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Un vasto campo de muerte: Tuyutí

Mientras los asistentes limpiaban la sangre y la mugre de los hospitales de campaña, los comandantes aliados y paraguayos evaluaban la situación que tenían frente a ellos. En un sentido, ambos bandos ahora se beneficiaban con una inesperada abundancia de información.

En el momento de la batalla, varios paraguayos de orígenes acomodados -cuyas familias habían perdido el favor de López- aprovecharon la confusión para desertar y cruzar al otro lado, donde reportaron un creciente malestar entre las tropas paraguayas causado por la dieta de hambre. Puesto de manera simple, no había suficiente comida para mantenerlos durante mucho tiempo más.

Mitre y sus asociados, no obstante, ya estaban curados del falso optimismo y no aceptaron estas noticias de buenas a primera. Entendían ahora cuán ferozmente los paraguayos pelearían en su propio suelo. Además, las deserciones en Estero Bellaco no habían ocurrido solamente en un bando. Masterman aseguró que 700 paraguayos que se habían unido a las fuerzas Aliadas después de la capitulación en Uruguayana se pasaron al otro lado apenas vieron su bandera. Esto sugiere un compromiso continuado con la causa nacional; aunque Masterman ofreció un matiz trágico al señalar también que “López pagó su devoción ejecutando a los más respetables entre ellos por no haber retornado antes” (Thomas L. Whigham - George Frederick Masterman, p. 139).

Las sospechas del Mariscal hacia la élite paraguaya quedan claras en esta anécdota. Por más que un conocedor juicioso dudaría de la cifra de 700 desertores, el tono general de la historia es creíble. López cada vez más veía a sus compatriotas de clases más altas como potenciales traidores. Esta percepción lo llevó a ir apartándolos de las posiciones de relevancia en el Ejército.

A medida que las viejas élites caían en la insignificancia, tanto en el frente como en Asunción, el barniz europeo del nacionalismo paraguayo fue decayendo también, dejando en su lugar algo más vernáculo, más rural, más afín al pasado guaraní. Este cambio en el carácter del espíritu nacional fue lento, pero inequívoco.

En cuanto a los desertores recién llegados, el Mariscal se sintió inclinado a creer la información que le traían desde detrás de las líneas enemigas porque ella sólo confirmaba lo que sus espías ya le habían dicho: los Aliados se fortalecían cada vez más. Admitiendo esto, sus hombres se mantuvieron sondeando en busca de fisuras en la moral del enemigo. Hacían que prisioneros llamaran a sus camaradas al anochecer y los invitaran a cruzar las líneas por una buena ración de galleta (Thomas L. Whigham - Archivo del coronel doctor Marcos Paz, tomo 5, pp. 134-137). También continuaron disparando desde lejos a las posiciones aliadas.

Durante las dos semanas siguientes hubo regulares enfrentamientos de pequeña escala entre las unidades del frente. Ninguno de estos encuentros tuvo importancia, sólo se intercambiaron unos pocos tiros (Thomas L. Whigham - La Tribuna). Pero los incidentes mantenían a todos alerta. De noche, los centinelas Aliados oían sospechosos ruidos en la oscuridad frente a ellos y enseguida cundía la excitación. Frecuentemente disparaban contra luces titilantes que probablemente eran de luciérnagas o gases del pantano antes que de paraguayos.

[Los antiguos griegos llamaban a este último fenómeno ignis fatuus (“el fuego de los tontos”), una luz roja o verdosa producida por la combustión espontánea del metano proveniente de las plantas descompuestas de los pantanos. En cuanto a las luciérnagas, Masterman reportó dos variedades diferentes en el sur del Paraguay: un insecto más pequeño que emitía una luz amarilla intermitente y no podía ser visto -salvo sobre suelo mojado- y una variedad más grande que emitía una luz verde constante; también reportó “otro bicho de luz aún más hermoso, la larva de un escarabajo, un gusano desgarbado de día pero, a la noche, un brazalete para Titania, una doble cadena de esmeraldas vivientes con un broche de rubí” (Thomas L. Whigham - George Frederick Masterman, pp. 124-125).

En cualquier caso, el nerviosismo en el bando Aliado era conspicuo. Un oficial brasileño de veintidós años, Joaquim Silveiro de Azevedo Pimentel, recordó cómo se sintió la mañana del 16 de Mayo:

De repente escuchamos gritos de ‘¡larga vida a la República paraguaya y muerte a los negros brasileños!’, mezclados con un creciente, apagado, realmente escalofriante gruñido. Nuestros piqueteros de avanzada, que no estaban dormidos, dispararon varias rondas y el tiroteo continuó como si hubieran sido atacados.
La noche era extremadamente oscura. Nuestras (tropas) se mantuvieron firmes en sus puestos, pese a que se escuchaba un alboroto -algo similar a un trueno- que avanzaba por la superficie y ya se podía escuchar en la retaguardia, aunque al principio apareció en el frente (...).
Los paraguayos (había sido) habían capturado algunos caballos salvajes, les ataron sogas en sus colas, al final de las cuales les adhirieron cuero seco y los lanzaron al galope hacia nosotros (...).
La artillería, la infantería y la caballería, que tuvo que caminar (porque sus monturas habían huido) tomaron sus armas y esperaron hasta el amanecer, preparadas para lo que fuera (...).
Pasamos una noche horrible, el frío de la cual, si hubiéramos tenido un termómetro, habría marcado pocos grados sobre cero. (Mientras tanto) el enemigo permaneció pacíficamente en su campamento” (Thomas L. Whigham - Joaquim Silveiro de Azevedo Pimentel, pp. 14-15).

