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El después de la carnicería de Tuyutí

A excepción del Mariscal, todos coincidían en que aquél había sido un día terrible para el Ejército paraguayo. Habían perdido 4 piezas de artillería, 500 mosquetes, 700 espadas y sables, 200 machetes, 400 lanzas, 50.000 balas, 12 tambores, 15 cornetas y ocho banderas de batalla y banderolas de regimientos (Citado por Thomas L. Whigham - Adolfo I. Báez, p. 99).

Los Informes iniciales fijaron el número de paraguayos muertos en 4.200 pero, al final, cerca de 6.000 fueron encontrados entre los arbustos y esteros (Thomas L. Whigham - Archivo del coronel, doctor Marcos Paz, 7: 198).

Otros 350, todos ellos heridos, fueron tomados prisioneros por los aliados. El número de soldados paraguayos que llegó al hospital de Humaitá y otros puntos más al norte se acercó a 7.000. Aquéllos con heridas menores no recibieron permiso de unírseles y tuvieron que reasumir inmediatamente sus posiciones dentro de las trincheras a lo largo del brazo norte del Bellaco. La escasez de medicinas y las condiciones insalubres y desordenadas de ese lugar hicieron inevitable que muchos de ellos sucumbieran luego de septicemia.

Dada la escala de la carnicería, era extraño que el mariscal hubiera perdido solamente un oficial de campo, un mayor tan gordo y entrado en años que apenas podía cumplir la tarea de pasar lista. Todos los oficiales de menor rango que participaron en la acción en Tuyutí, sin embargo, habían recibido impactos y varios tenían heridas de gravedad.

[El coronel Thompson no pudo resistir un toque de escarnio cuando se refirió a las pérdidas: “Al mayor Yegros (quien había estado en prisión y engrillado desde que López II fue elegido presidente (en 1862), el mayor Rojas y el capitán Corvalán -todos ellos ex edecanes de López y en quienes él anteriormente tenía gran confianza- se les sacaron los grillos (nadie sabía por qué se los habían puesto) y fueron enviados a pelear, degradados a sargentos. Fueron muertos en la batalla o mortalmente heridos. José Martínez (que había sido uno de los favoritos de López), Capitán después del 2 de Mayo, donde fue herido (en la batalla de Estero Bellaco) y ahora hecho Mayor justo antes de morir (...). Muchos comerciantes de Asunción, que acababan de ser reclutados para el Ejército, también murieron” (Thomas L. Whigham - George Thompson, pp.145-146)].

En consecuencia, la cohesión se desvaneció. El Batallón 40 de Díaz, por ejemplo, sufrió una pérdida del 80 por ciento de sus hombres y el admirado Batallón Nambi’i, compuesto casi exclusivamente por negros paraguayos, fue prácticamente aniquilado por completo. Muchas de las otras unidades corrieron la misma suerte.

La masacre provocada por los cañones aliados dejó una espeluznante impresión y León de Palleja no fue el único en el bando aliado en sentir compasión por el calvario del enemigo:

... Esta raza pura y viril (...) ha sido fortalecida por su miseria, desnudez y privación; (estas maldiciones) han hecho al soldado paraguayo duro, valiente y fatalista, (un hombre) de primera (para la guerra).
Veo con gran pena el exterminio que estos paraguayos han sufrido en tantas repetidas y desgraciadas batallas el último año y me pregunto: ¿por qué? Debido a un hombre. ¡Y en pleno siglo diecinueve! El soldado paraguayo merece un mejor destino” (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, pp. 266-267 y La Tribuna).

Dejando de lado estas muestras de simpatía por parte de testigos aliados, la obstinación paraguaya también tenía mucho de desconcertante. Después de todo, las bajas entre los hombres de López fueron repulsivamente altas a causa de su determinación de no rendirse ni desviarse de sus órdenes.

[Los relatos aliados del sacrificio paraguayo en Tuyutí y otros sitios siempre fueron de tono conmovedor. Invariablemente acentuaban el coraje, no la terquedad, de la conducta paraguaya (Thomas L. Whigham - Jornal do CommercioEl Siglo)].

En ausencia de instrucciones flexibles (o de oficiales de campo dispuestos a actuar por su propia iniciativa), la valentía paraguaya nunca generó más que logros limitados. No se podía enfocar en un objetivo estratégico, ya que cada vez que un oficial caía, sus hombres avanzaban ciegamente al frente. Los paraguayos podían lograr alguna victoria momentánea en el proceso, pero vencer a los Aliados requería más que obstinación.

