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La conferencia en Yataity Corá

El día que cayó Curuzú en manos de los brasileños, el principal ejército aliado en Tuyutí limitó sus actividades a un movimiento menor contra el centro enemigo, que apenas calificaba como un truco de distracción. Diez hombres murieron demostrando algo que Mitre ya sabía: que los aliados no podían tomar las trincheras paraguayas del norte de la línea sin sufrir serias pérdidas.

Un día después, el general Flores hizo un reconocimiento importante en el Bellaco, usando unos 3.000 jinetes de las tres nacionalidades, para medir el flanco izquierdo paraguayo. Cuando se encontró con una vigorosa respuesta de bombas de 68 libras y cohetes Congreve, rápidamente retrocedió. No necesitaba más pruebas de que el enemigo había fortificado la línea de punta a punta.

Al retornar al campamento, Flores se unió a Mitre y Polidoro en otra Junta. La rapidez de la victoria de Pôrto Alegre en Curuzú les ofrecía cierto espacio para el optimismo, pero también mucha aprensión. ¿No se había el Segundo Cuerpo sobreextendido sobre el flanco izquierdo? Si López poseía tropas de reserva, podría contraatacar y aislar a Pôrto Alegre en Curuzú. En ese caso, el almirante Tamandaré sólo podría evacuar a los brasileños bajo un fuerte fuego y, ni Flores ni Polidoro ni Mitre, se hacían ilusiones de que estuviera dispuesto a hacerlo.

El presidente argentino todavía se sentía comprometido con un nuevo ataque contra la línea del Bellaco, pero los acontecimientos en el río Paraguay imponían nuevas prioridades que no podía ni ignorar ni posponer. Los brasileños querían refuerzos para el Segundo Cuerpo apenas fuera posible y el 6 de Septiembre los comandantes aliados trazaron un plan provisional para ello.

Mitre ordenó el desprendimiento de 12.000 hombres -tanto unidades de infantería como de artillería- del ejército en Tuyutí para su inmediato despliegue en Curuzú. Estas tropas se unirían a los 7.500 hombres que ya estaban allí y, una vez en posición, montarían un abrumador ataque sobre Curupayty con fuego de cobertura de la flota.

Mientras tanto, la caballería de Flores permanecería detrás y lanzaría una serie de golpes de distracción sobre las reservas paraguayas. Estos trucos mantendrían la atención del enemigo enfocada en Tuyutí pero, una vez que comenzara el asalto principal en el río, el General oriental podría iniciar una gran maniobra de flanqueo, moviéndose a toda marcha por los esteros con la infantería de Polidoro cubriendo su izquierda. Para cuando Flores alcanzara Curupayty, las principales murallas paraguayas ya habrían caído en poder de Mitre y Pôrto Alegre. Después de un corto descanso, el ejército aliado marcharía sin oposición a Humaitá(1).

(1) Reporte Confidencial del Consejero Octaviano, Tuyutí, 6 de Septiembre de 1866; y Reporte Confidencial del general Polidoro, 15 de Septiembre de 1866, ambos en Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 2, pp. 95-8. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro; Ver también, Francisco Xavier da Cunha. “Propaganda contra do Imperio (Reminiscencias na Imprensa e na Diplomacia, 1870 a 1910)”, (Rio de Janeiro, 1914), pp. 26-9; y “Curupayty”, en “El Pueblo. Organo del Partido Liberal” (Asunción), del 12 de Marzo de 1895. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El plan tenía muchas flaquezas. Visualizaba una envoltura de las fuerzas del mariscal por ambos flancos, aunque ni las distancias ni el pantanoso terreno sugerían que esto fuera posible. Los generales ya habían descartado un ataque frontal contra las trincheras del Bellaco por ser demasiado arriesgado, pero la noción de una amplia maniobra envolvente a través de la misma área de defensas no lo era menos.

Más aún, Pôrto Alegre todavía tenía poca información de inteligencia acerca de la fuerza y disposiciones de los paraguayos en Curupayty. Sorprendentemente, sus hombres no habían construido mangrullos en Curuzú ni despachado exploradores al norte de las líneas de avanzada. El barón no podía saber si enfrentaba a 3.000 hombres o a 50.000.

Finalmente, como todos los comandantes del ejército ya sabían, cualquier plan de ataque que dependiera fundamentalmente del apoyo naval suponía riesgos. Por su parte, el general Polidoro se sentía incómodo. Pulcro carioca, con una mirada cansada en los ojos, el general tenía una ganada reputación de ver más allá de las cosas inmediatas. En esta ocasión, observó que las unidades bajo su comando carecían del número necesario para intentar movimientos extensos. Recomendó despachar espías al Chaco, desde donde podían observar a los paraguayos cavando sus trincheras y posicionando sus cañones en Curupayty.

