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BAÑO DE SANGRE EN EL PARAGUAY. AÑO 1866

Habiendo puesto un pie en Paraguay con relativa facilidad y mínimas pérdidas de vidas, los comandantes aliados se sintieron seguros de su estrategia general. El Mariscal había entregado sus poderosas defensas en Paso de la Patria con escasa e inefectiva resistencia. Ahora estaban establecidos, con una vía segura para la llegada de refuerzos y suministros. Se jactaban de que la ineptitud de López continuaría trayendo felices resultados a la causa aliada.

La confianza rebosaba en los corazones de los soldados y el corresponsal de The Standard de Buenos Aires no era el único que expresaba exultantes expectativas de una rápida victoria:

“La mitad de la campaña está ahora concluida; la gran hazaña del cruce del Paraná está cumplida y los Aliados henchidos de victoria avanzarán rápidamente con sus legiones al último bastión del poder de López, el Fuerte de Humaitá.
“La gran victoria que se acaba de obtener, en la cual los laureles pueden ser equitativamente repartidos entre el presidente Mitre y el general Osório, no pierde ninguno de sus méritos -todo lo contrario- por haber sido lograda sin derramamiento de sangre.
“Es imposible de sobreestimar la importancia de esta extraordinaria conquista, tanto por sus efectos morales en los respectivos beligerantes como por las ventajas estratégicas que proporciona a los Aliados” (Thomas L. Whigham, The Standard).

El optimismo Aliado descansaba en la creencia de que el Mariscal no podría resistir una batalla a gran escala. Los asaltos y las escaramuzas nocturnas eran su probada especialidad, razonaban Mitre y Osório, pero el déspota paraguayo -creían- no podría jamás sostenerse frente a superior artillería y experiencia táctica.

Los beneficios de pelear en su propio suelo, cerca de su base de aprovisionamiento podrían suponer cierta ventaja, pero no por mucho tiempo. Cada día, los Aliados estaban más fuertes y seguros de sí mismos.

Mitre se sentía especialmente triunfante. Tal como se aprecia en sus despachos desde Itapirú, todavía retenía el Comando de los Ejércitos Aliados. El detalle particular del Comando había quedado sin definición en el Tratado de la Triple Alianza, que estipulaba que Mitre debía dirigir las operaciones en territorio argentino; el general Osório o algún otro comandante imperial en el Brasil; y el general Flores en el Uruguay, si alguna circunstancia de la guerra llevara a los Ejércitos tan al sur.

Hasta ese momento, Mitre había tenido éxito en justificar su derecho al Comando y nadie, ni siquiera el almirante Tamandaré, pensaba en cuestionarle que continuara en ese papel. Por el momento, el presidente argentino tenía que resolver las necesidades logísticas de su Ejército. Más allá de todo su optimismo, sus soldados estaban hambrientos y mal vestidos. Habían recibido pocas provisiones desde que cruzaron y la Armada no había tenido oportunidad de desembarcar suministros por el río Paraguay, donde todavía había resistencia.

Por lo tanto, don Bartolo hizo gestiones para que 54 vapores marinos, junto con 48 veleros, transportaran armas y pólvora, carne, caballos, frazadas y otros materiales. Una Armada de embarcaciones, grandes y pequeñas, de múltiples banderas, surcaba ahora el río entre Corrientes y Paso de la Patria. En este último sitio, cientos de soldados, briosamente, incluso alegremente, descargaban suministros y los llevaban a los pantanos en carretas de bueyes (Thomas L. Whigham, Washburn-Norlands Library).

Las tropas aliadas tenían que acarrear con ellas todas sus raciones durante la marcha al norte, hacia Humaitá, al menos hasta que llegaran a las pasturas donde podrían localizar el ganado confiscado en Corrientes. Nadie estaba acostumbrado a moverse en terrenos tan anegados. Por suerte para ellos, los ingenieros militares brasileños volvieron a demostrar sus habilidades técnicas bajo presión al montar una serie de puentes temporarios [uno de estos puentes era una estructura flotante de más de 100 metros de largo y casi diez de ancho que los ingenieros habían construido en menos de 24 horas] - (Thomas L. Whigham - La Nación Argentina).

