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Boquerón (batalla)

Unos 2.000 jinetes de Pôrto Alegre llegaron al Estero Bellaco el 12 de Julio, seguidos posteriormente por el grueso de las fuerzas del Barón, que incluían unos 14.000 caballos. Francisco Solano López continuaba deseando provocar a los Aliados a un asalto frontal sobre la línea paraguaya, aunque los refuerzos de Pôrto Alegre hacían esta proposición más peligrosa. Pese a ello, el mariscal todavía se sentía confiado, convencido de que sus posiciones más fuertes podían soportar cualquier cosa que Mitre les tirara encima. El truco, como antes, era convencer al enemigo de lanzarse con todo ímpetu en un asalto frontal.

La izquierda aliada tenía muchas debilidades potenciales. Enclaustrada por tres lados con gruesos árboles y palmares, los adyacentes potreros Sauce y Piris protegían a los paraguayos del fuego de sus enemigos y a la vez ofrecían varias pequeñas aberturas en la maleza a través de las cuales podían introducir tropas a voluntad. Tuyutí había demostrado la imprudencia de emprender un choque general usando esas aberturas, pero los potreros sí permitían incursiones menos ambiciosas.

López decidió llevar algunas de sus piezas de artillería más pesadas a la boca del Sauce para dirigir el fuego a los cuarteles centrales. Cuando Mitre, Flores y Osório estuvieran desayunando, recibirían una ración de bombas con su feijão y su café. Incluso si los altos oficiales sobrevivían al bombardeo, tendrían que silenciar los cañones de alguna manera. Esto, esperaba López, los llevaría al gran asalto que estaba buscando.

El 13 de Julio de 1866, el mariscal ordenó al general Díaz, al coronel José Elizardo Aquino y al entonces mayor George Thompson, reconocer la tierra de nadie que se extendía hasta Punta Ñarö. Thompson pronto informó que los bosques estaban sembrados de cadáveres insepultos de la batalla del 24 de Mayo y que su patrulla de 50 tiradores había divisado piquetes aliados en varias ocasiones.

Los brasileños, que también habían visto a los paraguayos, mostraron menos interés en pelear que en proteger sus rebaños de ganado de lo que presumían era una patrulla de saqueo. Hubo también un momento de susto para los cincuenta intrusos cuando una enorme mina de río explotó varios kilómetros al norte y llamó la atención de todos los soldados de la línea. Pero las tropas no hicieron cosa alguna más que preguntarse en voz alta si se habría hundido algún barco brasileño. No había sido ese el caso. La patrulla paraguaya se retiró del lugar ilesa(1).

(1) Ver: “Correspondencia del Río Paraguay [...] Julio 15 [1866]”, recorte no identificado, en la Biblioteca Nacional de Asunción-CJO. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Thompson informó con confianza a López que podía erigir una línea de profundas trincheras, una al norte de la boca del Potrero Sauce cerca de Punta Ñarö y la otra en la boca sur, debajo de la espesamente boscosa Isla Carapá. Esta última ofrecía una vista completa de la posición aliada, a unos 400 metros de los cuarteles centrales de Mitre(2).

(2) Chris Leuchars nos recuerda que el éxito de Thompson como ingeniero militar fue aún más sorprendente por su falta de entrenamiento; había llegado al Paraguay para trabajar en la construcción del ferrocarril, pero se quedó y se convirtió en el principal asesor del mariscal en fortificaciones militares durante la guerra. Thompson era completamente autodidacta y dependía de viejas copias de Field Fortifications y Professional Papers of the Royal Engineers de John Simcoe Macaulay. Ver: “To the Bitter End”, p. 133. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El mariscal no perdió el tiempo tras escuchar estas noticias. Esa misma noche:

... todas las espadas, palas y picos, unos 700, fueron enviados a Sauce y [...] se ordenó a los hombres mantener el más completo silencio, sobre todo no debían golpear sus espadas y armas, ya que el enemigo lo escucharía inevitablemente.
Cien hombres fueron apostados en posición de combate, a veinte metros de la línea de cavado, para cubrir el trabajo; y para ver mejor cualquier acercamiento, se echaron sobre sus estómagos. En algunos lugares estaban tan mezclados con los cadáveres que era imposible decir cuál era cuál en la oscuridad.
“[Colgaron cueros para tapar la luz de las linternas...] y comenzaron cavando una trinchera de un metro de ancho por un metro de profundidad, tirando la tierra hacia adelante, para esconder sus cuerpos lo más rápido posible. Las líneas enemigas estaban tan cerca que podíamos escuchar claramente [...] las risas y la tos en su campamento [...] pero, asombrosamente, el enemigo no percibió nada hasta que salió el sol, cuando toda la longitud de la trinchera, 800 metros, fue [visible para todos]”(3).

(3) Jorge Thompson. “La Guerra del Paraguay” (1910), pp. 160-1. Ed. J. L. Rosso, Buenos Aires; “Segundo viaje al teatro de la guerra” [Memorias de Julián N. Godoy, edecán de López], en Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 144, Nro. 1. Para una representación gráfica de esta trinchera y los terrenos adyacentes, ver: “Acción de Boquerón. Croquis”, en “El Pueblo Argentino” (Buenos Aires), edición del 4 de Agosto de 1866; y “Reconocimiento de las posiciones ocupadas por nuestras fuerzas el 16 y 18 de Julio de 1866. Croquis levantado por el ingeniero [Roberto] Chodaesiewicz, Tuyutí, 23 de Julio de 1866”, en Museo Mitre, sección Mapas. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los brasileños recibieron esta nueva obra paraguaya con una fría indignación a la mañana siguiente. No solamente había López construido exitosamente una bien preparada trinchera enfrente de la línea aliada, sino que lo había hecho de la forma más audaz e insultante, justo después de que Mitre había afirmado que los paraguayos estaban terminados. La nueva trinchera se desplazaba oblicuamente hasta el frente como para amenazar toda la izquierda aliada y poner en peligro sus comunicaciones, que corrían justo detrás de ese flanco.

Don Bartolo no podía de ninguna manera tolerar el establecimiento enemigo de un reducto tan fuerte y tendría ahora que atacar con toda su fuerza. Y necesitaba hacerlo sin demora, “ya que hoy costará 200 hombres, mañana 500 y luego quién sabe cuántos, ya que cada avance en la construcción enemiga significa una pérdida”. Estas palabras corresponden al propio Mitre, en respuesta a las reticencias de Osório. Considerablemente dolorido por una afección de gota y harto en cualquier caso de las anteriores vacilaciones de Mitre, el general riograndense se sentía frustrado(4).