Los paraguayos habían sido siempre implacablemente -y peligrosamente- renuentes a aceptar una derrota. Esta intransigencia, aunque encomiable en algunos sentidos, consistentemente causaba una respuesta inmisericorde de parte de los Aliados, especialmente de los praças brasileños, quienes preferían asegurar su propia seguridad y no correr riesgos.

El ministro Washburn de los Estados Unidos, quien estaba en Corrientes, lo dijo de esta forma:

... la gran desproporción de muertos y heridos entre los paraguayos ha causado un buen cúmulo de comentarios y tal parece que los brasileños, para disgusto de los Aliados, no se inclinaron por tomar prisioneros, sino más bien tendieron a matar a los heridos y los que desertaban a su bando.
Se dice falsamente que esta práctica fue forzada por el carácter traicionero de los paraguayos, que tenían como truco avanzar con las culatas de sus mosquetes en alto gritando que eran desertores (“pasados”) hasta estar lo suficientemente cerca y todos estar seguros, cuando ellos repentinamente ponían sus armas al hombro y disparaban y se retiraban instantáneamente en medio de la sorpresa y confusión que su traición había causado.
Tales trucos no pueden repetirse exitosamente más de una vez o dos y la consecuencia es que cuando cualquier número de paraguayos son encontrados, aunque hagan la señal de rendición, son fusilados desconfiadamente y sin piedad” (Thomas L. Whigham - National Archives Records Administration, M-128, Nro. 2).

Las pérdidas del lado aliado probablemente sumaron menos de 1.000 muertos y 3.000 heridos, la gran mayoría de ambos, brasileños.

[Thompson registró 8.000 bajas del lado aliado, una cifra improbable (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 146). Chris Leuchars, reflejando un testimonio anterior de Mitre y los análisis más refinados de Garmendia, establece la cifra total de muertos y heridos aliados en poco menos de 4.000 (Thomas L. Whigham - Christopher Leuchars, p. 124). Todos estos autores admitirían sin reparos la dificultad de determinar el verdadero número de bajas en esta batalla, que fue sin duda la más sangrienta de la historia de Sudamérica].

El capitán Seeber especuló con que los paraguayos preferían concentrar sus ataques contra los brasileños antes que contra los argentinos u orientales (Thomas L. Whigham - Francisco Seeber, pp. 86-87).

Esto podría haber reflejado los propios odios del Mariscal o quizás un antiguo prejuicio paraguayo contra quienes por dos centurias habían armado a los indios guaycurúes del Chaco y alentado sus incursiones sobre los asentamientos del país. Que fuera militarmente saludable para el Ejército de López focalizar sus esfuerzos contra los brasileños, era otra cuestión.

Ciertamente, los paraguayos se toparon entre sus oponentes preferidos con algunos formidables luchadores. No fueron solamente Osório y Sampaio los que desplegaron una sólida resistencia en Tuyutí, fue todo el Ejército brasileño.

Las cosas estaban destinadas a empeorar. Las pérdidas del Paraguay en esta batalla tuvieron un efecto tanto cuantitativo como cualitativo en la guerra y no uno que los aliados hubieran anticipado. Como hemos visto, el mariscal despreciaba a muchos miembros de su propia clase de élite y no vacilaba en asignarles tareas peligrosas en el frente. En esta ocasión, su número cayó tan dramáticamente que Masterman sintió que había justificación para afirmar que Tuyutí había “aniquilado a la raza hispánica en Paraguay; en las filas del frente había hombres de todas las mejores familias del país, y casi todos murieron; cientos de familias, especialmente en la capital, se quedaron sin maridos, padres, hijos o hermanos” (Thomas L. Whigham - George Frederick Masterman, p. 137 y El Pueblo, Organo del Partido Liberal).

En el autoritario Paraguay, la muerte de tantos ciudadanos educados y bien posicionados en una caída en picada implicaba una herida enorme. En otros países, tal tragedia con seguridad habría puesto fin a la guerra; aquí, sin embargo, simplemente aseguró la continuación de la sangría.

Aquellos hombres que podrían haber visto la lucha contra la Triple Alianza como un conflicto sin esperanza y quienes podrían haberse resistido a seguir el curso trazado por el mariscal como equivalente a un suicidio nacional, ahora yacían muertos en el campo de batalla.

