El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

A través de los pantanos

Todo indicaba que la gran victoria de los Aliados en Tuyutí proporcionaría a sus Ejércitos el ímpetu que necesitaban para eliminar a López. Aunque las tropas de Mitre habían sufrido sustanciales pérdidas en hombres y material, el presidente podía reponerlos fácilmente, algo que los paraguayos encontraban cada vez más difícil.

Los Aliados también gozaban de un momento de apogeo que podría generar más éxitos en el campo de batalla. Su Armada, todavía fresca y supuestamente lista para la pelea, podía bombardear las defensas ribereñas a medio construir al sur de Humaitá, en Curuzú y Curupayty, y avanzar con relativa facilidad hacia la fortaleza misma, flanqueando al enemigo en el proceso.

Además, pese a las palabras pretendidamente optimistas del mariscal en las páginas de “El Semanario”, el verdadero resultado de Tuyutí pronto sería conocido en Asunción y las noticias desanimarían a los espíritus en todo el Paraguay. De este revés en la moral vendría la desilusión y, de ella, el triunfo aliado.

Mitre aparentemente tenía una victoria completa a su alcance. Era sólo cuestión de mantener la presión. Sorprendentemente desperdició esta oportunidad, algo que no sería ni la primera ni la última vez que ocurriría durante la guerra.

En vez de continuar lo iniciado en Tuyutí con ataques constantes, los Aliados suspendieron totalmente sus operaciones y establecieron posiciones defensivas en el lado sur del Bellaco norteño. Los paraguayos hicieron lo propio en el lado norte. Tales paréntesis pueden ser comprensibles en la guerra, pero también sumamente irritantes. Esta fue una de esas ocasiones.

Los hombres del Mariscal estaban exhaustos. Su reciente derrota desafiaba seriamente su resolución. No obstante, no daban señales de pánico o de verdadera ansiedad. En cambio, se dedicaron obstinadamente a la tarea de atrincheramiento, extendiendo y reforzando una serie de obras que ya estaban en ejecución. Su comandante, que aún irradiaba imperturbabilidad pese a su desfavorable situación, ordenó trasladar artillería pesada de Humaitá y Asunción a la línea. El coronel Thompson dijo que las trincheras:

... fueron cavadas con diligencia y la artillería (...) fue montada en los parapetos. Tres cañones de 8 pulgadas fueron ubicados en el centro, entre Paso Gómez y Paso Fernández.
En esta corta línea de trinchera (...) se congregaron treinta y siete piezas de artillería de todo tipo y tamaño imaginable. Toda clase de desvencijadas carronadas, piezas de 18 libras -todo lo que con un dejo de cortesía pudiera llamarse cañón- fueron puestas en servicio por los paraguayos.
También se colocó artillería en la trinchera de Potrero Sauce” (Thomas L. Whigham - George Thompson, pp. 153-154).

[Algunos de los cañones paraguayos que los brasileños se llevaron a su país de la guerra eran verdaderas antigüedades. Uno de ellos, un mal estriado cañón de bronce fabricado en Sevilla en 1679 (¡!), puede hoy ser visto en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro (pieza SIGA 015895 en el Inventario). // Citado por Thomas L. Whigham].

Estas preparaciones daban amplias pruebas de la determinación del mariscal de continuar su resistencia, aún después de que los Aliados hubieran puesto severamente a prueba a su Ejército. Mitre había sido duramente -y quizás injustamente- criticado por dar a los paraguayos este respiro. En realidad, don Bartolo nunca había mostrado mucha inclinación al ataque. Las batallas de Estero Bellaco y Tuyutí, por ejemplo, habían sido por iniciativa del Mariscal.

Aunque en términos tácticos los Aliados pelearon bien en ambas ocasiones, su meta estratégica final -Asunción- permanecía distante y con pocas posibilidades de caer sin un gran esfuerzo. Tendrían que ganar mediante un trabajoso desgaste. Cada día malgastado los alejaba más de la victoria.

