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La batalla de Estero Bellaco

El Estero Bellaco consistía (y en buena medida se conserva de la misma manera hasta hoy) en dos arroyos paralelos a unos cinco kilómetros uno de otro, separados por una densa población de palmas de yataí, que crecían espesamente a una altura de 10 a 30 metros por encima de las lagunas y oscurecían todo a su alrededor.

La corriente principal del Bellaco fluía al oeste hasta el río Paraguay a través de la Laguna Piris, mientras que sus desbordes estacionales caían al Paraná, unos 150 kilómetros al este, a través de los humedales del Ñeembucú.

El agua de estos esteros era uniformemente cristalina, buena para beber y atraía a toda clase de pájaros y de vida silvestre. Los arroyos estaban cortados por árboles medio hundidos que, a su vez, estaban llenos de largas y verdes lianas que se esparcían entre las raíces desde una altura de varios metros por encima del espejo de agua. Ellas eran un excelente hogar para las ranas que todas las noches proclamaban su soberanía sobre estos parajes con su incesante croar.

El lecho de los arroyos -donde sus renacuajos nadaban- estaba formado por profundas capas de lodo de color caramelo, por encima de las cuales pasaba un mínimo de un metro de agua. Las lagunas, por lo tanto, eran infranqueables, excepto a través de los vados, que los paraguayos habían previamente rellenado con ramas y arena por encima del barro. Aún en estos pasos, la profundidad del agua hacía impracticable el tránsito, salvo para bueyes o caballos.

El Mariscal podía contar con los esteros y arroyos como una defensa natural para su Ejército. Si sus hombres podían similarmente depender de su sagacidad militar, era otro asunto; y los oficiales subordinados, por su parte, temían brillar demasiado en las cercanías de la larga sombra del Mariscal.

Para fines de Abril de 1866, López tenía entre 30.000 y 35.000 hombres en la inmediata vecindad. Tenía situados unos 100 cañones de variados calibres en el ala norte del Bellaco norteño junto con la mayoría de sus unidades. Una vanguardia paraguaya se posicionó con seis piezas de campo en el lado norte del Bellaco sureño.

Los Aliados, por su parte, tenían cerca de 50.000 hombres acampados en las alturas, que se extendían al este y al oeste, a unos dos kilómetros encima de Paso de la Patria. Una vanguardia de las unidades uruguayas estaba separada de los centinelas paraguayos sólo por una estrecha lengua de pantanos. Los piquetes, periódicamente, se divisaban unos a otros e intercambiaban disparos.

El 26 y el 29 de Abril de 1866, el general Flores lanzó escaramuzas contra los paraguayos cerca de los vados. Los hombres de López repelieron a los atacantes. Esto debió haber sido una señal de que el Mariscal todavía podía contar con sus tropas, pero los Aliados apenas si lo notaron y continuaron tratando al enemigo con despreocupada indiferencia.

Flores, posteriormente, culpó a Mitre por subestimar la amenaza, citando la tranquilizadora pero errónea evaluación de su Comandante sobre la resolución paraguaya: “No se alarme, general Flores; la agresión de los bárbaros es nula, ya que la hora de su exterminio ha sonado” (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 138).

Aunque viviría para negarlo, en ese momento Flores probablemente se sentía tan entusiasmado como Mitre. Todos los comandantes Aliados asumían que López estaba prácticamente derrotado.

El Mariscal tenía cuatro posibles cursos de acción distintos a rendirse o retirarse: podía defenderse en Estero Bellaco y así beneficiarse del terreno; una disposición puramente defensiva, sin embargo, no hacía nada para evitar el fortalecimiento Aliado en el Paraná.

Otra opción sería continuar con sus acciones de hostigamiento que le habían traído éxitos en Corrales e Itatí, pero ello nunca forzaría la salida de Mitre del Paraguay. Otra posibilidad sería lanzar un ataque total, comprometiendo todas sus reservas en un esfuerzo terminante para expulsar al enemigo al otro lado del río. Era demasiado tarde para creer que un asalto de tal naturaleza pudiera tener alguna oportunidad de éxito; además, con excepción del Riachuelo, el Mariscal nunca había sido un comandante de “al todo o nada”. Esto dejaba la alternativa de una acción ofensiva limitada, en la cual López arriesgara algo de sus tropas disponibles, pero no todas, en un rápido movimiento para tratar de causar un importante revés a los Aliados.