También envió zapadores para identificar posibles rutas para la caballería de Flores (y para su propia infantería) a través de los esteros a la vera del Potrero Piris. Polidoro era perspicaz al cuestionar los detalles del plan. Su aparente simplicidad escondía numerosas incertidumbres a las que era inconveniente aludir y, mucho más, admitir. De hecho, una vez más, la falta de unidad de comando minaba la campaña aliada.

Es cierto que don Bartolo seguía siendo el Comandante en Jefe, en cuyo carácter demandó impetuosamente y recibió el honor de lanzar el principal ataque sobre Curupayty, ahora fijado para el 17 de Septiembre. Pero no podía coordinar los esfuerzos de sus comandantes subordinados; estos siempre parecían determinados a objetar los motivos y la autoridad de los demás, aun en cuestiones nimias.

El que hasta hoy sea difícil discernir dónde terminaba el comando de un oficial y dónde empezaba el de otro no es extraño. Ni siquiera lo sabían ellos mismos. Los comandantes aliados trabajaron para preparar el ataque durante varios días. Se enviaban tropas a Curuzú desde Itapirú casi cada hora. Mitre inspeccionó las recientemente capturadas defensas y observó Curupayty a través de su catalejo. Piqueteros reportaban desde el Chaco que podían ver considerable actividad detrás de la línea paraguaya, aunque no podían agregar más que eso.

Y desde el Bellaco llegaron noticias de que varios caminos sobre tierra firme estaban disponibles para Flores y Polidoro, aunque los detalles, una vez más, eran escasos. Desde su buque insignia, el almirante Tamandaré dio la señal de estar listo para cualquier eventualidad. Luego, el 10 de Septiembre, hubo una sorpresa.

Al final de la tarde, un piquete de cuatro soldados paraguayos y un oficial apareció ante las líneas argentinas con una bandera de tregua. Impactados por esta vista inesperada, los jinetes gauchos dispararon al pequeño grupo, que se alejó a tropezones por los pantanos.

Cuando don Bartolo supo del incidente, reprendió a sus soldados y les dijo a sus oficiales que, si los paraguayos querían parlamentar, él estaba dispuesto a escuchar. Para el mediodía siguiente, el piquete volvió a aparecer y, esta vez, los argentinos no dispararon. El oficial paraguayo, un capitán buenmozo de patillas negras, llamado Francisco Martínez, caminó cautelosamente hacia las tropas enemigas reunidas y anunció que portaba un mensaje formal del mariscal López al Comandante en Jefe aliado.

Poco después se encontró en presencia de Mitre, quien rompió el lacre del sobre. El mensaje era breve y directo:

A Su Excelencia, Brigadier General don Bartolomé Mitre, Presidente de la República Argentina y General en Jefe de los Ejércitos Aliados.
Tengo el honor de invitar a Vuestra Excelencia a una entrevista personal entre nuestras líneas el día y la hora que Vuestra Excelencia indique.
Que Dios lo guarde por muchos años”.

Firmado: Francisco Solano López(2).

(2) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 197 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Uno solo puede adivinar lo que atravesó la mente de don Bartolo cuando leyó estas palabras. El prospecto de paz luego de una campaña tan costosa debe haberlo atraído. Esta oferta de conferencia también llevaba la escena de la acción a un lugar que el presidente argentino encontraba más deseable que el campo de batalla. Flores y Polidoro podrían tener más experiencia militar, pero Mitre los sobrepasaba ampliamente en las artes diplomáticas. El mensaje del mariscal, aunque vago, implicaba una variedad de posibilidades, todas las cuales ubicaban al presidente argentino en una posición de real dominio tanto sobre sus enemigos como sobre sus colegas.

Mitre se excusó y cabalgó de inmediato a los Cuarteles Generales de Polidoro, donde se reunieron ambos y se les sumó Flores. Durante treinta minutos, los tres comandantes discutieron la situación. Polidoro expresó abiertos reparos, refunfuñando que no tenía órdenes de involucrarse en negociaciones. Todo lo contrario, sus superiores le habían dado específicas instrucciones de ignorar cualquier comunicación con los paraguayos mientras López todavía estuviera en el poder(3).