[Tal como está usado aquí, el término “negro” o “negrinho” en portugués, “kamba” en guaraní, tiene una connotación peyorativa similar a la de “nigger” en inglés. Los paraguayos, cuyo desprecio por los negros brasileños era generalizado, también los llamaban “ka’i”, monos, o “macacos”. El epíteto paraguayo para los argentinos, “kurepi” (piel de chancho), evidentemente proviene de un período posterior; deriva del color blanco de las panzas de los cerdos, que los paraguayos asociaban con el rostro de los argentinos. El término es de uso corriente hasta hoy y por lo general tiene la misma connotación negativa de cuando fue acuñado. “Ka’i” o “kamba”, en cambio, ya no se usan como términos despreciativos hacia los brasileños. // Citado por Thomas L. Whigham].

De hecho, estaban ocurriendo muchas cosas detrás de las líneas paraguayas. López y su personal se mudaban al norte en busca de seguridad en Paso Pucú, donde mantuvo varios batallones de reserva. Este sitio, que serviría como Cuartel operacional por los siguientes dos años, se convirtió en un robustecido puesto de comando, con habitaciones para Madame Lynch y sus hijos, una línea de telescopios, estanterías de libros y mapas y una línea auxiliar de telégrafo que proporcionaba comunicación con Humaitá y Asunción. El mariscal y su familia se podían sentir relativamente seguros aquí del bombardeo de la flota aliada.

Además, Paso Pucú ofrecía una excelente vista del frente, que estaba varios kilómetros al sur. La población civil al sur del río Tebicuary había sido evacuada por órdenes de López en Noviembre de 1865 y ahora la mayor parte de las áreas debajo de Humaitá estaban esencialmente desiertas, a excepción del personal militar (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción).

[De acuerdo con el cónsul francés, el ganado y mucha de la propiedad de las familias desplazadas fueron confiscados por el Ejército, dejando a los antiguos dueños en un estado de “verdadera agonía” (Thomas L. Whigham - Laurent-Cochelet, p. 377). Un pequeño indicio de esta aflicción se vislumbra en la recomendación del vicepresidente Sánchez, de que 89 cabezas -inicialmente destinadas al consumo en Humaitá- fueran enviadas a la estancia estatal en Trinidad para proveer de alimento a los evacuados. Ver: Sánchez al Comandante de Villarrica, Asunción, 29 de Enero de 1866 (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción).

El cuerpo principal del Ejército paraguayo se parapetó unos 8 kilómetros al norte de su muy reducida vanguardia, que todavía mantenía los vados en la parte sur del Bellaco. El mariscal ahora instruyó a sus comandantes para evitar grandes batallas en estos puntos y, en cambio, retirarse cuando los aliados hicieran sus movimientos.

Mitre avanzó a lo largo de la línea esperada el 20 y los paraguayos le dejaron libre el camino, retirándose con buen orden hacia las posiciones preparadas al norte del Bellaco. Los aliados se movilizaron lentamente en tres columnas y pararon a acampar a un costado de un denso bosque de palmas. Flores, quien de nuevo comandaba la vanguardia de Mitre, estableció su campamento en un suelo arenoso debajo del Bellaco. Las principales unidades paraguayas estaban justo frente a él.

El jefe oriental, que había peleado tantas batallas desde los 1850, ahora se encontraba comandando una fuerza que era sólo nominalmente uruguaya. Tenía dos divisiones brasileñas asignadas y un regimiento argentino de caballería. La mayoría de sus tropas veteranas de la Banda Oriental estaba ahora muerta o desaparecida, reemplazada por prisioneros paraguayos y unos pocos aventureros europeos.

[Algunos paraguayos antilopistas habían sido organizados en una pequeña fuerza militar llamada la Legión Paraguaya, que había servido bajo comando argentino desde mediados de 1865. Hemos sido capaces de rastrear su pensamiento político, actitudes y significación militar en forma bastante efectiva en gran medida gracias al trabajo de Gill Aguinaga (Thomas L. Whigham - Juan Bautista Gill Aguinaga). No puede decirse lo mismo de los paraguayos prisioneros que se enrolaron en las filas uruguayas durante la campaña de Corrientes. Sería útil conocer más acerca de estos individuos pero, dado que no tenían antecedentes antilopistas y ahora estaban sirviendo activamente en el Ejército de los adversarios de su país, es quizás comprensible que dejaran muy pocos relatos de sus experiencias. Sólo un autor, Adriano Aguiar, tuvo mucho que decir sobre la presencia paraguaya en las fuerzas orientales y solamente en el marco de un relato novelado del año final de la guerra (Thomas L. Whigham - Adriano Aguiar)].

Flores razonablemente podía enorgullecerse de sus veintiocho cañones brasileños que don Bartolo le había transferido a último momento y que constituían un amplio poder de fuego. Pero su comando ya no representaba a la Nación uruguaya como tal. Los oponentes blancos de Flores habían siempre condenado su apoyo a la Triple Alianza como una iniciativa de inclinación mercenaria, pero hasta ahora él siempre había respondido que la mayor parte de sus leales colorados había nacido en la Banda Oriental y representaba intereses uruguayos.

Ahora, ese útil argumento se había desvanecido. Por mortificante que pudiera ser para sus compatriotas en general, la facción mayoritaria de los colorados había para entonces a regañadientes aceptado que su autoridad en la Banda Oriental dependía del Brasil incluso más de lo que una generación anterior de uruguayos dependió de Gran Bretaña. Esta realidad supuraba como una herida abierta en el cuerpo político en Montevideo, al que Flores, ahora un presidente ausente, tenía que mirar constantemente sobre sus hombros y desconfiar incluso de sus antiguos partidarios en su ciudad capital (Thomas L. Whigham - Washington Lockhart).

Los detalles de la política interna en Uruguay les importaban poco a Mitre y a sus comandantes en esa particular coyuntura; necesitaban prepararse para el próximo enfrentamiento y había mucho por hacer.

El perímetro de la nueva línea aliada se asemejaba a una herradura de caballo que encerraba un área amplia y relativamente seca llamada Tuyutí (arcilla blanca). Las unidades brasileñas del general Osorio, que detentaban el tercio izquierdo del semicírculo, estaban acampadas en un extendido arco desde Potrero Piris, a horcajadas de los batallones de Flores, que una vez más ocupaban el centro.

