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Protestas, desilusión e intentos de hacer la paz

Era natural que una parte de la frustración y de la desilusión aliadas fuera comunicada a los hogares de los que estaban en el frente. Aunque un desgaste de guerra a gran escala estaba lejos todavía de manifestarse en los países aliados, varias facciones habían, no obstante, instado a un acuerdo negociado con el Paraguay.

En la Argentina, algunas de estas apelaciones reflejaban una actitud pragmática similar a la de Mitre. Más frecuentemente, las demandas de paz eran parte de un repudio más amplio a la reaproximación del Gobierno Nacional al Brasil. Por ejemplo, en su editorial del 22 de Junio de 1866, el periódico de oposición El Nacional, denunció la absurda dirección que había tomado la guerra:

La campaña en Paraguay ha entrado en su segundo año y [llevado] a la República Argentina [a su más profunda] tragedia [...] [Nos encontramos] sangrantes y exhaustos de recursos, oro y crédito [...] Esta es la campaña contra la Rusia de Sudamérica, defendida por sus pantanos y ciénagas, sus enfermedades y sus espesas selvas, y por habitantes que nunca se rinden salvo bajo el golpe de la espada.
Hasta ahora, todos los combates han sido masacres sin otro resultado que el de apilar millares de muertos y heridos, sin que pudiéramos avanzar un paso ni doblegar la voluntad de un enemigo dispuesto a defender su suelo hombre por hombre, pulgada por pulgada.
“[Se ha convertido] en una guerra de exterminio y si las cosas continúan [de esta manera], en cinco meses el ejército argentino estará diezmado por las enfermedades y las balas de los paraguayos; [incluso si triunfamos] quedaremos con nuestra bandera hecha jirones” (Thomas L. Whigham - El Nacional).

Estos sentimientos eran cualquier cosa menos novedosos. Desde la caída de Juan Manuel de Rosas, catorce años antes, el sistema político argentino había tolerado un cierto grado de disenso. El Gobierno de Mitre, después de todo, le debía su existencia a un consenso establecido entre élites urbanas, ciertos caudillos del Interior y de las provincias del Litoral y ricos terratenientes bonaerenses. El sistema permitía reproches públicos a políticas específicas, incluyendo la alianza de Mitre con Brasil y la prosecución de la guerra.

Para mediados de 1866, además, la mayoría de los políticos argentinos se daba cuenta de que el ejército del Mariscal había cesado de suponer una amenaza creíble. Dado que la supervivencia nacional ya no estaba en juego, mucha de la división política que se había desvanecido con el inicio de la invasión paraguaya, comenzó a resurgir nuevamente.

Para Mitre, esto significaba inconvenientes más peligrosos que cualquier amenaza de los paraguayos. De ahí que la ruta más deseable a la paz para su Gobierno fuera la más corta. Si las negociaciones se retrasaban, debido al previo compromiso con el Imperio, necesitaría reconsiderar esas obligaciones o desembarazarse de ellas.

Un número considerable de argentinos notables ya había hecho llamados por la paz. Entre ellos, el futuro presidente Manuel Quintana, orador y mayor proponente del movimiento autonomista bonaerense; José Hernández, futuro autor del poema épico “Martín Fierro”; el escritor José Mármol, mejor conocido por su desgarradora novela romántica “Amalia” (1851); y Juan Bautista Alberdi, la fuerza motora detrás de la Constitución de 1853.

[Alberdi había criticado a la Triple Alianza desde el principio y, en Francia, donde vivía en un autoimpuesto exilio, recabó considerable respaldo público para la causa paraguaya (aunque esta fue probablemente menos su intención que simplemente castigar la inclinación probrasileña del Gobierno de Mitre) (Thomas L. Whigham - L’Etandard). Los oponentes de Alberdi, subsecuentemente, lo tildaron de traidor, pero esa opinión nunca fue compartida por muchos en la Argentina. Años después de su muerte, varios estudiosos y analistas -muchos de ellos paraguayos- salieron en defensa de sus acciones como reflejo de un honesto patriotismo (Thomas L. Whigham - David Peña y Liliana Brezzo)].