Oficialmente, Mitre mencionaba problemas de suministros como la causa principal de la demora y, para ser justos, había algo de esto. Sus comandantes de campo se habían quejado de la escasez de caballos y animales de tiro. La falta de caballería era un asunto de gran preocupación desde antes de Tuyutí si nos guiamos por la extensa correspondencia entre Mitre, su vicepresidente y otros oficiales (Thomas L. Whigham - Archivo del coronel, doctor Marcos Paz, tomo 7, pp. 184-185, 192-194;y “Correspondencia Mitre-Elizalde”, (1960), pp. 284-285).

[Un artículo titulado “The Horse Panic” apareció en The Standard ese mes y describía los muchos trucos y subterfugios de los dueños de caballos en Buenos Aires para evitar que sus animales fueran confiscados por el servicio de guerra (Thomas L. Whigham - The Standard). En Uruguay, apelaciones similares eran hechas a los ciudadanos para que contribuyeran con sus caballos al Ejército (y con resultados negativos similares) - (Thomas L. Whigham - El Siglo)].

Un Consejo de Guerra que incluyó a Flores, Osório y Mitre (pero no a Tamandaré) se reunió en Tuyutí el 30 de Mayo; la falta de caballos y mulas recibió la máxima atención en esa ocasión, lo mismo que la necesidad de una mejor cohesión entres las fuerzas terrestres. Los comandantes aliados hicieron poco más que ventilar su frustración, sin embargo (Thomas L. Whigham - Francisco Doratioto, pp. 225-226).

[De acuerdo con Adler Homero Fonseca de Castro, cada batería de artillería en el Ejército brasileño requería un mínimo de 16 caballos y 100 mulas para ser efectiva y esa cantidad de animales no estuvo disponible para los Aliados por un buen tiempo después de Tuyutí (comunicación personal con Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 17 de Julio de 2009). // Citado por Thomas L. Whigham)].

No llevaron a cabo una acción naval significativa. No avanzaron a lo largo de la ribera chaqueña del río. Y no intentaron ningún reconocimiento serio al norte o al este de su línea, supuestamente a causa de los pantanos.

El presidente argentino pudo haber estado sopesando consideraciones prácticas como un jugador de ajedrez que planifica sus movimientos, pero también afrontaba complicaciones políticas. Aunque los reportes oficiales no hacen alusiones a ello, las fricciones con Tamandaré dificultaban la cooperación.

Un año antes, cuando los Aliados decidieron como una cuestión de estrategia mantener el avance naval en línea con el de las fuerzas terrestres, no habían anticipado las anegadas condiciones del terreno que más tarde encontraron en Paraguay. Una y otra vez perdían la oportunidad de flanquear al enemigo debido a que Mitre y Tamandaré se rehusaban a desviarse de la estrategia acordada.

Al almirante sin duda le preocupaba la pérdida de sus barcos a causa de minas u ocultos bancos de arena, como había ocurrido cuando el “Jequitinhonha” encalló en el Riachuelo. ¿Cómo percibía Tamandaré el papel de su Armada ahora que los Ejércitos de Mitre habían obtenido una victoria tan convincente en Tuyutí sin su ayuda?

Hasta hacía poco, el almirante se juzgaba a sí mismo superior a su rival argentino, quien le dejaba pensar de esa manera como un pago por su cooperación naval. Ahora Tamandaré ya no podía sentirse tan seguro acerca de su posición. El almirante ya había denigrado a Mitre llamándolo “cualquier cosa menos un General” pero, en la práctica, el argentino tenía el poder de comando, lo que le causaba un desconcierto sin fin (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 4, p. 32).

Una cohesión real entre las dos fuerzas aliadas seguía siendo esquiva. Tamandaré había hecho un solo intento reciente de entrar en la pelea cuando, el 20 de Mayo, envió dieciséis cañoneras y corbetas, con cuatro acorazados, a remontar el Paraguay para observar los trabajos del enemigo en Curupayty. El Escuadrón hizo un breve reconocimiento y se retiró río abajo sin enfrentarse a las baterías paraguayas.