Una victoria decisiva era improbable en este escenario, pero también lo era una derrota catastrófica. La documentación arroja poca luz sobre la evaluación de las posibilidades estratégicas por parte del Mariscal, pero parece haber estado más inclinado hacia esta última solución.

Bajo los rayos del brillante mediodía del 2 de Mayo de 1866, los paraguayos atacaron y los Aliados reaccionaron completamente estupefactos. El coronel León de Palleja hacía poco había preparado su mesa a la entrada de su carpa y había comenzado a escribir su Informe semanal a los periódicos de Montevideo; enfatizaba la frescura de la mañana y el tedio de la vida del campamento (Thomas L. Whigham - León de Palleja, tomo 2, p. 218 y los periódicos El Siglo y La Patria).

[Los títulos fueron, “Más detalles sobre el combate del 2”, en el periódico El Siglo y “2 de Mayo de 1866”, en el periódico La Patria. El general uruguayo Eduardo Vázquez, un joven oficial cuando participó en esta batalla, posteriormente afirmó que los Aliados no habían sido sorprendidos por el ataque, una afirmación que comentaristas paraguayos ridiculizaron con elaborado sarcasmo. Ver: “El combate del 2 de Mayo y el general oriental don Eduardo Vázquez”, en el periódico El Pueblo, Organo del Partido Liberal”].

Repentinamente, el rugido del fuego de cañón inundó el aire y miles de infantes enemigos aparecieron por el Paso de Sidra. Rápidamente superaron las primeras unidades brasileñas que encontraron, partes del VII batallón de infantería de la brigada 12 de Pecegueiro. En un abrir y cerrar de ojos, el frente Aliado se encontró invadido por paraguayos viniendo de todos lados.

Irrumpieron en el propio batallón Florida de Palleja. De un salto, el coronel se las arregló para alistar a sus tropas y dirigirse rápidamente a apoyar a las unidades brasileñas, pero era demasiado tarde. La pérdida de control del combate, la sensación de desprotección, todo cayó sobre los asombrados Aliados como un torrente de lodo. El pánico se extendió. Los Voluntários da Patria del 21 y el 38 se quebraron y huyeron bajo tremenda presión, dejando atrás a sus muertos (Thomas L. Whigham - José Ignacio Garmendia, p. 88 y Paulo de Queiroz Duarte, tomo 2, pp. 175-181).

Luego le llegó el turno a los otros batallones uruguayos, el Libertad y el 24 de Abril, que fueron destrozados por una mortífera carga de fusiles paraguayos. El general Flores mismo apenas escapó de ser capturado. En medio de la refriega, los uruguayos no lograron proteger los cuatro cañones Lahitte que les habían confiado los brasileños; los paraguayos los confiscaron y se los llevaron a su línea.

El oficial encargado de transportar estos cañones a las líneas paraguayas fue un joven teniente de caballería, Bernardino Caballero, quien cumpliría un papel ejemplar en acontecimientos posteriores de la guerra y se convertiría en presidente del Paraguay (1880-1886) (Thomas L. Whigham - Gregorio Benites, p. 154). En relación con esta particular refriega y lo que pasó con los cañones brasileños dejados bajo cuidado uruguayo (Thomas L. Whigham - Augusto Tasso Fragoso, tomo 2, pp. 409-414).

El Mariscal, al parecer, había ordenado a 3.000 infantes y 1.000 jinetes avanzar a lo largo de los pasos al sur del estero y tomar contacto con el enemigo. El mayor Bruguez acercó sus cañones y cohetes Congreve y bombardeó las posiciones aliadas, mientras el coronel José Eduvigis Díaz atacaba el centro enemigo con todos los soldados a pie disponibles.

Cuando el humo de la pólvora negra cubrió la escena, las unidades paraguayas de caballería -bajo el teniente coronel Basilio Benítez- aparecieron por Paso Carreta, lanzándose contra el regimiento 1 argentino, que enfrentó a los paraguayos en su extrema izquierda. Como los uruguayos, los argentinos recularon ante la audacia del enemigo, cuyos jinetes se les abalanzaban furiosamente entre charcos y arroyuelos con sus lanzas extendidas.