En general, Mitre toleraba estas críticas como el precio de su conducción política. Pero tenía sus límites. El 20 de Junio de 1866, su policía arrestó a Agustín de Vedia, el editor del periódico opositor La América y un supuesto “agente de los intereses paraguayos y chilenos”. En la edición del 26 de Junio, de La Nación Argentina, Mitre definió a sus oponentes como “enemigos de la República” y señaló que la “generosa y tolerante política del Gobierno, incluso bajo la amenaza de los primeros, ha sido desafiada al extremo”.

Espías, agentes enemigos, traidores y desagradecidos residentes extranjeros -advirtió- tendrían todos un justo castigo. Sobre todo, Mitre respondía una carta escrita por un miembro de la familia Argerich, todos ellos famosos cirujanos, que La América había publicado el 14 de Junio de 1866 y que acusaba al presidente de incompetencia, por no haber evitado la guerra desde el principio.

En su edición del 8 de Agosto de 1866, El Siglo, de Montevideo, presentó la postura oficial aliada sobre la supresión de La América, subrayando que, mientras la libertad de prensa era una “cosa maravillosa”, ella debía ser emparejada con un uso responsable y allí era donde el comportamiento de Vedia merecía más que simple censura (Thomas L. Whigham - El Siglo).

El editor, cuya ofensa en realidad había consistido en vociferar su denuncia de la guerra, fue confinado a un exilio interno en la Patagonia, que duró todo el tiempo que Mitre estuvo en el poder [se preparó el camino para el arresto con una aguda crítica en La Nación Argentina, en la cual, La América, fue impugnada como una vuelta atrás a la era despótica de Rosas].

El periódico tenía sus defensores -desde luego- incluyendo a Carlos Guido y Spano, quien había publicado allí varios artículos, y el poeta Olegario V. Andrade, quien denunció las acciones de Mitre contra la libertad de expresión en “La suspensión de ‘La América’” (Thomas L. Whigham - El Porvenir).

El Jornal do Commercio (Rio de Janeiro), que era un periódico semioficial del Gobierno brasileño, usualmente mantenía silencio sobre las disputas internas en Buenos Aires (siendo ello manifiestamente un problema de Mitre, no del Imperio), pero en esta ocasión se lanzó con todo contra La América, señalando que “cada día [se revelaba] como un órgano más pronunciado del Paraguay” (Thomas L. Whigham - Jornal do Commercio).

La América reabrió sus prensas en Noviembre de 1868, luego de que Mitre abandonara la Presidencia y rápidamente reasumió su lugar como un importante diario antiguerra de Buenos Aires (Thomas L. Whigham - Victoria Baratta y Efraím Cardozo, volumen 10, p. 152). En cuanto a Vedia, durante los 1870 jugó un papel instrumental en la reorganización del partido blanco en el Uruguay, rebautizado partido nacional, que es el nombre que lleva hasta hoy // Citado por Thomas L. Whigham).

Esta acción, sin embargo, fue excepcional, ya que ni los instintos liberales del presidente ni su propia experiencia de vocación periodística, lo alentaban a una supresión total de los periódicos antiguerra. Podía intentar estigmatizar ese disenso, pero no criminalizarlo sin arriesgarse a fuertes repercusiones dentro de su propio partido liberal y del público en general.

Algunos virulentos periódicos proguerra sí revisaron su actitud en esta época. El alguna vez belicoso El Nacional, por ejemplo, aludía ahora a una Argentina “drenada de recursos”. El diario reportó que estudiantes de Derecho en la Facultad local, habían comenzado a denunciar la omnipresencia de veteranos heridos quienes, roñosos y harapientos, con riesgo de contraer infecciones, eran abandonados por sus oficiales en las calles de Buenos Aires, donde sólo podían sobrevivir mediante la mendicidad. El mensaje no podía ser más claro: la guerra debía parar (Thomas L. Whigham - El NacionalDavid Rock, pp. 46-47).