Los argentinos, bajo los generales Wenceslao Paunero -quien había nacido en Uruguay- Juan Andrés Gelly y Obes, cuyo padre era paraguayo, y Emilio Mitre, el hermano menor del presidente, ocupaban la derecha de una línea que llegaba hasta el Ñeembucú. En su conjunto, el revitalizado Ejército Aliado tenía unos 45.000 hombres, sin contar los varios miles que todavía permanecían en Paso de la Patria y Corrientes.

Tenían 150 cañones, la mayoría estriados, situados a lo largo del perímetro. Para hacer esta línea más fuerte, construyeron dos reductos, uno en el centro y otro en la izquierda. La artillería en el centro estaba comandada por el teniente coronel brasileño Emilio Luiz Mallet, un ingeniero de cabellos negros y ojos de lechuza que había estudiado en Saint-Cyr y cuyas habilidades en planificación quedaban ahora bien demostradas en sus preparaciones a los largo de la línea aliada. Bajo órdenes de Osorio, el coronel mandó construir una profunda zanja, más tarde bautizada Fôsso de Mallet, que proporcionaba protección a sus cañones Lahitte [este fue el mismo oficial cuyas críticas impulsaron al coronel Pecegueiro a solicitar una corte marcial para limpiar su nombre luego de la batalla del 2 de Mayo. Mallet, quien estaba ya en sus sesenta en tiempos de Tuyutí, fue posteriormente ennoblecido con el título de Barón de Itapeví. // Citado por Thomas L. Whigham].

Esta zanja probó ser muy útil los días posteriores. A pesar de las notables defensas de Mallet y más allá de la superioridad numérica aliada, no todo estaba bien en los campamentos brasileños, argentinos y uruguayos. Problemas de suministros todavía obstaculizaban las operaciones, especialmente para la caballería, que seguía seriamente escasa de monturas (Thomas L. Whigham - Archivo del coronel, doctor Marcos Paz, tomo 7, pp. 192-193).

Al mismo tiempo, el terreno presentaba algunos requisitos de seguridad. No ofrecía más de 5 kilómetros de frente para todo el enorme Ejército, con bosques y pantanos a ambos lados y hasta bien entrada la retaguardia. Y nada en los campamentos era confortable. Un soldado brasileño relató:

Nuestro campamento no está totalmente en tierra firme. Se parece mucho a un archipiélago. Para visitar a mis camaradas (...) estoy obligado a desviarme por millas entre los lagos y esteros que nos separan.
Abundan criaturas anfibias. En mi propia carpa ya he tenido que matar cuatro serpientes. Cada mañana me encuentro acompañado por una guardia de quince monstruosos sapos que pasaron tranquilamente la noche en las esquinas de los cueros que me sirven de cama.
Cocodrilos enormes se pasean regularmente de lago en lago todas las noches. En la tienda de un mayor el otro día, mataron a uno de dos metros de largo; y un desafortunado soldado brasileño fue inesperadamente tomado por sus piernas por una de estas horribles criaturas y llevado al lago más cercano” (Thomas L. Whigham - New York Times).

Los soldados también debían temer a los diminutos mosquitos. La malaria de los cenagales ya había golpeado a 3 ó 4.000 hombres y las fiebres de un tipo o de otro amenazaban con sacar de combate a muchos más. Dado el pestilente carácter del terreno, el nerviosismo de los hombres y la necesidad de apoyo naval, todo parecía favorecer un ataque general lo más rápido posible (Thomas L. Whigham - The Times y León de Pallejá, tomo 2, p. 258).

Por su parte, el ejército del Mariscal mantenía una larga línea desde Paso Gómez hasta Paso Rojas, con pocas unidades más pequeñas más al Este. El flanco derecho paraguayo colindaba con un impenetrable carrizal alrededor de Potrero Sauce, un claro natural en el bosque de palmas que los aliados solamente podían alcanzar a través de una estrecha boca que daba al Este, cerca de sus campamentos principales.

El coronel Thompson y otros ingenieros extranjeros habían sellado esta abertura con pequeñas zanjas, desde las cuales columnas enemigas podían ser atacadas de costado a cierta distancia (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 141).

Los paraguayos habían dedicado una quincena a abrir una picada a través de la densa floresta desde Potrero Sauce y Potrero Piris, otro claro en el sur. Talaron cientos de palmas de yataí y varios pesados árboles de madera dura, como el urundey y el lapacho de flores púrpuras. Era una tarea para quebrar espaldas y sólo parcialmente exitosa en la lucha contra las verdes enramadas y enredaderas. Al final, aún en sus trechos más claros, la picada proporcionaba una visibilidad de no más de veinte metros.

El brazo norteño del Bellaco, enfrente de las posiciones paraguayas, tenía más de dos metros de profundidad al oeste de Paso Gómez y superaba el metro de agua al este. Si Mitre atacaba a los paraguayos por el frente, sus Ejércitos tendrían primero que atravesar dos pasos profundos bajo fuego. Si intentaban avanzar por la izquierda paraguaya, probablemente verían cortadas sus comunicaciones. Dentro de todo, los paraguayos gozaban de una fuerte posición natural y los aliados no tenían una forma fácil de rodearla.

López había registrado tanto Asunción como varias aldeas del Interior en busca de suficientes reemplazos para elevar la fuerza de sus tropas a 25.000 efectivos. El coronel Thompson construyó una profunda trinchera encima de Potrero Sauce que unía el monte de palmas por la derecha con los pantanos de la izquierda de Paso Fernández. Acordonó los márgenes externos de estas obras con un arbusto llamado “espina de corona”, que actuaba como alambre de púas (Thomas L. Whigham - Museo Histórico Nacional). La línea de las trincheras de Thompson en Sauce tenía cerca de 1.500 metros de largo y 25 barbetas para artillería (Thomas L. Whigham - Floriano Müller, p. 78).