(3) Adolfo J. Báez. “Yatayty Cora. Una conferencia histórica (Recuerdo de la guerra del Paraguay)” (Buenos Aires, 1929), pp. 22-3. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esta rígida postura reflejaba la visión del emperador, quien hacía tiempo venía rechazando toda tratativa. Además, para entonces, Polidoro y Pedro estaban convencidos de que la victoria aliada era inminente y tenían poca tolerancia hacia tontas discusiones que sólo podían dilatar la feliz conclusión.

Teóricos modernos de relaciones internacionales a menudo reducen complejas decisiones a un conjunto de proposiciones simples, con un número limitado de variables independientes y dependientes. Pero las personalidades sí pueden afectar intereses más amplios y, en este caso, la vanidad y los caprichos de López estaban más que balanceados por la obstinación de don Pedro. El emperador, debe acentuarse, tenía pretensiones de erudición en una amplia variedad de campos, sin excluir la historia diplomática europea. Su apreciación de los Tratados de Westfalia y otros que se habían inaugurado en Europa le hacía considerar la guerra preventiva como inherentemente ilegal.

Con este razonamiento, las acciones paraguayas previas en Mato Grosso y Rio Grande do Sul jamás podían justificarse bajo el derecho internacional y, consecuentemente, cualquier paso hacia una paz duradera tendría que incluir el fin del criminal liderazgo del mariscal. Esta visión era lógicamente consistente y derivaba directamente del Tratado de la Triple Alianza. Tales racionalizaciones, sin embargo, también encubrían una menos digna avidez de venganza. Por su experiencia, Polidoro y otros generales brasileños eran concientes de los deseos de su señor y no eran proclives a desafiarlos(4).

(4) La conferencia en Yataity Corá causó considerable preocupación en círculos oficiales en Río de Janeiro. Ciertos miembros del partido Conservador -que nunca habían sancionado la alianza con la Argentina- aprovecharon la ocasión para propagar dudas sobre Mitre, no porque realmente desconfiaran del presidente argentino, sino porque deseaban mejorar su propia posición dentro del Parlamento, quizás incluso obtener una mayoría en relación con los progresistas [comunicación personal con Francisco Doratioto, Ginebra, 21 de Febrero de 2007]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

No queriendo ser dejado de lado, Flores se adhirió a la intransigencia brasileña con una exclamación de rudo desprecio. Era inútil tratar con gente como López, sostuvo, ¿por qué deberían tomarse ese trabajo? Mitre, sin embargo, se mantuvo inflexible sobre el punto. Estaba claro que no podría haber ningún progreso diplomático si los aliados no entendían las intenciones paraguayas. En consecuencia, el presidente argentino redactó una respuesta en la que aceptaba reunirse con López entre las líneas, a las nueve de la mañana siguiente. Martínez llevó este sencillo mensaje a Paso Pucú.

El capitán paraguayo permaneció media hora charlando amigablemente con los argentinos bajo las sombras de las palmas. Les dio algunas noticias sobre sus camaradas mantenidos prisioneros al norte de la línea, pero sobre cuestiones más sustanciales respondió con un determinado “No sé”. Cuando varios oficiales de la Legión Paraguaya se acercaron y trataron de tener alguna noticia sobre sus parientes en Asunción, fríamente les dio la espalda. Con traidores no habría cortesías ni fraternización(5).

(5) Ver periódico “The Standard” (Buenos Aires), del 19 de Septiembre de 1866. Thompson relata una perturbadora secuela de este evento, según la cual algunos oficiales de la Legión Paraguaya, tras hablar con varios guardias de avanzada de López, acordaron retornar al día siguiente a tomar mate y hablar de las circunstancias en el hogar. Cuando el mariscal se enteró de esta fraternización, preparó una trampa. Dos legionarios fueron capturados y luego ejecutados ante las tropas reunidas: “más o menos por esa época, cualquier paraguayo que hubiera sido tomado prisionero en Uruguayana y retornaba al ejército de López era fusilado, diciendo con ello que debieron haber vuelto antes”. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 176-177. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. En relación con el mismo episodio, Centurión rechaza el punto de vista de Thompson como demasiado emocional y, en cambio, aprueba la acción del mariscal, acentuando que los paraguayos que pretendían alimentar la disensión en el ejército en momentos de peligro nacional, no merecían mejor suerte. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 206-28 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ahora, mientras Martínez se alejaba de sus enemigos, una procesión de buenos deseos argentinos lo seguía desde el campamento principal en el Bellaco. Lo aclamaron con un sincero “Moisés, [obsequiándole] vivas y gritos de paz(6).