La crítica más punzante al liderazgo de Mitre en esta coyuntura vino en forma de un ensayo serializado en La Tribuna de Buenos Aires. Titulado “El Gobierno y la Alianza”, estaba escrito por Carlos Guido y Spano (1827-1916), un poeta y ensayista de no pocos méritos, vástago de una vieja familia federal, cuyos miembros mayores habían alguna vez servido a Rosas (Thomas L. Whigham - La Tribuna y Todo es Historia, Nro. 216, pp. 38-44).

Las credenciales de Guido y Spano como patriota argentino eran tan buenas como las de Mitre. Este estatus le dio legitimidad a su diatriba antibélica ante los ojos de muchos porteños. Guido y Spano insistía en que el presidente había subvertido el interés nacional a favor de los intereses del Brasil, primero en el caso de la Banda Oriental y ahora en el de Paraguay.

Al convertirse en marioneta de los hábiles diplomáticos de Itamaraty, Mitre había -en la práctica- echado por la borda el sueño de grandeza argentino y cedido al Imperio la primacía de su país en el continente. ¿Y a cambio de qué? ¡De satisfacer una inagotable ambición política! (Thomas L. Whigham - Carlos Guido y Spano, pp. 388-91).

[El poeta Olegario V. Andrade, con su usual gusto por el sentimentalismo, dijo que el Gobierno Nacional había, “vendido por oro extranjero las ancestrales virtudes y glorias de la patria en pos de una estúpida ambición” (Thomas L. Whigham - El Porvenir). Algunos meses después, la revista satírica porteña El Mosquito publicó una parodia del clásico de Goethe, con Mitre en el papel de Fausto y el consejero brasileño Octaviano de Almeida Rosa en el papel de Mefistófeles (aquí rebautizado como “Mefistoctaviano”). Parece claro, por lo tanto, que la idea de un presidente argentino tentado por las maquinaciones del demonio brasileño, era un tema que se había estado filtrando durante un tiempo en la Capital (Thomas L. Whigham - El Mosquito)]

Muchos argentinos, tanto en las provincias como en la ciudad portuaria, simpatizaban con estas opiniones. Por el momento, sin embargo, el presidente podía depender de sus asociados liberales en Buenos Aires, muchos de los cuales habían hecho fortunas vendiendo carne, galleta y otras provisiones al ejército brasileño.

[En su edición del 20 de Junio de 1866, el normalmente progubernamental The Standard admitió, con un candor más que normal, que la guerra había enriquecido al país, y que lo mismo haría cualquier conflicto similar en el futuro, toda vez que la Argentina pudiera “encontrar un aliado tan rico como el Brasil y tantos soldados hambrientos que alimentar con nuestra carne a 7 patacones por vaca”. // Citado por Thomas L. Whigham].

Tales amigotes, con gusto gastarían su propio capital e influencia para contrarrestar cualquier protesta contra una alianza tan rentable.

Era un poco más complejo en las provincias del Litoral, donde antiguas antipatías antibrasileñas eran difíciles de mitigar, aún con la promesa de grandes ganancias. Una figura que decididamente se enriqueció fue el general Urquiza, ex jefe del Gobierno de la Confederación, cuyas estancias abastecían de caballos y ganado al ejército imperial.

Estas ventas -y las inclinaciones probrasileñas que impulsaron- irritaban a muchos de sus comprovincianos en Entre Ríos, quienes hacían saber su disenso en una variedad de formas (sin excluir los masivos desbandes del ejército de Mitre en Julio y Noviembre de 1865) (Thomas L. Whigham - Beatriz Bosch, pp. 213-45).

Urquiza encontraba cada vez mayor fricción con los provincianos a medida que la guerra se hacía interminable, algo inevitable, quizás, para un caudillo cuyo alto concepto de la autoridad contrastaba con el de un pueblo conocido por su espíritu de rebeldía. Se mantuvo, pero principalmente porque la mayoría de los gauchos entrerrianos trataba de evitar enfrentarse con un hombre tan peligroso.