Y eso no era todo; se construyeron trincheras en otros pasos y la posición paraguaya era muy fuerte. Estaba orientada a esperar el ataque y, cuando los aliados lo comenzaran, lanzar 10.000 hombres a su retaguardia, desde el Potrero Sauce, a través de un camino en la estrecha banda preparado de antemano, dejando solamente unas pocas yardas para limpiar a último momento (...).

Los aliados probablemente estarían alertas frente a la boca natural del potrero y éste habría estado completamente oculto y los paraguayos no percibidos hasta que hubieran incursionado por la retaguardia de los aliados (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 142).

Si López hubiera seguido este plan podría haberle infligido una seria derrota al Ejército Aliado que, con seguridad, habría sufrido fuertes bajas al ser atacada de costado, lo cual reduciría su capacidad de un ataque total contra las posiciones paraguayas.

Para sorpresa de todos, sin embargo, el mariscal cambió de opinión el 23 de Mayo y llamó a todos sus comandantes para anunciar su intención de atacar a la mañana siguiente. Juan Crisóstomo Centurión, quien un día llegaría al rango de Coronel en las filas del mariscal, subsecuentemente consideró esta decisión como el peor error cometido por los paraguayos en toda la guerra. Semejante ataque -afirmó- no tenía sentido militar; sólo fue lanzado por una erupción de intuición o capricho del Mariscal (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, pp. 84-85).

[Centurión, quien recibió la Gran Cruz de la Orden Nacional del Mérito por su contribución a la ejecución del ataque, no duda en llamar “caprichoso” y apuntar directamente al Mariscal].

En Tuyutí, los paraguayos gozaban de todas las ventajas que una defensa pudiera soñar. Estaban atrincherados, su artillería bien ubicada, su infantería lista. El terreno los favorecía mucho más que en Paso de la Patria. Pese a todo, el mariscal abandonó estas excelentes defensas por un asalto frontal dramáticamente riesgoso ¿Por qué?

Hablando del enfrentamiento un año después, López remarcó que tenía buenas razones para anticipar un ataque enemigo alrededor del 25, el día que se produjo la revolución de Mayo y el primer aniversario del tan celebrado asalto de Paunero a la Corrientes ocupada por los paraguayos.

[Los paraguayos habían capturado a un espía brasileño el 23 quien, después de considerables apaleamientos, reveló los planes de un ataque aliado dos días después. Desde la perspectiva de hoy, parece obvio que el hombre inventó la historia para decirle a sus torturadores lo que querían escuchar y poner así fin a sus tormentos (Thomas L. Whigham - Adolfo I. Báez, pp. 55-66)].

El Mariscal razonó que solamente un ataque por sorpresa podría frustrar la ejecución de ese plan (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 142).

También sabía que el Ejército de Pôrto Alegre en las misiones podría pronto bajar por el río y unirse con sus 12.000 hombres a los 45.000 de Mitre. Semejante fuerza, combinada con un asalto naval sobre Curupayty, podría resultar imparable. El mariscal sintió que debía moverse rápido.

La tarde del jueves 23 de Mayo, el presidente paraguayo cabalgó frente a sus batallones de reserva en Paso Pucú para arengarlos. Les recordó a sus hombres que ahora los brasileños habían invadido su país para esclavizar a su pueblo; que ellos, sus leales soldados, podrían en poco tiempo verse ellos mismos en los mercados públicos de esclavos de Río, igual que los desafortunados negros de Africa, y sus esposas e hijas, después de ser ultrajadas por estos “monos despreciables”, los seguirían pronto. Sus tierras, mientras tanto, serían devastadas y sus aldeas incendiadas:

Pero yo sé que mis bravos y queridos paraguayos sufrirán miles de muertes antes de soportar semejante infamia en manos de estos brutos, que son menos que cerdos.
Juro, y ustedes son testigos de mi juramento que, mientras viva, estas bestias nunca alcanzarán sus brutales propósitos. El suelo sagrado de nuestra patria ha estado contaminado por seis semanas por los pies de estos kambá, pero nosotros lavaremos esa desgracia con nuestra propia sangre.
¡Mañana (...) el Ejército entero se lanzará (...) sobre estos cobardes sinvergüenzas y los exterminarán! ¡Nada de misericordia, nada de piedad con ellos! ¡He atraído a estos asquerosos ladrones a este lugar para que ninguno escape de sus vengadoras espadas!
¡Aquí, en los esteros, se pudrirán sus cuerpos y se blanquearán sus huesos al sol! (...) ¡Tuyutí será conocida como su campo de carroña en el futuro!
¡Soldados! (...). Sólo 6.000 paraguayos vencieron a todo el Ejército enemigo el 2 de Mayo (...). Mañana nuestra fuerza entera les propinará un tremendo golpe (...)
“¡Sé que cada uno de ustedes cumplirá su deber! Venzámoslos mañana y, si es necesario, muramos gritando ‘¡Viva la República del Paraguay! ¡Independencia o Muerte!’” (Thomas L. Whigham - Albert Amerlan, pp. 40-41).

Fue ciertamente un encendido discurso, con los ecos intactos de Cicerón. Y tuvo el efecto deseado. Todos los presentes concordaron en que había llegado el momento de destrozar a los aliados de una vez por todas.

Cualesquiera que fuesen los verdaderos contornos de su pensamiento, estaba claro que López se había cansado de las medidas a medias y quería una batalla decisiva. Pasó toda la noche con sus oficiales delineando sus Instrucciones para el próximo enfrentamiento. Había estudiado el terreno y pensaba que entendía las fortalezas y debilidades del enemigo. Hablando como un padre a sus hijos, llamó a sus comandantes uno a uno y les explicó lo que quería que hicieran.