Sólo en pocas ocasiones se les permitía descansar, ya que había mucho por hacer. El 22 de Abril de 1866, Mitre hizo distribuir a cada soldado una ración de catorce galletas -para muchos era la primera vez en más de un mes que podían probar pan- y ello cayó muy bien con la porción usual de charque y yerba mate (Thomas L. Whigham, The Standard).

Los brasileños, al parecer, comían un poco mejor y los uruguayos un poco peor; en general, pocos del lado Aliado podían regocijarse con el estómago lleno. Los soldados enfrentaban muchos inconvenientes, grandes y pequeños. Un brote pequeño, pero notorio, de algo que las crónicas refieren como tétano había golpeado a las filas Aliadas. Adicionalmente, la lluvia había recomenzado y sólo unas pocas unidades habían recibido carpas.

[El Ejército brasileño tenía varios modelos de carpas: para dos, cuatro, ocho y dieciséis soldados. Las de dos hombres se distribuían entre todos los soldados como parte de la carga habitual de las mochilas. Las de cuatro hombres las usaban los oficiales (y aparecen a menudo en fotografías de guerra). Las de ocho hombres son un pequeño misterio, ya que muy raramente se mencionan en los registros de suministros militares. Las de dieciséis eran para oficiales generales y se usaban también para instalaciones colectivas como hospitales de campaña. Un escándalo menor surgió en 1866 cuando un periódico de Río de Janeiro acusó al Arsenal de ordenar carpas a los “amigos” y no a los que ofrecían menor precio (el que perdió en la competencia era cuñado del editor del periódico) [comunicación personal con Adler Homero de Fonseca Castro, Río de Janeiro, 28 de Junio de 2009 // Citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción].

Contingentes enteros de soldados Aliados se acurrucaban en cualquier pedazo de terreno alto que pudieran encontrar, cubriéndose como podían con sus ponchos y sombreros. Y no sólo era la llovizna. Las fuerzas del Mariscal no habían podido quebrar el ardor de sus enemigos, pero el barro, la lluvia, las enfermedades y los mosquitos les cobraban un alto peaje por cada kilómetro de avance. Y en la distancia esperaban los paraguayos.

Después de retirarse de Paso de la Patria, López asumió una nueva posición varios kilómetros a la retaguardia, convenientemente distante de los cañones de Tamandaré. Aunque no tan bien situada para la defensa como Paso, la nueva línea paraguaya seguía pareciendo razonablemente segura a la vera de un valle profundo que se extendía al norte por una legua hacia Humaitá.

El Mariscal ordenó a sus hombres acampar justo detrás de un estrecho vado que ligaba el Estero Bellaco con su contraparte menos profunda, la Laguna Piris. Los senderos que unían los viejos Campamentos sobre el Paraná con la gran fortaleza pasaban por esta delgada lengua de terreno y, si los Aliados querían aproximarse a Humaitá por tierra firme, tendrían que hacerlo a través de ese cuello de botella.

La inacción aliada daba a López la impresión de poder adivinar sus próximos pasos. Esto le podía proporcionar alguna satisfacción, pero no cambiaba nada, ya que no tenía forma de detener el fortalecimiento del enemigo a lo largo del Paraná. Tarde o temprano tendría que enfrentar esa fuerza.

Considerando la confusión del momento, los paraguayos mantuvieron buena disciplina. Su conducta desmentía la opinión Aliada de que eran una muchedumbre fácil de derrotar. Como regla, los paraguayos eran humildes como soldados y modestos en su valentía. Eran enjutos y frecuentemente malnutridos, pero podían pasar días con sólo una pequeña ración de mandioca o charque y aún así pelear con excepcional bravura. Eran capaces de soportar privaciones que los argentinos y los brasileños no podían.

Al mismo tiempo, los paraguayos mostraban considerablemente menos iniciativa de la que habría sido deseable. Tenían poco del saber “darse maña” de sus enemigos ya que, para ellos, llamar la atención sobre cualquier necesidad de mejoras era cuestionar su subordinación al Mariscal. A menudo, sin embargo, los acontecimientos hacían salir a flote una faceta más activa de la intransigencia paraguaya, sacándola de sus contornos tradicionales.