(4) La gota atormentaba a Osório tremendamente, tanto que tuvo que ir descalzo a Tuyutí. En una carta a su hijo, escrita en Pelotas, el 13 de Agosto de 1866, comentó que su pierna estaba “hinchada hasta la ingle” y que estaba contento de haber traspasado el comando a Polidoro, “un hombre bien posicionado y talentoso”, destinado más tarde a ser ennoblecido como Vizconde de Santa Thereza. Ver: Joaquim Luis Osório y Fernando Luis Osório. “História do General Osório” (Pelotas, 1915), 2: 271; la aflicción del General se sumó a su legendario estatus y muchos años más tarde, cuando una estatua ecuestre del héroe fue descubierta en Río de Janeiro, el escultor fue duramente criticado por representarlo con una bota sobre su pie hinchado [comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 21 de Abril de 2006]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Además, ya no tenía una idea clara de su lugar en la jerarquía aliada. Su comando estaba a punto de ser pasado al general Polidoro da Fonseca Quintanilha Jordão y, Osório, no quería realizar movimientos importantes sin un conocimiento claro de lo que querría hacer su sucesor(5). Reconocía el riesgo que los cañones en las trincheras paraguayas representaban, pero sentía que no debía hacer nada hasta que su reemplazante llegara desde Itapirú

(5) “El Semanario” (Asunción), en su edición del 24 de Julio de 1866 (republicado en “El Pueblo” de Montevideo, el 18 de Agosto de 1866), no pudo resistir hacer el extraño comentario de que Osório había sido reemplazado, porque se había vuelto muy cercano a Mitre (de hecho, los dos nunca habían sido particularmente amigos). Treinta y seis años más tarde, Juan E. O’Leary presentó una teoría igual de incongruente, afirmando que Osório había partido porque la guerra había ofendido su sentido del honor militar, y porque la lucha no “traería un triunfo cierto y glorioso” para él. Ver: “Recuerdos de gloria, 18 de Julio de 1866. Sauce”, en “La Patria” (Asunción), 18 de Julio de 1903; ni las cartas de Osório ni los testigos ofrecen pista alguna en ese sentido. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Polidoro estaba atrasado. De hecho, pasaron otros dos días hasta que llegó al frente. En el ínterin, los paraguayos cavaron más trincheras hasta debajo de Carapá. También trajeron cuatro pesados cañones y los emplazaron donde pudieran enfilarse hacia las unidades opuestas. Los hombres del mariscal hicieron todo esto bajo un ligero bombardeo aliado, que no hizo más que salpicar el suelo.

Mitre tenía sus dudas sobre el nuevo comandante brasileño. Salvo por un corto tour en servicio durante la rebelión de los Farrapos, Polidoro casi no había tenido experiencia de combate y, en aquella ocasión -veinte años atrás- había trabajado exclusivamente en fortificaciones. Desde entonces había detentado una variedad de puestos burocráticos en el ejército. Había servido, por ejemplo, como jefe de la Academia Militar en Río de Janeiro desde 1858 (y retornaría allí después de la guerra)(6).

(6) Polidoro había también servido brevemente como ministro de Guerra en 1863 [comunicación personal con Roderick Barman, Vancouver, Canadá, 12 de Octubre de 2007]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sus camaradas oficiales consideraban a Polidoro un hombre honesto, competente, incluso meticuloso pero, a diferencia de Osório, no era un soldado de soldados y no podía pretender transformarse en uno de la noche a la mañana(7). Pero era exactamente eso lo que los políticos de Río de Janeiro ahora demandaban de él(8).

(7) Mitre comentó, algunos días después, que Polidoro “quizás tiene más cualidades de General que Osório, pero no tiene [ni] la experiencia [ni el carisma] de su predecesor, quien ya se había ganado la confianza de sus soldados [...]. En cualquier caso, el comando de Osório era mayor que sus capacidades; él mismo lo sabía y ello lo enfermaba tanto moralmente [sic] como físicamente. Ya veremos si el general Polidoro es un hombre de ideas”. Ver: Mitre al vicepresidente Marcos Paz, Yataity, 25 de Julio de 1866, en: Archivo del coronel doctor Marcos Paz, 7: 232-3.
(8) Los hombres de Polidoro no lo recibieron con calidez y su comando estuvo -desde el principio- plagado con mucha evidencia de aversión personal. Aún así, algunos de los generales más respetados de la historia -el duque de Wellington, por ejemplo- nunca fueron personalmente populares ni con los oficiales ni con la tropa. Los exhaustivos reportes del general Polidoro, que detallan cada aspecto de la campaña de 1866, pueden ser hallados en el Arquivo Nacional (Rio de Janeiro), Coleção Polidoro da Fonseca Quintinilha Jordão.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Mitre se reunió con los demás comandantes aliados (excepto Tamandaré) la noche del 15 de Julio y juntos concibieron un plan de ataque. Justo antes del amanecer del día siguiente, el indeciso Polidoro lanzó la carga con toda la fuerza que pudo congregar. El cielo del Este comenzaba a ponerse rosa cuando la artillería de Flores tronó y 8 batallones de infantes brasileños arremetieron hacia adelante junto con una unidad de ingenieros y cuatro cañones Lahitte. Su objetivo era la trinchera que estaba más al sur.

Los brasileños avanzaron en dos columnas, con la Quinta Brigada del general José Luis Mena Barreto, abrazando los palmares de la izquierda y la fuerza principal del general Guilherme Xavier de Souza atacando el centro. La niebla de la mañana permitió a Mena Barrero serpentear sin ser visto las malezas encima de Potrero Piris. Desde allí, sus tropas cayeron sobre el flanco paraguayo, mientras los batallones restantes atacaban simultáneamente las trincheras por el mismo centro(9).

(9) Ver: “Partes relativas ao ataque do 16 de julio ultimo”, en “Jornal do Commercio”, edición del 29 de Diciembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los soldados de López fueron sorprendidos estando todavía ocupados en su atrincheramiento y, furiosamente, intentaron responder a los 3.500 brasileños con sus palas. Tras una corta demora, los cañones del mariscal abrieron una buena descarga de fuego, pero defenderse ante tal número de soldados era pedir demasiado a su infantería. Una hora después, el general Guilherme (como era universalmente llamado) tomó la recientemente cavada trinchera y expulsó a los paraguayos hacia los montes del norte.