Los equipos médicos en ambos bandos estuvieron excepcionalmente ocupados los días siguientes, mucho más que después de Estero Bellaco. La falta de drogas y vendajes complicaba sus esfuerzos más que nunca, mientras el tremendo número de soldados heridos sobrepasaba hasta la capacidad del más enérgico profesional.

El doctor Manoel Feliciano Pereira de Carvalho, jefe del hospital de campaña en Paso de la Patria, elogió el trabajo de las ambulancias móviles y relató lo que sus hombres habían tenido que sobrellevar:

Los heridos (que yo traté) incluyeron a un brigadier, un teniente coronel, cuatro mayores, siete capitanes, catorce tenientes, veintiún subtenientes, un cadete y 215 soldados, para un total de 261.
Dirigí seis amputaciones de brazos y piernas (cuatro de las cuales fueron de oficiales) (...) También arreglé muchas fracturas, extraje balas y cautericé heridas.
“El doctor Julio Cesar da Silva (dirigió) otras cuatro amputaciones y los médicos estuvieron igualmente ocupados con las extracciones de balas, la limpieza de las heridas, el arreglo de dedos desarticulados, etc.” (Thomas L. Whigham - Jornal do Commercio).

El hospital de campaña del doctor Carvalho era sólo uno de los que en el bando aliado operaban hasta altas horas de la noche o hasta el día siguiente. [Un interesante relato de un hospital de campaña argentino, el 24 y 25 de Mayo, puede buscarse en José Juan Biedma. Por un pan de jabón, en el Album de la Guerra del Paraguay”, tomo I, pp. 69-72. // Citado por Thomas L. Whigham].

Algunos de los heridos eran llevados a bordo de transportes aliados, donde eran atendidos antes de ser evacuados a Corrientes. El corresponsal de The Standard, de Buenos Aires, reportó desde el transporte brasileño “Presidente” cuando se recibieron a heridos la noche del 25:

... trescientos lisiados se embarcaron, una larga proporción de los cuales eran oficiales. Las cabinas, salas, mesas, pisos y cubiertas estaban abarrotados de ellos, algunos seguían en las literas en las que los habían traído.
Una noche de sufrimiento siguió, no fácil de olvidar para aquéllos que la vivieron. Gemidos, no fuertes, pero profundos, se escuchaban por todos lados, como sonidos de las heridas causadas por todo tipo de lanzas, bayonetas, sables y balas.
Todo estaba manchado de sangre; pequeños charcos de ella se veían en muchos sitios provenientes de los profundos cortes (...). Afortunadamente para muchos de los afligidos, había un cirujano a bordo (Domingo Soares Pinto) bien calificado para la tarea que tenía que llevar a cabo.
Perseveró operando hasta la siguiente mañana, cuando desistió de puro agotamiento. (El capitán del barco) hizo todo lo que pudo para aliviar las aflicciones de los pasajeros. El mismo un inválido (como la mayoría de la tripulación), era -pese a ello- visto con sus colaboradores limpiando con agua tibia y cortando la ropa saturada que estaba dura y pegada con sangre coagulada a los miembros heridos y proporcionando sus propias camisas para reemplazar las que de esa forma se reducían a jirones” (Thomas L. Whigham - The Standard).

[En el mismo reporte se encuentra una curiosa historia de tres mujeres macateras llevadas a bordo del “Presidente” al mismo tiempo: “dos del trío estaban heridas; una no muy severamente como para evitar que usara su maliciosa lengua. Era una “china” correntina. La otra socia, una cordobesa, una mujer blanca, estaba desesperada de dolor. Su mano derecha había sido atravesada por una lanza, su brazo izquierdo estaba roto a la altura del codo por una bala y tenía otras cinco heridas graves en la cabeza y el cuerpo (...).
El cirujano a primera vista catalogó su caso como insalvable. Todavía tenía conciencia e imploraba a la Madre de la Misericordia mostrar piedad por sus sufrimientos.
Mientras esto ocurría, la correntina (...) comenzó a remedar el acento (cordobés) de la otra que probablemente había sido su rival (...) (Hasta que recibió la advertencia) de callarse (...) o sería echada por la borda”. // Citado por Thomas L. Whigham].

Con los heridos siempre existía al menos una luz de esperanza en los procedimientos. Enterrar a los muertos, una tarea de por sí lúgubre e ingrata bajo condiciones normales, en Tuyutí, por la enorme escala del trabajo, era repugnante en el más alto grado. Los cuerpos hinchados de hombres y caballos flotaban en los esteros, se mezclaban con las ramas y los troncos que habían sido destrozados con el fuego de los cañones.