En cualquier caso, la latente oposición de los pobres rurales y el elocuente desdén de los intelectuales urbanos daban al sentimiento antibélico un enfoque que el Gobierno Nacional no podía permitirse ignorar. Los brasileños tenían todo para ganar en una campaña continuada contra López, había argumentado Guido y Spano, ya que no solamente el Plata permanecería dividido (una de las tradicionales metas de la política exterior de Rio de Janeiro), sino que los paraguayos, al final, caerían dentro de la órbita del Imperio. Esto haría “del presidente Mitre, lo mismo que del general Flores, simples comandantes brasileños con un puñado de hombres” (Thomas L. Whigham - The Standard).

[Mientras Guido y Spano argumentaba por un retiro argentino en virtud de estas circunstancias, el autor de estos comentarios evidentemente deseaba ver un mayor fortalecimiento de las tropas, para no perder ningún grado de influencia política frente a los brasileños. // Citado por Thomas L. Whigham].

Esta era una línea lógica de razonamiento, pero no contemplaba un hecho incómodo: en Brasil, uno podía encontrar casi la misma naciente oposición a la guerra que en la Argentina. Y con una forma similar. En general, cuanto más se alejaba uno de las grandes ciudades de Rio de Janeiro y São Paulo, menos incondicional era el apoyo que encontraba a la guerra.

La gente del campo nunca había mostrado mucho ánimo contra el Paraguay en cualquier caso. Se había enfrascado en la previa fiebre bélica porque su consideración por la dignidad de emperador -ofendida por el ataque de López- demandaba de ellos alguna lealtad. Aquellos que vivían en el Norte y Nordeste, sin embargo, se inclinaban a pensar que el conflicto era irrelevante. Esta era una actitud compartida por políticos de centros tales como Fortaleza,

Natal y Recife, algunos de los cuales dirigían periódicos críticos de la política del Imperio en este y otros asuntos [el 30 de Septiembre de 1866, el “Cabrião” (São Paulo), incluyó una caricatura del oficialista “O Diário” de São Paulo, azotando al mariscal López junto con un Paraguay alegórico, subrayando, irónicamente, que “la verdadera imparcialidad no tiene límites”. En la edición del 25 de Noviembre, de la misma revista satírica, aparecen alegorías del reclutamiento forzado con el mismo sarcasmo. En el Nordeste, el semanario de Recife, “O Tribuno”, mantuvo una postura antibélica y antimonárquica durante los cuatro años finales del conflicto paraguayo. Ver, por ejemplo, la edición del 17 de Octubre de 1866, en la cual se censura al Imperio por enviar “gente noble de Pernambuco [...] a ser masacrada en los campos paraguayos”. Ver también la edición del 4 de Junio de 1867, en la que la monarquía es contrastada con el sistema democrático, la primera sostenida “a través de la fuerza, la violencia y la guerra” y, el segundo, “a través del respeto a los derechos y a través de un sistema inalterable de paz”. // Todo citado por Thomas L. Whigham.

En las ciudades más grandes del centro y del sur, y en el interior de Rio Grande do Sul, el sentimiento proguerra todavía retenía su predominio entre la mayoría de los sectores de la población. Pero el entusiasmo patriótico mostrado en tiempos de la invasión de Mato Grosso se había estrechado. Ciudadanos de clase media, a lo largo del país, ya no exhibían el mismo espíritu de voluntariado que en 1857. En cambio, comenzó a crecer la impaciencia. Como sus contrapartes argentinos habían hecho repetidamente, preguntaban cuándo terminaría la campaña y cuándo sus hijos retornarían a casa.

Aunque a la élite brasileña le faltaba todavía producir un Carlos Guido y Spano que pudiera cristalizar estos sentimientos en una crítica política coherente, una amplia gama de comentaristas denunció o satirizó las políticas del Gobierno. Tal vez el más elocuente fue el novelista José de Alencar (1829-1877), el Balzac del Brasil quien, bajo el seudónimo de Erasmo, publicó una serie de cartas, primero al público en general y luego al emperador, en las cuales llamaba al pronto final de una “guerra injusta” (y, no por casualidad, a la emancipación de los esclavos) (Thomas L. Whigham - Erasmo, pp. 12-23, 70-2).

