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RIESGOS Y PERCANCES

En retrospectiva, es obvio que la situación estratégica no había cambiado. Los aliados controlaban cada punto de aproximación al Paraguay y, pese a los recientes reveses, sus ejércitos eran todavía formidables y se hacían cada vez más fuertes. Las unidades navales de Tamandaré todavía no habían montado un ataque serio, pero nadie dudaba de su capacidad de hacerlo. Las fuerzas militares del mariscal, en contraste, podían regodearse en el resplandor de una victoria poco significativa -desde el punto de vista táctico- pero no tenían posibilidad de reforzarse.

El mariscal Francisco S. López tampoco podía quebrar el control enemigo en el sur. A López, por lo tanto, sólo le quedaba contemplar ideas defensivas, nada más. Los paraguayos, no obstante, se beneficiaban de ciertas realidades geopolíticas. Sus adversarios desconfiaban unos de otros y no podían conseguir estabilidad en su propia casa. Argentina y Brasil tenían complejas sociedades y grandes economías que sólo incidentalmente se vinculaban con los esfuerzos de la guerra.

Bartolomé Mitre era el comandante aliado, pero también era un cuidadoso presidente de un país con muchas necesidades y con una gran variedad de matices políticos, con muchas facciones opuestas a sus políticas. Una insurrección parecía estar engendrándose contra un impopular gobernador antimitrista en Corrientes y las provincias occidentales estaban igualmente exaltadas. Algunos informes sugerían que el general Urquiza, en Entre Ríos, estaba ahora considerando prestar su lealtad al Paraguay(1).

(1) Una variedad de reportes paraguayos, desde Misiones, en Septiembre de 1866, sostenía que Urquiza iba a atacar la retaguardia brasileña cuando pasara a través del norte de la Argentina, lo cual, a su vez, traería un levantamiento general en Corrientes en apoyo de la causa del mariscal. Ver: Gabriel Sosa a ministro de Guerra, Campamento Campichuelo, 5 de Septiembre de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción-Sección Nueva Encuadernación 1733. Francisco Octaviano de Almeida Rosa, el jefe de la misión brasileña en Buenos Aires, sospechaba tanto de las autoridades provinciales correntinas, en esa época que ordenó al general Polidoro enviar 250-300 rifles para armar a los heridos que podían caminar y el personal médico en el Hospital del Saladero en Corrientes, en caso de que hubiera problemas. Ver: Octaviano a Polidoro, Corrientes, 29 de Septiembre de 1866, en Arquivo Nacional [extraído por Adler Homero Fonseca de Castro]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estas historias podían ser exageraciones, pero Mitre no podía ignorarlas. En cuanto a Brasil, los políticos allí podían tener poco temor de disidentes provinciales per se, pero el sistema parlamentario en el cual operaban los representantes del Gobierno tenía sus propias complicaciones y debilidades, que hacían difícil la toma de decisiones.

Tuyutí había saciado hasta cierto punto la sed de venganza que muchos en las capitales aliadas sentían poco tiempo antes. Pero una victoria total seguía siendo un objetivo distante. Boquerón había mostrado que la guerra sería prolongada, ya que el mariscal no había dado señales de retirada o capitulación. Si el conflicto se arrastraba por mucho tiempo más, los autores de la Triple Alianza tendrían que encontrar nuevos y más convincentes argumentos para justificar el gasto de tantas vidas y dinero.

Todo esto sugería que Mitre debería renovar el combate lo más rápido posible. Si no podía lanzar sus fuerzas terrestres de inmediato, le quedaba el recurso ventajoso de dirigir los cañones de Tamandaré contra el flanco paraguayo. El almirante siempre se había jactado de que podía destruir Humaitá cuando quisiera. Quizás había llegado el momento.

