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Desafíos médicos

La batalla de Estero Bellaco fue testigo de una horrible exposición de crueldad y carnicería. Pero las situaciones más repugnantes vinieron después de que el tiroteo se hubiera detenido, cuando camilleros y rescatistas tropezaban en la oscuridad en busca de camaradas heridos. Un joven oficial brasileño describió lo que encontraron:

Eran grandes cantidades de cadáveres apilados en montículos irregulares. Había cabezas decapitadas con los ojos bien abiertos; algunas cabezas estaban todavía adheridas a sus cuerpos por una fina tira de ensangrentado músculo del cuello. Otras estaban cortadas limpiamente por la mitad, con la materia cerebral fluyendo.
“[Había] narices sueltas, brazos mutilados, pechos rociados de agujeros de balas (...) tal era el sendero del enemigo a la muerte y la gloria (...) ¡una gloria de lágrimas!
Esto, de hecho, es lo que fascina y deslumbra a la gente; es la gloria de Osório, de Napoleón, de Federico ‘el Grande’: la gloria de la muerte” (Thomas L. Whigham - Evangelista de Castro Dionísio Cerqueira, p. 167 y Francisco Doratioto, p. 213).

Muchas veces, los buscadores hallaban soldados recostados a la vera del pantano aparentemente ilesos, de no ser por alguna pequeña mella en la mejilla; cuando les daban la vuelta, sin embargo, el otro lado de sus rostros estaba completamente destruido. Era el efecto de las balas Minie.

Para entonces, muchos soldados del lado Aliado utilizaban los nuevos rifles de percusión para disparar sus pesados y afilados proyectiles de media pulgada. Aunque se movía a menor velocidad, un misil de plomo así construido provocaba un daño devastador al cuerpo humano. Si alcanzaba un hueso, desgarraba todo el tejido detrás de él. Esto casi siempre requería alguna forma de amputación para detener la hemorragia. Así, por cada hombre que las balas Minie dejaban muerto, había que agregar a una gran cantidad de otros con miembros destrozados que requerían inmediata atención.

Considerando el terreno, la ausencia de medicinas y la escasez general de personal calificado, las unidades médicas Aliadas hicieron un trabajo sorprendentemente bueno en el tratamiento de los heridos. Rápidamente formaron improvisadas ambulancias y montaron carpas como hospitales de campaña. Dispusieron los instrumentos, las sábanas y las compresas de modo tal que consiguieron mantener cierta asepsia.

Estero Bellaco les dio la oportunidad de probar sus habilidades a fondo, ya que nunca antes, ni siquiera en el Riachuelo ni en Yatay, había habido tantas bajas en un lugar tan reducido. Carretas de bueyes, ambulancias tiradas por caballos, artolas con gradas y camilleros a pie trajeron a los heridos del campo de batalla.

[En 1862, el Ejército brasileño había importado de Francia varios carros ambulâncias. Estos vehículos, al estilo de las diligencias, con suspensión de elásticos, posibilitaban un transporte mucho más suave y fueron de mucho uso más tarde en la guerra. Aparecen en la pintura de Cándido López: “Hospital Brasilero de Sangre, con Heridos Argentinos en el Campo Fortificado de Paso de Patria, 17 de Julio de 1866”, que se encuentra en el Museo Histórico Nacional, Buenos Aires (comunicación personal con Reginaldo J. da Silva Bacchi, São Paulo, 23 de Octubre de 2005); ver también Informe del brigadier Polidoro al coronel Director del Arsenal, Río de Janeiro, 18 de Junio de 1862, que describe la distribución inicial de las ambulancias. Arquivo Nacional. “Coleção Polidoro da Fonseca Quintinilha Jordão” // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción].

Al llegar a los hospitales de campo, las enfermeras hacían la selección para determinar quiénes necesitaban atención inmediata, quiénes podían esperar y quiénes estaban más allá de toda esperanza. Los médicos y asistentes que atendieron a la primera de las tres categorías mostraron gran coraje, si así se puede describir su capacidad de soportar los gritos y las sangrientas tribulaciones de los soldados heridos.