[López había hecho hundir tres de sus barcos más pequeños en el canal del río, justo encima de ese punto para impedir el paso de la flotilla enemiga; aunque Thompson consideraba que ello no era suficiente por el tamaño del curso de agua, la medida tuvo el efecto deseado de enviar a Tamandaré de vuelta a Corrientes (Thomas L. Whigham - George Thompson, p. 150).

De allí en adelante, Tamandaré desechó retomar la ofensiva y prefirió permanecer anclado bien lejos, al sur de la última posición paraguaya. La victoria en Tuyutí todavía no lo había tentado a navegar al norte una vez más.

Para Mitre, la cuestión de tomar una nueva ofensiva era en cierta manera distinta. Le pudo haber faltado el instinto asesino tan útil en la guerra, pues había caído en el mal hábito de esperar que los paraguayos hicieran el primer movimiento. Ahora, sin embargo, ellos no daban señales de renovar sus ataques. La inercia de un lado llevaba a la inercia del otro, al punto de que los observadores comenzaron a hablar de un empate.

- El primero de varios intervalos

Detrás de las líneas, las preparaciones para una lucha más prolongada ya se habían iniciado. Para el Paraguay, esto significaba otra incursión de reclutamiento en Asunción y en los más distantes pueblitos del Interior. El 1 de Junio de 1866, el vicepresidente Sánchez emitió una circular donde requirió la “inmediata conscripción de todos los ‘individuos útiles’ para el servicio que, por cualquier razón, hubieran eludido su anterior enrolamiento".

Cada aldea podía eximir del llamado a su juez de paz o jefe de milicias y cada estancia podía retener a dos hombres mayores (con sus familias) para supervisar el ganado y los ranchos. Todos los demás peones tenían que presentarse, junto con los caballos restantes.

Los estancieros también se tenían que reportar a los funcionarios locales y suministrar dos caballos cada uno para la guerra. Los indios payaguaes, que vivían en tolderías en las afueras de la capital, fueron igualmente convocados (Thomas L. Whigham - La Tribuna).

Incluso convictos y encargados de iglesias recibieron órdenes de viajar al sur sin tardanza. Solamente los esclavos y los nacidos en el extranjero fueron exceptuados de la conscripción general (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, tomo 4, p. 9: Circular de Francisco Sánchez, Asunción, 1 de Junio de 1866).

[La específica excepción para los esclavos, desmiente la afirmación de Garmendia de que López construyó su nuevo ejército con una fuerza de “seis mil esclavos y otros contingentes” (Thomas L. Whigham - José Ignacio Garmendia, p. 43)].

Los nuevos reclutas se reunieron en Asunción y Villa Franca, donde se les sumaron grupos de heridos dados de alta por los hospitales (cosa que ocurría apenas estuvieran en condiciones de caminar) y allí se les proporcionó entrenamiento rudimentario. Todos abordaron vapores que navegaron río abajo hasta Humaitá.

[Un informe de este período menciona, como algo típico, el paso al sur de 863 nuevos reclutas y 32 convalecientes a bordo del vapor “Ygurey” (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción)].

La eficiencia del nuevo reclutamiento fue tal que, en el curso de tres semanas, el Mariscal había elevado el número de sus tropas en el sur a alrededor de 20.000 hombres en estado más o menos adecuado (Thomas L. Whigham - Juan Crisóstomo Centurión, volumen 2, p. 133; y José Ignacio Garmendia, p. 43).

[Cabe acotar que Garmendia pone la cifra en 30.000; hubo varios accidentes en el proceso de llevar a los nuevos reclutas al frente; el más notable fue el casi hundimiento del buque de guerra “Pirabebé”, atestado de soldados en camino a Humaitá. Un hombre murió y otros dos resultaron seriamente heridos (Thomas L. Whigham - Archivo Nacional de Asunción)].