[Era un desafortunado hábito de López comunicarle a cada jefe solamente lo que le concernía a él, de modo que ninguno tuviera la tentación de tomar todo el comando él mismo. De esa forma, sus subordinados frecuentemente no podían entender el objetivo general del mariscal ni trabajar efectivamente como conjunto (Thomas L. Whigham - Albert Amerlan, p. 42).

A la extrema izquierda, a cierta distancia de la fuerza principal, el cuñado del mariscal, el general Vicente Barrios, atacaría con 8.700 hombres en diez batallones de infantería y dos regimientos de caballería desde el Potrero Piris. El coronel Díaz, al mismo tiempo, asaltaría la izquierda del enemigo con 5.030 hombres en cinco batallones de infantería y dos regimientos de caballería.

Sobre el flanco izquierdo de Díaz, el teniente coronel Hilario Marcó debía avanzar contra el centro enemigo con 4.200 hombres en cuatro batallones de infantería y dos regimientos de caballería. El general Resquín, por su parte, haría lo propio sobre la derecha enemiga con 6.300 hombres en dos batallones de infantería y ocho regimientos de caballería. En los papeles, las fuerzas de ataque totalizaban 24.230 hombres, aunque algunos testigos señalaron que probablemente eran varios miles menos.

[Thompson menciona la cifra de 23.000 hombres en la fuerza de ataque paraguaya, pero extrañamente omite mención de la columna de Marcó (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 143). Efraím Cardozo habla de una fuerza de ataque de 18.000 paraguayos, con otros 7.000, más ocho piezas de artillería, en reserva. Desde luego, tanto entre los paraguayos como entre los aliados, batallones con sus componentes completos eran una rareza, un hecho que debería llevar a los estudiosos a ajustar sus cifras del número de tropas hacia abajo. (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 3, p. 301)].

Los ataques comenzarían simultáneamente con la detonación de un cohete Congreve desde Paso Gómez. La sorpresa resultante, fantaseaba el mariscal, quebraría el frente aliado y traería una total confusión a las filas enemigas, que se desbandarían como venados espantados hacia los esteros, donde los paraguayos los recogerían como frutas. Ni Mitre ni los brasileños podrían soportar los costos políticos de semejante derrota y López podría dictar los términos de la paz.

El éxito dependía de Barrios. Sus hombres tenían que deslizarse rápidamente a través de espesas enredaderas y carrizales hasta Potrero Piris y agacharse a esperar la señal. Esto implicaba movilizarse en fila india a lo largo de precarios senderos con los jinetes desmontados y guiando a sus caballos a pie.

El Mariscal ordenó a Díaz avanzar hasta cerca del enemigo sin que éste lo notara. En el momento indicado, el coronel se abalanzaría contra la vanguardia aliada con su usual fevor. Por su parte, Resquín se movería silenciosamente a través de la laguna Rojas por la noche para concentrar sus fuerzas detrás de las palmas de Yataity Corá. Estas unidades también permanecerían escondidas de los piqueteros enemigos hasta oír la señal.

Cuando la batalla comenzara, la caballería de Resquín barrería la retaguardia aliada para unirse con la de Barrios, que avanzaría en dirección opuesta. De esa forma los paraguayos envolverían y, con suerte, destrozarían el Ejército Aliado.

Cuando el Mariscal anunció su plan de batalla, solamente el coronel Franz Wisner von Morgenstern arriesgó una objeción. Este ingeniero y hombre de armas húngaro había sido asesor de la familia López por veinte años y entendía bien tanto sus propias limitaciones políticas como las de la topografía de su país de adopción.

Observó que abandonar las trincheras preparadas para tomar la ofensiva significaba dejar atrás la excelente cobertura de fuego que podía proporcionar Bruguez. El Mariscal admitió el problema, pero trató de tranquilizar a su viejo consejero con el argumento de que una sorpresa generalizada compensaría las desventajas y haría la diferencia a favor de Paraguay (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 3, pp. 298-299).

[Wisner, un excéntrico y consumado sobreviviente que había llegado al Paraguay a principios de la época de Carlos Antonio López, se las arregló para vivir durante el conflicto de la Triple Alianza con relativo confort con sus varios hijos y sirvió a los Gobiernos de postguerra con la misma dedicación que había prodigado al mariscal; durante los 1870 preparó un importante estudio geográfico para funcionarios del Estado junto con un enorme y finamente detallado mapa, cuya única copia hoy decora una de las paredes de la Academia Nacional de la Historia en Asunción (Thomas L. Whigham - Gunther Kahle, volumen 37, pp. 198-246)].

Wisner siguió escéptico, pero reprimió la lengua. Comprendía no sólo cuán audaz era el nuevo plan, sino que dependía demasiado de la buena sincronización, sin la cual la victoria era improbable.

La mañana siguiente, el 24 de Mayo, a medida que el momento de ejecutar el plan se acercaba, los oficiales paraguayos de campo podían sentir que había problemas. Se suponía que el general Barrios ya alcanzaría su posición para las 09:00, pero incluso hombres largamente acostumbrados a marchar descalzos tenían dificultades para atravesar un sendero densamente enmarañado, repleto de arbustos espinosos.

Díaz, Marcó y Resquín ya habían ocupado sus puestos horas antes y estaban impacientemente esperando a Barrios. Algunos hombres -se decía- habían bebido un brebaje de caña y pólvora para acerar su espíritu (Thomas L. Whigham - Le Courrier de la Plata). El periódico atribuyó esta historia a prisioneros paraguayos y el coronel Pallejá la repitió en su Diario, aunque él parece dudar de su veracidad (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, pp. 266). Juan Crisóstomo Centurión censura a Pallejá por corear una falsedad: “No entiendo por qué oficiales tan valientes e ilustrados tienen que andar denigrando a nuestros compatriotas que pelearon para defender su suelo” (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, p. 104).