Uno de esos acontecimientos se presentó justo en ese momento. El Tratado secreto de la Triple Alianza, que anticipaba la anexión aliada de importantes porciones del territorio paraguayo, se dio a conocer en el mundo. Unos meses antes, el ministro británico en Montevideo, H. G. Lettsom, le había preguntado abiertamente al ministro de Relaciones Exteriores del general Flores, Carlos de Castro, si los Aliados planeaban una apropiación general del territorio paraguayo, dejando el país repartido como una Polonia sudamericana.

Con la intención de calmarlo, Castro le rogó discreción y sigilosamente le entregó una copia completa del Tratado, cuyos puntos más sensibles estaban contenidos en dos artículos, el 16 y el 17. Pero Lettsom no se dio por satisfecho. ¿Era esta pretendida confiscación de parte del territorio realmente mejor que una anexión general?

Decidió enviar su copia del Tratado al Primer Ministro, Lord John Russell. El Gobierno británico desde hacía mucho tiempo se había opuesto a concesiones territoriales de cualquier clase en Uruguay y, por extensión, en todo el Plata. El texto del Acuerdo indignó a Russell y sus colegas, quienes lo consideraron violatorio de principios diplomáticos largamente establecidos en la región.

El Gobierno británico ignoró las promesas de reserva de Lettsom y apuró la publicación del Tratado completo como parte de un reporte “Blue Book”, que fue leído sin comentarios ante el Parlamento a principios de Marzo de 1866.

[Historiadores revisionistas han catalogado frecuentemente a Gran Bretaña como una omnipresente titiritera moviendo sus hilos para ejercer un imperialismo destructor de la búsqueda latinoamericana de un desarrollo económico independiente. Pero estos autores, entre los que se incluyen José María Rosa, León Pomer, Júlio José Chiavenato, Atilio García Mellid y, más recientemente, Luis Agüero Wagner, raramente han admitido algún hecho inconveniente que se contrapusiera a sus convicciones. En este caso, los revisionistas nunca han explicado por qué los británicos quisieron revelar el texto completo del Tratado de la Triple Alianza cuando ello claramente fortalecía la causa del Mariscal y los sentimientos “antiimperialistas” de los latinoamericanos que simpatizaban con él. El fracaso de los revisionistas de abordar esta cuestión es más que un detalle menor, ya que trastorna todas sus concepciones más amplias sobre el funcionamiento del imperialismo en América Latina en el siglo diecinueve. // Citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción].

Los periódicos londinenses inmediatamente captaron la historia y denunciaron a los Aliados, quienes hasta ese momento se habían presentado exitosamente como víctimas agraviadas cuya seguridad común había caído bajo la amenaza de un maniático (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 3, pp. 157-158 y Phelan Horton Box, pp. 270-273).

Hablando estrictamente, el texto del Tratado contradecía políticas brasileñas largamente establecidas, que generalmente buscaban debilitar a la Argentina a expensas de fortalecer al Paraguay y al Uruguay, y no al revés. En este caso -irónicamente- las dos grandes potencias aliadas delinearon un objetivo común destinado casi con seguridad a provocar permanentes desacuerdos una vez que la victoria sobre López estuviera asegurada (Thomas L. Whigham - Francisco Doratioto).

Siempre habían sostenido que el deseo Aliado de liberar al Paraguay mediante la expulsión del tirano del país estaba limpio de motivaciones mezquinas o intereses particulares. La hipocresía Aliada ahora recibía un justo escrutinio en Europa. Previamente, tanto en París como en Londres, la gente demostraba cierto apego emocional a Pedro II, que parecía un patricio, un romántico o un soñador. Ahora se daban cuenta de que esta era una guerra real, con intereses reales y costos reales.

Y este fue solo el preludio ya que, cuando las noticias de las “cláusulas secretas” alcanzaron Sudamérica unas semanas más tarde, desencadenaron una avalancha de condena pública. Muchos de los que habían apoyado la guerra Aliada se sintieron consternados por el nada sutil imperialismo sugerido por el Tratado revelado.

Por su parte, el Mariscal y sus soldados sólo se enteraron del “Blue Book” a fines de Abril y en forma parcial. Tuvieron que esperar hasta la primera semana de Mayo para que La América, un periódico antibélico de Buenos Aires, publicara el texto completo (Thomas L. Whigham - La América y Efraím Cardozo, tomo 3, pp. 270-271).