No hubo descanso. Una vez que los soldados paraguayos estuvieron protegidos tras los árboles y arbustos, se dieron la vuelta y prosiguieron los disparos. Los brasileños ahora tenían las trincheras sureñas pero, por su posición, éstas les proporcionaban una protección mínima contra la mosquetería enemiga.

Reservas paraguayas llegaron de Sauce mientras los aliados trataban de presionar desde la boca más corta del potrero. Los hombres del general Guilherme lograron ponerse a treinta pasos de los paraguayos, pero sus formaciones se desordenaron en el bosque y fueron repelidas en desbandada. A las 11:00, luego de seis horas de intenso combate y de la pérdida de más de un tercio de su fuerza, los brasileños retrocedieron a la misma línea de trincheras que habían tomado más temprano.

Allí se enteraron de que Mena Barreto también había sido rechazado. Los brasileños ahora mantenían su posición en espera de los refuerzos que sabían les serían enviados por Polidoro. Para reanudar el ataque, necesitaban silenciar los cañones de Punta Ñar[o, que habían disparado tantos Congreves sobre ellos que aquéllo parecía un espectáculo de fuegos artificiales(10). Pero ello requería más hombres. A mediodía, una división fresca -comandada por un brigadier bahiano de cuarenta y cinco años, Alexandre Gomes Argolo Ferrão- reemplazó a la de Guilherme y la pelea comenzó de nuevo(11).

(10) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 134. Greenwood Press, Westport, Connecticut.
(11) Sobre esta plétora de oficiales aliados de alto rango, Centurión, sarcásticamente, comentó: “¡Qué lujo de generales, y cuánto honor para nuestros modestos coroneles y capitanes, los comandantes de batallones!”. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 158-9 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Aunque el aguileño Argolo había planeado presionar suficientemente como para quedar detrás de los cañones paraguayos, esto probó ser inviable. Tuvo que conformarse con mantener las trincheras recientemente ganadas. El precio fue alto. Cada media hora el mariscal enviaba batallones nuevos a atacar en olas. Buscaba conseguir, con bayonetas, lanzas y sables, lo que los paraguayos habían perdido con la artillería.

El coronel Aquino, un hombre de mirada penetrante, quien había comandado las fuerzas paraguayas durante estos asaltos, mantuvo su ferocidad en todo momento, gritando a todos los que quisieran oírlo -por encima del rugido de los cañones- cuánto deseaba matar un kamba con sus propias manos. Aquino era un oficial complejo. Estudioso y atento hasta en los más mínimos detalles, tenía un talento natural para resolver pequeñas dificultades prácticas. Esto lo hacía un decidido favorito entre los ingenieros extranjeros, con quienes había trabajado en la construcción del ferrocarril y en la administración de la fundición estatal de Ybycui(12).

(12) Bajo la dirección de Aquino, la fundición produjo gran cantidad de cañones y proyectiles de todo tipo, incluso antes de que la guerra comenzara. Ver: Optaciano Franco Vera. “General José Elizardo Aquino” (Asunción, 1981) y Thomas Lyle Whigham. “The Iron-Works of Ybycui (Paraguayan Industrial Development in the Mid-Nineteenth Century” - [“Las obras de hierro de Ybycui (Desarrollo industrial paraguayo a mediados del siglo XIX)”], en “The Americas”, 35: 2 (Octubre de 1978), pp. 201-18. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Aunque modesto y reservado en estas actividades pacíficas, en la guerra exhibía el mismo rudo coraje de Díaz u Osório, aquella actitud que pedía Enrique V en la obra de Shakespeare: “Tensen los músculos, conjuren la sangre, disfrácense con furia”. Su valor quedó más que en evidencia durante una de las últimas cargas del día. Sobre su caballo y bien adelante de sus hombres, Aquino se adentró entre la infantería enemiga blandeando su sable de un lado a otro.

Después de matar a un hombre, una bala Minie le dio en el intestino, pero no cayó. Galopó de regreso hasta las líneas paraguayas y, con la mano atajando sus entrañas expuestas, casi sin aire, le transfirió el comando a su subordinado. El mariscal envió un carruaje para trasladarlo a Paso Pucú, donde los doctores no pudieron hacer nada. El mortalmente herido comandante recibió una promoción a General. Murió en agonía dos días después(13).

(13) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 156-8 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Como tantas veces ocurrió durante la Guerra de la Triple Alianza, el ardor de un individuo no generó beneficios a su bando. El sacrificio de Aquino pudo haber creado otro héroe muerto para que los soldados admirasen mientras cenaran o alrededor del fogón, pero poco más que eso(14).

(14) Las alabanzas eran a veces excesivas, incluso en términos lopistas, haciendo de Aquino un héroe a la par del general Díaz y sólo un escalón por debajo del propio mariscal. Ver: “Origen de una frase. El general Aquino”, en Justo A. Pane. “Episodios Militares” (1900), pp. 91-3, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los paraguayos mantuvieron su posición en Punta Ñarö, pero no pudieron echar a Argolo de la boca sur del Sauce. Alrededor de las 22:00, la brigada de cinco batallones del brigadier Vitorino José Carneiro Monteiro se movilizó para aliviar a Argolo con cuatro batallones argentinos de reserva del coronel Emilio Conesa. Los aliados, finalmente, tuvieron tiempo suficiente para lamerse las heridas luego de que los últimos cohetes volaron frente a ellos e iluminaron los cadáveres en el campo.

Habían perdido 1.500 hombres -el mismo número que los paraguayos- y la batalla todavía no había concluido. Los ingenieros brasileños se pusieron a trabajar para construir varias trincheras más profundas, manteniendo sus labores ocultas lo mejor que podían del enemigo, que podía oír, pero no ver lo que estaba pasando(15).

(15) Ordem do dia Nro. 3 (General Polidoro da Fonseca Quintinilha Jordão, Tuyutí, 20 de Julio de 1866), citado en Theotonio Meirelles. “O Exército Brasileiro na Guerra do Paraguay (Resumos históricos)” (1877), p. 163 y passim. Typ. do Globo, Rio de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Un sentimiento de aprensión invadía a los hombres de ambos ejércitos mientras descansaban intranquilamente en la oscuridad. El enjuto brigadier Vitorino, quien será seriamente herido pocas horas más tarde, parecía tener dudas de que sobreviviría a la batalla(16). Y no estaba solo. El uruguayo coronel Pallejá, también estaba nervioso. Fiel a su hábito, se había sentado enfrente de su carpa para componer otra carta para los periódicos. Se había vuelto más pensativo, más melancólico, más convencido de su propia mortalidad. Menos de una semana antes, había perdido a su perro favorito, “Compañero”, que había sido volado en pedazos por una bomba paraguaya mientras el coronel inspeccionaba otra unidad(17).