Podía desplegar sus vapores y llamar la atención del enemigo mientras Mitre preparaba un nuevo ataque por tierra. Pero Tamandaré casi no había hecho movimientos río arriba desde Mayo, lo que les dio a los paraguayos tiempo para preparar baterías en la orilla del río y, más grave aún, para experimentar con minas, tanto ancladas como flotantes. Los primeros esfuerzos -en ese sentido- databan de poco después de la batalla del Riachuelo(2).

(2) Ver Vicente Barrios al mariscal López, Asunción, 20, 24 y 26 de Junio de 1865, en el Archivo Nacional de Asunción-Sección Nueva Encuadernación 2824. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estas minas tendían a ser frágiles e inservibles -damajuanas llenas de pólvora lanzadas a bordo de balsas hacia buques brasileños anclados-. Las improvisadas mechas de estos “torpedos” o “máquinas infernales” tendían a mojarse sobre las balsas mientras flotaban, por la accidentada corriente y, en consecuencia, raramente explotaban(3).

(3) Ver diario “La Nación Argentina” (Buenos Aires), del 27 de Junio de 1866; “Diário do Rio de Janeiro”, del 5 de Junio de 1866; “Diário da Esquadra”, en el “Jornal do Commercio” (Río de Janeiro), del 21 de Julio de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuando sí lo hacían, producían un ruido considerable que podía oírse en Tuyutí a kilómetros de distancia, donde las detonaciones a veces inspiraban asombro en ambos lados de la línea. Pero usualmente no causaban daños reales en los barcos aliados.

En Junio, los paraguayos mejoraron sus minas. López había reunido un equipo de químicos y técnicos navales en Humaitá, dirigidos por William Kruger, un estadounidense que había servido en las fuerzas navales de su país durante la reciente Guerra Civil. Había llegado al Paraguay en 1864, curiosamente como tripulante de un barco fluvial boliviano enviado por el estrecho Pilcomayo en una misión diplomática a las Repúblicas del Plata.

Cuando la embarcación pasaba por las aisladas y poco conocidas áreas del Gran Chaco, fue varias veces asaltada por indios de la zona y en una de esas ocasiones Kruger recibió un afilado flechazo en una mano. La herida lo llevó al hospital una vez que la misión llegó a Asunción. Permaneció en la capital después de su convalescencia y se quedó atrapado cuando los aliados impusieron su bloqueo en 1865.

Kruger pudo haber tenido alguna experiencia previa en la fabricación de artefactos explosivos en Norteamérica, pero no mucha. Sea como fuere, asumió su trabajo con gusto, considerando un desafío personal hundir cuanto buque aliado entrara al río, y se dedicó especialmente a solucionar el fastidioso problema de las detonaciones a destiempo o inefectivas de las bombas(4).

(4) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 175-6 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. La extraordinaria expedición diplomática que trajo a Kruger al Paraguay, tenía por objeto la afirmación de un reclamo boliviano sobre porciones del territorio del Chaco Occidental. La misma incluía como jefe de misión a Aniceto Arce Ruiz, alta figura del partido Conservador de su país, más tarde Jefe de Estado (1888-1892). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El farmacéutico inglés George Frederick Masterman se liberó de sus responsabilidades hospitalarias y se unió a Kruger como químico, junto con Ludwik Mieszkowski, un ingeniero polaco y antiguo residente del país, casado con una prima del mariscal. El equipo también tenía un miembro paraguayo, Escolástico Ramos, quien había estudiado ingeniería con los Blyth Brothers en Londres algunos años antes y que había retornado a Asunción con una esposa inglesa.

El fracaso de los experimentos anteriores había hecho que Kruger y sus hombres reconsideraran su diseño. Surgieron varios modelos. Un artefacto fue lanzado por nadadores al acorazado brasileño “Bahia” la noche del 16 de Junio. Aunque disfrazada, la mina no engañó a los tripulantes de alerta, que la desviaron cuidadosamente hacia la costa con palos y redes. Después de remover los percusores, la alzaron a bordo del “Bahia” para examinarla. Adentro descubrieron un mecanismo tan simple como ingenioso(5).