(6) “El Semanario” (Asunción), 15 de Septiembre de 1867; ver también, Julio César Chaves. “La conferencia de Yataity Corá (Buenos Aires, 1958), p. 18. Este mismo capitán Martínez fue posteriormente promovido a Coronel y sirvió -en 1868- como Comandante Militar en Humaitá. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esa noche se esparció el rumor entre las tropas aliadas de que felices noticias estaban próximas. Mitre inició el rumor él mismo, al instruir a su personal para prepararse a recibir al muy abominado López como a un huésped de alto rango. Su comentario generó murmuraciones de sorpresa que pronto se propagaron como una prueba de la inminencia del fin de la guerra.

Bajo el cielo estrellado, los soldados se entregaron a cantar animadas canciones e, incluso, los más curtidos veteranos desinhibieron sus emociones y dejaron crecer sus voces en un melódico crescendo. ¡Paz! ¡Paz! ¡La paz estaba al alcance de las manos, pronto estarían en casa!(7).

(7) “La conferencia de Yataitícorá”, en el diario “La Nación Argentina” (Buenos Aires), del 19 de Octubre de 1866; “Conferencias de paz” y “La entrevista de los generales Mitre y López”, en el “El Siglo” (Montevideo), del 23 de Septiembre de 1866; Adolfo J. Báez. “Yatayty Cora, una Conferencia Histórica (Recuerdos de la Guerra del Paraguay)” (1929), pp. 27-28. Ed. Imprenta y Papelería Juan Perrotti, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Del lado paraguayo de la línea, el humor también era de esperanza, aunque quizás más reservada, más cercana al alivio que a la alegría. Todos los oficiales mayores se vieron contagiados por el momento y los hombres, normalmente tan resignados y reservados, se permitieron un parpadeo de optimismo. Incluso Madame Lynch expresaba una feliz anticipación y alentaba a su consorte a demandar los mejores términos posibles.

Detrás de su indescifrable semblante, sin embargo, López tenía mucho de qué preocuparse. La caída de Curuzú había desbaratado toda su estrategia de defensa e incluso un ataque trivial sobre Curupayty podría ahora terminar en desastre. Había despachado al coronel Wisner y a Thompson -después de la reunión del 8 de Septiembre- para supervisar la construcción de nuevas obras.

El capitán Bernardino Caballero arribó con 5.000 hombres para trabajar día y noche cavando trincheras, levantando resguardos y posiciones de cañones. Los soldados cortaron árboles y removieron arbustos para preparar puntiagudas barricadas que pudieran retrasar el avance enemigo.

Aunque habían trabajado sin descanso durante días, todavía estaban muy atrasados e imperiosamente necesitaban más tiempo. El ruego del mariscal por una conferencia con Mitre les dio lo que querían. Los estudiosos han debatido por mucho tiempo si López tenía genuino interés en abrir serias negociaciones en esta coyuntura. Uno presume que inicialmente sólo quería ganar tiempo(8).

(8) Centurión creía que López no había tenido otro motivo que ganar tiempo, pero el propio anotador del coronel, mayor Antonio E. González, encontraba esta interpretación poco convincente. Argumentaba que el mariscal podría haber alcanzado el mismo objetivo simulando su conformidad con el Tratado del 1 de Mayo de 1865 y luego pidiendo más tiempo para estudiar sus provisiones con mayor profundidad. Mitre, con seguridad, lo habría consentido y López de esa manera pudo haber ganado al menos varios días de cese al fuego sin reunión alguna. Desde luego, sólo porque tal complot estaba a disposición del mariscal no hay razón para suponer que él lo hubiera pensado. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 196, nota 27 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción; ver también: Pedro Calmon. “La entrevista de Iataiti-Cora”, en el diario “La Nación” (Buenos Aires), del 8 de Agosto de 1887. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pero ahora que el presidente argentino había aceptado la reunión, debía tomar su propia iniciativa con seriedad. ¿Qué podría ganar en un acuerdo con los aliados? ¿Qué tendría que resignar?

Como era su hábito, el Jefe de Estado paraguayo también pensaba en su seguridad personal. Hasta el momento, había pasado la guerra en los seguros alrededores de Paso Pucú, pero reunirse con los comandantes aliados significaba trasladarse hasta un descampado en Yataity Corá, donde los enemigos podían verse tentados a asesinarlo y así terminar la guerra con un simple golpe de daga. López tenía sus prioridades.