(16) Nacido en Pernambuco, en 1816, Vitorino fue herido varias veces durante su carrera militar, que abarcó más de cuarenta años: una vez, en Pernambuco -en 1833-; de nuevo en Tuyutí; y una vez más en Boquerón. Sobrevivió a la guerra y fue promovido a Teniente General justo antes de su muerte, en 1877. Ver: http://www.sfreinobreza.com/Nobs2.htm.
(17) León de Pallejá. “Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay” (1960), tomo 2, p. 361 (dos volúmenes), Montevideo.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El pequeño can había sido una fuente de consuelo en los largos meses desde que comenzó la guerra, un recordatorio de que el afecto y la fidelidad pueden perdurar en las más angustiantes circunstancias.

Ahora, que el perro estaba muerto, Pallejá se sentía alterado y sus pensamientos, recurrentemente, se dirigían a la lejana España, a su esposa en Montevideo y a su hijo, quien era también un soldado. Reflexionó sobre el reciente enfrentamiento, notando que la ausencia de Osório había sido profundamente sentida. También rogó a sus lectores tener en mente que él -Pallejá- no había estado presente en la batalla misma, pero que deseaba dar el merecido crédito a los hombres que habían derramado su sangre allí(18).

(18) León de Pallejá. “Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay” (1960), tomo 2, pp. 382-3 (dos volúmenes), Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Guardó su informe y se retiró a su tienda, donde envolvió una frazada sobre su cuerpo y pasó la noche sin dormir, como muchos soldados a ambos lados de la línea.

El 17 trajo una tregua de facto, apenas una oportunidad para enterrar a los muertos y pedir más refuerzos. Nadie pensaba que la cuestión estuviese resuelta. La mañana siguiente amaneció fresca y clara, sin una nube en el cielo. López, inteligentemente, había removido sus piezas de artillería de Punta Ñarö, dejando solo una plataforma de cohetes defendida por un batallón de infantería. Sus hombres habían dedicado las horas previas a abrir una picada en los palmares de Carapá, para poder de nuevo amenazar las trincheras sureñas.

Los aliados se enteraron de esto y enviaron un batallón de infantería. Hubo una fuerte respuesta de mosquetería, ya que los hombres del mariscal se habían escondido en los bosquecitos, agachados, y dispararon apenas apareció el enemigo a la vista. Los brasileños devolvieron el fuego tiro por tiro.

A medida que sumaban las bajas alrededor de Carapá, una considerable consternación se percibía en el puesto de comando aliado. El general Flores, quien sólo podía ver las columnas de humo elevándose desde el monte, creyó que los paraguayos estaban a punto de lanzar otro ataque. Antes que ceder el campo a López, el presidente uruguayo ordenó a sus mejores unidades, incluido el Batallón Florida de Pallejá, avanzar de inmediato sobre Punta Ñarö.

Si bien lo que siguió no fue una acción impensada, ya que todos esperaban que Flores atacara ese punto, era igualmente arriesgada. Los hombres del Batallón 9 -que defendían el lugar- estaban bien sazonados y su comandante, un Mayor con el adecuado nombre de Marcelino Coronel, era un oficial tan obstinado como el que más en el ejército del mariscal. Cada hombre del batallón esperaba una oportunidad para vengar la pérdida de Aquino.

No tuvieron que esperar mucho. Los uruguayos se acercaron desde dos direcciones y, cuando estuvieron cerca, Coronel disparó sus cohetes contra ellos. La descarga fue secundada por los cañones de Bruguez, desde la principal línea paraguaya encima del Paso Gómez. Bomba tras bomba cayeron sobre los uruguayos con los usuales efectos sangrientos. Aún así, el grueso de la fuerza pudo pasar, cargando en el último instante y cayendo sobre la trinchera. Los paraguayos sólo tuvieron tiempo para una ronda de sus mosquetes y luego huyeron a la espesura.

Coronel también escapó, sólo para ser muerto unas pocas horas más tarde. Con Punta Ñarö en manos uruguayas, la batalla debió haber terminado en ese punto, ya que los aliados habían asegurado todos los sitios en disputa desde el 16. Pero el general Flores concluyó que los paraguayos podrían lanzar nuevas incursiones del mismo tipo si sus defensas -a lo largo del Bellaco- no eran eliminadas de una vez por todas. Quería ocupar el reducto final que protegía la entrada a Potrero Sauce.

Tomar esa posición, sin embargo, requeriría una carga sobre toda la longitud del Boquerón, una apertura natural en la maleza de unos 35 metros de ancho y 350 metros de largo. Los paraguayos habían dejado francotiradores ocultos en los arbustos a ambos lados de esta pradera y podían recibir con un fuego considerable a cualquier unidad que ingresara desde el sur(19).

(19) En circunstancias normales, las túnicas escarlatas de los paraguayos los habrían delatado en sus escondites pero, para esta época, el barro, el sudor y la lluvia les habían quitado el brillo a la mayoría de los uniformes, por lo que los soldados podían ocultarse sin ser detectados. Debe remarcarse, además, que ninguno de los recién llegados reclutas recibió uniforme alguno e invariablemente usaban las mismas camisas lisas, chiripás y ponchos que usaban en casa. Ver: “Paraguayan Uniforms - War of the Triple Alliance”, en “El Dorado”. South and Central American Military Historians Quarterly, 1: 3 (Septiembre de 1988). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Y en la retaguardia había tres cañones bien protegidos que podían causar estragos desde una distancia aún mayor. Si los aliados ocupaban esta última trinchera, podían comprometer la derecha del mariscal, lo cual podría, a su vez, forzar una retirada general del Bellaco. Flores pensó que la apuesta valía la pena. Como en Yataí, el año anterior, resolvió atacar aún cuando su artillería no podía todavía proporcionarle fuego de apoyo.