Los rastrillajes del Interior paraguayo habían resuelto la necesidad inmediata de mano de obra pero habían implicado -al mismo tiempo- una sensible caída en la producción de alimentos, tanto para el ejército como para los civiles. Aunque las mujeres paraguayas se ocupaban de una proporción notable de las labores agrícolas, aún antes de la guerra, no podían alegrarse por las responsabilidades adicionales.

Con los hombres reclutados y los caballos y bueyes confiscados, se hacía casi imposible mantener los mismos niveles de productividad en maíz y otros cultivos que requiriesen arar la tierra. La malnutrición todavía distaba de ser un problema serio en las áreas alejadas de la lucha, pero ello pronto adquiriría un aspecto terrible.

Al menos, los hombres que viajaban al sur tenían un perímetro defensivo esperando por ellos. Era la misma formidable línea de trincheras del extremo norte del Bellaco, que López había preparado antes de la batalla del 24 de Mayo, con la diferencia de que éstas pudieron haber detenido o, al menos, demorado, al Ejército Aliado, algo que ahora los paraguayos ya no podían esperar.

El Mariscal había actuado precipitadamente en Tuyutí y ahora estaba obligado a mantenerse dentro de sus líneas. Su bien plantada artillería todavía presentaba un problema serio a los aliados, aunque nadie sabía con exactitud cuán sólidas eran realmente sus defensas. Antes de que Mitre pudiera avanzar nuevamente, tenía que estudiar las fortalezas y debilidades de su enemigo.

Como Chris Leuchars ha mostrado, sin embargo, el presidente argentino tendía a descartar los fragmentos de información de inteligencia que se le presentaban. No tenía mapas del área, solamente un sentido general de una serie interminable de lagunas unas tras otras y ninguna forma fácil de remediar este problema. Debió haber ordenado un completo reconocimiento para identificar posibles líneas de ataque o, al menos, obtener algún conocimiento del terreno y de las defensas enemigas.

Mitre no quiso hacer ni siquiera esto. En cambio, hizo que sus hombres mantuvieran sus posiciones y luego, el 2 de Junio, retrocedió hasta ponerse fuera del alcance de los cañones paraguayos. Allí, en relativa seguridad, construyó una larga línea de trincheras, con parapetos y plataformas de observación de madera (“mangrullos”) de unos 20 metros de alto, desde las cuales las unidades del frente intentaban captar algo, lo que fuera, de las intenciones del enemigo.

Mitre se rehusó a lanzar nuevos ataques en el ínterin. La razón es un tanto oscura. Las interpretaciones tradicionales tienden a acentuar la ineficiencia de un comando militar en el que el poder real debía ser compartido entre Mitre, Flores, Osório, Tamandaré y, en parte, Pôrto Alegre. Esta explicación ignora los desafíos políticos que enfrentaba Mitre como Jefe de Estado argentino. De ninguna forma podía darse el lujo de descartar ni las metas inmediatas ni los costos políticos a largo plazo de su impopular alianza con el Brasil.

Ahora que había logrado una innegable victoria, con seguridad los paraguayos tomarían conciencia de los hechos y harían concesiones territoriales a los aliados. López podría partir a un confortable exilio europeo con Madame Lynch y sus hijos. Tal solución del conflicto era honorable y a la vez sensata, y podía dejar a Mitre consolidar las ganancias políticas que había obtenido, en la Argentina.

El camino parecía tan claro, tan obvio, que incluso una minúscula muestra de sentido común de todas las partes involucradas debería facilitar el fin de las hostilidades. La fórmula había resultado durante las guerras civiles argentinas, como en Pavón, en 1861: ¿Por qué no funcionaría ahora?

López se mofaba, diciendo que Mitre había abandonado la ofensiva de puro miedo. Esto no era más que una pequeña pizca de complaciente autoconvencimiento. Cualquier evaluación realista de la situación militar debió haber inclinado al mariscal hacia una conclusión más prudente y haberle hecho preguntarse por qué los aliados habían desacelerado su avance cuando había tan poco que lo impedía (Thomas L. Whigham - El Siglo).