[Alencar fue uno de los primeros escritores significativos del Brasil en ocuparse concientemente de crear una literatura nacional; sus novelas “indias”, especialmente “O Guarany” (1857) e “Iracema” (1865), introdujeron una constelación de virtudes específicamente indias, que complementaban las que los portugueses habían traído de Europa. Esperaba convencer al público de que tales virtudes proporcionaban un brillo positivo a la nueva sociedad brasileña; sus lectores habrán reconocido que los elementos “americanos” que ensalzaba, eran indistinguibles del patriotismo “puro” y “natural” que otros autores habían elogiado en los paraguayos (Thomas L. Whigham - Manuel Cavalcanti)].

Don Pedro, que estaba atado de manos por su propia rama de paternalismo liberal, nunca pensó suprimir estos golpes directos a sus ministros, por infantiles y malintencionados que pudieran haber sido. En cambio, trató condescendientemente tales críticas con una afectada indiferencia, queriendo dar la impresión de que emitían un irritante y monótono sonido, no diferente al de millones de insectos en la noche tropical, pero igual de inofensivos.

[Un parlamentario se hizo eco de la opinión de muchos brasileños, cuando lamentó -en tiempos de Tuyutí- que la guerra posiblemente duraría todavía muchos años (Thomas L. Whigham - Annaes do Parlamento Brasileiro. Camara dos Senhores Deputados, tomo 1, p. 208)].

En Uruguay, las fricciones partidarias que había ocasionado el estallido de la guerra en 1864-1865 nunca se habían aplacado. La presencia militar brasileña en el país mantuvo a los oponentes blancos de Flores a raya, pero obviamente sólo ganaban tiempo, esperando el momento de volver a rebelarse.

Más importante aún, un creciente número de disidentes dentro del propio partido colorado del presidente había comenzado a elevar la voz contra su guerra. Era tan fuerte el sentimiento antibélico en Montevideo, que Flores anunció su intención -a fines de Junio- de retornar a la capital uruguaya, supuestamente para acelerar el reclutamiento, pero en verdad para recuperar el apoyo colorado a la campaña en Paraguay. Le mortificaba tener que postergar su partida, ya que tenía un buen sentido del problema que se cocinaba en casa y necesitaba abordarlo cuánto antes (Thomas L. Whigham - Archivo del general Mitre, tomo 4, p. 193; Juan Manuel Casal, pp. 132-133).

Sin ninguna duda, el paréntesis en la lucha después de Tuyutí, trajo incertidumbre a los países aliados. Esta misma reacción espoleó murmuraciones entre representantes extranjeros, que comenzaron a creer que había madurado el momento para negociar un final del conflicto. Rumores de una oferta de mediación francesa ya habían llegado a los pasillos de Buenos Aires y Río de Janeiro; pero, con el Quai d'Orsay tan notoriamente comprometido en preservar al impopular régimen de Maximiliano en México, éste estaba lejos de ser el momento propicio para una nueva campaña diplomática en el Nuevo Mundo (Thomas L. Whigham - El SigloDiário do Rio de Janeiro).

Los franceses continuaron observando los eventos desde la distancia. Uno de los países andinos pudo haber jugado el papel de mediador. Todos se habían mantenido neutrales, pero ninguno era indiferente al conflicto en Paraguay. La guerra ya había costado miles de vidas y no había generado beneficio alguno para los intereses del continente.

La reciente intervención española en las islas Chincha, del Perú, había refrescado los temores de un renovado imperialismo europeo en Sudamérica (al cual Pedro II, como monarca con antecedentes europeos, se suponía apoyaría). Las disputas internas entre Paraguay y Argentina, por lo tanto, constituían un palpable descarrío que oscurecía la genuina necesidad de una defensa continental.

Consecuentemente, el 21 de Junio de 1866, el representante peruano en Montevideo dirigió una carta a los Gobiernos de la Triple Alianza ofreciendo los buenos oficios de Lima para ayudar a arreglar un cese al fuego. Sugestivamente, el Gobierno del mariscal nunca recibió una copia de esta oferta. El mensaje no atravesó el bloqueo de los aliados. El gesto peruano era independiente de otra iniciativa similar de ministros andinos, semanas antes en Buenos Aires. Pero ninguna tuvo muchas oportunidades de éxito (Thomas L. Whigham - Efraím Cardozo, volumen 4, pp. 15-16).