[Aunque los servicios médicos brasileños fueron muy criticados durante e inmediatamente después de la guerra, de hecho ya venían poniendo en ejecución algunas impresionantes innovaciones desde hacía casi una década. Por ejemplo, la disposición de camilleros y enfermeras especializados bajo condiciones de combate. Previamente, músicos de la banda militar eran enviados a rescatar heridos del campo de batalla (una práctica que continuó en todos los Ejércitos durante el conflicto paraguayo). Pero los brasileños, no obstante, pavimentaron el camino con una compañía de enfermería de campaña, bien ampliada durante la guerra; el general Osório, con más que un toque de desdén racista hacia sus tropas negras, delegó esta tarea particularmente onerosa a los zuavos del batallón de Bahía (comunicación personal con Reginaldo J. da Silva Bacchi, São Paulo, 23 de Octubre de 2005). En cuanto a los servicios médicos argentinos, que usualmente merecían mayores elogios por parte de los observadores que los brasileños (Thomas L. Whigham - Miguel Angel De Marco, pp. 157-194].

Aunque los cirujanos llevaban con ellos una variedad de bisturís, cuchillos, serruchos de huesos y sondas, nadie parecía tener suficientes ligaduras, desinfectantes, tablillas, vendas y láudano. Incluso el jabón era un pequeño lujo y a menudo había que comprarlo a los vendedores que acompañaban al Ejército.

Las tiendas que hacían de quirófanos parecían mataderos nocturnos. Las lámparas de aceite ardían, pero muchas daban sólo una lúgubre, intermitente luz, y su titileo hacía el trabajo difícil e inseguro. Las balas y metrallas habían destrozado a muchos hombres más allá de toda posibilidad de reconocimiento y los miembros destruidos a menudo no podían salvarse.

Grupos de soldados heridos entraban a las carpas y, en medio de los gritos y los ruegos de piedad, los doctores mecánicamente serruchaban brazos y piernas, arrojándolos a una espeluznante pila al costado antes de pasarles esponjas a las mesas para comenzar de nuevo. Había capellanes militares para ofrecer consuelo espiritual a los moribundos y solaz a los supervivientes, pero no era fácil.

[Para algunos pensamientos sobre el rol de los capellanes militares, en este caso sirviendo a las fuerzas argentinas (Thomas L. Whigham - Miguel Angel De Marco, pp. 223-240); del lado paraguayo, ver un extenso tratado (Thomas L. Whigham - Silvio Gaona)].

Los que sobrevivían a las amputaciones corrían el riesgo de morir por desangramiento o, caso igualmente común, por infecciones. Pese a las aplicaciones de fenol, muchos hombres no comprendían la importancia de la asepsia y no se podían mantener limpios. Esto hacía que muchos no resistieran simples infecciones superficiales causadas por los gérmenes que abundaban en tal ambiente.

En general, si un hombre herido podía llegar a los hospitales de campaña más amplios en Paso de la Patria, tenía una buena oportunidad de sobrevivir. Si llegaba a Corrientes, las posibilidades eran aún mejores. Allí encontrarían parte del personal mejor entrenado de los servicios médicos de Argentina y Brasil y muchas más provisiones.

Los Aliados construyeron varios hospitales impresionantes en Corrientes, todos los cuales recibían cargamentos de equipamientos modernos y medicinas. Estas fueron instituciones excelentes y los Aliados hicieron un amplio uso de ellas (Thomas L. Whigham - The Standard Thomas J. Hutchinson, pp. 281-282).

[El corresponsal de The Standard”, escribiendo cuatro semanas más tarde, describió el complejo hospitalario en Saladero (una legua al sur de Corrientes) como compuesto por una infinidad de tiendas y ocho edificios separados, uno de los cuales era de 180 metros de largo y diez de ancho y los restantes siete de 60 por 10. Todas eran estructuras de madera construidas de pino americano, con pisos del mismo material y con techos de lona alquitranada. Cada uno contenía tres hileras de camas. El complejo, por lo tanto, era capaz de albergar a varios miles de heridos. Y había amplias provisiones de pan y carne].