[El citado periódico de proguerra de Montevideo notó, en su edición del 14 de Julio de 1866, que tales intervalos eran invariablemente explotados por el enemigo para convencer a los observadores casuales de que López todavía estaba demasiado fuerte como para ser derrotado en forma categórica, algo que el periódico calificaba como “una farsa”. // Citado por Thomas L. Whigham).

El Mariscal, sin embargo, no estaba de humor para un acuerdo negociado, al menos no todavía. Sus críticos a menudo han desestimado a López como un hombre demasiado aturdido por la vanidad como para calcular las probabilidades contra él. Sin embargo, cuando actuaba a la defensiva, calculaba bastante bien. En este caso, ya no podía perder más hombres en una incursión a gran escala a las líneas enemigas, pero sí creía que Mitre podía verse tentado a un asalto irreflexivo.

En consecuencia, ordenó a sus cañoneros provocar a los aliados. Comenzó a realizar bombardeos regulares y, al mismo tiempo, envió tiradores para hostigar a las tropas aliadas al otro lado del estero. De esa forma, el mariscal eligió hacer que su ejército fuera al menos fastidioso, si bien no muy letal, para el enemigo.

En el pasado, Mitre había estado enfrascado en muchas horas de debates de salón con otros exiliados argentinos en Santiago y Montevideo. Estas experiencias le habían enseñado que las concesiones mutuas y las conspiraciones podían proporcionar muchísimos beneficios, incluso para los rústicos caudillos del Interior (una atrasada y crecientemente aislada clase de hombres dentro de la cual incorrectamente tendía a ubicar al mariscal López).

Con tiempo para la reflexión, los oponentes paraguayos de Mitre y, por añadidura, sus aliados brasileños, se acercarían naturalmente a su modo pragmático de pensar. En ese caso, la inacción podría abrir una puerta a la paz. Por supuesto, Mitre tenía que actuar como comandante aliado también. Y aquí su indisposición a atacar se basaba en una lógica diferente.

El le debía su reputación como General a su talento como organizador antes que como táctico. Había sido él quien unificó el Ejército Aliado durante el invierno y principios de la primavera de 1865. Se había ocupado de su vestimenta y entrenamiento. Ahora, este militar tan poco militar, una vez más, tenía que abordar preocupaciones prácticas. Mientras Osório, Flores y todos los otros oficiales insistían en que atacara de una vez, él veía la necesidad de rearmar a sus tropas, traer caballos y reabastecerse de vituallas.

[Juan E. O’Leary, quien raramente tenía algo bueno que decir del generalato aliado, absolvió a los comandantes de campo enemigos de toda responsabilidad en esta cuestión particular, haciendo recaer toda la culpa en Mitre, por no haber avanzado pese al consejo de sus oficiales más cercanos (Thomas L. Whigham - Juan E. O’Leary, p. 233, n. 87)].

Había mucho por hacer. En la Isla Cerrito, cerca de la confluencia del Paraná y el Paraguay, los brasileños construían depósitos, clínicas y astilleros para reparar los vapores de Tamandaré. En el Bellaco mismo, los soldados aliados levantaron nuevos campamentos. Una de sus tareas más pesadas, incluso entonces, seguía siendo enterrar o quemar a los muertos de la anterior batalla. El hedor de los cuerpos putrefactos que continuaban entre los arbustos llegaba a su posición pero, en las líneas del frente, donde los francotiradores paraguayos permanecían activos, las tropas aliadas no podían dejar sus trincheras para buscar cadáveres. Tenían que tolerar el olor nauseabundo como mejor pudieran.

Los oficiales de Mitre dieron instrucciones de rutina sobre cómo mantener ordenados los campamentos. Los hombres ubicaban sus carpas en líneas regulares, juntaban leña, limpiaban sus armas y retiraban el barro de sus botas. Carneaban animales y repartían porciones de carne entre todos. Cavaban letrinas y establecían lavanderías. Pese a todo, era difícil mantener la pulcritud, no importaba cuánto lo intentaran. La mugre siempre parecía acumularse y la lluvia helada castigaba a los hombres (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, p. 282).