(5) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 152. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres, pone como fecha de este evento el 20 de Junio y también señala que dos minas se soltaron de sus amarras y fueron a dar, una, contra el “Bahia” y, otra, contra el “Belmonte”. Las otras fuentes, que sostienen que una sola mina fue lanzada deliberadamente contra el “Bahia”, no hacen referencia a otro barco brasileño. Al parecer, Thompson se equivoca en este detalle. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los paraguayos habían adecuado una especie de armazón con tacuaras que sobresalían desde la cara externa de tres cajas concéntricas. La idea era que, cuando las tacuaras golpearan el casco de un barco enemigo, unos martillos metálicos se activaran y rompieran una cápsula de ácido sulfúrico dentro de una mezcla de clorato de potasio y azúcar blanca en la caja interior. El calor liberado causaría la ignición de la pólvora, con ensordecedor resultado(6). Estas minas eran baratas de producir, toda vez que hubiera suficiente material para ello(7).

(6) Darryl E. Brock proporciona exhaustivos detalles sobre la operación de varios torpedos paraguayos, usando como fuente el diario inédito de James Hamilton Tomb, un ex oficial naval confederado que sirvió a los brasileños después de la Guerra Civil y se convirtió en su experto dragaminas durante el conflicto de 1864-70. Ver Brock, “Naval Technology from Dixie”, en: “Américas” 46 (1994), pp. 6-15. Ver también: Julio Alberto Sarmiento. “Empleo de minas submarinas en la guerra del Paraguay (1865-1870) y esquema de la evolución del arma hasta fines del siglo XIX”, en: “Boletín del Centro Naval”, 79: 648 (1961), pp. 413-27.
(7) Aunque era difícil obtener químicos importados en esta época en Paraguay, el arsenal de Asunción todavía poseía buenas cantidades de salitre, sulfuro y carbón para fabricar pólvora. De hecho, cada semana, durante este período, cargamentos de explosivos y armas eran enviados río abajo hasta Humaitá y, de ahí, al frente. Ver, por ejemplo, Francisco Bareiro a Solano López, Asunción, 27 de Julio de 1866, en el Archivo Nacional de Asunción-Sección Histórico 350, n. 2, que menciona la necesidad de una goleta para transportar 1.600 arrobas (18.000 kilos) de pólvora.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

A diferencia de muchos comandantes en medio de luchas desesperadas, López nunca mostró una fe exagerada en las “armas milagrosas” y evidentemente pensaba que las minas eran tan peligrosas para quienes la manipulaban como para el enemigo. No obstante, Kruger promovía celosamente sus artefactos y el mariscal finalmente le dejó contar con los químicos y la pólvora que necesitaba.

Si hubieran funcionado apropiadamente, habrían podido causar severos daños a la flota aliada, pero muchos problemas persiguieron a los experimentos paraguayos. Las balsas, individualmente, se movían demasiado y tenían que ser complementadas con múltiples boyas. El pistón que gatillaba y rompía la cápsula nunca funcionaba bien, por lo que hacer que la pólvora explotara en el momento correcto era casi imposible(8).

(8) La edición del 1 de Julio de 1866 del diario “La Nación Argentina” (Buenos Aires) ofrece un diagrama de una de estas primeras minas; ver: también “El Semanario” (Asunción), del 7 de Julio de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El equipo de Kruger también fabricó otro tipo de mina, una caja enorme de madera unida con lona y broches de hierro. Dentro de la caja se insertaba otro contenedor, este hecho de zinc o cobre, con 150 kilos de pólvora negra. Personal entrenado debía remolcar la mina en canoa en la niebla o la oscuridad. Tenía que llegar justo río arriba de la flota aliada, liberar la mina y dirigirla con palos y sogas contra el casco de un barco. Luego, usando una polea, estirar de un cabo para liberar los disparadores de dos pistolas que apuntaban directamente a la pólvora. Esto debía causar una gigantesca explosión para mandar al buque al fondo(9).