El Boquerón nunca había figurado en primer plano en la estrategia defensiva del mariscal, pero cuando los aliados comenzaron a cargar sobre el abierto, los hombres bajo su comando se dieron cuenta de su valor. Flores se había embarcado en un temerario ataque contra la casi impenetrable posición y, cuánto más se adentraran en el Boquerón las tropas aliadas, más difícil les sería salir. Ponerse en posición de ataque ya era de por sí bastante costoso, ya que los paraguayos mantenían un fuego constante: primero una bomba, después otra, luego otra y otra. Nadie podía sorprender al ejército del mariscal en esa ocasión.

Los tres Ejércitos Aliados contribuyeron con unidades para el asalto y ni un solo soldado olvidó jamás lo que pasó después. La vanguardia estaba compuesta por varias unidades de guardias nacionales argentinos, la mayoría de Buenos Aires. Ninguno tenía experiencia previa de combate. Estaban apoyados por el Batallón Florida, de Pallejá que, al contrario, había estado ya demasiado tiempo combatiendo contra los paraguayos.

El comandante argentino, un sexagenario retacón, barbudo, de mandíbula cuadrada, llamado Cesáreo Domínguez, ordenó a sus tropas avanzar en dos columnas a lo largo de los márgenes, con los sanjuaninos y cordobeses a la derecha y los entrerrianos y mendocinos a la izquierda(20). Dado que esperaba que las baterías paraguayas concentraran el fuego en el centro, dejó esa parte del campo libre.

(20) Una excelente fotografía de este oficial y su personal ha sido conservada en el Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba y fue reproducida en Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), p. 107. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Fue poca la diferencia: los demonios paraguayos pelearon con desesperación; borrachos con el fragor de la batalla, parecían leones enfurecidos [...]. Defendían su trinchera con un coraje ciego, con bayonetas, con piedras y bolas de cañón que tiraban con las manos, con paladas de tierra que lanzaban a las caras de las tropas asaltantes, con culatas de sus rifles, con sus baquetas, con sables, con lanzas(21).

(21) José Ignacio Garmendia. “Recuerdos de la Guerra del Paraguay”, Primera Parte: “Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí)” (1890), p. 73. Ed. Peuser, Buenos Aires; ver también: “Parte oficial del coronel Cesáreo Domínguez”, Tuyutí, 20 de Julio de 1866, en el diario “La Nación Argentina” (Buenos Aires), edición del 31 de Julio de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los atacantes argentinos tenían poca experiencia y por momentos su resolución flaqueó, pero había entre ellos algunos audaces oficiales que permanentemente instaban a avanzar. Un mayor inmigrante llamado Teófilo Iwanovski, arengaba a sus tropas mendocinas gritando en una mezcla de español y alemán y gesticulaba salvajemente ante el enemigo con una mano destrozada por una bala(22). Nadie entendía su lengua, pero todos sabían qué quería decir. Otro Mayor, italiano de origen, un desplazado bersagliero de Piamonte llamado Rómulo Giuffra, sangraba tan profusamente por una herida que su torso parecía un colador, pese a lo cual se mantuvo cerca de sus sanjuaninos y los urgía a continuar adelante(23).

(22) Iwanovski nació como Heinrich Reich, en la ciudad prusiana de Posen, en 1827. Primero llegó a Sudamérica como un recluta del ejército brasileño -en 1851- y sirvió en la campaña de Caseros. Encontrándose en la indigencia, en Montevideo, apareció ante el marqués de Castiglione, quien estaba en la capital uruguaya reclutando tropas para Buenos Aires en su lucha contra la Confederación. Inicialmente, el marqués no tenía lugar para Reich pero, cuando un polaco llamado Iwanovski no se presentó a la convocatoria, el prusiano dio un paso adelante y se hizo pasar por él. Sirvió a lo largo de la guerra con Paraguay y fue varias veces herido. Siendo ya General, en 1874, Iwanovski fue capturado en una rebelión en la provincia de San Luis y murió con un revólver en la mano gritando en su mal español: “¡No me rindo, no me rindo!” Ver: Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), p. 75. Ed. Planeta, Buenos Aires. Ignacio Fotheringham, otro inmigrante que conocía bien al hombre, insistió en que su nombre verdadero era Karl Reichert. Ver: “Vida de un soldado o reminiscencias de las fronteras” (Buenos Aires, 1998), 1: 332. Juvêncio Saldanha Lemos menciona un João Reicher sirviendo al 27 de Caçadores durante los 1850, pero no está claro de que se trate de la misma persona. Ver: Juvêncio Saldanha Lemos. “Os Mercenários do Imperador” (1996), p. 571. Ed. Biblioteca do Exército, Rio de Janeiro.
(23) Domingo Fidel Sarmiento al editor de “El Pueblo”, Tuyutí, del 18 de Julio de 1866, en la Biblioteca Nacional de Asunción-CJO; Giuffra murió -a causa de su herida- dos semanas más tarde, en un hospital correntino. Ver: periódico “La Tribuna” (Buenos Aires), edición del 8 de Agosto de 1866.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Soldados de diferentes provincias argentinas estaban ahora unidos en un solo cuerpo, dejando de lado sus lealtades regionales y actuando finalmente como patriotas antes que como rivales. Independientemente de sus apellidos y de su origen, se lanzaron al frente. Junto con el Batallón Florida, los argentinos tuvieron éxito en escalar la trinchera y forzar al enemigo a dejarla.

Fue un momento eufórico para los aliados ver correr a los batallones de López. Algunos de los soldados treparon los parapetos y gritaron vivas a la Alianza, al Gobierno Nacional y a sus provincias hasta quedar roncos. Otros se tiraron al piso, exhaustos, y comenzaron a morder sus raciones de charque y galleta. Se habían ganado su descanso y, con el enemigo en retirada, pretendían disfrutar al máximo de ello.

Repentinamente, antes de que el último hombre hubiera terminado de beber de su cantimplora, una enorme descarga de fusiles erupcionó desde todos los rincones de las malezas, seguida por el sonido de refuerzos paraguayos avanzando desde el Sauce. El feliz sentimiento de victoria, que había sido tan dulce para los argentinos hacía unos instantes, se agrió de inmediato. El coronel Domínguez enfrentaba ahora a seis batallones frescos de infantería paraguaya y un regimiento de caballería desmontada, todos bajo el comando de un enfurecido general Díaz, quien lideraba desde el frente, como de costumbre.