[Sobre la inacción, Antonio de Sena Madureira lacónicamente remarcó: “¿Desde cuándo ha sido indispensable tener caballería para atacar posiciones fortificadas y luego marchar como mucho tres leguas, que era todo lo que se necesitaba para llegar a Humaitá?” (Thomas L. Whigham - Antonio de Sena Madureira, p. 27)].

El viento sur soplaba frío durante los meses de invierno. Esparcía suciedad en todas las tiendas y cacerolas. Aun las más gruesas prendas de lana raramente permanecían secas y limpias en semejante clima. Comprensiblemente, las enfermedades crecieron dramáticamente entre los soldados. Todos se quejaban de tos y erupciones en la piel.

Y eso no era todo. La malaria (“chucho”), la disentería, el sarampión y la viruela se propagaron en el campamento y se llevaron a muchos desafortunados, incluyendo al general riograndense Antonio de Souza Netto, un sexagenario de cabellos blancos que enfermó y murió dos semanas después de ingresar al hospital (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, p. 253).

[Este es el mismo general Souza Netto que había actuado como vocero de los intereses de los estancieros riograndenses durante la crisis de 1864, en Uruguay (y quien había alentado a las autoridades imperiales a realizar un intervención militar a favor del general Flores y los colorados. // Citado por Thomas L. Whigham].

El número de dolientes que llegó a las instalaciones médicas en Corrientes excedía los 5.000 a principios de Junio y esta cifra excluye a los atendidos en puestos intermedios y estaciones de primeros auxilios (Thomas L. Whigham - The Standard).

[La situación todavía no había mejorado una semana y media más tarde, cuando el mismo periódico reportó que “... el estado de los hospitales, la grave desatención y falta de doctores y el número de infortunados encontrados muertos cada mañana en sus catres, es realmente impropio de publicar. Es un pecado que no se envíen doctores...(Thomas L. Whigham - The Standard)].

Tomando en cuenta que los galenos entrenados en todo el teatro no superaban los veinte hombres, la situación médica era desesperada. Las condiciones sanitarias en los campamentos aliados en Tuyutí dejaban mucho que desear y la situación médica era intolerable. No obstante, pese a estos problemas, las debilidades en la línea de suministros comenzaron a dar lugar a una mejor organización en Junio de 1866.

Caravanas de carretas de bueyes llevaban municiones, pólvora, alimentos, frazadas e implementos menores, tales como hebillas, hasta Paso de la Patria; y a medida que las aguas comenzaban a crecer, algunas provisiones llegaban a través del río Paraguay. Cada arribo inspiraba un día de celebraciones, especialmente entre los oficiales, quienes competían para ver quién podía ofrecer el “banquete” más resplandeciente con lo mejor de las recién llegadas vituallas (Thomas L. Whigham - Francisco Seeber, pp. 110-112).

Macateros alemanes e italianos también aparecían con una variedad de mercaderías en vagones y barcos mercantes. Negociaban con aquellos soldados que tenían suficiente dinero como para acceder a delicadezas tales como ostras en lata, licores o un nuevo par de zapatos. Aún los productos más ordinarios tenían altos precios, que los hombres por lo general estaban dispuestos a pagar.

[En varias ocasiones, el alto comando buscó disminuir las actividades de estos vendedores, que causaban muchos celos y desorden entre los rangos y las filas. Al final, Mitre dejó la cuestión en manos de sus comandantes de campo quienes, a regañadientes, toleraban unas veces a los comerciantes extranjeros y otras veces los mandaban azotar (Thomas L. Whigham - Miguel Angel De Marco, pp. 146-147)].

No todo era ganancia para los vendedores, que enfrentaban tantos desafíos como sus clientes. Todos eran nuevos en el área e inclinados a sentirse desorientados y nerviosos. Un observador reportó que, como los soldados, los operarios de las “panaderías flotantes” habían caído todos con fiebre, pese a lo cual mantenían sus hornos prendidos durante la noche para proveer pan fresco a cambio de un retorno sustancial (Thomas L. Whigham - The Standard).