[En sus ediciones del 23 y 24 de Junio de 1866, La Nación Argentina se refirió a las ofertas de mediación de Francia y Chile y las consideró totalmente inoportunas, ya que la guerra “terminará pronto con la definitiva victoria de las armas aliadas”. Durante los meses siguientes, los Gobiernos de Perú, Chile, Ecuador y Bolivia desarrollaron una posición común sobre la guerra, con rasgos de neutralidad proparaguaya. Para un ejemplo temprano de este argumento, ver: Ministro de Relaciones Exteriores Toribio Pacheco a Benigno G. Vigil, Lima, 9 de Julio de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción, Sector Histórico 343, Nro. 16 [esta carta y correspondencia relacionada aparecieron primero en “El Peruano” (Lima), edición del 11 de Julio de 1866, y fueron posteriormente vueltas a publicar en la Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay (Lima, 1867)]. Ver también “De la protesta de los Estados Americanos [9 de Julio de 1866]” en: José Falcón. “Memoria documentada de los territorios que pertenecen a la República del Paraguay”, en MG 64, e Informe del ministro español Pedro Sorela y Maury, Buenos Aires, Agosto de 1866, en: Isidoro J. Ruiz Moreno. “Informes Españoles sobre la Argentina” (1993), capítulo 1, pp. 320-2. Universidad del Museo Social Argentino, Buenos Aires. // Todo citado por Thomas L. Whigham].

Los políticos en Rio de Janeiro eran concientes de la desconfianza con que eran mirados por los Gobiernos peruano, chileno y boliviano y no estaban dispuestos a aceptar agentes de estas Repúblicas como negociadores honestos.

[Mitre tenía muchos amigos entre los chilenos (sin excluir al ministro Manuel Lastarria, quien trató de convencerlo de unirse en una alianza contra España) pero, estas amistades, que databan de la época del exilio del presidente en Santiago en los 1840, no le impidieron adoptar una línea muy antichilena en esta coyuntura. En un altamente indiscreto artículo del 25 de Agosto de 1866, titulado “Chile y Paraguay”, el diario La Nación Argentina (Buenos Aires) publicó que el apoyo del primero al segundo era fácil de entender, ya que la dictadura de López era sólo una versión ampliada del centralismo practicado en Santiago, y que ambos sistemas merecían reprobación. Un día después, para hacer el punto más provocativo y claro, la revista satírica El Mosquito (Buenos Aires), ilustró la desconfianza hacia los posibles mediadores, con un dibujo del mariscal López rodeado por representantes de las naciones andinas y un epígrafe que rezaba: “Perú, Chile y Bolivia se han unido al Paraguay contra los Aliados. ¿Por qué diablos estas naciones se autodenominan Repúblicas del Pacífico cuando son tan belicosas?” // Todo citado por Thomas L. Whigham].

Además, nadie había consultado a López ni podía predecir su reacción. Las últimas acciones del mariscal -sus ráfagas de artillería, sus nuevos reclutamientos, sus órdenes de ejecutar por degollamiento a nueve desertores (y a un derrotista que tuvo la mala idea de expresarse en voz alta)- no sugerían otra cosa que una continuada truculencia.

[El hombre fusilado por derrotismo había sido uno de los esclavos mulatos del mariscal (el hijo de una mujer que había amamantado a López cuando bebé). Una tarde, el hombre fue escuchado expresando una inocente admiración por la música de un trompetista aliado que, en la distancia, tocaba una diana muy dulcemente. Este comentario casual le valió la visita del escuadrón de fusilamiento. Desde luego, los Aliados condenaron su ejecución como caprichosa y cruel en extremo, mientras los paraguayos la veían como el producto de una necesaria firmeza (Thomas L. Whigham - La Nación Argentina)].