Envió un escuadrón de francotiradores para cubrir la reunión desde la distancia más corta posible. Hay quienes insisten en que el mariscal carecía del valor personal tan típico en sus compatriotas, pero también es cierto que él entendía bien que su vida se entrelazaba con la causa nacional.

Cualesquiera que fuesen los planes para el Paraguay como Estado independiente, él seguía siendo indispensable. Tal vez hasta pensaba que su estatus estaba dado por Dios. No tenía intenciones de ser desplazado ni relegado. Pero eso era precisamente lo que el Tratado de la Triple Alianza exigía como el precio de la paz. Cualquier éxito diplomático se articula sobre concesiones fundamentales de un lado y del otro. El mariscal lo sabía y también lo sabía Mitre, pero era incierto si alguno de los dos ofrecería flexibilidad.

El 12 de Septiembre de 1866 era un día radiante y López se levantó convencido de que tenía que hacer un buen show. Se arregló el cabello y se vistió con inmaculado uniforme, repleto de trenzas doradas, una levita militar azul y gorra. El conjunto rememoraba no tanto a Napoleón Bonaparte como a un contemporáneo Generale di Divisione italiano. También vestía guantes blancos y pesadas botas de granadero, engalanadas con los símbolos nacionales, para realzar la dignidad de su estatus de presidente paraguayo(9).

(9) Estas botas están todavía en exhibición en el Museo Histórico Militar (Asunción). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Encima de todo se puso un poncho escarlata de vicuña, un regalo que el marqués de São Vicente le había llevado a su padre desde Rio varios años antes. Eligió esta capa, sobre la cual estaba incongruentemente fijada la imagen de la Corona de Bragança, para completar el efecto de su autoridad y simbolizar, ante todo, que no era un suplicante(10).

(10) Centurión reaccionó con sorpresa ante la detentación de este símbolo imperial, preguntándose cómo un individuo con tendencias antibrasileñas tan fuertes podía portar un emblema semejante. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 200 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. Pero es muy probable que el propósito del mariscal fuera burlarse de sus enemigos, como los negociadores comunistas en Panmunjom durante la Guerra de Corea, que siempre aparecían en las conversaciones de paz en Jeeps capturados de los estadounidenses. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Algunos estudiosos han afirmado que el atavío del mariscal sugería una clara determinación de enfrentar a sus enemigos en pie de igualdad. Otros lo consideran dudoso. Probablemente ambos sentimientos influenciaron su pensamiento cuando abordó el pequeño carruaje “americano” de cuatro ruedas que lo llevó más allá de las trincheras.

Sospechando traición, tomó una ruta indirecta; primero, amagando ir hacia Paso Gómez, para hacer creer a los aliados que era el único acceso disponible. Su escolta, que incluía a veinticuatro de sus lanceros “cola de mono” Acá Carayá, a sus hermanos Venancio y Benigno, al general Barrios y a casi otros cincuenta oficiales, se detuvo a la vera de los parapetos, mientras López se sentaba un momento en su carruaje. Se sirvió coñac y lo bebió despacio antes de bajar a tierra.

Mirando fijamente al sur, hacia las líneas enemigas, montó en su corcel favorito, Mandyju, y trotó a través del Bellaco con su escolta. El mariscal, evidentemente, se sintió como un gallo herido entrando en una riña; irritado por la incertidumbre que este pensamiento le causaba (y con poca fe en sí mismo), paró de nuevo para beber un poco más de coñac, tras lo cual repuso el corcho en la botella y continuó.

Mitre cabalgó hacia el lugar del encuentro pocos minutos más tarde con un pequeño grupo de colaboradores y una escolta de veinte lanceros. En contraste con el mariscal, prestó muy poca atención a su apariencia. Vestía una levita, una funda de espada blanca y un “viejo y averiado sombrero de ala ancha que le daba una figura quijotesca(11). Lucía descuidado, distraído y quizás incluso desguarnecido. Pero todo era indudablemente una pose ya que, detrás de esa imagen, Mitre escondía el frío y enfocado temple de un habilidoso diplomático. Su indiferencia en el vestir había llevado a muchos de sus oponentes a subestimarlo, algo que él frecuentemente había utilizado en su favor.

(11) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 175. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; Juansilvano Godoi. “Monografías Históricas” (1893), pp. 138-9. Félix Lajouane Editor, Buenos Aires; Emanuele Bozzo. “Notizie Storiche sulla Repubblica del Paraguay e la Guerra Attuale” (1869), p. 54, Génova. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los escoltas se detuvieron y don Bartolo avanzó para saludar al mariscal. Los dos hombres habían intercambiado cortesías diplomáticas antes, en 1859, cuando López había servido como mediador en la lucha entre Buenos Aires y el Gobierno confederal de Urquiza en Paraná(12).