[El diario La Nación Argentina ya había informado como magnífica la vista de laspanaderías flotantes, cuyos curiosos hornos de ladrillo [estaban construidos] sobre las cubiertas como si fuera en tierra firme(Thomas L. Whigham - La Nación Argentina)].

Y había otros peligros. Lucio Mansilla cuenta la historia de un cabo condenado a muerte por apuñalar borracho a un macatero, el mismo que le había vendido el licor (Thomas L. Whigham - Lucio V. Mansilla, pp. 34-37 y, más generalmente, Jennifer French).

Testimonios oculares durante Junio, invariablemente mencionaban la artillería paraguaya, lo cual parecería sugerir la general efectividad de los cañoneros de López. La mayor parte de las posiciones aliadas estaban fuera del rango paraguayo sin embargo y pocas bombas daban en sus blancos. Aún así, la aprensión entre los soldados aliados creció dramáticamente. Nadie podía acostumbrarse al bombardeo.

El general Flores, que era uno de los objetivos más buscados por el mariscal, se salvó por muy poco en algunas de estas descargas. El 8 de Junio, una bomba explotó justo enfrente de su carpa. Once días más tarde, los cañoneros enemigos acertaron directamente en ella (aunque el presidente uruguayo se encontraba fuera en un patrullaje) [los servicios de inteligencia paraguayos posiblemente tenían una buena noción de los movimientos de Flores en esta época (Thomas L. Whigham - Christopher Leuchars, pp. 129-131)].

Los veteranos mayores trataban la puntería paraguaya con total desprecio, pero ninguno de ellos podía decir que dormía tranquilo. Además, todos en la línea comprendían que una buena cantidad de proyectiles enemigos habían sido reciclados a partir de bombas aliadas. Si los hombres de López mostraban tal ingeniosidad en estas pequeñas cosas, ¿de qué no serían capaces en otra gran batalla?

El 14 de Junio, las tropas del frente recibieron una respuesta parcial cuando López ordenó una descarga de artillería sobre el centro y la izquierda aliados. Bruguez, ahora General, dio la señal a todas las baterías de abrir fuego a las 11:30. Los tiros se fueron anchos al principio, pero los paraguayos pronto ajustaron sus miras y, durante las siguientes seis horas, lanzaron una lluvia ininterrumpida de proyectiles y granadas. No menos de 3.000 bombas cayeron sobre las fuerzas de Mitre, dejando 103 hombres muertos o heridos (Thomas L. Whigham - El Semanario).

[El Semanario subrayaba una pérdida enemiga de “un mínimo de seis batallones de infantería”, pero esta cifra está con seguridad inflada y no hay razones para dudar de la estadística más mesurada registrada por León de Pallejá (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, pp. 306-307)].

Los oficiales aliados creyeron que un amplio asalto estaba en perspectiva hasta bien entrado el anochecer y se prepararon para ello. Ya bien tarde, los paraguayos dispararon varias rondas de mosquetería y de algún modo se las arreglaron para prender fuego a varias carpas. Pero el temido ataque nunca llegó. Por su parte, la artillería aliada apenas había contestado a su contraparte y todos en el lado sur del Bellaco se sintieron incómodos por el episodio (Thomas L. Whigham - Biblioteca Nacional de Asunción, CJO y La Tribuna).

A medida que pasaban los días y semanas, las tropas aliadas comenzaron a entender que Tuyutí no había resultado en un total colapso paraguayo después de todo. Al contario, el enemigo había mostrado tal resistencia, que nadie dudaba de la intención del mariscal de tomar de nuevo la ofensiva. Mitre vio evaporarse el sentimiento optimista y alegre que tan cuidadosamente había promovido entre sus hombres.