Con el agua chorreando en las melenas y espolones de sus animales, parecían galopar a una velocidad imposible. Los argentinos tuvieron poco tiempo para prepararse antes de que los paraguayos alcanzaran sus líneas, por lo cual la refriega se convirtió en una cuestión de sable, bayoneta y garrote. En ambos bandos se observaron impactantes actos de heroísmo durante el intercambio. Un cabo paraguayo, rango estándar del regimiento 13, a quien le habían matado el caballo, armado solo con el asta de su bandera atravesó a uno de lado a lado e hizo correr a otros dos (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, pp. 71-72).

El coronel Silvestre Aveiro relató otra historia de coraje en la que dos infantes, uno paraguayo y el otro oriental, ambos con las piernas rotas, se insultaban mutuamente en medio de la batalla. Los dos soldados se arrastraron uno hacia otro para ponerse a tiro de sus mosquetes y dispararon simultáneamente. Ambos murieron (Thomas L. Whigham - Silvestre Aveiro, p. 38).

Toda esta lucha tomó solo unos pocos minutos y trajo buenos resultados para López. Los argentinos se replegaron un kilómetro y los uruguayos y brasileños quedaron seriamente magullados. Si los hombres de López se hubiesen retirado en ese instante, habrían obtenido una victoria convincente, si bien no decisiva. Pero Díaz cedió a la tentación de intentar conseguir un éxito más amplio. Los reportes Aliados daban cuenta de que el oficial paraguayo había sido muerto o seriamente herido en la isla Redención cuando, de hecho, había salido ileso (Thomas L. Whigham - El Siglo).

Acababa de ser ascendido a Coronel el día anterior y buscaba laureles para adornar su nuevo rango. Como hemos visto, sus órdenes eran limitarse a un ataque de hostigamiento, pero viendo que los Aliados huían mantuvo su contacto con la esperanza de infringirles un daño mayor. Díaz pensó que los Aliados enfrente de su centro se habrían dispersado y abandonado más trofeos para sus tropas.

Fue un serio error de cálculo. Unidades frescas comenzaron a aparecer y el pandemonio que había impedido su posicionamiento comenzó a aplacarse, con lo cual sus filas se recompusieron a una distancia de fácil alcance de los paraguayos. Sin embargo, el coronel nada hizo al respecto más que observar la escena.

[No había límites en la energía que demostraba Díaz en la ejecución de una tarea clara. Pero tenía poca imaginación, ninguna independencia de criterio, ninguna disposición a ir más allá de sus órdenes incluso si la victoria era segura. Era, por lo tanto, un instrumento perfecto del Mariscal) - (Thomas L. Whigham - Julio César Chaves, pp. 64-65 y El Independiente).

Ese fue su segundo gran error. Si había decidido, contra sus órdenes, continuar el enfrenamiento en vez de retirarse, lo que correspondía era hacerlo con toda resolución. Sin embargo, vaciló y dio tiempo a sus enemigos para reagruparse.

Mitre había estado almorzando con Osório y otros oficiales a bordo de un buque brasileño cuando comenzó la batalla. El presidente argentino se apresuró a ocupar una posición de avanzada y rápidamente ordenó a sus tropas envolver a las de Díaz, cuyos flancos estaban peligrosamente expuestos.

La vacilación del coronel les costó a los paraguayos todas las ventajas que habían ganado a lo largo del Bellaco y los estrechos Pasos a través de los cuales habían lanzado sus embestidas ahora se convirtieron en trampas mortales.

Un arriero pobre de las llanuras de Argentina, Brasil o Uruguay habría mordido cada moneda para probar su metal pero, una vez convertido en soldado, el mismo hombre no tenía forma de testear a sus comandantes antes de entrar efectivamente bajo fuego.

No obstante, en la batalla de Estero Bellaco todo estuvo en su lugar. Los oficiales lideraron desde el frente, los hombres los siguieron de cerca. Una vez más, el general Osório hizo gran gala de su valor personal. Recibió una herida leve y, al igual que el de Flores, su caballo fue muerto por una bala.