El comandante argentino no tuvo tiempo para dudar. Pidió refuerzos y ordenó a sus soldados inutilizar los cañones que acababa de confiscar. Los hombres bien podrían haber entrado en pánico, ya que todo era un pandemonio, pero no quedaban energías ni para correr. En cambio, abandonaron la trinchera y pelearon lo mejor que pudieron para cubrir su retirada hacia sus líneas originales. Muchos cayeron muertos o desfigurados, mientras los hombres de López llegaban desde el Boquerón como en un torrente.

Domínguez, a quien ya le habían matado dos caballos en la refriega, trató de conducir el fuego en medio de la carnicería, pero no era tarea fácil, con tan pocas municiones a su disposición. Ahora, a pie, se dirigió a Pallejá, quien se había aproximado para mantenerse cerca de él, pero antes de que las palabras salieran de sus labios vio cómo el español-uruguayo perdía la vida, alcanzado por una bala de cañón, y caía estrujado al suelo. Domínguez lanzó una maldición y ordenó a sus hombres trasladar el cuerpo(24).

(24) Emilio Mitre a Martín de Gainza, Yataity, 19 de Julio de 1866, en el Museo Histórico Nacional (Buenos Aires), 3843. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Menos de diez minutos después, el último de los soldados argentinos llegó arrastrándose a sus líneas originales. Lucían abatidos en todo sentido, con sus uniformes rasgados y sus rostros salpicados de lodo y pólvora. Unos cuantos habían perdido sus mosquetes y mochilas(25). Y todos se sentían desorientados, avergonzados, vacíos. Los hombres en las unidades uruguayas se sentían mucho peor. Habían perdido a su comandante, a quien incluso los reclutas paraguayos que había entre ellos (los hombres que habían sido enrolados a la fuerza después del sitio de Uruguaiana) hacía tiempo que habían aprendido a admirar(26).

(25) Algunas fuentes afirman que, después de la batalla, los paraguayos recuperaron 5.000 rifles Minié; esto es probablemente una exageración, aunque puede que no por mucho. Ver: Juan E. O’Leary. “Recuerdos de Gloria. 18 de Julio de 1866. Sauce”, en: “Recuerdos de Gloria (Artículos Históricos sobre la Guerra contra la Triple Alianza” (2008), Compilación de Sebastián Scavone Yegros. Servilibro, Asunción.
(26) En un apartado, la edición del 3 de Septiembre de 1866 del “Jornal do Commercio” (Río de Janeiro) observó que los paraguayos, al servicio uruguayo, completaban “batallones”.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sin duda alguna, Pallejá había probado ser un líder heroico, pero era también un hombre decente y humano. Había dedicado su vida a la profesión de las armas y, así fuera defendiendo la causa perdida de los carlistas en España o los intereses políticos del partido colorado en su patria adoptiva, siempre había demostrado solicitud hacia sus hombres. Sus cartas desde el frente paraguayo, más tarde reunidas en su “Diario de la campaña...”, son un modelo de análisis razonado, limpio de rencor hacia el enemigo, y causaron gran respeto en su tiempo.

Incluso hoy, tienen la autoridad de un testigo de gran altura moral de los peores y mejores aspectos de un conflicto maligno. Las cartas, sin embargo, no eran más que una parte secundaria de la historia de Pallejá ya que, aunque mucha gente admiró su obra escrita desde la distancia, sus hombres en el campo lo amaban con genuino afecto.

Las balas continuaban zumbando en el instante de su muerte y, pese a ello, los soldados se detuvieron y le rindieron armas a su cuerpo sin vida. Trajeron una camilla y lo retiraron de la escena. En el camino, se detuvieron por unos minutos para que los fotógrafos de Bate Brothers pudieran registrar el triste suceso.

Estos pulcros profesionales, tremendamente fuera de lugar en la repulsiva devastación del Paraguay, habían arribado de Montevideo a principios de Junio y ahora producían una imagen de gran valor para una generación de veteranos, no solamente en el Uruguay, sino en todos los países afectados por la guerra(27). El nombre del coronel Pallejá fue inmortalizado incluso en el Paraguay, donde su nobleza de espíritu siempre había recibido un elaborado elogio(28). Como él mismo habría insistido en aclarar, sin embargo, fue sólo uno de los cientos de hombres que murieron ese día en el Boquerón(29).

(27) Miguel Angel Cuarterolo. “Images of War. Photographers and Sketch Artists of the Triple Alliance Conflict”, en: “Kraay y Whigham, I Die with My Country”, p. 163. Las tropas, recientemente llegadas, aunque básicamente sin preparación para el combate, fueron rápidamente incorporadas a las diezmadas unidades de Flores; para detalles, ver: Orden General, Tuyutí, 8 de Julio de 1866, en Archivo del Centro de Guerreros del Paraguay, en el Museo Histórico Nacional, Montevideo, tomo 77.
(28) Ver, por ejemplo, “Un episodio del valor oriental. El capitán Parejá [sic]”, en Justo A. Pane. “Episodios Militares” (1900), pp. 115-8, Asunción. Las noticias de la muerte de Pallejá fue recibida en Montevideo con dramáticas lamentaciones. El Gobierno declaró un día de luto y los periódicos competían por cubrir los más lúgubres detalles de su fallecimiento. Ver: “El Siglo” (Montevideo), 1-2 de Agosto de 1866.
(29) Pallejá nació con el nombre de José Pons y Ojeda, en Sevilla, en 1817 y, para la edad de veinte años, ya se había afiliado con los rebeldes de Don Carlos. Con la derrota de este último, en 1839, Pons emigró al Uruguay, cambió su nombre y se enroló en el ejército. Como Iwanovski, sirvió con distinción en Caseros y ya se había retirado cuando fue nuevamente llamado al servicio activo para la campaña del Paraguay, un conflicto que él consideraba “un estúpido error”. Pallejá escribió desde el frente sesenta y cuatro cartas que fueron publicadas en “El Pueblo” y “El Siglo”, de Montevideo y, ocasionalmente, republicadas en el “Jornal do Commercio” de Rio de Janeiro; “La Tribuna”, de Buenos Aires; y, con traducción al inglés, en “The Standard”. Ver: Alberto del Pino Menck. “Armas y Letras: León de Pallejá y su contribución a la historiografía nacional” (1998), tesis. Universidad Católica del Uruguay, Montevideo, versión revisada presentada en las II Jornadas Internacionales de Historia del Paraguay, Universidad de Montevideo, 15 de Junio de 2010.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Incluso ahora, la batalla no había terminado. Flores se sentía perplejo de ver a los soldados aliados volver trastrabillando y agotados. Había enviado a estos hombres al descampado sobre la base de un riesgo calculado; ahora actuó con petulancia. Cuando llegó Domínguez, también lo hizo el general Emilio Mitre, quien comandaba las unidades enviadas para reforzar al ahora derrotado Coronel. Viendo que era demasiado tarde, el general se aproximó a Flores para pedirle nuevas instrucciones. Frustrado por lo que había ocurrido e impaciente por cobrar venganza por la muerte de Pallejá, el presidente uruguayo, a gritos, le ordenó retomar la trinchera.