Aún así, sus bocas no se secaban, sus músculos estaban tensos y podían oír el latido de sus corazones. Una patrulla de asalto del Cuarto de Infantería brasileño juntaba leña cerca del borde del Potrero Piris. Estaba liderada por el teniente Dionísio Cerqueira, el pulcro “Beau Brummell” de Bahía quien, más tarde, escribiría una de las memorias más evocativas del lado aliado.

Esa mañana, que era clara y fresca, tenía sus ojos en el suelo en busca de ramas secas. Su pistola estaba enfundada y ocupaba sus manos en sus labores. Justo después de las 10:00, los hombres más adelantados divisaron cientos de túnicas escarlatas paraguayas moviéndose sigilosamente entre los arbustos.

Aunque los infantes de Cerqueira eran plenamente visibles, las tropas del mariscal no abrieron fuego y comenzaron a ordenarse en unidades. Esto solamente podía significar que una gran batalla estaba en perspectiva.

Impresionado por lo que había visto, uno de los soldados brasileños corrió hasta el teniente, contuvo el aliento y espetó con voz excitada que el monte se había “vuelto rojo de paraguayos” (Thomas L. Whigham - Evangelista de Castro Dionísio Cerqueira, p.183).

Cerqueira y sus hombres retrocedieron hasta las líneas aliadas sin incidentes. Cuando estaba dando su Informe, sin embargo, el cohete de señal resplandeció en el cielo y cayó mansamente entre los soldados del batallón Florida. Los paraguayos inmediatamente surgieron por todos lados, lanzando sus feroces gritos de guerra. Algunos cantaban el Himno Nacional; otros simplemente gritaban consignas en guaraní. Todos estaban listos para lo que tuviera que venir. Sin embargo, Mitre había previamente ordenado un extensivo reconocimiento para la tarde, por lo cual todos sus hombres estaban ya armados (Thomas L. Whigham - Adolfo I. Báez, p. 51).

La sorpresa, por lo tanto, tuvo menos efecto del que López había anticipado. Cuando el cohete tocó el suelo, los cañonazos retumbaron en ambos lados y el enfrentamiento se volvió general. Los Aliados pudieron haber estado relajados el 2 de Mayo, pero en esta ocasión estaban preparados para cualquier cosa que los paraguayos les tiraran encima.

Thompson, quien lo presenció todo, resaltó que durante las siguientes cuatro horas la “mosquetería fue tan bien mantenida que se escuchaba un solo sonido continuo, interrumpido por los cañonazos” (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 144).

En el flanco izquierdo Aliado, los paraguayos empujaron a los brasileños hasta las aguas del Bellaco, donde los hombres de Osório se congregaron y, con impresionante disciplina, se recompusieron y empujaron a los paraguayos de nuevo hasta el Potrero. Al llegar a la línea de palmeras, las tropas del mariscal se reagruparon a su vez y forzaron a los brasileños a retroceder. Esto pasó tres veces.

En medio de la pelea, el general cearense Antônio Sampaio, comandante de la tercera División, envió seis de sus ocho batallones a auxiliar a los acosados uruguayos. Cada hombre llevaba diez cajas de cartuchos y 125 cápsulas y cada batallón fue seguido por varios carros de municiones; esto era más que suficiente para hacer una diferencia crucial (Thomas L. Whigham - John Hoyt Williams, p. 60).

El humo y el fuego que encontraron, sin embargo, golpearon sus sentidos dramáticamente. En pocos minutos sus rostros se cubrieron de hollín, sus oídos zumbaban con sonidos y sus bocas se impregnaron con el sabor amargo de la pólvora. Cada dedo les temblaba. Pronto, no obstante, su disciplina se impuso sobre el miedo y las pérdidas del enemigo comenzaron a sumar. “Nadie podía disimular la carnicería que estaba ocurriendo”. Uno de los que cayeron heridos en el vaivén de la batalla fue el propio Sampaio.

[Sampaio (1810-1866) fue un comandante valiente y confiable, ampliamente admirado (más tarde fue nombrado Patrono de la infantería brasileña). Había sido herido en dos ocasiones previas durante su larga carrera militar y murió a bordo del buque hospital brasileño justo antes de arribar al puerto de Buenos Aires (Thomas L. Whigham - Diário do Rio de Janeiro Paulo de Queiroz Duarte, pp. 288-315).

De acuerdo con una historia, sus tropas empezaron a titubear cuando los equipos médicos evacuaron a su comandante herido en una camilla. En ese momento, sin embargo, el aparentemente indestructible general Osório irrumpió a caballo, tras ordenar a la primera División ir en su rescate. Cuando los soldados negros vacilaron, lanzó su caballo hacia ellos y gesticuló salvajemente -y despectivamente- con su sable. Urgió a la “bahianada” a avanzar, prometiendo a cada hombre tres meses de “soldo e cachaça” (Thomas L. Whigham - José Ignacio Garmendia, p. 204). Esta historia posiblemente es exacta, aunque Garmendia tiende a resaltar los esfuerzos de sus propios camaradas argentinos y subestimar los de sus aliados brasileños (citado por Thomas L. Whigham).

Haya usado o no esas palabras (un buen oficial sabe que puede algunas veces obtener buenos resultados avergonzando a sus hombres), la cuestión es que la primera División entró a la refriega como ordenó Osório y desplegó el fervor esperado. Cuando los brasileños avanzaron, encontraron a la caballería de Barrios todavía golpeando las filas de sus camaradas en retirada, causando gran confusión entre ellos.

Los caballos de los paraguayos tendían a ser petisos y esqueléticos, pero infaliblemente gregarios. Individualmente, normalmente buscarían huir para protegerse en situaciones como éstas, pero en hordas el instinto se apoderaba de ellos y seguían lo que fuera que hiciera el animal que lideraba, incluso, como en este caso, si se lanzaba contra el fuego concentrado de la mosquetería enemiga.