(12) Arturo Bray. “Solano López, soldado de la gloria y del infortunio” (1945), pp. 132-6, passim., Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En aquella ocasión, todos los argentinos presentes habían felicitado públicamente al extranjero de Asunción como un negociador justo, inteligente, sutil y ansioso de ayudar. Mitre esperaba encontrar algo de aquel mismo espíritu en el hombre más maduro al que ahora le tendía la mano.

Los dos presidentes desmontaron y comenzaron a charlar a cierta distancia de sus edecanes. Sus palabras de apertura parecen haber sido más correctas que graciosas. Después de unos minutos, Mitre envió mensajes a Flores y Polidoro para invitarlos a participar de los procedimientos, pero el último declinó, señalando que, con el Comandante en Jefe presente, su concurso no sería más que redundante(13).

(13) “Theatro da Guerra”, en “Diário do Rio de Janeiro”, del 4 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La verdad era que el General brasileño tenía en mente la orden vigente de Río de Janeiro de evitar contactos con los paraguayos. En cuanto a Flores, el presidente oriental se acopló más por curiosidad que por interés en una negociación pacífica. Por primera vez en la campaña se puso su uniforme de gala y sus guantes blancos.

Pero López fue menos que decoroso. Acusó a Flores de haber fomentado la guerra en 1864, al alentar la intervención brasileña en la Banda Oriental. El jefe colorado retrucó airadamente que nadie más que él deseaba salvaguardar la independencia del Uruguay, pero que eso no tenía nada que ver con los intereses paraguayos. A esto, el mariscal sólo pudo responder con remanidas, aunque efervescentes, referencias al equilibro de poderes en el Plata, una interpretación que nadie, excepto López, había jamás aceptado.

Flores pronto se cansó de la conversación. En su breve relato de la reunión, el secretario del presidente uruguayo observó posteriormente que el mariscal sabía cómo dar órdenes, pero que no podía tolerar que se le contradijera(14).

(14) Citado en “Jornal do Commercio” (Río de Janeiro), 4 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El áspero Flores, quien era igual de quisquilloso, no tenía ganas de verse reflejado como un títere brasileño y dejó de escuchar. López se encogió de hombros y fríamente le presentó a su hermano y a su cuñado, el general Barrios. Los tres conversaron animadamente por algunos minutos y luego Flores se puso el sombrero, montó su caballo y se marchó al galope. Nadie protestó. Desde la perspectiva del mariscal, era infinitamente mejor conversar con el amo que con el sirviente. Y en cuanto a don Bartolo, quería tratar ya la cuestión que los convocaba.

López pidió sillas, papel, pluma, tinta y una botella de agua. El y el líder argentino iniciaron un diálogo de cinco horas. Mientras los dos presidentes atendían sus serios asuntos, las tropas aliadas se mezclaron con sus contrapartes paraguayas y charlaron con ellas amigablemente. Los hombres del mariscal les ofrecieron carne, galleta y yerba, y recibieron a cambio una variedad de pequeños regalos. Dos mayores brasileños distribuyeron monedas de plata entre los paraguayos, quienes expresaron sorpresa por esa forma tan extraña de dinero(15).

(15) “The Standard” (Buenos Aires), 19 de Septiembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Mientras tanto, Mitre y López parlamentaban ya sentados, ya paseando, bebiendo coñac o agua. En ciertos momentos, su conversación parecía amistosa; en otros, tensa. Los pormenores de lo que se dijo siguen estando borrosos, lo cual es curioso, dada la tendencia del presidente argentino a registrar los detalles. La carta que envió posteriormente al vicepresidente Marcos Paz ofreció sólo generalidades y alimentó la imaginación de una generación de revisionistas, que insistieron en que nunca había sido dicha la verdad sobre esta reunión(16).

(16) Mitre estaba fatigado cuando escribió este mensaje -siendo las dos de la mañana- y rogaba que se esperara a que tuviera más tiempo para un informe más detallado. No obstante, acentuó el tono amistoso de la reunión y subrayó que López “defendió su causa de una manera digna y ordenada, en lenguaje por momentos elocuente”. Ver: Mitre a Marcos Paz, Curuzú, 13 de Septiembre de 1866, en el Archivo del Coronel Doctor Marcos Paz, tomo 7, pp. 247-248. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Está claro que hablaron de varias cosas: el sitio de Uruguayana, la campaña de Bismarck en Austria, las deficiencias de sus respectivos ejércitos y la urgente necesidad de paz. Parece incluso que encontraron tiempo para discutir acerca de libros escritos en guaraní y de las polémicas del historiador chileno Diego Barros Arana(17).