Mitre se mordió los labios. De los dos hermanos, Emilio era el más emocional, el más impetuoso, pero no en esta ocasión. Había visto lo suficiente como para saber que nada más que otra carnicería podría venir de un nuevo asalto al Boquerón. Respondió la orden con vacilación, ansiando que se reconsiderara. Pero Flores había perdido la paciencia. Aunque básicamente era un buen comandante, a veces permitía que su agresividad se impusiera a su sentido común, y no tenía intenciones de volverse atrás en esta oportunidad(30).

(30) “Parte del mariscal Polidoro, General en Jefe del primer cuerpo de ejército brasilero”, Tuyutí, 23 de Julio de 1866, en Bartolomé Mitre. “Archivo del General Mitre” (1911), volumen 4, p. 125, (veintiocho volúmenes), diario “La Nación”, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Emilio Mitre tuvo que explicar la situación al coronel Luis N. Argüero, comandante de la sexta división, quien recibió instrucciones de montar el nuevo ataque. Tampoco él tenía ilusiones acerca de las posibilidades de la misión que se le encomendaba. Saludó al general, le dijo “adiós para siempre” y comenzó a avanzar con sus hombres hacia el descampado(31).

(31) José Ignacio Garmendia. “Recuerdos de la Guerra del Paraguay”, Primera Parte: “Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí)” (1890), p. 79. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Antes de salir al abierto, los cañones paraguayos volaron varios de sus números en pedazos. En las muchas historias de la guerra escritas en los 1860, Paraguay es frecuentemente representado como el pigmeo enfrentando el abrumador poderío del gigante aliado; en este momento y lugar, el ejército del mariscal tuvo consigo la mayoría de las cartas. Díaz había traído varias piezas de artillería desde el Bellaco norteño y además descubrió que los argentinos no habían podido inutilizar sus cañones después de todo, por lo que los volvió de inmediato hacia el enemigo que avanzaba.

Los de 68 libras, en el Paso Gómez, continuaron tronando y haciendo llover bombas sobre las mismas tropas. Centurión dijo más tarde que el Boquerón se convirtió en “un vórtice que tragaba masas de carne humana como un monstruo insaciable(32).

(32) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), volumen 2, p. 165, (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los atacantes se organizaron en dos columnas como antes, con la derecha liderada esta vez por Argüero y la izquierda por el teniente coronel Adolfo Orma. Este oficial recibió una herida de bala en el pie apenas dio la señal de cargar contra la posición paraguaya. El mayor Francisco Borges, quien había sido herido en Tuyutí, se adelantó para tomar su lugar, pero en medio del humo lo alcanzó una bala Minie y él también tuvo que ser evacuado(33).

(33) El Mayor fue el abuelo del gran escritor argentino Jorge Luis Borges, quien inmortalizó su vida de soldado y su violenta muerte en dos poemas, “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-74)” y “Cosas”. Ver: Jorge Luis Borges. “Obras Completas” (1989), pp. 206, 483-4. Ed. Emecé, Barcelona. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En la confusión, y con todos los hombres tosiendo por el sulfuro, la columna se estancó y ya no avanzó más. A la derecha, los hombres de Argüero se desplazaban a lo largo del margen del Boquerón. Tenían que caminar entre los cuerpos de sus camaradas caídos. Pronto, las nuevas tropas alcanzaron la línea externa de las trincheras, como lo habían hecho sus predecesores. Algunos se acercaron lo suficiente como para espiar por encima, sólo para encontrarse con masas de soldados paraguayos acurrucados detrás de su cañón, prueba definitiva de que el ataque no podía prosperar.

Argüero ya lo sabía de antemano y sólo entró al combate en obediencia de sus órdenes, con total comprensión de sus limitadas posibilidades de éxito. Ahora, como si hubiesen esperado el momento apropiado, los cañones paraguayos cortaron al coronel en dos, como si fueran machetes rebanando el tallo de una planta de maíz.

Los brasileños no enviaron ayuda porque López, inteligentemente, preparó una descarga sobre su flanco para hacerles creer que era inminente otro ataque. Sin refuerzos a la vista, para las 14:00, el segundo al mando de Argüero ordenó la retirada en voz baja para que los hombres del mariscal, que estaban apenas unos veinte metros más adelante, no pudieran oírlo(34). Dejó allí el cuerpo de su coronel para que lo sepultaran los paraguayos.

(34) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 138. Greenwood Press, Westport, Connecticut; periódico “The Standard”, (Buenos Aires), edición del 1 de Agosto de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

- Resultados y costos

Media hora más tarde, las últimas tropas aliadas terminaron de arrastrarse hasta su posición original, donde un lívido Emilio Mitre las esperaba(35). La devastación que habían sufrido impactó la sensibilidad del General y de todos los hombres en el campo. La batalla del Riachuelo había ocasionado una mayor confusión y Tuyutí había visto una mayor pérdida de vidas, pero Boquerón, debido a que sus peores efectos afectaron a un lugar tan pequeño, parecía infinitamente más terrible. Los aliados habían sufrido alrededor de 3.000 bajas en la boca del descampado, lo que elevó sus pérdidas de los tres días a más de 5.000(36).

(35) José Ignacio Garmendia. “Recuerdos de la Guerra del Paraguay”, Primera Parte: “Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí)” (1890), p. 109. Ed. Peuser, Buenos Aires; “Teatro de guerra. Combates del 16 y 18”, en “El Siglo” (Montevideo), edición del 1 de Agosto de 1866.
(36) Francisco Doratioto. “Maldita Guerra” (2004), p. 234. Ed. Emecé, Buenos Aires; sus cifras están bastante en línea con las citadas por Garmendia, O’Leary y los reportes oficiales aliados.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Así lo describió Centurión:

Todo el suelo estaba manchado de sangre. Montañas de cadáveres, en las que argentinos, brasileños, orientales y también paraguayos se mezclaban en una desgracia común y en las que se podían encontrar cuerpos en las más curiosas posiciones [...] cubrían ese espacio de tierra hasta el pie de las trincheras.
Aquéllos que todavía estaban vivos, se movían incontrolablemente en los esfuerzos finales de su pena. Las contracciones de los músculos podían verse en cada cara pálida, reflejando sus impresiones finales ante la muerte(37).