Si los caballos recibían impactos, un sonido sordo señalaba que una bala estaba entrando en su carne. Luego de un respingo, seguían como si la herida no fuera más que un rasguño. Un caballo alcanzado en una pierna, usualmente seguiría adelante en tres. Incluso mortalmente heridos continuaban hasta que la pérdida de sangre los hiciera tropezar, vacilar y caer. En este sentido, los caballos daban tanto de su resolución a la batalla como lo daban los jinetes.

Su coraje, sin embargo, no podía hacer nada para revertir el horror de lo que cada hombre estaba presenciando. Apiñándose, asustados por el ruido, los caballos volaban en pedazos por la artillería y eran heridos por las lanzas de sus propios jinetes confundidos (Thomas L. Whigham - Azevedo Pimentel, pp. 88-89).

Los cañones aliados mantuvieron un fuego sostenido y los paraguayos caían por docenas bajo la metralla. Francisco Seeber, educado en Alemania, que había comenzado la guerra como Teniente Segundo y había sido promovido a Capitán en la Guardia Nacional argentina, observó el júbilo de los cañoneros aliados y la tragedia de los hombres quem mataban:

“Brazos y piernas humanos y cuerpos de caballos volaban por el aire para gran regocijo de los felices tiradores, cuyas bandas militares celebraban sus aciertos con clarinetes, cornetas y tambores.
“Los hombres pueden embriagarse con la muerte y la matanza es un placer que en ciertos momentos se eleva a lo sublime. Estas guerras, que algunos atribuyen al castigo divino (...) no son más que productos de la perversidad humana y la innoble ambición de déspotas” (Thomas L. Whigham - Francisco Seeber, p. 93).

[El mismo Seeber tuvo posteriormente una exitosa carrera como hombre de negocios y sirvió por un año como Intendente de Buenos Aires (1889-1890). Jakob Dick, un cañonero nacido en Alemania que sirvió en las fuerzas brasileñas, señaló con orgullo que los mejores artilleros aliados eran alemanes (veteranos de la campaña contra Rosas) quienes, ese día, “salvaron la causa” (Thomas L. Whigham - Klaus Becker, p. 160). El carácter criminal del furor de la batalla que Seeber describe tan elocuentemente es analizado con gran intensidad por J. Glenn Gray (Thomas L. Whigham - J. Glenn Gray, pp. 102-109)].

Los brasileños, exaltados con el mismo sentimiento de victoria, volvieron a presionar fuerte desde los flancos de su propia artillería. Y la caballería del mariscal cedió [Thomas L. Whigham - Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Arquivo, lata 335, pasta 26 (¿1866?)].

Sobre la centroizquierda y el centro, Díaz y Marcó tuvieron que contender con el general Flores, que tenía veintiocho piezas de artillería contra cuatro de ellos. Cuando los paraguayos atacaron, las tropas aliadas flaquearon y le dejaron largas porciones del terreno a Marcó. Los batallones Independencia y Libertad avanzaron decididamente y algunos soldados brasileños y uruguayos corrieron tanto que llegaron hasta Itapirú, donde su llegada causó gran alarma (Thomas L. Whigham - Juan E. O’Leary, p. 61).

[Como ocurre frecuentemente, los sentimientos de pánico y terror que al historiador le cuesta transmitir son mucho mejor expresados en las palabras del novelista, en este caso del argentino Federico Peltzer, quien captura con maestría la frenética reacción de los soldados aliados (Thomas L. Whigham - Federico Peltzer, pp. 181-190)].

Oficiales aliados hasta en Corrientes pensaron que López estaba a punto de concretar sus amenazas. Los cañoneros de Mallet, sin embargo, pronto se recuperaron de la sorpresa inicial. En el instante en que los paraguayos se pusieron a tiro en campo abierto se encontraron con una barrida feroz de su artillería, que escupió metrallas y bombas de 9 ó 10 libras, con tanta velocidad que los brasileños posteriormente la apodaron “artilharía revólver” (Thomas L. Whigham - Gilbert Phelps, p. 151).

[Los cañones de Mallet eran Lahitte 4 (con diámetro interno de 88 milímetros), que disparaban bombas de 3,7 kilos (las granadas de metralla pesaban 4,4 kilos). A los brasileños les gustaban los cañones Lahitte; doce del modelo 4 fueron importados de Francia en 1860 y diez de España unos años más tarde. Como los franceses tenían seis estrías y los españoles sólo tres, las municiones no eran intercambiables y, por ese motivo, el ministro de Guerra en Río de Janeiro decidió concentrarse en el diseño francés cuando construyó sus propios cañones para el Arsenal Naval (a excepción del Lahitte 6, que no existía en Francia y por lo tanto fue enteramente diseñado en Brasil). (Comunicación personal con Reginaldo J. da Silva Bacchi, São Paulo, 23 de Octubre de 2005. // Citado por Thomas L. Whigham)].

En cuanto a los cañones de Díaz, resultaron prácticamente inútiles contra el bien defendido Fôsso de Mallet. A lo largo de toda la batalla, los Aliados gozaron de una clara ventaja no solamente en números, sino también en la preeminencia de sus armas pesadas. Los paraguayos no hicieron uso de su propia reserva de artillería, ya que Bruguez estaba demasiado lejos como para proporcionar apoyo.

Los aliados también contaban con la eficiencia de sus armas pequeñas, que incluían rifles Minie, que podían ser disparados tres veces por minuto con buena precisión. Los pocos rifles modernos que habían poseido los paraguayos se perdieron en Estero Bellaco y los mosquetes que restaban eran casi todos a chispa.

Como si fuera poco, el coronel Díaz tenía que enfrentar todavía otro gran obstáculo; para alcanzar a los Aliados, sus hombres debían cruzar un profundo vado, sosteniendo sus mosquetes encima de sus cabezas, lo que los convertía en blanco fácil. Pronto la ciénaga se atoró de cadáveres y, para avanzar, los paraguayos tenían que pisar los cuerpos semihundidos de sus camaradas.