(17) Juansilvano Godoi. “Monografías Históricas” (1893), pp. 141-2. Félix Lajouane Editor, Buenos Aires; “Proposiciones de paz”, en “La Nación Argentina” (Buenos Aires), del 19 de Septiembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los detalles “ocultos” de la conferencia de Yataity Corá no deben preocuparnos demasiado, ya que ni Mitre ni López podían fácilmente desviarse de sus previamente establecidas posiciones. El mariscal insinuó que alteraciones limítrofes favorables a la República Argentina todavía podían ser arregladas. Había lanzado la guerra -explicó- solamente para frustrar las ambiciones brasileñas en Uruguay; la alianza oportunista entre la Argentina y el Imperio no debería ahora evitar una paz honorable(18).

(18) En una conversación con Estanislao Zeballos, en Enero de 1888, el coronel Juan C. Centurión observó que López siempre tuvo a Mitre en gran estima y deseaba que se hubieran encontrado antes de que las hostilidades hubieran comenzado con Argentina, para así haber evitado la guerra, excepto con el Brasil. Ver: “Datos tomados en Buenos Aires el 6 de Enero de 1888 [con] detalles del coronel paraguayo Centurión”, en el Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 118, n. 1. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Debe enfatizarse que, por lo general, los paraguayos admiraban a los argentinos por su educación y sofisticación, aunque también los consideraban corruptos, materialistas e indignos de confianza. A los brasileños, en contraste, los detestaban activamente como degenerados, cobardes y físicamente sucios, una estimación que muchos argentinos en el Litoral compartían.

En ambas orillas del Paraná, los brasileños eran vilipendiados como un pueblo que podía ser ocasionalmente tolerado, pero nunca abrazado. Esta visión, que estaba acuñada por una larga historia de malas relaciones y mucho de racismo, podía encerrar un alto grado de hipocresía. Incluso los que se beneficiaban de la colaboración con el Imperio nunca parecían obsequiar más que un juicio paternalista a sus benefactores ni esquivaban una oportunidad para hacer sobre ellos una burla racista(19).

(19) La palabra peyorativa “macaco”, para referirse a los brasileños, era casi tan común en Entre Ríos y Corrientes como en Paraguay aunque, como hemos visto, los paraguayos le daban al término un giro más folclórico que sus vecinos del sur. Los orígenes lexicográficos de este apodo y cómo fue aplicado en el curso de la guerra, siguen siendo materia de algún debate. Para un ejemplo de su uso contemporáneo en la Argentina, ver Thomas J. Hutchinson. “The Paraná, with Incidents of the Paraguayan War and South American Recollections, from 1861-1868” (1868), p. 311. Edward Stanford, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La repulsión paraguaya hacia los brasileños se había vuelto más intensa desde Tuyutí y nadie, y mucho menos el mariscal, quería un contacto más que somero con los kamba. Una cosa era conferenciar con Mitre, por más que lo considerara el líder de un régimen indecoroso, ya que la corrupción de sus ministros no tenía por qué menoscabar la dignidad de algún acuerdo final. Pero sería una cuestión muy diferente para el mariscal dejar el bienestar de sus hijos en manos de la chusma brasileña. Y al desechar la oferta de una negociación profunda, Polidoro estaba demandando exactamente ese tipo de capitulación.

López había hecho mucho para propagar una imagen siniestra y prejuiciosa del Gobierno del emperador y, para ese momento, es posible que él mismo creyera sus propias distorsiones. Ello lo llevaba a desconocer un detalle clave: de sus dos principales enemigos, eran los brasileños los menos interesados en ganancias territoriales. Del principio al final fue, por lo tanto, para López, una cuestión de honor el que, si bien estaba dispuesto a conceder mucho al presidente argentino, había cosas que no haría. Por sobre todo, se rehusaba a ofrecer su propia renuncia.

Mitre había oído todo esto antes. Gentil, pero firmemente, sostuvo que, como General en Jefe de las potencias aliadas, estaba atado a las estipulaciones del artículo Sexto del Tratado de 1 de Mayo de 1865. El mariscal tendría que abandonar el país o cualquier progreso hacia la paz sería imposible.