Buitres volaban desde el Chaco por cientos y picoteaban los cadáveres con estrepitosa fruición, gritándose unos a otros y saltando entre los uniformes y los quepis deshechos, los mosquetes y lanzas quebrados.

Dado el inexorable proceso de putrefacción y las enfermedades que lo acompañaban, los equipos de sepultureros no podían perder tiempo. Los cuerpos se descomponían tan rápidamente que, cuando eran levantados, frecuentemente se desmembraban o quebraban, expidiendo una pestilencia nauseabunda que hacía vomitar incontrolablemente a los hombres.

La humedad del suelo hacía imposible enterrar a los cadáveres donde yacían, por lo que tenían que moverlos o cremarlos, una tarea que llevó varios días. Los aliados apilaban a los muertos con leña en montañas de cincuenta o más y les prendían fuego durante o al entrar la noche.

Un hombre notó que los muertos aliados se quemaban con facilidad, mientras que los paraguayos, que ya no tenían grasa en sus cuerpos, no se inflamaban a menos que fueran rociados con combustible (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 149).

[Manuel Biedma, el oficial argentino que dirigió el operativo con los cadáveres, notó con asombro que el fuego no lograba consumir los cuerpos de los paraguayos, que se quedaban secos como momias egipcias: “¡Los paraguayos nunca se rinden, ni siquiera entre las llamas!”, exclamó (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 3, p. 312)].

Cartuchos que no habían sido usados explotaban en estas pilas, lanzando pedazos de carne en todas las direcciones, que salpicaban a los hombres que llevaban a cabo las cremaciones. Algunos de los cuerpos se retorcían con el fuego como si aún estuvieran vivos. Y en los días siguientes, el aire hedía con una putrescencia que no se podía aislar de la comida y el agua.

Todos concuerdan en que Tuyutí fue una batalla trascendente y que los soldados en ambos bandos habían mostrado un enorme coraje. En términos del gran número de involucrados, fue la mayor batalla jamás librada en América del Sur. Pero, ¿debió haberse peleado?

Las defensas del Mariscal al norte del Bellaco estaban bien establecidas y él, apropiadamente, esperaba un ataque aliado por ese sector. ¿Por qué no esperar el ataque de Mitre y confiar en sus ya preparadas defensas, el temple de sus soldados y, sobre todo, las ventajas que le proporcionaba el terreno?

La respuesta no es tan fácil como parece. Al adelantarse con su propio ataque, López estaba respondiendo a varios hechos incontrastables. El Ejército paraguayo era ciertamente inferior al Ejército Aliado en número y armamento, pero el mariscal no veía razones para conceder la iniciativa a los aliados si ello implicaba esperar días, semanas, incluso meses mientras el enemigo consolidaba una fortaleza aún mayor. Si las tropas de Pôrto Alegre tenían tiempo de llegar desde las misiones, peor aún, ya que los paraguayos no tenían posibilidades de contrarrestar una fuerza de esa envergadura.

Asimismo, una clara debilidad aliada en Tuyutí era la imposibilidad de utilizar su flota, que estaba muy fuera de rango como para ayudar. Si la flota no actuaba en Tuyutí, una vez que el río creciera, Tamandaré podría en cambio bombardear Curuzú y Curupayty como preludio de un ataque a Humaitá. Los paraguayos habrían sido flanqueados y no habrían podido recuperarse. El ataque de López debe ser visto en este contexto.

No obstante, habiendo decidido tomar la iniciativa, los paraguayos necesitaban un plan realizable. Con toda seguridad, el mariscal no pretendía un ataque suicida pero, pese a ello, el que ideó era profundamente defectuoso. Suponía asaltos simultáneos sobre todas las posiciones aliadas sin fuego de cobertura por parte de Bruguez.

Requería una sincronización muy exacta, que dependía fuertemente del general Barrios, quien en la práctica tuvo pocas posibilidades de alcanzar Potrero Piris a tiempo (en este sentido, el mariscal le había encomendado una tarea prácticamente imposible). Además, la idea de rodear ambos flancos del Ejército Aliado mientras se quebraba el centro no contemplaba la artillería enemiga.

