante la invasión paraguaya” (2002). Amerindia Ediciones, Corrientes. // Reproducido por Eduardo Rial Seijo y Miguel Fernando González Azcoaga. “Las Cautivas Correntinas de la Guerra del Paraguay (1865-1869)” (2007). Instituto de Investigaciones Históricas y Culturales de Corrientes. Ed. por Amerindia Ediciones Correntinas, Corrientes.

Ofrecida por esta transcripción un espécimen de los actos vandálicos a que el invasor sometió el territorio que tuvo la desgracia de caer bajo sus garras sanguinarias y rapaces, continuamos nuestro relato.

Los efectos extraidos de las casas de comercio de Bella Vista, que fue el centro más azotado, por causa no averiguada todavía, no consumidos por la tropa o embarcadas para el Paraguay, han sido destruidos de todos modos.

Los vecinos extranjeros más caracterizados, so pretexto de simpatizar o estar en connivencia con los Aliados, como los señores Policarpo de Artaza, español; Juan Ganon, inglés; Cuchonal, francés; Susoni, A. Vaccaro, Rocca, Güetta y otros, italianos, fueron violentamente arrancados del seno de sus familias, con gran aparato y ostentación de fuerza, conducidos a los campamentos y allí sometidos a vejaciones y martirios infinitos, haciendo sufrir a muchos el tormento del cepo, la estaca y los golpes de verga, muy usual en el Ejército paraguayo.

Las escenas brutales de la más refinada barbarie que en aquellos días de terror y angustias indecibles se perpetraron en la población, no son imaginables ni comprensibles en breve síntesis; no basta a dar idea de los hechos el recordar, que aún en lo más recóndito de los hogares, el corazón siempre palpitante de zozobra, presintiendo una desventura, nadie osaba levantar la voz ni comunicar sus temores y, al más leve ruido producido en el exterior, el espectro de la muerte con su cortejo de tormentos se cernía ante la imaginación enferma para los infelices prisioneros, los malos tratamientos, el espectáculo de la muerte próxima, que se simulaba a veces, eran menos torturantes que el temor de ser cargados de cadenas y remitidos a las mazmorras de Humaitá.

En la campaña, la depredación, el incendio, los atentados contra la vida y el pudor, eran la ocupación de las hordas.

Nuevos Atila, habían deseado arrasar la tierra y sembrarla de sal.

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