Pese a la momentánea confusión que esto causó, él continuó alentando a sus hombres a seguir adelante [el coronel Emilio Conesa, cuya conducta en Corrales había captado la consideración de los oficiales brasileños, retornó el cumplido asignándole a Osório “la mayor de la gloria del día y el aprecio de todo el Ejército (Argentino)” (Thomas L. Whigham - Francisco Doratioto, p. 213).

Los soldados perdieron sus sentimientos de aprensión, temor o cualquier inhibición sobre tomar vidas humanas. A medida que caían sus camaradas, los frenos naturales se esfumaban y eran reemplazados por la furia de la batalla. Los Aliados dispararon una y otra vez con las fuerzas contendientes balanceándose hacia atrás y hacia adelante durante las siguientes cuatro horas.

Al final, al superado Díaz le quedó poco por hacer más que retirarse con el mayor orden posible. Tuvo que abrirse paso golpe a golpe en todo su camino. Los argentinos trataron de cortarle los pasos Piris y Sidra y encontraron resuelta resistencia en ambos puntos. Dos batallones aliados lograron alcanzar el lado norte del último vado, pero no lo pudieron sostener. El mayor Bruguez, una vez más, proporcionó el fuego de cobertura para los paraguayos, por lo cual las tropas de Mitre trajeron sus propios cañones y el enfrentamiento se convirtió en un clásico duelo de artillería.

La infantería de Díaz contraatacó poco después, pero sufrió serias bajas causadas por metrallas. Esto le dio a Mitre una oportunidad y, aprovechando el momento, ordenó a sus batallones atacar las posiciones enemigas a lo largo del paso Carreta. Díaz los enfrentó de nuevo, esta vez en forma de una sangrienta carga de bayoneta que repelió a los argentinos y le proporcionó suficiente tiempo para alcanzar las líneas paraguayas al otro lado del Bellaco, pero a costa de las vidas de muchos hombres de su unidad preferida, el “batallón 40”.

Finalmente, al terminar el día, los Ejércitos suspendieron el contacto y comenzaron a evaluar los resultados de la cruenta jornada. La batalla de Estero Bellaco había comenzado con los paraguayos explotando exitosamente uno de los grandes principios militares: la sorpresa. Terminó con ellos menospreciando otro gran principio: el objetivo.

Los Aliados habían quedado expuestos al ubicar a sus piqueteros en áreas boscosas donde la observación probó ser dificultosa y donde estaban demasiado lejos del Cuerpo principal para dar la señal de alarma. Como resultado, cuando el coronel Díaz atacó, consiguió una completa sorpresa.

Pero el Mariscal nunca había definido adecuadamente el objetivo que deseaba obtener, en consecuencia, Díaz no tuvo una visión clara de lo que tenía que hacer. Solamente en circunstancias excepcionales debe una fuerza más pequeña enfrentarse voluntariamente con una sustancialmente mayor, con amplio margen de maniobra. Díaz no tenía el número necesario como para aniquilar a las fuerzas enemigas, pero aún así podía haber causado una amplia destrucción que podría haber afectado seriamente a las unidades aliadas más al sur.

Sin embargo, para ello debía pedir refuerzos y atacar sin demora. No lo hizo. Sabía que era una decisión que no le correspondía a él tomar y eso lo hizo titubear. Allí los paraguayos perdieron su oportunidad y nunca la recobraron.

Si López buscaba una fuerte acción de hostigamiento, su coronel debió haber ordenado una rápida retirada luego de que sus hombres hubieran hecho el daño previsto. Al querer apartarse del plan original, pese a su natural beligerancia, Díaz no atinó a perseguir un objetivo claro. Tenía todas las virtudes asociadas al coraje y una lealtad canina al Mariscal, pero carecía de la astucia, la visión y la estructura mental independiente que ganar esta batalla requería [nunca proclive a blanquear los fracasos de sus camaradas oficiales, Centurión señaló que pocos tácticos -entre los oficiales paraguayos- pudieron haber preparado una maniobra a tiempo para asegurar una victoria significativa en Estero Bellaco (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, p. 72 y José María Sandoval).