Si López, en cambio, hubiera pensado traer sus propios cañones y concentrar una fuerza superior contra la mal defendida derecha aliada, es dudoso que los argentinos (quienes tenían pocos cañones y ningún Fôsso de Mallet) hubieran podido evitar la destrucción de la mayor parte de su Ejército. [El capitán Seeber consideró que el no haber focalizado su ataque sobre los argentinos fue el error clave del Mariscal ese día (Thomas L. Whigham - Francisco Seeber, pp. 86-87)].

Los paraguayos, de ese modo, habrían flanqueado a los brasileños, quienes habrían tenido que retroceder a través del sur del Estero Bellaco para reagruparse en Paso de la Patria. Esto habría demorado, aunque probablemente no alterado radicalmente, el curso de la campaña.

Así como ocurrieron los hechos, los Aliados ganaron un completo dominio del campo y tenían buenas razones para celebrar su victoria. El Ejército paraguayo estaba aplastado, más allá de una fácil recuperación.

Cuando se aplacaban los gritos en los arbustos y los yataí y se desangraba hasta la muerte el último de los heridos de López, los soldados aliados se pudieron permitir una onza de duramente ganado optimismo. Seguramente Humaitá caería pronto y las fuerzas se movilizarían río arriba hacia la victoria final en Asunción.

Muchos sintieron lo mismo dentro de las trincheras paraguayas. Incluso aquéllos que habían escapado ilesos de la batalla comenzaron a desesperarse. El coronel Díaz, con lágrimas en los ojos, se mordía los labios al reportarle al Mariscal que no había podido alcanzar el objetivo (Thomas L. Whigham - Silvestre Aveiro, p. 42).

Pero cumpliste tu deber”, le respondió López, “y garantizaste el retorno a salvo de Barrios, quien habría sido interceptado de otro modo; has mostrado una energía jamás vista y reorganizaste tus fuerzas tres veces bajo el perverso fuego enemigo” (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, p. 94).

Al día siguiente, Díaz fue promovido a General, junto con Bruguez, cuya artillería prácticamente no había jugado papel alguno en la batalla. La liberalidad del mariscal en esta ocasión contrastaba con su usual impaciencia y furia. Ni siquiera se molestó en reprender a los oficiales que habían hecho un trabajo menos que excelente. Barrios, por ejemplo, había fracasado en su tarea de iniciar su ataque en el momento correcto y Resquín había retornado a su punto de partida antes de completar la maniobra asignada.

[Algún tiempo después, López le dijo a Resquín que se merecía haber sido fusilado por su pobre desempeño en Tuyutí, pero se salvó por el hecho de que el Mariscal habría tenido entonces que fusilar también a su cuñado Barrios, quien había mostrado una ineptitud similar (Thomas L. Whigham - José Ignacio Garmendia, p. 22). En sus memorias, como es de esperarse, Resquín omite referencias a esta reprimenda y en cambio resalta que luego de la batalla, el Mariscal le concedió una medalla por su valor, la Estrella de Comendador de la Orden Nacional del Mérito (Thomas L. Whigham - Francisco I. Resquín, p. 46)].

Solamente Marcó recibió algún reproche de López, una sonrisa burlona por la supuesta falta de fortaleza del coronel por haber abandonado el campo luego de recibir una herida intrascendente (tenía, de hecho, los huesos de su mano izquierda pulverizados por una bala) (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, p. 95).

Quizás el Mariscal no comprendió la magnitud de su derrota, pese a la evidencia que podía recabar con sus propios ojos y por lo que sus oficiales le decían. Quizás no podía aceptar sus implicancias, aun cuando las comprendiera bien. En cualquier caso, él mismo dictó el Informe al corresponsal de El Semanario, que retrató Tuyutí como una tremenda victoria paraguaya (Thomas L. Whigham - El Semanario).

[Natalicio Talavera, el corresponsal de guerra paraguayo que tomó nota del dictado de este reporte, era un honesto observador que habrá hecho una mueca de desagrado cuando escribió que el enemigo “había sido completamente destruido (...) (y ahora) sólo falta un empuje final -solo uno- para que los invasores sean expulsados de nuestra tierra” (Thomas L. Whigham - El Semanario). Francisco Doratioto ha mostrado que esta descripción de la supuesta victoria paraguaya recogió elogios hasta bien lejos, como en Gualeguaychú, en Entre Ríos, donde las simpatías antibrasileñas se mantenían fuertes un año después de la firma del Tratado de la Alianza (Thomas L. Whigham - Francisco Doratioto, p. 224).