(9) “El Siglo” (Montevideo), del 6 de Julio de 1866; ver también: “Los torpedos paraguayos”, recorte no identificado en la Biblioteca Nacional de Asunción-CJO; y “Exercise de 5 juillet 1866” [cónsul Emile Laurent-Cochelet], en Luc Capdevila. “Variations sur le pays des femmes. Echos d’une guerre américaine (Paraguay. 1864-1870)” / Temps présent)” (2006), p. 382, Rennes. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La misma mina podía ser anclada a 30 ó 60 centímetros por debajo de la superficie del río, donde fuera invisible para los vigías enemigos, hasta que fuera demasiado tarde; tales “torpedos submarinos” tenían adherida una soga manejada desde la costa, donde los hombres de Kruger debían jalarla para hacer explotar la carga. El mariscal López tenía muchas dudas acerca de la eficacia tanto de estos últimos artefactos como de los modelos anteriores, pero Kruger mantuvo el entusiasmo hasta el final. Una noche, a bordo de una canoa con Ramos, una de las dos minas que llevaban explotó prematuramente y ambos hombres murieron(10).

(10) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 165. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; Masterman, quien se involucró inmediatamente en la preparación de explosivos químicos para las minas, apenas menciona este aspecto de su carrera en Paraguay, notándolo sólo en un pasaje circunstancial sobre Mieszkowski. Ver: George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), p. 113. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres.

Mieszkowski quedó a cargo del proyecto de las minas fluviales. En el curso de los dos meses siguientes, lanzó muchas, quizás cientos, de minas río abajo. En un sentido, el éxito que lograron fue limitado, ya que los brasileños pronto desplegaron sus propias canoas para patrullar el agua y dar la señal de alerta ante cualquier “torpedo” a la vista.

Estuvieron cerca, sin embargo. En una ocasión -a mediados de Julio- una mina cargada con 800 kilos de pólvora estalló a apenas 200 metros de la proa de un buque aliado. La explosión se escuchó hasta en Corrientes. Lanzó llamaradas por toda la línea de Estero Bellaco y por poco no pone al descubierto las excavaciones de trincheras nocturnas de las tropas del mariscal(11). Esto no ocurrió, pero el barco de Tamandaré tampoco sufrió daños.

(11) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 161. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; en otra ocasión, el comandante del vapor “Ypiranga” desactivó una mina que había pescado en las aguas debajo de Itapirú. De alguna manera, la bomba flotó entre una serie de remolinos río arriba (¡!) hasta el Paraná. Ver “Notícias do Rio da Prata”, en: “Diário do Rio de Janeiro”, del 21 de Agosto de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En otro sentido, las minas de Mieszkowski pagaron con creces el esfuerzo de los paraguayos. Cada noche, los aliados encontraban minas en el río, muchas de ellas en realidad cajas vacías que aparentaban ser bombas. Reales o falsas, su presencia siempre generaba pánico. Cuando los vigías gritaban “¡Paraguá, Paraguá!”, los hombres en los acorazados cercanos se alborotaban con desconcertado temor(12).

(12) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 175 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La reacción no era menos frenética cada vez que los hombres del mariscal lanzaban una balsa al río con altas pilas incendiadas de maleza y estopa bañadas en aceite. Aunque estos barcos de fuego nunca llegaban realmente cerca de los buques aliados, preocupaban a los brasileños y los mantenían nerviosos durante la noche. También contribuyeron a reforzar la actitud conservadora de Tamandaré. Era mejor, creía, quedarse anclado bien lejos de la posición enemiga y esperar que las fuerzas terrestres avanzaran desde el Este(13).