Sin duda, las necesidades de la nación paraguaya eran más relevantes que el futuro político de un solo individuo. López palideció ante estas palabras. Era por completo razonable privilegiar la razón de Estado sobre las necesidades personales, en una ciudad moderna como Buenos Aires pero, en Paraguay, López era el Estado y para él abandonar el poder era tan irrealizable como cambiar el curso de un gran río.

Frunció los labios en una mueca y musitó su rechazo: “Tales condiciones, Su Excelencia, sólo pueden ser dictadas sobre mi cadáver en la más lejana trinchera del Paraguay(20). No había más que decir. Los dos presidentes intercambiaron fustas, como un recuerdo de la ocasión, y Mitre aceptó de López un buen cigarro paraguayo(21). Flores, quien había retornado a último momento, despreció el cigarro que se le ofreció a él(22). Los hombres partieron con un saludo afable y el mariscal cabalgó al puesto de comando paraguayo tomando el mismo camino indirecto que lo había traído hasta Yataity Corá(23).

(20) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), publicadas en “La Tribuna”, tomo 4, p. 223 (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción; “Relación hecha por el general Mitre el día 5 de Septiembre de 1891, comiendo en casa de Mauricio Peirano con el teniente general Roca, doctor E. S. Zeballos y doctor don Ramón Muñiz y el cónsul de Italia cav. Quicco”, en, “Historia Paraguaya” (1999), Nro. 39, pp. 444-5, Asunción.
(21) Muchos años más tarde, Mitre recibió una visita del hijo del mariscal, Enrique Venancio López, cuando este pasó por Buenos Aires. Como recuerdo de su placentera conversación, el anciano ex presidente regaló al joven esta misma fusta, que hoy se exhibe en el Museo del Ministerio de Defensa en Asunción. Ver: Valentín Alberto Espinosa. “Las fustas de Yatayty Cora”, Mayo. “Revista del Museo de la Casa de Gobierno” (1971), Nro. 3, fascículos 6-7 , p. 234.
(22) Francisco Seeber señaló que Flores dijo no querer intercambio alguno con el mariscal, ni siquiera un cigarro. “Yo fumo de los míos”, supuestamente afirmó. Ver: Francisco Seeber. “Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866” (1907), p. 154. Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires.
(23) Ver imagen “Los generales Mitre y Flores despiden al Gral. López después de la conferencia”, en “Correo del Domingo” (Buenos Aires), 23 de Septiembre de 1866.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La conferencia requería un Acta final y ésta vino en forma de un memorándum acordado entre ambos hombres. Hacía constar que el mariscal había “sugerido medios conciliatorios igualmente honorables para ambos beligerantes, para que la sangre hasta aquí derramada sea considerada suficiente expiación de las mutuas diferencias, y así poner fin a la sangrienta guerra en este continente [...] y garantizar permanente [...] amistad”.

Mitre remitió estas palabras al Gobierno Nacional argentino y a los representantes aliados, “de acuerdo con las obligaciones acordadas(24).

(24) Memorándum de la entrevista de Yataity Corá, en “Documentos Oficiales”, en la Biblioteca Nacional de Asunción-CJO; periódico “La Tribuna” (Buenos Aires), del 20 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Dio aviso a López el 14 de que había completado esa tarea y esta Nota produjo un acuse de recibo a la mañana siguiente. En esta comunicación final, el mariscal resumió su punto de vista sobre los distintos procedimientos en Yataity Corá y dio a entender las terribles consecuencias que el Juicio Divino ahora reservaba para todos los involucrados:

Nada podría impedirme ofrecer de mi parte un último esfuerzo de conciliación para detener el torrente de sangre que causamos en esta guerra, y estoy gratificado por haber dado el más alto testimonio de patriotismo a mi país, de consideración por el Gobierno enemigo [contra] el cual luchamos, y de humanidad en presencia de un universo imparcial cuyos ojos se dirigen hacia esta guerra(25).

(25) “The Standard” (Buenos Aires), 20 de Octubre de 1866. Una caricatura publicada en “El Mosquito” (Buenos Aires), el 3 de Diciembre de 1865, ofreció una asombrosa predicción de lo que ocurriría si una conferencia de paz como la de Yataity Corá tenía lugar: el mariscal es mostrado proponiendo paz como su “derecho natural”, mientras los líderes aliados, también siguiendo los dictados de la naturaleza, son retratados rascándose las narices y no escuchando. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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