¿Por qué López parecía tan complaciente y calmado frente a un desastre que le costó 13.000 bajas?

Para entender su reacción, puede ser útil recordar un comentario al paso que le hizo al coronel Wisner mientras arreciaba la batalla. A media tarde, mientras los dos hombres inspeccionaban un batallón de soldados que retornaron heridos del campo, el mariscal se dirigió al húngaro y le preguntó:

- “Muy bien, ¿qué piensa?
- “Señor -respondió Wisner- es la más grande batalla jamás peleada en Sudamérica”.

Visiblemente complacido con la apreciación, López asintió enfáticamente en señal de conformidad y, antes de espolear su caballo para irse, le dijo:

- “Pienso lo mismo que usted” (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, tomo 2, p. 98).

Al parecer, se sentía halagado de ser el autor de tanta gloria y derramamiento de sangre.

[El cónsul francés Emile Laurent-Cochelet -entonces en Asunción- contó que en la capital paraguaya el Gobierno representó el desastre de Tuyutí como una brillante victoria, aunque su propio testimonio sugiere que pocos realmente creyeron tal interpretación (Thomas L. Whigham - Luc Capdevila, p. 380). La reacción del Mariscal ante el comentario de Wisner, trae a la mente la triste observación del anarquista francés Laurent Tailhade (1854-1919) quien, en ocasión de un sacrificio similarmente inútil remarcó: “Qu’important quelques vagues humanités si la geste est beau?” (“¿Qué importan unas cuantas vagas humanidades si la gesta es buena?”). // Citado por Thomas L. Whigham].

BIBLIOGRAFIA

* Adolfo I. Báez. Tuyuty (1929). Talleres Gráficos Ferrari Hnos., Buenos Aires.
* Archivo del coronel, doctor Marcos Paz - Bartolomé Mitre a Marcos Paz, Tuyutí, 24 de Mayo de 1866.
* George Thompson. The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War (1869). Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.
* León de Pallejá. Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay (1960), (dos volúmenes), Montevideo.
* National Archives Records Administration, Washington, D.C. - Washburn a Seward, Corrientes, 8 de Junio de 1866.
* Christopher Leuchars. To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance (2002). Greenwood Press, Westport, Connecticut.
* Francisco Seeber. Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866 (1907). Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires.
* George Frederick Masterman. Seven Eventful Years in Paraguay (1869). Ed. S. Low, Son and Marston, Londres.
* José Juan Biedma. Por un pan de jabón, en el Album de la Guerra del Paraguay.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870) (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* Silvestre Aveiro. Memorias Militares. 1864-1870 (1989). Ediciones Comuneros, Asunción.
* Juan Crisóstomo Centurión. Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay (1987), (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción.
* José Ignacio Garmendia. Campaña de Humaytá (1901). Ed. Peuser, Buenos Aires.
* Francisco I. Resquín. La Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza (1996), Asunción.
* Francisco Doratioto. Maldita Guerra (Nova história da Guerra do Paraguai) (2002). Companhia das Letras, São Paulo - Ver: Evaristo Díez, vicecónsul de España, al ministro de Relaciones Exteriores español, Gualeguaychú, 24 de Junio y 24 de Julio de 1866.
* Luc Capdevila. Variations sur le pays des femmes. Echos d’une guerre américaine (Paraguay. 1864-1870 / Temps présent) (2006), Rennes - Ver su “Exercise de 5 Juillet 1866” (Asunción).

Periódicos:

* La Tribuna (Montevideo), edición del 2 de Junio de 1866 - Jacobo Varela a sus hermanos, Tuyutí, 24 de Mayo de 1866, 10 pm.
* Jornal do Commercio (Río de Janeiro), ediciones,
- del 20 de Junio de 1866 - Informe Oficial del Mariscal de Campo Osório, Tuyutí, 27 de Mayo de 1866.
- 15 de Julio de 1866 - Dr. Manoel Feliciano Pereira de Carvalho a Barón de Herval, 27 de Mayo de 1866.
* El Siglo (Montevideo), edición del 31 de Mayo de 1866 -ver: “Partes Oficiales”.
* El Pueblo, Organo del Partido Liberal (Asunción), edición del 4-5 de Junio de 1895 - ver: “Más sobre el Combate del 24 de Mayo”.
* The Standard (Buenos Aires), edición del 8 de Junio de 1866.
* El Semanario (Asunción), edición del 26 de Mayo de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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