(13) “Visconde de Tamandaré sobre operações da guerra (1866)”, en el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Rio de Janeiro, lata 314, pasta 4; el teniente Francisco de Borja, marqués de Lisboa, agregó un apéndice sobre las minas paraguayas en su traducción del trabajo de C. W. Sleeman. “Os Torpedos e seu Emprego” (Rio de Janeiro, 1881), p. 297, en el cual señala que llevaban entre 600 y 1.500 libras (270 y 675 kilos) de pólvora, cantidades realmente aterradoras. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Mitre y los generales querían más de Tamandaré, pero él se negaba a ser presionado en ésta o en cualquier otra ocasión. En Buenos Aires, la inacción del almirante ya había desatado rumores de que la flota se estaba reservando en preparación para un ataque a traición a la Argentina(14). No había nada cierto en ello, pero el solo hecho de que se lo mencionara y repitiera, demostraba -una vez más- cuán frágil era la alianza y lo poco que había hecho Tamandaré para respaldar a los políticos que deseaban mantenerla sólida.

(14) En una carta al secretario de Estado Seward, Charles A. Washburn enfatiza las sospechas de “hombres mejor informados que yo, de la política de este país”, de que el Imperio se quería anexar, no solamente el Uruguay, sino también las provincias argentinas de Corrientes y Entre Ríos, como “compensación por los Gastos en que había incurrido”. Ver Washburn a Seward, Buenos Aires, 14 de Agosto de 1866, en Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El almirante probablemente consideraba que su postura era una cuestión de astucia política. Los enfrentamientos en Sauce y Boquerón habían puesto en entredicho la ruta apropiada para el avance aliado, que cambiaba constantemente a medida que evolucionaba la estrategia de la coalición. Mitre esperaba ganar la discusión estratégica, presionando con las fuerzas terrestres en áreas que estaban fuera del alcance del fuego de cobertura naval.

Tamandaré suponía que esto era poner los intereses argentinos por encima de los del Imperio. En lo que a él concernía, los brasileños siempre habían estado a favor de una línea de avance paralela al río Paraguay, de manera tal que los ejércitos aliados pudieran sobrepasar

las baterías del mariscal al sur de Humaitá antes de proceder a Asunción. Hasta tanto se impusiera su punto de vista, algo que estaba en discusión desde las negociaciones iniciales de cuando se firmó la Alianza en 1865, él veía pocas razones para jugar a los dados con sus barcos y su reputación(15).

(15) Ver correspondencia miscelánea de Tamandaré en Arquivo do Serviço de Documentação Geral da Marinha (Rio de Janeiro) y, en José Francisco de Lima, Marqués de Tamandaré. “Patrono da Marinha” (Rio de Janeiro, 1982), pp. 509-53 y passim; ver también Arlindo Vianna Filho. “Tamandaré e a Logística Naval na Guerra do Paraguai”, en: “A Defesa Nacional” 69: 708 (Julio-Agosto de 1983), pp. 117-28, quien argumenta -en forma poco convincente- que la lentitud del almirante era parte de una amplia estrategia logística. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Para ser justos, había también una importante consideración práctica en el énfasis de Tamandaré en una estrategia basada en la fuerza naval. Durante el conflicto de Crimea y la Guerra Civil de Estados Unidos, los ejércitos podían movilizarse utilizando líneas existentes de comunicación o requisando suministros de la población civil. Esto nunca fue posible en la aislada circunstancia de Argentina y Paraguay, donde las caravanas de provisiones tenían que recorrer largas distancias y llevar forraje para sus caballos y bueyes todo el camino.

Un fenómeno de rendimientos decrecientes se evidenciaba en el punto en que las caravanas no podían llevar suficientes suministros para ellas mismas, mucho menos para las fuerzas aliadas al final de la línea. En las previas guerras gauchas en las pampas, los jinetes siempre se mantenían en movimiento -y siempre perdían mucho tiempo- en busca de pasturas para sus caballerías.