(37) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), volumen 2, pp. 166-7, (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estos macabros montículos de cadáveres fueron captados por el ojo de los Bate Brothers quienes, como polillas en torno a la luz de una lámpara, iban y venían para registrar estas vistas terribles. Ubicaron sus pesadas cámaras y tomaron cuidadosamente una fotografía tras otra. Al final, produjeron tantas fotos de cuerpos muertos que en las mentes de mucha gente río abajo esta imagen específica de masacre se convirtió en emblemática de la guerra(38). Los paraguayos perdieron alrededor de 2.500 hombres -entre el 16 y el 18 de Julio- junto con muchos heridos(39).

(38) La predilección por registrar escenas bárbaras es muy común entre fotógrafos de guerra, algunos de ellos importantes artistas, como Roger Fenton en el conflicto de Crimea y Mathew Brady en la Guerra Civil de Estados Unidos, y algunos de ellos amateurs, como los fotógrafos japoneses que registraron las atrocidades de su propio ejército en Nanking en 1937. Ver: Miguel Angel Cuarterolo. “Images of War. Photographers and Sketch Artists of the Triple Alliance Conflict” (2004), en: “Kraay y Whigham”, “I Die with My Country. Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870”, p. 164. Ed. University of Nebraska Press, Lincoln y Londres.
(39) Una semana más tarde, el comandante paraguayo en Humaitá reportó 70 oficiales y 3.699 hombres internados en el hospital de campo por heridas recibidas, junto con otros siete oficiales y 1.044 hombres con varias enfermedades y otras quejas. Algunos de estos pacientes, desde luego, podrían haber estado en el hospital antes de Boquerón. Ver: Vicente Y. Osuna al ministro de Guerra, Humaitá, 25 de Julio de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción - Sección Nueva Encuadernación, Nro. 2408.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Dado que esto era la mitad de las pérdidas de los aliados, el mariscal López podía atribuirse una clara victoria, y eso hizo, ordenando celebraciones desde Humaitá hasta Asunción y en todas las pequeñas comunidades del Interior. Y no era un simple regodeo de tipo fantástico ya que, a diferencia de Yataity Corá, los resultados de Boquerón demostraron la eficacia de la planificación defensiva del mariscal. Había logrado tentar a los aliados a realizar un ataque frontal contra una posición que supuestamente podían enfilar fácilmente, y el truco había resultado mucho mejor de lo que cualquier razonamiento hubiera esperado.

Si se trataba de culpar a un comandante por el revés aliado, el mejor candidato era claramente Flores. El presidente uruguayo había traído a la batalla sus usuales determinación y bravura, pero actuó con un conocimiento limitado de los desafíos que sus hombres podrían enfrentar. Su decisión de atacar las trincheras más retrasadas probó ser irresponsable por donde se la mirara, y el envío de Orma y Argüero a una carga final suicida fue, además, criminal. Debió haberse contentado con mantener Punta Ñar[o, pero su ambición y su rabia lo dominaron y no se pudo separar de ellas(40).

(40) Garmendia absuelve a Flores de toda culpa por el revés, afirmando que las felicitaciones al presidente uruguayo fueron unánimes en el lado aliado. En la superficie, esta parece una observación ya de por sí extraña, pero lo esencial de la dudosa interpretación de Garmendia parece ser que las acciones de Flores salvaron a los argentinos de un destino peor. Es difícil ver cómo este pudo haber sido el caso. Ver: José Ignacio Garmendia. “Recuerdos de la Guerra del Paraguay”, Primera Parte: “Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí)” (1890), p. 101. Ed. Peuser, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Por supuesto, antes que hacer recaer toda la responsabilidad en un solo comandante, podría ser más justo reprochar a toda la estructura del Comando Aliado, que se basaba sobre un arreglo improvisado antes que sobre una autoridad centralizada. Esta forma de hacer las cosas podría tener sus atractivos en una alianza militar de casi iguales, pero también fomentaba una serie de demoras y obstrucciones innecesarias.

Como regla, cualquiera fuera la unidad que atacara o fuera atacada, el mariscal, su comandante, se hacía cargo, y los demás lo seguían. Este modus operandi, que implicaba independencia de acción para cada unidad a lo largo de la línea, había funcionado bien el 24 de Mayo, debido a que López -en esa ocasión- había embestido contra un amplio frente y cada comandante aliado tenía esencialmente la misma tarea delante de él.

En Boquerón, sin embargo, los paraguayos habían dejado hacer el primer movimiento a sus oponentes o, mejor, a un comandante de cuerpo brasileño no probado y a un irascible presidente del Uruguay. El resultado fue una serie de cargas mal concebidas contra un reducto básicamente inexpugnable, un mal uso de tropas de reserva y una casi total ausencia de coordinación entre las unidades. Los generales aliados se apuntaron con el dedo unos a otros después de la batalla(41).

(41) El general Tasso Fragoso observa interpretaciones muy diferentes de las primeras fases de la batalla en los reportes enviados por Flores, el brigadier Vitorino y el coronel Domínguez. Ver: Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), 3: 33-5. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro. Ver también “Diário do Rio de Janeiro”, ediciones del 12 de Agosto y 1 de Septiembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Fueron menos generosos en sus reconocimientos a López, cuyas disposiciones habían ganado el día para el Paraguay. Los observadores argentinos y brasileños acentuaron al unísono el hecho de que el mariscal estaba lejos de la acción y tuvo poco control significativo sobre los eventos al sur del Bellaco. Olvidaron que sus ingenieros habían construido líneas auxiliares de telégrafo para mantenerlo en contacto permanente con sus oficiales de campo. Observaba la batalla con su telescopio y sabía cuándo enviar sus propias reservas(42).

(42) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), volumen 2, p. 168, (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Y para mencionar un punto que los escritores militares han convertido en un cliché, López simplemente cometió menos errores ese día. Tuvo su victoria. Le costó 2.500 vidas, hombres que no podía reemplazar fácilmente. Pero, por el momento, había ganado.

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