En el Ejército paraguayo tal independencia era rara; en este caso, su ausencia impidió a Díaz capitalizar la confusión del enemigo. Su vacilación permitió a los Aliados recomponer sus líneas. Desde ese momento, su única opción se redujo a pelear denodadamente por retirarse al lugar donde había comenzado.

Es tentador -en este contexto- culpar a López. Después de todo, el Ejército que creó dependía consistentemente de un control y comando centralizados. El Mariscal demandaba de sus oficiales una obediencia irreflexiva e incondicional, lo que casi siempre jugaba en contra de sus objetivos. Aquéllos que mostraban cualquier iniciativa bien podían sufrir por su insolencia, como lo había probado la ejecución del general Wenceslao Robles en Enero de 1866 (Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica, 347, Nro. 8. Jornal do Commercio).

Sabiendo esto, los comandantes paraguayos de campo rogaban que López confirmara sus decisiones, incluso en medio del humo y el fuego de la batalla (Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica).

[El coronel Silvestre Aveiro, uno de los más ardientes defensores del Mariscal en años posteriores, implícitamente critica este fracaso particular en sus reminiscencias de 1874, notando que si López “hubiera calculado (correctamente) el efecto de su (ataque) sorpresa, quizás habría lanzado su Ejército entero (a la batalla; sin embargo Díaz dudó en) pedir apoyo (hasta que fue demasiado tarde)” - (Thomas L. Whigham - Silvestre Aveiro, p. 38 y Manuel Avila, pp. 143-151). Avila argumenta que Díaz tenía poco margen para una maniobra importante y no podía excederse de las órdenes de reconocer el terreno y retornar].

En este caso, el Mariscal dio órdenes de atacar una fuerza superior desde una sólida posición defensiva sin explicar qué deseaba conseguir a partir de allí. El ataque de Díaz, por lo tanto, creó una apertura táctica que el resto del Ejército no pudo explotar.
Mitre, en contraste, siempre daba a sus oficiales una considerable libertad de acción y tanto Flores como su subordinado Pallejá usaban esa libertad con buenos efectos dondequiera que se presentara la oportunidad.

En Estero Bellaco, los Aliados rápidamente se rehicieron de su sorpresa y, aunque no consiguieron rodear a toda la fuerza paraguaya como deseaba Mitre, de todas formas presionaron sin misericordia al enemigo.

Las pérdidas en ambos bandos fueron asombrosas. El Ejército del mariscal contó 2.300 hombres fuera de combate, incluyendo al coronel Benítez, quien murió en el asalto inicial al Primer Regimiento argentino. Los Aliados sufrieron 1.500 bajas (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 136). Los paraguayos habían estrangulado tan seriamente a los batallones uruguayos 24 de Abril, Libertad y Florida, que perdieron su efectividad de combate (Thomas L. Whigham - Archivo General de la Nación).

El coronel Thompson estimó las pérdidas Aliadas en Estero Bellaco en un improbable 2.500, mientras en la “respuesta” de Sena Madureira, los brasileños estimaron un igualmente improbable número de 1.000 hombres perdidos (Thomas L. Whigham - Antônio de Sena Madureira, p. 22); en el Informe de Mitre al vicepresidente Paz, se anotan 656 bajas aliadas (“la mayoría heridos”) y del lado paraguayo más de 1.200 muertos, tres piezas de artillería, dos banderas, alrededor de 800 rifles y un gran número de prisioneros, la mayor parte heridos” (Thomas L. Whigham - Jorge Thompson, pp. XXXII-XXXIII); el periódico Correio Mercantil, , dedicó once columnas de las primeras dos páginas a los nombres de los brasileños caídos, para un total de 425 muertos, 2.192 heridos y 127 contusos; el recuento más exagerado de las pérdidas fue el de un joven oficial del comando de Osório, que registró sólo 400 bajas Aliadas en total, frente a 3.000 paraguayas (Thomas L. Whigham - Correio Mercantil Boletim do Instituto Histórico, Geográfico e Etnográfico Paranaense, 34, p. 137).