Esto nunca fue factible en el ambiente más estático del sur del Paraguay, y ello causaba una considerable pérdida de monturas, especialmente durante las fases iniciales de la invasión. Hasta que los generales aliados desarrollaron un sistema más eficiente de forrajeo en 1867; avanzar a lo largo de la línea del río tenía más sentido, porque era la única manera de asegurar un abastecimiento adecuado al ejército(16).

(16) Comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Rio de Janeiro, 16 de Julio de 2009. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tamandaré entendía este hecho básico muy bien y el arribo del Segundo Cuerpo de Pôrto Alegre el 29 de Julio reafirmó la determinación del almirante de actuar en ese sentido. A diferencia de Polidoro, cuya orientación era la de un militar de carrera, u Osório, quien era en todo sentido un hombre de pelea, el barón de Pôrto Alegre compartía los orígenes aristocráticos del almirante y su sentido de clase.

Más importante aún era su primo hermano y, por lo tanto, un potencial útil aliado para maquinar un comando de facto para los brasileños, ahora que el liderazgo de Mitre había conseguido resultados menos que concluyentes. Tanto Pôrto Alegre como Tamandaré eran miembros del partido Liberal. Ambos habían nacido en la primera década del siglo diecinueve, lo que los hacía más de diez años mayores que su comandante oficial. Y ambos mantenían las mejores conexiones políticas en Río de Janeiro.

Con seguridad, estos elementos significaban algo en la sostenida disputa con Mitre por el control final dentro de la alianza. También significaban algo en relación con Polidoro. Este general podía ser brasileño, pero era un conservador, un rival político, alguien en quien el almirante y el barón sólo podían confiar en una posición subordinada. Polidoro podía retener el comando sobre su Primer Cuerpo, pero no debía ejercer mayor autoridad que ésa en Paraguay.

Con la ayuda de su primo, Pôrto Alegre se sentía seguro de que su propia voz sería de allí en adelante la que tendría el verdadero peso dentro de las fuerzas terrestres brasileñas y eso era, por el momento, todo lo que le interesaba. Tamandaré, quien se había sentido aislado desde que Mitre asumió el comando, ahora tenía mucho por ganar con un nuevo arreglo que debilitara la mano del presidente argentino.

Y en materia de ambición personal, allí donde pudiera fusionar los intereses del Imperio con los propios, nunca perdía una oportunidad de llevar agua a su molino. En este sentido, su previa laxitud parece haber sido más estratégica que negligente. Mitre estaba consciente de todo esto. Había ganado ciertos beneficios como Comandante en Jefe, pero ahora que una considerable porción de la autoridad real en el campo estaba virando hacia el Imperio, ya no podía retener toda su influencia previa.

Podría todavía tratar de imponer ciertos intereses argentinos sobre la base menos costosa posible y, en cualquier caso, debía preservar un modus vivendi tolerable con los brasileños. Pero don Bartolo ya estaba físicamente cansado. Había pasado bastante tiempo desde que había probado su coraje personal, su astucia política y sus habilidades como organizador militar.

Que la resistencia paraguaya estuviera lejos de colapsar era embarazoso, pero una enorme cantidad de recursos brasileños había fluido a los cofres argentinos como resultado de la alianza y Mitre podía tener el crédito por ello. Si las circunstancias ahora lo compelían al presidente a conceder algún poder real al almirante, era algo que estaba resignado a hacer.

Resultó que Pôrto Alegre era menos manejable de lo que esperaba Tamandaré. La campaña del barón en las misiones, durante la cual no enfrentó una seria resistencia paraguaya, estaba lejos de prepararlo para el duro combate que se avecinaba a lo largo del Estero Bellaco. La tropa de 12.000 que desembarcó con él en Itapirú, ayudó a levantar el espíritu en el campamento aliado y a aumentar las probabilidades contra López. Sin embargo, problemas de comando ensombrecían cada aspecto de cómo emplear esta fuerza recién llegada.