Ninguna cantidad de provisiones podría restaurar ese sentimiento una vez ido. Cada muestra de desaliento en el lado aliado nutría la creencia del Mariscal de que no todo estaba perdido para el Paraguay. Su estrategia, a fin de cuentas, había siempre enfatizado una defensa activa. Si no podía atacar, sí podía hostigar, mantener al enemigo apabullado y, mientras tanto, sus hombres cavaban más trincheras, extendiendo la línea hasta colindar con la izquierda aliada.

Desde esa ubicación, podía concentrar el fuego en puntos seleccionados o, por lo menos, gritar insultos al enemigo en guaraní y escuchar la mezcolanza de portugués y español en respuesta. A la noche, las bandas militares de López tocaban malambos y galopas hasta altas horas (Thomas L. Whigham - León de Pallejá, tomo 2, p. 340).

La causa paraguaya aún vivía.

BIBLIOGRAFIA

* George Thompson. The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War (1869). Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.
* Archivo del coronel, doctor Marcos Paz - Ver, por ejemplo, Mitre a Marcos Paz, Estero Bellaco, 10 de Mayo de 1866, y Evaristo López a Mitre, Corrientes, 14 de Junio de 1866 (sobre la expropiación de caballos en Corrientes).
* Correspondencia Mitre-Elizalde, (1960 - Buenos Aires) - Mitre al ministro de Relaciones Exteriores Rufino Elizalde, Tuyutí, 5 de Julio de 1866.
* Francisco Doratioto. Maldita Guerra (Nova história da Guerra do Paraguai) (2002). Companhia das Letras, São Paulo.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870 (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* José Ignacio Garmendia. Recuerdos de la guerra del Paraguay, Primera Parte (Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí), Ed Peuser, Buenos Aires, 1890.
* Archivo Nacional de Asunción,
- Sección Nueva Encuadernación 3280 - Ver: capitán Francisco Bareiro a Francisco Solano López, Asunción, 14 de Junio de 1866.
- Sección Nueva Encuadernación 3280 - Francisco Bareiro al mariscal López, Asunción, 1 de Junio de 1866.
* Juan Crisóstomo Centurión. Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay (1987), (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción.
* Juan E. O’Leary. Nuestra Epopeya (1985), (Primera Parte). Ed. Mediterráneo, Asunción.
* León de Pallejá. Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay (1960), (dos volúmenes), Montevideo.
* Antonio de Sena Madureira. Guerra do Paraguai. Reposta ao Sr. Jorge Thompson.
* Francisco Seeber. Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866 (1907). Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires.
* Miguel Angel De Marco. La Guerra del Paraguay (2003). Ed. Planeta, Buenos Aires.
* Lucio Victorio Mansilla. Una excursión a los indios ranqueles (1984). Ed. Ayacucho, Caracas.
* Jennifer French. La Guerre du Paraguay Dans l’oeuvre de Lucio V. Mansilla - (“La guerra paraguaya en la obra de Lucio V. Mansilla), ensayo presentado ante el coloquio internacional: Paraguay à l'Ombre des ses Guerres - (“Paraguay a la sombra de sus guerras”), París, 18 de Noviembre de 2005.
* Christopher Leuchars. To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance (2002). Greenwood Press, Westport, Connecticut.
* Biblioteca Nacional de Asunción, CJO - Boletín de Campaña, Nro. 7 (15 de Junio de 1866); y “Correspondencia de Wenceslao Fernández”, recorte no identificado, Palmar de Estero Bellaco, 14 de Junio de 1866.

Periódicos:

* The Standard (Buenos Aires), ediciones,
- del 17 de Julio de 1866.
- del 7 de Junio de 1866.
- del 20 de Junio de 1866.
- del 10 de Junio de 1866
* El Siglo (Montevideo), ediciones,
- del 11 de Julio de 1866 - Ver: “Caballos para el Ejército”.
- del 14 de Julio de 1866.
* La Tribuna (Montevideo), ediciones,
- del 22 de Junio de 1866.
* La Nación Argentina (Buenos Aires), edición del 9 de Febrero de 1866.
* El Semanario (Asunción), número especial del 15 de Junio de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Información adicional