El batallón Florida, por ejemplo, sólo pudo reunir a ocho de sus veintisiete oficiales al final del día. Igualmente, los brasileños sufrieron terriblemente, al punto de que el coronel Manoel Lopes Pecegueiro, comandante de la Brigada 12, demandó y recibió una Corte Marcial para deslindarse de cualquier culpa por la sorpresa. [Pecegueiro posteriormente lanzó una extensa defensa de sus acciones que incluía una furiosa denuncia contra varios de sus camaradas oficiales. Este folleto interesante y difícil de encontrar es un excelente ejemplo de las acusaciones mutuas y los altercados verbales entre comandantes aliados que siempre seguían a algún enfrentamiento no demasiado glorioso con los paraguayos (Thomas L. Whigham - Manoel Lopes Pecegueiro)].

Parece claro hoy que si Pecegueiro había fallado en prepararse para el asalto paraguayo, de la misma manera lo hicieron todos los comandantes aliados. Pocos olvidaron esta lección. De allí en adelante, ubicaron a sus piqueteros más cerca de sus unidades de avanzada, de manera que las comunicaciones nunca pudieran volver a ser cortadas tan fácilmente.

En el futuro, los Aliados raramente fueron sorprendidos de forma tan generalizada. También aprendieron que, a pesar del pobre liderazgo del Mariscal y la necesidad de suministros, sus soldados estaban a la altura de sus propias tropas en el uno a uno.

Los paraguayos podían resistir tanto la caballería como la artillería y mantener su línea; aún enfrentándose a un gran número de oponentes, sólo cedían en un último extremo. Contra semejantes soldados, cualquier guerra de desgaste estaba destinada a tener una larga duración.

Tras la batalla de Estero Bellaco, cualquier observador desapasionado podía ver que la situación estratégica básica todavía favorecía a la ofensiva Aliada que, tarde o temprano, barrería al Ejército del mariscal. Mitre seguía recibiendo refuerzos y provisiones en Paso de la Patria, mientras que los paraguayos en el norte no podían reemplazar sus pérdidas fácilmente. La obstinación de los hombres de López podía ahora ser reconocida y contrarrestada con la construcción de una fuerza al menos tres veces superior en hombres y material. No obstante, tomaría tiempo.

Por su parte, los paraguayos se rehusaron a admitir la escala de sus pérdidas en el Bellaco. Ni Díaz ni ningún otro oficial de campo reconocieron que el enfrentamiento ocasionó mayores bajas que las esperadas. Cuando los Informes aparecieron en la gaceta estatal, la situación todavía era presentada en términos optimistas. El corresponsal describió una batalla en la cual “el enemigo no pudo resistir la bravura (paraguaya) (...) muchos rogaron por misericordia ante la punta de una bayoneta” (Thomas L. Whigham - El Semanario); a la prensa Aliada le gustaba pretender que las aflicciones causadas por la guerra estaban teniendo un efecto palpable en Asunción, donde las viudas de guerra podían expresar su “desesperación y tristeza sólo en el seno de sus hogares” (Thomas L. Whigham - El Siglo). En esta etapa del conflicto, de hecho, había poca evidencia de que muchas mujeres paraguayas albergaran esos sentimientos.

Estas exaperaciones sólo servían para exaltar la imaginación del Mariscal quien, como la mayoría de los lectores de El Semanario, se había mantenido bien atrás del frente efectivo de batalla.

El periódico Jornal do Commercio reportó que López había dirigido el ataque paraguayo desde las líneas del frente en Estero Bellaco, pero éste claramente no fue el caso en ningún momento de la batalla. En su edición del 2 de Mayo, la gaceta militar El Centinela le atribuyó el crédito al Mariscal por diseñar los planes de la “espléndida victoria”, pero pocos planes estuvieron de hecho asociados con el enfrentamiento (Thomas L. Whigham - James Schofield Saeger, p. 148).

En la Sudamérica de los 1860, los periodistas generalmente mostraban los acontecimientos en la forma más favorable posible. Así fuera en la liberal Buenos Aires, la monárquica Río de Janeiro o la autoritaria Asunción, raramente perdían la oportunidad de darle a las malas noticias un cariz positivo.

El bromista romano Quintus Aurelius Stultus, quien alguna vez observó que vulgus vult decipi et decipiatur (a la muchedumbre le gusta ser engañada y recibe lo que desea), ya describió esa actitud de la mejor manera y, aún en su tiempo esta era ya una vieja y trágica historia.