Inicialmente, Mitre quiso golpear el Este de Humaitá y flanquear al ejército paraguayo en el proceso; Pôrto Alegre y Tamandaré consideraban que la posición de López en ese punto era inexpugnable y sugerían un asalto más directo, lo que llevaría a la principal fuerza aliada a las trincheras de Curuzú y Curupayty, antes de avanzar contra la fortaleza.

Por un tiempo, los comandantes aliados no llevaron adelante ni un plan ni el otro. Después de un Consejo de Guerra, el 18 de Agosto, sin embargo, acordaron embarcarse en una combinación de los dos. Esta decisión -producto de un compromiso no deseado- podría haber significado tirar leña al fuego en la batalla de celos, pero Mitre se tragó su orgullo.

Como todo sazonado general, le preocupaba tener que partir sus fuerzas terrestres, pero como Polidoro y los argentinos no podían moverse contra el Bellaco, a regañadientes aprobó el ambicioso plan de Tamandaré de un ataque a Curuzú. El almirante requirió varios miles de los soldados de Pôrto Alegre para montar el asalto. Mitre lo consintió, pero insistió en que los brasileños garantizaran resultados positivos en un plazo de quince días para que él pudiera seguir con un oportuno ataque sobre el flanco izquierdo paraguayo.

Tamandaré, quien había hecho gran cantidad de promesas en los meses precedentes, dio su palabra también en esta ocasión. Pero Pôrto Alegre no quiso aceptar las imposiciones. Mitre había establecido que podía destinar no más de 6.000 hombres para la operación de Curuzú, pero el barón anunció el 26 que se llevaría 8.500.

Don Bartolo de nuevo se controló, por más que esta muestra de insubordinación no pudo haberle agradado en absoluto. Tampoco Tamandaré estaba contento, ya que, al atribuirse el derecho de comandar estas fuerzas terrestres, Pôrto Alegre cuestionaba explícitamente su autoridad.

El altercado resultante llevó a otro coloquio el 28. Fue la reunión más incómoda a la que asistió el presidente argentino en toda la guerra. Tuvo que rogar, adular, danzar alrededor del problema y luego amenazar con renunciar a todo el comando y retener sólo el control de las fuerzas argentinas. Al final, dejó que el barón hiciera las cosas a su modo(17).

(17) Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 3, pp. 76-79. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro; Francisco Doratioto. “Maldita Guerra (Nova história da Guerra do Paraguai)” (2002), pp. 234-235. Companhia das Letras, São Paulo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Para entonces, el antagonismo mutuo entre los comandantes aliados era de común conocimiento entre oficiales y hombres en el frente. Los espías de López, quienes al parecer penetraron los rangos aliados con considerable facilidad, también se enteraron, y sus reportes dieron al mariscal motivos para confortarse, incluso deleitarse(18).

(18) El coronel Juan Silvestre Aveiro afirmó que los agentes del mariscal “eran muchos y muy capaces y siempre retornaban [a Paso Pucú] con cerveza y otras mercaderías”. Vestidos con uniformes brasileños, habían estado operando en el campamento aliado desde antes de Tuyutí y nunca fueron detectados, aunque “hablaban solamente guaraní”. Ver: Silvestre Aveiro. “Memorias Militares. 1864-1870” (1989), p. 39. Ediciones Comuneros, Asunción. Si esta última observación es correcta, lo que parece dudoso -en un servicio que requería habilidades idiomáticas- ello significa que los espías obtenían mucha información de soldados correntinos, los únicos en el bando aliado que podían hablar guaraní. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Napoleón Bonaparte, cuyas máximas el líder paraguayo tanto admiraba, alguna vez supuestamente dijo que “si debo tener un oponente, que sea una coalición”. Era asimismo. Cuánto más reñían los enemigos por cuestiones triviales, más tiempo tenía el mariscal López para preparar sus defensas.

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