Lo mismo las palabras de El Semanario que, a principios de Julio, insistía en que el Paraguay “ni deseaba ni necesitaba mediaciones” de nadie (Thomas L. Whigham - El Semanario).

Quizás la única persona en posición de ofrecer una ayuda real era Charles Ames Washburn, el ministro estadounidense en Asunción. Los Estados Unidos eran percibidos como un país poderoso, pero distante, con limitados intereses comerciales en la región, un hecho que prometía genuina e irreprochable neutralidad. Washburn, además, tenía un perfil ambicioso. Habiendo sido relegado por el destino a un papel secundario en una familia de notables, ansiaba alguna tarea que le permitiera brillar tan radiantemente como sus hermanos.

La Guerra del Paraguay le presentó el desafío que le hubiese permitido probar sus habilidades, si sólo hubiese podido hacer sentarse a las partes contendientes a una mesa. Tal reunión nunca pudo concretarse. Washburn había forjado buenas relaciones con el mariscal y sus funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores y mantenía correctas -aunque tibias- relaciones con los agentes argentinos y brasileños con los que había tratado. Pero, poco después de que comenzó la guerra, el ministro se había tomado franco para viajar a su casa y todavía no había podido regresar a reasumir su posición en Asunción.

Para Junio de 1866, llevaba seis meses varado en Corrientes, donde descubrió que los comandantes militares aliados tenían poco interés en permitir su paso río arriba. Como era de esperarse, bullía de indignación por la demora [El exasperado Washburn observó una vez que “la gente de Corrientes no podía comprender por qué el ministro de una gran y poderosa nación debe estar confinado en la retaguardia del Ejército Aliado como un seguidor de campaña y escuché numerosas discusiones [sobre] si yo era un ministro acreditado o un impostor” (Thomas L. Whigham - Washburn, 2: 120)]. Envió notas de protesta a Mitre, a Tamandaré y a sus superiores en Washington, pese a lo cual no consiguió su objetivo.

[Para dos análisis de las conflictivas relaciones de Charles Ames Washburn con los miembros de su familia (que incluían a dos gobernadores, un senador, un almirante y un secretario de Estado) - ver: Theodore A. Webb, pp. 192-6 y passim; y Kerck Kelsey, pp. 182-205].

Hombre impaciente, Washburn atribuía su demora en Corrientes a una combinación de intransigencia aliada e indiferencia tanto de sus superiores en Washington como del personal de la Armada de Estados Unidos en la estación del Río de la Plata. La posición aliada, casi con seguridad, reflejaba un plan nada sutil de aislar a López y destruir su legitimidad internacional impidiéndole tomar contacto con representantes extranjeros.

La actitud de la Armada de Estados Unidos, por su parte, tenía que ver con una historia más compleja de tensión en Washington entre el Departamento de Estado y la Armada. Las quejas de Washburn acerca de ambas situaciones fueron largas, evocativas y en su mayor parte ignoradas (Thomas L. Whigham - Washburn-Norlands Library).