Luego inauguraron un hospital flotante a bordo del barco brasileño “Onze de Junho” que prestó, igualmente, invalorables servicios (Thomas L. Whigham - J. Arthur Montenegro, pp. 102-104).

Cada defecto en los servicios médicos Aliados era tres veces peor del lado paraguayo. Aunque instalaciones sanitarias adecuadas habían sido establecidas en Humaitá, y aún mejores en Asunción y Cerro León, se habían tomado pocas previsiones para la evacuación de los heridos.

[Efraím Cardozo señala que la situación mejoró en los años siguientes y que muchos paraguayos heridos eran llevados en canoas y goletas hasta Asunción, donde pronto colmaron las camas del Hospital Militar. Allí se abrieron los hogares privados, incluyendo el del ministro de Guerra, Venancio López, y las mujeres de la capital fueron convocadas para atender las necesidades de los heridos (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 3, p. 273).

Por lo tanto, la proporción de heridos que morían cerca del campo de batalla era mucho mayor entre los paraguayos que entre los aliados, al menos en esta etapa temprana de la guerra. Los hospitales de campaña paraguayos, además, eran rudimentarios y pocos, si alguno poseía instrumentos necesarios para cirugías.

Sin duda se practicaban amputaciones, pero la afilada hoja de un machete manejado por un sargento analfabeto tenía poco en común con las labores de los expertos cirujanos aliados. Los paraguayos decían que ayudaba a los hombres a soportar el terrible dolor en tales operaciones que las enfermeras los miraran a los ojos, como si la vanidad pudiera mitigar la ausencia de opiáceos. Como era de esperarse, el ratio de supervivencia era limitado.

Pese a estos inconvenientes, los hombres del Mariscal tenían una actitud más flexible que los Aliados en relación con los tratamientos de las heridas. En los servicios argentino y brasileño los doctores siempre habían acentuado la eficacia de los métodos científicos modernos. Esto los dejaba con pocos sustitutos cuando las medicinas no estaban disponibles.

Los paraguayos, sin embargo, mostraron una gran inventiva, usando aloes para tratar cortes y quemaduras y una variedad de hierbas e infusiones como sedativos y tónicos. El farmacéutico británico George Frederick Masterman fue sumamente crítico con el personal médico bajo su comando; pero en relación con las medicinas locales encontró mucho para elogiar.

[“Parecían recordar muy poco y nunca pensaban por sí mismos, nunca trataban de seguir un proceso de razonamiento. Y sus prejuicios, las viejas espantosas tonterías que habían aprendido de sus abuelas, siempre se interponían. Si se les metía alguna idea errónea en la cabeza, nada podía removerla. Eran como los indios de América Central quienes, habiendo confundido invierno con infierno, nunca pudieron ser persuadidos por los jesuitas de que el último era caliente” (Thomas L. Whigham - George Frederick Masterman, p. 117).

Halló amplios astringentes entre las mimosas. Purgantes y antisépticos eran fácilmente fabricados junto con mezclas absorbentes. Masterman usaba arsénico en vez de quinina, aunque no había forma de producir algo similar al opio, que era lo que más se necesitaba (Thomas L. Whigham - George Frederick Masterman, pp. 117-118).

[Un intrigante documento de mediados de 1866, de treinta y seis páginas repletas de anotaciones, registra 24.551 pesos en drogas e insumos médicos que el Estado había comprado recientemente de farmacéuticos de Asunción. Este documento indica dos factores significativos: 1.- Que las farmacias privadas todavía poseían existencias de medicinas producidas en el extranjero en cantidades importantes en esta avanzada etapa de la guerra; y 2.- Que el Estado todavía estaba dispuesto a pagar por tales materiales, antes que simplemente confiscarlos (lo que contradice la común imagen de la rudeza lopista) - (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción y una nota relativa a este tema en El Semanario); en cuanto a los remedios producidos localmente, el comandante de Villa de Salvador reportó -a finales de 1867- que estaba enviando varias damajuanas de medicina para la fiebre (que “es muy buena para el dolor de cabeza”) para uso en los hospitales (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción).