BIBLIOGRAFIA

* George Thompson. The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War (1869). Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.
* Jorge Thompson. La Guerra del Paraguay (1869). Imprenta Americana, Buenos Aires. Mitre a Marcos Paz, Estero Bellaco, 3 de Mayo de 1866.
* León de Pallejá. Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay (1960), (dos volúmenes), Montevideo.
* José Ignacio Garmendia. Campaña de Humaytá (1901), Ed. Peuser, Buenos Aires.
* Paulo de Queiroz Duarte. Os voluntários da patria na guerra do Paraguai (1895). Ed. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro.
* Gregorio Benites. Primeras Batallas contra la Triple Alianza (1919). Talleres Gráficos del Estado, Asunción.
* Augusto Tasso Fragoso. História da Guerra entre a Triplice Aliança e o Paraguay (1957). Biblioteca do Exército, Río de Janeiro.
* Juan Crisóstomo Centurión. Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay (1987), (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción.
* Silvestre Aveiro. Memorias Militares. 1864-1870 (1989). Ediciones Comuneros, Asunción.
* Julio César Chaves. El general Díaz (Biografía del Vencedor de Curupayty) (1957). Ediciones Nizza, Asunción y Buenos Aires.
*Francisco Doratioto. Maldita Guerra (Nueva historia de la Guerra del Paraguay) (2004). Emecé, Buenos Aires. Conesa a Martín Gainza, Yataity, 20 de Mayo de 1866.
* Archivo Nacional de Asunción,
- Colección Rio Branco I-30, 20, 47. José María Sandoval a su hermano Bernardino Sandoval, Yataity, 1 de Mayo de 1866.
- Sección Histórica - Corte Marcial a Robles y Sentencia de Muerte, Humaitá (Enero de 1866).
* Manuel Avila. Rectificaciones Históricas. Estero Bellaco (1899), en: Revista del Instituto Paraguayo, Nro. 2, p. 22 (Noviembre-Diciembre), Asunción.
* Antônio de Sena Madureira. Guerra do Paraguai (Resposta ao Sr. Jorge Thompson, autor da ‘Guerra del Paraguay’ e aos Anotadores Argentinos D. Lewis e A. Estrada) (1982) . Ed. Universidad Nacional de Brasilia, Brasilia).
* Boletim do Instituto Histórico, Geográfico e Etnográfico Paranaense (1978). Diário do Alferes João José da Fonseca. Natural da Cidade de Castro na Guerra do Paraguai (17/Decembro de 1865 até 19/Novembro de 1867).
* Archivo General de la Nación, Archivos Particulares, Caja 10, Carpeta 13, Nro. 48, Montevideo. Flores a Querida Agapa, Paso de Patria, 11 de Mayo de 1866.
* Manoel Lopes Pecegueiro. Combate de 2 de Maio de 1866 (1870), Río de Janeiro.
* James Schofield Saeger. Francisco Solano López and the Ruination of Paraguay (Honor and Egocentrism) (2007). Ed. Rowman & Littlefield, Lanham y Boulder.

Periódicos:
* El Siglo (Montevideo), ediciones:
- del 12 de Mayo de 1866.
- del 17 de Abril de 1866. Corresponsal a D. M. Domínguez, a bordo del Proveedor en Paso de Patria, 10 de Abril de 1866.
- del 18 de Mayo de 1866. “Teatro de Guerra”.
* La Patria (Asunción),edición del 2 de Mayo de 1894.
* El Pueblo, Organo del Partido Liberal (Asunción), ediciones del 31 de Mayo y 1 a 3 de Junio de 1895.
* El Independiente (Asunción), edición del 2 de Mayo de 1888. Título: “Batalla del 2 de Mayo. Estero Bellaco”.
* Jornal do Commercio, (Rio de Janeiro), ediciones:
- del 13 de Junio de 1866. “Documentos Paraguayos”.
- del 20 de Mayo de 1866.
* Correio Mercantil (Río de Janeiro), edición del 16 de Julio de 1866.
* El Semanario (Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles), Asunción, edición del 5 de Mayo de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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