BIBLIOGRAFIA

* David Peña. Alberdi, los mitristas y la guerra de la Triple Alianza (Buenos Aires, 1965).
* Liliana Brezzo. “Tan sincero y leal amigo, tan ilustre benefactor, tan noble y desinteresado escritor”: en: Los mecanismos de exaltación de Juan Bautista Alberdi en Paraguay. 1889-1910 - XXVII Encuentro de Geohistoria Regional, Asunción, 17 de Agosto de 2007.
* Victoria Baratta. La guerra de la Triple Alianza y las representaciones de la Nación Argentina (un análisis del periódico “La América” (1866), en el: II Encuentro Internacional de Historia sobre las Operaciones Bélicas durante la Guerra de la Triple Alianza, Asunción-Ñeembucú, Octubre de 2010.
* Efraím Cardozo. Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870 (1968-1982), publicadas en La Tribuna, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción.
* David Rock. Argentina under Mitre: porteño Liberalism in the 1860s, en: The Americas, 56: 1 (Julio de 1999).
* Carlos Guido y Spano. Ráfagas. Buenos Aires, 1879.
* Beatriz Bosch. Los desbandes de Basualdo y Toledo, en: Revista de la Universidad de Buenos Aires, 4: 1 (1959).
* Erasmo, Ao Povo - Cartas Políticas (Río de Janeiro, 1866), especialmente; y Ao Emperador - Novas Cartas Políticas (Río de Janeiro, ¿1867?), passim.
* Manuel Cavalcanti. Proença. José de Alencar na Literatura Brasileira (Río de Janeiro, 1966).
* Annaes do Parlamento Brasileiro. Camara dos Senhores Deputados (Río de Janeiro, 1866) - Ver: “Discurso de Affonso Celso”, 25 de Mayo de 1866.
* Archivo del general Mitre - Ver: Marcos Paz a Mitre, Buenos Aires, 11 de Julio de 1866.
* Juan Manuel Casal. Uruguay and the Paraguayan War, en Hendrik Kraay y Thomas L. Whigham. I Die with My Country. Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870 (Lincoln y Londres, 2004).
* Isidoro J. Ruiz Moreno. Informes Españoles sobre la Argentina (1993), capítulo 1, pp. 320-2. Universidad del Museo Social Argentino, Buenos Aires.
* Archivo Nacional de Asunción, Sector Histórico 343, Nro. 16 - Ministro de Relaciones Exteriores Toribio Pacheco a Benigno G. Vigil, Lima, 9 de Julio de 1866.
* Charles Ames Washburn. The History of Paraguay with Notes of Personal Observations and Reminiscences of Diplomacy under Difficulties (Boston y Nueva York, 1871).
* Theodore A. Webb. Seven Sons, Millionaires & Vagabonds (Victoria, 1999).
* Kerck Kelsey. Remarkable Americans. The Washburn Family (Gardiner, Maine, 2008).
* Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine - Ver: Washburn a William Seward, Corrientes, 27 de Abril de 1866; y a Elihu Washburne, Corrientes, 1 de Junio de 1866.

Periódicos:

* El Nacional (Buenos Aires), edición del 22 de Junio de 1866.
* L’Etandard (París), edición del 13 de Julio de 1866 - Ver: Charles Expilly. La guerre de La Plata.
* La Nación Argentina (Buenos Aires), ediciones,
- del 26 de Junio de 1866.
- del 19 de Julio de 1866.
- del 23 y 24 de Junio de 1866.
- del 20 de Junio de 1866.
* El Siglo (Montevideo), ediciones,
- del 8 de Agosto de 1866.
- del 24 de Junio de 1866 - Ver: “Mediaciones inaceptables”.
* El Porvenir (Gualeguaychú), ediciones,
- del 1 de Agosto de 1866.
- del 12 de Agosto de 1866.
* Jornal do Commercio (Río de Janeiro), edición del 21 de Julio de 1866.
* La Tribuna (Buenos Aires), ediciones del 20-25 de Marzo de 1866 - Ver: Carlos Guido y Spano, “El Gobierno y la Alianza”.
* Todo es Historia (Abril de 1985) - Ver: Patricia Barrio. Carlos Guido y Spano y una visión de la Guerra del Paraguay.
* El Mosquito (Buenos Aires), edición del 2 de Septiembre de 1866.
* The Standard (Buenos Aires), ediciones,
- del 20 de Junio de 1866.
- del 17 de Julio de 1866. Tomado de un folleto anónimo titulado, La nube y el arco iris (probablemente escrito por el ex ministro de Finanzas, Luis Domínguez) y citado en el periódico de referencia.
* Cabrião (São Paulo), edición del 30 de Septiembre de 1866.
* O Tribuno (Recife), ediciones,
- del 17 de Octubre de 1866.
- del 4 de Junio de 1867.
* Diário do Rio de Janeiro, edición del 26 de Junio de 1866 - Ver: “Noticias do Rio da Prata”.
* El Peruano (Lima), edición del 11 de Julio de 1866.
* El Semanario (Asunción), edición del 7 de Julio de 1866.

// Todo citado por Thomas L. Whigham. La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz) (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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