Los distintos sustitutos para drogas mejor conocidas encontraron un exitoso campo de desarrollo en la farmacopea paraguaya de guerra. Pero tales innovaciones eran inútiles sin médicos entrenados; los que se les parecían, en su mayor parte no podían ni siquiera llegar hasta sus heridos en Estero Bellaco, ya que el lugar de la batalla había caído en manos de los Aliados.

Las observaciones de Masterman acerca de las drogas indirectamente aluden al hecho de que solamente una pequeña minoría de los pacientes en ambos Ejércitos eran realmente heridos. Después de que los Aliados ocuparon la mayor parte de las misiones al sur del Alto Paraná, el Hospital Militar de Encarnación se llenó de convalecientes paraguayos.

En un Informe del 11 de Noviembre de 1865, el oficial a cargo anotó 30 hombres con heridas de combate frente a un total de 554 internados. Casi el 40 por ciento de los enfermos no heridos padecía diarrea causada por carne descompuesta y agua contaminada. Cincuenta hombres tenían sarampión (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción).

[El sarampión parece haber hecho un completo circuito entre las tropas paraguayas; para Abril de 1866, encontramos al Comandante del pequeño y aislado Fuerte Olimpo (al Norte del Chaco) reportando catorce de sus soldados con la enfermedad (dos en peligro de muerte)] - (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción)

A excepción de esta enfermedad, cuyo lugar luego sería suplantado por el cólera, la viruela y la fiebre amarilla, el porcentaje de registros médicos mencionado arriba se mantuvo más o menos similar en ambos bandos a lo largo de la guerra [Thomas L. Whigham - Lucilo del Castillo, tomo 1 (1893), pp. 341-343, 357-359; y tomo 2 (1894), pp. 25-30, 43-47, 63-64].

Y el reporte sugiere algo más acerca de la condición física de las tropas: en Estero Bellaco y en todas las grandes batallas, una cierta porción de los soldados -quizás una porción significativa- sufría malestar estomacal. Ello, combinado con fiebre, temor y decaimiento, pudo haber tenido un importante efecto en la forma en que se desarrolló la batalla.

BIBLIOGRAFIA

* Evangelista de Castro Dionísio Cerqueira. Reminiscências da Campanha do Paraguai. 1864-70 (1948). Gráfica Laemmert, Río de Janeiro.
* Francisco Doratioto. Maldita Guerra (Nova história da Guerra do Paraguai) (2002), Companhia das Letras, São Paulo.
* Miguel Angel De Marco. La Guerra del Paraguay (2003). Ed. Planeta, Buenos Aires.
* Silvio Gaona. El Clero en la Guerra del ‘70 (1961). El Arte, Asunción.
* Thomas J. Hutchinson. The Paraná, with Incidents of the Paraguayan War and South American Recollections, from 1861-1868 (1868). Ed. Edward Stanford, Londres.
* J. Arthur Montenegro. Hospital Fluctuante, en: Framentos Históricos (Homens e Factos da Guerra do Paraguay) (1900). Typographia da Livraria Rio-Grandense, Río Grande.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870 (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* George Frederick Masterman. Seven Eventful Years in Paraguay (1869). Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres.
* Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación,
- Nro. 1.711: “Nota de los efectos de Botica entregados con venta al Estado” (6 de Junio de 1866).
- Nro. 820. Rafael Ruiz Díaz al ministro de Guerra, Divino Salvador, 15 de Diciembre de 1867.
- Nro. 2.375. Informe de Anselmo Aquino, Encarnación, 11 de Noviembre de 1865.
- Nro. 1.733. Pedro Ferreira al ministro de Guerra, Olimpo, 9 de Abril de 1866.
* Lucilo del Castillo. Enfermedades Reinantes en la Campaña del Paraguay (1870), Buenos Aires, en: Album de la Guerra del Paraguay.

Periódicos:

* The Standard (Buenos Aires), edición del 8 de Junio de 1866.
* El Semanario (Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles), Asunción, edición del 3 de Mayo de 1866. Nota relativa a la entrega de medicamentos.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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