Esto causó tanta impresión y temor al Batallón 25, compuesto principalmente por nuevos reclutas del Interior, que sus hombres “se apilaban unos con otros como un rebaño de ovejas (y) eran fácilmente abatidos” (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 144).

Sobre la derecha aliada, la caballería del general Resquín se comportó bien en su primera embestida, imponiéndose sobre la misma caballería correntina que había alguna vez combatido del otro lado del Paraná. Los generales Nicanor Cáceres y Manuel Hornos, que comandaban estas unidades aliadas, no pudieron hacer que sus hombres se lanzaran contra el regimiento “cola de mono” Akã Karaja que se les vino encima.

Las tropas de Resquín llegaron hasta la artillería, perdiendo alrededor de la mitad de su número en el proceso. Confiscaron veinte cañones y comenzaban a remolcarlos hacia sus líneas cuando reservas de la caballería argentina aparecieron de la nada y los recuperaron. Al mismo tiempo, nuevas unidades de artillería aliada hicieron llover fuego sobre el sitio y mataron a casi tantos paraguayos como argentinos.

[Las bajas por “fuego amigo” fueron comunes a lo largo de la Guerra del Paraguay; este caso fue inusual, sin embargo, en el sentido de que el coronel Palleja admitió que los cañones del batallón Florida cometieron una falta grave al matar a muchos de sus aliados argentinos (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, p. 268). El general Paunero, otra víctima del mismo bombardeo, perdió parte de su oreja derecha (Thomas L. Whigham - La Tribuna)].

Los contingentes avanzados de la caballería de Resquín fueron aniquilados. Ningún hombre se salvó. Sus infantes, armados con machetes, cargaron desde la retaguardia en ese momento, determinados a ayudar a sus camaradas. No lo consiguieron; compartieron el mismo macabro destino en la lucha desigual contra la artillería enemiga.

[El pintor argentino Cándido López registró el hecho de que estas tropas paraguayas no llevaban armas excepto “pesados machetes, tan nuevos que todavía tenían la etiqueta (de papel) verde que identificaba su procedencia inglesa” (Thomas L. Whigham - Franco María Ricci, p. 142)].

Las unidades de caballería paraguaya de reserva bordearon la derecha aliada y el bosque de palmeras. Esperaban juntarse con Barrios detrás del enemigo como se había planeado originalmente, pero era demasiado tarde. El general Osório, que parecía estar en todos lados, ya había captado el peligro detrás de él y maniobró para juntar doce regimientos de jinetes a pie con la mayor parte de su artillería no ocupada.

Esta fuerza había disparado a la caballería de Barrios cuando emergió de los matorrales. Casi nadie sobrevivió al bombardeo. Inspeccionando su trabajo media hora después, los brasileños encontraron -y liquidaron- a un sargento paraguayo horriblemente herido que se estaba comiendo el pabellón de su regimiento para que no cayera en manos enemigas (Thomas L. Whigham - La Nación Argentina).

[El ayudante de campo del general Osório más tarde envió lo que quedaba de esta bandera como trofeo al almirante Tamandaré, quien respondió ofreciendo un elocuente tributo a la devoción del soldado paraguayo por su país (Thomas L. Whigham - El Siglo)].

Sólo una parte del Regimiento 17 de Resquín, comandado por el mayor Antonio Olabarrieta, se las arregló para atravesar la línea argentina en ese punto y cabalgar por la retaguardia aliada. Cuando se aproximó al punto designado para unirse con Barrios, se encontró aislado, ya que el General hacía rato que se había retirado ante los cañones enemigos.

En ausencia de todo apoyo, Olabarrieta retornó y se abrió camino peleando con la infantería brasileña hasta que pudo ponerse a salvo en Potrero Sauce. Llegó casi solo y malherido.

La lucha amainó justo antes de las 16:00, cuando lo que quedaba del Ejército paraguayo se retiró en confusión a través de los vados del norte del Bellaco hasta sus líneas fortificadas. Mientras sonaban las últimas descargas, Díaz ordenó a la diezmada Banda Pa’i tocar sus cornetas estridentemente para hacer creer a los aliados que un número superior de tropas todavía los esperaba en las cercanías.

[Los paraguayos siguieron tocando su música alto y fuerte por varios días para esconder su crítica situación. Cerqueira, por lo menos, efectivamente creyó que esto significaba que el enemigo había recibido refuerzos y estaban tan entusiasmados y listos para pelear de nuevo que algunos de sus soldados ya estaban “saliendo de sus trincheras para tomar posiciones de tiro contra nuestras [unidades] de avanzada” (Thomas L. Whigham - Evangelista de Castro Dionísio Cerqueira, p. 163)].

La verdad, sin embargo, era que los paraguayos habían sido completamente vapuleados.

BIBLIOGRAFIA

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- Sección Histórica, 334, Nro. 1. Decreto del vicepresidente Sánchez sobre la evacuación de todos los civiles de los distritos del sur, Asunción, 23 de Noviembre de 1865.
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* Gilbert Phelps. The Tragedy of Paraguay (1975), Londres.
* Franco María Ricci. Cándido López (Imágenes de la Guerra del Paraguay) (1894), Milán.Ver: notas de López del 24 de Mayo de 1866.

Periódicos:

* La Tribuna (Buenos Aires), edición del 15 de Mayo de 1866.
* New York Times (Nueva York), edición del 29 de Junio de 1866.
* The Times (Londres), edición del 30 de Junio de 1866.
* Le Courrier de la Plata (Buenos Aires), edición del 29 de Mayo de 1866.
* Diário do Rio de Janeiro, edición 21 de Julio de 1866. Elogios a Sampaio, especialmente los comentarios de Rufino Elizalde.
* La Tribuna (Montevideo), edición del 31 de Mayo de 1866.
* La Nación Argentina (Buenos Aires), edición del 12 de Junio de 1866.
* El Siglo (Montevideo), edición del 24 de Junio de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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