[Los funcionarios Aliados trataron -con mínimo éxito- de contrarrestar las críticas resultantes en Europa y Estados Unidos con una campaña de prensa proaliada; en un panfleto, lanzado con la ayuda de la legación brasileña en Washington, el autor anónimo afirmaba que los “Aliados, lejos de proponerse usurpar territorios que no les pertenecen legítimamente, están sólo defendiendo sus propios derechos (sobre esos territorios)”. Esta afirmación, que podría haber parecido razonable si no hubiera estado encerrada en una cláusula secreta, provocó una burla casi universal] - (Thomas L. Whigham - "The Paraguayan Question").

Para entonces, sin embargo, los puntos clave ya eran bien entendidos por los oficiales paraguayos en el frente quienes, como en la metáfora del estadista italiano Vittorio Amadeo, ahora se enfrentaban a la imagen de su país reducido a “una alcachofa a ser comida hoja por hoja”.

Dentro de las líneas paraguayas en Estero Bellaco, la revelación del Tratado secreto y sus cláusulas anexionistas causó un giro importante en el carácter de la lucha. Las cuestiones acerca de las políticas de la guerra normalmente nunca iban más allá de cuchicheos en el campamento, donde las opiniones reflejaban más temor que patriotismo pero, en este caso, hubo una abierta expresión claramente favorable a la causa del Mariscal.

Los soldados paraguayos respondieron con una fortaleza nacida no de alguna deferencia tradicional a la voluntad de la figura del padre, el karai, ni de una simple xenofobia, sino, crecientemente, de un nacionalismo ofendido.

Para los comandantes aliados en el campo, la guerra siguió siendo una extensión de conflictos regionales que podían ser exacerbados o ignorados de acuerdo con las circunstancias. Dada la terrible pérdida de vidas y de propiedades que ya había ocurrido, ¿por qué López se rehusaba a comprar la paz a cambio de un cuarto de sus dominios? ¿Era simplemente que los Aliados insistían en su salida y que él no estaba dispuesto a hacer tal concesión? ¿O era una cuestión de honor?

La respuesta parece ser que una paz negociada sobre términos Aliados nunca se le pasó por la cabeza. Para los paraguayos, López incluido, la guerra se había convertido en un asunto de supervivencia nacional (Thomas L. Whigham - El Semanario). Esta percepción apuntaló una resistencia fanática contra los Aliados durante todo el resto de la guerra.

[Un artículo anónimo en El Semanario, titulado, “Los reclutas”, expresaba la preocupación por la sobrevivencia nacional en términos casi nihilistas: “¡¡¡Salvemos a la patria o muramos por ella!!! Es el solemne juramento que todos los ciudadanos paraguayos hacemos (...) profesamos nuestro amor por la patria y nuestra máxima confianza en nuestro brillante mariscal López para derrotar al bárbaro enemigo”. // Citado por Thomas L. Whigham].

BIBLIOGRAFIA

* Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine - Charles A. Washburn a William Seward, Corrientes, 4 de Mayo de 1866.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870 (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* Phelan Horton Box. The Origins of the Paraguayan War (1930), Russel & Russel Press, Nueva York.
* Francisco Doratioto. La Politique Paraguayenne de l’Empire du Brésil. (1864-1872), ensayo leído ante el coloquio internacional, Le Paraguay a l'Ombre de ses Guerres, París, Maison de l'Amérique Latine, 17 de Noviembre de 2005.
* The Paraguayan Question (The Alliance between Brazil, the Argentine Confederation and Uruguay versus the Dictator of Paraguay. Claims of the Republics of Peru and Bolivia in Regard to this Alliance) (1866), p. 12, Nueva York.

Periódicos:
* The Standard (Buenos Aires), ediciones
- del 27 de Abril de 1866.
- 2 de Mayo de 1866.
* La Nación Argentina (Buenos Aires), edición del 2 de Mayo de 1866.
* La América (Buenos Aires), ediciones del 5, 6 y 13 de Mayo de 1866.
* El Semanario (Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles) (Asunción), edición del 31 de Marzo de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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